¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

Todos los personajes reconocidos públicamente son propiedad de sus respectivos autores. Los personajes originales e historias son propiedad la autora. No se genera ningún beneficio económico por este trabajo, ni piensa por un instante en los derechos de autor.

22 marzo, 2008

EL SEGUNDO REGRESO DEL REY 41

Un sitio al cual llamar hogar

El amor, madre, a la patria,
no es el amor ridículo a la tierra,
ni a la yerba que pisan nuestras plantas.
Es el odio invencible a quien la oprime,
es el rencor eterno a quien la ataca.
“Abdala”, José Martí


Imladris

Erestor revisó con la vista por enésima vez el orden de los elfos dispuestos en doble fila a lo largo del camino que conducía al salón de ceremonias. Glorfindel estrechó su mano con suavidad y él le dedicó una mirada de disculpa. En respuesta, los ojos azules le pidieron calma. Erestor sacudió la cabeza y se obligó a permanecer quieto. Estaba nervioso.

Hacia casi cincuenta años que no se realizaba un funeral en el valle, y ahora no se trataba de una muerte común, de la previsible muerte en combate que todos tomaban como posibilidad al traspasar las fronteras. Elrond había muerto durante los festejos de boda en un reino aliado, defendiendo a su bisnieto nonato. Una muerte digna de la familia, si se la miraba bien, pero inusual, inquietante. Además, el medio elfo había sido más que un señor para Erestor, el vínculo que compartieran era profundo, sutil, lleno de miradas cargadas de entendimientos y crepúsculos silenciosos.

Siendo sincero consigo mismo, Erestor debía reconocer que le preocupaban más los que se quedaban: los gemelos, los otros habitantes del valle, el estatus del valle mismo –demasiado rico y bien ubicado como para no provocar ambiciones. La estabilidad de ese sitio, de su hogar, estaba en sus manos ahora. ¿Estaba?

La aparición de una figura en el recodo interrumpió sus pensamientos.

El jinete vestía de negro, se aproximaba al paso. Tras él fue surgiendo la caravana mortuoria: seis elfos cargaban el ataúd de madera negra, la escolta llevando los corceles a los lados, el coche de dos caballos – esmalte negro, riendas y cortinas de sobrio morado– y, cerrando la marcha, la carreta con el equipaje. A medida que los portadores del féretro avanzaban, los súbditos de Rivendel se postraban en el suelo –mostrando la absoluta sumisión que jamás dieran en vida al Señor.

Cuando los seis elfos llegaron a su altura, a Erestor no le sorprendió reconocer a los gemelos al frente. Se arrodilló sin dudarlo. Vivo, Elrond había sido un gran estadista, un sabio estratega y un generoso amigo, pero un elfo como los demás, sensible al dolor, a los errores de juicio. Ahora estaba muerto, a salvo de envidias o resentimientos, era perfecto –del terrible modo en que son perfectos los que se van. A su nueva sabiduría insondable rendía pleitesía. No avergonzaba a ninguno de ellos posternarse.

El Segundo Consejero se irguió lentamente, las personas a su alrededor se dispersaban. Muchos seguían el féretro a la sala de ceremonias, donde permanecería expuesto hasta la mañana siguiente. Otros regresaban a la guardería, a abrazar a sus hijos demasiado pequeños para respetar el protocolo de la recepción. El mismo deseaba ir donde Idril, pero vio a su esposo junto al coche de los gemelos y, de golpe, recordó que no solo llegaba un cuerpo embalsamado esa tarde. Se acercó despacio.

Glorfindel estaba inclinado hacia el interior del carruaje, casi la mitad de su cuerpo era invisible. Erestor podía escuchar la sueva voz de su pareja en diálogo con otra, difícil de seguir por su duro acento. Sintió una repentina simpatía por el muchacho. ¿Cómo le sentaría haber sido regalado por su propio cuñado? Además, tenía entendido que el bello Amroth no había abandonado el Bosque Negro en 1 700 años. Demasiado tiempo, incluso para un elfo.

Su pareja debió reconocerle los pasos, porque extendió un brazo hacia atrás sin girarse y tiró de él.

–Este es mi esposo, el Erestor hijo de Entunin, Segundo Consejero del Valle –dijo cuando estuvo ante la puerta abierta.
–Es un gusto conocerlo –saludó el avari con su voz extraña.
–Lo mismo digo –repuso Erestor en lo que sus ojos se acostumbraban a la penumbra en el interior del coche, para poder detallarlo.

Amroth estaba tendido cuan largo era –habían extraído los asientos–, rodeado de mantas y cojines, como si viajara en un gran diván. El joven tenía el rostro encuadrado por un tupido pañuelo negro, que resaltaba la palidez de su rostro. Los rasgos afilados eran armoniosos y familiares –aunque no estaba seguro de la razón. Sus ojos, grandes y algo hundidos, se hallaban enmarcados por cejas pobladas, anchas, correctamente delineadas. El color de sus pupilas era, en efecto, inusual entre los elfos –negro, verdadera oscuridad apresada–, pero la manera etérea en que le tendió la mano –una mano delgada y fuerte, de palma suave– era privativa de los Primeros Nacidos.

–¿Puedes caminar? –preguntó Glorfindel.

Amroth se limitó a asentir y comenzó levantarse despacio. Los esposos intercambiaron miradas preocupadas: era evidente que el muchacho sufría, pero no pedía ayuda. Erestor no intervino hasta el final, cuando fue evidente que su equilibrio era precario porque la mano derecha no se afianzaba bien el en marco de la puerta. Creyó detectar un ligero sonrojo en las mejillas del recién llegado, pero lo dejó pasar.

El avari tardó unos minutos en ganar estabilidad, luego alzó el rostro al cielo y respiró hondo. Una brisa se levantó, con la cual las ramas cantaron su saludo al nuevo inquilino. La túnica ondeó, él abrió los brazos en gesto de agradecimiento y el pañuelo que le cubría salió volando. El joven soltó un gemido, se encogió sobre si mismo y alzó las manos, en inútil intento de cubrir con ellas toda su cabeza. Erestor abrió los ojos como platos y murmuró “Dulce Elbereth”. Glorfindel corrió a recuperar la prenda, y la colocó sobre el cráneo del tembloroso joven. Ninguno de los tres dijo nada más en lo que Amrtoh ataba con cuidado el velo para cubrir su cabellera corta, completamente blanca.

–Vamos a tu habitación –ordenó incómodo el Primer Consejero.

Los tres caminaron despacio, los dos anfitriones demasiado incómodos con el descubrimiento para ir explicando la distribución de la casa, el nuevo inquilino agradecido por el silencio. Llegaron a una estancia en el segundo piso de regulares dimensiones, paredes verde manzana con dibujos de flores y estrellas, amplios ventanales, una chimenea de piedra negra a la derecha, una cama individual de mantas color azul en el centro, un armario de madera clara a la izquierda y amplios ventanales en la pared trasera.

–Hemos puesto alguna ropa en el armario –explicó Glrofindel. –Espero que sean suficientes hasta que los sastres te tomen las medidas y preparen un guardarropa apropiado.

Ese comentario desconcertó al joven, que no pudo contener su curiosidad.

–¿Apropiado?

Erestor le clavó sus ojos en el rostro de Amrtoh, ¿acaso podía no saber? Aquella mirada volvió a intimidar al avari, que bajó los párpados y suspiró.

–Entiendo –susurró derrotado.

Los dos consejeros supieron al instante que, en realidad, no entendía nada. Sin embargo, tampoco les correspondía explicar.

–El baño es allí –el rubio señaló una puerta blanca a pocos metros del armario. –Una campana llamará a la comida de la tarde tras la puesta de sol. ¿Algo más?Amroth movió la cabeza de un lado a otro con fuerza, sin mirarles.

Los eldars se marcharon y el avari se dejó caer en la cama, totalmente agotado física y mentalmente.

–Si que viven bien los siervos de Rivendel –dijo en su propio idioma cuando se tranquilizó.

Luego se levantó –tuvo que contener un quejido al apoyar la rodilla dañada– y caminó hacia el armario, dispuesto a cumplir la orden de los consejeros. Tiró de la manilla y…

–¡Por Aule!

La frase “algunos juegos de ropa” le había sugerido dos, tal vez tres mudas sencillas. En cambio, seis trajes completos colgaban de sendos ganchos: tres azules –cielo, marino y medianoche–, dos verdes –hierba y oliva–, el último negro. Cada juego estaba compuesto de pantalón y túnica con bordados blancos en puños, ojales y faldones, así como una camisa blanca con cuello y pechera bordados en hilos del color de las otras dos piezas. Todos los bordados representaban hojas y estrellas.

El lado derecho del armario tenía cajones. Abrió el primero con mano temblorosa. Una buena cantidad de calzones y medias de color blanco y costuras en verde claro estaban prolijamente dobladas. El segundo contenía una pesada capa negra. El tercero estaba vacío.

Amroth suspiró, los uniformes aquí eran ciertamente elaborados, pero tampoco le extrañaba, siempre había oído decir que Rivendel era un valle muy rico. Seguro estos vestidos correspondían a pajes o camareros, pero ¿cómo iba a hacer tales cosas siendo cojo? Por supuesto, al ordenar su habitación nadie aquí sabía que ahora era un lisiado. Lo más probable era que en la cena le dijeran de alguna ocupación que podría desempeñar, de preferencia lejos de las miradas de sus señores, para no molestarles con su torpeza y fealdad. Sacudió la cabeza, eso no era algo que pudiera controlar, así que mejor ni pensarlo. Optó por el traje azul medianoche, tomó un calzón, un par de medias y se fue a bañar.

En lo que la tina se llenaba con un ingenioso sistema por gravedad, el chico luchó con los botones de sus ropas. El agua tibia y el jabón de hierbas la relajaron y, mientras se secaba y luchaba con los botones por segunda vez, se dijo que tenía suerte, que servir en Imladris no podía ser peor que todo lo anterior. Así que terminó de anudarse el pañuelo alrededor de la cabeza y salió a la recámara para calzarse las botas.

A los pocos minutos sonó la llamada a la comida y él salió, con paso lento pero silencioso, a enfrentarse a su destino.

Minas Tirith

Despertó empapado en sudor, resoplando y su cabeza giró a ambos lados de la cama, temeroso de hallar alguien cerca.

–Fue una pesadilla –se dijo para tranquilizarse, pero la certeza no mejoró su ánimo.

Consciente de que no podría dormir más, el joven apartó las cobijas, se calzó las zapatillas y caminó hasta la ventana. En oriente, el cielo cambiaba muy despacio de color.

–Hoy es el día…

No pudo evitar que un temblor recorriera su cuerpo, miedo, para qué negarlo. Faramir le había dicho que el miedo es bueno, porque nos mantiene alerta, es bueno mientras no nos controla. Faramir… Realmente, si el Rey no hubiese llegado la tarde anterior, Duilin dudaba de que hubiesen podido mantener la charada durante otra semana. El Senescal no podía negarse a tomar los refrescos envenenados de su secretario, porque descubriría el juego, pero vomitar cada tarde tampoco hacía favor a su organismo. Estaba pálido, desconcentrado, Arwen y él hacían casi todo su trabajo durante las noches para mantener funcionando la maquinaria del Estado.

Esa misma mañana, Duilin había estado a punto de irrumpir en la oficina del Senescal y reclamar a Liolas su infame comportamiento, su traición. ¿Cómo había estado enamorado de alguien así? “Haría cualquier cosa por ti” le había dicho miles de veces, pero él nunca imaginó que “cualquier cosa” incluyera un complot contra la corona. ¿Eso le había pedido su padre a cambio de hacerse el de la vista gorda? Aunque ya tenía pruebas de que su padre no le amaba, a Duilin se le hacía muy cuesta arriba imaginarlo negociando la amistad de un invertido con su heredero. Duinhir de Río Morthond era hombre de recios preceptos morales. ¿Entonces? El muchacho sacudió la cabeza, cansado de la misma situación sin salida ni explicación. Tampoco importaba. Dos horas después del amanecer, cuando el Rey se presentara a la audiencia y los conspiradores fueran apresados, todo acabaría, incluso su familia.

Y hablando de familia, si que la había hecho buena el Rey ¿no? Regresaba con un hijo, para que nadie pudiera quejarse de que sentara en el trono al elfo. Príncipe Consorte Legolas Thrandulion de Telcontar, el título aún sonaba extraño en su mente, pero tendría que acostumbrarse. No estaba seguro de qué caería peor al Consejo de Nobles –los que sobrevivieran a la siega–, si el Príncipe Consorte o el salvaje hijo del Rey, porque eso también se notaba, al tal Geniev no le gustaban ni los zapatos, ni las camas.

Mentalmente, volvió a repasar el plan que trazaran tras la llegada de sus majestades. Su papel era sencillo, solo debía guiar a la patrulla que detendría a Liolas y sus compinches cuando pusieran el veneno en la bebida del Senescal. Luego irían a la sala del trono, donde los otros complotados serían sometidos a juicio sumario, entonces… ¿Sería el Rey capaz de cumplir las leyes antiguas?

Una parte del corazón de Duilin deseaba que si, que el nuevo monarca fuera fiero, para que a nadie más se le ocurriera levantar la mirada, otra ansiaba la misericordia real, aunque fuera inmerecida. ¿Cómo podría permanecer impasible mientras Elessar I ejecutaba por su propia mano a los conspiradores? Eran enemigos del reino, si, pero también su padre, su amante, su tutor. Estar presente en la plaza durante la degollina era lo que se esperaba de él, pero no estaba seguro de poder resistirlo.

El sol se asomó por sobre el río Anduin y Duilin supo que ya no había marcha atrás, para el amanecer siguiente sería el señor de Río Morthond, o estaría muerto.

Imladris

Erestor contempló con ojos legañosos el féretro.

Había pasado la noche en vela, repasando los momentos vividos junto al difunto, pero ninguna visión vino a tranquilizar su conciencia. Se le ocurrió que Elrond llevaba demasiado tiempo muerto y su alma ya disfrutaba de los eternos y deliciosos banquetes más allá del mar. Tal vez todo fuera inútil, y la respuesta que tanto buscaba estuviera ante sus ojos, entre sus manos, solo que era demasiado cobarde para aceptarlo.

Al fin y al cabo, ¿dónde buscar sino en su interior? Elrond había confiado en él, en su delicadeza y sentido de la oportunidad. Nunca volvió a preguntar por el documento una vez que dejó claro cuáles eran sus deseos. Nunca dijo nada que lo comprometiera. En cambio, si Erestor actuaba, estaría tomando una posición y tendría que asumir las consecuencias.

“¡Ay! Qué oportuno de tu parte morir lejos de Rivendel, viejo amigo. Entre jovencitos ajenos a las tareas que nos dejaste.” Buena cosecha para una noche de meditación, sin duda: culpar al muerto de sus problemas. Aunque, por esta vez, fuera en verdad el muerto culpable, la cosa no cambiaba.

Casi quinientos años atrás, había jurado fidelidad al Valle. Luego Elrond le había honrado al nombrarlo su Consejero, pero sus acciones siempre habían estado orientadas al bienestar de la comunidad. No había sido un empleado complaciente, y sospechaba que por eso lo había elegido para tan amarga tarea. Una última –póstuma– prueba de su fidelidad a algo más que a una persona, a ese lugar mitad tierra y mitad sueño que se llama hogar.

Él sabía lo que era perder un hogar, los sitios donde había jugado de niño, donde estaban sus amigos y padres, la ventana adornada por el sicomoro que viera crecer… Todo había desaparecido bajo la negra marea de los orcos. Después no quedó más opción que recorrer las rutas de Arda, llevando mensajes y consejo a los belicosos reyes elfos, que se unían y separaban al ritmo de su soberbia. En ningún sitio se había quedado porque no sabía ser cortesano: adular, sonreír, intrigar eran incompatibles con su naturaleza.

Elrond lo había aceptado así, con su mirada aguda y su lengua afilada. Glorfindel lo había aceptado así, hosco y sincero. Los gemelos lo habían aceptado así, exigente y poco amable. Los habitantes del Valle lo habían aceptado, cobijado, hecho uno de los suyos, le habían devuelto el hogar. Comprendió al fin lo que esperaba Elrond al confiarle esa tarea: que pusiera en una balanza su sentido del honor –que le había permitido sobrevivir siglos de peregrinaje– y el amor por el Valle –donde había recuperado la sensación de pertenecer.

No sonrió, pero sintió que un peso abandonaba sus hombros y su corazón. Era hora de retribuir el amor de su Ultima Morada.

Minas Tirith

Aragorn estrechó con fuerza la mano de Legolas y luego le dejó ir. Estaban ante la puerta que comunicaba uno de los tantos pasadizos del palacio con la Sala del Trono, esperando la señal de Faramir para entrar y recuperar el reino. El hombre suspiró, y se arregló automáticamente el faldón de su túnica de gala, roja con bordados en negro y oro. Volvió a mira a su pareja –Legolas estaba imponente con su propio traje azul y oro, capa y botas negras con bordes de piel marrón– y se preguntó el sentido de todo aquello.

¿De qué le servía la Corona Doble, después de todo? Mientras se trataba de la guerra, la libertad de los pueblos libres, el fin de Saurón, y asuntos similares, todo estaba bien. Pero desde hacía casi un año que era Rey y no acababa de comprender la maravilla de ocupar el trono de sus ancestros. Solo había conseguido un montón de enemigos y casi perder a Legolas y Faramir a causa de intrigas y envidias. Eomer tampoco estaba muy contento con toda la parafernalia a su alrededor, y se le encogía el alma de pensar que el protocolo de la corte edain era mucho más complicado que el rohirrim.

Ahora mismo, estaba a punto de reaparecer para actuar como verdugo con la esperanza de imponer orden en la ciudad. ¿Era así como deseaba comenzar, efectivamente, su mandato? ¿Cómo deseaba que lo viera su esposo? Bueno, desde el asunto de Ferebrim, su elfo era un aficionado entusiasta de la sangre, pero esperaba con toda el alma que fuera algo pasajero. Además, estaba Geniev. No sabía mucho del pasado de su flamante hijo, pero confiaba en poder convertirse en un ejemplo para él, alguien a quien admirar, no en un tirano sanguinario al cual temiera.

–Todo va a estar bien –le susurró Legolas.

Aragorn sonrió inseguro. –Mientras no me dejes.

–Tu eres mi hogar –repuso el rubio con sencillez.

Aragorn suspiró. Legolas decía que su hogar estaba junto a él, perfecto. Pero ¿dónde estaba su propio hogar?

Sus primeros recuerdos eran del mágico valle de Imladris, pero siempre supo –tal vez por las miradas duras que le dedicaba Erestor o por la nostalgia de sus padres– que no pertenecía ahí. Luego había tenido una vida nómade en Eriador, aunque se había ganado a pulso el liderazgo de los montaraces, nunca dejó de sentir que se trataba de un papel, de lo que del hijo de Elladan y Elrohir se esperaba. Se fue al sur –tratando de huir de un fantasma rubio y simpático– y descubrió el brillo de las paredes de la ciudad de Isildur al amanecer le daba una extraña paz. ¿Sería eso? Varias veces regresó a la Ciudad Blanca a lo largo de cincuenta años, nunca hizo amistades duraderas, mucho menos tuvo una casa, pero era agradable volver a Minas Tirith, respirar su aroma singular –mármol, sudor y tierra–, apreciar el ritmo de sus habitantes, perderse entre las voces que negociaban en el mercado con sus acentos variados.

Si, pertenecía a Minas Tirith de un modo complicado, distinto a su pertenencia frente a Legolas –nada sorprendente, después de todo no se puede uno entregar a una ciudad como a un amante–, pero no por ello menos real. Había extrañado este sitio cuando, separado de su esposo y su hijo, vagaba por las Montañas Nubladas, también cuando creyó morir al ver esos ojos azules mirarle sin reconocerlo –por al poción de aquel sucio teleri. Minas Tirith no solo le pertenecía por derecho de heredad –había pasado sesenta años rehuyendo semejante título, bien podía esconderse otros cien–, sino porque él pertenecía a ella. Esa antigua urbe amurallada y orgullosa, madre de guerreros y poetas, era también su esposa, su hogar.

La puerta comenzó a abrirse, dejando pasar la luz al sombrío corredor, y las últimas palabras de Faramir le indicaron que era el momento.

–… ¡larga vida al Rey!

Aragorn tomó aire y salió a la amplia y luminosa estancia, justo al lado de la escalinata que conducía a su trono. Llevaba la mano izquierda apoyada en el puño de Andúril, y con la derecha estrechaba a su consorte. Miró con calma a su alrededor, desafiante.

Por pura costumbre, la mayoría de los presentes en el salón –nobles, secretarios, personas con audiencia– se inclinaron respetuosamente. Sin embargo, tenían las cabezas levantadas –de un modo que la etiqueta más estricta calificaría de insolente– y miraban con ojos muy abiertos a su monarca. En algunos ojos brillaba el asombro, en otros la mal contenida desazón.

–Es un placer volver a encontraros, mis amados súbditos –dijo de acuerdo al protocolo de la audiencia y comenzó a subir los escalones. A los pies de la escalinata permanecieron su esposo, Geniev y la guardia.

Nadie dijo nada, y Aragorn sonrió levemente. Había sido idea del Senescal que llegara como si solo faltara desde hacía siete días, para aprovechar el factor sorpresa. Ninguno de los conspiradores se atrevería a cuestionar las acciones del Rey en medio de la Sala del Trono, poniendo en evidencia su actitud desafecta. Además, las puertas estaban custodiadas por hombres de la guardia personal, que les impedirían salir para avisar a sus secuaces –los que no estuvieran ya presos– o huir.

Cuando el monarca estuvo sentado en el asiento izquierdo del elaborado y pulido trono doble de mármol negro y cojines de seda roja –el mismo que Aragorn había encargado al día siguiente de su matrimonio–, miró a Faramir con expresión casi aburrida y continuó con los parlamentos marcados siglos antes.

–¿Qué perturba a mi pueblo y debe ser traído ante mi criterio?

–Para no agotaros, Majestad, solo deberéis involucraros en un fratricidio y un complot contra la corona.

Un rumor horrorizado recorrió la estancia, los guardias alrededor del trono desenvainaron las espadas, varios nobles comenzaron a moverse –discretamente– hacia las puertas, los secretarios aceleraron el ritmo de sus plumas.

El Rey asintió, indicando así que el proceso podía proseguir. Faramir hizo un gesto con el brazo y una figura embozada salió de un costado.

–Yo acuso a Duinhir de Río Morthond de la tortura, encarcelamiento e intento de asesinato de su hijo mayor, Duilin.

Al mismo tiempo, varios guardias habían obligado al mencionado noble a acercarse al trono. Faramir procedió a interrogarlo como si el hombre estuviera allí por su propia voluntad.

–¿Cómo se declara de tales cargos?

–Inocente, ¡por supuesto! –señaló con gesto ofendido su túnica marrón. –Todos saben que mi hijo murió de fiebres hace menos de cuarenta días. Las fiebres no pueden ser provocadas por deseo de otros que los Valar.

Faramir asintió y se apartó de su mesa de trabajo, a los pies de la escalinata real, para avanzar hacia el acusado con las manos entrelazadas a la espalda.

–¿Y cree que algo podría inclinar a los Valar podrían reclamar a su heredero?

–Mi hijo era bueno y listo. La regente hizo un gran honor a mi casa al nombrarlo secretario. No puedo imaginar la razón, pero tampoco me corresponde saberlo.

El Senescal asintió. Luego se giró hacia el acusador.

–¿Por qué habría de matar este hombre a su heredero?

–Dos razones: era un invertido, por lo cual le odiaba, y supo que despreciaba al Rey, por lo cual le temía.

–¿De dónde saca esas cosas? –empezó a vociferar Duinhir con el rostro rojo y las venas del cuello a punto de reventar. –¡Mi hijo era un hombre!, nadie puede acusar a mi sangre de degeneración sin probar mi espada –ante su decidido intento de acercarse al encapuchado, los soldados le retuvieron por los brazos. –¡Mi hijo no era ningún amanerado sin virilidad buscador de varones!

De pronto, el hombre tomó conciencia de lo que acababa de decir y miró hacia el trono. El silencio en la sala era sepulcral.

–Me parece –opinó Aragorn con tono condescendiente–, que el cargo de desprecio al Rey ha sido confesado. Prosiga, Senescal.

Por toda respuesta, Faramir hizo un gesto y el acusador anónimo se quitó la capucha. Los ojos verdes de Duilin brillaron de satisfacción al tiempo que los de su padre se tornaban opacos y el duro rostro se desencajaba.

–Es… es… tu no eres mi hijo… tu…

–Claro que es tu hijo –saltó en ese momento Arctos, hermano de la difunta esposa de Duinhir–, esos son los cabellos y los ojos de mi hermana.

Arctos, un gigante de anchos hombros y cabeza totalmente calva, ahora roja de la emoción, se adelantó con clara intensión de tomar la justicia por su mano, pero los guardias le retuvieron y desarmaron.

–Así que –comentó imperturbable Faramir–, ¿su padre le torturó y encarceló?

–Si, mi señor.

–¿Y qué provocó semejante medida?

–Yo sorprendí una reunión, señor, en la que varios miembros del Consejo de Nobles decían injurias contra el Rey y planeaban impedir su regreso.

–¿Impedir? –insistió Faramir.

–Ellos… –Duilin miró por un instante a su padre, dudoso, pero solo vio en sus ojos el habitual desprecio. –Ellos deseaban envenenaros, mi señor, y hacer nombrar a otro Rey.

–Ya, ¿podéis decir los nombres de los invitados?

–Estaban…

A medida que el joven decía nombres, los mencionados eran presentados por la Guardia Real, maniatados y con sus insignias de nobleza arrancadas. El resto fue rápido: se presentaron las cartas que Hurin de las Llaves había enviado a su cuñado, comentando el desarrollo de las alianzas; se obligó a Liolas a explicar cómo ponía veneno en las diversas bebidas del Senescal; Felitar confesó su pacto con Forlong, para obligar a la Regente a casarse con alguno de ellos.
Diulin contemplaba todo, pero su mente estaba muy lejos, en los pocos recuerdos amables que conservaba de aquel hombre con el que, por azar, compartía la sangre. Sin embargo, no pudo evitar oír la voz profunda y recia del Rey al pronunciar su sentencia.

–Es más que evidente que estos –abarcó con un gesto a los diez cabecillas de la conspiración–, que se hacen llamar nobles de Gondor, unieron sus voluntades en un proyecto en contra del reino y la familia real. No necesito consultar a mi Senescal para saber cuál es la pena, pues la misma se aplica en toda al Tierra Media –Aragorn hizo una pausa, se puso de pie y comenzó a bajar la escalinata. –Si alguno de ustedes creyó que, tras ir a llamar a Saurón a la misma Puerta Negra, no sería capaz de ejecutar algunos traidores, me juzgó mal –ya estaba al nivel del piso, miró con intensidad a los conjurados, luego, brevemente, a su esposo, al fin alzó los ojos hacia los cortesanos reunidos. –Hoy he regresado a ocupar el trono de mis ancestros y lo haré con generosidad, pero con fuerza.

Aragorn tomó el cuchillo de piedra negra que le tendía un miembro de su guardia y probó el filo. Era una pieza antigua, tallada y pulida con el único objetivo de realizar de modo cómodo las ejecuciones de la nobleza –fuera cual fuera la talla del monarca encargado de la tarea. Antes de volver a moverse, sopesó el arma, dejó que se calentara en su mano. Los reos estaban ante él, de rodillas, con las manos atadas a la espalda y huellas de sudor u orine marcando sus túnicas.

De repente estaba junto a Hurin, levantando de sus viejos mechones al anciano, un poco más bajo que él. El primer chorro de sangre salpicó las mangas de su elaborado jubón. Dejó caer el cuerpo aún convulsionante. Siguió adelante, sin pensarlo, con la habilidad largamente asimilada como prenda.

Al final, asqueado de todo, deseoso de un baño y una charla con su esposo –él deseaba mucho más, pero Legolas no estaba listo, por Eru, solo ver su cara de felicidad ante la masacre lo decía, nadie en sus cabales podía hallar agradable aquello– Aragorn se giró en dirección al Senescal.

–Que los cuerpos sean entregados a las familias.

–Si, Majestad.

–Y que lo que queda del Consejo sea convocado para mañana –a nadie escapó la implícita amenaza. –Legolas, vamos a descansar –ahora si, varios no pudieron contener expresiones de sorpresa.

Durante los meses de su primera etapa de gobierno, el Rey nunca había sido explícito en su relación con el elfo. Todos sabían, por supuesto, pero jamás traspaso el hombre la fina línea de lo que esa corte entendía por decoro. Más que las sumarias ejecuciones –que evocaban los años infames de la Guerra de Sucesión–, este era el verdadero reto a los nobles: ¿querían derrocarlo porque sospechaban que era un invertido?, pues ahora estaba claro, y ay de quien se opusiera.
Aragorn sonrió para sus adentros y aún dio un par de pasos en dirección al ala privada cuando fingió recordar.

–Otra cosa, Senescal. Hallad algunas ropas y un ayo para mi hijo –de nuevo ignoró deliberadamente las expresiones de sorpresa, esta vez felices. –Faramir cuidará de ti hasta la cena, ¿de acuerdo?

El muchacho asintió, y ellos se retiraron.

Mientras cruzaba los corredores en busca de sus nuevas habitaciones, Elessar I pensó, con fastidio, que definitivamente estaba en casa: intrigas de nobles ambiciosos, traiciones familiares, tensas negociaciones entre lo que desea el Rey y lo que quieren algunos del reino –un heredero, por ejemplo–, ejecuciones sumarias para demostrar que no es ningún remilgado y –la guinda del pastel– escoltas hasta para ir al baño.

Maldición, si no fuera por Legolas, como odiaría su hogar.

TBC…