¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

Todos los personajes reconocidos públicamente son propiedad de sus respectivos autores. Los personajes originales e historias son propiedad la autora. No se genera ningún beneficio económico por este trabajo, ni piensa por un instante en los derechos de autor.

07 febrero, 2008

EN BUSCA DE UN SUEÑO 18

Preguntas incómodas

“¿Cuándo nací? ¿Cuándo moriré?
Ningún hombre puede evocarel día de su nacimiento
ni designar el de su muerte.
Ven, mi grácil bienamada.
Quiero pedir a la embriaguez
que me haga olvidar que nunca sabremos nada”
Omar Khayyam

Michel despertó despacio, con dolor en el vientre y la desagradable sensación de los monitores cardio–respiratorios pegados a su piel como ventosas.

–Buenas noches.

El saludo lo hizo girar el rostro a la derecha y pestañear varias veces. Apenas podía distinguirla en la penumbra de la habitación, pero la voz de Gilraen era inconfundible.

–Mamá.

El joven extendió una mano y delineó su cara ovalada, se detuvo en la mejilla de pómulos algo salientes.

–¿Qué hora es? –preguntó cuando ya estaba seguro de que era, realmente, ella.

La mujer consultó su elegante reloj de pulsera adornado con brillantes.

–Las diez y media de la noche. ¿Te parece si aviso a los otros de que despertaste?

–¿Los otros?

Gilraen le tomó la mano con algo de tristeza. ¿Acaso su niño no llegaría a confiar nunca en las personas a su alrededor?

–Tu padre y Glorfindel están allá fuera, tratando de explicarle a la esposa de Alcar de que no vas a morir por pasar una noche en el hospital. Por supuesto, no hace más que alterar al resto de tus compañeros del edificio. ¡Ah! Y media facultad de medicina ha pasado a preguntar cómo estabas.


Michel sintió un golpe de calor subirle al rostro. Contaba con que su padre y su pareja estuvieran por allí, pero ¿los otros ocho “Caminantes”? ¿Sus compañeros de carrera? Aunque seguro esos lo hacían por congraciarse con Glorfindel.

–¿Qué le paso a la niña? –preguntó con ganas de cambiar de tema.

La mujer apretó los labios, sus ojos dejaron de ser cálidos, amables.

–Su nombre es Jennifer Keith, y los ortopedistas pasaron un buen rato con ella en el salón de operaciones. La verdad, es muy extraño que se rompiera el brazo de modo tan aparatoso.

Michel asintió, ya tranquilo por ese lado.

–¿Quieres que llame a los otros? –insistió su madre.

Él hizo un gesto de aceptación y la escuchó alejarse con pasos cortos y decididos. Tras el sonido de la puerta al ser abierta, un montón de personas se apresuró dentro de la estancia. Michel pronto tuvo el campo de visión lleno con su padre, su pareja y sus jóvenes vecinos. Estuvieron un rato revoloteando a su alrededor, pero lo cierto es que estaba cansado y su esposo no tardó en darse cuenta. Así que despidió a los muchachos con diplomacia. Ellos se apresuraron a partir –también estaban cansados– con la promesa de que regresarían en la tarde siguiente.

Michel suspiró, agotado y feliz.

Su esposo se sentó a su lado y le tomó una mano con afecto.

–Estoy bien –aseguró con voz soñolienta.

–Deja que el especialista decida eso –le regañó su madre.

–No es nada que un par de días de descanso no curen –aseguró el rubio. –Pero prefiero que te quedes aquí ese tiempo, ¿de acuerdo?

Michel asintió, consciente de que era inútil discutir. Su esposo no lo dejaría alejarse demasiado.

–Si está todo arreglado, nosotros también vamos a casa –anunció su padre.

Duncan y Gilraen besaron las mejillas de su hijo y salieron acompañados de su yerno. Mientras recorrían los corredores hacia el parqueo del hospital, la mujer volvió a tomar la palabra.

–Quiero levantar cargos –dijo con tono frío, exigente.

–Eso le corresponde a tu hijo –advirtió el doctor.

–Pero él es demasiado bueno –empezó a quejarse ella.

–Algo de lo que siempre has estado orgullosa –le recordó su esposo.

Ella resopló bajito, de modo increíblemente elegante, pero no cedería.

–Tiene derecho a levantar cargos –insistió.

–Y no te impediremos que le informes de ello, querida –aceptó con suavidad. –Pero tiene que decidirlo él.


Ya casi estaban junto al jaguar deportivo de color azul cielo. Duncan McCormick sacó el control remoto de la alarma, la desconectó, y se volvió hacia su yerno.


–¿Estás seguro de que nada puede complicarlo? –Glorfindel negó y el hombre pelirrojo le dedicó una ancha sonrisa. –De acuerdo entonces. Vendremos mañana en la tarde.

Gilraen se acercó a darle un último beso en la mejilla. La tensión que todavía la atenazaba era notable. Siempre había sido muy protectora de su único hijo, y –el doctor estaba seguro– apenas se estaba conteniendo para ir a obtener una satisfacción física por el ataque a Michel. Si se iba, era porque confiaba en su preocupación por el muchacho. Y no era fácil ganarse la confianza de Gilraen Valdran.

El auto partió y el hombre regresó despacio a los niveles superiores. Planeaba ir a Registros para revisar los ingresos de la primera parte de la noche y regresar donde su pareja, pero fue detenido en las escaleras del primer piso.

–Disculpe, doctor Valrugna –le detuvo la pelirroja Sandra. –Un par de policías desean verlo, los dejé en la sala de visitas.

El hombre asintió, en realidad era extraño que la aparición de los oficiales tardara tanto. Cambio de rumbo sin mayor preocupación, no se ejerce la medicina por veinte años sin cruzarse con policías.

La sala de visitas era pequeña y acogedora. Los oficiales estaban sentados en un sofá de color crema, con un servicio de café ante ellos, pero no se habían quitado los abrigos. Se levantaron al unísono al escuchar la puerta. El que parecía mayor, pelo castaño y de ojos verdes, se adelantó unos pasos.

–Soy Glorfindel Valrugna.

–Yo soy el detective Maldrion –informó el policía extendiendo la mano. –Este es mi compañero, Kapek –el segundo oficial tenía ojos y cabellos negros.

El rubio asintió y fue a sentarse en una butaca frente al sofá que eligieran los policías. Maldrion debía tener unos cuarenta años, llevaba el pelo a la altura de los hombros, camisa blanca, pantalón y chaqueta de pana marrón. Kapek andaba por los veinticinco, su pelo estaba cortado al cepillo, como un militar, vestía camisa gris y pantalones negros y cazadora del mismo color, pero la falta de corbata no lo hacía lucir informal: la ropa estaba muy planchada para ser las 10:50 de la noche.

–Queremos hablar de Michel McCormick y Joan Keith –anunció Maldrion.

Glorfindel asintió, lo esperaba.

–¿Necesito asesoría legal?

–No lo creo –afirma el detective. –Para empezar, podría decirnos la causa del ataque de pánico del señor McCormick esta tarde.

–No le gustan las armas –Maldrion sonríe, parece aburrido.

–¿Le importaría elaborar su respuesta?

–No puedo. Solo se que Michel no puede ver armas de fuego, las tolera en TV o fotografías, pero verlas frente a él, incluso enfundadas, es algo que no puede controlar.

–¿Si su miedo es tan cerval, por qué no dejó caer a la niña?

Glorfindel frunce el ceño ante el enfoque del detective.

–El señor McCormick está bajo tratamiento desde hace años, para lidiar con su fobia. Además, está su entrenamiento como sanador, no dejó caer a esa niña porque era una paciente.

Maldrion asiente, su rostro no deja traslucir si las respuestas le alegran o mortifican. A su lado, Kapek tiene el rostro desagradablemente impasible, como si contuviera algo.

–La señora Keith alega que creyó ver al señor McCormick en el acto de secuestrar a su hija, que su propio entrenamiento como policía se impuso. Lo que no logro entender es, ¿por qué si él pudo hablarle en inglés a la niña, no pudo hacerlo con ella?

El rubio se detuvo a meditar la pregunta, sirviéndose una taza de café, algo no estaba bien ahí, pero no podía descifrar el qué.

–¿Por qué estaba luchando contra los efectos de un ataque de pánico? –ofreció al cabo.

–Lo que usualmente ocurre bajo presión, es que las personas usan su idioma materno, doctor Valrugna.

–Creo que no lo sigo.

–Michel McCormick vivió en Norteamérica hasta los ocho años –dijo Kapek por primera vez.

–Un detalle técnico –desestimó el médico. –Creció en la embajada de Arda, y no creo tener que recordarle cómo terminó todo.

Maldrion y Kapek intercambiaron una mirada breve, interrogante. Luego el policía mayor se volvió hacia Glorfindel.

–De acuerdo. Pasemos entonces a la pequeña Jennifer Keith.

La entrevista acaba unos quince minutos después, sin mayores sobresaltos. Los detectives le aseguran que la nueva vecina está bastante avergonzada y desea disculparse personalmente, y que quisieran entrevistar a Michel, cuando esté recuperado, por supuesto, para poder archivar el caso. Glorfindel los deja en la puerta del hospital y va finalmente a Registros. Ha sido una noche tranquila: dos accidentes de auto, un incendio y tres peleas de bares, poco para una ciudad de cinco millones de habitantes, aunque sea lunes.

Llega a la habitación de Michel y se tumba en el sofá cercano a la cama. Su esposo duerme tranquilo, gracias a los sedantes que circulan por su sistema. No le pidió permiso para ello, pero sabe que, tras un episodio como el de esa tarde, al usualmente insomne joven le sería imposible conciliar el sueño. Muy despacio recrea el cuerpo que se adivina arrebujado entre las mantas en la agradable penumbra de la habitación. ¿Debería preocuparse por la insinuación de Maldrion? El confía en su pareja pero… Glorfindel arruga el seño, la conversación le ha dejado inquieto a su pesar. Hay cosas, espacios en la vida de la familia McCormick de las que sabe no puede hablar con Michel, y usualmente lo deja pasar, pero hoy… Simplemente, no entiende por qué se ponen tan incómodos cuando el tiempo en Estados Unidos sale a relucir.

Está seguro de que, si pudieran, Duncan y Gilraen negarían con todas sus fuerzas haber estado un solo día de sus vidas fuera de la isla. Pero es imposible, todo el país conoce la historia. Ella es nada más y nada menos que Gilraen “La Bella” Valdran: Reina de Belleza de la Tierra Media 1965, Mis Universo 1966, Embajadora de la República Federativa de Arda ante la ONU de 1975 a 1985. La protagonista de la toma de la sede diplomática de Washington por extremistas cristianos durante cinco días, de los cuales se libró a punta de AK-73, sin esperar la intervención de las fuerzas norteamericanas “Porque estaba cansada de oír a mi hijo llorar de miedo y de las miradas lascivas de esos fanáticos”.

A pesar de que, en teoría, nueve años y once meses de esa estancia habían sido maravillosos, los tres se mostraban renuentes a hablar de sus vidas personales. Al menos Duncan y Gilraen no eran reacios para comentar el desempeño profesional de ambos en las batallas diplomáticas de la ONU y en las siempre tensas relaciones bilaterales con los norteamericanos, pero era como si Michel no hubiera estado ahí –excepto para llorar entre los brazos de sus padres ante los amenazadores terroristas y desatar el apocalipsis.

¿Y por qué Maldrion había insinuado que el inglés debía ser la lengua base de su pareja? Era de público conocimiento que el estilo de vida de los representantes de Arda en el extranjero. Como los diplomáticos de naciones árabes, del lejano oriente o del antiguo bloque socialista, esas embajadas no eran edificios, sino grandes manzanas que contenían oficinas y residencias, donde ellos vivían sin demasiado contacto con el mundo exterior. Los ardences no solían hallar tentadora la integración con otras culturas, y reconstruían su isla tras los altos muros y el estatuto diplomático. Todo, desde personal de servicio hasta taquígrafas, era contratado por la cancillería en Tierra Media.

Si Michel había crecido tras esos muros, lo más probable es que recibiera clases particulares con los otros hijos de trabajadores de la sede diplomática o de los poquísimos inmigrantes ardenses, que su mundo infantil estuviera limitado a los altos muros de la embajada y los consulados de Nueva York, San Francisco y Chicago. No, no era probable que aprendiera inglés allí hasta que creciera y empezara a interactuar con otros chicos, acaso otros hijos y nietos del cuerpo diplomático acreditado en el país. Pero la pregunta de los oficiales no había sido ociosa, seguro.

Glorfindel sacudió la cabeza y se descalzó. Sin duda, dando vueltas a lo poco que sabía no hallaría una respuesta. Era mejor dormir, para la reunión de la mañana siguiente necesitaría sus cinco sentidos.

TBC…