¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

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30 enero, 2008

EL SEGUNDO REGRESO DEL REY 39

EL LARGO CAMINO A CASA (I)

"... Debes rogar que el viaje sea largo,
que sean muchos los días de verano;
que te vean arribar con gozo, alegremente,
a puertos que tú antes ignorabas...."

Ítaca, Konstantino Kavafis

Imladris

Glorfindel terminó de acomodar el pañal de su hija y suspiró con satisfacción, junto a la ventana, su esposo dejó escapar una exclamación. El rubio levantó la mirada, intrigado.

–Han regresado –anunció Erestor con expresión impasible.

Se dirigieron a las puertas de la casa en silencio y, durante la caminata, el Consejero no puso dejar de sentirse un poco inquieto: simplemente, no tenía energías para lidiar entre Erestor y los gemelos.

Por supuesto, su esposo sabía -¿quién no sabía en Imladris?- de la relación entre los hijos de Elrond, pero en vez de mantenerse neutral al respecto, había dejado en claro su profundo desagrado por el hecho. Ahora que Elladan era el nuevo Señor, Glorfindel se preguntaba cómo podrían trabajar juntos, si el día menos pensado no se encontraría con la disyuntiva de elegir entre sus pupilos y su pareja. Por suerte o por desgracia, los gemelos no habían tenido tiempo para renovar el Consejo de Imladris, a causa de la noticia del secuestro de Legolas. Ahora el único tema en que le era imposible contemporizar con su pareja estaba a las puertas de su hogar, y el vencedor del baldrog se descubrió lleno de ansiedad, estrechando a Idril un poco más de lo necesario.

Al llegar a la gran escalera de mármol y madera finamente tallada, se encontraron a los gemelos casi dentro de la casa. Ambos consejeros hicieron una leve reverencia.

–Bienvenidos a su hogar sean los señores –dijo el Primer Consejero en su más exquisito sindarín. Casi al instante estaba dentro del fuerte abrazo de Elrohir.
–¡Ha nacido! –fue el emocionado saludo del gemelo.
–Si, mi señor –explicó sin poder ocultar el orgullo. –Nació la noche a partir de la cual los días empiezan a alargarse (21 de diciembre, solsticio de invierno).
–Eso es un excelente augurio –comentó Elladan a unos pasos de distancia, siempre más controlado en sus expresiones públicas de afecto.
–¿Cuál es su gracia? –preguntó volviéndose en dirección al Segundo Consejero.
–Idril –respondió Erestor con el rostro inexpresivo, lo suficientemente diplomático como para callarse lo incómodo que estaba con la cercanía de los gemelos y su bebé, pero incapaz de fingir felicidad.

Hubo un carraspeo incómodo, que les recordó que los únicos recién llegados no eran Elladan y Elrohir. Glorfindel giró el rostro con una amplia sonrisa… que se le congeló en el rostro al reconocer la delgada figura de Legolas, y su mirada borrosa, húmeda.

–Bien hallados sean los consejeros Glorfindel y Erestor, así como su retoño –saludó el rubio príncipe con voz estrangulada.
El Primer Consejero de Imladris dio un paso para acercarse, pero el sinda le detuvo alzando una mano. El comprendió –¿cómo no comprender?
–Bien hallados sean los soberanos de Gondor y Arnor –respondió con la mayor formalidad.
–Es un placer volver a los jardines de Celebrian y comprobar que la magia del amor sigue…
Legolas no pudo continuar, la voz se le quebró y bajó corriendo las escaleras para luego perderse en los jardines. Su esposo se disculpó con la mirada y lo siguió.
–Así de mal salieron las cosas –comentó el rubio consejero.
–Podría haber sido peor –repuso Elrohir, incluso parecía que el gemelo menor iba a decir algo más, pero la mirada del Segundo Consejero le detuvo.
–Creo que este no es lugar para ponernos al día –explicó Erestor. –Los señores necesitan descanso y alimento. ¿Puedo sugerir un encuentro en el despacho tras la comida de la tarde, Señor?
Elladan asintió con un gesto vago, sus ojos seguían fijos en el recodo por donde se marchara la joven pareja. De repente recordó que su única preocupación no eran Estel y Legolas.
–¡Geniev! –llamó sin preocuparse de buscarlo con la mirada, ya se había acostumbrado a la capacidad de camuflaje del chico.

El medio elfo salió a cuatro patas de detrás de unos arbustos, con sus ojos oscuros oscilando entre los dos desconocidos y los guardias que intuía en los alrededores. Alarmado por su evidente sigilo, Erestor dio un paso para ponerse delante de Glorfindel y su hija, al tiempo que llevaba la mano al puño de su espada corta, profusamente decorada, pero no por eso menos funcional. Geniev se congeló al ver el gesto y gruñó de modo amenazador.

–¡No!–intervino Elrohir.
El gemelo bajó la escalera y se acercó al temeroso chico con gestos pausados, las manos a la vista.
–Son amigos –dijo muy despacio en lengua común, y tendió una mano.

Geniev luchó unos instantes entre el instinto y la razón. No estaban en la Comarca, donde los medianos eran fáciles de evadir. Este sitio estaba lleno de elfos, guerreros de excelente puntería que lo matarían en medio de la noche. Lo sabía. Pero ellos le habían traído ¿no?, dos de ellos vivían aquí, debía ser seguro, siempre que no ofendiera a nadie. Finalmente tomó la mano del gemelo y se irguió. Se ganó una amplia sonrisa y la evidente relajación de los desconocidos de la escalera.

–Ven –Elrohir lo condujo suavemente en dirección a los escalones y se detuvo ante los consejeros. –Les presento a Geniev, el famoso Fantasma de Fornost, quien encontró a Legolas.
–Es… un gusto –saludó el chico con pésimo acento.

Ni Glorfindel ni Erestor estaban muy seguros de cómo reaccionar, en parte por la actitud sigilosa del desconocido, en parte porque su frase indicaba que no entendía mucho del lenguaje élfico. Por suerte, Elladan cortó la incómoda situación.

–Ro, busca una habitación para Geniev, yo voy a dejar el equipaje de Estel y Legolas –se volvió luego hacia los esposos. –Consejeros, los veré a la hora acordada en el despacho.

Y, para fastidio de Erestor, se marchó sin esperar respuesta.

Esa noche, el Segundo Consejero de Imladris no pudo dormir. Después de dar vueltas durante un par de horas en la cama, decidió ir a sentarse en la biblioteca, para poner en orden sus ideas sin molestar a su esposo. Demasiadas cosas, y muy pocas de ellas agradables, les había revelado su Señor en la reunión de la tarde. Toda la aventura del matrimonio secreto de Estel y Legolas, así como la cadena de desgracias que les llevaran a perder a su primer hijo se le antojaban familiares, terriblemente familiares. La historia de la familia de Elrond tenía constantes inevitables, al parecer.

De golpe recordó “El Proyecto”. Erestor frunció el ceño, Elrond le había hecho ese último encargo en calidad de amigo, confiando en su habilidad con los idiomas y su discreción, pero no había dejado instrucciones claras de cómo usarlo. Bueno, siendo honesto consigo mismo, tenía una idea bastante clara de para qué deseaba Elrond esa traducción, más bien, para quién, pero… Si hacía lo que sabía que su amigo deseaba, estaría traicionándose a sí mismo, y si no, la última oportunidad de salvar el legado de los elróndidas se perdería.

¡Por el Ojo! ¿Por qué todo empezaba y acababa en ese par de aberrados? El elfo repasó de memoria las líneas generales del documento, cuya traducción le había llevado casi treinta años y mucho debate ético. Al principio había pensado en el asunto como un simple ejercicio patrimonial, pero en la medida que comprendía el texto, sus detalles, entendió también la emoción y el secretismo de su Señor para con el material. Y ahora… estaba en una situación absolutamente inesperada: con su empleador muerto, gobernado por un elfo al que despreciaba y con las llaves para normalizar la sucesión del trono en sus manos. ¡Oh! Por supuesto, Erestor no había llegado tan lejos infravalorando a sus semejantes. Podía considerar a Elladan un inmoral, pero nunca dudaría de su valor: elegiría a su hermano antes que al valle y, ¿qué sería entonces de la Última Morada?

La luna iluminó totalmente la estancia, y Erestor supo que era casi hora de alimentar a Idril. De regreso a sus habitaciones, pasó por delante de la ancha puerta que conducía a la recámara de sus señores, la conciencia de lo que podía estar ocurriendo ahí le llenó de asco. Guardaría silencio, decidió ya ocupado en ayudar a su esposo en el proceso de darle el pecho a la pequeña. Mientras nadie le preguntara, él no tenía que responder.

Para cuando los primeros rayos del sol tocaron el valle de Rivendel, ya Geniev estaba despierto, tratando de descifrar los ruidos de la nueva y gran casa a donde lo habían traído. Él conocía el valle siempre verde, por supuesto, pero jamás había soñado con entrar a sus límites, menos al interior de los elegantes edificios de color claro que se alzaban como agujas entre el follaje. Y ahora estaba aquí, aunque que no por mucho tiempo.

A Geniev le era muy difícil volver a hablar, no digamos hablar con fluidez un idioma completamente nuevo, pero ya comprendía suficiente élfico como para saber que esta era una escala, que el destino de Legolas y Aragorn estaba en el sur, junto al poderoso Anduin. Eso lo llenaba de zozobra.

La verdad sea dicha, cuando Legolas le hablara de llevarlo a casa, Geniev no había creído en su promesa. Esperaba un poco de comida, tal vez una muda de ropa nueva y de nuevo al camino. Pero, tanto el Lindon como en la Comarca le habían tratado con cuidado y deferencia, hasta con respeto. Trancos estaba lleno de agradecimiento, y los gemelos le hablaban despacio, para que aprendiera la lengua de los elfos. En esos meses nadie le había mirado con fijeza, muchísimo menos habían intentado tocarlo, nadie le consideraba un bicho y, después de todo, ¿por qué iban a hacerlo? Ellos eran elfos, él un medio elfo, ninguna extrañeza podía esperar.

Pero en el sur no había elfos, a menos que las cosas hubieran cambiado enormemente con la guerra. En el sur todos eran hombres, hombres rudos –bien que lo recordaba en la piel- y burlones. ¡Claro! Trancos era Rey en el Sur, como su protegido nadie se reiría, y hasta podría vengarse de quienes antes…

El muchacho cerró los ojos con fuerza, tratando de conjurar el dolor que esos recuerdos le traían siempre. Volver al Sur sería también revivir esos recuerdos, la humillación, el dolor, la vergüenza. ¿Estaba dispuesto? No tuvo tiempo de ponderar eso, alguien se acercaba a su habitación –reconoció los pasos de Trancos- y hubo tres toques discretos en la puerta.

–Adelante.
El hombre entró despacio y cerró la puerta tras de si, lo cual disparó las alarmas del chico. Pero su rostro permaneció impasible.
–Buenos días, Geniev. ¿Dormiste bien? –saludó Aragorn en la lengua común.
–Una cama suave –respondió, al tiempo que calculaba la distancia hasta la ventana.

Aragorn sonrió, a veces le costaba seguir el sentido de las respuestas del jovencito. Por supuesto, alguien que llevaba demasiado tiempo hablando solo consigo mismo no necesitaba ser demasiado coherente. Pensó de repente en Gollum, ¿eran así los diálogos de Frodo y el atormentado ser? No importaba, ahora, por suerte ya no importaba. Trató de concentrarse en Geniev.

–Seguiremos viaje al sur mañana temprano –le informó.
–¿A caballo?
–Llevaremos caballos, pero podrás caminar si lo prefieres –ya había notado que al chico no le sentaban las largas cabalgatas.
No hubo respuesta vocal, solo un leve asentimiento, Geniev parecía interesado en los árboles del jardín de Celebrían.
–Hay algo más, cuando lleguemos a Gondor…
–¿Anduin?
–Si, el poderoso Anduin riega una parte de las tierras de Gondor. Entiendo que eres del sur, ¿tienes familia a la cual buscar?

Esto si que asustó a Geniev. ¿Cómo sabía Trancos que era del sur? ¿Qué decirle? Si el hombre supiera su verdadero origen, lo echaría, estaba seguro. Sin embargo, muchas estaciones habían pasado desde que remontara el rio en busca de la gente hermosa, lo más probable era que…

–Muertos –respondió sin valor para mirarle a los ojos.

Aragorn asintió en silencio, había previsto algo similar. Uno no encuentra a un medio elfo ermitaño sin razones verdaderas, sin razones de sangre. ¿Sería capaz de decirles el muchacho alguna vez qué había pasado con el resto de su familia? ¿Si la sangre humana le venía por línea materna o paterna? No importaba, lo importante era fabricar una filiación medianamente creíble para que no sufriera en Minas Tirith, más de lo estrictamente necesario.

–De acuerdo –dijo al fin–, pero cuando lleguemos a la Ciudad Blanca, tendremos que justificar tu existencia. Varios de mis primos eran montaraces, los conociste en los alrededores de Fornost.
–Muros oscuros, hombres pardos –asintió el muchacho, más relajado.
–Exacto, uno de ellos se llamaba Halabard, su esposa y sus hijos murieron hace años y él murió hace unos meses, en la batalla del Pelennor. ¿Te molestaría si yo dijera que eres su hijo, y que regresas conmigo porque he decidido adoptarte?
Geniev trató de sopesar la idea: Trancos hablaba de presentarlo como el hijo de su primo, y adoptarlo. Debía haber entendido mal la última parte.
–¿Adoptarme?
–Convertirte en mi hijo ante la ley –trató de explicar el hombre. –Legolas prometió cuidarte, ¿recuerdas? Te cuidaremos como a un hijo, nuestro hijo –dijo con incontenible tristeza.

El joven lo observó con cuidado. ¿Su hijo? Este hombre y su elfo habían perdido un hijo –todavía le parecía bastante raro, pero el elfo rubio había estado embarazado– y deseaban… ¿Qué él ocupara su lugar?

“Bueno, aquí está tu oportunidad, Geniev. Regresarás a la Ciudad Blanca y nadie te pondrá un dedo encima si no lo deseas. Y los gondorianos solo tienen un deporte permanente: cazar haradrims.” Esa idea le agradaba, definitivamente le agradaba. Si, era un buen plan. Se acercó inseguro a Trancos y le tendió la mano.

–Seré tu hijo –aceptó. –Geniev hijo de Trancos.
–Geniev hijo de Elessar –le rectificó el otro, al tiempo que tomaba la mano extendida y sellaba el pacto.

Lorien

Los tres jinetes llegaron a los límites del Bosque Dorado una tarde cálida, tres semanas después, tras un viaje lento –para no agotar a Legolas- y pacífico. De distinta manera, cada uno sintió la mirada de los guardianes, pero fingieron ignorancia y se adentraron en el camino de Caras Galadhon en silencio. Entonces, a la vuelta de un recodo, apareció un elfo de cabellos platinados y ojos oscuros, que vestía la túnica gris de los guardianes de Lorien. Estaba recostado a un árbol, con los brazos cruzados sobre el pecho y expresión alegre.

Legolas saltó de su montura en un rapto de emoción pura y se lanzó a sus brazos.
–¡Haldir!
El capitán de la guardia le acarició la cabeza al tiempo que retenía el estrecho cuerpo del príncipe sinda junto a su pecho.
–Hola Hojita –levantó luego el rostro hacia Aragorn. –Hacía mucho, mucho tiempo que no nos encontrábamos entre los árboles o las piedras. ¡Ay, hinanya! Es triste que sólo ahora, al final, hayamos vuelto a vernos –dijo con amargura.

Pasaron casi dos semanas entre las hojas doradas. En parte porque Legolas necesitaba charlar con un amigo como Haldir, que podía escuchar toda la historia desde su punto de vista, que tenía varios siglos más que él, pero que nunca lo había visto, quién sabe por qué, como a un niño; y en parte porque, para sorpresa de los esposos, un contingente de elfos se preparaba para acompañarlos al sur y unirse a la colonia que fomentaba Arwen en Ithilien, eso hizo feliz a Aragorn.

Sin embargo, la idea de la partida al sur, desató también la nostalgia del mar en otros, y los señores del bosque dorado anunciaron que partirían en pocos años, junto a todos aquellos que desearan ver las Tierras Imperecederas. A los esposos les dio algo de tristeza, en especial a Legolas, pero en la familia del capitán de la guardia eso provocó una simple y clara disyuntiva.

Rúmil, el hermano menor, estaba entusiasmado con la idea de viajar al sur y sembrar árboles nuevos en una tierra arrasada por siglos de guerra. Sin embargo, una cosa era irse, sabiendo que Haldir y Orophin estaban a unos días de cabalgata, y otra muy distinta verlos abordar un barco volador. No hubo más que una conversación al respecto, la noche antes de la partida –en general, eran de pocas palabras–, y, aunque presentía la inutilidad del ruego, el joven elfo comprendió que no podía dejar esa pregunta sin formular.

–¿Por qué no te quedas? –preguntó tras la última cena que iban a compartir, al tiempo que tomaba la mano de su hermano mayor.
Haldir suspiró y miró a los ojos verdes y ansiosos de su hermanito con orgullo y tristeza mesclados.
–Porque el mundo está cambiando, creo que para bien. Sin embargo, este no es mi tiempo, sino de Legolas y Geniev, incluso tuyo.
–Hay tanto que hacer en el sur… –insistió el menor.
–Por eso parto –repuso Haldir y el otro comprendió de pronto lo que quedaba sin decir “Porque ya no tengo ganas de seguir luchando”.

Y Rúmil asintió, el tiempo de su hermano mayor en la Tierra Media estaba marcado por la sombra de la Dama Galadriel. Lo sabía desde mucho antes, pero no dejaba de afectarle.

–No creo que nos encontremos de nuevo –susurró al cabo de un tiempo. –Y tampoco sé si seré capaz de ser juicioso sin tus regaños.
Pero Haldir le sonrió, porque podía ver más lejos que su hermano.
–No en la Tierra Media, ni antes que las tierras que están bajo las aguas emerjan otra vez. Entonces volveremos a encontrarnos en los saucedales de Tasarinan, en la primavera, y me contarás de la doma de animales salvajes.

Rúmil se sonrojó ante esta insinuación, pero no se atrevió a decir nada. Esas eran las cosas que iba a extrañar: que alguien pusiera en palabras lo que su corazón sentía y su mente negaba. Y, al mismo tiempo, se sintió feliz, porque partir era la manera que sus hermanos tenían de decirle que ya era capaz de valerse por si mismo.

Con un rapto de ternura inusual en ellos, Rúmil rodeó la mesa y fue a acurrucarse entre los fibrosos brazos de su hermano mayor, como cuando era un elfito que temía a la oscuridad, porque le recordaba la terrible caverna al principio de su vida.

–Cántala de nuevo, hermano, por favor. Canta la canción del viajero.

Haldir sonrió con ternura ante el pedido. Había escrito esa canción hacía siglos, en la lengua común, para divertir a sus hermanitos. Sin embargo, acabó significando mucho para sus pupilos, a los que arrullaba con las palabras de dolor y llamado, de exigencia y consuelo. Para Rúmil, Orophin, Legolas, Estel, y los ignotos niños hobits a los que Bilbo y Frodo enseñaran la canción, “El corazón de las tinieblas” era la posibilidad de la una verdad mayor que ellos, cifrada en ella estaba el eterno reto entre vida y muerte, luz y oscuridad, esperanza y miseria, generosidad y perdón, un reto del que se sospechaban partícipes.

La voz aguda y limpia del capitán de la guardia subió entre las ramas de los mallorns y dio forma por un instante a la fe de todos en el Bosque Dorado.

Home is behind. / El hogar quedó atrás
The world ahead. / El mundo está ante ti
And there are many paths to tread / Y hay muchos caminos que recorrer
Thru shadow to the edge of night / A través de las sombras hacia el corazón de la noche
Until the stars are all alight / Hasta que todas las estrellas brillen
Mist and shadows, cloud and shade. / Niebla y penumbras, nube y sombras
All shall fade. / Todo se desvanece
All shall... fade. / Todo ha de... morir

Haldir repitió varias veces la letra, hasta que notó la respiración reposada de su hermano. Se limitó a acariciarle el cabello y esperar la señal de partida.

Cuando el sol se coló entre las altas ramas, la amplia partida de elfos estaba lista para el camino a Gondor. No había llanto entre los familiares que se despedían, pues tenían la certeza de que todos, tarde o temprano, sentirían el llamado del mar.

Aragorn se despidió con todo respeto de Celeborn y de Galadriel, y la Dama le dijo:

–Piedra de Elfo, a través de las tinieblas llegaste a tu esperanza, y ahora tienes todo tu deseo. ¡Emplea bien tus días!

Por su parte, Haldir y Legolas estaban junto al corcel del príncipe, compartiendo el último abrazo. El capitán de la guardia se sentía muy contento porque su amiguito estaba definitivamente recuperado, y porque adivinaba un futuro pleno para Rúmil, hasta ahora opacado por los logros de sus mayores. Se despidió con estas palabras.

–¡Amigo, adiós! ¡Ojalá tu destino sea distinto del mío, y tu tesoro te acompañe hasta el fin!

Y con estas palabras de sabiduría y esperanza, partieron los esposos.

Era la hora del amanecer, y la marcha del Rey del Oeste y sus acompañantes era un bello espectáculo, porque el sol naciente los iluminaba desde detrás del bosque. Los arneses resplandecían como oro rojo, el manto blanco de Aragorn parecía una llama y el morado de Legolas era un fragmento del cielo de la tarde que corría libre, mientras que el traje gris de Geniev era una pequeña nube de lluvia en busca de vida.

Antes de perder de vista, tal vez para siempre a los señores del Bosque Dorado, Aragorn se volvió y alzó su puño al cielo, una llama verde le brotó de la mano y envolvió a su familia. Galadriel supo entonces que había leído correctamente las señales del espejo y dio un paso atrás, en busca del pecho ancho y duro de Haldir.

¡Era libre!

TBC...

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