¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

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30 enero, 2008

EL SEGUNDO REGRESO DEL REY 40

EL LARGO CAMINO A CASA (II)

"... No has de esperar que Ítaca te enriquezca:
Ítaca te ha concedido ya un hermoso viaje.
Sin ellas, jamás habrías partido;
mas no tiene otra cosa que ofrecerte...."
Ítaca, Konstantino Kavafis

Minas Tirith

La carreta avanzaba despacio, pues el caballo era viejo y la lluvia de la noche había dejado los adoquines de la calle resbaladizos. El guía, medio dormido en el pescante, dejaba al corcel recorrer la ruta que se sabía de memoria mientras intentaba olvidar el frío y la fetidez de su carga con una bota de vino negro –no demasiado agrio. Tras la Curva del Tenedor, el caballo se detuvo a dos metros del dintel del palacete de los señores de las mesetas del Río Morthond. El carretero tomó su báculo, golpeó tres veces la pared y esperó el golpe apagado del saco de basura que lanzarían desde la poterna.

Como estaba adormilado y borracho, el hombre solo escuchó lo que esperaba: un saco que caía sobre los otros muchos sacos de basura de las casas nobles –asquerosamente similar a la basura de las casas plebeyas y a la basura de los lupanares. El breve quejido que surgió de entre los desperdicios nunca fue escuchado, y el carretón siguió su ronda lenta por el segundo y tercer círculos, a esa hora en que el sueño es más profundo y la noche más oscura.

El sol salió, y ya la carreta estaba cerca de la puerta entre el tercer y cuarto círculo. El carretero se desperezó y bajó de un salto, para ir hasta la Taberna de Poltam a devolver el pellejo de vino –ya vacío. La carreta quedó a un costado de la calle que se animaba paulatinamente con el amanecer. Comerciantes, sirvientes, soldados, mendigos, artesanos se cruzaban ahí, en la puerta del anillo, y estaban demasiado ocupados –en sus negocios, en no chocar los unos con los otros y en no acercarse demasiado al fétido vehículo- como para reparar en la figura pequeña y envuelta en un manto marrón que se escurrió hacia el suelo de entre los sacos de basura.

Mezclado con las personas que iban de un lado a otro en la rutina de la bulliciosa ciudad, el ser avanzó muy despacio ciudad arriba, hacia la puerta que separaba el segundo y primer círculos, allí le detuvo un soldado.

–¿A dónde vas, escoria?

Los ojos verdes, rojizos y hundidos en sus cuencas, se fijaron en el fornido guardia de la ciudadela, pero el hombre no reconoció aquel rostro sucio y delgado.

–Busco al tío Elros –dijo el mendigo lamiéndose los labios agrietados, en un vano intento de humedecerlos.

El soldado abrió un poco los ojos, pero se controló enseguida. Asintió y le indicó una puerta muy pequeña, a la derecha de la posta. El pordiosero entró y avanzó a tientas por la galería totalmente oscura. Tras unos diez minutos de marcha tuvo que detenerse, le dolía todo el cuerpo, y la férrea voluntad que le permitiera escapar ya no podía imponerse a los días de ayuno, el dolor de los golpes y el cansancio del insomnio. Dejó escapar un ligero quejido y, como si de la compuerta rota se tratara, al quejido siguió un sollozo, y otro, y otro. El ser se dejó caer en el suelo del pasadizo y lloró.

Así lo encontró Faramir, cuando, ya harto de esperar al mensajero, desandaba el camino de las catacumbas del Palacio Real de Gondor. La figura colapsada en el suelo era irreconocible con la escasa luz de la antorcha que llevaba el guerrero a su lado, por lo que se tragó la nausea que su olor le provocaba y se acercó.

–Soy Tío Elros.
El ser se sacudió, reptó hacia atrás casi un metro y controló su llanto.
–Entiendo que tienes un mensaje para mi –exigió Faramir, deseoso de alejarse cuanto antes de aquella fetidez.
El otro sacó una mano sucia y con marcas de sangre seca de debajo de su manto, la apoyó en la pared y se irguió lentamente. Luego dejó caer el pliegue que cubría su cabeza y rostro.
–Buenos días, señor Príncipe de Ithilien.

El soldado dejó escapar un gemido de horror, Faramir se llevó la mano a la boca, tratando de conjurar alguna expresión semejante. El pelo, antes rojo, brillante, sedoso, era un moño sucio y opaco, con pegotes de color marrón que podían haber sido sangre o excremento. Los ojos ya no brillaban de alegría con ese fuego verde tan singular, pues estaban opacos y llenos de miedo. Los labios que tan bien conocía, rosados y carnosos, eran una línea agrietada y azulosa. La piel –por los Valar- aquella piel dorada y tersa, lucía anormalmente pálida, y un costurón rojizo, apenas cerrado, cruzaba desde el puente de la nariz hasta la mandíbula, deformando el lado derecho del rostro antaño casi femenino.

–¿Duilin?
El muchacho pareció encogerse y bajó los ojos.
–Lo lamento, mi señor, pero no pude escapar antes.
–¿Escapar? –le interrumpió Faramir. –Tu padre dijo que estabas enfermo, ¡estuve a visitarte hace dos días!
Una mueca surgió en el rostro del adolescente, y fue especialmente desagradable a causa de la herida de la mejilla.
–Con perdón, mi señor, pero no se quién ocupe mi recámara desde hace diez días.

Faramir asintió, de repente la penumbra de la habitación del enfermo y la insistencia del sanador en que no se acercara demasiado, por el peligro del contagio, adquirieron otro significado. La rabia crecía a pasos agigantados en el interior del Senescal, pero se obligó a retrasar eso. Ahora lo importante era el chico.

–Debes estar cansado y hambriento –dijo al tiempo que le tendía una mano, pero Duilin volvió a retroceder con miedo.
–Estoy sucio.
El hombre no discutió la violenta reacción, en especial porque era evidente que el muchacho se hallaba al límite de sus fuerzas.
–Entonces sígueme, un buen baño y un desayuno hacen milagros en un cuerpo agotado –se obligó a sonreír para darle ánimos. –Luego un sanador verá tu herida.
El joven asintió, y en silencio siguió a Faramir hacia los niveles superiores del palacio.

Un rato después, tras lavarse celosamente el pelo y tomar una comida completa y caliente por primera vez en diez días, Duilin estuvo listo para narrar sus descubrimientos a Faramir y Arwen. La trama de intrigas que se tejía en los salones del señor de las mesetas del Río Morthond no sorprendió a la pareja, aunque los detalles aportados por el muchacho aclaraban puntos hasta ese momento oscuros.

–… al retroceder choqué con un jarrón. No llegó a caerse, pero el ruido alertó a los perros, que se lanzaron sobre mi –delineó entonces la herida de su cara. –Luego me llevaron a una mazmorra. Mi nana me cosió las mordeduras más grandes y esta madrugada pude salir, metido en el carro de los desperdicios. Es por eso que vine en esa facha, mi señor –concluyó el muchacho con un suspiro.

Arwen sonrió con afecto y tristeza. Faramir contuvo un bufido de desagrado. Debían tomar medidas, pero con cuidado de no descubrir su fuente de información. Esperaba que la evasión del prisionero pasara desapercibida un tiempo más. En realidad, lo más probable era que su padre Duinhir ni imaginara que el chico tendría entereza para escapar. ¡Por el Ojo! Él mismo todavía no podía creer que el melifluo y delicado secretario de la regente estuviera ante él, con esos ojos oscuros, amargados.

–Es hora de que descanses, Duilin –ordenó Faramir al tiempo que se levantaba.
–Cuando estés despejado, un sanador vendrá a revisar tu herida.
–No se preocupe por eso. Solo necesito dormir un poco.
–Pero con tratamiento, podrían desaparecer esa cicatriz.
–La herida ha cerrado –repuso el joven con decisión. –Y esta marca me ayudará a recordar ¿entiende?–explicó con un dejo de amargura.

El Senescal quiso argumentar algo más, pero Arwen puso una mano sobre su hombro y le miró con intensidad. Faramir sacudió la cabeza, era cierto, ya Duilin no era un niño.

–Que duermas bien –fue todo lo que dijo antes de abandonar la estancia.

Carroca

Halladad tomó con la punta de los dedos el dulce y lo llevó a los labios de su esposa con cuidado. Ella rió bajito, pero se dejó poner la golosina en la boca, masticó despacio y sonrió.

–Me mimas demasiado –afirmó divertida.
–Tal vez –concedió el Rey-, pero no parece molestarte.
–Es que me parece mal contradecir al Rey –fingió disculparse ella.
–Yo creo que…

El rumor de caballos y voces airadas cortó su piropo. Los esposos intercambiaron una mirada de alegría, luego él se levantó del lecho, tomó una túnica ligera colgada de un gancho junto a la entrada de la tienda y salió.

No había luna, y las estrellas brillaban por sobre el campamento de los elfos silvanos con fuerza. Las figuras espigadas de los recién llegados apenas podían distinguirse, y eso gracias a las antorchas dispuestas delante de las tiendas y alrededor del área que ocupaban, pero Halladad no necesitaba la luz del sol para reconocer esa manera de cabalgar. Se acercó a la zona donde visitantes y sirvientes se arremolinaban entre corceles sudorosos, equipajes y armas.

–¿Fue bueno el viaje?
Dos elfos giraron hacia él, con sendas sonrisas en sus rostros.
–Imagínate –le respondió el de brillantes ojos verdes–, las aguas del deshielo aún no se calman, casi nos ahogamos un par de veces.

Halladad asintió, tal y como lo imaginara, ninguno de ellos deseaba posponer el encuentro más de lo imprescindible. Habían montado el campamento tres días antes, cuando el río apenas recuperaba su cauce tras los deshielos primaverales. Algunos consejeros creían que podía dar la desagradable impresión de que deseaba librarse de la deuda cuanto antes, pero aquí estaban los gemelos, para probar de nuevo que los conocía. ¡Vaya si los conocía!

–Los llevaré a su tienda –ofreció.

Ambos recién llegados tomaron el equipaje de la grupa de sus respectivos caballos y le siguieron a través del conjunto de tiendas y carpas hasta un pabellón de brillantes bordados en oro que refulgían bajo la suave luz de las estrellas. Dentro, el suelo estaba cubierto con una rica alfombra roja y negra, iluminado por numerosas lámparas de aceite aromático, amueblado con cojines y una cama al nivel del suelo. Una cortina ocultaba el extremo derecho de la carpa, pero el sonido de agua cayendo sobre metal permitía adivinar que un sirviente preparaba el baño.

Elladan hizo una reverencia ante su amigo.
–Nunca podré ser tan buen anfitrión como tu –aseguró.
–Ni yo tan buen estratega –devolvió el halago.
El gemelo asintió sonriente, demasiado cansado para involucrarse en un torneo de galanterías con su amigo.

Guardaron silencio hasta que el elfo que preparaba la bañadera abandonó la estancia. Una vez solos, las sonrisas desaparecieron: ya habían cumplido la comedia de los excelentes amigos que se reencuentran y saltan los protocolos, necesaria para que los más suspicaces confiaran en la positiva consideración de los soberanos de Imladris respecto al gobernante del bosque. Ahora, verdaderamente solos, los noldor dejaron ver todo su cansancio y el agobio. Ellohir se dejó caer en uno de los cojines y empezó a desatar sus botas, con claras intenciones de irse a lavar y dejar la enojosa e imprescindible charla a su gemelo. Elladan contuvo un mohín de alivio: su pareja estaba en la peor fase de la lunación, estado absolutamente incompatible con la diplomacia.

Hizo una seña a Halladad y fue a sentarse en unos cojines en el centro de la tienda, lejos de las traidoras paredes de tela y cerca del candelero que daba calor a la estancia.
–Deseamos oír tu versión –y ahora su voz no pudo, o quiso, ocultar la angustia largamente reprimida.

El joven Rey de Erys Lasgalen suspiró, esta iba a ser una charla difícil. ¿Cuándo es fácil narrarle a un hijo la muerte de su padre? Aún cuando no se llevaran bien, sabía que Elrond gozaba del respeto de sus tres hijos. Poco a poco desgranó la historia del torneo, la intervención del Medio Elfo para salvar a Legolas, la maldición inscrita en la daga, el suplicio que fueran sus últimos días, su petición de una muerte rápida. Elladan no le interrumpió, tan solo asentía despacio y miraba el fuego.

A medida que la narración avanzaba, Halladad escrutó a su amigo, tratando de hallar en el impasible rostro alguna señal que le permitiera adivinar qué sentimientos se debatían en su corazón. Evidentemente, nada de esto era noticia, los gemelos ya sabía las versiones de Aragorn y Legolas. ¿Por qué entonces dejarlo hablar? No lo sabía, pero cumpliría el pedido ya que nada más había podido hacer por su difunto padre.

–De acuerdo –aceptó Elladan cuando terminó de describir las medidas tomadas para embalsamar el cuerpo de su padre. –Ahora dime de dónde sacaron la idea de incluir a Amroth en el pago de desagravio.

El sinda bajó los ojos, tratando de ganar tiempo para organizar sus ideas, y maldijo a Feanor por su manía de tomarse la justicia por su mano y meterlo en semejante enredo. Al fin respiró hondo, y se lanzó de frente.

–Porque no puede quedarse en el bosque, fue hallado culpable de dejar escapar a un enemigo de la corona y regicida, si se quedara, aún con mi perdón, su vida allí sería imposible.
–Pero eso no significa que le entregues como parte de un botín de guerra –le recriminó Ellohir, que había aparecido de repente a su lado.
El gemelo mayor le hizo callar con una mirada, y volvió a mirar a Halladad, quien continuó.
–De acuerdo, no lo justifica, pero tenía que sacarlo sin provocar una guerra en el Clan de mi esposa. Feanor es un poco…, digamos que chapado a la antigua ¿vale?

Ellohir abrió la boca para decir algo más, pero su hermano le tomó una mano, en señal de advertencia. Ambos se miraron, y establecieron una de esas conversaciones de miradas y susurros comunes entre los gemelos. Tras lo que Halladad supuso una tensa negociación –por los rostros crispados y el destello de los ojos-, el hermano mayor volvió a dirigirse a él.

–Entiendo que tienes que sacarlo del reino, mantener contento a tu cuñado, y pagar la deuda del bosque simultáneamente –repasó en tono apacible. –Pero, querido Halladad –y los ojos marrones del Señor de Imladris se estrecharon–, ¿por qué tengo la impresión de que te estás saltando un detalle?

El sinda resopló para sus adentros, a veces le molestaba que ellos tuvieran un conocimiento tan basto de las leyes y costumbres de elfos y hombres. Recordó el pedido de Maerys, pero, tal y como había supuesto, era imposible hacer pasar por tontos a los hermanos en este tipo de asuntos.

–Supongo que ustedes nunca se tragaron la romántica historia de que Maedros les había prohibido dejar el bosque –los otros dos asintieron. –En realidad, mi padre obligó al viejo a jurar servicio a la familia a cambio de permitir su estadía en el reino, solo mi esposa fue declarada libre porque había nacido en el palacio. Son esclavos, mis esclavos –puntualizó.

Los gemelos intercambiaron miradas incómodas. Habían supuesto algún contrato de servicio, acaso un juramento de servidumbre pero ¿esclavitud? Eso era algo que practicaban los mortales, siempre violentos y deseosos de dominar, en la sociedad élfica aquello se consideraba una abominación, un recuerdo vergonzoso de la Segunda Edad y las perniciosas influencias de la cultura humana entre los primeros nacidos.

–Ustedes saben lo que eso implica – siguió después de un momento–, y Feanor tuvo el buen gusto de recordarme que no necesito el permiso de nadie para matar, o mandar a matar, a Amroth. Convencerle de que era beneficioso dejarlo vivir fue difícil, pero no puedo expulsarlo sin más, porque lo interpretaría como una ofensa a la familia –el joven Rey se detuvo un momento, no dudaba de la discreción de los hermanos, pero decir lo siguiente lo haría vulnerable, y odiaba saberse vulnerable. –Mi cuñado no es el único que cree que Amroth debe ser un escarmiento: mi trono no es seguro aún, y yo debo demostrar que puedo tener mano firme –ahora su voz se tiñó de amargura–, una firmeza mayor a la del Rey anterior.

Halladad volvió a detenerse, explicar sus razones para entregar –literalmente– al jovencito era difícil, porque implicaba hablar de la relación que ellos mantenían. Era consciente de la misma desde hacía siglos, pero nunca se había arriesgado a mencionarla, en parte porque los mismos gemelos jamás permitieron que el tema saliera a flote, en parte porque no estaba seguro de qué posición tomar al respecto. Suspiró.

–Recuerdo muy bien aquella noche, la manera en que miraban a Amroth y la reacción de Feanor. Se que nunca habrían sido tan atrevidos sin estar seguros de sus sentimientos. Una vez quise poner a Legolas bajo vuestra protección y, aunque no pudo ser, estoy seguro de que ustedes le habrían cuidado y protegido, que nunca lo habrían forzado a… a nada que él mismo no deseara.

Halladad se detuvo a mirar a Ellohir, cuya expresión se debatía entre el asombro y el ultraje, luego a Elladan, que había controlado su faz, pero cuyos ojos marrones brillaban peligrosamente. Continuó en voz muy baja, casi suplicante.

–Amroth es mi hermano ahora, es mi deber asegurar su futuro. A diferencia de lo que ocurrió con Legolas, no son indiferentes a él, y no puedo imaginar una familia más adecuada para él. ¡No me interrumpas Elladan! Nunca opiné sobre ustedes, ni voy a opinar, no creo que me corresponda, pero me precio saber leer en los gestos y miradas de las personas. Ustedes han sido buenos líderes y guerreros entre elfos y hombres, excelentes padres para Estel, son… la pareja mejor llevada que conozco. Amroth ha sufrido mucho, necesita apoyo, cariño, Maerys y yo no le podemos ofrecer nada de eso sin empeorar las relaciones de la familia.
–Nosotros tampoco podemos ofrecerle mucho –advirtió Ellohir.
Su amigo le dedicó una mirada asombrada.
–¿Acaso vuestro amor no es suficiente?
Los gemelos intercambiaron una mirada dubitativa. ¿Era suficiente? Había sido suficiente para ellos, pero ¿tenían derecho a seducir al jovencito para que fuera víctima del mismo prejuicio que ellos?
–Halladad –habló el mayor- ¿no te parece que Amroth tiene derecho a opinar?
El sinda puso los ojos en blanco.
–Créeme, no me habría metido a alcahuete sin escuchar personalmente a quién llama mi cuñadito en sus sueños –ahora los elróndidas enrojecieron de asombro. –Pero jamás lo admitirá estando consiente, porque no se cree con derecho a disponer de su corazón, porque les ve como algo inalcanzable.

Los hermanos volvieron a discutir en su lengua particular, pero Halladad estaba seguro de que aceptarían su propuesta, no solo porque era razonable, sino porque coincidía con los deseos de los tres involucrados. ¿Qué más se podía pedir? Tras varios minutos de negociación, Elladan se volvió a mirarle.

–De acuerdo, lo llevaremos a casa.

Rohan

Eomer contempló desde la ventana la amplia extensión de carpas blancas, al oeste de Edoras. El campamento donde los elfos del bosque dorado descansaban en su camino a Ithilien era amplio, limpio y ordenado. Una delicia para los ojos, sin duda, pero él estaba preocupado. Si bien a los rohirrim la presencia de los elfos les llenaba de alegría –nadie ignoraba su importancia en la batalla de Helm–, el joven Rey estaba seguro de que su llegada a la Ciudad Blanca no haría más que precipitar los planes de los que conspiraban contra Aragorn.

Como soldado, Eomer había reconocido la capacidad bélica del millar de elfos que se dirigían a Gondor. Otros verían lo mismo y, aunque el objetivo de los migrantes no fuera la guerra, sin duda serían un factor a considerar por las facciones políticas que se agitaban en el Sur. Aunque nominalmente neutrales, estos bellos ancianos eran fieles a Arwen, como nieta de Galadriel, y al clan de Elwe Singollo, cuyo último descendiente mortal era Elessar I, más conocido como “Aragorn, el Rey que se esfumó con su amante”.

El hombre frunció el ceño al recordar el apodo que corría de boca en boca por las calles de Minas Tirith, según le comentara su hermana en la última carta. Sin duda era un eslabón más en la campaña para desprestigiar a su amigo, pero él poco podía hacer. No temía por su hermana ni por Arwen –ambas eran demasiado importantes más allá de las fronteras para que se atrevieran a tocarles un pelo–, pero Faramir y sus aliados eran otro cantar. Eomer temía, con razón, que el arribo del contingente de inmortales disparara cualquier atentado que se planeara contra el Senescal, dejando a Eowyn viuda antes de casarse.

Las noticias que llegaban por correo ordinario de su hermana y por mensajes cifrados de parte de Faramir, le producían una sensación de impotencia constante. Lejos estaba Rohan de ser el reino poderoso de cincuenta años atrás, Eomer sabía que carecía del poder para intervenir en las peleas de la nobleza gondoriana. De hecho, enviar la guardia de honor de su hermana había sido un duro golpe para el ejército, pero nadie se había cuestionado la decisión: la nobleza obliga. Ahora, sin embargo, en la falda oeste de Edoras estaba su oportunidad de ganar tiempo para Faramir y Aragorn, incluso, mal que le pesara, para Legolas.

–Hastings, mi abrigo –pidió en voz baja al tiempo que se apartaba de la ventana.

El paje salió del rincón donde esperaba y presentó a su amo la pieza de piel sin curtir. Luego tomó al vuelo su propio abrigo, el neceser y corrió a abrir la puerta del despacho. En silencio atravesaron las salas frontales de Medusel y salieron las caballerizas. Eomer y Hastings tomaron dos caballos frescos, de los que siempre estaban ensillados para los mensajeros, y siguieron a trote suave hacia las puertas de la ciudad.

Llegaron al campamento élfico en poco tiempo, pero Eomer consideró poco educado irrumpir entre las albas carpas montado, y bajó de la silla. Siguió caminando, sabía que su paje y cinco soldados le flanqueaban, y que el sexto guardián esperaba con las riendas de los caballos y el cuerno de aviso presto. Sonrió levemente: esos protocolos no habían salvado la vida de su primo, ni facilitado las infidelidades de su tío, verdaderamente, si hallaba una mujer que no huyera de tal parafernalia, ella sería la indicada para compartir el trono de Rohan –así fuera coja, jorobada, narizona y morena.

Recorrió el camino hacia la tienda principal meditabundo: consciente de que la diplomacia no era su fuerte, Eomer trataba de elegir sus palabras, de modo que suavizaran el efecto de su duro acento rohirrim en los delicados oídos élficos. La tarde anterior se había presentado ante la corte Rúmil, el hermano menor de Haldir y vocero de los elfos viajeros. Esperaba que este elfo fuera tan cauto como su hermano y, en especial, que su ascendiente sobre el resto de la compañía bastara para retenerlos hasta la llegada de Aragorn y Legolas, donde quiera que se hubieran metido a fornicar.

En la puerta de la tienda estaba ese chico con pinta de salvaje que acompañara a la delegación la noche anterior. No parecía delicado o sofisticado, muchísimo menos impasible, y ello había llamado la atención del hombre, intrigado por ese elfo tan poco élfico. Al encontrarlo aquí, su curiosidad aumentó. Bueno, tal vez, si lograba impedirles la partida, pudiera conocer mejor a este raro ejemplar de ceño eternamente fruncido.

–El Rey de Rohan desea hablar con Rúmil, elfo del Bosque Dorado –anunció uno de sus guardianes con tono pomposo.
Geniev no contestó, en su lugar una cabeza rubia asomó desde el interior de la tienda.
–Lo estamos esperando, Majestad.

Eomer avanzó, seguido por el silencioso Hastings, sin extrañarse de que Rúmil ya supiera de su visita. Había notado las postas y el orden racional de las habitaciones: a él no lo engañaban: aunque no estuvieran en guerra, estos acampaban en formación militar. Y eso estaba bien, por supuesto, solo que no le iba a gustar a unos cuantos en Gondor. Definitivamente, debía detenerlos.

El interior de la tienda era sencillo: una alfombra gruesa, varios cojines alrededor de una estufa, lámparas de aceite sobre altos pies (ahora apagadas), una cama a nivel del suelo y un amplio biombo en un extremo que ocultaba el vestidor. El elfo –¿o elfa?– que le invitara a pasar, hizo un gesto señalando los asientos donde le esperaba ya Rúmil. Eomer fue a sentarse a su lado.

–Saludos, Majestad.
–Mis mejores deseos, Rúmil.

Eomer guardó silencio, mientras esa persona de sexo indescifrable presentaba una bandeja con pasteles e hidromiel. Fue a tomar un trago sonriente, pero… parpadeó confuso: había cuatro copas. Miró a su anfitrión, que sonreía solo con los labios, mientras sus ojos permanecían duros, examinando al Rey como a un insecto. Trató de no amedrentarse ante la mirada, cosa difícil. ¿Qué ocurría?

–No es correcto servirse antes de que lleguen todos los invitados –dijo una voz a su espalda.
Eomer giró con celeridad y se lanzó contra el pecho de su amigo, estrechó con fuerza el torso, al tiempo que sentía que un gran peso le abandonaba.
–Estás vivo –susurró.
No podía decirlo en voz alta, hasta pensarlo le había parecido traición todos esos meses.
–Claro que estoy vivo, y sigo gustando del hidromiel del Bosque Dorado –repuso el dunedain suavemente.

Eomer comprendió la insinuación y se apartó de él, avergonzado de su efusividad. Pudo ver de frente el rostro de Aragorn, y, detrás de él, al elfo culpable de todo. Era tal su felicidad, que no tuvo que fingir amabilidad con el otro.

–Es un gusto verte a ti también, Legolas.

El rubio asintió en silencio, y fue a sentarse junto a Rúmil, que había permanecido en su puesto, observando las reacciones del rohirrim. Los dos reyes se sentaron y Legolas sirvió bebidas para todos.

–¿Cuándo planeabas decirme que estabas aquí?
–Debes disculparme, amigo, pero la cautela era necesaria. Contábamos con que vendrías a ver a Rúmil en poco tiempo –se disculpó el moreno.
–En realidad tienes razón, precisamente venía a verle –señaló con un gesto del mentón al galadrim– para hablar de la situación en Gondor –eso ensombreció los rostros de sus interlocutores. –Pero ahora que estáis aquí, las cosas se facilitan.

Ante el gesto de invitación de Aragorn, Eomer comenzó a explicar lo que había ocurrido en Gondor durante su ausencia, tal y como le habían permitido reconocerlo los mensajes de Eowyn y Faramir.

–¿Y dónde han estado ustedes todo este tiempo? –preguntó el rohirrim cuando terminó su narración.
La pareja intercambio una mirada incómoda, y Eomer temió que sus peores sospechas fueran ciertas.
–Después de llegar a Mirkwood tuvimos unos problemas con Thranduil –explicó despacio Aragorn–, y nos vimos forzados a viajar hacia Rivendel de modo… apresurado. Luego Legolas enfermó y ningún sanador del valle pudo ayudarnos, así que viajamos hasta los Puertos Grises –el príncipe se removió incómodo y su esposo le tomó la mano de manera automática. –Círdan, señor de los Puertos, salvó a Legolas, como ves, pero él quedó muy debilitado, así que esperamos el fin del invierno en La Comarca antes de emprender el regreso.

El Rey de Rohan asintió en silencio. Estaba sorprendido. A partir de la desaparición de la pareja, lo que más le molestaba era la convicción de que Aragorn, simplemente, se había olvidado de todo y todos, ambos se habían entretenido fornicando en su secreto viaje de novios y el invierno los había aislado en algún territorio élfico. Por supuesto, la culpa era del elfo, que sería muy buen guerrero, pero también un egoísta de marca mayor al seducir y secuestrar a su amigo, sin contar que lo había convencido de casarse, otra tremenda irresponsabilidad en la cual no acababa de entender como había participado Faramir.

Levantó los ojos hacia Legolas, que, ahora que se fijaba, lucía mayor ¿no se suponía que los elfos no envejecen? Pero estaba seguro. El verano anterior el príncipe de Mirkwood aparentaba estar al final de la adolescencia y ahora era un joven de veintitantos. ¿Sería efecto de la enfermedad? Ni idea, pero la pareja de Aragorn no solo lucía mayor, sino melancólico. Apenas había despegado los labios en las dos horas largas que llevaban hablando.

–Espero que estés totalmente recuperado –dijo por no ser descortés.
Legolas asintió, pero en lugar de abrir la boca, tomó un trago de su copa.
–Ya está casi sano –respondió Aragorn en su lugar.

Este mutismo intrigó a Eomer, pero decidió dejarlo pasar, no que él tuviera muchas ganas de conversación tampoco. Prefería regresar a los problemas que les aguardaban.

–¿Qué piensas hacer ahora?
–Hemos estado demasiado tiempo lejos –afirmó el hombre, y se volvió directamente hacia su esposo. –¿Qué crees, Legolas?
El rubio irguió la cabeza y miró directamente a los ojos grises que tanto amaba.
–Que es hora de que Gondor por fin tenga Rey.

Casi puedo oler el aroma de nuestra casa.

TBC…

EL SEGUNDO REGRESO DEL REY 39

EL LARGO CAMINO A CASA (I)

"... Debes rogar que el viaje sea largo,
que sean muchos los días de verano;
que te vean arribar con gozo, alegremente,
a puertos que tú antes ignorabas...."

Ítaca, Konstantino Kavafis

Imladris

Glorfindel terminó de acomodar el pañal de su hija y suspiró con satisfacción, junto a la ventana, su esposo dejó escapar una exclamación. El rubio levantó la mirada, intrigado.

–Han regresado –anunció Erestor con expresión impasible.

Se dirigieron a las puertas de la casa en silencio y, durante la caminata, el Consejero no puso dejar de sentirse un poco inquieto: simplemente, no tenía energías para lidiar entre Erestor y los gemelos.

Por supuesto, su esposo sabía -¿quién no sabía en Imladris?- de la relación entre los hijos de Elrond, pero en vez de mantenerse neutral al respecto, había dejado en claro su profundo desagrado por el hecho. Ahora que Elladan era el nuevo Señor, Glorfindel se preguntaba cómo podrían trabajar juntos, si el día menos pensado no se encontraría con la disyuntiva de elegir entre sus pupilos y su pareja. Por suerte o por desgracia, los gemelos no habían tenido tiempo para renovar el Consejo de Imladris, a causa de la noticia del secuestro de Legolas. Ahora el único tema en que le era imposible contemporizar con su pareja estaba a las puertas de su hogar, y el vencedor del baldrog se descubrió lleno de ansiedad, estrechando a Idril un poco más de lo necesario.

Al llegar a la gran escalera de mármol y madera finamente tallada, se encontraron a los gemelos casi dentro de la casa. Ambos consejeros hicieron una leve reverencia.

–Bienvenidos a su hogar sean los señores –dijo el Primer Consejero en su más exquisito sindarín. Casi al instante estaba dentro del fuerte abrazo de Elrohir.
–¡Ha nacido! –fue el emocionado saludo del gemelo.
–Si, mi señor –explicó sin poder ocultar el orgullo. –Nació la noche a partir de la cual los días empiezan a alargarse (21 de diciembre, solsticio de invierno).
–Eso es un excelente augurio –comentó Elladan a unos pasos de distancia, siempre más controlado en sus expresiones públicas de afecto.
–¿Cuál es su gracia? –preguntó volviéndose en dirección al Segundo Consejero.
–Idril –respondió Erestor con el rostro inexpresivo, lo suficientemente diplomático como para callarse lo incómodo que estaba con la cercanía de los gemelos y su bebé, pero incapaz de fingir felicidad.

Hubo un carraspeo incómodo, que les recordó que los únicos recién llegados no eran Elladan y Elrohir. Glorfindel giró el rostro con una amplia sonrisa… que se le congeló en el rostro al reconocer la delgada figura de Legolas, y su mirada borrosa, húmeda.

–Bien hallados sean los consejeros Glorfindel y Erestor, así como su retoño –saludó el rubio príncipe con voz estrangulada.
El Primer Consejero de Imladris dio un paso para acercarse, pero el sinda le detuvo alzando una mano. El comprendió –¿cómo no comprender?
–Bien hallados sean los soberanos de Gondor y Arnor –respondió con la mayor formalidad.
–Es un placer volver a los jardines de Celebrian y comprobar que la magia del amor sigue…
Legolas no pudo continuar, la voz se le quebró y bajó corriendo las escaleras para luego perderse en los jardines. Su esposo se disculpó con la mirada y lo siguió.
–Así de mal salieron las cosas –comentó el rubio consejero.
–Podría haber sido peor –repuso Elrohir, incluso parecía que el gemelo menor iba a decir algo más, pero la mirada del Segundo Consejero le detuvo.
–Creo que este no es lugar para ponernos al día –explicó Erestor. –Los señores necesitan descanso y alimento. ¿Puedo sugerir un encuentro en el despacho tras la comida de la tarde, Señor?
Elladan asintió con un gesto vago, sus ojos seguían fijos en el recodo por donde se marchara la joven pareja. De repente recordó que su única preocupación no eran Estel y Legolas.
–¡Geniev! –llamó sin preocuparse de buscarlo con la mirada, ya se había acostumbrado a la capacidad de camuflaje del chico.

El medio elfo salió a cuatro patas de detrás de unos arbustos, con sus ojos oscuros oscilando entre los dos desconocidos y los guardias que intuía en los alrededores. Alarmado por su evidente sigilo, Erestor dio un paso para ponerse delante de Glorfindel y su hija, al tiempo que llevaba la mano al puño de su espada corta, profusamente decorada, pero no por eso menos funcional. Geniev se congeló al ver el gesto y gruñó de modo amenazador.

–¡No!–intervino Elrohir.
El gemelo bajó la escalera y se acercó al temeroso chico con gestos pausados, las manos a la vista.
–Son amigos –dijo muy despacio en lengua común, y tendió una mano.

Geniev luchó unos instantes entre el instinto y la razón. No estaban en la Comarca, donde los medianos eran fáciles de evadir. Este sitio estaba lleno de elfos, guerreros de excelente puntería que lo matarían en medio de la noche. Lo sabía. Pero ellos le habían traído ¿no?, dos de ellos vivían aquí, debía ser seguro, siempre que no ofendiera a nadie. Finalmente tomó la mano del gemelo y se irguió. Se ganó una amplia sonrisa y la evidente relajación de los desconocidos de la escalera.

–Ven –Elrohir lo condujo suavemente en dirección a los escalones y se detuvo ante los consejeros. –Les presento a Geniev, el famoso Fantasma de Fornost, quien encontró a Legolas.
–Es… un gusto –saludó el chico con pésimo acento.

Ni Glorfindel ni Erestor estaban muy seguros de cómo reaccionar, en parte por la actitud sigilosa del desconocido, en parte porque su frase indicaba que no entendía mucho del lenguaje élfico. Por suerte, Elladan cortó la incómoda situación.

–Ro, busca una habitación para Geniev, yo voy a dejar el equipaje de Estel y Legolas –se volvió luego hacia los esposos. –Consejeros, los veré a la hora acordada en el despacho.

Y, para fastidio de Erestor, se marchó sin esperar respuesta.

Esa noche, el Segundo Consejero de Imladris no pudo dormir. Después de dar vueltas durante un par de horas en la cama, decidió ir a sentarse en la biblioteca, para poner en orden sus ideas sin molestar a su esposo. Demasiadas cosas, y muy pocas de ellas agradables, les había revelado su Señor en la reunión de la tarde. Toda la aventura del matrimonio secreto de Estel y Legolas, así como la cadena de desgracias que les llevaran a perder a su primer hijo se le antojaban familiares, terriblemente familiares. La historia de la familia de Elrond tenía constantes inevitables, al parecer.

De golpe recordó “El Proyecto”. Erestor frunció el ceño, Elrond le había hecho ese último encargo en calidad de amigo, confiando en su habilidad con los idiomas y su discreción, pero no había dejado instrucciones claras de cómo usarlo. Bueno, siendo honesto consigo mismo, tenía una idea bastante clara de para qué deseaba Elrond esa traducción, más bien, para quién, pero… Si hacía lo que sabía que su amigo deseaba, estaría traicionándose a sí mismo, y si no, la última oportunidad de salvar el legado de los elróndidas se perdería.

¡Por el Ojo! ¿Por qué todo empezaba y acababa en ese par de aberrados? El elfo repasó de memoria las líneas generales del documento, cuya traducción le había llevado casi treinta años y mucho debate ético. Al principio había pensado en el asunto como un simple ejercicio patrimonial, pero en la medida que comprendía el texto, sus detalles, entendió también la emoción y el secretismo de su Señor para con el material. Y ahora… estaba en una situación absolutamente inesperada: con su empleador muerto, gobernado por un elfo al que despreciaba y con las llaves para normalizar la sucesión del trono en sus manos. ¡Oh! Por supuesto, Erestor no había llegado tan lejos infravalorando a sus semejantes. Podía considerar a Elladan un inmoral, pero nunca dudaría de su valor: elegiría a su hermano antes que al valle y, ¿qué sería entonces de la Última Morada?

La luna iluminó totalmente la estancia, y Erestor supo que era casi hora de alimentar a Idril. De regreso a sus habitaciones, pasó por delante de la ancha puerta que conducía a la recámara de sus señores, la conciencia de lo que podía estar ocurriendo ahí le llenó de asco. Guardaría silencio, decidió ya ocupado en ayudar a su esposo en el proceso de darle el pecho a la pequeña. Mientras nadie le preguntara, él no tenía que responder.

Para cuando los primeros rayos del sol tocaron el valle de Rivendel, ya Geniev estaba despierto, tratando de descifrar los ruidos de la nueva y gran casa a donde lo habían traído. Él conocía el valle siempre verde, por supuesto, pero jamás había soñado con entrar a sus límites, menos al interior de los elegantes edificios de color claro que se alzaban como agujas entre el follaje. Y ahora estaba aquí, aunque que no por mucho tiempo.

A Geniev le era muy difícil volver a hablar, no digamos hablar con fluidez un idioma completamente nuevo, pero ya comprendía suficiente élfico como para saber que esta era una escala, que el destino de Legolas y Aragorn estaba en el sur, junto al poderoso Anduin. Eso lo llenaba de zozobra.

La verdad sea dicha, cuando Legolas le hablara de llevarlo a casa, Geniev no había creído en su promesa. Esperaba un poco de comida, tal vez una muda de ropa nueva y de nuevo al camino. Pero, tanto el Lindon como en la Comarca le habían tratado con cuidado y deferencia, hasta con respeto. Trancos estaba lleno de agradecimiento, y los gemelos le hablaban despacio, para que aprendiera la lengua de los elfos. En esos meses nadie le había mirado con fijeza, muchísimo menos habían intentado tocarlo, nadie le consideraba un bicho y, después de todo, ¿por qué iban a hacerlo? Ellos eran elfos, él un medio elfo, ninguna extrañeza podía esperar.

Pero en el sur no había elfos, a menos que las cosas hubieran cambiado enormemente con la guerra. En el sur todos eran hombres, hombres rudos –bien que lo recordaba en la piel- y burlones. ¡Claro! Trancos era Rey en el Sur, como su protegido nadie se reiría, y hasta podría vengarse de quienes antes…

El muchacho cerró los ojos con fuerza, tratando de conjurar el dolor que esos recuerdos le traían siempre. Volver al Sur sería también revivir esos recuerdos, la humillación, el dolor, la vergüenza. ¿Estaba dispuesto? No tuvo tiempo de ponderar eso, alguien se acercaba a su habitación –reconoció los pasos de Trancos- y hubo tres toques discretos en la puerta.

–Adelante.
El hombre entró despacio y cerró la puerta tras de si, lo cual disparó las alarmas del chico. Pero su rostro permaneció impasible.
–Buenos días, Geniev. ¿Dormiste bien? –saludó Aragorn en la lengua común.
–Una cama suave –respondió, al tiempo que calculaba la distancia hasta la ventana.

Aragorn sonrió, a veces le costaba seguir el sentido de las respuestas del jovencito. Por supuesto, alguien que llevaba demasiado tiempo hablando solo consigo mismo no necesitaba ser demasiado coherente. Pensó de repente en Gollum, ¿eran así los diálogos de Frodo y el atormentado ser? No importaba, ahora, por suerte ya no importaba. Trató de concentrarse en Geniev.

–Seguiremos viaje al sur mañana temprano –le informó.
–¿A caballo?
–Llevaremos caballos, pero podrás caminar si lo prefieres –ya había notado que al chico no le sentaban las largas cabalgatas.
No hubo respuesta vocal, solo un leve asentimiento, Geniev parecía interesado en los árboles del jardín de Celebrían.
–Hay algo más, cuando lleguemos a Gondor…
–¿Anduin?
–Si, el poderoso Anduin riega una parte de las tierras de Gondor. Entiendo que eres del sur, ¿tienes familia a la cual buscar?

Esto si que asustó a Geniev. ¿Cómo sabía Trancos que era del sur? ¿Qué decirle? Si el hombre supiera su verdadero origen, lo echaría, estaba seguro. Sin embargo, muchas estaciones habían pasado desde que remontara el rio en busca de la gente hermosa, lo más probable era que…

–Muertos –respondió sin valor para mirarle a los ojos.

Aragorn asintió en silencio, había previsto algo similar. Uno no encuentra a un medio elfo ermitaño sin razones verdaderas, sin razones de sangre. ¿Sería capaz de decirles el muchacho alguna vez qué había pasado con el resto de su familia? ¿Si la sangre humana le venía por línea materna o paterna? No importaba, lo importante era fabricar una filiación medianamente creíble para que no sufriera en Minas Tirith, más de lo estrictamente necesario.

–De acuerdo –dijo al fin–, pero cuando lleguemos a la Ciudad Blanca, tendremos que justificar tu existencia. Varios de mis primos eran montaraces, los conociste en los alrededores de Fornost.
–Muros oscuros, hombres pardos –asintió el muchacho, más relajado.
–Exacto, uno de ellos se llamaba Halabard, su esposa y sus hijos murieron hace años y él murió hace unos meses, en la batalla del Pelennor. ¿Te molestaría si yo dijera que eres su hijo, y que regresas conmigo porque he decidido adoptarte?
Geniev trató de sopesar la idea: Trancos hablaba de presentarlo como el hijo de su primo, y adoptarlo. Debía haber entendido mal la última parte.
–¿Adoptarme?
–Convertirte en mi hijo ante la ley –trató de explicar el hombre. –Legolas prometió cuidarte, ¿recuerdas? Te cuidaremos como a un hijo, nuestro hijo –dijo con incontenible tristeza.

El joven lo observó con cuidado. ¿Su hijo? Este hombre y su elfo habían perdido un hijo –todavía le parecía bastante raro, pero el elfo rubio había estado embarazado– y deseaban… ¿Qué él ocupara su lugar?

“Bueno, aquí está tu oportunidad, Geniev. Regresarás a la Ciudad Blanca y nadie te pondrá un dedo encima si no lo deseas. Y los gondorianos solo tienen un deporte permanente: cazar haradrims.” Esa idea le agradaba, definitivamente le agradaba. Si, era un buen plan. Se acercó inseguro a Trancos y le tendió la mano.

–Seré tu hijo –aceptó. –Geniev hijo de Trancos.
–Geniev hijo de Elessar –le rectificó el otro, al tiempo que tomaba la mano extendida y sellaba el pacto.

Lorien

Los tres jinetes llegaron a los límites del Bosque Dorado una tarde cálida, tres semanas después, tras un viaje lento –para no agotar a Legolas- y pacífico. De distinta manera, cada uno sintió la mirada de los guardianes, pero fingieron ignorancia y se adentraron en el camino de Caras Galadhon en silencio. Entonces, a la vuelta de un recodo, apareció un elfo de cabellos platinados y ojos oscuros, que vestía la túnica gris de los guardianes de Lorien. Estaba recostado a un árbol, con los brazos cruzados sobre el pecho y expresión alegre.

Legolas saltó de su montura en un rapto de emoción pura y se lanzó a sus brazos.
–¡Haldir!
El capitán de la guardia le acarició la cabeza al tiempo que retenía el estrecho cuerpo del príncipe sinda junto a su pecho.
–Hola Hojita –levantó luego el rostro hacia Aragorn. –Hacía mucho, mucho tiempo que no nos encontrábamos entre los árboles o las piedras. ¡Ay, hinanya! Es triste que sólo ahora, al final, hayamos vuelto a vernos –dijo con amargura.

Pasaron casi dos semanas entre las hojas doradas. En parte porque Legolas necesitaba charlar con un amigo como Haldir, que podía escuchar toda la historia desde su punto de vista, que tenía varios siglos más que él, pero que nunca lo había visto, quién sabe por qué, como a un niño; y en parte porque, para sorpresa de los esposos, un contingente de elfos se preparaba para acompañarlos al sur y unirse a la colonia que fomentaba Arwen en Ithilien, eso hizo feliz a Aragorn.

Sin embargo, la idea de la partida al sur, desató también la nostalgia del mar en otros, y los señores del bosque dorado anunciaron que partirían en pocos años, junto a todos aquellos que desearan ver las Tierras Imperecederas. A los esposos les dio algo de tristeza, en especial a Legolas, pero en la familia del capitán de la guardia eso provocó una simple y clara disyuntiva.

Rúmil, el hermano menor, estaba entusiasmado con la idea de viajar al sur y sembrar árboles nuevos en una tierra arrasada por siglos de guerra. Sin embargo, una cosa era irse, sabiendo que Haldir y Orophin estaban a unos días de cabalgata, y otra muy distinta verlos abordar un barco volador. No hubo más que una conversación al respecto, la noche antes de la partida –en general, eran de pocas palabras–, y, aunque presentía la inutilidad del ruego, el joven elfo comprendió que no podía dejar esa pregunta sin formular.

–¿Por qué no te quedas? –preguntó tras la última cena que iban a compartir, al tiempo que tomaba la mano de su hermano mayor.
Haldir suspiró y miró a los ojos verdes y ansiosos de su hermanito con orgullo y tristeza mesclados.
–Porque el mundo está cambiando, creo que para bien. Sin embargo, este no es mi tiempo, sino de Legolas y Geniev, incluso tuyo.
–Hay tanto que hacer en el sur… –insistió el menor.
–Por eso parto –repuso Haldir y el otro comprendió de pronto lo que quedaba sin decir “Porque ya no tengo ganas de seguir luchando”.

Y Rúmil asintió, el tiempo de su hermano mayor en la Tierra Media estaba marcado por la sombra de la Dama Galadriel. Lo sabía desde mucho antes, pero no dejaba de afectarle.

–No creo que nos encontremos de nuevo –susurró al cabo de un tiempo. –Y tampoco sé si seré capaz de ser juicioso sin tus regaños.
Pero Haldir le sonrió, porque podía ver más lejos que su hermano.
–No en la Tierra Media, ni antes que las tierras que están bajo las aguas emerjan otra vez. Entonces volveremos a encontrarnos en los saucedales de Tasarinan, en la primavera, y me contarás de la doma de animales salvajes.

Rúmil se sonrojó ante esta insinuación, pero no se atrevió a decir nada. Esas eran las cosas que iba a extrañar: que alguien pusiera en palabras lo que su corazón sentía y su mente negaba. Y, al mismo tiempo, se sintió feliz, porque partir era la manera que sus hermanos tenían de decirle que ya era capaz de valerse por si mismo.

Con un rapto de ternura inusual en ellos, Rúmil rodeó la mesa y fue a acurrucarse entre los fibrosos brazos de su hermano mayor, como cuando era un elfito que temía a la oscuridad, porque le recordaba la terrible caverna al principio de su vida.

–Cántala de nuevo, hermano, por favor. Canta la canción del viajero.

Haldir sonrió con ternura ante el pedido. Había escrito esa canción hacía siglos, en la lengua común, para divertir a sus hermanitos. Sin embargo, acabó significando mucho para sus pupilos, a los que arrullaba con las palabras de dolor y llamado, de exigencia y consuelo. Para Rúmil, Orophin, Legolas, Estel, y los ignotos niños hobits a los que Bilbo y Frodo enseñaran la canción, “El corazón de las tinieblas” era la posibilidad de la una verdad mayor que ellos, cifrada en ella estaba el eterno reto entre vida y muerte, luz y oscuridad, esperanza y miseria, generosidad y perdón, un reto del que se sospechaban partícipes.

La voz aguda y limpia del capitán de la guardia subió entre las ramas de los mallorns y dio forma por un instante a la fe de todos en el Bosque Dorado.

Home is behind. / El hogar quedó atrás
The world ahead. / El mundo está ante ti
And there are many paths to tread / Y hay muchos caminos que recorrer
Thru shadow to the edge of night / A través de las sombras hacia el corazón de la noche
Until the stars are all alight / Hasta que todas las estrellas brillen
Mist and shadows, cloud and shade. / Niebla y penumbras, nube y sombras
All shall fade. / Todo se desvanece
All shall... fade. / Todo ha de... morir

Haldir repitió varias veces la letra, hasta que notó la respiración reposada de su hermano. Se limitó a acariciarle el cabello y esperar la señal de partida.

Cuando el sol se coló entre las altas ramas, la amplia partida de elfos estaba lista para el camino a Gondor. No había llanto entre los familiares que se despedían, pues tenían la certeza de que todos, tarde o temprano, sentirían el llamado del mar.

Aragorn se despidió con todo respeto de Celeborn y de Galadriel, y la Dama le dijo:

–Piedra de Elfo, a través de las tinieblas llegaste a tu esperanza, y ahora tienes todo tu deseo. ¡Emplea bien tus días!

Por su parte, Haldir y Legolas estaban junto al corcel del príncipe, compartiendo el último abrazo. El capitán de la guardia se sentía muy contento porque su amiguito estaba definitivamente recuperado, y porque adivinaba un futuro pleno para Rúmil, hasta ahora opacado por los logros de sus mayores. Se despidió con estas palabras.

–¡Amigo, adiós! ¡Ojalá tu destino sea distinto del mío, y tu tesoro te acompañe hasta el fin!

Y con estas palabras de sabiduría y esperanza, partieron los esposos.

Era la hora del amanecer, y la marcha del Rey del Oeste y sus acompañantes era un bello espectáculo, porque el sol naciente los iluminaba desde detrás del bosque. Los arneses resplandecían como oro rojo, el manto blanco de Aragorn parecía una llama y el morado de Legolas era un fragmento del cielo de la tarde que corría libre, mientras que el traje gris de Geniev era una pequeña nube de lluvia en busca de vida.

Antes de perder de vista, tal vez para siempre a los señores del Bosque Dorado, Aragorn se volvió y alzó su puño al cielo, una llama verde le brotó de la mano y envolvió a su familia. Galadriel supo entonces que había leído correctamente las señales del espejo y dio un paso atrás, en busca del pecho ancho y duro de Haldir.

¡Era libre!

TBC...

EL SEGUNDO REGRESO DEL REY 38

¿YA SOMOS TRES? EN MARCHA

“La entristecida rama
de los albaricoques
no tiembla más de frío,
pues sonríe de flores.”
Li Taipo


Elladan dejó caer la brazada de leña en el rincón junto a la estufa y suspiró satisfecho. Las señales eran claras fuera: la primavera se acercaba y, con ella, su regreso a casa, a Imladris.

Al pensar en su hogar, no pudo evitar cierto desasosiego. Ahora él era el Señor y, aunque dudaba que alguien tratara de impugnar sus derechos, se le hacía muy cuesta arriba seguir mintiendo, permanecer sin hijos solo porque… El gemelo cortó esa línea de pensamiento con un resoplido molesto. Sabía hasta dónde tensar las leyes y nombrar heredero de Imladris a un bastardo de Ellohir era imposible. Además, de que no podría condenar a su propio hijo a semejante destino ¿o si? ¡Por Elbereth que no sabía!

Estaba en el punto muerto de siempre.

El quería, no, necesitaba salir de las sombras, darle a su esposo todos los derechos, honores y comodidades, solo así estaría seguro de que el nuevo fruto de su amor no sería malogrado. Ellohir no resistiría perder otro bebé. No estaba seguro de que él mismo pudiera enfrentar una quinta pérdida. Lleno de impotencia, Elladan descargó su puño contra la pared.

–¿Estás loco?Elladan se volvió, sorprendido por el reclamo. ¿Cuánto tiempo llevaba Ellohir observándolo? No pudo preguntar, su gemelo ya estaba revisando los nudillos lesionados.
–Eres bruto como un orco –rezongó al comprobar que la piel se había levantado en algunas partes.
–Yo también te quiero –repuso Elladan bajito.

Ellohir levantó los ojos, asombrado por la respuesta. ¿Qué ocurría? Su pareja no solía ser tan clara en sus expresiones de amor sin estar absolutamente seguro de quién y dónde escuchaba –mil quinientos años de sigilo tienen su afecto. Frunció el seño, tratando de rehacer la línea de pensamiento del otro. Usualmente, lo único que ponía a Elladan tan expresivo era…

Ellohir dejó caer la mano herida y caminó hacia la ventana del salón. Ahora era él quien deseaba golpear las paredes, gritar su rabia, su odio por su propia naturaleza traidora.

–Creí que lo había disimulado bien –dijo bajito, sin volverse y al instante comprendió lo fútil del intento: dos personas no viven juntas por quince siglos sin llegar a conocerse.
–Sabía que no querías hablar de ello –explicó Elladan. –Pero no puedo dejar de sentir que…
–¡Ni se te ocurra! –le cortó el menor girándose de prisa. –No me gusta que pienses semejantes cosas, menos aún que las digas.
El mayor asintió. Aunque el asunto le inquietaba, su esposo tenía razón en que la sala de Bolson Cerrado no era el mejor lugar para discutirlo.
–Ya casi es primavera –dijo para pasar a un tema más frívolo, pero Ellohir le dedicó una mirada todavía preocupada.–¿Haz pensado que en cualquier momento nos hacen abuelos? –le preguntó, dejando claro que sus pensamientos seguían senderos similares, pero que tendía a alcanzar el extremo de las cosas.
Elladan se le quedó mirando, sin respuesta. No, no había pensado en eso. Todo el asunto de Auril había tenido un desarrollo tan breve y violento que jamás se detuvo en el detalle de que…
–Los abuelos más guapos de la Tierra Media –repuso mecánicamente, por no quedarse sin defensa.
–Pero abuelos –insistió el menor y no había humor en sus palabras. Evidentemente, ninguno de los dos podía hacerse a la idea, y de nuevo fue Ellohir quien puso en claro todo lo que le perturbaba del asunto. –Abuelos de los hijos de Legolas.

Elladan arrugó la frente, incómodo a su vez. Él también recordaba el compromiso que propusiera Halladad en el verano de 1 603, durante un período especialmente tenso con Thranduil. Lor Elrond estaba muy entusiasmado con la idea, pero el mismo Rey de Mirkwood se había ocupado de desautorizar a su heredero. Los tres jóvenes involucrados estaban más que satisfechos de que el proyecto nunca hubiera llegado a oídos del rubio príncipe. No solo porque a ellos les pareciera mal que intentaran casar a Legolas sin su conocimiento o autorización, sino porque, siendo honestos, el pequeño sinda era quien más profundo espacio tenía en el corazón de ambos hasta la llegada de Estel, pero nunca de una manera sensual. Y ahora Legolas era parte de la familia, aunque no de la manera que Elrond ni los gemelos desearan o imaginaran, definitivamente, el clan tenía cierta tendencia a salirse de la línea.

–Somos prisioneros de Vairë –concluyó.
–¿Y te molesta el modo en que tejió su red?

Los gemelos se giraron, sorprendidos por la dureza de la pregunta. Legolas estaba recostado en la puerta que daba a la galería central del agujero hobbit, los brazos cruzados sobre el pecho. Sus ojos reflejaban decisión, dureza, la fuerza que recuperaba a pasos agigantados desde su ruidosa reconciliación con Estel. Pero no era tranquilizador ver esa fuerza enfocada sobre ellos dos.

–Para nada –repuso al fin Elladan, optando por la parquedad ante la beligerante actitud del rubio.
Legolas se acercó y les miró alternativamente, luego habló despacio, como quien teme equivocar las palabras.
–Aquella tarde, cuando llegaron a Rohan con los dunedain, creí que todo estaría bien, pero cuando descubrieron lo que ocurría entre Estel y yo, inmediatamente sentí como vuestras miradas se endurecían. Estoy consciente de que nos vigilaban cuando vagábamos solos y no volvimos a tener una charla civilizada hasta el regreso a Mirkwood. Se que mucho ha pasado desde entonces, pero necesito saber ¿por qué?
Los elróndidas intercambiaron una mirada que era mitad duda, mitad vergüenza, pero el valor se impuso, al fin y al cabo, los tres eran amigos. Ellohir se acercó a Legolas y le sonrió con afecto.
–Debes perdonarnos, Hojita, actuamos como un par de viejos cascarrabias entonces. Solo vimos que Estel faltaba a su compromiso, a la palabra dada ante la familia. Inmediatamente pensamos en el honor, no en el amor, y te culpamos.
–¿Creyeron que yo le había seducido? –pregunta incrédulo Legolas y Elladan asiente.
A unos metros de él, su pareja tiene los brazos cruzados y mira la estufa, avergonzado.
–No fue hasta que nuestro padre habló con nosotros de vuestro matrimonio que comprendimos que había bastante más que lujuria entre los dos, que Estel actuaba tal y como lo habíamos enseñado.–
¡Pero hemos sido amigos desde hace más de mil años! –les reclamó el sinda. –Podrían haberme preguntado, reclamado. Todo era preferible al muro de silencio que levantaron a nuestro alrededor. Estel y yo nos sentimos tan sorprendidos y decepcionados. Con ustedes contamos desde el principio, fue un golpe duro para él, ¿saben?
Elladan suspiró, estaba realmente avergonzado de aquella actuación, pero Legolas era ya adulto, por edad y sufrimiento, sabría comprender.
–¡Oh! Dejemos de dar vueltas –dijo interrumpiendo la disculpa de su pareja. –Mira Legolas, la verdad es que estábamos celosos.
–¿Celosos?
–Si, celosos de que nos quitaras a nuestro niño. Cuando surgió su compromiso con Arwen nos costó trabajo aceptarlo, pero transamos al cabo porque nunca hubo demasiada pasión entre ellos y nosotros…

Elladan se detuvo, era la primera vez que decía todo esto en voz alta, y no estaba seguro de poder decirlo de nuevo. Durante los días en Lindon, había comprendido que su actitud no difería mucho de la del mismo Elrond años atrás, no estaba seguro de qué le avergonzaba más, haber repetido los errores de la familia o haber sido vencido por su hijo. Tomo una profunda inspiración antes de continuar.

–Nosotros razonábamos de una manera tan posesiva que preferíamos verlo casado con alguien a quien realmente no amaba mientras no se alejara. Entonces descubrimos su romance. Era demasiado, después de todo, Estel es nuestro único hijo y una relación contigo era peligrosa ¿entiendes?

Legolas asintió de manera mecánica, demasiado asombrado para decir palabra. Entendía, si, entendía muy bien la fiera defensa de lo que sus amigos consideraban una extensión de si mismos, carne de su carne, sangre de su sangre. Desde su secuestro ya no le sorprendía descubrir el lado oscuro de las personas.

–Sin embargo, fueron a cazar elfos por mí –señaló. Los gemelos no pudieron dejar de sonreír ante el hecho.
Ellohir volvió a tomar la palabra.
–Y eso es lo que nos gustaría que le contaras a nuestros nietos. Que rectificamos.
–De acuerdo –aceptó el rubio con una gran sonrisa, feliz de tener a sus amigos definitivamente de vuelta.
–¿Amigos? –trató de concluir Ellohir.
–Amigos –asintió Legolas. –No puedo estar enemistado con tan lindos abuelitos –agregó y corrió por su vida con una gran carcajada.

La primavera colmó con creces las más locas esperanzas de Sam. En su propio jardín los árboles comenzaron a brotar y a crecer como si el tiempo mismo tuviese prisa y quisiera vivir veinte años en uno. En el Campo de la Fiesta despuntó un hermoso retoño: tenía la corteza plateada y hojas largas y, aseguró Elladan, se cubriría de flores doradas en abril: era en verdad un mallorn, y la admiración de todos los vecinos.

Pero con el impetuoso crecimiento del árbol dorado, llegó también la hora de las despedidas. La guerra había terminado, y su paso había dejado largas cicatrices en la tierra y las personas –bien lo sabían los hobbits. Frodo, Sam, Merry y Pippin estaban conscientes de que Aragorn y Legolas debían regresar al sur, donde muchos años de reconstrucción les esperaban. Sin embargo, los amigos no estaban melancólicos esta vez, porque ahora todos gozaban de salud y, al menos en la Comarca, la cosecha sería buena.

Una mañana fresca de marzo, con el sol reflejándose en los charcos de la última nieve, los gemelos, Aragorn, Legolas y Geniev enjaezaron sus monturas y abrazaron muy fuerte a sus amigos y a los niños de Rosita. No hubo demasiadas palabras, porque un montón de vecinos se habían reunido para despedir al Rey. Y es que la que la idea de un soberano que abriera nuevos caminos y promoviera el comercio de yerba de pipa estaba entusiasmando de veras a los hobbits, al punto de que el Thain ya preparaba un nuevo calendario de fiestas (banquetes) en su honor.
Aragorn miró despacio a Frodo, buscando palabras para agradecer todo lo hecho por Legolas y por él en las últimas semanas, sentía que la estancia en aquel bello agujero hobbit era más valiosa que toda la Guerra del Anillo. Al fin dijo.

–Y bien, entrañable amigo, el árbol crece mejor en la tierra de sus antepasados; pero siempre serás bienvenido en todos los países del Oeste. Y aunque en las antiguas gestas de los grandes tu pueblo haya conquistado poca fama, de ahora en adelante tendrá más renombre que muchos vastos reinos hoy desaparecidos –y quitándose un anillo con una gema blanca que llevaba en el dedo del centro, lo puso en la palma de Frodo. –Cuando temas por los tuyos, manda este objeto en señal de ayuda y nada me detendrá para ayudarte.

Frodo asintió, agradecido, y se guardó el anillo en un bolsillo del chaleco con parsimonia. Luego los cinco jinetes tomaron el camino de Bree y trotaron hacia sus hogares.

TBC...