¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

Todos los personajes reconocidos públicamente son propiedad de sus respectivos autores. Los personajes originales e historias son propiedad la autora. No se genera ningún beneficio económico por este trabajo, ni piensa por un instante en los derechos de autor.

27 diciembre, 2008

SECRETOS DE FAMILIA 19

Cosas que queremos o no ver

“Pero esa ventana no se encuentra, o yo no sé
hallarla. Y quizá mejor sea así.
Quizá esa luz fuese para mi otra tortura.
Quién sabe cuántas cosas nuevas mostraría”
Ventanas, K. Kavafis


John y Alex subieron la escalera con calma, intercambiando comentarios sobre la clase de Encantamientos. El moreno iba relajado, tan feliz de haber logrado una genuina sonrisa de Alex que los hechos que alteraban la seguridad de su familia en los últimos días habían sido relegados a un rinconcito de su mente. Sin embargo, no estaba totalmente ajeno a los olores y sonidos de la zona que abandonan del castillo, ni a los que esperan delante: rosas y tierra húmeda. Al doblar la esquina que conduce al Club Selenita el olor se hace claro, y el asombro de Alex al ver a Dafne salir de detrás de una columna casi provoca al risa de John.

–¿Esperas a alguien? –le pregunta al tiempo que muestra los dientes, y es que el olor de la chica ha cambiado, ahora también hay violencia.
–A ustedes –ella duda un poco, pero al cabo toma aire y sigue con su plan. –Quiero que me lleven ahí –y señala con gesto decidido la puerta del Club, desde donde Víctor Hugo les observa.
–Ya te dije que son cosas de Griffindors…
–¡No es cierto! Vi entrar a chicos de diferentes casas y a un profesor. Nada tienen en común aparte de sus ojos dorados –terminó acusadora.
–Entonces ya sabes por qué no puedes entrar –repuso John con voz calmada.

Pero era una calma aparente. Alex había empezado a temblar a su lado y Fantasma se agitaba en su interior al oler el miedo.

–No, no lo sé. Dime la razón John, dime que Parkinson y los suyos te temen solo porque eres el hijo postizo del Ministro, no por tus ojos.

El miedo de Alex pasó del olor a un temblor continuo que molestó muchísimo a John –¿cuándo entendería que ser licántropo no era una vergüenza?– e hizo saltar los instintos protectores de Fantasma a la superficie. Con un gesto rápido, movió al chico hacia su espalda, donde al menos los ojos de Dafne no lo taladraban. Así los temblores disminuyeron y él pudo recuperar la capacidad de negociación.

–Deberías hablar con tus primos.
Ella parpadeó confusa.
–¿Con mis primos? –el tono en la voz de Dafne le indicó que el movimiento era adecuado.

Si claro, reconoció ella mentalmente, podía acudir a su familia mágica y averiguar sin tener que enfrentarles, sin correr peligros innecesarios. ¿Por qué no lo había hecho? Con dolor recordó que estaba acostumbrada a estar sola, que le costaba aún acercarse a personas de su edad sin temor a que la consideraran un fenómeno –lo que los adultos pensaban también, pero eran más discretos. Apenas llevaba dos semanas en Hogwarts, el primer lugar donde todo el mundo era como ella, y hasta tenía familia, un montón de primos y primas deseosos de conocerla. Pero aún le costaba confiar, la primera noche había confiado en John y Alex, solo para que ellos le ocultaran cosas y ahora él la mandaba con Joshua…

–¿Por qué no me lo dices tú?
John suspiró satisfecho, al menos ya estaba dispuesta a consultar otra fuente.
–Porque es una historia larga y nosotros tenemos que entrar ahí. Ve a tu sala común y habla con Joshua, estoy seguro de que le encantará hablar de mi padre.

Dafne le dedicó todavía otra mirada escrutadora y sopesó su propuesta. Remus Lupin era un héroe de la Segunda Guerra y Joshua –ya lo sabía– sentía verdadera debilidad por los relatos heroicos. Además, había sido el más interesado en ella de los primos de Slytherin –Zoe se la pasaba vigilando al novio de Tomas, y se ponía verde espinaca ante cada beso que intercambiaban, mientras que Fabian estaba planificando un Baby Shower y presumiendo de lo bien que se le daban los bebés con las compañeras de estudio, repartiendo caricias subidas de tono cada vez que podía. Joshua, en cambio, le ayudaba con las tareas y preguntaba por su familia. No se cansaba de repetir que Harry Potter estaba muy feliz de que su papá estuviera con buena salud, y que, aunque los sucesos de los últimos días le tenían muy ocupado con la seguridad, deseaba conocerla y hasta visitar a su madre.

–Está bien, hablaré con él –aceptó.

John asintió, satisfecho. Se alejó sin decir una palabra más hacia la puerta del extraño gato. Alex le siguió, pero mirando hacia Dafne con sus grandes ojos clavados en ella. Había en su mirada algo de súplica que la niña no supo interpretar.

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El director Snape se sentó en su sillón favorito, entrelazó los dedos de ambas manos y dejó caer la cabeza hacia atrás con los párpados cerrados. Nada se movió en la habitación, y apenas se oía el crepitar del fuego en su chimenea, convenientemente desconectada de la red flu.

Severus Snape meditaba.

Tenía bastantes cosas de las que ocuparse este septiembre: el embarazo de Draco, la reaparición de la marca y la llegada de Alexander Smith a la escuela. Aunque los dos primeros acontecimientos eran bastante graves, y acaso estuvieran vinculados, el tercero era el no se apartaba de su mente y lo mantenía en desagradable distracción. ¿Por qué?

Trató de despejar el misterio enumerando las características de sus problemas: De nada valía preocuparse por Draco, esa era una tarea que Potter hacía con gusto y bien –mal que le costara admitirlo–; ¿La marca y los ataques mortifagos? Como espía de dos guerras, había Snape aprendido a esperar y cumplir su papel en un juego amplio de fuerzas que casi nunca eran totalmente perceptibles para los que peleaban. Todo lo que estaba en manos de la Orden del Fénix para evitar el renacimiento del Oscuro se había considerado, discutido, rediseñado, desechado, rescatado o previsto. El Plan estaba en marcha y –a diferencia de las veces anteriores– veía el balance de fuerzas favorable a su bando. En cambio, su posición ante el asunto del Smith era privilegiada: tenía control del marco general y los detalles –los sabía casi todos, de hecho–, pero lo que le perturbaba día y noche era el papel y destino de dos personajes del drama: John, inevitablemente involucrado por su lazo con Alexander y el actor inesperado cuyas intensiones no lograba determinar: Adrian Ross Duncan.

¡Ah!, el señor Duncan. Snape repasó mentalmente lo que sus diversas fuentes le informaran: joven funcionario de veintisiete años, graduado del exclusivo colegio de Saint Patrick en Irlanda. Luego estudios universitarios en Nueva York, donde había convivido como muggle por cinco años para sacar una licenciatura en Trabajo Social, al tiempo que viajaba por el continente en visitas a bosques y complejos subterráneos. Al regresar, fue aceptado en el Ministerio en la Oficina de Relaciones con el Mundo Muggle, Comisión de Infancia y Adolescencia y de ahí trasladado a la Oficina de Atención a Licántropos, a causa de varios ensayos sobre la historia de los hombres-bestias muy bien recibidos en la comunidad académica. En su trabajo para el Consejo Licano había demostrado afabilidad y gran capacidad de negociación, seguro por eso le habían asignado el Caso Smith.

Sus relaciones personales, además, no lo vinculaban con ninguno de los numerosos enemigos del Clan Potter–Malfoy–Snape, pues los Duncan eran de la antigua nobleza céltica, asentados en un feudo misérrimo, en una laguna roja rodeada de pantanos, fantasmas y grindilows, carentes de tesoros, profecías, reliquias de misterioso poder o libros de magia oscura que Voldemort o el Ministerio desearan. Hasta ahí nada, ninguna relación comprometedora o comentario casual permitía ubicar a Duncan en un lado u otro de las alineaciones políticas de su mundo –aunque ser un sangre pura dispuesto a trabajar a favor de los derechos de otras razas lo ubicaba inicialmente con “la luz”. Sin embargo, Severus había aprendido a desconfiar de las personas demasiado transparentes.

Se daba cuenta de que lo que le impedía olvidarle era esa innatural corrección que encantaba a casi todos a su alrededor y el contradictorio empeño del joven en acercarse a él, cuando no estaba cerca de nadie más que su familia –vía lechuza, claro, porque su clan no daba señales de querer abandonar el arruinado castillo lacustre. Adrian se las había arreglado para que cada paso alrededor del caso Smith fuera una excusa para mantenerse en su rango de visión, para hacer más complicado ignorarlo. De nuevo, no era lo que decía en los encuentros, sino la “intensidad” que emanaba del chico, contadas veces traicionada por sus vivaces ojos negros. Eso mantenía alerta a Severus.

¿Qué buscaba Adrian Ross Duncan? ¿Por qué solo con él perdía el estricto control de sus sentidos? ¿Era consciente de lo que hacía? Por supuesto, resolver tales incógnitas sin interrogarle frontalmente era imposible, y eso era algo que no podía permitirse con las fuerzas que les rodeaban todavía inciertas en sus posiciones.

Un leve crujido le hizo abrir los ojos y erguirse sonriente.
–¿Ya es la hora del te?
En la pared frente a su sillón, dentro de un retrato de marco azul marino, se terminaba de preparar un elegante servicio de plata.
–Casi –respondió el habitante del cuadro.
–Lamento haberme entretenido, tengo demasiadas cosas en al cabeza.

Severus dio dos golpes de varita en su mesa de centro y un juego de te idéntico al del cuadro apareció, había pastelillos de carne, biscochos de chocolate, galletas y azúcar dispuestos en pequeños platos –los elfos ya sabían que el director no ponía leche en su te.

–Deberías meditar menos, no veo que llegues a ningún lugar con lo que pretendes saber ahora.
Snape arrugó la frente ante el comentario, había ahí una referencia implícita que no le agradaba. Él no estaba en fase de negación ¿cierto?
–Es mi modo de trabajar, y no te molestó nunca.
–Antes no… -el retratado se detuvo, como si lo que iba a decir le incomodara profundamente, al final dio un suspiro resignado y levantó sus ojos color miel para enfrentar al Snape. –Antes no te dedicabas a meditar todo el santo día para huir de lo que está delante de tus narices. No haces más que darle vueltas y vueltas al asunto de Duncan, cuando es claro lo que ocurre con él. La cara de Severus se había puesto más pálida que de costumbre y reflejaba una rabia profunda.
–¡Cállate! –puedo tolerar esas insinuaciones de Albus, pero ¡de ti!
–Soy el único con derecho a hacerlas, me parece –repuso el otro sin dejarse impresionar por la mirada.
–Al contrario, eres la última persona a quien le corresponde el papel de mi celestino.
Los ojos dorados se entrecerraron burlones.
–¿Vas a decir que me debes fidelidad? ¡Estoy muerto!
–Muerto o vivo, incinerado o en pintura, eres mi esposo Remus.
–Y no dejaré de serlo porque ames a alguien más.

Snape no contestó, porque no tenía respuesta. Empezó a dar vueltas por la habitación, sin saber qué responder o como cortar los razonamientos de Remus. No podía abandonar la estancia, nunca había dejado a su esposo con la palabra en al boca, no iba a empezar ahora.

–Severus –le dijo suavemente el retrato tras la cuarta vuelta–, no puedes sustituir lo que tuvimos por esto – y señaló la habitación reproducida en el interior de su pintura. –Tienes sesenta años, estás a la mitad de la esperanza de vida de los magos. ¿Vas a pasar los próximos sesenta tomando el te frente a un cuadro?
El aludido se dejó caer en su butacón, derrotado.
–Esto es irracional –se quejó. –Ni en el mundo mágico es normal que el retrato de mi difunto esposo me empuje a enredarme con un chico que puede ser mi hijo y cuyas intenciones desconocemos.
–Tú y yo nunca fuimos muy convencionales –sonrió Remus, obviamente satisfecho de que Severus aceptara su plan.
–¿Y qué le digo a John?
–Que aún eres capaz de amar y ser amado, que esa noche en Bedale no te lo quitó todo.

Severus suspiró, derrotado. Nunca había podido resistirse a los deseos de Remus, aun cuando fueran los planes más descabellados del mundo, tipo finjamos que me odias mientras voy a dar clases a Hogwarts o tengamos un hijo a los cuarenta y tantos años.

–Lo dices con una certeza, yo mismo no se qué pensar de Duncan.
–Su nombre es Adrian, Sev, vete acostumbrando. Y lo que planea… digamos que son las ventajas de mirar a las personas desde las paredes, cuando creen que nadie nota sus miradas o sonrojos.

TBC…

21 diciembre, 2008

EN BUSCA DE UN SUEÑO 24

Aprender a confiar en ti

“It's not easy love, but you've got friends you can trust,
Friends will be friends,
When you're in need of love they give you care and attention,
Friends will be friends,
When you're through with life and all hope is lost,
Hold out your hand cos friends will be friends right till the end.”
Friends Will Be Friends, Queen

Minas Tirith, Año 2 de la Cuarta Edad del Sol

Barahir se quedó en la habitación de Geniev por dos semanas, casi todo el tiempo en cama y solo, porque que Ecthelion entrara fuera allí solo destruiría su reputación, y el Príncipe debía ser visto en aulas y corredores para no despertar sospechas.

Cuando Geniev regresaba, atendía con cuidado y habilidad. La primera vez, para Barahir fue enojoso dejarse desnudar, cargar y asear como un niño pequeño.

–Relájate –le dijo el Príncipe antes de sacarle la ropa al notarlo tenso. –¿Crees que si te hieren en batalla tendrás una matrona para tu sola atención?

Ese comentario hizo pensar al joven, por supuesto: él nunca antes había considerado cómo se las arreglaban los heridos. Razonó que, incluso cuando algunas mujeres asistieran a los sanadores, heridas de menor gravedad, como la suya, eran asunto de los mismos soldados. Tendría que confiar en sus compañeros de armas también fuera del combate. Entretenido en tales ideas, se dejó hacer sin protestar.

Más tarde, Geniev lo acomodó a un lado de la cama y se dispuso a descanzar, pero el rubio no tenía sueño, y lo sugerido por el príncipe seguía dando vueltas en su cabeza.

–¿Habéis cuidado de un herido antes?
–He hecho muchas cosas –contestó Geniev sin mirarlo.
–¿En la guerra?, ¿junto a vuestro padre?
–No. En esa época él estaba muy lejos.
Barahir asintió, creía comprender: Él también había crecido con su madre en al granja, mientras su padre y los hombres del feudo protegían las fronteras.
–Vuestra madre debe haber sido una dama muy bella.
–¿Y tú qué sabes? –le espetó Geniev un poco agresivo.
Pero él contesto con una lógica básica: –Era la esposa de mi Rey.
–No era su esposa –le respondió el moreno con amargura. Tras una pausa, le cortó toda posibilidad de conversación con un seco: –y que tengas buenas noches.

La respiración del medio elfo se hizo reposada al poco tiempo, pero Barahir seguía sin sueño, en parte por haber pasado casi toda la jornada en la cama. Así que permaneció quieto, observando el lento juego del fuego en la chimenea, pensando en el asunto de la confianza entre los soldados.

Si no hubiera estado despierto, un sonido tan leve no lo habría sacado de la modorra, pero en el silencio solo interrumpido por los chasquidos de la madera los apagados gemidos fueron claros.

–¿Geniev? –susurró.

El cuerpo junto a él se agitó, sin responderle. Los gemidos se repitieron, aumentando la preocupación de Barahir. Finalmente Geniev giró hasta quedar sobre su espalda. Su rostro era visible ahora: congestionado por lo que sea que perturbaba su sueño, debajo de los párpados se filtraban abundantes lágrimas, que la luz de la hoguera tornaba rojizas, desagradables. A duras penas era audible, pero el joven decía algo entre dientes en un idioma que supuso Barahir sería élfico. Pero eso no importaba mucho ahora, deseaba fervientemente saber qué hacer. No estaría mal que… No era como si fuera a perder su honor con el príncipe ¿verdad? Solo quería ¡eso!, consolarle.

Muy despacio, Barahir adelantó una mano y tocó el rostro de Geniev. Como una fiera, el medio elfo se agarró de su brazo.
–Ata –dijo aliviado.
–Está bien pequeño –se descubrió el rubio diciendo muy bajito, como cuando había tormenta y él temía el ruido del viento. –Ya va a pasar. Tranquilo. Todo estará bien.

Barahir repitió esas palabras una y otra vez, hasta que Geniev dejó de llorar. Lo miró dormir por largo rato: el Príncipe lucía aún más joven ahora, como de trece o catorce años. Era porque sus ojos estaban cerrados y el pelo le caía en mechones desordenados, libres. Apartó con cuidado uno que amenazaba con colarse en la naricita respingona y rozó su piel. Una piel tan suave como los vestidos de fiesta ocultos en los arcones de su madre, y mechones tersos y flexibles, como la hierba primaveral.

–¿Mi desposada tendrá el cabello así?

Barahir no sabía si las mujeres humanas se parecían en algo a los elfos, si podían ser tan fascinantes como la imagen que contemplaba. Deseó conocer alguna tan suave y fiera como su Príncipe. Un madero crujió y se partió en la chimenea, y entonces se quedó dormido.

Cuando despertó, estaba solo en la cama y Geniev se lavaba la cara en una jofaina. Ya amanecía.

–¿Dormiste bien? –preguntó el medio elfo sin volverse a mirarlo.
Barahir no contestó enseguida. Aún estaba amodorrado por el sueño, pero sabía que no debía ser imprudente con su anfitrión.
–Tan bien como se podría con la mitad del cuerpo inmóvil –respondió al fin.
Geniev gruñó algo y tomó un paño para secarse el rostro antes de tomar una camisa limpia y la túnica.
–¿Y vos? –se atrevió a preguntar el muchacho, incómodo ante la imposibilidad de hablar de los sucesos de la noche.
Geniev también demoró en contestar, parecía muy concentrado en abotonarse hasta el cuello con desesperante lentitud con la vista en la ventana. Cuando estuvo perfectamente vestido se giró hacia la cama, la imagen perfecta del joven noble, gallardo y viril.
–Como un bendito –dijo con voz preñada de advertencias y expresión vacía.

Barahir no era un prodigio en los sobreentendidos, pero ese tono y esa expresión la hicieron saber en un instante que todo –su breve amistad, la naciente confianza, el mundo que empezaba a descubrir a través de Geniev–, todo lo ganado en esos días de colaboración por los pasillos de la Academia podía derrumbarse con una palabra dicha de más. Sorpresivamente, no una palabra que rebelara las innaturales perversiones de su anfitrión. Sabía que su próximo gesto era como elegir un camino entre dos bifurcaciones en medio de un bosque ignoto. En nada más podía confiar salvo su intuición de cuál derrotero le llevaría al calor de los brazos humanos.

Barahir asintió, dando por buena la afirmación del Príncipe –y supo que a partir de ahora era “su” Príncipe.

–¿Me alcanzas la bacinilla? -pidió de inmediato, zanjando el asunto.

§ § § § § § §§ § § § § § § § § § §§ § § § §

Dicen que el ocio cansa, pero Barahir siempre creyó esa afirmación una idea ridícula, imposible. Tras un día y medio en cama empezaba a creerla.

Ya había pasado el medio día, el chico estaba harto de contarse a sí mismo chistes de borregos y orcos. Miró de refilón los textos que Geniev dejara a su alcance. En verdad, lo suyo nunca había sido leer, apenas sacaba cuentas y aprobada los envíos de grano a la ciudad, pero… mirar no le iba a hacer daño ¿cierto?

Con gesto inseguro, Barahir tomó el más pequeño, un tomito empastado en rojo poco más grande que la palma de su mano.
–Po… e… mas de a… ni…ma… les –deletreo despacio y sonrió satisfecho de su elección.

Sin dudas, razonó, nada mejor para un campesino que esto. Con cuidado, el chico desató la cinta que mantenía cerrado el códice y lo desplegó.

–¡Wow!

Era un manuscrito de lujo, con los breves textos enmarcados en fantásticas y multicolores miniaturas de bestias y hombres. La piel había sido tratada con mucho esmero, se sentía suave y flexible entre sus dedos.

El primer pliego fue fácil: –Poemas de animales –pudo leer de corrido esta vez. –¿Por qué repetirán eso?

Sin idea de los protocolos de los copistas, Barahir siguió estudiando los símbolos. Debajo del título había una línea que no supo identificar y supuso el blasón del copista. El segundo pliego estaba ocupado por el complicado dibujo de un remolino de animales. Los vivos colores y hábiles trazos le fascinaron por largo rato, pero al fin se decidió a apartar sus ojos de la absorbente imagen y pasar al tercer folio.

Allí había un nuevo texto, que leyó en voz baja y trabajosa
–Un ter… ne… ro no po…día na… cer.
Pestañeó confundido al comprender el sentido del primer verso.

¿Ese era el inicio de un poema? Más bien sonaba como el llamado de ayuda de un pastor o el tipo de cosas que se cuentan junto a la chimenea mientras ruge la ventisca y se recuerdan las aventuras del verano. Un poema, creía él, debía tratar sobre cosas elevadas y nobles, el deber, el castigo a las faltas, el sacrificio. A pesar de tales razonamientos, la curiosidad tiraba de Barahir. El Rey no permitiría que su hijo tuviera lecturas inadecuadas en la Academia y, si Geniev las tenía de contrabando, no se las mostraría a la segunda jornada de amistad. Si, este códice no entrañaba ningún peligro, decidió y volvió a leer.

–Un ternero no podía nacer…

Estuvo enfrascado en los relatos de animales durante horas, en los últimos pliegos casi leía algunas palabras de corrido. Le eran cercanas estas historias y no tardó en descubrir la musicalidad en sus absurdas decripciones, en sus íntimos detalles.

Barahir no sintió llegar a Geniev. El Príncipe entró con su habitual paso de sigilo, cerró la puerta y se le quedó viendo, sorprendido de que su huésped hubiera accedido a leer algunos de los materiales que dejara a su alcance en la mañana. Debía admitir que el joven era hermoso. La luz llegaba de la ventana desde detrás de Barahir, y él había echado su cabello a un lado, para que no hiciera sombra. Desde la puerta, los mechones rizados caían sobre el hombro y la espalda aún redondeada –adolescente–, ocultando un poco su rostro. El sol daba a su pelo rubio oscuro un tono metálico, como de cobre bruñido, un aura bélica que combinaba perfectamente con el rostro concentrado por el esfuerzo de la lectura.

Realmente era una lástima interrumpirle.

§ § § § § § §§ § § § § § § § § § §§ § § § §

Establecieron una rutina fácil en esos días, de cuidado, respeto, conversaciones agradables y silencios cómplices.

En sus días solo, Barahir aprendió palabras nuevas en los códices de la colección personal de su Príncipe, luego regresó sobre los rollos que les servían para estudiar en la Academia. Se sintió satisfecho de poder entender las palabras con mayor fluidez, incluso ensayó a escribir unas notas para mejorar su caligrafía. De noche, calmaba al lloroso Geniev. No se hacía preguntas, ni intentaba sonsacarle información de sus sueños, solo lo abrazaba y acariciaba su cabello –un tacto sedoso al que se sentía muy afín. Llegó a preguntarse, con el paso de los días, cuánto descanzaba el Príncipe cuando estaba solo, y si no sería esa la verdadera razón para darle una recámara independiente, a la que todos tenían prohibido el acceso.

Pero no compartió sus inquietas meditaciones. En parte porque no había con quién hacerlo. En parte porque era la primera vez que participaba de una amistad “adulta” y deseaba conservar la sensación de exclusividad. Se sentía también temeroso de que si intentaba ponerlo en palabras –contarle a Ecthelion, por ejemplo– todo está aventura le superaría. Y en medio de todas sus dudas estaba Geniev: empezaba a sentir que dejar solo al Príncipe tras esas noches de camaradería sería una especie de traición.

Así llegó el décimo día de su reclusión.
–Estaba pensando en mi regreso. ¿Cómo voy a entrar en la Academia, si nunca he salido?
Geniev no levantó los ojos del pergamino donde dibujaba un plano, pero contestó al punto.
–Te sacaremos sin ser visto y regresarás con pompa y boato –explicó sin dudar.
–¿Sacaremos? –repitió él sin comprender.

Geniev fue a su escritorio y rescató de allí un pergamino con el sello real roto, se lo tendió a Barahir, quien –merced de tantas jornadas de ejercicio– reconoció las palabras con rapidez y alzó los ojos asombrados hacia el medio elfo.

–¿Idea tuya?
Geniev hizo una mueca de incomodidad.
–Digamos que tengo una familia algo aficionada a las intrigas.

Barahir se preguntó si estaba incómodo porque no era idea suya la ingeniosa solución o porque su familia le fastidiaba. De todos modos, sabía que no debía ahondar ahí, así que releyó emocionada la nota enviada por el Senescal.

“Tus padres están muy interesados en esos dos jóvenes que te siguen a todos lados, según los chismes de la corte. Darán una merienda campestre para conocerlos en siete días. No intentes matar a nadie más en lo que resta hasta el encuentro, o Legolas cortará lo que queda de tus orejas. Faramir”

Era una nota tan íntima, que casi se sintió un invasor. No, Geniev se la había tendido con toda confianza. Además, llevaban diez días durmiendo juntos. Aunque nada poco honorable hubiera ocurrido, era un grado de intimidad que les acercaba. Era agradable estar tan cerca de su Príncipe, pensó.

–De acuerdo, regresaré con pompa y boato tras ver a su Majestades comer pan y queso. Todo un honor, sin dudas –Geniev casi no pudo contener la risa ante la seriedad del chico.
–Y la tía Arwen tomará cantidades ingentes de vino sin embriagarse –acotó.
Pero ahora Barahir se dio cuenta de la burla en su tono y lo ignoró.
–Todavía no me dices cómo saldré.
Geniev saltó sobre uno de sus arcones y se volvió hacia su amigo con una sonrisa perversa en el rostro.
–Espero que no temas a la oscuridad.

TBC…

04 noviembre, 2008

EN BUSCA DE UN SUEÑO 23

Entrando en el territorio de mis sueños

“Lo primero, amábamos leal y firmemente,
incluso sin saber qué amábamos, ni por qué”
La Reliquia, Jhon Donne (1572-1631)

Una sala de espera en el Edificio de la Sociedad Moriquendi

Peter tamborileo sobre su portafolio y se obligó a permanecer callado. A diez metros, la secretaria lo miró con desagrado, como si ese mínimo sonido la desconcentrara –no que ella estuviera haciendo algo más que leer, pero… El hombre detuvo una línea de pensamiento negativa para su presión y siguió estudiando las molduras del techo.

Casi había contado todos los pliegues de la túnica del segundo ángel de la tercera columna cuando varias personas acercándose llamaron su atención: los cuatro directores de la Sociedad Moriquendi llegaban cargados de papeles y con rostros tensos. Pestañeó confundido ¿no le habían dado cita con uno de ellos?, ¿frente a la oficina de quién estaba?

La secretaria se apresuró a abrir la puerta del local identificado como “1” por la placa negra en el centro, los cuatro entraron sin mirarlo. Alcanzó a escuchar un comentario amargo y admonitorio del más alto a otro de escaso pelo castaño:
–Ni menciones a Katz y Bellisario.
La puerta de color rojo vino se cerró y la secretaria volteó a verlo con ojos entrecerrados.
–No me gusta NCIS –se apresuró a aclarar en oestron.

Ella aflojó un poco el rostro, tal vez satisfecha de su buen manejo de la lengua, y regresó la mesa. Cinco minutos después volvió a mirarlo, ahora con esa expresión ilegible tan común entre los ardences que él llamaba “élfica”.

–Pase.

La habitación era grande y el amplio ventanal que sustituía la pared del fondo la hacía dolorosamente luminosa. Se deslumbró.

–Mae govaenon –dijo inseguro de a quién debía dirigirse.
–Buenas tardes, señor Jackson –le respondió en inglés una voz andrógina que, como las voces de media Arda meridional, le enervó.

Los ojos de Peter se acostumbraron de a poco al derroche de luz y pudo reconocer el espacio en que se hallaba: la estancia era imponente con sus paredes recubiertas de madera rojo oscuro y dibujos dorados apenas brillantes por el barniz que los recubría, el piso era también de madera, pero café. La distribución de los muebles dividía en dos ambientes el local, un despacho y un salón para reuniones, estaban en el último. El salón de reuniones consistía en una mesa rectangular con diez asientos a cada lado, una pantalla plegable y un estante con bebidas.

–Siéntese –le casi ordenaron y comprendió que el vaso de agua en un extremo de la mesa de juntas indicaba su puesto.

En el lado contrario de la mesa, los cuatro directores de la Sociedad Moriquendi le observaban con expresiones absolutamente élficas –el que tuvieran orejas puntiagudas no ayudaba a tranquilizarlo–, y había una quinta persona, de cabello oscuro y largo, cuyas facciones quedaban en la penumbra porque estaba totalmente de espaldas a la única fuente de luz, el ventanal.

Se sentó donde le ordenaran y sacó su proyecto del portafolio.
–La idea es…
–Conocemos su idea –le interrumpió el director alto. –No por qué se cree capaz de hacerlo.
Esa pregunta no le tomó por sorpresa: él mismo se lo había preguntado cada mañana desde que la idea llegara, unos diez años atrás. Trató de ser breve y sincero.
–Puedo distanciarme lo suficiente, ser crítico con la historia y los personajes.
–¿Quiere decir –y el fastidio era evidente en la voz del director pelirrojo– interpretar como un extraño la historia de nuestro país?
–Quiero decir narrar una aventura, una historia épica sobre un Anillo mágico que seduce a las personas a su alrededor, recrear un tiempo pleno de magia en que los elfos y orcos caminaban por esta tierra.
–Los elfos aún caminan por el mundo, señor Jackson –le corrigió suavemente la voz andrógina, que venía del quinto personaje, el desconocido dueño de la oficina “1”.
Peter bajó los ojos, aceptando su error de modo humilde, como mandaba la etiqueta de Arda.
–Debo confesar mi escepticismo inicial por su origen –continuó la persona del extremo de la mesa–, pero su propuesta es muy… perspicaz. No es una visión común sobre nuestra historia, ni siquiera entre la gente de esta casa.

Lo estaban probando, seguro. Las manos le sudaban de los nervios, pero no dijo nada, solo asintió en agradecimiento por el comentario y esperó a que el misterioso “1” terminara de exponer su idea.

–Y los chistes son buenos.
–Son de mi esposa –admitió, aunque de inmediato se preguntó qué le parecería a sus anfitriones.
–Está bien que una pareja colabore –se apresuró a decir el de pelo castaño, como si disculpara la torpeza de Jackson.
–Si, es muy bueno –repitió en tono divertido “1”. –Es por eso que ella está ahora en California, con la gente de New Line Cinema.
–Ellos no darán ni mil dólares si la Sociedad Moriquendi no nos asesora.
–¿Será porque la arena y la sangre aún le duelen a Hollywood? –comentó con voz divertida el más alto de ellos y tres risas le respondieron.

Peter tampoco contestó ahora. Esa era una frase hecha, una pregunta retórica respecto a las dos megaproducciones de cine norteamericano sobre Arda: “Desierto Blanco” de 1970 y “Sangre Negra” de 1986, ambas habían sido filmadas en inglés, con actores norteamericanos y sin contar con asesores ardances, ni siquiera de Harad. Fracasos absolutos, ambas, y muchos comentaban que el gobierno norteamericano había ignorado deliberadamente el boicot internacional contra las dos. A él le parecía apenas justo, por atreverse a juntar Maedros y Glorfindel en una borrachera de cosacos la noche en que se robaban los silmariles. Hollywood solo reacciona ante el dinero –ya se sabe– así que Arda había sido borrada de la lista de “países exóticos donde ambientar aventuras ilógicas” y ahora las referencias se trataban con sumo cuidado. En suma, que no podría filmar ni “¿Cómo se ensilla un meara?” sin el permiso expreso de esta gente.

Luego de las risas cortas y duras de los cuatro directores, “1” retomó la palabra.
–Su plan es razonable, los diseños buenos y el guión inteligente. Le daremos nuestro apoyo, señor Jackson, bajo dos condiciones.
–¿Si? –enseguida comprendió que su respuesta no había sido muy inteligente, pero estaba tan emocionado que la elocuencia lo eludía.
De modo muy amable, “1” le ignoró.
–Cada parte se estrenará con las efemérides solares a partir del solsticio de verano dentro de cuatro años. Lo diré claramente: La comunidad del Anillo se estrenará el 21 o 22 de junio de 2001, Las dos torres, el 21 o 22 de junio de 2002 y El regreso del Rey el 21 o 22 de junio de 2003. Los cambios en estas fechas solo serán admisibles por causas de fuerza mayor y bajo nuestro consentimiento. Esa es la primera condición.
–Entiendo –de verdad le gustaba lo de estrenar en verano en Arda.
–La segunda condición es que nos reservamos el derecho a asignar un productor ejecutivo en todo el proceso.

Peter Jackson tragó en seco. Más que seria, esta petición era inesperada. Contaba con que New Line Cinema enviara representantes, después de todo era su dinero, pero esto… Un productor ejecutivo tenía poder sobre el casting, los escenarios y vestuarios, el marketing, los efectos especiales. Trató de negociar.

–Es que el productor es una figura económica que…
–Pondremos dinero, no se preocupe, señor Jackson –le cortó el cuarto director, un rubio casi calvo que no había hablado hasta entonces. –El Consejo de Audiovisuales termina el papeleo en este momento.
–No nos creía tan tacaños como para dejarles pagar todo el pastel por el aniversario dos mil del reino ¿verdad? –sugirió “1” con un leve toque de burla en su voz.
–No, por supuesto que no –balbuceó. –Y, ¿ya decidieron quién será el productor delegado de Arda?
–No –repuso “1”. –Le informaremos en una semana, para la segunda ronda de negociaciones. Nos gustaría conocer a su esposa para entonces.

Círculo Sagrado de Tirith Osto

Igor bajó del ómnibus y caminó hacia la puerta del Círculo con un leve nerviosismo. Esa mañana había revuelto su habitación en busca de algún texto sencillo de ruso para el Príncipe, infructuosamente, por lo que cargaba un manual bilingüe sacado de la Biblioteca de la Facultad de Letras. No era gran cosa, pero funcionaría para el diagnóstico del primer día.

Ya estaba resuelto lo del texto, pero no tenía idea de cómo entrar al Círculo sin invitación. Así que apretó con fuerza la correa de su mochila y se dirigió a la caseta de seguridad, donde un guardia de mediana edad leía distraído una revista de farándula.

–Para visitar la Mansión del Príncipe Telcontar.
El guardia levantó los ojos y, tras calibrarlo por un momento, dejó su lectura a un lado y adoptó una pose marcial.
–¿Igor Fedorov?
–Si –respondió el joven algo asombrado.
–Su tarjeta de acceso ya fue tramitada. Por favor, déjeme ver su cédula de identidad para completar el proceso.
–Claro, claro.

Igor buscó su billetera sin salir del asombro y esperó a que el oficial rellenara datos en su PC, luego el hombre imprimió un formulario que le pasó por el semicírculo en la parte inferior del cristal antibalas que protegía la caseta, y un rectángulo del tamaño de la palma de la mano de Igor, con superficie de cristal líquido.

–Firme aquí para los archivos –señaló el guardia el papel–, y aquí con su dedo índice para personalizar la tarjeta de acceso –indicó al accesorio electrónico...

Igor se apresuró a estampar su firma en los dos lugares y casi enseguida oyó el zumbido de la impresora de seguridad transfiriendo su información al rectángulo plástico con banda magnética que le tendió el oficial junto a su cédula. Luego de que el chico tuvo ambos objetos en su mano, el hombre empezó a recitar las instrucciones con acento académico, impostado.

–Esta tarjeta le permite acceso a todas las áreas patrimoniales de Arda. Debe protegerla de la luz solar directa, inmersiones en agua y otros líquidos, campos magnéticos, sustancias abrasivas y fuego. En caso de pérdida, reporte de inmediato el 1234567, sin costo en toda Arda y con pago diferido desde cualquier lugar del mundo tras identificarse. Debe renovarla en cinco años o antes si le es solicitado. ¿Alguna pregunta?
–No, no creo –repuso Igor automáticamente.
En realidad, estaba muy impresionado por el discurso como para indagar. Solo miraba la tarjeta de acceso entre sus manos un poco temblorosas.
–Bien, que disfrute su empleo en el Círculo Sagrado, señor Fedorov.

Igor asintió de modo ausente y caminó a la puerta jugueteando con su nueva posesión: era negra, de caracteres en relieve, su firma estaba a todo lo largo en marrón claro. ¿Así de simple? ¿Por un curso no calificado de ruso le daban acceso libre durante cinco años? Seguro el salario sería una basura.

Cruzó el umbral de piedra despacio, un poco entretenido, pero no tanto como para que la suave voz de Midhiel lo tomara por sorpresa.

–Llega tarde –el tono no era amigable.
–¿Perdón?
–Son las cuatro y todavía no está en la casa –dijo cortante.

Igor se fijó en que ella usaba la palabra casa con una entonación íntima, como si realmente fuera su hogar y no un palacete sin habitantes permanentes en los últimos cuatro siglos. Eso, junto al acento duro en las “L” y flojo en las “R”, típico del norte, produjo en el joven una sensación de extrañeza que demoró su respuesta.

–No esperaba la demora en la caseta –dijo al tiempo que mostraba la flamante tarjeta.
Ella murmuró algo ininteligible en quenya y echó a andar.
–Vamos, él todavía no llega.

La siguió por las calles empedradas, irregulares. La caminata era incómoda para Igor, pero que en nada afectaba el paso elástico de Midhiel, a pesar de sus zapatos de severo corte escolar. El modo en que se movía generaba un ritmo singular en su oscura cabellera, la cual estaba libre ahora y saltaba en alegres rizos que llegaban hasta el borde superior de sus caderas.

Ya ante la puerta, ella giró para verlo, el rostro severo, inexpresivo, contradecía la juventud de su semblante.
–Nunca toque la puerta. Hay una cerradura electrónica en este buzón. Ponga su mano izquierda en él, vamos.

Obedeció. El buzón imitaba la cabeza de un león con la boca abierta y la lengua extendida. A pesar de estar pintado con colores vivos y detalles realistas, lucía anacrónico en la pared. El tacto del metal de la lengua era frío bajo su palma. Midhiel tocó en rápida sucesión y con un orden desconocido para él las orejas, los ojos y el hocico de la imagen, una luz verde surgió de la garganta del felino y la puerta se abrió en silencio.

–Ya está usted en la base de acceso. Adelante.
El joven siguió su paso rápido a lo largo del zaguán y hasta el primer patio.
–Por allí –ella señaló el arco que conducía al segundo patio– se va a las perreras, al leñera y otros almacenes. No tiene permitido el acceso.
Cruzaron el patio y subieron la escalera de la derecha hacia el primer piso, luego avanzaron por el corredor hacia el frente del edificio.
–Estas son las oficinas y la biblioteca. Tienen acceso completo a los libros, no así a las oficinas. Solo puede entrar a la suya y a la del Príncipe.
–¿Mi oficina?

Ella lo ignoró, sin inmutarse por su pregunta abrió una puerta de madera, pintada de verde. La oficina era pequeña pero cómoda, las paredes y piso estaban forrados de madera de color claro, los muebles eran pocos, pero de estilo ancho y sólido: un buró junto a la ventana trasera, un sofá cerca del librero –aún vacío– una alacena y un dispensador de agua.

–Esa puerta le lleva a la oficina de él, esa otra al excusado, espero que no las confunda.
–Pero…
–Sígame.
Cruzaron a la oficina del dueño de la casa, amplia, luminosa, imponente. Midhiel se dirigió a una mesa pequeña en la esquina, tomó un fajo de cartas y se volvió hacia Igor.
–¿Qué idiomas domina?
–Oestron, élfico, ruso, inglés y francés.
Ella asintió, pero no había sorpresa ni admiración en sus ojos. Sus ojos, como su cara, eran ilegibles.
–Como secretario del Príncipe, su primer deber de cada día será clasificar la correspondencia por temáticas. Su Alteza habla fluidamente diez idiomas y lee otros seis, no se preocupe por elaborar resúmenes de contenido. Solo sepárelas de este modo –se acercó a la mesa principal, que tenía una de sus esquinas ocupada por un organizador de cuatro bandejas–: política, negocios, medios de comunicación, admiradores menores de quince años o con enfermedades terminales. Las propuestas de matrimonio, predicciones apocalípticas y relatos eróticos al fuego –señaló una estufa al otro lado del buró. –Las amenazas de muerte irán a su oficina, donde seguridad las recuperará y revisará. Su Alteza no debe ver ninguna, es lo único en lo que no puede equivocarse –insistió.
–¡Un momento, un momento! –le interrumpió al fin. –¿Cómo que secretario? Yo solo voy a repasarle ruso.
Ella lo miró con una mezcla de superioridad y burla.
–¿Cree que cuatro clases de ruso pagan un acceso de cinco años a las áreas patrimoniales y a nuestra biblioteca?
Igor tragó en seco.
–Pero tengo clases…
–Ya hablamos con la secretaría de la Casa del Saber. Desde mañana tiene usted clases entre las diez y las quince horas, se espera que trabaje con nosotros de las ocho a las nueve treinta y de las quince a las diecisiete. Tendrá transporte para los cinco viajes que ello implica.
–¿Y si quiero estudiar en la biblioteca de tarde?
Ella asintió, como si esperara tal exigencia.
–La hora del quinto vieja es en cualquier momento entre las diecisiete y las veintiún horas.
–De acuerdo.
–También se espera que acompañe a su Alteza en algunos eventos sociales, especialmente los relacionados con Europa del Este y América Latina. Se le informará con antelación y sus honorarios serán duplicados en esas horas. Ahora vamos arriba.

Igor ya se había resignado a que esa muchacha lo tratara como su inferior –y probablemente lo era en la jerarquía de esa casa–, así que la siguió fuera del despacho al piso principal, a través de una escalera de servicio. Cuando salieron al corredor central del otro piso, ella volvió a hablar. Lo hacía sin volverse, con su acento extraño y una entonación aleccionadora que dejaba a las claras que no repetiría una palabra.

–Somos pocos en la casa, solo usamos el comedor, la sala de música, el salón de té y cinco recámaras. No tiene permitido traer invitados sin la aprobación de su Alteza. No curiosee por las zonas abandonadas ni intente llevarse suvenires. El desayuno se sirve a las siete quince, el almuerzo a las doce y la cena a las diecisiete treinta, todos los días. Si tiene hambre fuera de esas horas, llámeme por alguno de los tubos acústicos. ¿Es vegetariano?
–No.
–¿Alérgico a comidas?
–No.
–¿Diabético?
–No.
–¿Tiene presión o colesterol alto?
–No.
–¿Toma café?
–Si.
–¿Americano, griego, colombiano, cubano, descafeinado, cappuccino, moka, irlandés?
–Cubano, gracias.
Midhiel se detuvo bruscamente ante otra puerta verde.
–Esta es su habitación.

Era una estancia amplia y luminosa, ya que la madera del piso era clara y el empapelado de las paredes de un azul muy tierno, casi infantil. Al fondo había amplios ventanales con dobles batientes –garantizaban buena luz de día y protección contra las heladas de noche. Había un escritorio pequeño entre el ventanal y la pared derecha, así como un armario gigantesco del lado izquierdo, ambos muebles eran de estilo art nouveau. Una enorme cama presidía la habitación, con doseles y cobertor también azules, pero con un tono de gris que recordaba al mar del norte, el estilo era sobrio y resistente, una hermosa imitación del siglo XV ardense. Un camino de pieles moteadas comunicaba al lecho con la chimenea de piedra, pesada, lisa, esa si debía ser una pieza original de la casa.

–¿Sabe encenderla? –inquirió Midhiel al seguir la dirección de su mirada.
–No creo… –y se dio cuenta de que jamás había estado en un sitio donde las chimeneas fueran el único mecanismo de calefacción.
–Alguien lo hará por usted –concluyó la chica. –Allá está el cuarto de baño.

Esta segunda habitación era mucho más pequeña. Tenía suelo de mármol rosa y blanco. El lavamanos se alzaba orgulloso sobre una base ancha, que imitaba el casco de un caballo, las llaves eran retoños plateados de flores y el toallero salía de su costado como el brazo de un animal imaginario. La bañera, en cambio, estaba al nivel del suelo, con grifos del mismo estilo vegetal. No había ventanas aquí, sino tres lámparas de petróleo, una junto al lavamanos y dos a cada lado de la bañera. Las pantallas eran de estilo art nouveau.

–Le recuerdo que en esta casa no hay electricidad –advirtió Midhiel con voz especialmente severa. –El agua caliente es un bien caro, escaso.
Igor asintió en silencio, y la siguió de vuelta a la recámara.
–Ahora necesito tomarle medidas para su nuevo guardarropa. Quítese la chaqueta y los zapatos –ordenó.
–De acuerdo –repuso el joven, ya resignado a que ella no malgastaba “por favor” en sus inferiores.

TBC…

23 septiembre, 2008

EN BUSCA DE UN SUEÑO 22

Un pacto

"Its always a rainy day without you
Im a prisoner of love inside you -
Im falling apart all around you"
One Year of Love, John Deacon de Queen

Minas Tirith, Año 2 de la Cuarta Edad del Sol

Ecthelion y Geniev permanecieron en silencio, mirando por la ventana las calles de Gondor, el caótico movimiento de los ciudadanos, tan útil para ocultarse.

El quejido del campesino desde su lecho les hizo reaccionar. Geniev se movió tan rápido que Ecthelion no alcanzó a verle, se dijo que debía estudiar un poco más las crónicas de los días antiguos para no quedarse con cara de tonto cada vez que el príncipe sacara sus cualidades a flote.

–No te muevas Barahir, o dolerá más. Debemos vendarte, creo que tengo lo necesario en mi arcón.
En lo que buscaba vendas y tijeras en el baúl, Ecthelion se sentó junto a su amigo.
–¿Estás bien?
–Si. –contuvo un gesto de incomodidad– Aunque el mundo aún da algunas vueltas, en cuanto me faje deseo ir a tomar aire.
–Temo que eso no será posible, dice Geniev que deberás guardar reposo por una semana, al menos.
–¡¿Una semana?! –ya el otro estaba a su lado con lo necesario para la operación de vendaje– Geniev, no puedo faltar siete días a clase sin dar explicaciones.
–Y yo no puedo hacer que una costilla humana sane sin reposo. Ecthelion, ayúdame a levantarle para vendarlo, y tú no hagas ninguna fuerza.

Por un rato solo se oyeron el roce de la tela contra el cuerpo del muchacho y sus eventuales quejidos. Cuando hubieron terminado Geniev se le enfrentó.

–Ahora escúchame Barahir, no se qué razones tendrás para ocultar lo de hoy, pero para que vuelvas a sostener una espada deberás pasarte una semana en cama o sentado. Todas las soluciones que busquemos pasan por esa condición ¿De acuerdo?
El otro fue a replicar, pero un vistazo a los ojos del príncipe le advirtió sobre la cautela. Suspiró.

–De acuerdo.
–No sé ustedes guerreros, –intervino el otro rubio– pero yo pienso mejor con la barriga llena, y hace rato empezó la hora del almuerzo.
Los otros dos sonrieron ante el comentario. Geniev asintió.
–Lleva razón el pequeño intrigante. Propongo que bajemos y traigamos algo para este herido de guerra.
–No. Baja tu solo Geniev, Barahir y yo tenemos cosas que hablar y... tampoco conviene que me vean sin él.

El medio elfo asintió en silencio, volvió a anudarse el cabello, se echó una túnica de grandes bolsillos por encima y salió. Ecthelion puso el seguro a la puerta y volvió a sentarse junto a su amigo, pero no sabía bien por dónde empezar, así que empezó a trazar dibujos en la manta.

–Creo que le debemos dejar tranquilo a Geniev, –empezó el herido– ha demostrado ser un caballero cumplido.
–Si, lo ha demostrado. –confirmó, pero no levantó los ojos.
–Lo menos que podemos hacer es guardar silencio, porque el príncipe me ha salvado la vida. ¿Sabes? A partir de ahora tendrá en mí a un fiel servidor.
–No lo dudo.
–¿Y tú?
–¿Yo? Mmmm.
–Oye ¿Qué te pasa? Te estoy diciendo que debemos dejar de vigilar a Geniev, que no me importa lo que creas, porque para mi es un caballero, que me importa un pepino hijo de quién. Contestas con monosílabos, no discutes. Te pasa algo.
–Es que...
–¡Ecthelion hijo de Igram! Escupe lo que sea.
–Es sobre Geniev. Mientras dormías, me dijo que sabía que lo estábamos vigilando –el espanto de Barahir fue tremendo– y que no le importaba, que deseaba que fuéramos amigos aunque nuestras intenciones iniciales no fueran... honestas.

La risa de burla interrumpió el entrecortado discurso del joven.

–¿Amigos? ¿Tú y yo amigos del chico de la casa Telcontar? Pero de veras que es un niño. No sabe nada de jerarquías. Te dije que no podía aspirar al trono, ahí tienes una buena razón.
–¿!Quieres callarte?! No he terminado. Geniev no es un niño sino un medio elfo, pero el Rey desea que alterne con personas de su misma edad en términos humanos.
–¿Medio elfo? ¿Quieres decir... orejas puntiagudas?
–Si orejas puntiagudas, tremenda fuerza, y larga vida. Tiene treinta y cinco años, así que no podrás acusarlo de no saber del mundo. Podría ser nuestro padre ¿entiendes? Pero desea ser nuestro amigo y yo... Yoquiero aceptar.

Barahir se detuvo a pensar: Geniev no era humano, Geniev le triplicaba la edad, Geniev había dejado que Ecthelion y él jugasen a vigilarlo, Geniev le había salvado, Geniev le apreciaba lo suficiente para proponerle su ¿amistad? Ser amigo de un príncipe es algo bueno, sin dudas, pero implica responsabilidades.

–Oye, yo soy un campesino, tú mismo lo haz dicho, hace un año apenas sabía usar los cubiertos. No sé cómo podría gustarle a Geniev.
–¡Por favor! No se trata de que se enamore de ti.
–No digas esas cosas, hemos llegado a la conclusión de que...
–Ni lo menciones. En cierto momento creí que me saltaría encima y le grité que se fuera al lecho de Elessar.
–¿Eso hiciste? –Barahir lo contempla con una mezcla de admiración y espanto– ¿Y no te golpeó?
–No, –el medio elfo aparece tras Ecthelion– le expliqué llanamente que ninguno de ustedes dos me interesa en ese sentido.
–¡Maldición! Que susto me haz dado Geniev.
El aludido se encogió de hombros. –Es que no me acostumbro a caminar haciendo ruidos por ahí.
Luego extendió sobre la cama un pañuelo, empezó a sacar de sus bolsillos diversos alimentos y los fue depositando allí para que los rubios comieran.
–Esto fue todo lo que pude tomar sin llamar la atención.
Tomó la silla de la mesita y se sentó a los pies de la cama, por unos instantes los miró.
–Tengo una idea. –cuatro ojos lo miraron sin entender– Una idea para justificar la ausencia de Barahir esta semana.
–¿Si? Bueno, después de ponerme esa costilla en su lugar espero de ti cualquier cosa.
–Podemos decir que fuiste a ver a tu madre.
–¿Sin permiso de Hamras?
–El está fuera, no regresará hasta mañana, ya lo averigüé.
–¿De dónde sacaremos un motivo tan fuerte que hiciera a Barahir partir sin esperarle?
–De Palacio, exactamente del Senescal. Vas a partir con urgencia porque Faramir desea que decidas, junto a tu madre, si aceptar un préstamo para cubrir las hipotecas que se vencen este otoño.
El rostro de Barahir se tornó gris al oír hablar de hipotecas, pero intentó salir del paso con lógica.
–Es muy complicado, Hamras deseará pruebas.
–Una carta lo suficientemente ambigua, donde se insinúe mucho y solo quede claro que estarás ausente una semana. Eso debe ser suficiente.
–Aún no tenemos esa carta y habría que entregarla por medios oficiales.
–¿Olvidas con quién hablas?
–No lo olvido, tampoco olvido dónde, pero sin camisa y en tu lecho conservo la dignidad. No dejaré que el Senescal me cubra las ausencias a clase por congraciarse contigo. Sin contar con que esa historia del préstamo podría sonarle a insinuación. Ni hablar.

Entonces Geniev volvió a usar su voz de guerrero, esa voz que salía cuando su paciencia estaba al límite y desagradaba terriblemente a Ecthelion.

–No me gusta que hables así de Faramir, él nunca haría nada por congraciarse con mi padre. –respiró hondo y fue hasta la mesa– Propongo esto porque la suya es la única autoridad que forzaría a Hamras a tragarse las preguntas y también –regresó y le extendió pergamino lacrado– porque es parcialmente cierto.
Barahir alcanzó el mensaje con manos temblorosas, su nerviosismo era tal que no alcanzaba a abrirlo.
–¡Dame acá! –estalló al fin Ecthelion, rompió el lacre y extendió la carta.
Ambos la leyeron y quedaron atónitos.
–Maravilloso –dijo al fin el que estaba sentado.
–No puedo aceptar.
–¡¿Cómo que no puedes aceptar?!
–No me grites Ecthelion. Sino entiendes por qué no, es que nada sabes del honor.
–¿Qué yo no se nada del honor? Esta ofensa no tengo que soportarla.
El hijo de Igram se levantó para abandonar el lugar, pero Geniev le retuvo.
–Tú no sales de aquí hasta que todo se aclare. –se volvió hacia el de la cama– No veré cómo un vástago de buena familia pierde su heredad por tozudez, así que exijo una explicación.
–No estoy en venta.
–Vamos, crees que quiero comprarte. Te lo repito Barahir, no me gustan los rubios, tengo uno mucho más bello que tu en casa.
–Pretenderé que nunca oí tales palabras que implican ofensa a mi Rey.
Geniev se le acercó.
–No puedes escudarte en una frase para esto. –agitó la carta frente a su rostro– Es una carta del Senescal proponiéndote una salida para episodios como el de hoy. No lo hace por mi o por ti, lo hace por las buenas familias que perdieron demasiado en esta guerra. Tú carta es similar a la destinada a varias decenas de personas y Faramir tuvo la cortesía de enviarte un duplicado de la de tu madre porque, legalmente, eres quien debe tomar la decisión.
–No. Esas deudas son nuestras, sacaremos adelante esa tierra nosotros mismos.
–El banco te vencerá.
–Ecthelion hizo las cuentas, podemos lograrlo.
–Ecthelion hizo cuentas sin pensar en enfermedades, ventiscas, inundaciones. A ti y a muchos más se les acabó el crédito, eso es obra de los bancos. Si algo falla en los siguientes cuatro años lo vas a perder todo. ¿Entiendes? Todo.
Barahir levantó los ojos y se enfrentó con los pozos negros.
–No puede ser.
La respuesta se le antojó a Ecthelion extraña, Geniev contestó con una tristeza demasiado profunda.
–No tienes idea de cuán rápido se puede perder todo. –suspiró– Mira Barahir, no eres responsable de las deudas de tu padre, pero puedes ser responsable de salvar la tierra para tus hijos. Entiende que no es humillante recibir ayuda del estado, el estado solo les está retribuyendo los sacrificios de la guerra, y los que faltan. Faramir no te daría algo que no merecieras, aunque fueses Elendil en persona.

TBC…

EN BUSCA DE UN SUEÑO 21

¿Quién dijo que todo está perdido?

“One dream one soul one prize one goal
One golden glance of what should be
Its a kind of magic”
A Kind of Magic, Roger Taylor de Queen

Tirith Osto, sector Ocho, Torre de las Naciones Unidas

Glorfindel caminó de prisa, asombrado aún por el episodio que acababa de de ver. Lo que más le preocupaba era el asunto de los fondos, por supuesto. Bien sabía él la falta que hacía ese capital en las clínicas del norte –donde el mar se comía las paredes en verano y la nieve destrozaba los techos en invierno–, los sistemas de ventilación e iluminación del hospital público de Moria, la biblioteca de Nurmen y el sinfín de pequeñas casas de consulta donde se entrenaban los internos a lo largo del territorio rural de Arda. ¿De dónde sacarían ese dinero?

Y pensando un poco más en grande: ¿qué razón tenía el Príncipe para ir a la reunión? Él no necesitaba viajar a la capital para detener el proyecto…

El doctor vio con inquietud que la puerta del ascensor se cerraba y corrió a detenerlo. Entró a la cabina aún sumido en sus pensamientos, sin fijarse en las personas en el interior de la misma. Tampoco le importaba, estaba concentrado en buscar las palabras menos deprimentes para dar la noticia a sus colegas. Por eso, la voz a sus espaldas le erizó los pelos de la nuca.

–Veo que se conserva en forma, sanador Glorfindel.

El rubio giró muy despacio, tratando de mantener las señales de pánico restringidas a la piel de su cuello.

El elevador central de la Torre 8 podía acomodar a veinte personas sin estrechez, pero ahora solo eran cuatro: el mariscal Beldrim, la chica que acompañara al Príncipe a la reunión, él mismo y, recostado en una de las esquinas con dejadez, el Príncipe de Mirkwood y Rivendel, Señor de Anfalas, Protector de Harad, Hermano Mayor del Heredero de los Telcontar y… no recordaba los otros títulos, pero eran casi tan largos como los del Zar de toda la Rusia –aunque de mayor antigüedad y menor fragilidad política.

–Alteza… –el doctor se inclinó con presteza. –Debe disculparme, no me di cuenta de que…
–Vamos, señor Valrugna, usted no me cree tan inocente.

Era una afirmación, una afirmación de respeto, pero también de poder. En todo caso no era una pregunta, por lo que el rubio permaneció callado, con los párpados respetuosamente bajos, aunque sin perder de vista a su interlocutor. El Príncipe se apartó de la pared con un movimiento suave –que al médico se le antojó etéreo, irreal–, dio unos pasos y le tendió la mano.

–Soy Gorland Telcontar –ahora su voz sonaba dócil, casi tímida.
–Mi nombre en Glorfindel Valrugna –repuso, y estrechó la mano ofrecida, que era delicada en el dorso, pero recia en su agarre, con palma y dedos callosos –como la de alguien que trabaja con sus manos.
–Un gusto conocerle. Ella es Midhiel, mi ama de llaves.
La chica no se movió, sino que extendió su brazo, para que él pudiera rozar su mano grande y suave, y le hizo una reverencia.

Glorfindel sonrió, divertido por el recatado comportamiento. Ahora, con el rostro relajado y ligeramente sonriente, Midhiel parecía tener dieciocho o veinte años. “Como Michel” pensó, y el recuerdo de su esposo le hizo tensarse de nuevo.

–Entiendo –dijo el Príncipe – que mi tardanza impidió al mariscal Beldrim presentarnos adecuadamente, pero ya no son tiempos de formalismos, y yo deseo pedirle algo.
–Si está en mi poder, Alteza.
–Completamente. ¿Puedo contar con su mano?

Esa simple pregunta, que muchas personas la hacían en broma o en serio cada jornada, puso en guardia al rubio. ¿Su mano de sanador? ¿Acaso no sabía el Príncipe…? No, era imposible que alguien como el Señor de los Puertos de la Tierra Media –vaya momento para recordar otro de sus títulos– no supiera perfectamente qué investigaba Glorfindel Valrugna. Entonces la conversación del día anterior con Telchar asomó brevemente a su memoria y la deducción le asustó. ¿Qué extraña forma había tomado una estirpe tantas veces mezclada consigo misma por dos milenios? Cierto que Gorland lucía perfectamente humano y masculino con su traje occidental y las uñas cuidadosamente esmaltadas, pero bien sabía él cuántas sorpresas podía guardar una sola gota de sangre.

–Puede contar con mi mano –aceptó tras el breve debate interno–, pero le advierto que soy un sanador muy estricto.
–No esperaba menos.

El Príncipe sonrió mientras decía eso, pero la sonrisa era falsa: un mohín formal que curvaba sus labios para construir una máscara facial hermosa, seductora, vacía. A Glorfindel se le ocurrió de pronto que pensar semejante cosa del Príncipe era medio herético y trató de hallar una frase galante que ocultara su desazón, mas en ese momento el ascensor se detuvo. El Príncipe y sus dos guardianes pasaron por su lado sin decirle adiós.

Glorfindel sacudió la cabeza y salió al recibidor, pero el trío ya se había perdido entre las personas que abarrotaban el recibidor de la Torre 8.

Un valle en el lado occidental de las Montañas Nubladas

Mardil entró despacio, con una sonrisa radiante y la abundante ración de carne bien sujeta entre los brazos. Dejó que la puerta se cerrara por si misma a sus espaldas y el sonido seco se apagara antes de hablar:

–Hai –dijo con suavidad. –Hai, pequeña, ven aquí. Sé que tienes hambre.

El joven miró a un lado y otro de la larga estancia. No había más luz ahora que la que llegaba por el ventanuco del fondo, veinte metros más allá, pero Mardil no tenía problemas para orientarse en la penumbra del lugar: La perrera era una edificación larga y baja, con cubículos a ambos lados de una amplia galería para cobijar una docena de lebreles y una fuente de agua al fondo, justo debajo de la ventana. Tal vez debería buscarle otro nombre, se le ocurrió por enésima vez, porque ya no había lebreles viviendo ahí, solo Hai. La huida de los pobres perros era comprensible. ¿Quién quiere discutir la propiedad de su cueva con una loba preñada que ha decido que este es SU lugar para ocultarse hasta que lleguen los pequeños? Primero se habían marchado los perros –solo tuvo que gruñirles–, luego aceptó menos y menos personas y a las siete semanas solo dejaba entrar a Mardil con su ración de carne diaria –el divorcio le ha sentado mal, bromeaban en la granja.

A pesar de los años que llevaba cuidándola, Hai no confiaba en Mardil lo suficiente como para dejarle acercarse al nido, sino que lo encontraba en el corredor, devoraba el alimento y se dejaba acariciar por breves momentos antes de hacer el gesto que significaba “Vete”. Ser excluido amargaba un poco al joven, pero también le satisfacía, significaba que ella no había perdido todos sus instintos predadores, que era capaz de compaginarlos con lo que le enseñaran los humanos.

–Hai –repitió con un poco más de fuerza.
Solo escuchó un gemido bajo y rasguños, pero Mardil lo comprendió todo de golpe. Dejó caer la carne y se lanzó en dirección al quejido de su loba.
–¿Hai?

Tal como previera, el nido estaba orientado al norte. A pesar de su angustia, Mardil recordó que debía moverse lentamente, Hai era impredecible en esta circunstancia. Pero el animal solo movió su pesada cabeza y gimió: estaba tan adolorida y desorientada que dejaría acercarse a cualquiera remotamente amistoso. Para que no le molestara, Mardil recogió sus largos mechones negros en una apresurada coleta y se arrodilló junto a la loba. La paja y la tela con que construyera su nido estaban pegajosas de sangre, pero ella agitaba sus patas en vano, tratando de sacar a sus cachorros al mundo. Le palpó el vientre: estaba duro y caliente, las seis formas eran perceptibles por debajo de la piel tensa, en espera de su oportunidad.

Mardil no sabía qué había fallado, no tenía tiempo para averiguarlo, pero si una idea de cómo arreglarlo. Se puso de pie y la miró con expresión dura.
–¡De pie Hai! Vamos.
Ella gimió de nuevo, agitó las patas en el aire, incapaz de cumplir la orden. Entonces él se inclinó de nuevo, tomo su collar con ambas manos y tiró.
–De pie, maldita, no pienso dejarte morir. Vamos, animal desobediente, de pie, ¡es una orden!

Los tirones de una persona no pueden obligar a un animal de 300 kilos a moverse, pero Hai había sido bien entrenada y podía notar que su humano estaba ansioso. La loba gruñó una vez más, esta vez en franco desafío y, con agónica lentitud, se levantó. Mardil la hizo caminar despacio hasta la pared del cubículo donde ella se había escondido y luego dieron vueltas al estrecho espacio. Las contracciones regresaron y ella intentó echarse, pero él la animó con palabras suaves y siguió tirando del collar.

De pronto, Hai tiró la cabeza hacia atrás y aulló. Un nuevo flujo escurría entre sus cuartos traseros y, casi de inmediato, algo esponjoso golpeó el suelo cubierto de paja. Solo entonces Mardil la soltó y dejó que siguiera su instinto y se alejó despacio, sin dejar de mirarla a los ojos mientras ella doblaba las patas traseras para facilitar la llegada de la camada. La wuargo aulló fuerte, y volvió a pujar: otro cachorro nació. El sexto había llegado en menos de quince minutos.

Ella giró sobre sí misma y comenzó el ritual de limpiar y reconocer a sus vástagos con una delicadeza que Mardil se descubrió envidiando. Esta asesina nata, esta hembra de una raza creada para dar caza a ganado y hombres, sabía perfectamente cómo matar de una dentellada, pero también cómo asegurarse de que sus cachorritos quedaran perfectamente limpios. ¿Qué sabía él aparte de muchas formas para prolongar la agonía de sus enemigos?

Los lobeznos lanzaron algunos gemidos desafinados y Hai dio por concluido el primer baño. Los tomó uno a uno entre sus dientes y les trasladó al segundo refugio, en la pared sur –un muro cuyo lado exterior recibía sol casi todo el día y por ello estaba caliente y seco. En ese momento el muchacho dudó sobre lo que debía hacer a continuación. Acercarse a una hembra recién parida es peligroso, pero su loba necesitaba alimentarse, pues no comía desde hacía diez horas. “Bueno, si no me ha matado aún…” Mardil fue por la carne que dejara abandonada en la entrada y regresó donde Hai. Se detuvo a una distancia prudencial y esperó. La loba entonces emitió un ladrido corto, amigable, que lo decidió a acercarse más.

Ella estaba tendida de costado. Las seis crías eran apenas visibles, pues su color oscuro se confundía con la tierra y paja que cubrían el suelo y el pelaje de las patas de su madre, pero pudo reconocerles: se movían a ciegas hacia los pechos de la madre. Hai ladró de nuevo, y Mardil comprendió que se había quedado extasiado sin darle su muy ansiada carne. Se sentó en el suelo junto a su cabeza y depositó el alimento bajo su hocico. Ella se puso a devorar la ración, ignorándole por completo, y él le acarició el pelaje de la cabeza y el cuello despacio.

–Me diste un buen susto ¿sabes? ¿Qué le habría dicho a Lindir si no te encuentra al regresar?
La loba lo miró brevemente, soltó un ladrido corto y volvió a comer. La última de sus preocupaciones era Lindir, estaba claro.
–Lo sé, poco te importan los humanos de fuera, pero es que él siempre habla de mi falta de responsabilidad y tú eres mi única defensa. Ahora soy ¿abuelo?

Mardil se calló, aquello era una verdadera estupidez. El nunca podrían ser abuelo de los cachorros de Hai, en especial porque esos seis lobeznos eran las cositas más tiernas, bellas e indefensas del mundo. Ya estaban amontonados alrededor de las ubres, y casi no se moverían de ahí en dos semanas, para cuando podrían ver y oír, y la curiosidad les llevaría a explorar el refugio. Hai era responsable de ellos, toda una adulta. En cambio él. Recordó a Lindir y las palabras duras con que lo despidiera.

Su línea de pensamiento fue cortada por el inquieto ladrido de la loba, obviamente inquieta por el sonido de un motor que se acercaba.
–Tranquila. Son los suministros semanales, conoces la rutina –siguió acariciando su cráneo hasta que ella se calmó por completo. –Bueno, ahora me voy –él se levantó con un gesto fluido, breve, y caminó a la salida. Se volvió cuando ya alcanzaba la puerta con una sonrisa cansada. –¿Me dejarás entrar mañana?

Hai no contestó: dormía.

Tirith Osto, sector Ocho, Torre de las Naciones Unidas

El cardenal Hurim tomó el elevador lateral junto a Sor Margaret y su secretario Gustav. El joven sacerdote se mantuvo en silencio, comprendía por la intempestiva salida de su jefe y la Superiora de las Clarisas, que la reunión no había terminado de buena manera.

–Necesito un cigarro –masculló el cardenal.
–Y yo una taza de té.
–Todo lo resuelven con té ustedes ¿no? –repuso el hombre con ironía.
–Soy irlandesa de padres británicos –aclaró ella. –Tomamos los problemas con calma, con una taza caliente entre las manos de una bebida poco intoxicante.

Hurim resopló frustrado: era imposible sacar a esa monja de sus casillas, definitivamente, la guerra daba buenos nervios a las mujeres. Miró a su asistente a ver si podía descargarse reprochándole algo, pero como un monaguillo haradrim de TV, Gustav tenía el rostro inexpresivo y los ojos bajos.

–Tendremos que conseguir otros fondos… –suspiró al fin.
–Roma es más liberal con los reportes de cuentas –comentó ella, tratando de ver el lado positivo.
Hurim asintió, ya recuperado del horrible comportamiento de Williams, podía ver también el lado bueno de las cosas. ¿Cómo salir victoriosos del fiasco de esta mañana?
–Pro Vida Internacional recibe fondos de esa ONG financiada por el gobierno federal norteamericano, se llama…
–UWFAW –susurró Gustav sin cambiar de expresión.
–Sí, UWFAW puede ser el camino. No todo está perdido –repitió ya sonriente el Cardenal de Arda y Sor Margaret le devolvió el gesto.

Las puertas se abrieron y los tres salieron al bullicioso lobby del edificio.

En su camino a la salida, se cruzaron con el sanador Glorfindel. El hombre estaba detenido en medio del hall, las personas pasaban a su alrededor, pero el rubio tenía la expresión perdida, ignorante de la apresurada multitud que lo rodeaba con fastidio. Fray Gustav suprimió una sonrisa satisfecha.

TBC…

Notas finales:
Espero les guste Hai, porque se quedará por bastante tiempo en esta historia. ¿Alguien recuerda a Mardil de la precuela de este fic? =) ¡Chao!

14 julio, 2008

DE LEYES Y VENGANZAS 29

Siempre hacia delante

“Muchacho de ojos de niña:
sigo tus pasos y no te das cuenta.
No sabes que tienes en tus manos
las riendas de mi alma.”
Anacreonte

Uno

Harry abrió los ojos despacio, tratando de que la modorra durase un poco más. Había sido una noche agradable –el calor de los brazos de Draco tenía que ver en eso– y no estaba seguro de querer ir a ningún lugar.

–De pie, dormilón –susurró en su oreja Draco antes de salir del lecho.

Él gruñó y trató de hundirse entre las mantas, en especial porque su cuerpo había reaccionado al cálido aliento del rubio de modo bastante vergonzoso.

–Llegaremos tarde a la escuela –le advirtió Draco con burla.

El leve golpe de la puerta del baño indicó a Harry que su pareja había pasado al baño.

Se miró la entrepierna con preocupación. El ruido de la ducha era poco tranquilizador, incluso incitante. Cerrando los ojos, Harry llevó una mano a su pene y empezó a masajearlo. El primer toque lo hizo temblar de placer y apresuró el ritmo al tiempo que imaginaba el pálido y duro cuerpo de su novio en la ducha.

–Draco –gimió.

Si. Draco bajo el chorro de agua, el vapor empañando los cristales y humedeciendo sus cabellos, sus manos apoyadas en la pared de azulejos grises y sus caderas delgadas ligeramente inclinadas. El deseaba atrapar esas caderas, meterse en la cálida estrechez de las nalgas pequeñas y turgentes que acariciara la noche anterior.

–Draco…

El ritmo era ya frenético. De un golpe, Harry se derramó, docenas de soles estallaron bajo sus párpados y sus pulmones se detuvieron en un trago de aire demasiado espeso. El muchacho se estiró, con el cuerpo totalmente laxo. La deliciosa cosquilla desaparecía poco a poco –aún podía sentirla en sus talones y nuca–, dejándole eufórico y agotado.

Desde la puerta del baño, Draco observó el cuerpo jadeante con sentimientos mezclados: fascinación, halago, extrañeza. Había perdido las erecciones matutinas involuntarias tras dos meses de adicción y tras tantos “experimentos” le costaba imaginar la vida sexual de las personas de su edad, al menos de seres tan… inocentes como Harry. Ya no le interesaba probarse con el sexo, hasta la aparición de Harry, ni siquiera le interesaba el sexo. ¿Debía preocuparle el que su cuerpo no reaccionara a los gemidos que lo llamaban, al olor de sudor y semen? Hermosa visión, sin dudas, pero…

No estaba seguro de qué debía sentir o hacer. Regresó al baño a vestirse y dar a Harry tiempo de recuperar sus sentidos. Luego regreso a sacarle de la cama y bajaron a desayunar sin comentar el hecho. Allí se unieron a la charla ligera de Lucius, Remus y Sirius y partieron a Howgarts en sus respectivos autos tras un leve beso de despedida.

Ya solos, los adultos dejaron de fingir tranquilidad y borraron las sonrisas.

–Molly no va a estar feliz –comentó Sirius cruzando los brazos frente a su pecho.
Malfoy chaqueó los labios, poco le importaban cuáles hubieran sido los planes de Ginebra Weasley para Harry.
–Respecto a lo otro… –comenzó Remus.
–La respuesta sigue siendo la misma –le interrumpió su pareja.
–Siri, esto se está poniendo más complicado de la cuenta. Es mejor que Harry lo sepa por nosotros a que otra persona…
–¿Quién se lo va a decir? –le espetó Black con fuerza. –Borramos todas las huellas.
–Voldemort es un hombre de grandes recursos –advirtió Lucius.
Sirius lo miró con odio, pero no le contestó.
–Vamos a casa Remus, hay que preparar muchas cosas. Lucius –y caminó hacia su auto sin esperar respuesta.
Remus hizo un gesto de agradecimiento al rubio, el que su pareja no refutara el consejo de Malfoy de inmediato significaba que su opinión lo había tomado desprevenido. Sirius volvería a pensarlo, por lo menos.
–Hasta la tarde Remus –se despidió Lucius con una leve reverencia, y lo vio marchar.

En su auto, Harry también pensaba en los Weasley, en dos, para ser exactos: Ginny y Ron. La menor de los pelirrojos estaba obsesionada con él desde la escuela elemental y no daba señales de calmarse. Eso de teñirse de rubio había demostrado, además, que sospechaba de su atracción por Draco desde el principio. ¿Y qué haría la pequeña cuando le contara de su nueva relación? Se deprimiría, por supuesto, y Ron –que siempre actuaba antes de pensar– buscaría al “causante”. Ya podía ver la pelea a la hora del almuerzo. No. Draco no almorzaba en el comedor principal de Hogwarts. Igual, ya podía ver a Ron buscando a Draco en el gimnasio de esgrima o en cualquier otro lugar. ¿Por qué nada podía ser fácil en su vida?

Al llegar al parqueo del complejo escolar y bajar del auto, Harry perdió el hilo de sus pensamientos, pues quedó casi asfixiado por el triple abrazo de Hermione, Ron y Ginny.

–¡Estábamos preocupados por ti! –le reclamó la castaña.
–¿Por qué no contestas el celular, compañero?
Harry les observó incrédulo, sus dos últimos días habían sido tan intensos que su teléfono roto en el sucio piso de la peluquería el sábado.
–Se rompió en el centro comercial –recordó.
–¿Y dónde estaban tus padres y tú el domingo?
–En lugar seguro, Ginny –contestó cortante.
No soportaba que se pusiera posesiva. Pero la aludida solo hizo un pequeño mohín y se acomodó un mechón de su ahora rubio cabello tras la oreja.
–Bueno, lo importante es que has llegado temprano hoy –intervino Hermione al tiempo que enlazaba a Ron y Harry por los brazos. –Vamos, la primera hora es con Sprout y ya saben cómo se pone.

Antes de dejarse conducir dentro del edificio, Harry echó un vistazo alrededor. Vio a Draco, cerca de una de las puertas de la escuela, con la sombra de Grabbe junto a él. El rubio se detuvo antes de entrar y giró la cabeza, como si dijera algo a su guardaespaldas que él no podía oír por la distancia y el bullicio de los estudiantes: era la señal convenida de que todo estaba bien y el rubio esperaría a que hablara con sus amigos. Se dejó arrastrar por Hermione a la tortura de Madame Sprout.

Dos

Percy terminó su café y observó a Penélope con atención. Los dos días pasados en la Madriguera le habían llenado de resolución, y ahora ya no temía enfrentarla. Solo esperaba, por el bien de ambos, que lo de su embarazo fuera solo una falsa alarma.

–¿Has ido al médico? –le preguntó cuando ella dejó su taza de té, antes de que se llevara a la boca una pasta de chocolate.
Penélope le miró con sorpresa, no le gustaban las preguntas directas y hasta la semana pasada lo había convencido de que eran un gesto que delataba la baja categoría social.
–Use otro método.
–¿Y? –exigió ya impaciente, ahora se daba cuenta de que la falta de paciencia era una señal de lo deteriorado de su relación.
–Falsa alarma –y había amargura en sus palabras.

Percy se sintió profundamente aliviado, pero el dolor en las palabras de su novia tampoco era agradable. ¿Qué significaba para ella ese bebé, una esperanza, un objetivo? Prefería no pensar en ello y seguir adelante.

–Es mejor así.
Ella lo miró con expresión ultrajada, sin comprender. Dios, ¿cómo había creído que pasaría la vida junto a ella, que eran el uno para la otra?
–Esto se acabó, Penélope. Puedes quedarte con el apartamento, yo vuelvo a la Madriguera.
–¿Qué hice?
Percy miró hacia la calle a través de la vidriera, era mejor mirar el tráfico de Londres que esos ojos anegados en lágrimas que ya no le causaban emoción.
–No hiciste nada, yo tampoco hice nada. A veces, las cosas simplemente se terminan, se mueren sin que nos demos cuenta.

El pelirrojo se mordió los labios. No iba a llorar, ya lo había hecho junto a Charlie la noche anterior. Estaba seguro de que ella no necesitaba saber más. Después de todo, era cierto que ya no la amaba. Recordó lo que Molly dijera “¿Sabes que a veces el amor de acaba y uno no se da cuenta? Sigues adelante un día, otro, sin pensarlo…“, le pareció que era un buen final.

–Estamos a tiempo para decir basta, fuimos felices, conservemos el buen recuerdo. No quiero que conserves un mal recuerdo de mi, Penélope.
Ella no dijo nada. Tomó una servilleta para secarse los ojos y asintió entre sollozos contenidos.
–Si te molesta mi presencia, puedo mandar a Ron y los gemelos a recoger mis cosas.
Ella negó con fuerza. Eso era predecible, no soportaba a su familia, no deseaba que vieran su vida expuesta, destrozada, comprendió Percy.
–Sacaré mis cosas hoy mismo -concluyó. –¿Te llevó a algún sitio? –se le ocurrió ofrecer.
–No… yo… –Penélope hipó con muy poca elegancia, y tragó fuerte– llamaré a mi madre. Me iré a su casa para darte tiempo a sacar todos tus posters de tribus urbanas.

Percy reconoció la puya, estaba insinuando que regresaba a esconderse entre las faldas de Charlie, que en realidad nunca había dejado de querer a su hermano. No se ofendió, ya se había reconciliado con ello, con el hecho de que coleccionar afiches de tribus urbanas era un modo de mantenerse cerca de su única figura paterna ¿o materna? Lo feo había sido usar a Penélope para huir de él y el resto de su extravagante familia.

–De acuerdo.

Se levantó y dejó un billete de cinco libras en la barra, para que la dejaran llorar o huir al mejor estilo rosa. Luego trató de serenarse caminando hacia su trabajo. Su cerebro bullía, pero saludó a Crystal con normalidad e ignoró la mirada envenenada de Sam, cuyo rostro se deformaba mientras escuchaba en el salón de grabaciones las muestras de las orquestas acompañantes.

–¡Weasley! –ladró en cuanto el joven se hubo acomodado en su puesto.
El pelirrojo no se inmutó por el hecho de que su jefe hubiera esperado a verle sentado para llamarlo. Solo se acercó despacio al cristal que separaba la sala de grabaciones de la de controles.
–¿Si?
–Localiza al maricón ese que cantó Piano Man, que venga a grabar algún día de la semana que viene.

Asintió con desgana, aunque las palmas de sus manos se cubrieron de un sudor frío. Había estado buscando una excusa para llamar a Blasie, una buena excusa que cubriera su galopante simpatía por el delgado francesito.

Regresó a rellenar papeles. Tenía dos cosas que hacer en su hora de almuerzo: preparar una mudanza y visitar Grimauld Place n. 12.

TBC…

27 junio, 2008

EN BUSCA DE UN SUEÑO 20

¿Qué es ese chico?

“Espera todo de los dioses…”
Arquíloco

Minas Tirith, Año 2 de la Cuarta Edad del Sol

La semana transcurrió sin incidentes notables. Geniev había sido bien preparado por su tutor Duilin, así que siguió el ritmo de sus compañeros en las asignaturas teóricas como historia, aritmética o escritura. Los entrenamientos de esgrima y equitación no significaban un reto, sino un leve repaso de lo que antes aprendiera de malos modos. La confianza de Barahir e Ecthelion en él aumentaba, pero era consciente de que esperaban a cada momento un intento de seducción o algún oscuro secreto de estado. El resto de los estudiantes del plantel, intimidados por su rango, se mantenían a distancia. Pero las cosas cambiaron el sábado.

Los tres se hallaban sentados desayunando cuando entró un mensajero con un pergamino lacrado, que entregó a Geniev con premura. El joven no lo ocultó tan rápido como para evitar que todos vieran el sello del Rey. Con una seña pidió a sus compañeros salir. Avanzaron por una galería semivacía.

–Creo que habíamos acordado entrenar hoy con las espadas.
–En efecto, Ecthelion necesita mejorar mucho, para salir airoso de la demostración ante el maestro.
–Bien, adelántense a la sala de armas, por favor. Debo ir a mi recámara un instante.
Ambos entendieron que deseaba leer a solas y le dejaron en una bifurcación.
–Es un alivio que estemos solos –comentó Barahir mientras caminaban hacia la amplia sala de armas– hace días que debo consultarte algo y con este asunto del príncipe...
Ecthelion contempló a su amigo intrigado, el tono no anunciaba nada bueno.
–Dime.
–Se trata de Dolment.
–¿El gigante de cuarto año?
–Si, tuvimos un... un encuentro poco agradable durante el verano.

La mente del más delgado empezó a trabajar a toda velocidad: Dolment hijo de Dolian pertenecía a una familia venida a menos por la pésima administración de Denethor y la Guerra del Anillo. Se comentaba que ahora sobrevivían de amenazar a otras familias nobles, y endeudadas, para que dejaran a los bancos embargar sus vienes sin presentar pelea, o intentar hacer productivas sus tierras. La familia de Barahir estaba hasta los topes de hipotecas, pero él mismo había sacado cuentas un año antes para el atribulado campesino, y confiaba en la administración de la joven viuda. Sabía que, en tres o cuatro primaveras, la hacienda estaría libre de gravámenes.

–¿Fueron a tu casa?
–En realidad no se suponía que yo estuviera ahí, andaba con algunos hombres monteando, pero regresé antes de tiempo y vi como Dolian le alzaba la voz a mi madre.
–¿Y qué hizo ella?
–Ya sabes cómo es, se le enfrentó, pero el miserable levantó el látigo cuando yo aún estaba muy lejos. Solo tenía mi arco.

Ecthelion podía adivinar el resto, su amigo era uno de los mejores arqueros de la Academia. Han llegado a la sala sin fijarse en el camino, entretenidos en su problema. Barahir sonríe tristemente mientras toma asiento.

–No volverá a azotar a nadie con la derecha.
–Y tú no usarás ninguna de las dos, para nada más. –afirma un joven alto de cabellos negros y marcada musculatura.
–Dolment, ¡pedazo de basura! Creí que lo de este verano te enseñaría a mantenerte a distancia.
–¿Y por qué iba a hacerlo? Ahora no tienes tus flechitas.
–Yo tampoco te veo el látigo, es la única arma que corresponde a una familia como la tuya.
Los amigos intentan alcanzar la puerta, pero varios chicos les bloquean la retirada.
–¿A dónde creen las palomitas que van? No, esta vez no hay principito que los salve, para cuando el bastardo del Rey llegue, tendrás una nueva cara Barahir.
La voz de Ecthelion se alza firme, conciliadora.
–Vamos, ¿es que se han olvidado del lugar donde se encuentran? La Academia no es sitio para dirimir cuestiones de dudoso honor, estoy seguro de que podemos posponer esto hasta la Fiesta de la Nevada.
–¡Calla tintero seco! O a ti también te irá mal.
Pero Ecthelion cruza los brazos con seguridad y dibuja una sonrisita cínica.
–Querido Dolment, mi familia no tiene deudas con tu banco. En cambio, mi padre trabaja en una zona muy sensible de los archivos, allí donde se restauran los documentos de propiedad. ¿Te imaginas que un copista marque mal el deslinde de alguna de tus tierras?
Dolment lo miró iracundo.
–De acuerdo –bufó– no le toquen, pero tampoco le dejen ir a buscar al bastardito. –se volvió hacia Barahir– En cuanto a ti...

Dos de sus secuaces ya le habían inmovilizado, solo se acercó lentamente al muchacho y empezó a golpearlo en el vientre, subiendo poco a poco hacia el pecho.

El hijo del archivero elevó, por primera vez en su vida, una plegaria sincera a los Valar. Sabía que, de poder chantajear a Dolment para salvar a su amigo, este jamás se lo perdonaría, pero si Geniev no llegaba pronto, el rostro de campesino sería alcanzado por aquellas manos... La sola posibilidad le daba nauseas.

–Suéltalo.

La palabra fue pronunciada con tal calma que todos se quedaron quietos por un instante. Geniev estaba detrás de Dolment, apoyando una larga navaja en su nuca. Pero el asombro del forzudo podía más que su sentido de autoconservación.

–¿Como llegaste ahí?
–Porque soy hijo de un mago imbécil. Ahora –presionó un poco más la punta– suéltalo.

Dolment hizo una seña y los tipos que sostenían a Barahir se apartaron. Hubiese caído de no ser porque Ecthelion había aprovechado el desconcierto para plantarse a su lado. Le sostuvo por la espalda, pero al parecer eso fue peor, porque el herido lanzó un breve grito y se desmayó. El verdugo no pudo evitar la sonrisa.

–Creo que su Alteza llegó tarde.
Geniev no pareció inmutarse por semejante insolencia.
–Aún no es tarde para matarte Dolment, así que ¡largo!

Los de cuarto estuvieron encantados por la orden y salieron a la carrera. Cuando sus pasos se perdieron, el príncipe se inclinó y palpó el pecho de Barahir, a su lado Ecthelion estaba pálido y tembloroso.

–No es nada, tu abrazo acabó de sacarle una costilla de su lugar. –pero el rubio le contempló con ojos vacíos, le sacudió un poco– ¿Nunca antes estuviste en una pelea sucia?
–Yo...– la frase “pelea sucia” hizo reaccionar al noble– no, ¡por supuesto que no! Ahora ¿qué haremos? Si vamos a la enfermería habrá muchas preguntas.
–Entonces habrá que llevarlo a otro lugar. –sin esfuerzo aparente levantó a Barahir– Vamos.
Condujo el cuerpo desmadejado del joven campesino por galerías desiertas hasta llegar frente a su recámara.
–Por favor, abre la puerta.
–Pero...
–¿No ves que tengo las manos ocupadas?
–Claro, claro.

Era la primera vez que Ecthelion lograba entrar allí, y le sorprendió sobremanera la sencillez de aquel lugar. Por pura costumbre cerró la puerta tras Geniev y le puso seguro. Su vista se detuvo en la mesita, donde descansaba al descuido el pergamino con el sello real roto. Fue a acercarse, pero un quejido le recordó las razones de su presencia: Barahir acababa de despertar.

Mientras el rubio estudiaba el sitio, el príncipe había depositado al herido en su cama y procedía a sacarle la camisa. Esos movimientos habían despertado a Barahir.

–¿Geniev?... ¿qué haces?... ¿dónde estoy?
–En mi cama. Te estoy sacando la camisa.
–¡Un momento! –con sus pocas fuerzas atrapó las manos del otro– ¿Acaso pretendes aprovecharte de mis heridas? ¿Me compraste a Dolment para divertirte conmigo, degenerado?
Ecthelion corrió hasta la cama para tranquilizarle.
–Todo está bien amigo, te lo aseguro. Geniev salvó a tu nariz campesina de los puños del gigante.
El herido se relajó un poco, las palabras de Ecthelion coincidían con sus últimos recuerdos. Geniev mantuvo su expresión amable ante el, ahora, avergonzado muchacho.
–Yo... Lo siento Alteza, no quise... Yo no creo que usted...
–No intentes disculparte, reconozco que, con las historias que corren por ahí... En realidad, ustedes han confiado mucho en mí. Nos encargaremos de tus costillas, ¿de acuerdo?
Ante al asentimiento Barahir los otros dos le terminaron de sacar las ropas del torso y dejaron a la vista un abultamiento, en el lado derecho del tórax, que empezaba a inflamarse.
–Tuviste suerte, si eso llega a ocurrir al otro lado te podría atravesar el corazón. Ahora debo tocarla para saber si se astilló. ¿Aguantarás sin gritar?
El muchacho asintió, estaba tan avergonzado por su desconfianza e insolencia, que cumpliría sin chistar cualquier orden.
El príncipe palpó la zona y, a medida que sus dedos avanzaban, empezó a sonreír.
–Eres un hombre afortunado Barahir, hay espacio suficiente para repararlo todo. Ecthelion, dale a nuestro amigo un cojín para morder, porque su dolor será grande –mientras el rubio cumplía la orden, Geniev pasó una pierna a cada lado de las caderas del herido– Me pongo en esta posición para evitar que saltes al volver el hueso a su lugar. ¿Entiendes?
–Si.
–Por la misma razón Ecthelion te sostendrá los hombros, pero debes contenerte, si te mueves ahora, los mejores sanadores de Gondor no podrán salvarte.

Barahir empezaba a ver nublado, sintió como le obligaban a morder la suave seda de un almohadón y le pareció que llovía sobre su rostro: eran las lágrimas de Ecthelion. Trató de reconocer a Geniev, pero apenas distinguía unos pozos negros y redondos que transmitían paz, ¿sería eso la muerte?, de repente el dolor fue demasiado intenso, luego nada.

–Se ha desmayado de nuevo. ¿Ecthelion? Ya puedes soltarlo.

El rubio miró desorientado a Geniev, ya de pie y sus manos, todavía aferradas a los hombros del amigo. Geniev no le prestó atención mientras arropaba a Barahir, cosa que agradeció: no estaba seguro de que su actuación fuese muy digna.

–¿Estará bien? –se atrevió a preguntar.
–Si, en una semana.
–¿Una semana? Es demasiado tiempo… puedo ocultar su ausencia un día, pero ¡una semana! Creo que esta vez Haram tendrá nuestras cabezas en bandeja.
–¿No los aprecia mucho el Jefe de la Academia?
El pequeño intrigante negó con desconsuelo.
–Entre familias tan antiguas uno ya ha olvidado a qué se deben los odios o pendencias. Mi familia y la de Haram son enemigas desde hace unos trescientos años y como Barahir es mi amigo… ¡No sirvo para nada!
Geniev extendió el brazo y estrechó el hombro del rubio, no se acercó demasiado, estaba conciente de que todas las dudas no se habían disipado en su mente.
–No digas eso… No es tu culpa que el padre de Barahir muriera dejándole cargado de deudas.
Aquel comentario hizo que el joven girara hacia el Príncipe espantado. Dio unos pasos atrás con miedo.
–¿Cómo sabes eso?
Pero Geniev sonrió con indulgencia y alcanzó de su mesita el pergamino que recibiera esa mañana. Lo agitó ante su compañero y contestó indiferente.
–Le pregunté a un amigo. Me llamó la atención que un tipo como Dolment les siguiera.
–¿Un amigo? ¿Tienes amigos? ¡Quiero decir! Albergaba la idea de que vuestra estancia en nuestra ciudad había sido un tanto… solitaria.
La expresión de Geniev no podía ser más divertida.
–¿Nunca dejas de ser un cortesano Ecthelion? En efecto, tuve un año bastante aislado, pero se puede decir que Duilin es mi amigo.
El asombro hizo que el joven saltara.
–¿Duilin? ¿El…? –estuvo a punto de decir “el que mató a su propio padre”, pero se contuvo– ¿El secretario del Senescal?
–¿Hay otro tan “famoso” en Gondor?
–No, no, pero… ¿Usted se tomó la molestia de escribir a la oficina del Senescal porque un forzudo nos seguía?
–Para saber cómo actuar era imprescindible una fuente “neutral”. ¿Crees que Barahir me hubiera contado el episodio del verano?
–No –admitió el otro, su tono fue meditabundo– de hecho yo lo supe hoy, el campesino deseaba discreción, pero estábamos ocupados vig…
Abre los ojos como ruedas ante la conciencia de su error, pero la risa del trigueño lo alivia.
–¡Mi querido amigo! ¿De veras creíste que no sabía de vuestras intenciones? No temas: la amistad surge de las condiciones más asombrosas.
–¿Amistad? –una nota de tristeza surgió en el fondo de los ojos grises– Lo siento Alteza, pero eso es imposible.
El rostro del príncipe se cubrió de sombra al oír aquel apelativo, era una señal de que Ecthelion se alejaba de nuevo. Intentó mantener la calma.
–¿Puedo preguntar la razón?
–Alteza, yo soy el hijo de un humilde archivero que restaura documentos y no puede pagar una buena dote para su hija casadera. En cuanto a Barahir ya lo veis, –hizo un leve gesto hacia la cama– golpeado por deudas, es probable que pierda sus tierras y deje la Academia para mantener a su familia con el sueldo de guardia de la ciudadela. No somos amigos para el hijo adoptivo del Rey de Gondor y Arnor. ¿Entiende?

Geniev se volvió antes de que Ecthelion pudiera ver sus ojos húmedos. Caminó hacia la chimenea apagada, luego hacia una ventana, se apoyó en el antepecho como si ya no pudiera mantenerse en pie.

El rubio lo siguió. Le dolía admitir que toda aquella semana, mientras intentaba demostrarle a Barahir que el norteño tenía costumbres degeneradas, había sido ganado por su sencillez, inteligencia y habilidad bélica. Debía volver a la realidad por el bien del campesino, del niño príncipe, por su propio bien. Insistió.

–Todo esto es una casualidad, un intento de dos cortesanos por ascender, un sueño de niños del que despertaremos en la primera recepción de la corte.
La voz que brotó del cuerpo apoyado en la ventana era totalmente desconocida para el estudiante: dura y dolida.
–¡No me llames niño!
–Alteza, por favor. Es usted menor que yo, aunque debe haber visto cosas asombrosas en el norte…

La risa de Geniev le heló las venas, era fría, casi cruel. Le pareció que la persona que empezaba a conocer y apreciar no estaba en aquella habitación. El trigueño volteó hacia él y sus ojos, burlones y aburridos, le confirmaron tal sentimiento. Dio un paso hacia el rubio.

–¿Qué edad crees que tengo Ecthelion hijo de Igram?
–Está terminando los catorce, aún no le sale barba.
–Si, supongo que es lo que parece. –Geniev se llevó las manos al pelo y empezó a deshacer la coleta que le ocultaba cuidadosamente las orejas– De hecho, según Legolas, es mi edad en términos humanos.
–¿Términos humanos?
En el corazón del Ecthelion se empezó a incubar el miedo. ¿La persona ante él no era un hombre?
–En realidad tengo treinta y cinco años, mi cuerpo marcha lentamente ¿entiendes? Para mi, dos años y medio de vida son doce meses de un hombre común.
–Imposible. –el pánico se apoderó de su cerebro.

De repente recordó su educación, todo lo que le habían enseñado a temer de los elfos, todo lo que la relación entre el Rey y Legolas le había confirmado. Quiso huir, pero dio un traspiés son su propia túnica y calló al piso. El trigueño, con el pelo suelto enmarcando su rostro, se inclinó para ayudarlo. Era la imagen más sensual de su vida.

–¡No! Aléjate. No caeré un tus hechizos. Si eres un elfo, vete a las batalla con Legolas, acuéstate con el Rey, déjanos en paz.
–Ecthelion cálmate. No te deseo, y tampoco a tu amigo. –se alejó de nuevo hacia la ventana y permitió a rubio ponerse en pie por sus medios– ¿Basta eso para tranquilizarte?
–Dijiste que no eras un hombre. Habla rápido, porque ni un bastardo de Elessar I me hará perder el honor.
–Soy un medio elfo. Mi madre era… como Legolas.

De un gesto apartó el cabello para que el chico pudiera ver su oreja puntiaguda. Ecthelion se quedó callado ante tal declaración. Las palabras entraron en torrente para ordenarse despacio: su compañero era hijo de una inmortal como el Príncipe Consorte. ¿Significaba eso que Barahir había acertado? ¿Estaba ante el heredero?

–¿Eres inmortal? –tanteó.
–No lo sé, –confesó con voz cansada– aún no termino de crecer ¿sabes? Tengo bastantes habilidades élficas, como el oído o la ligereza, pero, hasta dónde se impone la sangre de mi madre, es algo que solo el tiempo dirá.
–Por eso tu peinado ocultaba las orejas… Temías nuestra reacción.
–Es algo agotador explicar que podría ser el padre de ustedes, en teoría, o que puedo enfermar de tristeza y morir.
–¡¿Cómo?!
–Es una posibilidad, pero no me interesa investigarla. En general no es cómodo, créeme. Por eso prefiero… mentir.

Ecthelion asintió despacio, entendía muy bien eso de mentir para evitar explicaciones engorrosas. Se quedó parado a escasa distancia del ¿chico? Geniev estaba de espaldas, mirando la ventana, aparentemente olvidado de su presencia. Comprendió que le estaba dando la posibilidad de huir y pretender que nada de esto había ocurrido. Pero lo que hizo fue extender su mano alcanzar el hombro como antes hiciera el medio elfo para confortarle por el dolor de Barahir. Supo que la magia élfica había hecho su presa: ya no podía abandonarlo.

TBC...