¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

Todos los personajes reconocidos públicamente son propiedad de sus respectivos autores. Los personajes originales e historias son propiedad la autora. No se genera ningún beneficio económico por este trabajo, ni piensa por un instante en los derechos de autor.

20 diciembre, 2007

EN BUSCA DE UN SUEÑO 17

¡Así no hay quien viva! (II)

“Una ciudad es un enigma,
un juego de naipes,
una infinita acumulación de rumores,
de gente diversa que
añora, ama, sufre, sueña,
implora, escapa, apuesta y lucha.”
“Amantes en La Catedral”, Jaime Gómez Triana

4:30 p.m.

El soldado asomó la cabeza entre las almenas con precaución, pero no fue capaz de evadir al francotirador que le marcaba desde hacía quince minutos.

–¡Pum! –dijo Hirunatan.

El cuerpo de Niggle calló desde la muralla sobre el pasto, sonó “Pggg” y permaneció quieto. Comprobar su puntería (una vez más) hizo sonreír a la guerrera, y a sus correligionarios. El capitán Malcom se volvió entonces hacia sus compañeros y, en pose heroica, les arengó antes del combate final.

–¡Hermanos! El vigía de la torre fue eliminado, podemos atacar este flanco de la fortaleza y… –se quedó sin saber qué decir (la verdad es que, a él, eso de los discursos no se le daba mucho). Optó por sonreír con coquetería a la bella Hirunatan y, sacar la pistola plateada de su cinturón. –¡Adelante, mis valientes!

La tropa le siguió, emocionada, y comenzó a golpear las paredes del castillo que protegía a los últimos orcos del mundo. Aunque desde arriba les lanzaban proyectiles de tempera, bolsas con agua y pañales usados (tener una hermanita pequeña es una ventaja táctica innegable), los valientes edains de Malcom se las estaban arreglando para desmontar los bloques de la pared y trepar la muralla. Al fin, mojado y con el cabello apelmazado de pintura naranja, Malcom ganó el parapeto de la muralla y se lanzó al patio, donde le esperaba el jefe de los orcos para el duelo final.

–Capitán Malcom –le saludó el orco burlón–, es usted tan imprudente como esperaba.
–Capitán Gorthol –repuso él–, es usted más pequeño de lo que cabría esperar.

Gorthol gruñó su molestia y se lanzó contra Malcom con la espada en alto. El joven edain resistió la envestida y devolvió los golpes con su bella espada de puño azul. Sin perder la elegancia, ni la sonrisa, ni el horrible color naranja de la cabeza, Malcom lanzó mandobles a diestra y siniestra, bloqueando los ataques del ruin, feo, sucio y rudo líder de los orcos. Poco a poco lo condujo a una esquina del patio y pronunció las palabras que tanto le gustaban a su amada Hirunatan:

–La luz se ha impuesto. ¡Ríndete!
Los malvados ojos de Gorthol brillaron de rabia, pero dejó caer su espada.
–Me…
Un grito desgarrado –inconfundiblemente real– cortó el parlamento del orco, y todo el combate en el patio de juegos. Malcom y Gorthol intercambiaron una mirada preocupada, el jefe edain soltó su espada de juguete y buscó por entre las torres al reportero, encaramado (como siempre) en el techo del castillo para tener buenos ángulos del combate que documentaba.

–¿Viste algo, Aina?
El pelirrojo asintió, y señaló al extremo del patio, más allá del sicomoro.
–Una niña se calló entre los tanques, jefe.
Gorthol no perdió tiempo ante semejante información.
–¡Niggle, Andreth, corran a ver qué pasó! –ambos chicos le obedecieron sin demora, y Malcom, por su parte, fue a la bodega donde todos ponían sus bolsas escolares para extraer un intercomunicador. –¿Mamá?
Aunque estuviera al otro lado del edificio, la voz de la señora Galadwen tranquilizó a todos.
–La puedo ver por una de las cámaras, hijo, no parece nada grave.
–¡La hemos encontrado! –se oyó la voz de Niggle en el extremo del patio. –Pero no entiendo lo que dice… Según Andreth es inglés… está llorando jefe.
–Mama –y los morenos dedos de Malcom se apretaron alrededor del intercomunicador–, dice Niggle que está llorando. ¡¿Qué hacemos?!
–¡Calma! Michael está en la lavandería, ve a buscarlo. Voy a llamar una ambulancia y tratar de averiguar de qué apartamento es la niña. ¿Comprendido?
Gorthol, Malcom e Hirunatan intercambiaron una mirada de comprensión. El moreno sonrió, aliviado de tener un plan de acción claro.
–Comprendido, cambio y fuera.

4:50 p.m.

Michael estaba terminando de poner la ropa limpia en el cesto cuando sintió los pasos breves y apresurados a su espalda. Curioso, se giró hacia la puerta, para ver al famoso Malcom, acercarse en plena carrera.

–¿Doctor Michael?
–Si, ¿que…?
–Lo necesitamos en el patio de juegos –le interrumpió el chico, al tiempo que lo tomaba de la mano y tiraba de él. –Una niña se calló entre los tanques, está en el pasto y no para de llorar. Mi madre me dijo que viniera a buscarlo.

Sin pensarlo, Michael siguió al mensajero en dirección al entresuelo. Seguro ya una ambulancia estaba en camino, pero la señora Galadwen, madre ella misma, deseaba cubrir todas las posibilidades y estaba de acuerdo. A esa hora en el patio de juegos del edificio los mayores tenían, si acaso, 13 años, por supuesto, era mejor que un adulto se hiciera cargo. Al doblar la última curva, calló en cuenta de que Malcom no había mencionado en nombre de la accidentada.

–¿Quién es la herida?
–No lo se, señor –respondió el chico con toda formalidad a pesar de que resoplaba por la larga carrera. Niggle y Andreth fueron los que la vieron de cerca, dijeron que lloraba y hablaba en inglés. Es todo lo que se, señor.

Michael no respondió, pero aquello le asustó. ¿Había angloparlantes en el edificio? ¿Ella era de la familia que se mudaba o, simplemente, la niña estaba de visita? La idea de extranjeros en su comunidad incomodaba ligeramente al joven estudiante, pero se dijo que, no importaba su idioma materno, ella ahora era un paciente.

Al cruzar el umbral del patio de juegos, Malcom volvió a actuar como guía del adulto. Michael siguió al chico de pelo naranja entre el pasto y los árboles, hacia el fondo del amplio patio interior del edificio. Casi en el extremo, ya no había más que escombros, viejos objetos de origen inclasificable que los muchachos mayores usaban para construir sus fortalezas y laberintos. Los más pequeños sabían que era terreno vedado, para ellos estaban los toboganes y columpios del extremo sur. Definitivamente, la accidentada no podía vivir en el edificio.

“Hasta ahora” acotó mentalmente el joven. “Es posible que se halla mudado hoy.” La idea volvió a agitar algo (¿miedo?) en su interior. Pero, gracias al entrenamiento que recibiera en la facultad, fingió perfecta seguridad.

–¿Dónde se encuentra la paciente?

Hirunatan, que los esperaba con el rostro ceñudo, señaló con enfado unos metros más allá, junto a la pared, donde una rubiecita de siete u ocho años lloraba sentada en el pasto. Se apretaba el hombro con desesperación y Michael dedujo, por el brazo que colgaba flácido y el trozo de hueso que asomaba por debajo del codo, que estaba transida de dolor.

–No nos deja acercarnos –informó con rabia la rubia. –Un centímetro más y grita como un orco el día que ardió el Anillo. Dice Andreth, que llama a su madre y nos ofende… Con palabras feas, doctor.
Michael hizo un gesto de desestimación con la mano.
–No creo que sea relevante para el diagnóstico, Hirunatan, creo que lo han hecho muy bien –ante eso los dos niños sonrieron de oreja a oreja. –Intentaré acercarme.

Michael se volvió hacia la pequeña y levantó las manos, con las palmas abiertas, en señal de paz y dio un paso hacia la herida. La reacción fue inmediata.

–Don´t came one step closer, you, faking fagot… My mom is a police officer, New York Police… My mom will came for my…don´t you dare to…
–It´s OK –articuló Michael lo más despacio que pudo. –I´m a doctor, I´m here to help you.
Pero la niña lo miraba con horror.
–No! You’re lying. My mom will came.
–Your mother don´t know you´re hurt, did she? Tell my where do you live and I will call your mother.
Hubo un breve momento de silencio, la niña parecía estar considerando las palabras.
–No! My mom said I shouldn’t say anybody my address.
–But you live here, rigth? Because you can´t came to the playard if your a stranger.
–Yes –admitió dudosa la niña.
–See? –Michael se permitió sonreír, aunque por dentro ardía de rabia. –I live here to, they –señaló a la tropa unos metros más detrás de él– live here to, in this building. We are your neighbors. It´s you mother in some place inside this building?
Un brillo de comprensión animó los ojos de la niña, pero no en el sentido que deseaba el médico.
-My mom said I shouldn´t talk to strangers. You want information about my. Go away!

Esto terminó con la poca paciencia de Michael. Mientras decidía internamente que la pediatría no era lo suyo, el joven se acercó, levantó a la niña en peso y, haciendo oídos sordos de su florido vocabulario –New York no había cambiado nada, evidentemente– se dirigió a la salida del área de juegos, seguido por Malcom

–Supongo que eso es lo que llaman “cortar por lo sano” –comentó Gorthol en lo que se acercaba a Hirunatan, ya seguro de que ningún adulto le vería.

Ella movió la cabeza de un lado a otro, insegura. Apenas había entendido la entrecortada conversación, pero esa niña ya le caía gorda.

Michael caminaba por el pasillo en busca del ascensor. Calculaba que el equipo de paramédicos debía estar llegando a las puertas del edificio, pero maldito si iba a esperar sentado a que ella se cansara de insultarle. Mantenerse en movimiento le daba la sensación de que hacía algo más que soportar las quejas de esta desagradable pequeña.

–¡Freeze! –el joven se detuvo en seco, había reconocido, junto al grito casi gutural, el sonido de una pistola al ser martillada.
“Esto no puede estar pasando” pensó estúpidamente en lo que sentía su espalda empaparse de sudor frío.

5:10 p.m.

Galadwen vio con horror a través de la cámara de seguridad cómo la nueva inquilina encañonaba a Michael y su hijo Malcom a unos metros de la puerta del ascensor.
–¡Por el Ojo! –maldijo, al tiempo que apretaba el botón de alarma del edificio.

5:12 p.m.

Boris casi fue atrapado por la cortina de hierro que descendía para sellar las puertas de cristal del edificio. Tras adentrarse en al hall, contempló con horror el eficiente despliegue de las fuerza de choque de la Guardia de la Ciudadela.

–¿Qué ha pasado? –preguntó al aire, pero el eficiente Cintras, el portero, se les acercó enseguida.
–Hay un problema de seguridad en el entresuelo –les explicó. –Por favor –señaló con una mano el lado derecho del hall–, siéntense allá hasta que los elevadores vuelvan a circular.

Los dos amigos asintieron, conscientes de que el portero no les daría más detalles de lo que ocurría en el piso de arriba. Así que ambos fueron a sentarse en los sofás de la recepción, junto a dos obreros de mudanzas, un repartidor de pizza y el vecino yanqui del noveno piso, el señor Wiliams, que hablaba muy apurado por su carísimo celular.

5: 15 p.m.

Anariel se acercó a la puerta del despacho con el corazón en un puño. No sabía qué la asustaba más: que Fred hubiera llegado antes de su reunión y casi pillara a Aralqua teñido, o que el edificio estuviera congelado hasta que la seguridad arreglara el “asunto” del entresuelo.

–Tu padre está en la recepción –anunció sin demora, pero decidió que los chicos no necesitaban saber de las armas desplegadas ocho pisos más abajo. –Tardará en subir porque los elevadores están bloqueados, algo que ver con las mudanzas de la mañana –explicó con premura. –Creo que deberías… –y señaló con un dedo la flamante melena caoba.

Aralqua se llevó una mano a la cabeza con repentino temor y asintió. Cuando la mujer los dejó solos de nuevo, se enfrentó a los ojos interrogantes de Aranwe.

–Yo… –se calló, inseguro.

Su amado parecía estar especialmente sensible hoy, pero tampoco podía huir al baño sin ninguna explicación. Gruñó internamente, ¿acaso no era un hombre?

–Mi padre no sabe que no me gusta ser pelirrojo –explicó avergonzado. –Debo quitarme el tinte antes de que llegue.

Miró por fin al frente, donde un par de ojos azules brillaban con, ¿agradecimiento? La sonrisa que le dedicaban casi lo hizo volar.

–Entiendo –respondió Aranwe bajito, con su tono sedoso, andrógino. –Mejor vamos a quitarte eso.

El pelirrojo abrió los ojos como platos ¿“Vamos” había dicho su amor? “¡No pienses en eso!” se ordenó a si mismo al tiempo que cerraba el libro de matemáticas con demasiada fuerza. Se dio cuenta de que no podía hablar, así que optó por asentir y caminar en busca del baño. Sentía los pasos de Arnwe tras él, y no pudo evitar sonreír.

5:16 p.m.

Michael sentía los latidos de su corazón muy altos, cada vez más altos desde que esa mujer le había detenido a punta de pistola. ¿Cuánto tiempo hacía? Ni idea, pero cada pulso de su corazón sonaba ahora en el pecho, en los oídos, en las sienes. Dolía, por la Virgen, como dolía. Al mismo tiempo, podía sentir, pegado a su cadera, el sollozo contenido de Malcom, y, a unos metros, los repetitivos reclamos de la rubia armada y peligrosa. Deseó dejarse llevar por la oscuridad, pero su entrenamiento se impuso, otra vez. ¿Cuánto más podría controlar el pánico que le trepaba por las piernas? No lo sabía, no quería saberlo.

–La niña está herida… –repitió despacio, mirando de frente a la mujer con toda su voluntad en juego.
–I repeat: release the child and step back –le interrumpió ella.

El joven resopló, la madre estaba resultando tan fastidiosa como la hija, e igual de ignorante en el idioma de su nuevo país. ¿Cómo podían mudarse sin saber una palabra de oestron?

“Valla manera de conocer a la nueva vecina.”

De nuevo miró a su alrededor, buscando un medio para hacerse entender o escapar, pero nada se le ocurría. Sus pensamientos, ya bastante confusos, fueron interrumpidos por el ruido de pasos apresurados en dirección a ellos. En menos de un minuto diez guardias de la ciudadela los habían rodeado, sus armas largas apuntaban claramente a la rubia.

–¡Suelte el arma, señora Keith! Está rodeada.
Ella los contempló incrédula, sin abandonar su pose ofensiva.
–What the fuck…? This man was trying to kidnap my baby.
Hubo unos segundos de intercambio entre los guardias, hasta que otra voz se alzó. Hablaba un inglés correcto, aunque de acento duro.
–Mrs Keith, this man is a doctor, he was sent to give take care of your kid when she get injured in the playard. He is also a resident of this building. Please, kindly remove your gun and aloud Dc Michael take her to the ambulance.

Ella los estudió, dudosa, pero finalmente bajó el arma. De inmediato dos guardias se lanzaron a inmovilizarla contra la pared. Michael no tuvo tiempo de ver la pelea: con sus últimas fuerzas entregó la niña a los camilleros y se dejó caer de rodillas en el suelo. Apenas registró el llanto de alegría de Malcom al ser abrazado por su madre antes de ser engullido por la oscuridad.

5:20 p.m.

Las cortinas de metal subieron con la misma celeridad con que habían caído, y la recepción del edificio volvió a parecer tranquila, casi bucólica.

El equipo médico pasó primero, conduciendo una camilla que introdujeron en la ambulancia detenida en frente al inmueble. Luego salieron del elevador dos guardias: conducían a una mujer rubia, que maldecía con florida amplitud en inglés. Por último apareció una silla de ruedas, donde yacía desmadejado el cuerpo de Michael. Al ver esto, Boris e Igor se acercaron y detuvieron al guardia que pretendía llevar al joven hacia una patrulla.

–¿Está herido? –preguntó Boris con su mejor tono de dueño del mundo.
El soldado no pareció reconocerlo, pero intuyó que, si ellos eran residentes del edificio, podían ser ricos y, hasta nobles. Se obligó a ser amable.
–Fue amenazado por una madre alterada y perdió el conocimiento. Lo llevamos a la estación para tomarle declaraciones.
Igor se arrodilló ante la silla y palmeó suavemente la mejilla sudorosa de Michael. El joven levantó el rostro, pero sus ojos permanecieron desenfocados.
–¿Hubo armas de fuego? –insistió Boris, preocupado por el estado de su amigo.
El soldado lo miró inseguro, pero un capitán que se acercaba no lo dejó contestar.
–¿A qué viene la pregunta?
–Lo conozco desde hace tiempo, tiene temple para todo, excepto para las armas de fuego. Creo que tendrán que llevarlo al hospital antes de interrogarlo.

El capitán fue a decir algo más, por su expresión era algún equivalente educado de “Los civiles no deben meterse en los asuntos de la Guardia”, pero Michael decidió confirmar la advertencia de sus compañeros y vomitó de manera instintiva, sobre sus propias piernas.

El tono de Boris se volvió perentorio.
–Quiero una ambulancia para mi amigo, ¡ahora! –y reforzó la orden al agitar su identificación de banda negra ante el oficial, luego se volvió hacia Igor. –Llama a Glorfindel y dile que vamos en camino.

TBC…

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