¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

Todos los personajes reconocidos públicamente son propiedad de sus respectivos autores. Los personajes originales e historias son propiedad la autora. No se genera ningún beneficio económico por este trabajo, ni piensa por un instante en los derechos de autor.

20 diciembre, 2007

EN BUSCA DE UN SUEÑO 17

¡Así no hay quien viva! (II)

“Una ciudad es un enigma,
un juego de naipes,
una infinita acumulación de rumores,
de gente diversa que
añora, ama, sufre, sueña,
implora, escapa, apuesta y lucha.”
“Amantes en La Catedral”, Jaime Gómez Triana

4:30 p.m.

El soldado asomó la cabeza entre las almenas con precaución, pero no fue capaz de evadir al francotirador que le marcaba desde hacía quince minutos.

–¡Pum! –dijo Hirunatan.

El cuerpo de Niggle calló desde la muralla sobre el pasto, sonó “Pggg” y permaneció quieto. Comprobar su puntería (una vez más) hizo sonreír a la guerrera, y a sus correligionarios. El capitán Malcom se volvió entonces hacia sus compañeros y, en pose heroica, les arengó antes del combate final.

–¡Hermanos! El vigía de la torre fue eliminado, podemos atacar este flanco de la fortaleza y… –se quedó sin saber qué decir (la verdad es que, a él, eso de los discursos no se le daba mucho). Optó por sonreír con coquetería a la bella Hirunatan y, sacar la pistola plateada de su cinturón. –¡Adelante, mis valientes!

La tropa le siguió, emocionada, y comenzó a golpear las paredes del castillo que protegía a los últimos orcos del mundo. Aunque desde arriba les lanzaban proyectiles de tempera, bolsas con agua y pañales usados (tener una hermanita pequeña es una ventaja táctica innegable), los valientes edains de Malcom se las estaban arreglando para desmontar los bloques de la pared y trepar la muralla. Al fin, mojado y con el cabello apelmazado de pintura naranja, Malcom ganó el parapeto de la muralla y se lanzó al patio, donde le esperaba el jefe de los orcos para el duelo final.

–Capitán Malcom –le saludó el orco burlón–, es usted tan imprudente como esperaba.
–Capitán Gorthol –repuso él–, es usted más pequeño de lo que cabría esperar.

Gorthol gruñó su molestia y se lanzó contra Malcom con la espada en alto. El joven edain resistió la envestida y devolvió los golpes con su bella espada de puño azul. Sin perder la elegancia, ni la sonrisa, ni el horrible color naranja de la cabeza, Malcom lanzó mandobles a diestra y siniestra, bloqueando los ataques del ruin, feo, sucio y rudo líder de los orcos. Poco a poco lo condujo a una esquina del patio y pronunció las palabras que tanto le gustaban a su amada Hirunatan:

–La luz se ha impuesto. ¡Ríndete!
Los malvados ojos de Gorthol brillaron de rabia, pero dejó caer su espada.
–Me…
Un grito desgarrado –inconfundiblemente real– cortó el parlamento del orco, y todo el combate en el patio de juegos. Malcom y Gorthol intercambiaron una mirada preocupada, el jefe edain soltó su espada de juguete y buscó por entre las torres al reportero, encaramado (como siempre) en el techo del castillo para tener buenos ángulos del combate que documentaba.

–¿Viste algo, Aina?
El pelirrojo asintió, y señaló al extremo del patio, más allá del sicomoro.
–Una niña se calló entre los tanques, jefe.
Gorthol no perdió tiempo ante semejante información.
–¡Niggle, Andreth, corran a ver qué pasó! –ambos chicos le obedecieron sin demora, y Malcom, por su parte, fue a la bodega donde todos ponían sus bolsas escolares para extraer un intercomunicador. –¿Mamá?
Aunque estuviera al otro lado del edificio, la voz de la señora Galadwen tranquilizó a todos.
–La puedo ver por una de las cámaras, hijo, no parece nada grave.
–¡La hemos encontrado! –se oyó la voz de Niggle en el extremo del patio. –Pero no entiendo lo que dice… Según Andreth es inglés… está llorando jefe.
–Mama –y los morenos dedos de Malcom se apretaron alrededor del intercomunicador–, dice Niggle que está llorando. ¡¿Qué hacemos?!
–¡Calma! Michael está en la lavandería, ve a buscarlo. Voy a llamar una ambulancia y tratar de averiguar de qué apartamento es la niña. ¿Comprendido?
Gorthol, Malcom e Hirunatan intercambiaron una mirada de comprensión. El moreno sonrió, aliviado de tener un plan de acción claro.
–Comprendido, cambio y fuera.

4:50 p.m.

Michael estaba terminando de poner la ropa limpia en el cesto cuando sintió los pasos breves y apresurados a su espalda. Curioso, se giró hacia la puerta, para ver al famoso Malcom, acercarse en plena carrera.

–¿Doctor Michael?
–Si, ¿que…?
–Lo necesitamos en el patio de juegos –le interrumpió el chico, al tiempo que lo tomaba de la mano y tiraba de él. –Una niña se calló entre los tanques, está en el pasto y no para de llorar. Mi madre me dijo que viniera a buscarlo.

Sin pensarlo, Michael siguió al mensajero en dirección al entresuelo. Seguro ya una ambulancia estaba en camino, pero la señora Galadwen, madre ella misma, deseaba cubrir todas las posibilidades y estaba de acuerdo. A esa hora en el patio de juegos del edificio los mayores tenían, si acaso, 13 años, por supuesto, era mejor que un adulto se hiciera cargo. Al doblar la última curva, calló en cuenta de que Malcom no había mencionado en nombre de la accidentada.

–¿Quién es la herida?
–No lo se, señor –respondió el chico con toda formalidad a pesar de que resoplaba por la larga carrera. Niggle y Andreth fueron los que la vieron de cerca, dijeron que lloraba y hablaba en inglés. Es todo lo que se, señor.

Michael no respondió, pero aquello le asustó. ¿Había angloparlantes en el edificio? ¿Ella era de la familia que se mudaba o, simplemente, la niña estaba de visita? La idea de extranjeros en su comunidad incomodaba ligeramente al joven estudiante, pero se dijo que, no importaba su idioma materno, ella ahora era un paciente.

Al cruzar el umbral del patio de juegos, Malcom volvió a actuar como guía del adulto. Michael siguió al chico de pelo naranja entre el pasto y los árboles, hacia el fondo del amplio patio interior del edificio. Casi en el extremo, ya no había más que escombros, viejos objetos de origen inclasificable que los muchachos mayores usaban para construir sus fortalezas y laberintos. Los más pequeños sabían que era terreno vedado, para ellos estaban los toboganes y columpios del extremo sur. Definitivamente, la accidentada no podía vivir en el edificio.

“Hasta ahora” acotó mentalmente el joven. “Es posible que se halla mudado hoy.” La idea volvió a agitar algo (¿miedo?) en su interior. Pero, gracias al entrenamiento que recibiera en la facultad, fingió perfecta seguridad.

–¿Dónde se encuentra la paciente?

Hirunatan, que los esperaba con el rostro ceñudo, señaló con enfado unos metros más allá, junto a la pared, donde una rubiecita de siete u ocho años lloraba sentada en el pasto. Se apretaba el hombro con desesperación y Michael dedujo, por el brazo que colgaba flácido y el trozo de hueso que asomaba por debajo del codo, que estaba transida de dolor.

–No nos deja acercarnos –informó con rabia la rubia. –Un centímetro más y grita como un orco el día que ardió el Anillo. Dice Andreth, que llama a su madre y nos ofende… Con palabras feas, doctor.
Michael hizo un gesto de desestimación con la mano.
–No creo que sea relevante para el diagnóstico, Hirunatan, creo que lo han hecho muy bien –ante eso los dos niños sonrieron de oreja a oreja. –Intentaré acercarme.

Michael se volvió hacia la pequeña y levantó las manos, con las palmas abiertas, en señal de paz y dio un paso hacia la herida. La reacción fue inmediata.

–Don´t came one step closer, you, faking fagot… My mom is a police officer, New York Police… My mom will came for my…don´t you dare to…
–It´s OK –articuló Michael lo más despacio que pudo. –I´m a doctor, I´m here to help you.
Pero la niña lo miraba con horror.
–No! You’re lying. My mom will came.
–Your mother don´t know you´re hurt, did she? Tell my where do you live and I will call your mother.
Hubo un breve momento de silencio, la niña parecía estar considerando las palabras.
–No! My mom said I shouldn’t say anybody my address.
–But you live here, rigth? Because you can´t came to the playard if your a stranger.
–Yes –admitió dudosa la niña.
–See? –Michael se permitió sonreír, aunque por dentro ardía de rabia. –I live here to, they –señaló a la tropa unos metros más detrás de él– live here to, in this building. We are your neighbors. It´s you mother in some place inside this building?
Un brillo de comprensión animó los ojos de la niña, pero no en el sentido que deseaba el médico.
-My mom said I shouldn´t talk to strangers. You want information about my. Go away!

Esto terminó con la poca paciencia de Michael. Mientras decidía internamente que la pediatría no era lo suyo, el joven se acercó, levantó a la niña en peso y, haciendo oídos sordos de su florido vocabulario –New York no había cambiado nada, evidentemente– se dirigió a la salida del área de juegos, seguido por Malcom

–Supongo que eso es lo que llaman “cortar por lo sano” –comentó Gorthol en lo que se acercaba a Hirunatan, ya seguro de que ningún adulto le vería.

Ella movió la cabeza de un lado a otro, insegura. Apenas había entendido la entrecortada conversación, pero esa niña ya le caía gorda.

Michael caminaba por el pasillo en busca del ascensor. Calculaba que el equipo de paramédicos debía estar llegando a las puertas del edificio, pero maldito si iba a esperar sentado a que ella se cansara de insultarle. Mantenerse en movimiento le daba la sensación de que hacía algo más que soportar las quejas de esta desagradable pequeña.

–¡Freeze! –el joven se detuvo en seco, había reconocido, junto al grito casi gutural, el sonido de una pistola al ser martillada.
“Esto no puede estar pasando” pensó estúpidamente en lo que sentía su espalda empaparse de sudor frío.

5:10 p.m.

Galadwen vio con horror a través de la cámara de seguridad cómo la nueva inquilina encañonaba a Michael y su hijo Malcom a unos metros de la puerta del ascensor.
–¡Por el Ojo! –maldijo, al tiempo que apretaba el botón de alarma del edificio.

5:12 p.m.

Boris casi fue atrapado por la cortina de hierro que descendía para sellar las puertas de cristal del edificio. Tras adentrarse en al hall, contempló con horror el eficiente despliegue de las fuerza de choque de la Guardia de la Ciudadela.

–¿Qué ha pasado? –preguntó al aire, pero el eficiente Cintras, el portero, se les acercó enseguida.
–Hay un problema de seguridad en el entresuelo –les explicó. –Por favor –señaló con una mano el lado derecho del hall–, siéntense allá hasta que los elevadores vuelvan a circular.

Los dos amigos asintieron, conscientes de que el portero no les daría más detalles de lo que ocurría en el piso de arriba. Así que ambos fueron a sentarse en los sofás de la recepción, junto a dos obreros de mudanzas, un repartidor de pizza y el vecino yanqui del noveno piso, el señor Wiliams, que hablaba muy apurado por su carísimo celular.

5: 15 p.m.

Anariel se acercó a la puerta del despacho con el corazón en un puño. No sabía qué la asustaba más: que Fred hubiera llegado antes de su reunión y casi pillara a Aralqua teñido, o que el edificio estuviera congelado hasta que la seguridad arreglara el “asunto” del entresuelo.

–Tu padre está en la recepción –anunció sin demora, pero decidió que los chicos no necesitaban saber de las armas desplegadas ocho pisos más abajo. –Tardará en subir porque los elevadores están bloqueados, algo que ver con las mudanzas de la mañana –explicó con premura. –Creo que deberías… –y señaló con un dedo la flamante melena caoba.

Aralqua se llevó una mano a la cabeza con repentino temor y asintió. Cuando la mujer los dejó solos de nuevo, se enfrentó a los ojos interrogantes de Aranwe.

–Yo… –se calló, inseguro.

Su amado parecía estar especialmente sensible hoy, pero tampoco podía huir al baño sin ninguna explicación. Gruñó internamente, ¿acaso no era un hombre?

–Mi padre no sabe que no me gusta ser pelirrojo –explicó avergonzado. –Debo quitarme el tinte antes de que llegue.

Miró por fin al frente, donde un par de ojos azules brillaban con, ¿agradecimiento? La sonrisa que le dedicaban casi lo hizo volar.

–Entiendo –respondió Aranwe bajito, con su tono sedoso, andrógino. –Mejor vamos a quitarte eso.

El pelirrojo abrió los ojos como platos ¿“Vamos” había dicho su amor? “¡No pienses en eso!” se ordenó a si mismo al tiempo que cerraba el libro de matemáticas con demasiada fuerza. Se dio cuenta de que no podía hablar, así que optó por asentir y caminar en busca del baño. Sentía los pasos de Arnwe tras él, y no pudo evitar sonreír.

5:16 p.m.

Michael sentía los latidos de su corazón muy altos, cada vez más altos desde que esa mujer le había detenido a punta de pistola. ¿Cuánto tiempo hacía? Ni idea, pero cada pulso de su corazón sonaba ahora en el pecho, en los oídos, en las sienes. Dolía, por la Virgen, como dolía. Al mismo tiempo, podía sentir, pegado a su cadera, el sollozo contenido de Malcom, y, a unos metros, los repetitivos reclamos de la rubia armada y peligrosa. Deseó dejarse llevar por la oscuridad, pero su entrenamiento se impuso, otra vez. ¿Cuánto más podría controlar el pánico que le trepaba por las piernas? No lo sabía, no quería saberlo.

–La niña está herida… –repitió despacio, mirando de frente a la mujer con toda su voluntad en juego.
–I repeat: release the child and step back –le interrumpió ella.

El joven resopló, la madre estaba resultando tan fastidiosa como la hija, e igual de ignorante en el idioma de su nuevo país. ¿Cómo podían mudarse sin saber una palabra de oestron?

“Valla manera de conocer a la nueva vecina.”

De nuevo miró a su alrededor, buscando un medio para hacerse entender o escapar, pero nada se le ocurría. Sus pensamientos, ya bastante confusos, fueron interrumpidos por el ruido de pasos apresurados en dirección a ellos. En menos de un minuto diez guardias de la ciudadela los habían rodeado, sus armas largas apuntaban claramente a la rubia.

–¡Suelte el arma, señora Keith! Está rodeada.
Ella los contempló incrédula, sin abandonar su pose ofensiva.
–What the fuck…? This man was trying to kidnap my baby.
Hubo unos segundos de intercambio entre los guardias, hasta que otra voz se alzó. Hablaba un inglés correcto, aunque de acento duro.
–Mrs Keith, this man is a doctor, he was sent to give take care of your kid when she get injured in the playard. He is also a resident of this building. Please, kindly remove your gun and aloud Dc Michael take her to the ambulance.

Ella los estudió, dudosa, pero finalmente bajó el arma. De inmediato dos guardias se lanzaron a inmovilizarla contra la pared. Michael no tuvo tiempo de ver la pelea: con sus últimas fuerzas entregó la niña a los camilleros y se dejó caer de rodillas en el suelo. Apenas registró el llanto de alegría de Malcom al ser abrazado por su madre antes de ser engullido por la oscuridad.

5:20 p.m.

Las cortinas de metal subieron con la misma celeridad con que habían caído, y la recepción del edificio volvió a parecer tranquila, casi bucólica.

El equipo médico pasó primero, conduciendo una camilla que introdujeron en la ambulancia detenida en frente al inmueble. Luego salieron del elevador dos guardias: conducían a una mujer rubia, que maldecía con florida amplitud en inglés. Por último apareció una silla de ruedas, donde yacía desmadejado el cuerpo de Michael. Al ver esto, Boris e Igor se acercaron y detuvieron al guardia que pretendía llevar al joven hacia una patrulla.

–¿Está herido? –preguntó Boris con su mejor tono de dueño del mundo.
El soldado no pareció reconocerlo, pero intuyó que, si ellos eran residentes del edificio, podían ser ricos y, hasta nobles. Se obligó a ser amable.
–Fue amenazado por una madre alterada y perdió el conocimiento. Lo llevamos a la estación para tomarle declaraciones.
Igor se arrodilló ante la silla y palmeó suavemente la mejilla sudorosa de Michael. El joven levantó el rostro, pero sus ojos permanecieron desenfocados.
–¿Hubo armas de fuego? –insistió Boris, preocupado por el estado de su amigo.
El soldado lo miró inseguro, pero un capitán que se acercaba no lo dejó contestar.
–¿A qué viene la pregunta?
–Lo conozco desde hace tiempo, tiene temple para todo, excepto para las armas de fuego. Creo que tendrán que llevarlo al hospital antes de interrogarlo.

El capitán fue a decir algo más, por su expresión era algún equivalente educado de “Los civiles no deben meterse en los asuntos de la Guardia”, pero Michael decidió confirmar la advertencia de sus compañeros y vomitó de manera instintiva, sobre sus propias piernas.

El tono de Boris se volvió perentorio.
–Quiero una ambulancia para mi amigo, ¡ahora! –y reforzó la orden al agitar su identificación de banda negra ante el oficial, luego se volvió hacia Igor. –Llama a Glorfindel y dile que vamos en camino.

TBC…

SECRETOS DE FAMILIA 18

“El hombre o la mujer que consulten a los muertos o a otros espíritus, serán castigados con la muerte: los matarán a pedradas, y su sangre caerá sobre ellos.”
Levítico 20:27

Lunes, 7:15 am, Howgarts

Tomas parpadeó para ocultar su asombro, inseguro acerca de la razón para que el pequeño elfo lo detuviera a mitad del camino al comedor.

–El director Snape quiere verlo, señor Potter –dijo restregándose las manos, nunca antes había sido tan evidente el miedo que le causaba este joven a la servidumbre del castillo. –Quiere verlo con urgencia –y desapareció con un “plop”.

Tomas cambió de dirección en busca de la gárgola al tiempo que su cerebro barajaba miles de posibilidades. Al llegar al corredor de la dirección, vio que sus dos hermanos, John y Elihaj –un lindo gesto de parte del abuelo Severus– llegaban desde el otro lado del castillo. Su novio se adelantó, tenía los ojos algo desenfocados.

–¿Sabes qué ocurre?–Ni idea –repuso el moreno, pero le apretó la mano de modo afectuoso para tranquilizarle un poco.

La gárgola se movió entonces, dejando acceso a la escalera de la dirección. Ya en el despecho, los cinco adolescentes se encontraron a Severus Snape sentado tras su amplio escritorio de malaquita, con una taza de café humeante entre las manos y los ojos enrojecidos.

–¿Le pasó algo a papá? –preguntó Louis apenas hubo puesto pie en la oficina.
Severus los miró despacio, como si buscara tiempo para elegir las palabras con que debía enfrentarles. Las alarmas en la cabeza de Tomas duplicaron su volumen.
–No –dijo al fin, y ellos suspiraron aliviados. –No se atrevieron a atacar Grimauld Place –volvieron a tensarse. –Esta madrugada, alguien ejecutó a una cierva y tres cervatos blancos delante de la tumba de Remus.

Louis y Joshua lanzaron un “¿Qué?” simultáneo, John gruñó con fuerza, Elihaj dio dos pasos hacia atrás y chocó con la antigua percha del fénix del Dumbledore. Tomas se dobló sobre si mismo, a su alrededor estallaron varios objetos, pero no le importó, su mente era un remolino de ideas.

“Lo saben, por Merlín. Esos bastardos mortifagos lo saben. ¿Qué voy a hacer ahora? ¿Qué van a hacer mis padres? ¿Cómo voy a proteger a Elihaj de ellos y de mí? Malditos, malditos sean. Quiero volar hasta las sucias madrigueras de cada uno de ellos. Quiero sacar a cada estúpido sangre limpia de su cubil y torturarle por haber molestado a mi familia. ¿Cocerlos a cruciatus? ¿Despellejarlos lentamente? ¿Desmembrarlos? En todo caso prolongar su sufrimiento hasta el límite, nada será castigo suficiente por ser tan ineficaces, tan torpes. ¡¿Es que todo tengo que hacerlo YO?!”

–Tomas –la voz sonaba lejana. –Tomas –pero insistente. –¡Tomas! –y preocupada.

Abrió los ojos despacio, estaba en el suelo, hecho un ovillo, la frente y el pecho sudados. Elihaj estaba de rodillas a su lado, no había miedo en su rostro –eso le alegró–, solo preocupación. El sonrió con temor, inseguro de qué decir y se dio cuenta de que, en general, no sabía qué decirle a su novio cuando estaban en situaciones íntimas. Por suerte, el abuelo Severus la tendió una mano para ayudarlo a erguirse y le ahorró las explicaciones. Tomas se dejó conducir a una silla y los otros se acomodaron a su alrededor.

Entonces el chico recordó la línea de pensamiento que acompañara su estallido. Eso era totalmente nuevo. Desde el día de la pelea con su papá, Tomas sentía que algo –o alguien– estaba despierto en su cabeza, buscando maneras de darse a conocer, de ¿secuestrarlo? Pero nunca había tenido una pista acerca del origen de La Voz, como había llegado a llamar esos comentarios, la mayoría de las veces le agradaban. Ahora estaba asustado, pero, digno heredero de los Malfoy, se quedó quieto, con el rostro impasible.

–Lo peor ya ha pasado –les aseguró Severus, pero el gruñido de John demostró que no era totalmente creído. –No hubo daños en el lugar, ni personas heridas. Esto es solo para darle titulares a El profeta.
–Y a Pluma de Águila –apostilló Joshua.
–¡Es una declaración de guerra! –exclamó el gemelo Griffindor, que miro a su alrededor como sino pudiera creer que los demás no se dieran cuenta.
–Es una provocación –le cortó su abuelo, con una mirada que recordaba sus tiempos de mortifago. –Quieren hacer quedar a tu padre como un tonto y generar tensiones con el Consejo Licano.
–Pero ¿se sabe si fueron mortifagos? –quiso precisar Joshua.
–La marca no estaba. Si fueron ellos, no tienen suficiente confianza en sus fuerzas o desean jugar con la incertidumbre del público.
–Hay algo que no entiendo –dijo con timidez Elihaj. –¿Por qué solo una cierva, no debería ser un ataque a toda la familia?
Tomas sintió que se le apretaba al pecho. “Ay amor, tu no sabes…” No quería mentirle, pero tampoco decirle la verdad, no ahora, no delante de sus hermanos y de John.
–Papá no cuenta –explicó cortante.
–¿Cómo? –Eli lucía desorientado.
–Que papá Draco no cuenta –siguió mintiendoTomas, y no tenía que fingir la rabia porque la verdad era peor, mucho peor. –Es un traidor a la sangre, la puta de Potter ¿o no sabes que le llaman así? Para esos asesinos él no vale ni un sacrificio, ni una amenaza de muerte.

Todos se quedaron callados, los más jóvenes procesando las palabras, Severus estudiando a su nieto con renovado interés. Si, el chico había improvisado bien, sin dudas, y salido del paso con una explicación satisfactoria que no revelaba nada indebido, pero había algo en su postura… El ex–espía se sobó el antebrazo por sobre la manga de manera instintiva y decidió que era el momento para despedirlos.

–Es hora de que se incorporen al desayuno, chicos. Los cité para que la noticia no les tome desprevenidos y eviten cualquier reacción violenta en público –dedicó una mirada especial a John y Tomas. –¿He sido claro?
–Si señor –se apresuraron a corear los gemelos.
–Bien.

Los cinco dejaron el despacho en silencio, con humor sombrío. Tomas, en especial, sentía que Eli y él debería tener una charla aclaratoria.

–Eh, ustedes, buscapleitos –dijo a los tres menores–, creo que es mejor que nosotros vayamos directo a Herbología. Nos vemos en el almuerzo, ¿si?
A pesar del tono ligero, los otros comprendieron que estaban sobrando, y no discutieron la sutil orden de desaparecer. Tomas arrastró a su novio a un aula vacía –¿cuántos alumnos era capaz de albergar esa escuela?– y, tras sellar la puerta con varios conjuros de confidencialidad –uno de ellos no muy ortodoxo–, se sentó encima de una de las mesas, tratando de organizar sus ideas. Pero no tuvo tiempo, las palabras de su novio le sorprendieron.

–No me gustó oírte decir que tu papá es una puta –le regañó.
–De acuerdo –aceptó él. No que le gustara la frase, simplemente estaba citando a otros.
–Y quiero que me expliques por qué fui citado al despacho del director.
Tomas alzó una ceja en el más puro estilo Malfoy y cruzó una pierna sobre otra antes de responder.
–Eres mi novio, los ataques a la familia también te afectan.Elihaj sacudió los hombros ante la simple explicación, la idea le molestaba de forma evidente.
–Me llamó a mi y no a tus primos, es –agitó una mano, inseguro de cómo formular su inquietud. –No me parece justo –casi suspiró al cabo.
–Eli –repuso Tomas con calma–, si el abuelo te llama a ti antes que a los hijos de un ex–mortifago, una metamórfica alcohólica, un hombre que lleva ocho años en el pabellón de endemoniados de San Mungo y un casa fortunas que casi nos mata a mi papá y a mi, no debes sentirte incómodo, sino feliz.
–¿Cómo puedes hablar así de ellos? –le reclamó el castaño con el rostro rojo de rabia. –¡Son tu familia!

Tomas se mordió la lengua, siempre se le olvidaba que Eli le envidiaba su gran y maravillosa familia mágica, en especial la parte de lobos, metamorfos y demonios, cuánta ingenuidad. “Por supuesto, sus padres lo tratan como a un enfermo, ¿qué esperabas, alguna actitud crítica acerca del acoso de Zoe?” Decidió que sería mejor aprovechar el filón sugerido por el castaño y llegar al asunto que le interesaba.

–Si tanto te molestó esta sesión familiar, podemos dejarlo ahí.
Elihaj se le acercó de un salto, sus ojos azules estaban repentinamente húmedos.
–No estoy seguro de entender.
El moreno se revolvió incómodo sobre el polvoriento pupitre. No tenía valor para mirarle de frente. “El valor es cosa de los Griffindor” se justificó a si mismo, y siguió hablando con los ojos fijos en la punta de su zapato protésico.
–Digo que entrar a la familia Potter–Malfoy puede ser complicado, hasta peligroso. Puedes salirte, yo entiendo que no soy el mejor partido ahora, de verdad.
Elihaj se puso pálido, luego rojo, y pálido de nuevo.
–¿Tienes miedo de no poder defender a tu puta, Potter? –siseó.
Sin pensarlo, Tomas lo atrajo por los hombros y le sacudió.
–¡Tú no eres una puta!
–¡Entonces no esperes que actúe como una! –le gritó a su vez el Griffindor en lo que se deshacía del agarre.
Elihaj se alejó unos pasos y quedó de espaldas a él, su respiración irregular indicaba que trataba de ganar control sobre sus emociones. Al volver a hablar lo hizo desde allí, sin voltear.
–Seré hijo de muggles, pero entiendo lo suficiente de tradiciones mágicas como para comprender lo que intentas.

“No tienes ni idea de lo que se te viene encima” gimió mentalmente Tomas. “Aléjate cuando estás a tiempo, por favor, ponte a salvo. No podré ir hasta el final si tu…”

Elihaj giró al fin. Sus ojos azules estaban brillantes de lágrimas contenidas y el moreno comprendió que había elegido las palabras equivocadas para apartarlo, para ponerlo a salvo de si mismo en la batalla que se acercaba. ¿Tal vez, en verdad, ellos estaban destinados el uno para el otro? Cuando el castaño volvió a hablar, ya no había rastro de dolor en su voz, tan solo una convicción profunda, acerada.

–Me pediste un año de cortejo, Tomas Potter–Malfoy. Soy un Griffindor, ¿recuerdas? No faltaré a mi palabra porque una docena de viejos racistas degollen una cabra en algún ritual oscuro. Soy una puta –y no había rastro de dolor en su voz por el hecho–, pero soy tu puta, al menos hasta el verano.

Tomas deseó golpearlo, gritarle que no lo amaba, alejarlo a través del dolor y no descansar hasta asegurarse de que nadie, absolutamente nadie, pensara en causar daño a ese bello hombre frente a él para alcanzarlo, pero era inútil. Lo supo. Era tan imposible alejar a Elihaj, como imposible dejar de pensar en él.

“¿Será que de verdad me ama?”
La Voz resopló ante la idea.
“Nadie más que tus padres te ama, idiota. Tal vez le gustes, tal vez le caigas simpático y hasta le agrade que no le hayas quitado la ropa en la primera cita…”
“Ni en la primera, ni en la segunda” aclaró Tomas.
“¡No me interrumpas! El caso es que no te ama, y todo el amor que le des no va a cambiar eso. Es solo un Griffindor, permanecerá junto a ti porque es fiel. ¿Qué tiene que ver el amor con esto?”
“Todo.”
La Voz no supo qué responder, por lo que Tomas decidió que ya estaba bien de charla mental y debía encarar a su malhumorado novio.

–De acuerdo –le dijo en tono conciliador a Eli. –No lo tomes a mal, ¿vale? Solo quería recordarte que puedes romper el contrato cuando quieras.
Algo brilló en los ojos azules del otro, ¿sorpresa, inquietud?
–¿Estás convencido de que fueron mortifagos?
–Yo lo se, Eli. Lo se porque esta no es la primera señal –el moreno suspiró, inseguro de cuánto podía decirle a su novio. –Eso fue un ritual mortifago, o sea, una declaración de guerra, pero, antes que todo, es una amenaza de muerte.
–¿A ti y tus hermanos? –ahora Elihaj sonaba preocupado.
–No, para mi papá Draco.

Bristol, 10:40 am

Blaise se enjabonó las manos con cuidado y, con un cepillo de cerdas muy finas, procedió a restregar sus uñas una por una. ¿Estaban ya limpias? No estaba seguro, ¿tal vez, aunque no lo viera, alguna partícula de sangre seguía oculta? Tras enjuagarse, el moreno movió la varita y efectuó un hechizo detector por quinta ocasión: negativo, pero los hechizos podían fallar, ¿cierto? Tras pensarlo un poco, Blaise decidió que un nuevo baño estaba era conveniente. Si, tal vez con un baño completo se sintiera por fin menos…

–¿Blaise? –la voz de su esposo cortó el hilo de sus pensamientos.

Los pasos de Charlie se acercaban desde la recámara y pronto la esbelta figura era reconocible a través de los paneles de la ducha.

–¿Qué haces, amor?
–Me baño –repuso algo turbado el moreno.
La ducha fue abierta de inmediato, Charlie sostenía una toalla, su expresión era dura.

Sin decir palabra, el moreno se dejó envolver y conducir a la habitación, donde fue sentado en la cama y, en un tenso silencio, su pareja se dedicó a secarle el cabello y los pies. Estaba molesto, Blaise lo supo por la forma en que apretaba los labios, por su respiración ruidosa.

Cuando el pelirrojo consideró a su esposo lo suficientemente seco, convocó un par de tazas de chocolate tibio y se sentó a su lado.

–Creo que debes dejarlo –dijo al fin.
–Pero…
–¡No me interrumpas! –gruñó el otro. –Creo que deberías dejarlo –repitió algo más calmado Charlie-, porque estás demasiado alterado para haber participado en un simple sacrificio.
Blaise suspiró, derrotado. Su esposo no le había preguntado de lo ocurrido la noche anterior, nunca lo hacía, así que su fuente de información debía haber sido El Profeta.
–No es tan grave, de verdad puedo manejarlo.
Charlie le contempló con incredulidad.
–¿Sabes qué hora es?
El moreno hizo un gesto de negación con la cabeza, sin entender a qué venía la pregunta.
–Casi las once. Te dije que regresaba para las diez treinta, ¿recuerdas?

Blaise abrió la boca para decir algo, pero cambió de idea. ¿Las once? ¿¡Había estado en el baño por tres horas y media!? Hubo un “plop” frente a la cama, ante Blaise estaba su elfina personal con una bandeja de desayuno.

–Amo, usted ordenó que le trajeran el desayuno cuando saliera del baño. Aquí está el desayuno.
El moreno contempló con ojos ajenos a la criatura, pero Charlie se hizo cargo de la situación.
–Gracias Mika, es todo por ahora.
Un segundo “plop” señaló la partida de la elfina, el pelirrojo puso la bandeja en el regazo de su descolocado esposo con una mirada triste.
–Come –ordenó con voz suave, y el otro obedeció.
Cuando la bandeja estuvo vacía, Blaise se deshizo de la toalla y reptó, desnudo, debajo de las cobijas.
–Charlie –le llamó al ver que el pelirrojo se dirigía a la puerta de la habitación–, no me dejes solo.

Su esposo le hizo un gesto tranquilizador, fue al baño y, al poco tiempo, Blaise sintió el colchón hundirse a sus espaldas y unos brazos firmes acariciando su deforme cadera. Permanecieron en silencio por varios minutos.

–¿Me vas a contar?
Blaise suspiró con fuerza y empezó a contar la macabra aventura de la noche anterior.
–Ella dio uno de esos estúpidos discursos, y luego algunos “elegidos” fuimos a Bedale. Nada más ver la tumba de Remus quise irme, te lo juro. Yo nunca había estado de madrugada es… impresionante. Ella degolló a la cierva. No se a quién vio, pero parecía satisfecha. Le tendió el cuchillo a Gibons. La visión de él… pareció impresionarle para mal, porque no sonreía. Entonces…
Blaise tragó en seco, sobrepasado por el recuerdo. Charlie reanudó sus caricias en el flanco de su esposo. Podía adivinar lo que seguía, pero el moreno debía ser capaz de contarlo, por su salud mental.
–Me dio el cuchillo –continuó Blaise al cabo de un par de minutos. –Era de obsidiana muy pulida, estaba tibio de la sangre derramada y la magia alrededor nuestro. Miré al animal, eran los ojos de Joshua, ¡lo juro! Eran los ojos de mi ahijado en el cervato y yo…
Otra pausa, Charlie beso el cabello ya entrecano, el cuello todavía firme. El cuerpo junto a él se sacudía levemente por los sollozos contenidos.
–Creo –comenzó de nuevo Blaise–, creo que no sufrió. Le clavé la hoja en el corazón y él parpadeó como ¿sorprendido? Calló de rodillas, despacio, con la elegancia de un Malfoy. La sangre se veía negra entre la yerba, y yo sumergí las manos casi con prisa.
“Revelare”, dije: la figura apareció ante mi pequeña, pero nítida, la oí decir “Te perdono” y ya no estaba. No se… No tengo idea de quién mató al tercer cervato, ni de cómo seguí con ellos hasta el final, sin que me descubrieran. De repente estaba aquí, casi amanecía, te besaba la frente, deseaba un baño, un buen baño.
Blaise ya no lloraba, pero Charlie siguió moviendo sus manos a lo largo de la espalda y el pecho, ayudando a relajar los músculos tensos, dándole seguridad y consuelo.
–¿Crees que…? –otra pausa, el moreno parecía estar acumulando fuerzas para la pregunta. –¿Crees que en verdad fuera ella?

El pelirrojo no supo qué contestar. Poco sabía él de sacrificios y rituales invocatorios, pero dudaba que los mortifagos organizaran una ceremonia falsa en semejante lugar. De cualquier modo, razonó, debía usar las palabras con cuidado, ya que ese era un tema muy sensible para su pareja.

–Tal vez fuera ella, si. Y eso significaría que es hora de que te perdones a ti mismo, amor.Blaise giró a una velocidad que le hizo crujir la cadera de modo desagradable, pero decidió ignorarlo.
–¿Y tú, me has perdonado?

Charlie le besó los párpados, la nariz, los labios. ¿Cuándo entendería Blaise que ella nunca había significado nada, que era solo un poco de sexo sin compromiso? Su muerte la había dolido, si, pero porque era una compañera de la Orden, nada más.

–Te juro por nuestros hijos que nunca hubo nada que perdonar.
Blaise le contempló extrañado.
–Solo tenemos un hijo.
–No –el pelirrojo sonrió feliz, y guió una mano hacia su bajo vientre. –Hace cinco semanas que el hermanito o hermanita de Fabián crece aquí.

Blaise volvió moverse con mucha mayor velocidad de la recomendada por su medimago, para besar con reverencia el sitio donde la nueva vida latía. Lloraba de nuevo, pero de felicidad. Ahora si estaba seguro de que ella lo había perdonado pues hacía exactamente cinco semanas del veinte aniversario del único asesinato de sus años de mortifago que aún le dolía: Gabrielle Delacour.

TBC…