¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

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07 octubre, 2007

EL SEGUNDO REGRESO DEL REY 35

El despertar

Abrió los ojos lentamente, pestañeó varias veces, tratando de enfocar los objetos a su alrededor y el torbellino de recuerdos que golpeaban.

–Haz despertado. –¿Adar?

Legolas se irguió enseguida, asombrado y alegre. Thranduil estaba sentado a su lado, con una brizna de hierba entre los labios, el cabello reunido en una trenza floja y una amplia sonrisa. Lo abrazó con fuerza.

–¡Adar!–Mi Hojita.
El olor en el cuello de su padre era esa lejana esencia a noche y agua que creía perdida para siempre.
–Creí que estabas enfadado conmigo.
–¿Serás tonto? ¿Cómo puedo yo enfadarme contigo? Legolas deshizo el enlace y miró a su padre de frente.
–Es que después de lo de Estel y Auril…

Se calló de pronto. ¿Dónde estaba su hijo? Por primera vez, Legolas miró alrededor. La hierba apenas guardaba huella del lugar donde yaciera. ¿Era la misma planicie? No, ese río no estaba ahí antes ¿o si? Las palabras resonaron en su mente “¿Qué crees de ese río? Es bella su corriente.” Y la respuesta exigente de Estel “No te acerques al río, ¿oyes? Es peligroso Legolas. ¿Me escuchas?”

–Legolas –le llamó Thranduil.
No le hizo caso, en vez de regresar la atención a su padre, Legolas se puso en pie urgido por un recuerdo vago.
–¿Qué hay allá?
Señaló la otra orilla envuelta en niebla.
–¿Eso? –el Rey se encogió de hombros. –Eso es un sueño hinya. Tú perteneces aquí.
Algo en su tono despreocupado alertó a Legolas. Dio un par de pasos y notó, asombrado, que a medida que se acercaba a la orilla la niebla dejaba de ser una pantalla impenetrable.
–Hay un árbol ahí… un roble.

Las voces resonaron de nuevo en su cabeza “Legolas, quédate junto al roble, ¿entiendes?” ¿era esa la voz de Elrohir? “Iré a buscarte allí, no te alejes del roble. Eres el guardián del secreto. ¿Recuerdas el secreto del roble?”

–¡Legolas!
La exclamación lo hizo voltear. Su padre le miraba sonriente.
–Vamos hinya, nos esperan –y señaló a unas edificaciones en el horizonte.
Su adar le tomó una de las manos y tiró de él. La boca no había perdido la sonrisa, pero sus ojos…
–No –repuso Legolas y se soltó del agarre.
Aquello pareció desconcertar al elfo mayor.
–¿Por qué?

Si. ¿Por qué? No estaba seguro, en todo caso no estaba seguro de tener palabras para ello, pero algo tiraba de él hacia la orilla. ¿Cuándo había cruzado? ¿Dónde estaba Auril?

–Porque no se dónde está Auril –argumento con fuerza repentina.
Pero Thranduil solo asintió.
–Nos espera allí –volvió a señalar los vagos edificios en la lejanía.
–¿Allí? –repitió inseguro el joven. –¿Por qué no me esperó?
–Prepara fresas con crema para ti. Se supone que es una sorpresa, pero…

Arrugó la frente, tenía que recordar. “Si te quedas junto al roble, te daré fresas y un gran bote de crema de leche de cabra montañesa.” Volvió a girarse hacia la orilla. “Por favor, Legolas, te necesito. No te duermas.” Estel, era Estel quien decía esas palabras y podía reconocer el dolor en ellas… Dudoso, Legolas dio unos pasos hacia el agua, pero se detuvo al sentir una mano de Thranduil en su hombro.

–Déjalo ya Legolas.

Pero él no respondió. De nuevo la niebla volvía a aclararse y el roble era visible. Estel estaba allí, repentinamente nítido, su voz también llegaba. Era una voz ronca y baja, como de quien ha llorado mucho y dormido poco.

–Legolas despierta, por favor. Sabes que sin ti…
¿Despertar? ¿Estaba dormido?
–Dijiste que era un sueño Ada –comentó con dientes apretados de furia.
–Es un sueño –insistió el otro a sus espaldas.
Pero Legolas está concentrado en la plegaria que Aragorn eleva ante el roble. “¿Recuerdas el secreto del roble?”
–El es mi esposo –dijo lentamente.
Las cosas empezaban a tener sentido en su interior. Cuando giró para enfrentarse a Thranduil, sus ojos habían recuperado el brillo bélico que amaba Aragorn, su esposo.

–¿Crees que seré más obediente muerto?
La sonrisa se borró del rostro de su Ada y el gesto ilegible que tan bien conocía tomó su lugar.
–El te ha puesto en esta situación. ¿Por qué conservas la esperanza de que regresar hará las cosas mejores?
–¡No! Tú nos pusiste en esta situación. Te lo dije: ya no tengo corazón que dar, pero nunca me escuchaste, Ada. Nunca.
–¡Basta! No discutiré esto contigo. Nos vamos.
Se adelantó para atrapar el brazo de Legolas, pero el joven retrocedió un paso y miró a su alrededor, tratando de ubicarse.
–Estamos en los Jardines de Orome, lo sé. Llevo tiempo aquí. Quieres llevarme a las Estancias de Mandos, donde Estel no puede entrar.
Thranduil sonrió de nuevo, pero era una sonrisa cruel.
–Tal vez –admitió. –Pero no puedes estar aquí para siempre. Dime Hojita, ¿qué debes hacer ahora?

Se frotó las sienes, como si pudiera forzar al recuerdo a salir del rincón de su mente donde algo, o alguien, lo mantenía encerrado. ¡Tenía que recordar! Las palabras volvieron a su mente como un rayo en cielo despejado. “No te acerques al río” ¡Si! En ese momento él estaba junto al roble, al otro lado del río. Y ahora… Sin darle más vueltas al asunto, Legolas se dirigió a la orilla.

–¡Detente!

La clara desesperación en el grito de su padre era la confirmación que deseaba. La corriente parecía débil, pero el agua estaba turbia en la orilla. Se sentó y comenzó a sacarse las botas. Oyó la trabajosa respiración de su Ada tras él, signo inequívoco de su furia contenida, pero comprobó que ahora la niebla era muy leve. Eso le dio esperanzas.

–No puedo rendirme –murmuró.
–Eres un insensato –la voz a sus espaldas era ronca y él sabía la razón: Thranduil no podía forzarlo y la impotencia le estaba comiendo las entrañas.
–No le dejaré –explicó en lo que se sacaba la blusa por sobre la cabeza.
–Legolas, hijito… No le debes nada a ese mortal.
Legolas se levantó, volvió a mirar a su padre antes de saltar. Deseaba recordar bien el rostro de ese elfo que casi lo había matado por un capricho.
–Le di mi palabra –explicó con calma.
Thranduil sacudió la cabeza con exasperación.
–La muerte le destruirá.
–Entonces deja que la muerte nos destruya –pidió el joven elfo antes de entrar al agua. –Me rompiste el corazón Ada, pero él tiene lo que queda.

Legolas avanzó hasta que el agua le llegó a la cintura y se sumergió en la corriente. Nadó con fuerza durante un tiempo que se le antojó una eternidad, y tal vez lo fuera. “Estoy regresando a la Tierra Media desde las Tierras Imperecederas” razonó cuando llegó a la mitad del río “es lógico que sea un largo chapuzón.” No se detuvo nunca, sabía que regresar era detenerse. “No te preocupes.” repitió la voz de Aragorn en su interior “En poco tiempo volveremos a casa y esto será un recuerdo.”

Llegó a la orilla jadeante, pero no se detuvo. Incapaz de erguirse, gateó hasta las raíces del roble. Aragorn, los gemelos, Haldir, Arwen, Faramir, Frodo, Sam, hasta el seco y recto Erestor lo esperaban allí. “Un paso más, solo un metro y podrás dormir entre sus brazos” se prometió a sí mismo. Con los ojos nublados y la respiración entrecortada por el esfuerzo, Legolas Thrandulion Telcontar se dejó caer junto al tronco del roble y extendió el brazo para alcanzar a su esposo.

Al sentir que le apretaba la mano, Aragorn le miró, sorprendido. Legolas se las arregló para sonreír, pero la voz le salió ronca de la garganta, y la frase fue corta entre dolores y estertores.
Estelio han, estelio veleth. (Ten esperanza en esto, esperanza en el amor).

Aragorn estaba pasmado. ¿Había sido un sueño? ¿Sus aletargados sentidos le jugaban una mala pasada? Quiso levantar las manos para tallarse las sienes, pero comprobó, asombrado, que Legolas no soltaba su mano izquierda.

–¿Meleth? El elfo rubio no respondió, pero la presión de sus dedos era real, ¡muy real!
–¡Ayuda! –gritó el hombre tembloroso. –Un sanador, por favor, un sanador ¡ahora!
Enseguida se precipitó por la puerta un aprendiz de los que hacían guardia permanente ante la puerta de la habitación.
–¿Qué ocurre? Aragorn era incapaz de hablar, solo levantó su mano prisionera.
–¡Dulce Elbereth! –el jovencito giró para ver a otro sanador que había acudido al llamado. –Voy a avisar a Lord Círdan.
El otro sanador le dejó pasar y se dirigió con pasos rápidos a la cama.
–Con su permiso, Majestad, auscultaré al príncipe.

El dunedain asintió y le dejó hacer, intentó mantenerse calmado y comenzó a acariciar el dorso de la mano de su esposo. Era un gesto que le relajaba y alegraba a la vez, ya que podía percibir como la presión sobre su extremidad fluctuaba. Se concentró tanto en disfrutar los leves mimos, que la voz de Círdan a su lado le tomó por sorpresa.

–¿Aragorn?
El aludido soltó un respingo, pero fijó sus ojos en el elfo moreno.
–¿Puedes decirme qué ocurrió?
–Estaba hablando con él, como de costumbre –Círdan asintió, había recomendado personalmente que el príncipe sinda fuera estimulado con charlas y caricias ligeras, para que supiera que era esperado. –Dejé de mirarlo por un instante y escuché un silbido. Cuando levanté la mirada, tenía los ojos clavados en mí y me hablaba. Era difícil de entender, con la voz ronca y baja, pero me apretó la mano e insistió. Después volvió a cerrar los ojos. Creí que había sido un sueño, pero –señaló la mano de Legolas firmemente asida a la suya– ya ve que no.
Círdan asintió de nuevo y se acarició la barbilla con el pulgar derecho. No quería ilusionarse con este episodio. Podía ser una señal de recuperación, o una despedida.
–¿Qué notaste en tu examen Gildor? –preguntó al sanador que examinara a Legolas. Confiaba en este joven y no deseaba mover al enfermo más de lo estrictamente necesario.
–Su respiración cambio, mi señor: ya no es leve y de largos períodos, sino profunda, incluso produce ronquidos ocasionales. La herida está totalmente cicatrizada y responde de manera regular a los toques con movimientos reflejos. Creo que regresó de la no–muerte y ahora solo duerme.
–Si, es posible.
Aragorn frunció el seño ante la duda que expresaban las palabras del sanador mayor, pero se reprendió al instante. Era el deber de Círdan ser extremadamente cauto.
–De cualquier modo –continuó el elfo de cabellos negros–, si en verdad duerme, el hambre no tardará en despertarlo –sonrió suavemente, llevado por el recuerdo de muchos siglos atrás. –Legolas siempre fue un goloso, y ahora necesita recuperar fuerzas.
–¿Cuánto tiempo estima? –Suficiente para que vallas a tus habitaciones y te cambies, Aragorn –respondió con actitud paternal. –No le servirás de nada si tus manos tiemblan y te desmayas en medio de una charla.

Las mejillas del hombre enrojecieron un poco ante el comentario. ¡Otro elfo que le hacía sentir niño! Pero asintió y comenzó a separar los dedos de su esposo con cuidado.

Cuatro horas después, Legolas abrió los ojos lentamente. Hasta sus oídos llegaba la charla baja y alegre voces familiares. Con dificultad, giró la cabeza en dirección al sonido y logró percibir tres siluetas de pie. Pestañeó intentando enfocar. Su movimiento debió ser captado por uno de ellos, porque se callaron de repente.

–¿Legolas? –reconocería esa voz en cualquier sitio.–Ar… Ar… –Ssss… –el hombre estaba sentado ahora en el borde de su cama y sus rasgos eran casi nítidos. –No te agotes amor. Círdan dice que tienes que comer y beber antes de hablar.

¿Círdan? ¡Vaya! En verdad estaban junto al mar. El agradable olor de caldo le obligó a salir de sus pensamientos y mover los ojos en dirección a la escudilla que su esposo ubicaba ya en una mesita junto a la cama.

–Ahora te vamos a sentar y tomaras un poco de esta sopa suave.
Quiso reírse por el tono controlador de Aragorn, pero sentir unas manos sobre sus hombros le quitó las ganas. Soltó un gruñido que intentaba ser intimidante.
–Calma Legolas, soy Elladan. Nadie te hará daño.

¿Elladan? Si, claro, el gemelo. ¿Por qué le molestaba que le tocaran? Sus recuerdos eran confusos. Una vez semierguido entre las almohadas, solo pudo enfocarse en la cuchara que presionaba sus labios. La papilla no necesitaba ser masticada, pero solo el acto de abrir la boca y tragar le dejó exhausto en pocos minutos. Bostezó.

–¿Quieres dormir ya? –la voz de Aragorn era juguetona. –Bebe primero esto.
No era agua, sino algo un poco más dulce y ácido a la vez. El peso en su estómago era una piedra que le obligaba a reposar.
–¿Estel? –susurró luchando por mantener sus ojos enfocados.
–Estoy aquí amor, nunca te dejaré. Duerme.

El príncipe volvió a la vida lentamente. Con breves períodos de conciencia para alimentarse y mucho sueño, pero poco a poco lograron que sus horarios se estabilizaran. Los lapsos de conciencia se alargaron rápidamente, de modo que pudo conversar con los gemelos, agradecer a Círdan y se presentado formalmente a Geniev. Nunca preguntó por su hijo: Aragorn y él arreglaron ese asunto en privado.

En la tarde del tercer día tras el despertar, Aragorn regresó a la habitación tras atender sus necesidades y encontró a su esposo despierto. Eso le extrañó, había dejado el elfo dormido menos de una hora antes. Legolas no dio señales de haberlo notado, las mantas que le cubrían estaban desechadas, su túnica de dormir levantada para dejar expuesto el vientre, y se masajeaba despacio la parte baja. El hombre dio un paso hacia la cama y el rubio levantó la cabeza como un rayo. Tenía los ojos húmedos.

–Auril –dijo bajito.

Aragorn se acercó al lecho despacio y se detuvo a los pies. Era conciente de que a Legolas le era difícil tolerar el contacto físico –nada de extrañar tras su temporada con Ferebrim.

–Auril no pudo quedarse con nosotros –explicó con una calma que estaba lejos de sentir.

Legolas inclinó la cabeza de nuevo y tocó la cicatriz con la punta del dedo. Luego extendió un brazo hacia su esposo y tiró de él. Aragorn se sentó en el borde de la cama y lo envolvió entre sus brazos. Lloraron en silencio.

Menos de una semana después, Legolas se levantó para caminar hasta una bañadera al otro lado de su habitación. Sentía las piernas débiles y un poco de mareo, pero se apoyó con fuerza en el brazo de Aragorn y avanzó. ¡Deseaba tanto sacarse el olor a ese teleri!

A los diez días ya caminaba solo dentro de la habitación y era capaz de peinarse. Comía normalmente y su vista se había recuperado. Era capaz de bromear y deseaba practicar con el arco.

–¡De acuerdo! –concedió Círdan esa tarde. –Mañana podrás salir de la Casa de Curación, pero debes tomarlo todo con calma, nada de practicar con la espada ¿está claro?
Legolas asintió sonriente. Estaba sentado junto a la ventana, el tibio sol del invierno bañaba su rostro.
–Y bien amigo –preguntó Elrohir acercándose al príncipe con una copa de té. –¿A dónde quieres ir primero? Mithlond tiene muchos lugares que no visitaste cuando eras un elfito –señaló con expresión pícara–, estoy seguro.
–¡Oye Ro! –reclamó Aragorn.
–No trates de corromper a mi esposo.
–No te preocupes amor, se exactamente a dónde quiero ir mañana, cuando el sol este alto y yo me halla librado de esta túnica de enfermo –intervino Legolas con voz suave.
–¿Si? –inquirió el hombre asombrado.
–¡Claro! A la plaza de ejecuciones. Un silencio pesado se instaló en la estancia. Todos comprendían lo que estaba pidiendo.
–Legolas –trató de razonar Círdan–, no creo que ese tipo de emociones te sean beneficiosas…
–¡No seas ridículo! –interrumpió el príncipe sinda. –Le hice una promesa a tu sobrino la primera vez que… –se detuvo turbado y sacudió la cabeza, las palabras fueron casi un ronquido. –la primera vez que me violó. Va a morir y muy lentamente.
–Pero es un ciudadano de Mithlond, merece juicio –argumentó Círdan.
El rubio se levantó como un resorte, como los ojos brillantes de odio.
–¡Lo único que merece es que lo empalen! –se detuvo unos momentos en silencio, como si meditara. –Sin embargo, soy un elfo razonable, tío –y todos comprendieron que la concesión que estaba por hacer era una muestra de respeto al sanador que compartía su sangre. –Hagamos un juicio de armas, recuerdo que eres muy aficionado a eso. ¿Qué dices?
Círdan le mantuvo la mirada al joven elfo, pero tuvo que apartarla. Parecía profundamente incómodo.
–De acuerdo. Ahora si me disculpan, debo ir a prepararlo todo. ¿Deseas que sea con armaduras o con piel?Legolas hasta se mostró asombrado de la pregunta.
–A piel descubierta, por supuesto –contestó el rubio, y sonrió con crueldad. –Quiero que sangre antes del final.

TBC...

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