¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

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07 octubre, 2007

EL SEGUNDO REGRESO DEL REY 37

Para volver a vivir

Sea desde la raíz el amor despertado
y haga el capullo abrir
“Crecimiento del amor”, John Donne

Mithlond, Plaza de Ejecuciones

La explanada, Legolas lo recordaba bien, se usaba lo mismo para duelos que para funciones de títeres. Hoy habían montado un estrado en el extremo sur, con asientos para los jueces y las partes interesadas, y un perímetro de unos cincuenta metros cuadrados se prolongaba en forma oval frente al juez, definido por mamparas de color rojo sangre, con un solo acceso fuertemente custodiado. Alrededor del perímetro, y pesar de que el sol apenas asomaba tras las Colinas de la Torre, se había congregado una gran multitud, pero si deseaban a muerte de Ferebrim o la de su esposo, era algo que el príncipe no podía deducir de sus rostros inexpresivos.

“No importa lo que ellos crean” pensó mientras se arrebujaba en su manta añil y oro. “Aragorn dará su merecido a ese teleri y, aún cuando Círdan no quede satisfecho, mucho se cuidará de ofender de nuevo a los nietos de Galadriel.”

–Legolas –levantó los ojos hacia Elrohir. –¿Quieres otra manta?

–No –repuso suavemente, y aflojó el agarre sobre el cierre de la capa. –Son los nervios.

El noldor sonrió con seguridad y le palmeó el hombro.

–No te preocupes. Durará poco.

El rubio asintió, pero nada más dijo. Se mantuvo en silencio mientras la multitud se congregaba, con los ojos lejanos, opacos, tristes. Legolas estaba tan ensimismado en su melancolía, que no se dio cuenta de que Elladan le miraba con preocupación evidente.

–¿Sigue en su mundo?

La pregunta había sido apenas un susurro, pero reconoció la voz, y el calor del cuerpo a su espalda.

–No está aquí –afirmó con dolor. –Solo trata de cumplir su papel.

Tras él, Elladan suspiró con fuerza. Había sido el primero en percibir la creciente melancolía de Legolas. El príncipe era gentil, razonable, hasta cariñoso con su esposo –hasta donde su estado físico lo permitía–, pero Elladan llevaba demasiado tiempo mintiendo como para no reconocer las señales. Legolas no estaba con ellos la mitad del tiempo –así de simple–, sino recordando una y otra vez los días del rapto. Por horrible que sonara, el gemelo podía comprender el mecanismo mental del rubio: tras perder a Auril, deseaba recrear cada momento de su breve vida, por lo que recordaría con cuidado su estancia en la llanura de Orome aunque eso trajera de vuelta el dolor y la humillación.

Elladan y Elrohir habían tratado de darle pequeñas alegrías –la nueva imagen de Geniev, la noche anterior, casi había logrado que su sonrisa fuera verdadera. Pero ninguna idea le conmovía de modo permanente: apenas la novedad pasaba, Legolas regresaba a su propia miseria y se abstraía del mundo. Por supuesto, recordar unas cinco o seis veces al día como te arrancaban de los brazos a tu hijo para ser violado no contribuía a la recuperación de su autoestima.

Habían tratado de apoyarse en Estel, pero su hijo estaba tan abrumado por la culpa que apenas podía pensar en lo cotidiano. El embotado cerebro del hombre –y debían admitir que había sido un año duro, incluso para sus normas– no daba para más que un proyecto: matar a Ferebrim y regresar a casa. Explicarle a Estel el peligro que se cernía sobre su esposo a mediano plazo, el peligro de que ese estado de melancolía lo llevara a la tristeza irremediable, no sería útil, incluso podría precipitar su propia crisis emocional. De modo que los gemelos no tenían más que esperar, y confiar en que el holocausto de sangre que Legolas exigía, a cambio de su honor y su hijo, fuera suficiente para los fantasmas que le asediaban.

Con todas esas ideas en la cabeza, el Señor de Imladris se apartó de su pareja para dirigirse a uno de los asientos dedicados a los demandantes, a la derecha del juez. Podía sentir sobre su cuerpo las miradas acusadoras de muchos dignatarios de la corte, que, aunque no aprobaban las acciones de Ferebrim, tampoco veían con buenos ojos sus sentimientos por Elrohir y Estel.

“Malditos hipócritas. Condenan el incesto, pero permiten que un elfito como Mardil sea sistemáticamente abusado por sus patrones. Al menos Ro y yo nos respetamos, nos damos voluntariamente. ¿Acaso enseñé yo a mi hijo a secuestrar esposos ajenos? ¿A violarlos y envenenarlos?”

Elladan apretó los labios al recordar el primero de los crímenes del teleri, el que desencadenara aquella desafortunada aventura.

“Ada…”

Desde la muerte de Löne, Elrohir no podía querer a Elrond como a un padre, sino como a un Señor, y solo les había unido la obediencia que debía al último de los reyes noldor en asuntos de política y guerra. La confianza ciega en sus juicios y valores había desaparecido aún antes –cuando supo que, sin importar las enseñanzas de todos los antiguos, él y su hermano se querían. Pero desde su regreso a Rivendel, ochenta y seis años atrás –con el pequeño Estel y el cadáver de su cuarto hijo–, habían construido algo… un pacto de respeto y convivencia. Al punto de que, al viajar al sur en refuerzo de las tropas de Gondor, se había descubierto añorando al severo Lord Elrond (mucho menos severo tras esos inviernos lidiando con las travesuras del nieto) y con ganas de regresar a las largas partidas de ajedrez y los torneos de flauta.

Ochenta y seis años –menos de un siglo–, y lo había perdido de nuevo. No, no lo había perdido: Ferebrim se lo había arrebatado.

“Ferebrim es vuestra criatura, partida de vergonzantes mojigatos. Y si os molesta que mi hijo lo despache, regresaré con las tropas del abuelo y arrasaré hasta los cimientos toda esta corte decadente.”

Para intentar serenarse, Elrohir miró al cielo, cubierto de nubes bajas y oscuras, de nieve. Eso le hizo recordar que, aunque faltaban quince días para la Muerte de Anar (21 de diciembre, solsticio de invierno), aún los copos no habían bendecido la tierra con su frescura.

“Será un invierno corto” dedujo. Y eso le alegró, porque mientras menos nieve cayera, antes partirían Estel y Legolas al sur, a su nuevo hogar.

Sus pensamientos fueron interrumpidos por el repiqueteo de los cascabeles que, colgados en los bordes de la carreta, anunciaban que su viajero estaba acusado de un crimen de lesa majestad (contra el Estado y los Valar). Como un animal de miles de cabezas, la muchedumbre giró hacia el camino de la cárcel, desde donde se acercaba la jaula con ruedas. A pesar de la distancia, la figura de Ferebrim era reconocible, erguida en el centro, con una apostura arrogante y desdeñosa, bastante anacrónica para alguien que vestía la túnica blanca de los prisioneros y la diadema roja del infanticida.

En el palco del juez, se hizo un prudente silencio. Nadie estaba tan loco como para apoyarle abiertamente con semejantes pruebas y tan vigorosos enemigos. Solo Círdan se puso en pie, cuando la jaula cruzó el límite del terreno de lucha y esperó así a que los guardias ayudaran a Ferebrim a pisar tierra.

“Lo tratan con demasiada suavidad” pensó Legolas en su sitio, y los dedos se le contrajeron de nuevo alrededor de la manta.

–Ferebrim hijo de Fimbrethil, de la tribu de los Falmari, se te acusa de regicidio, rapto, estupro e infanticidio. ¿Cómo te declaras?

El teleri echó la cabeza hacia atrás, para apartar de la frente los oscuros mechones que escapaban de su trenza. Sus ojos brillaban, sin sombra de temor.

–¿Acaso importa? Nada soy, más que el objeto de expiación para evitar un ataque de noldors y sindas. Este es un juicio pactado. ¡Todos lo saben!

Ante sus palabras, un rumor ofendido se alzó en la multitud. Elladan apretó el brazo de su silla y reprimió el deseo de clavarle una daga en la garganta. Legolas bajó la cabeza y se mordió los labios. Elrohir puso una mano en el hombro de su amigo y le susurró palabras reconfortantes. Geniev, que apenas intuía la contrariedad que produjeran las palabras del elfo malo, hizo crujir sus nudillos. Mardil, al lado del drug, cubrió las callosas manos con las suyas, delgadas y blancas, tratando de calmarle.

Círdan alzó el brazo, y su voluntad acalló los comentarios.

–Este juicio tiene un solo pacto, Ferebrim hijo de Fimbrethil, de la tribu de los Falmari, y es con los Valar. Los que te acusan son miembros honorables de las casas reales de Imladris, Erys Lasgalen, Lothlórien y el Reino Unificado de Gondor y Arnor. Te quiero bien, muchacho, y para que la duda no ensombrezca las razones e intensiones de este juicio, estamos aquí, en el campo del honor.

¡Ahora si! Elladan había visto un destello de temor en los ojos del teleri.

“¿Creíste que te daría la oportunidad de usa la lengua, miserable? Pues no, para nada. Prueba con tu sangre que mi padre y mi nieto no están con Mandos por tu culpa.” sonrió con satisfacción. “Solo podrás jadear mientras huyes del filo de Anduril.”

Círdan seguía hablando, ahora sostenía ante si un pergamino para leer las condiciones del duelo.

–… y para que así conste, él declaró ante un escriba que tendrá por erróneo su juicio si tu llegaras a mutilar un dedo, una oreja o la nariz del cuerpo de su campeón…

Ante las ventajosas condiciones iniciales, el rostro del acusado perdió tensión, pero la multitud se desanimaba a ojos vistas. Todos en Mithlond sabían de su habilidad como guerrero, y no esperaban le tomase mucho tiempo cortarle un dedo al humano que lo retaba.

“Si, hazte ilusiones, cerdo.” pensaba Legolas. “Poco te va a durar la alegría.”

–… y el campeón se comprometió a obligarte a derramar en la tierra una cierta cantidad de sangre como holocausto. Las cuales son: un tercio de tu sangre, para satisfacción de los señores de Imladris; un segundo tercio de tu sangre, para satisfacción de los señores de Erys Lasgalen; y un sexto de tu sangre para satisfacción del Consejo de Nobles del Reino de Gondor. Derramados los ya dichos cinco sextos de tu sangre, el campeón habrá cumplido su deber y las partes acusadoras tendrán por satisfecho su honor y tu quedarás libre de obligaciones ante ellos –el elfo levantó los ojos del documento y miró al acusado. –¿Comprendes? –Ferebrim asintió, aunque ya sus ojos no brillaban con socarronería. –¿Aceptas el reto?

“¿Qué otra cosa puede hacer?” meditó Elrohir, sin mover un músculo del rostro. “Si renuncia al duelo, su honor quedará comprometido y los jueces no serán tan receptivos a sus sofismas” observó entre sus pestañas el rostro congestionado del teleri. “Lo hemos acorralado.”

–Acepto –dijo al fin, y el clamor de alegría ante la inminente batalla singular se extendió entre el público.

Entonces entraron los cargadores, que le dieron a elegir entre diez espadas largas y diez escudos pequeños de madera reforzada con cuero, y los vestidores, que le sacaron la diadema roja y la túnica de los presos para dejarlo solo con unos calzones ajustados, que cubrían todo el muslo. Cuando los otros elfos se retiraron y Ferebrim se vio solo en el campo, extendió los brazos al sol y dio varios molinetes con la espada, que, al tiempo que desentumecían sus músculos, provocaban gritos de excitación entre la parte más joven del público. El elfo dio incluso un par de saltos bastante decorativos, que los verdaderos guerreros de la audiencia –en realidad muy pocos además de los gemelos y Legolas– reconocieron como acrobacias inútiles en batalla campal.

Círdan volvió a alzar la mano pidiendo silencio.

–Que venga el campeón de los demandantes.

Aragorn apareció por la pequeña puerta, y su aspecto no pareció impresionar a los espectadores, aunque Ferebrim –y Legolas sintió un delicioso calor en el pecho al notarlo– le dedicó una mirada calculadora, casi cautelosa.

“Tu sí sabes de lo que es capaz” pensó el rubio, y casi sonrió. “Puede que esta chusma racista e ignorante crea que es poco más que un animal peludo y grueso, torpe y frágil. Es lo que creen los elfos de los hombres en general, lo que yo creía antes de conocerlos. Pero tu, mi querido Ferebrim, sabes que mi esposo no es un hábil espadachín, o un arquero de increíble puntería, o un practicante del, más físico, pugilato. No. Mi esposo es un guerrero de verdad, en él, la más depurada técnica de combinar armas y recursos físicos se unen al fiero instinto del depredador. Tú y los tuyos os acostumbrasteis a usar la espada como un juguete, y creísteis que ese juguete asustaría a un hombre de verdad.”

Aragorn se adelantó en silencio, con el escudo redondo fijo en el antebrazo izquierdo y Anduril apenas sostenida por su mano derecha. La extremidad que sostenía la espada era, a simple vista, poderosa, pero la hermosa hoja avanzaba tras su dueño, con la punta arañando la tierra, diríase que perezosa. El rostro del hombre era una máscara inexpresiva.

“A veces incluso me pregunto por qué te embarcaste en este juego. Si de veras tu ceguera te llevó creer que podrías humillarlo y robarlo solo porque tu raza se dice más cercana a Manwe y los Ainur, más culta y bella, elegida. Aunque acaso fuera solo un juego de poder (mi padre decía que él no es digno de mi mano y tu si, etc.) que se te fue de las manos.”

Aragorn se detuvo a unos cinco metros de su enemigo. Ferebrim sonrió y levantó la espada, pero su sonrisa, como la calma del hombre, era falsa. En la empalizada, la gente gritaba palabras obscenas, apuestas apresuradas, burlas, pero ninguno de los dos escuchaba.

Alrededor de ellos el silencio, entre ellos la muerte.

“Tu raza… Una vez te dije que no eres un elfo. ¿Lo eres? Entonces, ¿qué soy yo? ¿Cuál de los dos no pertenece a “la más hermosa y la más sabia de las razas que jamás existieron”? No. Ya yo no quiero ser un elfo. Amo a Aragorn, no a Estel, al hombre, al montaraz, no al aprendiz de eldar. No me importará morir, si he sido feliz su lado.”

Ferebrim dio un paso a la derecha, que Aragorn imitó; luego dos pasos a la izquierda, que Aragorn reprodujo también. Siguieron tejiendo pasos gratuitos, sin acercarse ni alejarse del límite que el hombre marcara al inicio. ¿Bailaban? Si, pero con estilos diferentes. El elfo era grácil, etéreo: la espada le seguía con hermosos dibujos en el aire claro de la mañana invernal. El hombre daba sus pasos con reposada firmeza, como una máquina bien ajustada cuya fuerza no es necesario invocar: Anduril seguía con la punta en el suelo, colgante de un brazo laxo, casi ridículo a lo largo del poderoso torso.

Alrededor de ellos el silencio, entre ellos la muerte.

“Y tú, ¿en qué haz sido digno de la inmortalidad? ¿Acaso por ello te haz comportado de manera más digna, más sabia? Solo dolor y traición hallé junto a ti, aunque eres mi hermano de raza. Tu codicia de poder –quiero creer que fue eso, porque le maldad pura niega la sensatez–, trajo muerte a los míos, y nada pudiste ofrecer para compensarlo más que embustes. ¿Tanto me deseabas? ¿Tanto valía a tus ojos el poder que mi mano carga?”

Ferebrim fue el primero en aburrirse de los tanteos, y saltó hacia delante con la espada alzada. Aragorn recibió el golpe en el centro del escudo, hurtó el cuerpo girando por detrás de él y le hizo un corte en la pantorrilla antes de alejarse. El elfo giró un segundo demasiado tarde para alcanzarlo. El rostro se le deformó en una mueca dolorida.

Alrededor de ellos el silencio, entre ellos la muerte.

“Y pensar que me tuviste en tus manos, que yo todo lo hubiera dado –todo mi poder, toda mi fuerza, toda mi dignidad–, a cambio de él. Tomaste de mí lo más valioso, Ferebrim, pero no podías reconocerlo, mucho menos usarlo. Mi Auril, mi criaturita, mi fruto sublime. El era lo más querido entre lo más querido, y tu lo rompiste en mil pedazos pequeñitos, bestia parlante, en millones de gotas de sangre que se me salieron del cuerpo como un río amargo, títere de carne y odio, en incontables noches que se ciernen sobre mi teñidas de muerte y llanto.”

Intentó atacar nuevamente, ahora con un movimiento lateral. Aragorn lo rechazó con el filo de su arma y le obligó a alzar el brazo con un molinete. Luego Anduril cayó como un rayo, dejando herida su redondeada cadera. Ferebrim cojeo, su lado derecho casi inutilizado, tratando de alejarse.

Alrededor de ellos el silencio, entre ellos la muerte.

“Por eso quiero que mueras, pero a la vez no quiero. ¿Qué haré cuando hayas muerto? ¿Acaso podré matar a mi dolor contigo? Demasiado bien se que no, que el malestar se me va a quedar adentro, como una espina, como un pozo de hiel infinito, como un humor pesado que quietará el perfume al pan y la frescura a la leche.”

El hombre se alejó, mientras el charco de sangre empezaba a dibujarse a los pies del elfo. Dio un par de vueltas alrededor de su presa y se permitió sonreír. Inició su propio baile, su danza de crueldad, montada con saltos de acercamiento, cortes pequeños –en zonas donde la sangre corre casi a flor de piel–, y saltos para alejarse. Siempre fugaz, siempre en el límite del alcance del arma de su oponente, que se debilitaba a ojos vista.

Alrededor de ellos el silencio, entre ellos la muerte.

“Por eso quiero que sufras, pero a la vez no quiero. ¿Puedes tu sufrir como lo hago yo, como lo haré? ¿Y de qué me servirá? Mi sufrimiento es mío, no es el de los gemelos ante su roble, ni el de Glorfindel recordando a Voronwe. Ni siquiera es igual al sufrimiento de Aragorn. Es el mío, el que marcará mis gestos, mis pesadillas, mis sonrisas. Nada podrá llevar mi sufrimiento a tu corazón, si es que lo tienes. Nada podrá poner mi sufrimiento en tu cuerpo, para que se muera junto a ti.”

Aragorn se acercaba y alejaba con un ritmo propio, castigando los hombros, la espalda, los muslos, el cuello. No sonreía, ni hacía muecas, su rostro permanecía impasible, como cuando saliera a la arena. No bajó la guardia ni se dejó seducir por los gemidos de dolor e impotencia que emitía su enemigo. Ferebrim calló de rodillas, debilitado por la pérdida de sangre.

Alrededor de ellos el silencio, entre ellos la muerte.

“Por eso quiero que vivas, pero a la vez no quiero. ¿No dicen las leyes antiguas que debes morir si has matado? Si, lo dicen las mismas leyes que yo desafío, que desafían los gemelos y los hermanos de Maerys. ¿Es legítimo que invoque yo esas leyes, si niego su poder sobre mí? ¿Podría dormir si estuvieras por ahí, arrastrando tu odio y rencor por sobre Arda? ¿Podré dormir cuando mueras? ¿Qué diferencia hay?, si el daño que me haz hecho no puedes, en realidad, pagarlo. Si tu muerte no hace que Mandos retire su mano de mi hijo, ¿para qué quiero tu sangre? ¿Habrá una diferencia, una certeza de que la justicia tras la muerte de alguien que no llegó a nacer está en matar?”

Aragorn estuvo muy quieto por un instante, mirando con intensidad a su oponente, como si calibrara la posibilidad de una trampa. Al cabo decidió que era seguro acercase.

–¡Yulma! –gritó, y un sirviente se apresuró a través del campo a presentarle un cáliz de madera negra y pulida.

El hombre se acercó al elfo y recogió un poco de la sangre que manaba de su brazo en la vasija. Luego se dirigió a la tribuna.

–Sercë –dijo al tiempo que presentaba el licor carmesí a Elladan.

El gemelo asintió con gravedad.

–Sérë –respondió.

El hombre caminó un poco y se detuvo ante Legolas.

–Sercë –repitió y le ofreció la copa.

“No, no hay certeza de la justicia cuando se construye un mundo nuevo. Pero aún recuerdo lo que te dije. Tal vez yo sea elfo, hombre o extraño híbrido por explicar, pero te hice una promesa, Ferebrim de los Puertos Grises.”

–Sérë –respondió el rubio, y añadió. –Sinomë sercë.

Si Aragorn se sorprendió de su petición, tuvo buen cuidado de ocultarlo. Regresó donde Ferebrim, y lo remolcó hacia la tribuna por el pelo, de modo que un sendero oscuro y débiles quejidos le seguían. Legolas bajó del podio a la hierba, ligeramente mareado, pero seguro de sus deseos.

Aragorn obligó a Ferebrim a ponerse en pie, frente a su esposo.

–¿Sinomë sercë? –preguntó Aragorn, como si no estuviera seguro de que Legolas deseara realmente esto.

El rubio lo miró con fastidio.

–¡Sinomë sercë! –confirmó y volvió a concentrarse en Ferebrim.

“Mírame a los ojos, maldito. Quiero que sepas que pude cumplir mi promesa. Si, soy yo quien te envía a Mandos, dale mis saludos a Lord Elrond, a mis cuatro cuñados, a mi hijo.”

Aragorn se colocó detrás del teleri, levantó su espada y lo decapitó de un solo tajo. Un chorro de sangre salió disparado del cuello, al tiempo que la cabeza volaba unos cinco metros a la derecha, con los ojos abiertos de horror. Su cuerpo, el duro cuerpo del que fuera el petimetre más admirado de Mithlond, calló muy despacio –primero de rodillas, luego de lado.

El hombre se sentó en la hierba sin muchas ceremonias, extremadamente agotado.

Solo Legolas permaneció de pie. Estaba ahí, en medio de la Plaza de Ejecuciones, con los brazos abiertos y la cabeza echada hacia atrás, el rostro, el cabello, el cuello y la camisa apelmazados por la sangre que se le secaba rápidamente encima. Lanzó una carcajada amarga con su voz alta y fuerte, de guerrero, su voz de antes.

–Sérë.

Y se desmayó.

–Creo que ya podemos volver a casa –anunció Elrohir a su pareja en lo que se acercaban para auxiliar al rubio.

Hobbiton

Frodo se acarició el hombro por encima del abrigo y suspiró.

–¿Te duele, tío Frodo?

El hobbit levantó los ojos, sorprendido, y se esforzó por sonreír a Teddy, el hijo mayor de Rosita.

–No pequeño, solo fue un gesto. Me había caído un poco de nieve encima.

Pero la excusa alarmó al chico.

–¿Nieve? ¿Y si te resfrías, tío?

Enseguida se puso a acomodarle las mantas para asegurarse de que estaba completamente cubierto.

–Este viento es terrible –refunfuñaba–, cuando bajamos, parecía que las frazadas te iban a cubrir bien, pero resulta que te calló nieve en el hombro de la herida. Si mamá se entera…

–¿Por qué eres tan serio? –le interrumpió Frodo.

Teddy se quedó muy quieto, luego retrocedió un par de pasos, y sus boticas se hundieron en la nieve suave alrededor del refugio de Frodo.

–No creí que te molestara…

–No dije que me molestara. Pero tienes diez años Teddy, deberías estar allá –y Frodo señaló la base de la colina, donde algunos chicos construían con nieve y otros se enfrentaban con pequeños proyectiles helados–, no cuidando de mí.

El chico sacudió la cabeza, las orejeras de su gorro se agitaron, de modo que parecía que sus mechones eran marrones, cuando, en realidad, Ted era todo rubio, tan rubio que se confundiría con la nieve de no llevar abrigo.

–Son tontos, todos ellos –admitió al fin–: chillan y se caen, lloran. Pelean por tonterías y se la pasan hablando de sus papás. No me interesan. En cambio tu sabes muchas cosas –Teddy blandió su libro con dibujos de animales–, y te las puedo preguntar. Además –añadió en tono bajo, secreto–, cuando lleguen tus amigos alguien tendrá que ayudarte a salir al camino y correr para buscar a Sam ¿no?

Frodo suspiró y asintió con desgana. Sus amigos… ni siquiera a Sam le había dicho que esperaba a Aragorn y Legolas, Teddy apenas sabía que esperaba a gente que conociera más allá de Bree. En realidad, no había planeado compartir la espera con nadie, Sam estaba corriendo con la reconstrucción de la Comarca, Rosita cuidaba de Eleanor, Merry y Pippin estaban ocupados en Los Gamos. Había sido fácil inventarse una excusa para pasarse largas horas en una silla, junto a su puerta redonda como un ojo de buey... hasta que empezó a soplar el viento y llegaron las primeras nieves. Bolsón Cerrado no era el agujero más lujoso bajo la colina, sobre la colina y más allá del Delagua por la mera cantidad de habitaciones – comprendió entonces Frodo– sino porque su orientación había sido cuidadosamente calculada para que los nortes invernales golpearan el lado de la casa que no tenía ventanas y barrieran el breve jardín frontal, orientado al oeste.

Había estado encerrado unos días, sin saber qué hacer, hasta que se le ocurrió sentarse en la falda de la colina, desde donde podría controlar la suave pendiente que hacía el camino antes de curvarse para alcanzar la puerta verde de Bolsón Cerrado. Era un buen plan, pero la pendiente estaba llena de nieve ahora, y excavar un refugio era imposible para su brazo malo. Entonces, le pidió ayuda a Ted para bajar un sillón con las patas forradas de latón y poder sentarse. La nieve estaba dura ya: resistió al pesado mueble, y al delgado hobbit, sin problemas.

Lo que no esperaba Frodo era que el chico se quedara a su lado, para, con un poco de ansiedad, pedirle una historia “cortica” sobre el viaje y las maravillas de más allá de Bree. Accedió y descubrió al rato que se ponía el sol y Ted estaba embobado con su “cuento” del páramo y el misterioso hombre salvaje. Siguieron así varios días, y Frodo acabó bastante intrigado por la persistente soledad de Ted, de ese muchachito rubio cuyos ojos brillaban al evocar la mística belleza de Arwen, pero incapaz de decir “Gracias” cuando su madre le servía la cena.

El hombro volvió a latir, Frodo se mordió la lengua y renunció a comprender las razones del pequeño: tenía bastante con sus propios problemas.

–Anda, ayúdame a subir a la casa –dijo en lo que empezaba a separar las cobijas. –Hemos esperado suficiente por hoy.

Ted asintió y se aplicó a retirar y doblar con cuidado las mantas. Un gesto algo maniático, en opinión de Frodo, pero Rosita era igual. Mientras, él tomó el cuaderno de Ted y sus propias notas para ponerlas en un morral. Sintió un ruido a sus espaldas como de pasos y resoplidos. Se volteó a medias, ¿tal vez Sam hubiera llegado antes de lo habitual?, y… calló sentado en la nieve de la impresión.

–¡Tío Frodo! –Ted se apresuró junto a él, pero ya uno de los jinetes había desmontado y levantaba al pálido, y húmedo, hobbit.

–Vaya manera de recibir a los amigos, Señor Bolsón. Creí que no volverías a tomarme por un villano.

Pero el mediano recuperó el aplomo enseguida.

–Tengo que tomarte por un villano si llegas entre la hora del te y la de la merienda, Majestad, porque eso significa que te quedarás a comer.

Las risas estallaron entre Frodo, Aragorn, Legolas, Elladan y Elrohir, mientras Ted y Geniev les observaban asombrados.

–Venga, vamos a Bolsón Cerrado –propuso Frodo en lo que se sobaba el hombro. –Estoy seguro de que Rosita tendrá algo de te, y galletas, dos o tres coles ácidas, un pastel esponjoso…

–¿Piensas comerte todo eso? –le interrumpió Elladan.

–No –le contestó Frodo sin inmutarse. –Es que he aprendido que las leyendas de elfos alimentados de ambrosía son eso, leyendas.

En ese momento, Frodo recordó a Ted, y lo descubrió oculto tras el butacón, con ojos espantados.

–Ven acá, Ted, quiero presentarte a mis amigos de más allá de Bree.

El muchacho se acercó, con pasos inseguros y torpes, entre la nieve sucia por los caballos y se detuvo detrás de Frodo.

–No hay nada que temer –le aseguró el hobbit. –Te presentó a Aragorn, a quien llaman también Trancos, Rey del Oeste.

Ted miró desde sus ochenta centímetros la imponente figura, de barba tupida y perspicaces ojos grises, y comprendió de golpe todo el miedo de Frodo, y todo el valor de Sam aquella noche en El Pony Pisador.

–El es Legolas, príncipe de Mirkwood –continuó Frodo, y al niño se le pusieron los ojos como platos cuando el joven elfo dejó caer su capucha y el suave sol de enero iluminó sus rasgos y su clara melena.

–Ellos son Elladan y Elrohir, los príncipes de Rivendel, al pie de las Montañas Nubladas y él…

Frodo miró interrogante al hombre, ¿quién era el quinto de la comitiva?

–El es mi sobrino Geniev –se apresuró a explicar el hombre–, guardián de Norburgo hasta hace poco. Viene con nosotros al sur.

Hechas las presentaciones, todos subieron la suave cuesta. Ted tomando de la mano, muy orgulloso, a su tío Frodo. Había encontrado un adulto que cumple su palabra y eso es algo para recordar.

Cuando llegó Sam, a poco de ocultarse el sol, ya los cinco visitantes estaban limpios del viaje y reposaban cerca de la estufa de Bolsón Cerrado. Aragorn fumaba una pipa de buena hierba de la Cuaderna Sur, con Legolas sentado a sus pies; los gemelos discutían unas notas del Libro Rojo con Frodo; y Geniev miraba todo como quien por primera vez ve una casa por dentro. Solo le esperaban para comenzar la cena, y el antiguo jardinero no tuvo tiempo ni de asombrarse al comprender para qué quería Frodo todas aquellas mantas tan largas que encargara durante la restauración de la casa. Lo que quedaba del invierno sería movido y, pensó, los gemelos podrían ayudarle a comprender mejor el misterioso regalo de la Dama.

Días después. Cuando ya la emoción por la llegada se había calmado y las visitas de todos los parientes y personas importantes se completaron, con promesas de devolver la cortesía que ni los elfos ni el hombre pensaban honrar. Pudieron hablar con calma del obsequio que Radagast había enviado al Portador del Anillo.

Grande fue la sorpresa de Elladan, Elrohir y Legolas al enterarse de que, increíblemente, sí quedaba un ejemplar de Oiolairë en la Tierra Media. El mago pardo había entregado sus hojas muy gustoso al Rey, con la advertencia de que no estaban destinadas a curar a Elrond, sino a Frodo Bolsón, para que cumpliese su deber de escriba y padre de familia.

–Bueno –admitió el hombre en esa parte del relato–, casi me río del viejo cuando dijo tal cosa. Pero los magos son gente muy enterada, ya lo puedo ver otra vez –y lanzó una mirada elocuente a Rosita que, con la pequeña Eleanor en brazos, vigilaba el juego de tabas de sus otros hijos en el suelo del comedor de Bolsón Cerrado.

–Si –comentó Frodo sin poder evitar el sarcasmo. –Deber como padre de familia, pase, pero como cabeza, lo dudo mucho. Me siento bien siendo mimado, amigo. ¿Qué te puedo decir?

Por supuesto que no había nada que decir a eso, pero todos se alegraron para sus adentros de que Frodo tuviera, por fin, un rincón seguro y cálido donde envejecer. Y envejecer con alegría, decidió en cuanto los emplastos de las hojas del «verano eterno» cerraron la fea llaga de los Espectros del Anillo definitivamente.

Aunque seguía soplando un aire frío y seco del norte, los días eran cada vez más largos, y una mañana los gemelos se descubrieron calculando cuánto tardaría la nieve en dejar pasar el sol a través de las ventanas del agujero de su amigo Frodo. Ese sería el momento para partir. Siempre y cuando, por supuesto, que Legolas y Aragorn se arreglaran.

Aragorn salió de su cuarto ajustándose los guantes, había quedado con su esposo en pasear por la orilla del camino, donde estuvieran antes los grandes árboles de la Comarca. Legolas deseaba poner sus manos en la nieve y sentir a los pequeños retoños, latentes, esperando el calor de la primavera. No era, en realidad, su idea de cómo pasar una helada tarde de febrero, pero él haría cualquier cosa por mejorar al taciturno humor de su pareja y, tal vez, hacerle hablar de ellos dos, del futuro.

Llegó a la salita de lectura, donde el elfo ya le esperaba completamente vestido, apoyado en el amplio ventanal que ocupaba casi la mitad de la pared norte de la habitación. Tras mucho palear, Teddy y Sam habían logrado quitar la nieve del jardín frontal, de modo que el sol de invierno iluminaba las tertulias vespertinas de la familia, aún cuando la estufa estuviera encendida dentro.

–Estoy listo –anunció, pero el elfo no pareció haberle escuchado. –¿Legolas?

Ya bastante acostumbrado al ensimismamiento de su pareja, Aragorn se acercó despacio y lo abrazó por la espalda. Legolas permaneció absorto, con la mirada fija en la ventana. Al seguir la dirección de sus ojos el Rey comprendió: los niños de Rosita Coto jugaban en el jardín entre gritos y saltos.

–Son hermosos –explicó el elfo. –A veces me quedo mirándolos largo tiempo, pienso en... –se interrumpió de pronto y su reticencia sembró de melancolía el corazón del hombre.

–Piensas en Auril.

Legolas asintió.

–Ahora tendría seis meses de concebido, daría patadas y a mi vientre se le formarían pelotitas –se vuelve para mirar los ojos grises y dolidos. –Hable con él Aragorn ¿entiendes? Ese mes que pasé atravesando las montañas fue mi única compañía.

–Lo imaginaste, amor.

Legolas empezó a soltar las palabras rápido, como si temiera perder el valor para decirlas.

–¡No lo imaginé! Leí en los Puertos Grises de ello, es un vínculo que se establece entre los gestantes y sus hijos en momentos de extremo peligro. Mientras ocurría yo creí que lo imaginaba, que era efecto de la soledad o de esa poción maldita que me hicieron beber, pero fue real.

–Lo haz dicho, “fue”. Ahora solo estamos tú y yo, y debemos seguir adelante.

–No puedo seguir adelante con esa muerte a mis espaldas.

–¿Olvidas quién fue responsable de tu secuestro? No podías hacer nada.

–Si yo no hubiera aceptado beber esa cosa –su rostro dibuja una mueca de asco solo con recordar su sabor e implicaciones–, acaso, acaso estaría vivo. Es una idea que me ronda la cabeza.

–De negarte ellos te habrían controlado a golpes, y habrías abortado en medio de Angmar para morir poco después. ¿Suena brutal? Pues cada día de aquella persecución temí hallarte en una curva del camino, desangrado. No tenía idea de cómo evitaban tu huída sin violencia física. –agita la cabeza para apartar tales recuerdos– No fue agradable, por suerte eres muy fuerte.

Legolas sonríe tristemente.

–No lo bastante fuerte para salvar a nuestro hijo.

Entonces Aragorn comprendió que su momento de ser absolutamente sincero había llegado. Temió la reacción del elfo, pero, si alguna vez Legolas llegaba a enterarse por otros medios, jamás se lo perdonaría. Se alejó un poco y dejó caer su cuerpo en un sofá.

–Eso no es cierto.

El Príncipe lo miró sin comprender.

–¿Cómo?

–Cuando llegamos a los Puertos estabas inconsciente y débil, sospechosamente débil. Círdan te examinó, interrogó a Ferebrim, hizo estudiar el brebaje maldito y luego se encerró conmigo en su despacho para explicarme lo que te ocurría. ¿Dices que hablaste con Auril? ¿Nunca te dijo que estaba enfermo?

Legolas está sentado frente a su esposo ahora, mirando sus manos nerviosas y sus ojos inquietos.

–Los dos estábamos enfermos.

–No se si ese teleri maldito creó el plan desde antes de secuestrarte, si decidió hacernos más daño luego, o si fue pura estupidez suya, el caso es que te había dado demasiada bebida y eso, unido al ayuno, los puso al borde de la muerte. –estrecha las manos del elfo y busca sus ojos. –Teóricamente podías haberlo soportado, pero no con Auril dentro de ti, estaba creciendo y toda tu energía se dirigía a ese punto. –respiró hondo, lo que seguía era duro. –Círdan me dijo esa noche que era demasiado tarde para uno de los dos, me correspondía elegir como esposo, y como Rey, entre el Príncipe Consorte y el Príncipe Heredero. Fue mi decisión.

Los siguientes acontecimientos transcurrieron demasiado aprisa para el hombre: de repente el elfo saltó sobre él y le llevó hacia el piso con sofá y todo.

–¡Mataste a mi hijo! –gritaba Legolas con todo el aire de sus pulmones. –¿Cómo puedes estar orgulloso de ello?

El elfo estaba sentado sobre su pecho, propinando puñetazos a los hombros, el cuello, el rostro y la cabeza sin fijar el blanco, tan solo tratando de descargar su furia. Aragorn ni siquiera intentó defenderse. Al cabo Legolas cambió de idea: las delgadas y blancas manos pugnaron por rodear su garganta.

Por suerte Geniev y los gemelos, asustados por tanto escándalo, entraron corriendo y apartaron al Príncipe. Pero este siguió debatiéndose y gritando mientras lo aguantaban.

–¡Maldito! Lo dejaste morir y ¿quieres que te agradezca? Mataste a mi elfito Aragorn, nada deshará tal crimen.

Geniev y Frodo, que esperaba a que los ánimos se calmaran desde la entrada, quedaron impactados por aquello, miraron interrogantes al ex–montaraz. El Rey de Gondor tenía el rostro cubierto de sangre y lágrimas, era la viva imagen de la desesperación. A pesar del peligro se acercó a Legolas y habló con voz firme.

–No dejé morir a tu elfito Legolas, elegí entre nuestro hijo y tu vida. ¿O haz olvidado que también era parte de mi sangre y de mi carne? ¿Qué sería mi hijo, mi primer y único hijo? ¿Quieres saber cómo planeaba Círdan salvarle? Te mantendría dormido los siguientes diez meses, hasta que le embarazo llegase a término, y tú ibas a morir en el parto. Así, con sangre fría absoluta, ibas a morir tras alimentar a mi hijo de ti cual si fuera un parásito. Si, porque en ese caso sería solo mi hijo, ni siquiera tendría recuerdos de su Ada. En cambio, al optar por tu vida me arriesgaba a no tener descendencia, porque Círdan no podía garantizar tu fertilidad tras esa operación, y yo no podía estar seguro de que quisieras intentarlo de nuevo, aún cuando pudieras. Tomé una decisión de hombre al elegir la vida de mi esposo, tomé una decisión de Rey al renunciar a mi heredero, la misma que tomé al casarme contigo en Gondor, hace seis meses.

Hace rato que Legolas dejó de intentar escapar del abrazo de Ellohir, la voz le sale ronca por el llanto y los gritos.

–Dije que ese niño era más importante que tú y que yo, dijiste que era el futuro.

–Lo dije, pero tuve que elegir entre su futuro y nuestro presente. Yo hice mis elecciones Legolas, aposté por ti, por tu fortaleza. Pero llevas tres meses viviendo en el pasado, buscando culpables, cuando solo nuestro presente permitirá que el futuro traiga nuevos Auril. Mientras seguía a Ferebrim, descubrí que mi cariño podía ser algo destructivo, que, por preservarte del más mínimo daño, mataría a quien fuera y empecé por mi propio hijo. En ese instante tú estabas a salvo de las elecciones, pero ya no lo estás. No me arrepiento, soy lo bastante hombre para aceptar el peso de mis errores, seré lo bastante hombre para entender que desees dar por terminado nuestro enlace.

Ante esa declaración Frodo ya no pudo contenerse.

–¡No puedes hacer eso!

–Sí que puede –intervino Elladan. –El enlace es una unión voluntaria.

Todos quedaron en tensión, esperando la respuesta del Príncipe.

–¿Te avergüenzas de mi, Aragorn? ¿De este ser patético en que me he convertido?

–Nunca me podría avergonzar de elegirte, porque te amo. Pero hace unos instantes fui honesto contigo e intentaste matarme, me acusaste de asesinar a “tu elfito” como si yo no tuviera nada que ver, como si no lo hubiéramos creado los dos en Minas Tirith –calló de rodillas ante el Príncipe. –Puedes deshacer tu parte del enlace esposo mío, yo me sentiré atado a él por el resto de mi vida.

Legolas estaba apoyado en Ellohir, y miraba al Rey con los ojos nublados, como ciegos.

–Si ese es el sentir de tu corazón... –extendió la mano izquierda hasta depositarla sobre la cabeza del hombre, con la clara intención de dar su aprobación a tan singulares votos.

Geniev dio un quejido, Frodo mal contuvo un sollozo, los gemelos permanecieron presas del horror y el silencio.

–Yo, Legolas hijo de Thranduil, Segundo Príncipe del Reino de Bosque Negro, recibo con honor la renovación de los votos matrimoniales de Aragorn hijo de Arathon, Rey de Gondor y Anor, y persisto en mi elección de unirme a la Casa Telcontar en calidad de Príncipe Consorte.

TBC…

Notas

Las palabras del juicio/ejecución son:

Sercë /serkë/ "sangre" (SA:sereg)

Sérë "descanso, paz" sustantivo (cf. SED en las Etimologías); ver úyë concerniendo a la frase úyë sérë indo-ninya símen en La Canción de Fíriel

Sinomë "en este lugar" (EO)

Yulma "copa" (Nam, RGEO: 67), "vasija" (WJ:416)

Fuente: Diccionario Quenya–Castellano (como siempre)

EL SEGUNDO REGRESO DEL REY 36

Revelaciones y descubrimientos

“El pudor tiene la desventaja de que habitúa a mentir”
Stendhal

Segundo Círculo de Minas Tirith, Casa de Golasgil

Imrahil puso unas gotas de miel en su te y esperó a que la sirvienta terminara de cerrar la puerta. Luego miró a los caballeros a su alrededor y les dedicó una sonrisa alentadora: Aldaron y Nerwen se revolvieron en sus asientos –seguro seguían apenados por el asunto de la “lista”. Golasgil le devolvió la sonrisa, y carraspeó suavemente antes de retomar la charla.

–¿Entonces, cree usted que Razar nos apoyará?
Nerwen asintió con fuerza.
–Hará todo lo posible para evitar una nueva guerra de sucesión.
–Pero él no es como nosotros –advirtió Imrahil.
Nerwen hizo una mueca, por supuesto que sus motivos no eran iguales, pero…
–No creo que eso sea lo más importante ahora, señor. Si les garantizamos algunas ventajas…
–No podemos prometer nada en nombre del Rey –advirtió el anfitrión.
–Pero podemos asesorar convenientemente a la Regente –intervino Aldaron.

Golasgil entrecerró sus ojos oscuros y tamborileo con los dedos sobre el reposabrazos de la butaca. ¿Convertir a Forlong y Hirluin el Hermoso en víctimas propiciatorias? Si Razar veía que ellos podían cumplir sus promesas, tal vez convenciera a Felitar de pasarse al partido realista, o, al menos, de ser neutral. Odiaba a Forlong, era un asunto personal y nunca antes se había permitido dar satisfacción a tal sentimiento, pero sabía que Arwen tampoco apreciaba a ese gordo borracho y misógino.

Bueno, tampoco era su culpa que Forlong dijera –donde podían oírlo los que vivían de oír y decir– que ninguna mujer podía sentarse en el trono de Elendil estando soltera. La argumentación de Faramir para nombrar Princesa Regente a la bella Arwen Undómiel hasta el regreso de Elessar era irreprochable, y ofenderla era ofender a los poderosos reinos de Lothlórien y Rivendel, al Rey de Rohan, su escudero de honor, incluso a los peligrosos enanos de las Colinas de Hierro.

Golasgil pensó con amargura que, si Aldaron y Nerwen no hubieran armado tanto aspaviento con Legolas, Elessar estaría entre ellos y él podría irse de pesca. ¿Qué importaba que el Rey tuviera un amante? ¡Era el Rey! Tratarlo como a un chiquillo al que sus padres deben elegirle novia solo lo había espantado. Bueno, por lo menos Faramir tenía suficiente cabeza como para no olvidar que debía su vida a Elessar. Por eso había excavado entre los papeles de cinco siglos y derivado la corona a la augusta cabeza de la elfa. Si alguien no entendía después de eso que el trono negro no le interesaba… ¿Por qué Hurin y los suyos no se quedaban quietos? “Rey Faramir I”, hasta el título sonaba… ¡mal! Y encima debía sacrificar su hora del te de la mañana en planear con esos dos la manera más conspicua de matar al gordo y al afectado de Hirluin. ¡Que el Ojo les quemara la simiente!

El moreno soberano del Anfalas se controló. De toda su agitada reflexión solo fue visible la mirada interrogante que dedicó a Imrahil. El Medio elfo pestañeó solo una vez y sopló su taza de te. Golasgil dio una palmada en el asiento y entrelazó los dedos.

–Después de todo –declaró en tono severo–, se trata de la salud del reino.
El Jefe de las Casas de Curación, y el Jefe de los Labradores asintieron gravemente y miraron al príncipe de Dol Amroth. ¿No diría nada? Imrahil les sonrió con su particular sonrisa vacía.
–Temo que Fiondil no tiene suficiente ropa marrón, es un muchacho de costumbres bastante disipadas, pero sensato. Le enviaré un pliego, para que vista adecuadamente este invierno.

Los otros tres caballeros bajaron las cabezas, aceptando en silencio la advertencia de que los hijos de los conspiradores no serían tocados. Imrahil sorbió un poco más de te y pensó que, con un poco de suerte, podría hasta lograr que Fiondil y sus dos hermanas fueran nombrados sus pupilos. En Dol Amroth estarían a salvo de las intrigas de los “Hurin” que sobrevivieran a la siega, y a él no le vendrían mal el dinero que la corona debía situar para su manutención.

Ropa marrón… Muy pronto más familias estarían de luto cerrado, como si la Guerra del Anillo no hubiera sido suficiente para todos. Imrahil contó mentalmente cuántos niños y viudas dejaría esta nueva aventura palaciega y casi bufó. Maldito Hurin, ¿acaso no le bastaba con acosar a las hijas de sus carpinteros? No, el deseaba acosar a las hijas de los nobles, incluso casarse con una de ellas…

La reunión se disolvió. En el recibidor, una sirvienta ayudo a Imrahil con su capa. Su brillante cabellera roja le recordó al secretario de Arwen. ¿Qué haría con Duilin? El chico había probado ser fiel al Rey, pero eso no salvaría al padre. Todavía faltaban dos años para su mayoría de edad, y situarlo como pupilo en el lugar equivocado podría matarlo. Si, debía escoger bien…

Torre Blanca de Minas Tirith, oficinas de la administración

El muchacho jadeó, retrocedió entre las pilas de arpillera apoyado en los codos y se las arregló para sonreír.
–Creo que no deberíamos…
–Vamos, no tengas miedo.
Sacudió la cabeza, inseguro. Era cierto que todos estaban almorzando y que la probabilidad de que los guardias de la galería les escucharan era remota, pero aún así…
–Pero…
El volvió a besarlo.
–Te deseo…

Duilin contuvo un gemido cuando le dejó respirar para besarle el cuello y parte del pecho. El quería a Liolas, si, pero no le gustaba demasiado “eso” que enloquecía a su novio. Siempre era lo mismo: un breve mareo y luego limpiar las manchas en el pantalón, sentarse con cuidado, dolor al bañarse… ¿Qué tenía de maravilloso? Su novio lo miró con ojos implorantes y él asintió.

Liolas volvió a besarle con pasión, al tiempo que sus manos le desataban las cintas del pantalón. Luego le sacó la pieza, junto con sus pequeños zapatos y comenzó a masturbarle. Los sentidos de Duilin se nublaron y un gemido de auténtico placer escapó de sus labios. Pero el goce duró poco, casi de inmediato sintió un dedo ensalivado tanteando su ano y se tensó.

–Relájate –casi ordenó Liolas.

Reuniendo toda su voluntad, Duilin respiró hondo y se dejó penetrar. Mientras el dedo dilataba su esfínter pensó, con amargura, que el nunca tendría una linda noche de bodas como la que Faramir preparaba para Eowyn en cuanto llegara el Rey. La princesa rohirrim estaba muy nerviosa y se la pasaba buscando excusas para estar un ratito al lado de su prometido.

Un segundo dígito se abrió paso en su carne, Duilin cerró los ojos, y repitió como una oración la última idea. Excusas tontas para ver a su prometido…

Si. Liolas también buscaba excusas para ir a verlo a la mansión de su padre en el Segundo Círculo, pero él sabía que nunca podrían dejar de fingir. Liolas nunca podría ser su novio, ni su prometido, ni su esposo. Liolas nunca le llevaría a pasear a los mercados del Sexto Círculo, ni lo abrazaría en las noches de tormenta bajo un montón de mantas, no jugaría con un pequeño en el patio de armas de la familia, ni siquiera le desnudaría por completo antes de tomarlo.

Tres dedos jugaron en su interior y Duilin hijo de Duinhir se sintió paradójicamente vacío. ¿De qué le servía ser heredero de las mesetas del Río Morthond?, ¿para qué toda la joyería de su casa?, ¿para qué lo cofres llenos de armaduras repujadas? Nunca podría compartir eso con Liolas, estaba condenado a darle su cuerpo en un armario entre dos oficinas a la hora de almuerzo de los empleados.

–Date la vuelta amor… –pidió Liolas con voz ronca por el deseo.

Obediente, Duilin giró y plegó las piernas por debajo de su torso. Liolas le había dicho que lo amaba, que no existía nada que no estuviera dispuesto a hacer por merecerlo, pero, por mucho que se esforzara, Liolas no podía cambiar el mundo en que vivían. ¿O si?

Los ojos verdes del joven se llenaron de lágrimas al sentirse penetrado al tiempo que la conciencia de su propia indefensión lo golpeaba. ¿Huir? ¿Enfrentar la furia de su padre? Ni siquiera el Rey era capaz de cambiar el mundo. ¿No había escapado con Legolas antes de casarse? Por lo menos eso era lo que afirmaban su padre, los amigos de su padre y hasta el mismo Liolas.

¿Qué diría Faramir si le preguntaba? Duilin no se atrevía siquiera a imaginar esa entrevista. Aunque… ¿Por qué no? Faramir confiaba en él, al punto de asignarle la secretaría de la oficina de la Regente Arwen. Si, pero una cosa era confiar en su trabajo y otra dejarlo hablar de su… historia con Liolas, en especial porque el secretario del Senescal no era ni caballero, sino un escribano, un vulgar plebeyo y él… ¿Qué era él? Duilin no lo sabía. Al igual que no sabía por qué los escasos momentos de intimidad que presenciara entre el Rey y Legolas le llenaban de envidia.

El Rey y el elfo compartían algo… se sentían y actuaban como iguales. No había entre ellos esa tensión que presidía sus encuentros con Liolas, en los que su amante (¿?) siempre intentaba llevar la voz cantante y Duilin jugaba a hacerse el tonto, a fingir ser dócil y manipulable, como una chica. ¿Sería eso? No estaba seguro, pero sí sabía que no le interesaba dejar de pensar por si mismo, dejar de ser para que Liolas se sintiera seguro en su papel de protector.

A su espalda hubo fuertes gruñidos y las envestidas ganaron fuerza, señal de que se acercaba el orgasmo de su pareja. Duilin se dejó llevar por los dedos que acariciaban arriba y abajo su propia dureza. Llegaron al borde del abismo al mismo tiempo, pero, por primera vez, Duilin no sintió que el orgasmo lo limpiara, no se sintió libre por esos escasos segundos. Estaba sucio, y –lo supo con aterradora claridad– estaría sucio mientras fuera forzado a negarse por todos, incluso por Liolas.

Ajeno a todo eso, Liolas se dejó caer al lado de su novio y le acarició la espalda sudorosa.
–¿Estás bien?
Duilin no contestó, pero Liolas ya estaba acostumbrado a los cambios de humor de su novio. Suspiró, le apartó un mechón de cabello de la cara y besó su mejilla.
–Eres maravilloso.
Duilin giró entonces la cabeza y lo miró a los ojos, había algo en ellos que no supo descifrar. La idea de no saber qué pasaba por la mente del otro le asustó.
–¿Amorcito…?
Duilin no contestó, tan solo se apartó para buscar sus pantalones y zapatos. Eso era extraño, porque siempre era Liolas el que se iba primero.
–Me voy –anunció el muchacho con voz apagada.
–¿Nos vemos luego? ¿Te acompaño a casa?
–Si, claro. Llévame a casa.

Liolas vio perderse el último reflejo de la brillante cabellera cobriza de Duilin en el pasadizo que llevaba a la oficina de Arwen y se quedó quieto, tratando de descubrir en sus gestos o palabras qué podría haber enfadado a su amor. Acabó por tener dolor de cabeza.

–Hablaremos por la tarde –decidió en lo que terminaba de arreglarse los pantalones y salía.

Palacio del Señor de Mithlond, Ala de invitados

–Creo que deberías cortarte el pelo.
Geniev giró en el asiento del tocador y miró a Ellohir con expresión horrorizada a la vez que se llevaba las manos a la cabeza, en gesto protector.
–¿Costal mij tlenzaj? –balbuceo en su mal oestron.

El gemelo asintió, se apartó del marco de la puerta de la habitación del pequeño y se acercó despacio a él. Geniev lo observó con cuidado, sus negros ojos iban de su rostro a sus manos constantemente, el brillo de desconfianza de los primeros días regresó.

–No se quedará corto para siempre –argumentó despacio Ellohir, tratando de leer en los duros ojos del chico si comprendía sus palabras. –Volverá a crecer y tendrás nuevas trenzas, que no te piquen.

Geniev enrojeció ante el comentario. Sabía que su cráneo estaba lleno de habitantes indeseados, pero no lograba deshacerse de ellos. Conciente de que la vista podía resultar desagradable para los pulcros elfos, siempre salía de la recámara con una pieza de tela oscura arrollada alrededor de la cabeza, pero picaba, ¡ay!, como picaba.

Por suerte ya la piel no le picaba. Los elfos lo dejaban bañarse solito cada noche en una bañera de madera embreada, con agua caliente y estropajos de mar. Había probado a lavarse la cabeza una de esas noches, pero sus trenzas estaban tan apretadas que no todos los huéspedes habían muerto, y la humedad le obligó a quedarse junto a la hoguera de su cuarto hasta el amanecer.

¿Cortarlas? El cabello era algo sagrado. ¿Sagrado para quién? Regresaría al sur con Legolas, sí, y Legolas era un elfo, los gemelos eran elfos, de modo que él también era un elfo, o lo sería….

Movió la cabeza, dubitativo.
–¿Creej que a Legolas le guste?
Los ojos de Ellohir brillaron divertidos, asintió con fuerza.
–¡Por supuesto! Le gustará mucho ver como te crece la pelusa en la cabeza, como a un bebé. Será como si nacieras de nuevo, ¿no te parece?

¿Nacer de nuevo? Esa idea le sedujo de inmediato. Era lo que más deseaba: olvidar, ser alguien nuevo, tener una familia que lo quisiera y no creyera que él… No, Legolas y Aragorn no pensarían que era un monstruo, en especial si cuidaba sus palabras, ¡y sus gestos¡ Con cuidado, Geniev se rascó detrás de las orejas. Suspiró.

–¿Cuándo lo hazemoj?

No fue tan fácil como decirlo.

En primer lugar, Geniev se negó en redondo a quedarse solo con el barbero. Bastó su cara de terror ante las herramientas de artesano para que Ellohir comprendiera que tendría que acompañarlo durante todo el proceso, por más que, en su opinión, fuera un asunto extremadamente íntimo.

Después, los cuatro mechones que años (¿décadas?) atrás fueran bellas trenzas eran ahora un montón de pelo, tierra, y otras tantas cosas ignotas, que las tijeras no podían avanzar. Así que el peluquero se vio forzado a tomar una pequeña hoz y comenzar a segar, con cuidado, dejando expuesta la blanca piel de la cabeza y provocando pánico entre los parásitos que allí residían.

El cambio de imagen fue radical. Sin esa masa sucia deformando sus rasgos, era evidente que Geniev era casi un niño, un niño al cual habían “obsequiado” numerosas heridas en la cabeza, un niño terriblemente parecido al bello Amroth, un niño–elfo que se cubría las puntiagudas orejitas con ambas manos y miraba a su alrededor con miedo.

Tras despedir al barbero, el noldor se arrodilló delante de la silla donde Geniev estaba sentado, con la cabeza hundida entre los hombros y ojos atentos a sus menores gestos. Con sumo cuidado, Ellohir le apartó las manos y acarició los apéndices con la yema de sus dedos. Sonrió.

–Estas lleno de sorpresas, pequeño.
–Yo… –pero el otro le hizo callar con un dedo sobre sus labios.
–Bienvenido de regreso, Geniev. Estás entre amigos.

En algún lugar de la Torre Blanca

Faramir dobló en la tercera galería y apretó el paso. Estaba tan ocupado en adivinar las pisadas de quien le seguía, que no vio a tiempo a la persona que emergía de una pequeña puerta.

–¡Senescal! ¿Qué…?

No le dejó terminar. Con ademán imperativo le ordenó silencio y la obligó a pegarse a la pared. Por unos instantes, Faramir creyó que la habían perdido, pero el olor que la precedía le alertó. ¡Se acercaba! Inseguro de hacia dónde huir de Eowyn y su maldito pastel de grosellas silvestres, miró a un lado y otro, pero estaban en un sector semiabandonado de la Torre, sin tapices o armarios en los cuales ocultarse.

Giró la cara, sin tratar de ocultar el miedo que el inminente encuentro con su prometida y la venenosa golosina. Pero su acompañante sonrió y, tiró de su mano. Faramir se dejó llevar. Primero cruzaron la puerta de donde acababa de salir ella, atravesaron la estancia, por una estrecha galería desembocaron en otro recinto muy espacioso, lleno de muebles viejos y polvo. En una de las paredes había un gran guardarropa empotrado, allí se dirigieron y cerraron la puerta tras de si.

Dentro de la cómoda, el aire estaba húmedo y viciado. Y, aunque por fuera le había parecido al Senescal un mueble grande, su espacio era más bien poco para dos personas adultas, por la cantidad de gavetas y entrepaños.

–Creo que…
–¡Ssss!

Justo a tiempo, de fuera llegaba el inequívoco sonido de pasos y objetos movidos. Obviamente, la Dama Blanca los había seguido gracias a la resonancia de sus movimientos en las paredes de piedra. Pero ella pronto se dio por vencida.

“Seguro cree que el eco la confundió y regresa a la galería principal” –pensó Faramir.

Fuera esta u otra la idea de Eowyn, el caso es que sus pasos se alejaron y finalmente dejaron de oírse. Esperaron unos minutos en silencio antes de atreverse a pronunciar palabra. Faramir contempló a la Regente con ojos culpables y trató de pensar una buena excusa. ¿Qué pensaría ella de todo esto? ¿Cómo podía ofrecerle seguridad a ella, la hermana del Rey, cuando era incapaz de enfrentar a su novia y decirle que era una pésima cocinera y que sus pasteles le tenían con desarreglos estomacales? ¡Por los Valar!

Pero Arwen no estaba interesada en las inseguridades del Senescal, sino que exploraba con manos ávidas y cautas el mueble donde se ocultaban. Abrió una gaveta pequeña y extrajo un envoltorio de pieles oscuras, sus palmas adivinaron una superficie esférica y pulida. ¿Podría ser…? Presa de una repentina urgencia, la elfa separó los pliegues y estudió el objeto bajo la escasa luz. En sus manos brillaba, oscuro y poderoso, el palantir.

Arwen no dijo una palabra, solo acercó el objeto y lo puso a la altura de sus ojos.

–Eso es peligroso –advirtió Faramir, tan asustado al ver la esfera que olvidó su plan de disculpas galantes.
Ella lo miró, sin dejar que la duda asomara en sus rasgos.
–Estas piedras fueron creadas para mi familia.
El emitió un gruñido molesto, Arwen no estaba siendo estricta.

Las Palantiri habían sido fabricadas Eldamar –¿sería cierto el mismísimo Fëanor había tenido que ver?– y siete de ellas obsequiadas a la casa reinante de Númenor. Tras la caída de la isla, Elendil las trajo a la Tierra Media y eran parte de la herencia de Gondor y Arnor. Si, Arwen era hija del hermano del fundador de la dinastía, pero… Por Mandos, él solo temía que…

Le puso una mano en el hombro a la elfa.
–Puede que lo que veas no sea agradable.
–Se que no lo va a ser –repuso ella.

Faramir sacudió la cabeza, no debía subestimarla porque tuviera la frente despejada y los hombros tersos. Arwen no era una mujer, ni un hombre. Era una elfa. Hizo entonces un leve gesto con la cabeza y se sentó al otro lado del armario.

Ella le sonrió en agradecimiento y luego volvió a concentrarse en la esfera. Al principio, solo pudo distinguir dos manos arrugadas y decrépitas que se consumían entre las llamas.

–¿Ves algo? –inquirió el hombre, obviamente animado por su expresión de sorpresa, pero Arwen negó en silencio.

Dedujo sin esfuerzo que veía fragmentos de agonía del padre de Faramir. Sabía bien cómo había buscado su muerte el último de los senescales de la Tercera Edad, al creer condenada su estirpe y perdida la guerra con Sauron. Pero todo eso era pasado. El joven a su lado, anhelante de noticias, temeroso de un pastel de moras y casi asesinado por los nobles que le querían como Rey, no necesitaba saber que lo único que la palantir mostraba eran los dedos llameantes de aquel loco. Solo mantuvo sus ojos fijos en la pulida superficie, sin dejarse vencer por los fantasmas.

Poco a poco las manos ardientes de Denethor se opacaron y las entrañas de la esfera adquirieron un plácido color azul –como el de un río en el día más cálido y seco del verano.

–Busco a Aragorn –declaró en voz baja y firme. –Aragorn, hermano de mi sangre, dunedain del norte, rey del oeste. ¡Muéstramelo!

La esfera se lleno de nubes.

Arwen frunció los labios, exasperada, ¡no deseaba saber el clima en el sitio donde se hallaba su hermano! Entonces las nubes se abrieron y dejaron ver una ciudad. Como a través de los ojos agudos de un águila que busca su presa entre la alta hierba de la pradera, Arwen reconoció poco a poco el trazado de calles y plazas, gente moviéndose y la infinita extensión azul que limitaba el sitio por el oeste.

–¡Lindon!

Faramir la miró con los ojos como platos. ¿Lindon? Eso era definitivamente… Nunca había imaginado que Aragorn se desviara tanto. No planeaba tomar un barco a ningún lugar ¿verdad? Aunque… Si.

Podía bajar por la costa occidental: Harlindon, Minhiriath, Enedwait, la península entre los ríos Isen y Lefnun, en seis semanas estaría ya en la gran Bahía de Belfalas, ahora relativamente segura tras la destrucción de la flota de Umbar. Luego doblar hacia el oeste, pasar frente a Anfalas, bordear la isla de Tolfalas y entrar a la desembocadura del Anduin. Ese camino era el único practicable en invierno. ¿Se trataba de eso? ¿Un atajo para sorprender a los traidores a mitad de estación?

Faramir volvió sus ojos hacia la Regente, en espera de mayores detalles.

Arwen no se movió, ya segura de que estaba actuando de la manera correcta con el palantir, permitió a su cuerpo adaptarse a la posición de espera. Solo sus ojos seguían vivamente los movimientos en el interior del globo.

–Más cerca.

La imagen se concentró en un gran edificio al sur de la ciudad. Algunas de sus paredes parecían nacer de las mismas montañas de Lune, que protegen la bahía de los vientos del mediodía.

–Más cerca.

Una torre, orientada al oeste, de habitaciones amplias y grandes ventanas.

–Más cerca.

Una recámara de color azul, amueblada con divanes de madera clara. Al centro una cama de cabezal finamente tallado. En la cama un elfo rubio harto conocido para ella, cubierto con varias mantas, los ojos cerrados, piel arrugada, aunque luminosa.

–Más cerca –insistió sin dejar que su voz se quebrara.

Junto a la cama un hombre: grandes marcas grisáceas bajo sus ojos, el cabello entrecano limpio y bien peinado. Aragorn estaba inclinado sobre el lecho, sostenía una de las manos de su esposo entre las dos suyas, mientras apoyaba los codos sobre las matas. Sus ojos estaban cerrados con fuerza y murmuraba algo entre dientes.

Arwen sintió que las fuerzas le abandonaban. ¡No podía ser! Las cosas no podían haber salido tan mal.

–Más cerca –casi gimió.

Era como si estuviera a su lado. Contuvo a duras penas las ganas de acariciar a su hermanito. Trató de reconocer las palabras que susurraba el hombre, con la esperanza de deducir qué había puesto a Legolas al borde de la muerte. No tardó en reconocer la breve cantinela.
“An i ú nathant
An i naun ului
A chuil, anann cuiannen
A meleth, perónen”
¡Dulces Valar! ¿Por qué? Legolas era inocente, tal vez el único verdaderamente inocente de todos ellos. Arwen contuvo a duras penas las lágrimas. Dirigió su mirada al enfermo y estudió con cuidado sus facciones. Si, el príncipe estaba en franca recuperación.

Con esa única certeza Arwen se dejó caer hacia atrás y cortó el vínculo.

Durante un tiempo, solo se oyó la trabajosa respiración de la elfa, agotada hasta el límite por la información recibida. Ella dejó sus ojos fijos en el techo de madera, mientras las manos apenas sostenían el palantir en su regazo. Temblaba. Faramir se decidió a tomar la bola –que volvía a estar oscura– y la devolvió a su caja. Luego se volvió hacia Arwen con ojos expectantes.

–¿Vienen hacia acá? –se decidió a preguntar.
Arwen le miró extrañada. ¿De dónde sacaba esa idea? ¡Claro! Ella había dicho Lindon y él pensó en bojear la costa occidental. Habría sido una excelente idea, en otras circunstancias. Desvió los ojos del rostro de Faramir y contempló sus manos sudorosas.
–No.
Faramir se revolvió en el improvisado asiento, incómodo. Se daba cuenta de que la visión había sido perturbadora, pero tenía que preguntar.
–¿El está bien?
Arwen se sintió vagamente desorientada por la pregunta. ¿Cuál “él”? Entonces recordó:

“El” siempre era Estel. Para Faramir, Legolas no era una persona, solo un medio para que el Rey fuera feliz. Nunca había discutido eso con el Senescal, pero de pronto comprendió que pasaría un tiempo antes de que Legolas fuera “El arquero”, “El príncipe”, siquiera “El elfo” y no “el esposo del Rey”.

–No –ya era capaz de hablar con mayor claridad. –Están en una habitación de descanso del palacio de Mithlond.

Levantó una mano para impedir que el hombre la interrumpiera. Las imágenes volvieron a arremolinarse en su cabeza. Se cubrió los ojos con las palmas en un vano intento por detenerlas. Bueno, por lo menos ya no veía el rostro anhelante de Faramir.

–Legolas está recuperándose. Aragorn espera a que sea capaz de viajar.
–¿Recuperándose? –tan solo con el tono asustado en que fuera pronunciada la palabra, Arwen pudo seguir paso por paso las asociaciones en la mente del Senescal.

Faramir era un hombre inteligente, a pesar de los prejuicios que su formación le había impuesto. Por eso recordó de inmediato la conversación que habían tenido aquella tarde en que llegó la carta del Rey, y la larga charla explicativa de Arwen sobre el don que Legolas portaba, el “supremo regalo” de los primeros nacidos al reino de los hombres. El Senescal tragó saliva. Ella le había advertido que, en su condición de varón, Legolas era mucho más sensible durante esos meses que una hembra de cualquier especie.

Levantó la mirada hacia la cansada Arwen.
–¿Y el…? –no podía decirlo. Era demasiado ya saber que algo “así” podía ocurrir.
Ella no tuvo energías para reprocharle la frase dejada a medias, ni siquiera para darle una respuesta directa.
–Mi hermano recitaba una vieja canción, yo se la enseñé. Se llama “El Don”.

Minutos más tarde, los sirvientes vieron un ángel de cabellos negros que corría por los corredores de la Torre y supieron que algo perturbaba a la Regente. Se apartaron de su camino. Ella dejó atrás las habitaciones reales, las oficinas, las desiertas salas de fiesta y las garitas. No se detuvo hasta que alcanzó, resoplando, las caballerizas. Montó el primer animal fresco que sus ojos hallaron y cabalgó a las calles. Necesitaba, desesperadamente, salir de la Ciudad Blanca en busca de los campos helados de Pelennor. Tal vez allí…

Faramir salió del escondite como un autómata.

Nunca supo qué parte de su cerebro le urgió a tomar el palantir, llevarlo a su recámara y ocultarlo en el fondo del baúl. Luego se dejó caer en el lecho y estrujó una almohada contra su pecho. El no quería que ese bebé muriera.

“Pero deseaste que no hubiera sido concebido” advirtió una voz en su cabeza, una voz demasiado parecida a la de su padre.

Faramir maldijo en voz baja sus propios recuerdos. ¿Denethor habría elegido a Finduilas? Si Boromir o él hubieran puesto en peligro la vida de su madre ella había muerto, estaba seguro de que al duro Senescal no le habría temblado la mano. Lo ama, alcanzó a razonar, no es un juego, ni un gesto de poder. ¿Arwen había dicho “El Don”?

Desgranó los versos de la canción despacio, con sus ojos llenos de recuerdos. Aquella infancia… era tan feliz que parecía un sueño en vez de una memoria. Era una canción que su madre le había enseñado hacia mucho, cuando Boromir y él rodaban por el pasto en Dol Amroth y su padre aún sonreía.

“Es sobre el amor”, había dicho ella, “sobre lo que seréis capaces de hacer algún día por esa persona especial” y la bella Finduilas estrechó la mano de su esposo mientras elevaba la voz al cielo para clamar su amor.
"Por lo que debió haber sido,
Por lo que nunca fue.
Por una vida, por lo vivido
Por el amor entregado.”
Faramir se curvó sobre si mismo y deseó haber enfrentado a Eowyn. Era mejor comer pastel de moras que hallar un palantir.

TBC…

EL SEGUNDO REGRESO DEL REY 35

El despertar

Abrió los ojos lentamente, pestañeó varias veces, tratando de enfocar los objetos a su alrededor y el torbellino de recuerdos que golpeaban.

–Haz despertado. –¿Adar?

Legolas se irguió enseguida, asombrado y alegre. Thranduil estaba sentado a su lado, con una brizna de hierba entre los labios, el cabello reunido en una trenza floja y una amplia sonrisa. Lo abrazó con fuerza.

–¡Adar!–Mi Hojita.
El olor en el cuello de su padre era esa lejana esencia a noche y agua que creía perdida para siempre.
–Creí que estabas enfadado conmigo.
–¿Serás tonto? ¿Cómo puedo yo enfadarme contigo? Legolas deshizo el enlace y miró a su padre de frente.
–Es que después de lo de Estel y Auril…

Se calló de pronto. ¿Dónde estaba su hijo? Por primera vez, Legolas miró alrededor. La hierba apenas guardaba huella del lugar donde yaciera. ¿Era la misma planicie? No, ese río no estaba ahí antes ¿o si? Las palabras resonaron en su mente “¿Qué crees de ese río? Es bella su corriente.” Y la respuesta exigente de Estel “No te acerques al río, ¿oyes? Es peligroso Legolas. ¿Me escuchas?”

–Legolas –le llamó Thranduil.
No le hizo caso, en vez de regresar la atención a su padre, Legolas se puso en pie urgido por un recuerdo vago.
–¿Qué hay allá?
Señaló la otra orilla envuelta en niebla.
–¿Eso? –el Rey se encogió de hombros. –Eso es un sueño hinya. Tú perteneces aquí.
Algo en su tono despreocupado alertó a Legolas. Dio un par de pasos y notó, asombrado, que a medida que se acercaba a la orilla la niebla dejaba de ser una pantalla impenetrable.
–Hay un árbol ahí… un roble.

Las voces resonaron de nuevo en su cabeza “Legolas, quédate junto al roble, ¿entiendes?” ¿era esa la voz de Elrohir? “Iré a buscarte allí, no te alejes del roble. Eres el guardián del secreto. ¿Recuerdas el secreto del roble?”

–¡Legolas!
La exclamación lo hizo voltear. Su padre le miraba sonriente.
–Vamos hinya, nos esperan –y señaló a unas edificaciones en el horizonte.
Su adar le tomó una de las manos y tiró de él. La boca no había perdido la sonrisa, pero sus ojos…
–No –repuso Legolas y se soltó del agarre.
Aquello pareció desconcertar al elfo mayor.
–¿Por qué?

Si. ¿Por qué? No estaba seguro, en todo caso no estaba seguro de tener palabras para ello, pero algo tiraba de él hacia la orilla. ¿Cuándo había cruzado? ¿Dónde estaba Auril?

–Porque no se dónde está Auril –argumento con fuerza repentina.
Pero Thranduil solo asintió.
–Nos espera allí –volvió a señalar los vagos edificios en la lejanía.
–¿Allí? –repitió inseguro el joven. –¿Por qué no me esperó?
–Prepara fresas con crema para ti. Se supone que es una sorpresa, pero…

Arrugó la frente, tenía que recordar. “Si te quedas junto al roble, te daré fresas y un gran bote de crema de leche de cabra montañesa.” Volvió a girarse hacia la orilla. “Por favor, Legolas, te necesito. No te duermas.” Estel, era Estel quien decía esas palabras y podía reconocer el dolor en ellas… Dudoso, Legolas dio unos pasos hacia el agua, pero se detuvo al sentir una mano de Thranduil en su hombro.

–Déjalo ya Legolas.

Pero él no respondió. De nuevo la niebla volvía a aclararse y el roble era visible. Estel estaba allí, repentinamente nítido, su voz también llegaba. Era una voz ronca y baja, como de quien ha llorado mucho y dormido poco.

–Legolas despierta, por favor. Sabes que sin ti…
¿Despertar? ¿Estaba dormido?
–Dijiste que era un sueño Ada –comentó con dientes apretados de furia.
–Es un sueño –insistió el otro a sus espaldas.
Pero Legolas está concentrado en la plegaria que Aragorn eleva ante el roble. “¿Recuerdas el secreto del roble?”
–El es mi esposo –dijo lentamente.
Las cosas empezaban a tener sentido en su interior. Cuando giró para enfrentarse a Thranduil, sus ojos habían recuperado el brillo bélico que amaba Aragorn, su esposo.

–¿Crees que seré más obediente muerto?
La sonrisa se borró del rostro de su Ada y el gesto ilegible que tan bien conocía tomó su lugar.
–El te ha puesto en esta situación. ¿Por qué conservas la esperanza de que regresar hará las cosas mejores?
–¡No! Tú nos pusiste en esta situación. Te lo dije: ya no tengo corazón que dar, pero nunca me escuchaste, Ada. Nunca.
–¡Basta! No discutiré esto contigo. Nos vamos.
Se adelantó para atrapar el brazo de Legolas, pero el joven retrocedió un paso y miró a su alrededor, tratando de ubicarse.
–Estamos en los Jardines de Orome, lo sé. Llevo tiempo aquí. Quieres llevarme a las Estancias de Mandos, donde Estel no puede entrar.
Thranduil sonrió de nuevo, pero era una sonrisa cruel.
–Tal vez –admitió. –Pero no puedes estar aquí para siempre. Dime Hojita, ¿qué debes hacer ahora?

Se frotó las sienes, como si pudiera forzar al recuerdo a salir del rincón de su mente donde algo, o alguien, lo mantenía encerrado. ¡Tenía que recordar! Las palabras volvieron a su mente como un rayo en cielo despejado. “No te acerques al río” ¡Si! En ese momento él estaba junto al roble, al otro lado del río. Y ahora… Sin darle más vueltas al asunto, Legolas se dirigió a la orilla.

–¡Detente!

La clara desesperación en el grito de su padre era la confirmación que deseaba. La corriente parecía débil, pero el agua estaba turbia en la orilla. Se sentó y comenzó a sacarse las botas. Oyó la trabajosa respiración de su Ada tras él, signo inequívoco de su furia contenida, pero comprobó que ahora la niebla era muy leve. Eso le dio esperanzas.

–No puedo rendirme –murmuró.
–Eres un insensato –la voz a sus espaldas era ronca y él sabía la razón: Thranduil no podía forzarlo y la impotencia le estaba comiendo las entrañas.
–No le dejaré –explicó en lo que se sacaba la blusa por sobre la cabeza.
–Legolas, hijito… No le debes nada a ese mortal.
Legolas se levantó, volvió a mirar a su padre antes de saltar. Deseaba recordar bien el rostro de ese elfo que casi lo había matado por un capricho.
–Le di mi palabra –explicó con calma.
Thranduil sacudió la cabeza con exasperación.
–La muerte le destruirá.
–Entonces deja que la muerte nos destruya –pidió el joven elfo antes de entrar al agua. –Me rompiste el corazón Ada, pero él tiene lo que queda.

Legolas avanzó hasta que el agua le llegó a la cintura y se sumergió en la corriente. Nadó con fuerza durante un tiempo que se le antojó una eternidad, y tal vez lo fuera. “Estoy regresando a la Tierra Media desde las Tierras Imperecederas” razonó cuando llegó a la mitad del río “es lógico que sea un largo chapuzón.” No se detuvo nunca, sabía que regresar era detenerse. “No te preocupes.” repitió la voz de Aragorn en su interior “En poco tiempo volveremos a casa y esto será un recuerdo.”

Llegó a la orilla jadeante, pero no se detuvo. Incapaz de erguirse, gateó hasta las raíces del roble. Aragorn, los gemelos, Haldir, Arwen, Faramir, Frodo, Sam, hasta el seco y recto Erestor lo esperaban allí. “Un paso más, solo un metro y podrás dormir entre sus brazos” se prometió a sí mismo. Con los ojos nublados y la respiración entrecortada por el esfuerzo, Legolas Thrandulion Telcontar se dejó caer junto al tronco del roble y extendió el brazo para alcanzar a su esposo.

Al sentir que le apretaba la mano, Aragorn le miró, sorprendido. Legolas se las arregló para sonreír, pero la voz le salió ronca de la garganta, y la frase fue corta entre dolores y estertores.
Estelio han, estelio veleth. (Ten esperanza en esto, esperanza en el amor).

Aragorn estaba pasmado. ¿Había sido un sueño? ¿Sus aletargados sentidos le jugaban una mala pasada? Quiso levantar las manos para tallarse las sienes, pero comprobó, asombrado, que Legolas no soltaba su mano izquierda.

–¿Meleth? El elfo rubio no respondió, pero la presión de sus dedos era real, ¡muy real!
–¡Ayuda! –gritó el hombre tembloroso. –Un sanador, por favor, un sanador ¡ahora!
Enseguida se precipitó por la puerta un aprendiz de los que hacían guardia permanente ante la puerta de la habitación.
–¿Qué ocurre? Aragorn era incapaz de hablar, solo levantó su mano prisionera.
–¡Dulce Elbereth! –el jovencito giró para ver a otro sanador que había acudido al llamado. –Voy a avisar a Lord Círdan.
El otro sanador le dejó pasar y se dirigió con pasos rápidos a la cama.
–Con su permiso, Majestad, auscultaré al príncipe.

El dunedain asintió y le dejó hacer, intentó mantenerse calmado y comenzó a acariciar el dorso de la mano de su esposo. Era un gesto que le relajaba y alegraba a la vez, ya que podía percibir como la presión sobre su extremidad fluctuaba. Se concentró tanto en disfrutar los leves mimos, que la voz de Círdan a su lado le tomó por sorpresa.

–¿Aragorn?
El aludido soltó un respingo, pero fijó sus ojos en el elfo moreno.
–¿Puedes decirme qué ocurrió?
–Estaba hablando con él, como de costumbre –Círdan asintió, había recomendado personalmente que el príncipe sinda fuera estimulado con charlas y caricias ligeras, para que supiera que era esperado. –Dejé de mirarlo por un instante y escuché un silbido. Cuando levanté la mirada, tenía los ojos clavados en mí y me hablaba. Era difícil de entender, con la voz ronca y baja, pero me apretó la mano e insistió. Después volvió a cerrar los ojos. Creí que había sido un sueño, pero –señaló la mano de Legolas firmemente asida a la suya– ya ve que no.
Círdan asintió de nuevo y se acarició la barbilla con el pulgar derecho. No quería ilusionarse con este episodio. Podía ser una señal de recuperación, o una despedida.
–¿Qué notaste en tu examen Gildor? –preguntó al sanador que examinara a Legolas. Confiaba en este joven y no deseaba mover al enfermo más de lo estrictamente necesario.
–Su respiración cambio, mi señor: ya no es leve y de largos períodos, sino profunda, incluso produce ronquidos ocasionales. La herida está totalmente cicatrizada y responde de manera regular a los toques con movimientos reflejos. Creo que regresó de la no–muerte y ahora solo duerme.
–Si, es posible.
Aragorn frunció el seño ante la duda que expresaban las palabras del sanador mayor, pero se reprendió al instante. Era el deber de Círdan ser extremadamente cauto.
–De cualquier modo –continuó el elfo de cabellos negros–, si en verdad duerme, el hambre no tardará en despertarlo –sonrió suavemente, llevado por el recuerdo de muchos siglos atrás. –Legolas siempre fue un goloso, y ahora necesita recuperar fuerzas.
–¿Cuánto tiempo estima? –Suficiente para que vallas a tus habitaciones y te cambies, Aragorn –respondió con actitud paternal. –No le servirás de nada si tus manos tiemblan y te desmayas en medio de una charla.

Las mejillas del hombre enrojecieron un poco ante el comentario. ¡Otro elfo que le hacía sentir niño! Pero asintió y comenzó a separar los dedos de su esposo con cuidado.

Cuatro horas después, Legolas abrió los ojos lentamente. Hasta sus oídos llegaba la charla baja y alegre voces familiares. Con dificultad, giró la cabeza en dirección al sonido y logró percibir tres siluetas de pie. Pestañeó intentando enfocar. Su movimiento debió ser captado por uno de ellos, porque se callaron de repente.

–¿Legolas? –reconocería esa voz en cualquier sitio.–Ar… Ar… –Ssss… –el hombre estaba sentado ahora en el borde de su cama y sus rasgos eran casi nítidos. –No te agotes amor. Círdan dice que tienes que comer y beber antes de hablar.

¿Círdan? ¡Vaya! En verdad estaban junto al mar. El agradable olor de caldo le obligó a salir de sus pensamientos y mover los ojos en dirección a la escudilla que su esposo ubicaba ya en una mesita junto a la cama.

–Ahora te vamos a sentar y tomaras un poco de esta sopa suave.
Quiso reírse por el tono controlador de Aragorn, pero sentir unas manos sobre sus hombros le quitó las ganas. Soltó un gruñido que intentaba ser intimidante.
–Calma Legolas, soy Elladan. Nadie te hará daño.

¿Elladan? Si, claro, el gemelo. ¿Por qué le molestaba que le tocaran? Sus recuerdos eran confusos. Una vez semierguido entre las almohadas, solo pudo enfocarse en la cuchara que presionaba sus labios. La papilla no necesitaba ser masticada, pero solo el acto de abrir la boca y tragar le dejó exhausto en pocos minutos. Bostezó.

–¿Quieres dormir ya? –la voz de Aragorn era juguetona. –Bebe primero esto.
No era agua, sino algo un poco más dulce y ácido a la vez. El peso en su estómago era una piedra que le obligaba a reposar.
–¿Estel? –susurró luchando por mantener sus ojos enfocados.
–Estoy aquí amor, nunca te dejaré. Duerme.

El príncipe volvió a la vida lentamente. Con breves períodos de conciencia para alimentarse y mucho sueño, pero poco a poco lograron que sus horarios se estabilizaran. Los lapsos de conciencia se alargaron rápidamente, de modo que pudo conversar con los gemelos, agradecer a Círdan y se presentado formalmente a Geniev. Nunca preguntó por su hijo: Aragorn y él arreglaron ese asunto en privado.

En la tarde del tercer día tras el despertar, Aragorn regresó a la habitación tras atender sus necesidades y encontró a su esposo despierto. Eso le extrañó, había dejado el elfo dormido menos de una hora antes. Legolas no dio señales de haberlo notado, las mantas que le cubrían estaban desechadas, su túnica de dormir levantada para dejar expuesto el vientre, y se masajeaba despacio la parte baja. El hombre dio un paso hacia la cama y el rubio levantó la cabeza como un rayo. Tenía los ojos húmedos.

–Auril –dijo bajito.

Aragorn se acercó al lecho despacio y se detuvo a los pies. Era conciente de que a Legolas le era difícil tolerar el contacto físico –nada de extrañar tras su temporada con Ferebrim.

–Auril no pudo quedarse con nosotros –explicó con una calma que estaba lejos de sentir.

Legolas inclinó la cabeza de nuevo y tocó la cicatriz con la punta del dedo. Luego extendió un brazo hacia su esposo y tiró de él. Aragorn se sentó en el borde de la cama y lo envolvió entre sus brazos. Lloraron en silencio.

Menos de una semana después, Legolas se levantó para caminar hasta una bañadera al otro lado de su habitación. Sentía las piernas débiles y un poco de mareo, pero se apoyó con fuerza en el brazo de Aragorn y avanzó. ¡Deseaba tanto sacarse el olor a ese teleri!

A los diez días ya caminaba solo dentro de la habitación y era capaz de peinarse. Comía normalmente y su vista se había recuperado. Era capaz de bromear y deseaba practicar con el arco.

–¡De acuerdo! –concedió Círdan esa tarde. –Mañana podrás salir de la Casa de Curación, pero debes tomarlo todo con calma, nada de practicar con la espada ¿está claro?
Legolas asintió sonriente. Estaba sentado junto a la ventana, el tibio sol del invierno bañaba su rostro.
–Y bien amigo –preguntó Elrohir acercándose al príncipe con una copa de té. –¿A dónde quieres ir primero? Mithlond tiene muchos lugares que no visitaste cuando eras un elfito –señaló con expresión pícara–, estoy seguro.
–¡Oye Ro! –reclamó Aragorn.
–No trates de corromper a mi esposo.
–No te preocupes amor, se exactamente a dónde quiero ir mañana, cuando el sol este alto y yo me halla librado de esta túnica de enfermo –intervino Legolas con voz suave.
–¿Si? –inquirió el hombre asombrado.
–¡Claro! A la plaza de ejecuciones. Un silencio pesado se instaló en la estancia. Todos comprendían lo que estaba pidiendo.
–Legolas –trató de razonar Círdan–, no creo que ese tipo de emociones te sean beneficiosas…
–¡No seas ridículo! –interrumpió el príncipe sinda. –Le hice una promesa a tu sobrino la primera vez que… –se detuvo turbado y sacudió la cabeza, las palabras fueron casi un ronquido. –la primera vez que me violó. Va a morir y muy lentamente.
–Pero es un ciudadano de Mithlond, merece juicio –argumentó Círdan.
El rubio se levantó como un resorte, como los ojos brillantes de odio.
–¡Lo único que merece es que lo empalen! –se detuvo unos momentos en silencio, como si meditara. –Sin embargo, soy un elfo razonable, tío –y todos comprendieron que la concesión que estaba por hacer era una muestra de respeto al sanador que compartía su sangre. –Hagamos un juicio de armas, recuerdo que eres muy aficionado a eso. ¿Qué dices?
Círdan le mantuvo la mirada al joven elfo, pero tuvo que apartarla. Parecía profundamente incómodo.
–De acuerdo. Ahora si me disculpan, debo ir a prepararlo todo. ¿Deseas que sea con armaduras o con piel?Legolas hasta se mostró asombrado de la pregunta.
–A piel descubierta, por supuesto –contestó el rubio, y sonrió con crueldad. –Quiero que sangre antes del final.

TBC...