¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

Todos los personajes reconocidos públicamente son propiedad de sus respectivos autores. Los personajes originales e historias son propiedad la autora. No se genera ningún beneficio económico por este trabajo, ni piensa por un instante en los derechos de autor.

22 septiembre, 2007

EL SEGUNDO REGRESO DEL REY 34

El Señor de Lindon

Entre las Torres Blancas y el mar

Aragorn terminó de anudar la venda alrededor de la cadera de Legolas y suspiró. Bajó los faldones de la larga túnica de su esposo, le apartó el pelo de la frente sudorosa.

–¿Legolas? –llamó dubitativo. –¿Meleth?
Un gemido y el movimiento leve de los párpados fueron la única señal de que sus palabras eran escuchadas.
–Por favor, Legolas, te necesito. No te duermas.
–Es bello el roble –murmuró el rubio–, pero ya no hay espacio entre sus raíces. ¿Qué crees de ese río? Es bella su corriente.
Aragorn, nervioso, dio varias palmadas en las mejillas del elfo.
–No te acerques al río, ¿oyes? Es peligroso Legolas. ¿Me escuchas?
Elrohir se acercó y sacudió al rubio por los hombros.
–Ahora no puedes nadar Legolas, quédate junto al roble, ¿entiendes? Iré a buscarte allí, no te alejes del roble. Eres el guardián del secreto. ¿Recuerdas el secreto del roble?
–Demasiados secretos –se quejó Legolas. –Estoy cansado, deseo nadar.

Aragorn y su atarince intercambiaron miradas inquietas. Debían hallar la manera de convencer a Legolas de no dejarse ir en su delirio. El ruido de las poderosas mandíbulas de Geniev devorando patatas crudas le dio una idea al elfo.

–¡Legolas! ¿Recuerdas las fresas con crema?
El rubio giro el rostro, como si la mención de su postre favorito le diera nuevas fuerzas.
–Si te quedas junto al roble –ofreció Elrohir–, te daré fresas y un gran bote de crema de leche de cabra montañesa.
–¿Crema de leche de cabra montañesa?
–Es tu favorita, ¿verdad? Me lo has dicho.
–No lo se Ro, no tengo mucha hambre, y el río…
–¡Uno siempre puede comer fresas con crema! Solo espera junto al roble un ratico más.
Legolas hizo un puchero, parecía un niño y Aragorn pensó que ese niño era demasiado caprichoso para su propio bien.
–De acuerdo –anunció el elfo por fin. –Jugaré con ese humano un rato más, ¿Estel?
Aragorn dedicó una mirada agradecida a Elrohir.
–Aquí estoy, Legolas, belleza élfica, joya de los eldars.
–Hablas muy bonito para ser un edain, creo que le caerás bien a mi ada.
–Eso espero Legolas, eso espero…

Elrohir soltó un suspiro de alivio y fue donde su gemelo. Elladan estaba terminando de atar a Ferebrim. Sin mediar palabra, Ro tomó un gran morral y lo acercó, su hermano levantó al teleri y lo acomodó dentro. No dio trabajo, ya que las piernas del ex–pretendiente de Legolas estaban plegadas y amarradas a su torso, habían atado sus muñecas a la espalda, inmovilizando los brazos y reduciendo el tamaño del elfo en más de la mitad.

Antes de cerrar la boca del morral, Elladan se inclinó hacia el prisionero.
–Y si haces un solo ruido en la puerta, Geniev te rompe el cuello. ¿Entendido?
Ferebrim asintió, si ánimos para nada.

En los dos días de desesperada cabalgata que llevaban, había comprobado que el famoso Fantasma de Fornost era poco menos que un salvaje de fuerza descomunal. Sus nervudas manos le habían apretado la garganta cada vez que Legolas empeoraba, y eso estaba ocurriendo de manera demasiado frecuente, incluso para el gusto de Ferebrim. Además, no le interesaba entorpecer la entrada a la ciudad a estas alturas, él también necesitaba al príncipe vivo.

Los gemelos alzaron al elfo–equipaje y lo acomodaron encima de un caballo, luego pusieron mantas y cacharros alrededor, para disimular su forma. Cuando el montaje les dejó satisfechos, hicieron una seña a Mardil y Geniev, los cuales se apresuraron a levantar el pequeño campamento. Solo cuando los cuatro estuvieron listos para partir, hizo Elladan una seña a su hijo. Este asintió y esperó a terminar la canción que entonaba en ese momento para proponer otro juego.

–¿Quieres que te demuestre cuán fuerte soy?
Legolas soltó una risita burlona.
–Nunca serás más fuerte que un elfo.
–De acuerdo, pero puedo llevarte a la copa sin que te molesten las hojas.
–Eso quiero verlo.
–De acuerdo.
Aragorn levantó suavemente a Legolas de la manta donde lo había tendido para pasar la noche. Ante el súbito cambio, el elfo tendió las manos hacia su cuello.
–¡No tan rápido!
–No temas…
A su lado, Elladan susurró unas palabras al oído de Asfaloth. El corcel dobló las patas, y pegó su vientre a la tierra. Aragorn pudo pasar una pierna por encima del animal y sentarse.
–Ahora verás –le canturreó. –Daré un gran salto y estaremos en la copa. ¿Listo?
Legolas se debatió débilmente en sus brazos.
–Aragorn, no me sueltes.
–Claro que no meleth, nunca.
Elrohir sostuvo la espalda de su hijo, pues el hombre tenía las dos manos ocupadas en sostener a su esposo, y Asfaloth se puso en pie con un relincho.
–¿No fue divertido?
–Si… –admitió Legolas de mala gana.

Reanudaron la cabalgata hacia la isla–ciudad de Mithlond, en la gran boca del río Lhûn. Habían cubierto la distancia de cuatro días en dos, y los gemelos confiaban en alcanzar las puertas esa tarde, antes de que Legolas se aburriera definitivamente de este extraño niño edain que jugaba con él y saltara al río de sus delirios para nunca más escuchar sus voces.

Puertas de Mithlond

Galdor escupió una mascada de hierba y contempló aburrido el camino. Cerca de él, Haldad charlaba con unos campesinos sobre el precio de la cebada. ¡Cebada! ¿Cuándo se había visto a un soldado discutiendo sobre granos? Pero claro, con el tedio que reinaba en Mithlond hasta la cebada era un tema. ¡Ay! Si Círdan hubiese accedido a participar en la Guerra del Anillo. ¡Qué de historias traerían a su regreso del lejano sur!

Pero no, él era solo un vigía y el camino seguía igual que cuando los gemelos de Imladris vinieran a pedir ayuda por el asunto de Fornost. Aunque, igual no, estaba esa casa, a la derecha del camino hacia la Casa de Curación. Sus dueños la habían pintado de azul tras el nacimiento del cuarto hijo. ¿Cuánto hacía de eso? Galdor no lo recordaba. Se pinta una casa muy rápido, pero no es igual con los hijos. Su hijo menor, Argeleb, estaba ahora por los doscientos años y ese chico lo cortejaba… Si, doscientos cincuenta años de que pintaran la casa de azul, ese era el único cambio notable en el paisaje.

Los campesinos se alejaron por la calle de la izquierda, hacia el mercado. Haldad regresó a la garita con una gran sonrisa.

–¿Progresas?
El joven asintió.
–Me ha mirado –explicó con los ojos brillantes. –Y antes de irse dijo que tomarían la cena en la posada verde.
Galdor le contempló con burla. El pobre chico llevaba seis meses aguantando charlas sobre granos y lluvias para…
–La juventud está perdida –masculló.
Haldad se inclinó, o había entendido.
–¿Qué dices?
–Nada –se llevó una nueva mascada a la boca y suspiró. –Creo que Argeleb se acuesta con el chico de la casa azul.
Los ojos de Haldad se abrieron como platos.
–¿Qué dices? ¿Ya lo sabe tu esposo?
Galdor se encogió de hombros.
–Que lo averigüe por si mismo. Argeleb puede hacer con su cuerpo lo que le de la reverenda gana. Ya corrí tras siete hijos, que Moryo corra tras este.
Su compañero movió la cabeza de un lado a otro, perturbado.
–Ojalá ese granjero pensara como tu, viejo. Seis meses y aún no se si la hija se llama Idril o Elwing.
Galdor rió ante la referencia.
–¿Qué, se cree un noldor el tipo?
–Por lo menos tiene empacho de lecturas, creo. Y en cuanto al honor y asuntos semejantes, parece que se cree el mismísimo Curufinwe.
La boca del vigía se deformó en un rictus de amargura.
–Esa gente lo que necesita es…

Nunca pudo acabar su idea. El ruido de una cabalgata desesperada les obligó a tomar sus armas y correr hacia la puerta de piedra que marcaba la entrada de la ciudad. Allí, Galdor contempló un espectáculo que nunca hubiera esperado:

Cuatro jinetes se acercaban dando gritos de guerra, que hacían correr despavoridos a los viandantes que recorrían con calma la calzada. Dos de ellos eran elfos, otro parecía humano, el cuarto era… tenía tanta mugre, el pelo tan enmarañado y el rostro tan deformado por la tensión, que Galdor renunció de determinar su raza. Sus caballos se hallaban cubiertos de espuma, así como los otros corceles que traían en fila. A su pesar, el viejo hizo una seña a su compañero y ambos se pusieron en medio de la puerta. Pensó vagamente en sus hijos y se preguntó si Moryo podría arreglárselas con el horno defectuoso, en caso de que esos caballos le golpearan.

–¡Alto! –gritó con toda la fuerza de sus plumones.

Para su sorpresa, la exclamación tuvo efecto. El caballo se alzó sobre sus cuartos traseros por el violento tirón que le habían dado y mordió el aire, molesto, pero se detuvo. Tras él, los otros tres detuvieron también la marcha.

–Saludos, Galdor.
El centinela parpadeó, asombrado. Pero al deshacerse de su casco, el rostro confirmó lo que la voz advertía.
–¡Príncipe! –se inclinó profundamente.
–No hay tiempo para eso ahora. Fuimos atacados en el camino hacia acá y el joven Príncipe Legolas Thrandulion, de Erys Lasgalen, está herido.
Galdor miró hacia donde señalaba Elladan y notó, entre los brazos del hombre, el cuerpo delgado y tembloroso de un elfo rubio.
–Haldad, muévete. Sube la bandera de señales, para que el señor Círdan sepa que debe dirigirse a la Casa de Curación.

El joven asintió torpemente y corrió en dirección de la escalera que llevaba a lo más alto de la Torre del Vigía. Cuando sus pasos se perdieron en el interior del edificio, los ojos del viejo regresaron a los visitantes.

–Gracias Galdor –dijo Elladan, y fue a colocarse el casco para seguir su camino.
–Un momento, mi señor. Ellos –señaló al mortal y al ser desconocido– no pueden entrar.
–¡¿Qué?! –la voz de Aragorn fue un alarido, pero no impresionó al celador.
–Esta es Mithlond, donde se construyen los barcos mágicos. Los mortales no pueden entrar aquí. Pasa tu carga a los señores elróndidas y acampa fuera con tu extraño compañero. Luego Círdan vendrá a darte las gracias, pues el príncipe Legolas es en verdad querido por el Señor de Lindon.
El dunedain fue a contestar, pero una señal de su ada le obligó a morderse la lengua.
–Galdor, si dejas a ese mortal fuera, Círdan vendrá, si, pero a cortarte la cabeza. Ese no es un edain cualquiera, sino Aragorn hijo de Arathorn, de la estirpe de Valandil hijo de Isildur, hijo adoptivo de Elrohir y Elladan Perendil, los príncipes de Imladris, Rey de Gondor y, desde el solsticio de verano, esposo de Legolas Thrandulion. ¿Entiendes?

En realidad, Galdor no entendió algunas cosas de esa genealogía, pero sí captó las duras acentuaciones en la voz del gemelo matador de orcos. Argeleb había vomitado todo esa mañana… Se hizo a un lado.

–Es por la calle de la derecha –indicó.
Los jinetes retomaron la carrera y se perdieron en el interior de la ciudad. Cuando el polvo se asentó, Haldad estaba a su lado de nuevo.
–¿Les dejaste entrar sin revisar el equipaje?
Galdor se encogió de hombros.
–¿Acaso podía contar los piojos del centauro de mugre que se trajeron?

Cuando alcanzaron las puertas de las Casas de Curación, Legolas había dejado de quejarse, estaba definitivamente inconsciente. No importaba que Aragorn le llamara con voz suave o exigente. Tampoco reaccionó cuando el hombre lo pasó a los brazos de Elladan, para poder descender del caballo, o cuado corrieron a través de las galerías hacia la habitación donde esperaba Círdan, uno de los mejores sanadores de Arda.

Aunque los sanadores de guardia lo intentaron, los gemelos no dejaron que nadie le pusiera una mano al príncipe antes de que el Señor de Lindon le viera con sus propios ojos. Ellos sabían muy bien lo que querían y nadie argumentaría errores de procedimiento para exculpar al cerdo de Ferebrim.

Aragorn depositó su preciosa carga en un lecho amplio y limpio, ante la atenta mirada de Círdan y media docena de sus ayudantes.
–¿Qué ocurrió?
Elladan se adelantó y tendió el frasco que aún contenía media medida de veneno.
–Poción para el Olvido, se la estuvieron administrando, al menos, dos semanas.
Cirdan dejó a lo ayudantes la tarea de desnudar y asear el cuerpo de Legolas y fue con el bote hasta la ventana, para examinarlo a la luz. Luego giró hacia uno de sus ayudantes.
–Trae la caja de antídotos del despacho principal.
Se volvió de nuevo hacia los Perendil.
–¿Algo más que deba saber?
–Tiene nueve semanas de embarazo –explicó Aragorn. –Hace dos días que estamos conteniendo la sangre, creo que el capullo se desgarró.
El elfo le dedicó una mirada curiosa y preocupada.
–¿Debo suponer que es usted el sanador que viajaba con ellos?
Elladan se adelantó de nuevo, no deseaba que Círdan creyera a su hijo un atolondrado, aunque lo fuera en algunas ocasiones.
–Estel es sanador, si, pero viajaba con nosotros porque es el esposo de Legolas. Elrohir y yo lo adoptamos hace más de ochenta años y cuando regresemos al sur, ocupará el trono de sus ancestros, en Minas Tirith.
Círdan asintió despacio. Había entendido muy bien quién era ese hombre y de dónde sacaba tanta seguridad.
–Haremos todo lo posible para salvar al príncipe consorte y al heredero del trono de númenor en la Tierra Media –afirmó.

Los tres salieron en silencio de la habitación. Ya en la galería, Elrohir decidió ir a investigar cómo estaban Geniev, Mardil y el equipaje, mientras que Elladan y Estel se acomodaban en un banco.
Esperaron.

Elrohir regresó, con la agradable noticia de que Círdan había dejado instrucciones a su chambelán para hospedarlos en el palacio. Ya había acomodado los paquetes en sus habitaciones, y Geniev seguía vigilando a Ferebrim mientras masticaba patatas crudas.

Esperaron.

Un sirviente les ofreció lembas y agua.

Esperaron.

Círdan salió de la habitación con la túnica manchada de sangre y ojeras. Se detuvo ante ellos y carraspeó. Habló mirando directamente a Aragorn.

–Necesito hablar a solas con usted.

El hombre se puso en pie de un salto y siguió al señor de los elfos teleri a un pequeño despacho, ante la mirada asombrada de los gemelos.

Esperaron.

Aragorn salió disparado del despacho. Tenía el rostro gris, los ojos congestionados y los dedos de las manos crispados. Su atarince corrió tras él, mientras Elladan se dirigía a Círdan con expresión interrogante.

–Legolas vivirá –fue todo lo que explicó. –Ve con él ahora, necesita todo el apoyo que puedan darle.
El mayor de los gemelos asintió y fue en busca de la salida, pero la última advertencia del Señor de Lindon le retuvo aún.
–Creo que deberías poner a Ferebrim en una celda, si tu hijo lo mata esta noche, será asesinato.

TBC...