¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

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07 agosto, 2007

EN BUSCA DE UN SUEÑO 16

¡Así no hay quien viva! (I)

2:00 p.m.

Despertó de golpe. Sin moverse, observó con cuidado su entorno, tratando de orientarse. El zumbido apagado y bajo le dio la clave: estaba en su jet, a salvo de los fanáticos… y de Pierre. Ya tranquilo, apartó las cobijas y se dirigió al baño, donde (¿cómo no?) la eficiente Janice había dejado una muda completa de ropa casual. Cuando regresó al dormitorio, ya lo esperaba su representante.

Le miró primero las manos: solo tenía el teléfono celular, luego los ojos: no parecía enfadada. Solo entonces se dejó caer en el lecho y esperó.

–Faltan veinte minutos para aterrizar –informó Janice. –Nos esperan los oficiales de aduana y un equipo médico –él quiso protestar, pero ella lo detuvo con un gesto. –La compañía –siseó molesta, y le clavó los ojos dorados, de tiburona– aceptó retrazar esta campaña dos semanas ¡dos semanas!, solo si te sometes a un examen que pruebe, más allá de toda duda, que no puedes someterte al estrés de una sesión de fotos y que las heridas no fueron autoinflingidas –la mujer resopló y sus dientes fueron muy visibles, pero recuperó el control de sus emociones de inmediato. –Comoquiera que esto es para la documentación del seguro, tendrá valor legal, pero no podrán publicarlo, nunca –sonrió satisfecha, su expresión de tiburona se acentuó. –Tampoco puedo negar que son eficientes. Tomaron a su cargo el asunto de consignar todo en París, los muebles vuelan ahora en un avión de la Fuerza Aérea y contrataron la estiba desde el aeropuerto militar a tu nuevo piso. Llegaremos a las seis, hora local, y todo habrá sido desembalado por especialistas. ¿No es maravilloso?

Yordan la miró con ojos vacíos, ¿qué se suponía que dijera? –Si.

–El edificio también es una maravilla –le puso en el regazo un montón de fotos–, doce pisos, cuatro elevadores, mucha seguridad, buena vista, mejor ubicación. Varios personajes importantes viven ahí, así que la Guardia de la Ciudadela, que es como llaman a la Policía Secreta, tiene protección permanente. Eso me decidió.

Yordan miró las fotos con desgana. La verdad, el sitio no se parecía en nada a los bunker donde residiera antes. Tenía mucha humanidad ¿no? Con esas ventanas con cortinas floreadas y las bicicletas en la entrada. Suspiró. ¿Tenía algún sentido discutir?

–De acuerdo.

El teléfono de Janice sonó. Yordan arrugó la nariz: no soportaba los celulares. Ella se fue la pieza al lado. Yordan giró con cuidado en la cama y miró por la ventanilla. Sobrevolaban las montañas. Ephel Duath ¿no? Montes de la Sombra.

–Pierre… ¿por qué lo hiciste? Todo iba tan bien…

En pasado, sus relaciones siempre estaban bien en pasado ¡mierda! Iba bien seis meses atrás, cuando se conocieron, y cinco meses atrás, cuando empezaron a vivir juntos, y cuatro, cuando le dio la primera bofetada. Después… ¿Para qué recordarlo? Menos mal que tenía a Janice, o estaría sin novio y sin trabajo. Para eso sí que tenía ojo, para mujeres con vocación de tiburón blanco. ¿Tal vez debería meterse a hetero? De todos modos Janice estaba descartada, esa solo tenía dos pulsiones vitales: dólares y laca de pelo. Se había metido en el negocio de la moda para obtener lo primero a chorros y lo segundo de gratis. Y lo lograba.

Bajo el vientre del jet, surgió el azul brillante del Anduin, Tirith Osto era todavía una mancha oscura. Yordan tembló, como siempre que llegaba por primera vez a un país, y rezó a la todopoderosa señora de los mares.

“Yemayá, Virgen de Regla, mi señora. Deja que yo encuentre refugio aquí. Ya estoy cansado de aprender idiomas, de aguantar gente que no se baña y acostarme con hombres que me maltratan. Solo déjame un pedacito de tu manto.” Yordan se besó la uña del pulgar de su mano izquierda y suspiró. Después se acordó de algo más. “Y si puedes, ponle a Pierre un compañero de celda muy, pero muy cariñoso. Tú me entiendes ¿verdad?”

3:00 p.m.

Théoden terminó su oración y levantó la cabeza despacio. La imagen de Tulkas osciló ante sus ojos, y su lujosa armadura de escamas rojas se volvió una mancha.

“Estoy mareado.”

Con cuidado, el joven se levantó del suelo y retrocedió, sin dar la espalda al icono, en dirección a la galería principal del templo. Ya en terreno neutral, se permitió sobarse la nuca y echó un vistazo a los espejos sobre su cabeza. El gigantesco reloj de sol marcaba el quinto periodo de culto.

“Casi una hora y nada...”

El joven resopló por lo bajo y se sacudió las perneras del pantalón en lo que observaba a las otras personas en el templo casi vacío a esta hora del lunes. Solo un enano, dos estudiantes de medicina, y un novato de la escuela de la flota se inclinaban ante las imágenes de Aulë, Estë y Ulmo, respectivamente. Más allá estaba la amilessë de guardia, una anciana de cabellos completamente blancos que seguramente había dejado el servicio activo veinte años atrás.

Resignado ya, Théoden se dirigió a la puerta del templo, tratando de inventar una buena excusa para llegar tarde al entrenamiento. Casi en la puerta, se detuvo a contemplar el traje nuevo con que estaba ataviada Vána, la Siempre Joven.

–Hola.

Estuvo a punto de saltar de júbilo, pero se contuvo (¡estás en un Ainumardë!). Solo giró despacio para quedar de frente al hombre de cabello negro, rostro ancho –cuidadosamente afeitado–, y ojos de un verde muy oscuro.

–Saludos, nostar Adanost.
El aludido sacudió la cabeza y soltó una risa corta, burlona.
–¿Por qué esas palabras tan formales? No somos dos desconocidos.
Théoden se mordió el labio inferior y miró incómodo a ambos lados.
–Los Ainur nos miran –repuso con voz apagada.

Adanost volvió a reír, pero no dijo nada. Luego hizo un gesto en dirección al gran arco de la entrada. Después de orar tanto tiempo con el sol sobre su cabeza. Théoden sintió verdadero alivio al entrar en el fresco túnel que llevaba a la puerta principal. Llegaron al parque frontal del Ainumardë y fueron a sentarse en el banco que ya les era habitual, bajo un roble de tupido follaje.

–¿Cómo van los entrenamientos? –preguntó Adanost en cuanto se acomodaron.
–Bien, bien. ¿Irá al juego?
–No estoy seguro, ese día es el Arë Nossë, es posible que tenga que atender visitas.
Théoden apretó los puños, contrariado.
–Por favor, puede llevarlos a ver el juego ¿no?
Adanost meneó la cabeza.
–Mira Théoden, los niños que vienen al Arë Nossë desean conversar con el nostar, jugar con sus nossëhíni, escuchar anécdotas, tirarse fotografías. Construir recuerdos ¿entiendes? No pudo prometerte que…
–¡Por favor! –el joven aferró el antebrazo de su interlocutor y trató de adivinarle los ojos por debajo de la capucha azul marino que cubría sus rasgos. –Tiene usted que ir, Adanost, será mi último juego.
–¿Pero de qué hablas? Tienes veinte años, si no te lesionas ¡Estë no lo permita! Estarás jugando doce o catorce años más.
–Es que yo… –el muchacho se calló de repente, luego resopló y soltó la siguiente frase de carretilla. –Después del juego contra Anfalas, voy a dejar el equipo.

El nostar se le quedó mirando por un largo instante. Théoden no apartó la mirada. Después de unos instantes, Adanost volvió el rostro al cielo y respiró hondo.

–¿De dónde sacaste esa idea, Théoden? El football es tu vida.
–Es mi vida, pero no me dará para comer. Debo esforzarme en los estudios, ahora que todavía estoy a tiempo.
–Creí que deseabas ser jugador profesional.
Théoden sacudió la cabeza.
–Andar todo el año de aquí para allá, evitar que tus entrenadores te dopen y tus fanáticos te violen, ser admirado por la fuerza de tus piernas y no por tu cerebro, quedar desempleado a los cuarenta. No, eso no es vida. Yo quiero… algo sólido.
–¡Con que es eso! Una chica dijo que no eras maduro y el mundo se te derrumba.
Adanost palmeó suavemente el hombro del joven y suspiró, su voz era ahora mucho más reposada.
–Mira muchacho, no puedes renunciar a ti mismo para ganar la aprobación de las personas. Al final, nadie será feliz. Si te gusta el football, debes…
–¡No! –le interrumpió el joven poniéndose en pie. –Es usted quien no entiende, Adanost. Yo quiero un empleo discreto, una casa con jardín, un esposo y dos niños. ¿Acaso está mal? No, no me conteste. Ya se que usted no cree en esas cosas, usted es un gran nastor, en su corazón caben tantos nossëhíni que me mareo de pensarlo. Pero yo…

Théoden se detuvo y trató de recuperar el control de sus emociones escuchando el susurro del parque. Extrañaría el lugar, seguro. ¿Por qué, dulces Valar? ¿Por qué todo era tan complicado? Sintió unas lágrimas rebeldes bajar por el costado de su nariz, pero se las limpió de un manotazo y volvió a mirar a Adanost.

–El caso es que quiero ser como los demás, así que tendré que concentrarme en los estudios para que no me retiren la beca. He venido a despedirme.
–¿Despedirte? –el hombre se levantó del banco y dio un paso hacia Théoden, pero el muchacho retrocedió.
–Mi tutora me asignó un cronograma muy exigente, tendré que renunciar a todo lo superfluo.
–Entiendo –respondió Adanost con calma.
El hombre retrocedió y cruzó los brazos frente a su pecho.
–En ese caso –el nastor hizo una profunda reverencia. –Adiós.

4:00 p.m.

El hombre cruzó las puertas de cristal llevando en precario equilibrio dos bolsas de compras.

–Buenas tardes, señor Lómendil –saludó el portero. –¿Tuvo buen día?
–Si, fue un buen día, señor Cintras.
Lómendil se detuvo de golpe, una mueca de contrariedad surgió en sus labios carnosos.
–Aralqua, ¿qué ocurre?
–Hay mucha gente, gente sucia que carga cajas, muebles y maletas –explicó el chico mientras enredaba sus manos en el brazo del padre, buscando ocultar su miedo.
–Se ocupan de la estiba –se apresuró a explicar el portero. –Llegan dos vecinos, al piso ocho y al doce, pero ya casi acaban.
Lómendil hizo un leve gesto de asombro y asintió.
–¿Hay algún elevador disponible?
–El cuatro.
Lómendil reparó enseguida en que Cintras había dejado el más cercano a su puerta, y sacudió la cabeza en agradecimiento.
–Vamos Aralqua –ordenó a su hijo.

Cuando ya se iban a cerrar las puertas del ascensor, un brazo sudoroso se coló entre las hojas. Un muchacho pelirrojo, con una bolsa casi de la mitad de su talla, se sumó a ellos.

–Buenas tardes, señor Lómendil. Buenas tardes, Aralqua –saludó entre resoplidos.
–Buenas tardes, Aranwe. ¿Otra vez corriendo con las compras?
–La vida es corta, señor Lómendil.
El hombre esbozó una sonrisa casi invisible.
–Esas no son palabras para alguien de trece años.
–Es verdad, son ideas de la amil de mamá, pero las estoy poniendo a prueba.
–Eso es interesante –concedió el adulto.
–Aralqua, ¿vendrás a estudiar conmigo esta tarde? –pidió el pelirrojo.

El hijo de Aldaben Lómendil se encogió todo al ver los ojos verdes clavados en él. Su compañero de aula era tan ansioso, tan… intenso, que Aralqua nunca sabía muy bien qué hacer. Apretó dos veces el codo de su padre y esperó.

–Puede ir –intervino Aldaben–, pero no antes de tomar una buena ducha.

Aranwe tragó en seco y estudió su propio cuerpo con atención. Había estado saltando troncos en el parque antes de entrar al mercado, y el sudor corría por su pecho y espalda mezclado con tierra. El también tendría que bañarse, no quería quedar como un yanqui sucio ante los Lómendil, ¡por supuesto! Levantó la vista y sonrió a su vecinito. Aralqua enrojeció, hizó “mmm” y bajó los ojos. Aranwe parpadeó, confundido por la reacción, pero se obligó a permanecer calmado. No acababa de entender el sistema de señales de Arda, pero Aralqua tenía un sistema de señales particular y eso le complicaba las cosas.

Con alivio inconfesable, Aranwe vio que llegaban al sexto piso. Tiró del brazo de su padre apenas se abrían las puertas.

–¿Te veré luego? –insistió aún el pelirrojo.
–Si, claro –respondió el rubio sin girar el rostro.

La puerta del elevador se cerró y Aralqua se quedó mirando la superficie de acero bruñido que reflejaba su silueta, una silueta más parecida a una antorcha que a una persona, en su opinión. “Debería teñirme el pelo de castaño” pensó en el breve tiempo que tardaba en llegar al noveno piso.

Su madre le vio entrar a la cocina con expresión derrotada.

–¿Pasa algo?

Aralqua negó en silencio y arrastró una silla para poner las compras en los armarios superiores. Ahora fue el turno de Anariel para pestañear sorprendida. Decidió hacer un acercamiento tangencial.

–Hijito, tu… ¿tienes hambre?
–No mamá, gracias.
–¿Sed?
–No mamá.
–¿Calor?
–¡Mamá! –Aralqua suspiró y siguió poniendo pomos de confitura en orden de colores. –Solo… solo pon en el horno un par de pasteles. Aranwe viene a estudiar.

¡Ah! Conque Aranwe. La mujer lo entendió todo de golpe. Tener trece años, dulce Vána, y no saber cómo nombrar las cosas. Aunque también Aranwe era un poco extraño ¿no? Ella era ardence y lo notaba extraño, ¿qué le parecería a Aralqua? Bueno, en algo se parecían todos los adolescentes del mundo: no sabían cómo hablar de sus problemas. Anariel volvió a picar cebollas.

–Tu padre llamó, llega tarde por no se qué reunión con la gente de la Casa del Saber y su oficina mañana –fingió no escuchar el suspiro de alivio.
–Me voy a bañar –anunció Aralqua con falsa calma.
Anariel oyó sus pasos en dirección a la recámara, pero la voz de su hijo la sorprendió de nuevo.
–Mamá.
Se volvió extrañada. Aralqua estaba frente a ella, muy rojo, dando suaves golpecitos en el suelo con la punta del pie izquierdo.
–¿Si?
–Yo… estaba pensando… como corrí y eso… mi pelo ¿sabes?...
–Tu champú está en el baño, hijo.
–¡Pero es para acentuar el rojo! –se quejó. –Y el rojo… ¡es horrible! Mírame, parezco una antorcha humana.

Anariel enarcó las cejas y ponderó el asunto por un momento. ¿Desde cuando el rojo era “horrible”? La mitad de la ropa de Aralqua era roja. Acarició los rizos con suavidad y sonrió.

–Puedes usar un poco de la loción de amil, debe dar un efecto caoba ¿estará bien eso?
–¡Genial!
–Pero recuerda que es solo un enjuague, saldrá en cuanto te mojes el pelo de nuevo.

El muchacho no la escuchaba ya. Anariel sintió la puerta del baño cerrarse con fuerza y se mordió los labios. “Los hijos no son nuestros, sino de ellos mismos” se dijo para consolarse en lo que buscaba dos pasteles de manzana en la nevera y los ponía en el horno. Siguió luego con la cena. De vez en cuando echaba miradas al reloj, que justo hoy se esforzaba en ir despacio. ¡Tan despacio!

–¿A quién esperas?
–¡Por Melkor, amil! No hagas eso.
Eala sonrió en lo que se acomodaba en una silla, divertida ante la irregular respiración de la mujer y las manchas rojizas que habían surgido en su cuello.

–Anariel –repuso con voz suave–, hago más ruido con este andador que una banda de hip–hop de esas. Tú me oyes por toda la casa.
–Tienes razón –admitió la mujer, y se sentó frente a ella. –Estaba entretenida.
–Huelo pastel de manzanas –comentó Eala con curiosidad evidente.
–Aranwe viene a estudiar –explicó.
–Y Aralqua está en el baño –dedujo la anciana.
–Ocupado en cambiar el color de su pelo –informó la madre en lo que se masajeaba las sienes. –Menos mal que Fred llega tarde.

Estuvieron calladas unos minutos, sopesando las implicaciones de que Aralqua se bañara dos veces en un día por iniciativa propia.

–Vas a tener que hablar con Fred, querida. ¿Cómo vas a justificar un tinte de pelo?
–Ya se me ocurrirá algo –gimió ella–… supongo. ¡Ay, amil! Yo no se cómo decirle que Aralqua está enamorado. Me costó tanto convencerlo de regresar acá ¿entiendes? Cuando le suelte la bomba va a pensar que lo había planeado todo.

Eala negó con suavidad y, muy despacio, puso una mano en el hombro de su hija biológica.

–Querida, él va a maldecir en seis idiomas por dos días, y luego entenderá.
–Van a ser dos días insoportables –bufó la joven.
–Si lo prefieres yo…
–¡No! –le cortó ella de inmediato. –Tú te quedas. Fred es mi esposo, pero tú eres mi amil. Te quedas hasta que regrese Nornorë de Kenia, eso no se discute.

Anariel se levantó y se puso a revolver la sopa con violencia. Eala contempló su espalda recta y sus anchas caderas con orgullo, había heredado varios rasgos suyos que le diferenciaban de sus otros nossëhíni. Sin embargo, nunca habría esperado irse a vivir con ella.

De sus quince nossëhíni, Anariel era la que menos la visitaba en el pasado. Era comprensible, sus adares trabajaban en un poso de petróleo en Forochel, y su Ainumardë estaba a la orilla del río Gladio. Luego la niña había marchado a estudiar en Estados Unidos y Gran Bretaña. Eala no dejaba de asombrarse del extraño giro que tomaría esa relación a partir del viaje: un día llegó una carta al Ainumardë ¡desde Nueva York! Anariel escribía, y no una postal, sino una larga crónica de sus aventuras y sorpresas. Insegura, Eala contestó, compilando con dificultad la tranquila vida de sus colegas del Ainumardë y la escuela anexa, segura de semejante reunión de chismes intrascendentes pronto aburrirían a la becaria. Pero no fue así. Se cartearon por ocho largos años, con no menos de una misiva al mes, ¡a veces llegaban a siete!

Las cartas de Anariel pronto dejaron de ser su patrimonio. Las partes en que le contaba de la universidad y las ideas pedagógicas de los firyarekaiello, las discutía con sus colegas de la escuela y les citaba en las respuestas. Las aventuras y reflexiones personales las leía a sus otros nossëhíni, en los Arë Nossë, y varios se animaron a escribirle por su cuenta. Así se había forjado la amistad entre Nornorë y Anariel, una amistad que sobreviviría, incluso, el vergonzoso episodio de Río de Janeiro.

Eala arrugó la frente. Río… tarde o temprano eso salía a relucir. Sin duda, Fred lo mencionaría cuando Anariel le explicara por qué Aralqua se había teñido el pelo. ¡Nienna fuera llorada! Fred nunca había perdonado a su esposa que no mencionara que Nornorë vivía en el barrio gay de Río y que ahí estaría su hijo de tres años mientras ellos viajaban a la Amazonía. Era, sin dudas, un encontronazo cultural. Que empeoró cuando la UNICEF les dijo que debían alargar el proyecto de alfabetización de ocho a dieciséis semanas. Todos creyeron que el divorcio era inminente. Pero nada pasó.

La intriga que producía ese episodio en la familia era tremenda y creyeron que Aralqua nunca pondría sus pies en Arda hasta los 20 años. Entonces, le propusieron a Fred venir a asesorar la integración económica de las universidades de Arda y, con un poco de ayuda, él aceptó. Toda la familia acudió al aeropuerto y Fred fue muy civil con sus casi treinta parientes, pero innegablemente amable con ella. Eala no tardó en comprender.

Anariel y Fred estaban al borde del divorcio, llevaban casi cinco años poniendo parches a su relación. En un intento desesperado por hacerla feliz, el puritano yanqui había aceptado mudarse a Arda, pero no podía reconciliarse con la idea de tener dos suegros hombres, trece medio–cuñados cuyas orientaciones sexuales nunca podría definir y uno cuyo estridente homosexualismo conocía de primera mano. Eala era lo único medianamente habitual, su mecanismo de compensación interna: la suegra. Por eso la invitaba a cenar cada dos por tres (sin Nornorë, por supuesto) y estaba tan contento de hospedarla mientras su nossëhíni menor cerraba una investigación en Kenia. Había llegado al extremo de obligar a Aralqua a llamarla “abuela”, aunque él ya tenía dos abuelos: Amlach y Narwael.

Y ahora esto… La anciana casi podía imaginar el mundo de fantasía de Fred Williams cayendo en pedazos cuando supiera que su único hijo estaba enamorado de Aranwe Lómendil. Lo peor, era que Aralqua sabía de los sentimientos encontrados de su padre y se esforzaba por satisfacerlo, pero estaba perdiendo la batalla.

El timbre de la puerta le hizo salir de sus ensoñaciones.

–¡Yo abro! –gritó su nieto, y pasó como una tromba por la puerta de la cocina.

Eala y Anariel intercambiaron miradas divertidas. La anciana se dejó ayudar para ponerse en pie y, apoyada en su andador, fue a la puerta del estudio.

–Buenas tardes, amil Eala –saludó el rubio muy serio, pero con un delicioso rubor en las mejillas.
–Buenas tardes, Aranwe. Gracias por venir a ayudar a mi nieto con sus tareas.
–Yo… En realidad…
–El y yo nos ayudamos mutuamente, abuela –intervino Aralqua.
–Y eso está muy bien –opinó Anariel, que se acercaba con una bandeja olorosa a pastel de manzana. –Ahora entren, que ambos deben hacer sus tareas antes de las siete.
–Pero mamá…
–Ni un minuto más tarde, jovencito. Estoy segura de que el señor Lómendil necesita ayuda en su casa, y tú tienes que terminar algunas cosas antes que tu papá llegue, para que cenemos sin problemas ¿no?

Aralqua abrió los ojos con repentino miedo y se tocó sus mechones castaños, todavía húmedos a pesar de la secadora.

–Claro, claro –balbuceó inseguro y casi le arranca la bandeja a su madre. –¿Vamos Aranwe?

5:00 p.m.

Boris se limpió unas lágrimas rebeldes y permaneció doblado sobre si mismo, convulsionando de risa. Midhiel lo contemplaba con extrañada diversión, Igor con mal disimulada vergüenza y el Príncipe con satisfacción.

–Es graciosísimo ¿no, Igor? “A los hombres no se les toca por gusto” –repitió por décima vez.

Boris se calmó un poco y pudo erguirse entre los cojines. Sus ojos verdes brillaban de alegría.

–Es lo último que se podría imaginar en boca del remaricón de Barahir. Por favor, primo, tienes que contar ese en una reunión familiar.
–De acuerdo –concedió G con una de esas sonrisas heladas que tan mal le caían a Igor. –Por cierto, están organizando una cena para que conozca a Ivana.
Boris se calló de golpe y miró asombrado a su amigo.
–¿De veras? –repuso el aludido con voz neutra. –La verdad es que no participo mucho en la vida social de mi mmm familia.
–Nuestra familia –le rectificó G con suavidad.
–Si, si, claro. Nuestra familia –de pronto Igor tenía la impresión de que la habitación estaba caldeada.
–Yo estaba pensando. Mi ruso nunca fue muy bueno, y está… ¿cómo dijiste ayer, Midhiel?
–Oxidado –susurró la rubia en lo que servía te frío a Boris.
–Si, eso, oxidado. Y sería de muy mala educación expresarme mal en la lengua de la –parecía saborear la palabra–… familia, ¿verdad?
–Yo no creo que a Ivana y a mis padres les importe que…
–¡Por favor! –le interrumpió G. –Los títulos no justifican la grosería. Es imperativo que practique el ruso –se volvió a su primo. –¿Verdad?

Boris asintió con fuerza, parapetado tras su taza de te. G volvió a mirar a Igor, apoyó una mano sobre la rodilla del joven y adelantó el rostro, de modo que sus ojos ocuparan todo el campo visual de su interlocutor.

–¿Me ayudarás?

Igor pensó en retroceder, besarlo o empujarlo, pero no lo hizo, por varias razones que solo a él competen. Así que, tras pensarlo un poco, hizo exactamente lo que el príncipe quería en ese momento de él: asintió.

–Claro, para eso está la familia ¿no?
G se apartó tan rápido como se le había pegado.
–Te pagaré 20 arani la hora.

Luego se levantó con su extraña fluidez de acróbata y dejó que Midhiel le ayudara a ponerse túnica negra y larga por sobre el traje. Boris e Igor comprendieron que era hora de partir y se levantaron también. El camino de regreso fue silencioso.

Al llegar ante el edificio de los jóvenes, Boris fue el primero en bajarse. Igor fue a seguirlo, pero G atrapó su mano y le obligó a mirarle de nuevo.

–Nos vemos mañana, a las cinco, en mi casa –ordenó.

Igor estaba tan poco acostumbrado a recibir órdenes que no supo cómo reaccionar.

TBC…

NOTAS

¿Nadie se había preguntado por la religión oficial de Arda? Pues sepan que desde el siglo XIII el culto a Eru se institucionalizó, y la asimilación posterior de los Ainur y Maiar como “santos” y “ángeles” fue un proceso breve, respuesta a la masiva conversión de los sureños al cristianismo. Para el siglo XVI ya cada Ainur tenía su imagen y atributos definidos; y se habían dictado normas modélicas para la arquitectura del Ainumardë (Salón de los Ainur, en plural Ainumardi)

Cada Ainumardë está presidido por una imagen evocativa de Eru, el Único, quien habitaba en el Vacío y cuyo rostro nunca fue revelado. A lo largo de las paredes se alinean las representaciones de los Ainur, que pueden ser esculpidos porque en Arda adoptaron diferentes formas, cada uno según su naturaleza y los elementos que amaban, y, aunque no estaban atados a una forma visible, muy a menudo la adoptaban bajo la característica de una indumentaria, y en edades posteriores serían conocidos por los elfos y hombres bajo esas apariencias. Ellos son: Manwë, Rey de los Vientos; Varda, Reina de las Estrellas; Ulmo, Señor de las Aguas; Nienna, la Plañidera; Aulë, el Herrero; Yavanna, Dadora de Frutos; Oromë, Señor de los Bosques; Vána, la Siempre Joven; Mandos, Guardián de los Muertos; Vairë, la Tejedora; Lórien, Señor de los Sueños; Estë, la Sanadora; Tulkas, el Campeón y Nessa, la Bailarina.

Los Amilessë (significa “nombre de madre”) son la poderosa organización encargada del culto, la enseñanza de la doctrina y la administración de los asuntos religiosos. Están integrados por las amil ("madre") y los nostar ("padre"). Se distinguen porque llevan siempre sobre la ropa una capa de color azul marino con capucha y se cubren el rostro al salir de los recintos sagrados. Al ingresar a los Amilessë, las personas se comprometen a permanecer un mínimo de veinte años a disposición de la organización, pero la mayoría ingresa sin intensión de volver a la vida laica y mueren en los hogares de vida común o en los de sus nossëhíni.

AMILESSË "nombre de madre, nombre familiar" (amil "madre" + essë "nombre")

HINYA "mi hijo, mi niño" para hinanya) (WJ:403). Pl. híni (sorprendentemente no **hínar) en Híni Ilúvataro "Hijos de Ilúvatar" (Índice del Silmarillion). En compuestas -hin pl. -híni (como en Eruhíni, "Hijos de Eru", SA:híni)

MARDË "salón, estancia"; sólo pl. mardi certificado (Nam, RGEO:66)

ÁRË "día" (PM:127) o "luz del sol" (SA:arien).También el nombre de tengwa 31. Originalmente pronunciado ázë; cuando /z/ se fusionó con /r/, la letra se hizo superflua y le fue dado el nuevo valor ss, de ahí que fuera renombrado como essë (Apéndice E). También árë nuquerna *"árë invertido", nombre de tengwa 32, similar a árë normal pero invertido (Apéndice E)

NOSSË "familia" (PM:320)

NOSTARI "padres", pl. de *nostar o *nostaro "padre" (LotR3:VI cap. 6, traducido en Letters:308)

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