¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

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07 agosto, 2007

EL SEGUNDO REGRESO DEL REY 33

De los usos y costumbres de las diversas razas de Arda II

De los Hombres de Gondor

Faramir sonrió un poco detrás de su copa. Era suficiente, pues las estruendosas carcajadas de Forlong valían por las de dos o tres hombres.

En realidad, a él nunca le habían gustado los chistes del Señor de Lossarnach, menos aún comer en su compañía, pero esa noche había aceptado bajar a donde Hurin de las Llaves y ocupar el sitio de su padre en las reuniones que allí se organizaban. Llevaba cuatro meses dando esquinazos y esa tarde salió directamente del despacho al alto dintel del viejo, resignado. Tampoco creyó que sería tan terrible, solo una aburrida cena de negocios donde anhelar el cuerpo fuerte y blanco de Eowyn, pero cuando el sirviente lo hizo pasar al recibidor y vio la gigantesca humanidad de Forlong repatingada cerca del fuego, su decisión flaqueó.

El Senescal barajó una serie de excusas para huir y justo entonces el joven Duilin desvió la atención del relato –indefectiblemente heroico, sangriento y orgiástico– que refería Forlong, para posar sus ojos en él. Los fanales verdes –iluminados de través por el fuego del hogar– se animaron de inmediato y el muchacho le instó a unirse con un elocuente movimiento de cabeza. Su padre, el siempre parco Duinhir, notó el cambio de interés y descubrió a Faramir recostado a una de las columnas que franqueaba la entrada.

Ahí se le acabaron las oportunidades.

En lo que se adentraba en el largo vestíbulo en penumbras, Faramir se consoló pensando que hacía esto por el reino, por el majestuoso Aragorn, el simpático Legolas y la dulce Arwen, lo hacía para estar a la altura de Gandalf, lo hacía hasta por conservar el aprecio de Gimli, Eomer, los medianos, Beregond y lo hacía, incluso, con la esperanza de que Duilin tuviera –para variar– buenos ejemplos que seguir. Así que estrechó amablemente las manos de Hirluin el Hermoso –Señor de Pinnath Galin–, de Golasgil –el moreno soberano del Anfalas–, de Duinhir –Señor de las mesetas del Río Morthond–, y de Felitar – Jefe de los Contadores del Reino. Se inclinó a besar la mano de su pariente y mentor, Imrahil el Medio Elfo, Príncipe de Dol Amroth. Alabó la feliz idea del encuentro mientras abrazaba al viejo Hurin. Dejó caer un cumplido acerca de lo bien que sentaba la barba a Forlong el Gordo. Y revolvió el cabello largo y cobrizo del Duilin con cariño.

Participó poco en la charla, que monopolizaron Forlong y Golasgil con interminables anécdotas de cetrería. Las intervenciones del de Anfalas le salvaron del sueño. Golasgil, un gran pescador a la vez que guerrero, describía tierras cercanas a su corazón, asociadas al melancólico rostro de Finduilas. Entre copa y copa, el Gordo y el Moreno establecieron un amigable torneo de aventuras y jarras de vino que Faramir seguía de lejos, ocupado como estaba en dejar que Diunlin le sonsacara información sobre su secretario Liolas, del que estaba perdidamente enamorado.

De modo que la cena transcurrió con la falsa despreocupación de siempre y no fue hasta los postres que el verdadero tema salió a colación.

–Por cierto, hijo...

Faramir hizo una mueca ante el apelativo. Los Capitanes del Oeste se empeñaban en llamarlo ahora “hijo” porque no estaba en la Puerta Negra aquella tarde ¡Cómo si ellos hubieran marchado por voluntad propia!

Duinhir rectificó.
–Dime, Faramir, ¿cómo va la restauración de las habitaciones reales?
El Senescal dejó su copa, casi llena, sobre la mesa.
–Van bien, gracias a esas hermosas almadías que trajeron tus hombres, entre otras cosas.
–Tal vez –intervino Hurin–, entre las otras cosas se incluya el trabajo de mis carpinteros. ¿No te dije que eran buenos domando el lectheron?

Faramir se limitó a asentir. No le daría pie a Hurin para que alabara a sus carpinteros –que no eran de él, sino de sí mismos– sabiendo como sabía que no podía diferenciar un nudo resistente al fuego, de un redondel mordido por la carcoma.

–Los obreros se esfuerzan. No solo están felices de construir algo distinto a máquinas de guerra, también cuentan con que, apenas acomoden la última alfombra, el Rey vendrá a ocuparse de todo.
–Por cierto –intervino Felitar –, no deja de parecerme apresurado el Plan de Restauración. Es cierto que esas estancias llevan cerradas no menos de seiscientos años y lo que te propones es una renovación capital de toda el ala residencial de la Ciudadela, pero el mismo Elessar parece dispuesto a darnos tiempo, paseando por el norte.
–Pues yo comprendo perfectamente su demora –comentó Forlong, que acababa de aclararse la garganta con un largo trago. –Quedó con el príncipe elfo en cazar esas extrañas arañas de Mirkwood ¿no? Dicen que son cosa seria, del tamaño de un hombre y con patas como de caballo. Nunca he visto una, pero lamento sobremanera que no me incluyeran en su escolta.

Dicho esto, el viejo Señor de Lossarnach echó el cuerpo hacia atrás y tamborileó con los pulgares en la mesa, con expresión satisfecha. Hurin le miró por un instante como a una liebre que de pronto ofreciera su vientre al cazador, luego le golpeó el hombro, afectuoso.

–Ya te llevará el Rey a cazar arañas, viejo amigo. Solo espera tu que vuelva. Y si no accede, le escribes al elfo rubiecito.
El comentario provocó un automático tinte encarnado en las mejillas de Duilin. Por suerte, antes de que el joven pudiera decir algo lamentable, Imrahil intervino.
–Buena idea es esa Hurin. De paso, cuando regrese Forlong de su paseo por Erys Lasgalen, puede traerte las actas donde se refleja el paso de tu Clan por esas tierras en camino acá. Tal vez incluso recuerde a tus parientes, tenía 300 años cuando eso ocurrió.

Hurin no bajó los ojos, pero se le realzó la palidez. Estaba orgulloso de su ascenso lento y meritorio en el gobierno de Gondor, pero siempre pendía sobre él la amenaza de que, si se iba de arrogante con aquellos hombres de Oesternesse, ellos sonrieran levemente y le tacharan de advenedizo. Como muchas veces a lo largo de sus sesenta años de vida, se las arregló para dibujar una sonrisa sumisa. Por suerte para su orgullo, todos en esa mesa tenían que ventilar algo más urgente que árboles genealógicos. Imrahil se dirigió con semblante preocupado al resto de los invitados.

–A veces pienso en ese chico, Aragorn, y vuelve a asombrarme lo que hizo durante la guerra. No me extraña que fuera un gran guerrero (lo fueron todos en su estirpe), pero el genio militar no se aprende. Creo que lleva razón Forlong cuando sospecha que se deja retener en el norte por Legolas y otras amistades. ¿Qué apuro va a mostrar en encerrarse en esta jaula de piedra después de una vida a la intemperie? ¿Acaso te parece divertido, joven Duilin, el largo protocolo real? –el adolescente negó con energía. –Ya lo veis. ¿Qué dirá un hombre que lleva más de ochenta años sintiendo a la tierra mudar de humor bajo sus plantas?
–Terriblemente aburrido parecía el día que me presenté en la Sala de Audiencias –comentó Hiurlin, meditabundo. –Ya llegan las nubes desde el norte, y ¡ni una carta! Cuando mi hija pregunta si podremos invitarlo a su Baile de Presentación, no se qué contestar. Gobernar no es fácil, lo sabemos bien, y quien crea que reinar es solo llevar hombres a la guerra puede decepcionarse... pronto.

Un silencio ominoso se adueñó de la estancia, por un rato solo fueron audibles el crepitar de los leños en la chimenea y los amortiguados ruidos de los obreros que día y noche laboraban en la Ciudadela –sobre sus cabezas– y en los anillos inferiores de la ciudad. Tras lo que pareció una aciaga infinitud, Hurin dio dos palmadas para atraer la atención y miró a todos de manera reprobatoria.

–Amigos, ¿no les parece que van muy lejos en sus sombrías deducciones? Rayan en lo ofensivo, digo yo. ¡Decir que el Rey nos va a dejar! –soltó una risotada vacía. –Pero si apenas lo recuperamos. ¡Además!, Faramir no permitirá algo tan terrible. Igual que se las arregló para sellar una Alianza de Sangre con Rohan desde una cama de las Casas de Curación, nos dará un Rey –y el viejo aún agregó con acento muy suave, casi un susurro. –Con o sin Elessar, él nos dará un Rey.

Forlong estalló en nerviosas risas.

Faramir bajó los ojos y jugó con su copa, como si la desmesura de tal anhelo lo superara.

Imrahil sonrió: ¿era eso lo que deseaban los amigos del difunto Denethor? Poco y mucho a la vez, pero lógico, al fin y al cabo.

Hiurluin y Felitar fijaron sus ojos en los gestos del Senescal, listos a pronunciarse divertidos, interesados o ultrajados, según fuera necesario.

Golasgil no atinó más que a vaciar su profunda copa de un trago, pero el licor no causó afecto alguno en su mente. Incluso, los vapores de anteriores libaciones parecían haberse evaporado.

Duilin giró hacia Faramir. Al no ver al Senescal levantar la mesa de un empellón y degollar con fulminantes tajos a esa sarta de conspiradores en un elegante giro de su capa –Duilin había olvidado que nadie en la mesa llevaba espada, y menos capa–, hizo un intentó de incorporarse y huir.

Duinhir retuvo a su hijo en la silla sin que un solo músculo de rostro se alterara y continuó observado atentamente a los reunidos. Al ver temblar la superficie del vino en la copa de Faramir, comenzó a sospechar que apostaba por el caballo perdedor. Se consoló con la idea de que el idealista y afeminado de su heredero había acertado, ¡por una vez!

De los Elfos Teleri

Legolas dejó que Ferebrim le acomodara las caderas sobre una almohada y se enfocó en controlar los temblores. Su esposo no se detuvo ante la evidente tensión, siguió acariciando la cara interior de los muslos y la ingle con paciencia. Poco a poco, los roces dieron fruto y el placer ganó los sentidos del rubio, apartando los fantasmas. Se inclinó entonces sobre la piel alabastrina y depositó besos leves alrededor del sexo ya erguido.

–Te amo.
Deslizó una mano por debajo de los testículos y separó los pliegues externos del apretado anillo muscular. Levantó su rostro para encontrar los dilatados ojos azules, sonrió con ternura.
–¿Puedo? –preguntó a la vez que alzaba un botecito de lubricante.

Legolas no se atrevió a despegar los labios, temeroso de que los gritos que profería su mente atravesaran el aire. Era la tercera vez que Ferebrim intentaba poseerlo desde que perdiera la memoria, y, por lo que dijera su esposo, la quinta desde que dejaran atrás el Bosque Negro. Apenas habían podido consumar la ceremonia el día de la boda, estaba tan avergonzado de todo eso...

Los dos intentos anteriores los había parado en seco sin siquiera dejarse desnudar, pero la triste frustración en los ojos de aquel tierno teleri le partía el alma. Esa tarde, cuando acampaban junto al lago Nenuial, decidió que lo haría, costase lo que costase, porque alguien tan gentil merecía lo poco que su cuerpo inexperto y herido podía dar.

El Príncipe asintió y abrió un poco más las piernas.

El aceite perfumado se escurrió por su piel y fue diestramente administrado. Pensó en las mariposas oscuras que vuelan por sobre las copas de los árboles de Mirkwood. Un dedo le penetró muy despacio. En primavera, los corzos regresan del sur con sus crías y dejan que los elfitos jueguen a tocar los calientes y temblorosos hocicos. Dos dedos, girando y separándose para dilatar el camino. La flecha que se tensa para el disparo debe pasar por debajo de la oreja, y sus plumas acariciar la palma de la mano que tira. Tres dedos hundidos en él, buscando algo. Entre el cram y los lembas hay la misma diferencia que entre el lodo y la tierra cocida: al arte oculto de la sabiduría. Algo grueso y rasposo que lo partía en dos, que se abría paso en su carne como un ariete y unas manos suaves que le apartaron las lágrimas rebeldes.

–¿Quieres que me detenga?
–No, estoy bien, de verdad.

Ferebrim se abrazó a él y retrocedió un poco. Envistió de nuevo. Construyó un ritmo lento y firme en el que sus manos subían y bajaban del pecho a los muslos, de allí al rostro o la espalda. Legolas se sentía morir, algo dentro de su cuerpo rechazaba esa intimidad, pero se obligó a suspirar, a girar el cuello, incluso a devolver un par de besos y caricias. Su esposo volvió a masturbarle y sus orgasmos fueron simultáneos, aunque bien distintos en intensidad.

El teleri se separó despacio y enseguida cubrió su orificio con una compresa.
–¿Pasa algo? –inquirió el rubio, tratado de salir de la modorra que lo embargaba.
–Sangraste un poco, es normal –se inclinó a cubrirlo con una manta y aprovechó para besarle los labios. –Gracias.
Legolas sonrió con cansancio.
–Tu lo merecías... –tuvo que callarse, el sueño era mucho y no le dejaba ser coherente.

Ferebrim esperó a que la respiración fuera completamente acompasada para vestirse y salir de la tienda. Su hermano le esperaba junto al fuego manoseando al chiquillo que les servía de juguete.

–¿Funcionó?
–¿Cuándo mis ojitos de niño pobre dejaron sin conmover a alguien? Hasta me dio las gracias.
Elarosse no pudo contener la risa y apretó un poco más los pezones de Mardil.
–Vaya, y eso que hace un mes juró que se bañaría en tu sangre.
El chico gimió por la repentina violencia, Elarosse le hizo callar con una sola mirada y regresó su atención a Ferebrim.
–¿Y de lo otro?
–Tardará un poco más. En todo caso, llegaremos a casa sin estorbos.

Se quedaron callados un rato, las caricias que su hermano prodigaba al esclavito de Orodreth estaban excitándolo. Legolas no había agotado su deseo y Elarosse debía ser conciente de ello, porque obligó a Mardil a tenderse ante ambos y demoró sus gestos, para que el líder no perdiera detalle. Ferebrim ya tenía unas cuantas ideas en mente, cuando un sonido extraño llegó a sus oídos.

De los Elfos Noldor

El cuarto centinela se desplomó. Elladan lo siguió en la caída y mantuvo cubierta su boca hasta que dejó de intentar contener con las manos la sangre que manaba de su garganta. Luego se apartó, limpió el puñal en la hierba y dio unos pasos hacia el interior del campamento. Tenía un excelente ángulo de la hoguera, donde dos elfos manoseaban a un elfito y de una tienda grande y decorada. Seguro que allí tenían al prisionero.

Buscó en el aire los olores familiares: al parecer todo iba de acuerdo al plan. Sin voltear, se escurrió en busca de la parte trasera de la carpa y empezó a perforar el tejido. Debía practicar un agujero desde el cual acceder al interior y proteger a Legolas cuando se armara la tremolina. Su afilada hoja no tardó en completar la tarea y se arrastró suavemente. Con lo que no contaba fue con toparse una daga en la garganta en cuanto intentó erguirse.

–¿Quién eres? –exigió Legolas con una voz que carecía de la menor gentileza.

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Elarosse pareció reparar en el mismo sonido que inquietara a su hermano. Apartó al chiquillo sin demora y se alzó. Ferebrim recordó que había salido sin armas y corrió a la tienda que compartía con Legolas, pero una sombra se interpuso en su camino.

–¡Maldito mortal!
Sin detenerse golpeó a Aragorn en el pecho y torció el rumbo. Un grito de Elarosse le hizo girar, tomó la espada en el aire. Se enfrentó a su enemigo con una sonrisa.
–Nada tienes que buscar aquí, ¡estúpido!

Pero el otro no se dejó provocar, dio unos molinetes con su arma y gruñó. Ferebrim, ocupado como estaba vigilar sus rápidos movimientos, no tuvo ojos para la sombra que surgía a su derecha y se lanzaba contra él. Calló al suelo atónito y el de Gondor retuvo su acero con el pie.

–Te necesito vivo –fue lo último que oyó antes de perder el sentido por otro golpe.

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Elladan dio una finta y lanzó a su amigo sobre la cama. Sonrió socarrón en cuanto los ojos azules le reconocieron.
–Por favor, Legolas. Sabes desde hace tiempo que esa posición no es segura.
El sinda gruñó algo y lo apartó.
–¿No podías entrar por la puerta?
El noldor recuperó su espada y dio un vistazo a la estancia antes de contestar.
–Veo que no te han quitado la manía por el sarcasmo. Es una buena señal.
Giró de nuevo para ver a su amigo, pero algo estaba mal. Legolas le contemplaba con los brazos cruzados y expresión impaciente.
–¿A qué viniste?
Se obligó a sonreír y continuó hablando como si aquella pregunta tuviera sentido.
–A buscarte. Mi hermano te extraña.

Legolas asintió, pero se notaba que no creía ni media palabra. Se pasó una mano por el vientre y dejo vagar los ojos por la estancia. ¿Qué maldita magia había puesto Ferebrim sobre él? Los sonidos de la breve lucha llegaron a ellos y el rubio quiso acercarse a la puerta. Lo retuvo por un brazo.

–Quieto. Pronto todo habrá terminado.
–¿Terminado para quién? –no podía dudarlo, la voz del rubio vibraba de auténtica preocupación. Pero entonces, ¿por qué no había preguntado por Estel?

Tales cuestionamientos demoraron la respuesta de Elladan y ello bastó. Legolas trató de ganar la salida con mayor decisión esta vez, pero el amigo no dejó escapar su extremidad. Elladan lo atrajo y dirigió sus pasos a la cama.

–Estate quietecito, que en tu estado las emociones no son buenas.
–Pero mi esposo...
–Es un excelente guerrero –le interrumpió Elladan. –Mi tarea es protegerte Legolas, y eso haré. Así que, ¡siéntate!

El rubio obedeció, anonadado, aunque trató de salvar su dignidad con una mirada llena de furia, que divirtió al curtido guerrero. Permanecieron en silencio varios minutos más, hasta que los ruidos del combate se aplacaron y otra persona entró corriendo.

–¡¿Legolas?!

Aragorn se detuvo un momento para adaptar los ojos a la penumbra de la tienda. No tardó en divisar a su adar de pie, con la espada apoyada en el suelo y un poco más atrás a Legolas, ceñudo y bello, sentado en la cama. Corrió a postrarse a sus pies y le tomó las manos para llenarlas de besos.

–¡Por Elbereth! Cuánto miedo he pasado ¡cuánto! ¿Estás bien? ¿Y Auril? Por los Valar, temí que algo saliera mal y te dañaran.
Pero el Príncipe lo miró con repulsión y le empujó.
–¡Haga el favor de comportarse, mortal apestoso! –miró inquieto a Elladan. –Bueno, según este hombre, ya todo terminó. ¿Me dejas salir a buscar a mi esposo?
Trancos se incorporó de un salto, demasiado feliz para comprender lo que ocurría.
–Vamos Legolas, ya se que me has visto en mejores condiciones, pero...
Elladan le hizo callar de un gesto y se acercó a su amigo con inquietud.
–Legolas, ¿acaso no reconoces a Estel?
El rubio dedicó una mirada despectiva al hombre sucio y barbudo que lo miraba con idolatría. Sus rasgos le eran familiares, además, Elladan no solía hacer preguntas ociosas.
–¿Debería?
El hijo mayor de Elrond acercó una de las lámparas de aceite y se la tendió.
–Deberías.

Legolas inspeccionó con detenimiento al tal Estel: frente despejada, ojos grises, nariz recta, labios delgados, mejillas anchas, mentón ligeramente protuberante. De pronto, el hombre bajó los párpados y ladeó el rostro a la izquierda a la vez que fruncía los labios. ¡Ese gesto!

–¡Aragorn!

La sonrisa no llegó a nacer en los labios del dunedain cuando un buen puñetazo le hizo tambalear. Legolas fue a golpear de nuevo, pero Elladan le detuvo.

–¡¿Qué haces?!
El rubio lo miró furioso.
–Darle su merecido, eso hago –giró hacia el hombre con odio mal contenido. –¿Cómo te atreves a seguirme hasta aquí? ¡Miserable! Halladad debió cortarte la garganta cuando pudo.
Aragorn le miraba sin comprender.
–Pero...
–Dame el relicario y sal –le ordenó secamente Elladan. El hombre fue a protestar, mas el elfo repitió la orden en tono que no admitía réplicas. –Te digo que me des ese relicario, salgas y mandes a Ellohir para acá.

Aragorn obedeció, contrito, y el segundo gemelo hizo su entrada minutos después. Algo debía haberle comentado su hijo, porque su semblante estaba inquieto. Ello, sumado a la túnica manchada de sangre, alarmó a Legolas.

–¿Ellohir, qué pasó con mi escolta?
El elfo le miró atónito.
–¿Tu escolta? Buena partida de buenos para nada eran, no una escolta. Nunca aprecié a Thranduil, pero decir que te escogería esa escolta es ofenderlo, y mucho.
Legolas fue a decir algo, pero Elladan se le adelantó, por primera vez había algo de esperanza en su acento.
–¿Conque esos de allá fuera te escoltaban? ¿A dónde?
–A Forlindon, por supuesto.
Los hermanos intercambiaron miradas de inteligencia y el mayor continuó el interrogatorio.
–¿Por qué?
Legolas abrió los brazos, incrédulo.
–¿A qué están jugando ustedes dos?
–Nosotros no jugamos con sangre Legolas –reconvino Ellohir.
El Príncipe se mordió los labios y se resignó a responder a sus mayores.
–Mi padre me casó a la fuerza y me envía a Valinor para no avergonzarse de mí.
–¿Cuál es la causa de su vergüenza? Eres el sinda más bello y famoso de la Tercera Edad.
El rubio le dedicó una sonrisa irónica a Ellohir y siseó su respuesta con dientes apretados.
–Estoy embarazado de ese Aragorn al que ustedes llaman Estel. ¿Satisfechos? Ahora, si me disculpan...

Legolas trató de abrirse paso y ganar la salida. Intuía que a Ferebrim no le iba bien, pero sus brazos fueron atrapados con fiereza. Sin aparente esfuerzo, los gemelos le alzaron y volvieron con él al fondo de la tienda. Le dejaron caer en la cama. Los pétreos semblantes de los elróndidas no presagiaban nada bueno, pero él ya estaba harto de jugar a ser el elfito obediente a sus mayores.

–¿Me van a decir qué ocurre? Ya luego aclararemos como se las arregló ese Hombre de Valle para agenciarse vuestra ayuda, ahora quiero ir con mi esposo.
–¿Hombre de Valle? –se escandalizó Ellohir. –Legolas, Estel es el cuarto hijo de Lord Elrond de Rivendel, Elladan y yo le vimos nacer. ¡Yo fui su atarince!
–No –rebatió Legolas con fuerza. –El es Aragorn hijo de Arathon y me violó en los campos de Erebor tras la Batalla de los Cinco Ejércitos.
–Eso es absolutamente imposible –declaró Elladan con acento reposado.
–¿Y me quieres decir por qué? –le reclamó Legolas ya fuera de sus casillas. –¡¿Acaso estaba follándose a tu hermano mientras mirabas?!

Elladan enrojeció hasta las orejas por el insulto y levantó la mano con intención de abofetearlo, Legolas se encogió de inmediato sobre si mismo, con un miedo cerval en sus orbes azules. El gemelo mayor se contuvo a duras penas y retrocedió unos pasos, asustado de lo que leía en los ojos del sinda.

Ellohir intervino entonces, con voz ronca y contenida.
–No podía estar allí porque nació en 2931, tenía diez años cuando la Batalla de Erebor.
–Pues se ve alto para su edad –ironizó Legolas.
Tal comentario hizo volverse con celeridad a Elladan, quien comenzaba a entender.
–¿En que año estamos? –el rubio le miró sin comprender, pero él insistió. –Vamos, dime en que año estamos.
–A comienzos de 2942, en otoño fue la Batalla frente a la Montaña Solitaria.
Los gemelos se miraron, sorprendidos y asustados: eso tenía sentido. Elladan se apartó y comenzó a rastrear la habitación con premura y fiereza. Ellohir volvió a hablarle a Legolas con acento preocupado.
–¿Dices que estamos en el 2942? ¿Qué es lo último que recuerdas?

Legolas aún no veía la razón de todo aquel interrogatorio, pero los gemelos eran las personas en quien más confiaba, después de su hermano. Además de que su último comentario contra ellos había sido tan cruel, tan injustificado... Arrugó la frente y trató de hacer memoria. Como siempre en las últimas semanas, el mero acto de evocar el pasado reciente le provocó jaqueca.

–Regresamos a casa, mi padre se despidió de Bilbo Bolsón, Gandalf y Beorn en la frontera occidental del Bosque... Arañas, muchas arañas que atacan en coordinación con orcos... Halladad y Maërys se besan mientras los espío y Fingolfin me pesca... Dos figuras encapuchadas, una de ellas huele a hombre, pero se mueve como elfo... Un camino, junto a mi hay alguien de cabellos oscuros y ojos perspicaces... Un viaje apresurado, casi sin escolta... Alguien que me ataca... Dolor, miedo, oscuridad...

Abrió los ojos para encontrarse con los iris verde marrones de Ellohir, arrasados de lágrimas. Trató de explicarse.
–No puedo dar orden a esos recuerdos ¿sabes? Ferebrim dice que perdí varios pedazos de memoria cuando me caí de un caballo, tres semanas atrás –se obligó a sonreír ante la vergonzosa anécdota. –Pero no me importa, con lo que me ha contado es suficiente.
Ellohir abrió la boca, pero un grito triunfal de Elladan les hizo volverse a ambos. El gemelo sostenía en alto un pomo con cierto líquido oscuro.
–¡Lo encontré!
Se acercó y tendió el objeto a su hermano y quien lo destapó y olfateó con cautela.
–Es mi medicina –explicó Legolas. Las miradas horrorizadas de sus amigos le alarmaron. –Ferebrim dice que es para que el bebé esté bien...
–Legolas –demandó Ellohir alarmado– ¿tú has estado bebiendo esto?
–Yo... ¿No es una medicina? Ferebrim dijo... –Legolas se calló de pronto, y la sistemática negativa de los gemelos a que saliera de allí para buscar a su esposo le golpeó. El miedo y la rabia deformaron su voz a un gruñido gutural. –¿No es una medicina?
–Es una poción tóxica, comparable a un veneno de acción lenta –explicó Ellohir–, se llama Filtro del Olvido.

El rubio no quiso oír más. Todas las preguntas lógicas, todos los espacios en blanco de su mente dejaron de ser importantes. Se levantó como un resorte.

–¡YO LO MATO! MALNACIDO, ORCO DISFRAZADO DE ELFO, SIERVO DE MELKOR ¡JURO POR MANWË QUE LO MATO!

Por suerte, los fuertes brazos de Elladan impidieron que llevara a cabo sus amenazas.
–¡Ahora no! –el joven elfo se debatía entre sus brazos con la respiración irregular y las pupilas dilatas. –Te digo que te calmes o vas a dañar a tu bebé.
Este argumento obró inmediatamente.

Legolas se quedó muy quieto y tomó un largo suspiro para regularizar la respiración. Los brazos que lo retenían se aflojaron y se derrumbó sobre el hombro a su lado. El gemelo acarició su espalda con trazos circulares y le dejó desahogarse. Los gemidos dieron paso a los sollozos y pronto la espalda de Legolas subía y bajaba convulsivamente, mientras una humedad salada calaba las ropas de Elladan. Una vez que recuperó el control de sus emociones, se irguió de nuevo, sus ojos estaban enrojecidos por el llanto, pero calmados.

–¿Me dirán qué ocurrió?
Los gemelos intercambiaron miradas preocupadas, Elladan hizo una seña a su hermano y este tomó una mano de Legolas para estrecharla con afecto.
–Estamos a finales de 3019 –Legolas soltó un gritico de asombro–, pero han ocurrido muchas cosas buenas. Entre ellas que Halladad y Maërys se casaron. Ferebrim fue invitado a la boda de tu hermano. Después de la fiesta, él y Aragorn pidieron tu mano a Thranduil, tu padre no podía negar el derecho a competir a un hijo de Elrond, así que convocó un duelo y luego dio a Estel una tarea. Al regresar, podría llevarte con él.
–Pero eso fue una trampa –le interrumpió Legolas, que no había olvidado el carácter de su padre.
Ellohir asintió y siguió adelante, tratando de escoger bien las palabras.
–Las cosas se complicaron, huiste de Erys Lasgalen para pedir asilo en Imladris. Ferebrim te interceptó y nosotros salimos en tu busca en cuanto Estel nos informó lo ocurrido. Estábamos sin pistas, pero enviaste un mensaje con cierto drûg de Fornost, así fue como dimos contigo. Legolas, se que es difícil creer todo esto, que han pasado setenta y siete años, que aunque te trataran con gentileza estabas secuestrado, que esa persona a quien creías tu esposo planeaba matar a tu bebé, pero...
Legolas le interrumpió con un gesto.
–Está bien. De alguna manera sabía que me movía en un sueño –sonrió tristemente–, más bien en una pesadilla. Mi cuerpo rechazaba a Ferebrim por instinto, y mis visiones han sido inquietas en estas semanas –se frotó las sienes para poner en orden las ideas. –Deduzco que me ocultan cosas, pero no importa. Supongo que todas las noticias de estos años no pueden ser buenas, pero al menos sé que mi hermano y Maërys están a salvo. Ahora que dejé de tomar eso, ¿voy a recordar todo? ¿Mi bebé estará a salvo?
–No lo sabemos –reconoció Elladan. –Esta cosa no se administraba a los elfos desde la época de Gondolin. Es por eso que debemos ir de prisa al encuentro de Círdan, para que te cure y nos haga justicia.
Legolas asintió despacio y se levantó, dio unos pasos para buscar alguna ropa apropiada al viaje, pero desistió de ello, la tienda era un caos y, de todas maneras, Ferebrim solo le dejaba esas ligeras vestiduras. Ellohir pareció comprender su situación, pues se dirigió presto a la salida.
–Tus ropas de viaje y tus armas deben estar ocultas en algún lugar del campamento. Voy por ellas.

El Príncipe asintió y volvió a sentarse en el borde del lecho, con gesto abatido. Esa era la tarde–noche más agotadora de su vida, o de la vida que recordaba. Elladan seguía parado ante él, con los brazos cruzados sobre el pecho y expresión inquieta. Legolas levantó la mirada.

–Lamento haberte ofendido con ese comentario, estaba...
–No hay nada que decir –cortó el gemelo. –Se que no lo habrías hecho en tus cabales.
El rubio inclinó la cabeza ante tal prueba de confianza. En verdad, el nunca había dicho a nadie lo que ocultaba el viejo roble.
–Hay algo que tu hermano no me dijo, ¿de quién es el bebé que llevó en mi vientre? ¿Por lo menos amé a esa persona, quien quiera que fuera?
Elladan se agachó y extrajo de su seno una pequeña bolsa de cuero, en su exterior habían bordado una pequeña pirámide blanca donde un árbol entrelazaba sus ramas, de modo que parecían fundidos en un abrazo de amor. Se lo tendió a Legolas.
–Lo amaste y lo amas. Un amor capaz para desafiar a tu padre, a mi familia y a todo el reino de Gondor, no se borra con pociones.
Legolas tomó con cuidado el objeto, palpando su contenido percibió un pequeño aro y una cuerda de escasa longitud. Elladan siguió hablando.
–Antes de la boda de Halladad, tú te habías casado en secreto. Fue diez y siete días después del solsticio de verano, mi padre ofició la ceremonia. Ese hombre rompió su compromiso con Lady Arwen de Rivendel por tus ojos, y debo admitir que lo perdoné solo porque le quiero como a un hijo. Esta allá fuera.
–¿Dices que ese mortal apestoso...? –la cara de asombro del rubio era tremenda.
Elladan rió y acarició el hombro de Legolas para darle seguridad.
–No temas, elfito. Esperó treinta años por ti, esperará a que recuerdes todas esas interminables charlas que parecían divertirles tanto. Su nombre completo es Aragorn Thengel Ecthelion Thorongil Estel, era el decimosexto Capitán de los dúnedain cuando le conociste. Fue el último, porque, también gracias a ti, el Reino Unificado de Gondor y Arnor ha sido restaurado. Estel es ahora rey, con el nombre de Elessar I.
Legolas se decidió abrir la bolsita y extrajo un anillo de oro blanco con pequeñísimas filigranas de hojas y espadas.
–Entonces yo...
–Si –Elladan tomó la alianza y se la colocó en el dedo anular de la mano derecha. –Tú eres su esposo, el Príncipe Consorte de Gondor y Arnor.

Estuvieron callados un rato, hasta que Ellohir regresó con el equipaje de Legolas. Mientras se vestía, el rubio recuperó algo de su aplomo. El familiar peso de las dagas gemelas, el arco y el carjac, acabó por darle algo de seguridad. Todavía era un guerrero, podía sentirlo en la automática intimidad que esos accesorios despertaban en sus manos aún torpes. Guardó el estuche de cuero, con su extraña cuerda de cabellos, y siguió a los gemelos al exterior.

Fuera brillaban las estrellas. Era una bella noche de finales del otoño, pero el olor a sangre casi le hace vomitar.

–Debemos partir de inmediato –ordenó el elróndida mayor a Estel y la extraña criatura a su lado. –Este lugar está maldito y deseo ver cuanto antes a Círdan.

Legolas se acercó muy despacio a un corcel que le pareció conocido. Asfaloth sacudió la cabeza y dio un paso en su dirección. Contento de ese pequeño triunfo de su memoria, el rubio le acarició un poco y trató de montar, pero le fallaron las fuerzas a mitad de la operación. Unas manos fuertes le ayudaron a mantener el equilibrio. Tras resistir el instante de pánico que aquella ayuda evocaba, volteó. No le sorprendió ver al hijo de los gemelos sonriéndole, como si el golpe de una hora antes no tuviera nada que ver.

¿Ese era su esposo? Vio que sus ojos grises viajaban hacia el anillo y luego en busca de su vientre. Era una mirada cálida, devota. Mucho más intensa que ninguna que le dedicara Ferebrim. Decidió que era imperativo disculparse.

–Lamento lo de hace un rato, estaba confundido y...
–No te preocupes –su voz era melancólica y suave, envolvió al elfo en una extraña paz. –Mi atarince me dijo que el teleri puso una magia sobre ti. Fui un atolondrado, no pensé en cómo te sentirías, solo en mis ansias de verte, de saber sobre Auril.
–¿Auril?
El rostro del hombre se ensombreció.
–¿Haz olvidado el nombre de nuestro hijo?
Legolas se mordió los labios, angustiado. ¿Cómo había olvidado algo tan importante? Pero Aragorn se rehizo enseguida.
–No te preocupes –repitió. –En poco tiempo volveremos a casa y esto será un recuerdo.

Legolas no estaba muy seguro de que todo fuera tan fácil como le decía este mortal que, de acuerdo a lo que le contaran los gemelos, tenía apenas ochenta y siete años, pero deseó creerle. Volvió a mirar a su alrededor.

Detrás de él, casi todos los caballos del grupo estaban atados en fila, de modo que fuera fácil conducirlos. Otros cuatro corceles estaban aparte, para transportarles. En uno habían encaramado ya a Ferebrim, tan envuelto en cuerdas que parecía un monigote. Un violento temblor recorrió el cuerpo del Príncipe al reconocerle. Ni siquiera la humillante situación borraba la seguridad de sus ojos. Se sintió desfallecer.

–El no volverá a tocarte –aseguró Aragorn, como si leyera sus pensamientos.

Legolas dio un respingo y le pareció que Ferebrim le retaba con los ojos. ¿Qué sabía su esposo de esas últimas jornadas? Decidió dejar el asunto por el momento. Fue a preguntar por el resto del grupo, pero lo que vio a continuación le bastó.

Los gemelos y el extraño hombrecito arrastraban por las axilas unos cuerpos hacia la tienda. Luego salieron en dirección a ellos. A mitad del camino, el drûg interceptó a un elfito que corría en dirección contraria. Mientras el chico luchaba, la carpa estalló y las llamas se alzaron. Olía a carne asada. El elfito empezó a llorar y no se defendió cuando el ser lo alzó por sobre su hombro para poder alcanzarles al fin.

Los gemelos y Aragorn ya habían montado, el drûg encaramó al elfito en el último corcel disponible y subió también, ambos eran lo bastante ligeros para no sobrecargar al animal. Legolas se sintió conmovido por el llanto, recordó vagamente su nombre.

–Mardil.

El chico le miró con sorpresa. Sus ojos eran de un verde acuoso y Legolas tuvo una visión de ese pequeño cuerpo casi oculto entre Orodreth y Aegnor, el pequeño lloraba con la cara oculta en el hombro del primero, mientras ambos elfos le poseían. Ese recuerdo estaba asociado a algo más, algo que dolía infinitamente. Apretó los párpados y trató de controlar su respiración. Podía sentir a Aragorn muy cerca, listo a prestarle ayuda, y esa cercanía le reconfortó. Levantó los párpados y trató de transmitir su recién adquirida confianza a la criatura.

–Se acabó Mardil. Eres libre ahora. Somos libres.
Mardil respondió con una sonrisa insegura y Legolas se esforzó en no ver el brillo burlón de los ojos de Ferebrim.

Siguieron la senda que comunica al Lago Nenuial con el rio Lhûn, al otro lado de las Colinas de Evendim. Estaban a cinco días de los Puertos Grises. Al ver el sol, Legolas sintió que algo se quebraba en su interior y perdió el sentido.

TBC...

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