¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

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07 agosto, 2007

EL SEGUNDO REGRESO DEL REY 33

De los usos y costumbres de las diversas razas de Arda II

De los Hombres de Gondor

Faramir sonrió un poco detrás de su copa. Era suficiente, pues las estruendosas carcajadas de Forlong valían por las de dos o tres hombres.

En realidad, a él nunca le habían gustado los chistes del Señor de Lossarnach, menos aún comer en su compañía, pero esa noche había aceptado bajar a donde Hurin de las Llaves y ocupar el sitio de su padre en las reuniones que allí se organizaban. Llevaba cuatro meses dando esquinazos y esa tarde salió directamente del despacho al alto dintel del viejo, resignado. Tampoco creyó que sería tan terrible, solo una aburrida cena de negocios donde anhelar el cuerpo fuerte y blanco de Eowyn, pero cuando el sirviente lo hizo pasar al recibidor y vio la gigantesca humanidad de Forlong repatingada cerca del fuego, su decisión flaqueó.

El Senescal barajó una serie de excusas para huir y justo entonces el joven Duilin desvió la atención del relato –indefectiblemente heroico, sangriento y orgiástico– que refería Forlong, para posar sus ojos en él. Los fanales verdes –iluminados de través por el fuego del hogar– se animaron de inmediato y el muchacho le instó a unirse con un elocuente movimiento de cabeza. Su padre, el siempre parco Duinhir, notó el cambio de interés y descubrió a Faramir recostado a una de las columnas que franqueaba la entrada.

Ahí se le acabaron las oportunidades.

En lo que se adentraba en el largo vestíbulo en penumbras, Faramir se consoló pensando que hacía esto por el reino, por el majestuoso Aragorn, el simpático Legolas y la dulce Arwen, lo hacía para estar a la altura de Gandalf, lo hacía hasta por conservar el aprecio de Gimli, Eomer, los medianos, Beregond y lo hacía, incluso, con la esperanza de que Duilin tuviera –para variar– buenos ejemplos que seguir. Así que estrechó amablemente las manos de Hirluin el Hermoso –Señor de Pinnath Galin–, de Golasgil –el moreno soberano del Anfalas–, de Duinhir –Señor de las mesetas del Río Morthond–, y de Felitar – Jefe de los Contadores del Reino. Se inclinó a besar la mano de su pariente y mentor, Imrahil el Medio Elfo, Príncipe de Dol Amroth. Alabó la feliz idea del encuentro mientras abrazaba al viejo Hurin. Dejó caer un cumplido acerca de lo bien que sentaba la barba a Forlong el Gordo. Y revolvió el cabello largo y cobrizo del Duilin con cariño.

Participó poco en la charla, que monopolizaron Forlong y Golasgil con interminables anécdotas de cetrería. Las intervenciones del de Anfalas le salvaron del sueño. Golasgil, un gran pescador a la vez que guerrero, describía tierras cercanas a su corazón, asociadas al melancólico rostro de Finduilas. Entre copa y copa, el Gordo y el Moreno establecieron un amigable torneo de aventuras y jarras de vino que Faramir seguía de lejos, ocupado como estaba en dejar que Diunlin le sonsacara información sobre su secretario Liolas, del que estaba perdidamente enamorado.

De modo que la cena transcurrió con la falsa despreocupación de siempre y no fue hasta los postres que el verdadero tema salió a colación.

–Por cierto, hijo...

Faramir hizo una mueca ante el apelativo. Los Capitanes del Oeste se empeñaban en llamarlo ahora “hijo” porque no estaba en la Puerta Negra aquella tarde ¡Cómo si ellos hubieran marchado por voluntad propia!

Duinhir rectificó.
–Dime, Faramir, ¿cómo va la restauración de las habitaciones reales?
El Senescal dejó su copa, casi llena, sobre la mesa.
–Van bien, gracias a esas hermosas almadías que trajeron tus hombres, entre otras cosas.
–Tal vez –intervino Hurin–, entre las otras cosas se incluya el trabajo de mis carpinteros. ¿No te dije que eran buenos domando el lectheron?

Faramir se limitó a asentir. No le daría pie a Hurin para que alabara a sus carpinteros –que no eran de él, sino de sí mismos– sabiendo como sabía que no podía diferenciar un nudo resistente al fuego, de un redondel mordido por la carcoma.

–Los obreros se esfuerzan. No solo están felices de construir algo distinto a máquinas de guerra, también cuentan con que, apenas acomoden la última alfombra, el Rey vendrá a ocuparse de todo.
–Por cierto –intervino Felitar –, no deja de parecerme apresurado el Plan de Restauración. Es cierto que esas estancias llevan cerradas no menos de seiscientos años y lo que te propones es una renovación capital de toda el ala residencial de la Ciudadela, pero el mismo Elessar parece dispuesto a darnos tiempo, paseando por el norte.
–Pues yo comprendo perfectamente su demora –comentó Forlong, que acababa de aclararse la garganta con un largo trago. –Quedó con el príncipe elfo en cazar esas extrañas arañas de Mirkwood ¿no? Dicen que son cosa seria, del tamaño de un hombre y con patas como de caballo. Nunca he visto una, pero lamento sobremanera que no me incluyeran en su escolta.

Dicho esto, el viejo Señor de Lossarnach echó el cuerpo hacia atrás y tamborileó con los pulgares en la mesa, con expresión satisfecha. Hurin le miró por un instante como a una liebre que de pronto ofreciera su vientre al cazador, luego le golpeó el hombro, afectuoso.

–Ya te llevará el Rey a cazar arañas, viejo amigo. Solo espera tu que vuelva. Y si no accede, le escribes al elfo rubiecito.
El comentario provocó un automático tinte encarnado en las mejillas de Duilin. Por suerte, antes de que el joven pudiera decir algo lamentable, Imrahil intervino.
–Buena idea es esa Hurin. De paso, cuando regrese Forlong de su paseo por Erys Lasgalen, puede traerte las actas donde se refleja el paso de tu Clan por esas tierras en camino acá. Tal vez incluso recuerde a tus parientes, tenía 300 años cuando eso ocurrió.

Hurin no bajó los ojos, pero se le realzó la palidez. Estaba orgulloso de su ascenso lento y meritorio en el gobierno de Gondor, pero siempre pendía sobre él la amenaza de que, si se iba de arrogante con aquellos hombres de Oesternesse, ellos sonrieran levemente y le tacharan de advenedizo. Como muchas veces a lo largo de sus sesenta años de vida, se las arregló para dibujar una sonrisa sumisa. Por suerte para su orgullo, todos en esa mesa tenían que ventilar algo más urgente que árboles genealógicos. Imrahil se dirigió con semblante preocupado al resto de los invitados.

–A veces pienso en ese chico, Aragorn, y vuelve a asombrarme lo que hizo durante la guerra. No me extraña que fuera un gran guerrero (lo fueron todos en su estirpe), pero el genio militar no se aprende. Creo que lleva razón Forlong cuando sospecha que se deja retener en el norte por Legolas y otras amistades. ¿Qué apuro va a mostrar en encerrarse en esta jaula de piedra después de una vida a la intemperie? ¿Acaso te parece divertido, joven Duilin, el largo protocolo real? –el adolescente negó con energía. –Ya lo veis. ¿Qué dirá un hombre que lleva más de ochenta años sintiendo a la tierra mudar de humor bajo sus plantas?
–Terriblemente aburrido parecía el día que me presenté en la Sala de Audiencias –comentó Hiurlin, meditabundo. –Ya llegan las nubes desde el norte, y ¡ni una carta! Cuando mi hija pregunta si podremos invitarlo a su Baile de Presentación, no se qué contestar. Gobernar no es fácil, lo sabemos bien, y quien crea que reinar es solo llevar hombres a la guerra puede decepcionarse... pronto.

Un silencio ominoso se adueñó de la estancia, por un rato solo fueron audibles el crepitar de los leños en la chimenea y los amortiguados ruidos de los obreros que día y noche laboraban en la Ciudadela –sobre sus cabezas– y en los anillos inferiores de la ciudad. Tras lo que pareció una aciaga infinitud, Hurin dio dos palmadas para atraer la atención y miró a todos de manera reprobatoria.

–Amigos, ¿no les parece que van muy lejos en sus sombrías deducciones? Rayan en lo ofensivo, digo yo. ¡Decir que el Rey nos va a dejar! –soltó una risotada vacía. –Pero si apenas lo recuperamos. ¡Además!, Faramir no permitirá algo tan terrible. Igual que se las arregló para sellar una Alianza de Sangre con Rohan desde una cama de las Casas de Curación, nos dará un Rey –y el viejo aún agregó con acento muy suave, casi un susurro. –Con o sin Elessar, él nos dará un Rey.

Forlong estalló en nerviosas risas.

Faramir bajó los ojos y jugó con su copa, como si la desmesura de tal anhelo lo superara.

Imrahil sonrió: ¿era eso lo que deseaban los amigos del difunto Denethor? Poco y mucho a la vez, pero lógico, al fin y al cabo.

Hiurluin y Felitar fijaron sus ojos en los gestos del Senescal, listos a pronunciarse divertidos, interesados o ultrajados, según fuera necesario.

Golasgil no atinó más que a vaciar su profunda copa de un trago, pero el licor no causó afecto alguno en su mente. Incluso, los vapores de anteriores libaciones parecían haberse evaporado.

Duilin giró hacia Faramir. Al no ver al Senescal levantar la mesa de un empellón y degollar con fulminantes tajos a esa sarta de conspiradores en un elegante giro de su capa –Duilin había olvidado que nadie en la mesa llevaba espada, y menos capa–, hizo un intentó de incorporarse y huir.

Duinhir retuvo a su hijo en la silla sin que un solo músculo de rostro se alterara y continuó observado atentamente a los reunidos. Al ver temblar la superficie del vino en la copa de Faramir, comenzó a sospechar que apostaba por el caballo perdedor. Se consoló con la idea de que el idealista y afeminado de su heredero había acertado, ¡por una vez!

De los Elfos Teleri

Legolas dejó que Ferebrim le acomodara las caderas sobre una almohada y se enfocó en controlar los temblores. Su esposo no se detuvo ante la evidente tensión, siguió acariciando la cara interior de los muslos y la ingle con paciencia. Poco a poco, los roces dieron fruto y el placer ganó los sentidos del rubio, apartando los fantasmas. Se inclinó entonces sobre la piel alabastrina y depositó besos leves alrededor del sexo ya erguido.

–Te amo.
Deslizó una mano por debajo de los testículos y separó los pliegues externos del apretado anillo muscular. Levantó su rostro para encontrar los dilatados ojos azules, sonrió con ternura.
–¿Puedo? –preguntó a la vez que alzaba un botecito de lubricante.

Legolas no se atrevió a despegar los labios, temeroso de que los gritos que profería su mente atravesaran el aire. Era la tercera vez que Ferebrim intentaba poseerlo desde que perdiera la memoria, y, por lo que dijera su esposo, la quinta desde que dejaran atrás el Bosque Negro. Apenas habían podido consumar la ceremonia el día de la boda, estaba tan avergonzado de todo eso...

Los dos intentos anteriores los había parado en seco sin siquiera dejarse desnudar, pero la triste frustración en los ojos de aquel tierno teleri le partía el alma. Esa tarde, cuando acampaban junto al lago Nenuial, decidió que lo haría, costase lo que costase, porque alguien tan gentil merecía lo poco que su cuerpo inexperto y herido podía dar.

El Príncipe asintió y abrió un poco más las piernas.

El aceite perfumado se escurrió por su piel y fue diestramente administrado. Pensó en las mariposas oscuras que vuelan por sobre las copas de los árboles de Mirkwood. Un dedo le penetró muy despacio. En primavera, los corzos regresan del sur con sus crías y dejan que los elfitos jueguen a tocar los calientes y temblorosos hocicos. Dos dedos, girando y separándose para dilatar el camino. La flecha que se tensa para el disparo debe pasar por debajo de la oreja, y sus plumas acariciar la palma de la mano que tira. Tres dedos hundidos en él, buscando algo. Entre el cram y los lembas hay la misma diferencia que entre el lodo y la tierra cocida: al arte oculto de la sabiduría. Algo grueso y rasposo que lo partía en dos, que se abría paso en su carne como un ariete y unas manos suaves que le apartaron las lágrimas rebeldes.

–¿Quieres que me detenga?
–No, estoy bien, de verdad.

Ferebrim se abrazó a él y retrocedió un poco. Envistió de nuevo. Construyó un ritmo lento y firme en el que sus manos subían y bajaban del pecho a los muslos, de allí al rostro o la espalda. Legolas se sentía morir, algo dentro de su cuerpo rechazaba esa intimidad, pero se obligó a suspirar, a girar el cuello, incluso a devolver un par de besos y caricias. Su esposo volvió a masturbarle y sus orgasmos fueron simultáneos, aunque bien distintos en intensidad.

El teleri se separó despacio y enseguida cubrió su orificio con una compresa.
–¿Pasa algo? –inquirió el rubio, tratado de salir de la modorra que lo embargaba.
–Sangraste un poco, es normal –se inclinó a cubrirlo con una manta y aprovechó para besarle los labios. –Gracias.
Legolas sonrió con cansancio.
–Tu lo merecías... –tuvo que callarse, el sueño era mucho y no le dejaba ser coherente.

Ferebrim esperó a que la respiración fuera completamente acompasada para vestirse y salir de la tienda. Su hermano le esperaba junto al fuego manoseando al chiquillo que les servía de juguete.

–¿Funcionó?
–¿Cuándo mis ojitos de niño pobre dejaron sin conmover a alguien? Hasta me dio las gracias.
Elarosse no pudo contener la risa y apretó un poco más los pezones de Mardil.
–Vaya, y eso que hace un mes juró que se bañaría en tu sangre.
El chico gimió por la repentina violencia, Elarosse le hizo callar con una sola mirada y regresó su atención a Ferebrim.
–¿Y de lo otro?
–Tardará un poco más. En todo caso, llegaremos a casa sin estorbos.

Se quedaron callados un rato, las caricias que su hermano prodigaba al esclavito de Orodreth estaban excitándolo. Legolas no había agotado su deseo y Elarosse debía ser conciente de ello, porque obligó a Mardil a tenderse ante ambos y demoró sus gestos, para que el líder no perdiera detalle. Ferebrim ya tenía unas cuantas ideas en mente, cuando un sonido extraño llegó a sus oídos.

De los Elfos Noldor

El cuarto centinela se desplomó. Elladan lo siguió en la caída y mantuvo cubierta su boca hasta que dejó de intentar contener con las manos la sangre que manaba de su garganta. Luego se apartó, limpió el puñal en la hierba y dio unos pasos hacia el interior del campamento. Tenía un excelente ángulo de la hoguera, donde dos elfos manoseaban a un elfito y de una tienda grande y decorada. Seguro que allí tenían al prisionero.

Buscó en el aire los olores familiares: al parecer todo iba de acuerdo al plan. Sin voltear, se escurrió en busca de la parte trasera de la carpa y empezó a perforar el tejido. Debía practicar un agujero desde el cual acceder al interior y proteger a Legolas cuando se armara la tremolina. Su afilada hoja no tardó en completar la tarea y se arrastró suavemente. Con lo que no contaba fue con toparse una daga en la garganta en cuanto intentó erguirse.

–¿Quién eres? –exigió Legolas con una voz que carecía de la menor gentileza.

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Elarosse pareció reparar en el mismo sonido que inquietara a su hermano. Apartó al chiquillo sin demora y se alzó. Ferebrim recordó que había salido sin armas y corrió a la tienda que compartía con Legolas, pero una sombra se interpuso en su camino.

–¡Maldito mortal!
Sin detenerse golpeó a Aragorn en el pecho y torció el rumbo. Un grito de Elarosse le hizo girar, tomó la espada en el aire. Se enfrentó a su enemigo con una sonrisa.
–Nada tienes que buscar aquí, ¡estúpido!

Pero el otro no se dejó provocar, dio unos molinetes con su arma y gruñó. Ferebrim, ocupado como estaba vigilar sus rápidos movimientos, no tuvo ojos para la sombra que surgía a su derecha y se lanzaba contra él. Calló al suelo atónito y el de Gondor retuvo su acero con el pie.

–Te necesito vivo –fue lo último que oyó antes de perder el sentido por otro golpe.

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Elladan dio una finta y lanzó a su amigo sobre la cama. Sonrió socarrón en cuanto los ojos azules le reconocieron.
–Por favor, Legolas. Sabes desde hace tiempo que esa posición no es segura.
El sinda gruñó algo y lo apartó.
–¿No podías entrar por la puerta?
El noldor recuperó su espada y dio un vistazo a la estancia antes de contestar.
–Veo que no te han quitado la manía por el sarcasmo. Es una buena señal.
Giró de nuevo para ver a su amigo, pero algo estaba mal. Legolas le contemplaba con los brazos cruzados y expresión impaciente.
–¿A qué viniste?
Se obligó a sonreír y continuó hablando como si aquella pregunta tuviera sentido.
–A buscarte. Mi hermano te extraña.

Legolas asintió, pero se notaba que no creía ni media palabra. Se pasó una mano por el vientre y dejo vagar los ojos por la estancia. ¿Qué maldita magia había puesto Ferebrim sobre él? Los sonidos de la breve lucha llegaron a ellos y el rubio quiso acercarse a la puerta. Lo retuvo por un brazo.

–Quieto. Pronto todo habrá terminado.
–¿Terminado para quién? –no podía dudarlo, la voz del rubio vibraba de auténtica preocupación. Pero entonces, ¿por qué no había preguntado por Estel?

Tales cuestionamientos demoraron la respuesta de Elladan y ello bastó. Legolas trató de ganar la salida con mayor decisión esta vez, pero el amigo no dejó escapar su extremidad. Elladan lo atrajo y dirigió sus pasos a la cama.

–Estate quietecito, que en tu estado las emociones no son buenas.
–Pero mi esposo...
–Es un excelente guerrero –le interrumpió Elladan. –Mi tarea es protegerte Legolas, y eso haré. Así que, ¡siéntate!

El rubio obedeció, anonadado, aunque trató de salvar su dignidad con una mirada llena de furia, que divirtió al curtido guerrero. Permanecieron en silencio varios minutos más, hasta que los ruidos del combate se aplacaron y otra persona entró corriendo.

–¡¿Legolas?!

Aragorn se detuvo un momento para adaptar los ojos a la penumbra de la tienda. No tardó en divisar a su adar de pie, con la espada apoyada en el suelo y un poco más atrás a Legolas, ceñudo y bello, sentado en la cama. Corrió a postrarse a sus pies y le tomó las manos para llenarlas de besos.

–¡Por Elbereth! Cuánto miedo he pasado ¡cuánto! ¿Estás bien? ¿Y Auril? Por los Valar, temí que algo saliera mal y te dañaran.
Pero el Príncipe lo miró con repulsión y le empujó.
–¡Haga el favor de comportarse, mortal apestoso! –miró inquieto a Elladan. –Bueno, según este hombre, ya todo terminó. ¿Me dejas salir a buscar a mi esposo?
Trancos se incorporó de un salto, demasiado feliz para comprender lo que ocurría.
–Vamos Legolas, ya se que me has visto en mejores condiciones, pero...
Elladan le hizo callar de un gesto y se acercó a su amigo con inquietud.
–Legolas, ¿acaso no reconoces a Estel?
El rubio dedicó una mirada despectiva al hombre sucio y barbudo que lo miraba con idolatría. Sus rasgos le eran familiares, además, Elladan no solía hacer preguntas ociosas.
–¿Debería?
El hijo mayor de Elrond acercó una de las lámparas de aceite y se la tendió.
–Deberías.

Legolas inspeccionó con detenimiento al tal Estel: frente despejada, ojos grises, nariz recta, labios delgados, mejillas anchas, mentón ligeramente protuberante. De pronto, el hombre bajó los párpados y ladeó el rostro a la izquierda a la vez que fruncía los labios. ¡Ese gesto!

–¡Aragorn!

La sonrisa no llegó a nacer en los labios del dunedain cuando un buen puñetazo le hizo tambalear. Legolas fue a golpear de nuevo, pero Elladan le detuvo.

–¡¿Qué haces?!
El rubio lo miró furioso.
–Darle su merecido, eso hago –giró hacia el hombre con odio mal contenido. –¿Cómo te atreves a seguirme hasta aquí? ¡Miserable! Halladad debió cortarte la garganta cuando pudo.
Aragorn le miraba sin comprender.
–Pero...
–Dame el relicario y sal –le ordenó secamente Elladan. El hombre fue a protestar, mas el elfo repitió la orden en tono que no admitía réplicas. –Te digo que me des ese relicario, salgas y mandes a Ellohir para acá.

Aragorn obedeció, contrito, y el segundo gemelo hizo su entrada minutos después. Algo debía haberle comentado su hijo, porque su semblante estaba inquieto. Ello, sumado a la túnica manchada de sangre, alarmó a Legolas.

–¿Ellohir, qué pasó con mi escolta?
El elfo le miró atónito.
–¿Tu escolta? Buena partida de buenos para nada eran, no una escolta. Nunca aprecié a Thranduil, pero decir que te escogería esa escolta es ofenderlo, y mucho.
Legolas fue a decir algo, pero Elladan se le adelantó, por primera vez había algo de esperanza en su acento.
–¿Conque esos de allá fuera te escoltaban? ¿A dónde?
–A Forlindon, por supuesto.
Los hermanos intercambiaron miradas de inteligencia y el mayor continuó el interrogatorio.
–¿Por qué?
Legolas abrió los brazos, incrédulo.
–¿A qué están jugando ustedes dos?
–Nosotros no jugamos con sangre Legolas –reconvino Ellohir.
El Príncipe se mordió los labios y se resignó a responder a sus mayores.
–Mi padre me casó a la fuerza y me envía a Valinor para no avergonzarse de mí.
–¿Cuál es la causa de su vergüenza? Eres el sinda más bello y famoso de la Tercera Edad.
El rubio le dedicó una sonrisa irónica a Ellohir y siseó su respuesta con dientes apretados.
–Estoy embarazado de ese Aragorn al que ustedes llaman Estel. ¿Satisfechos? Ahora, si me disculpan...

Legolas trató de abrirse paso y ganar la salida. Intuía que a Ferebrim no le iba bien, pero sus brazos fueron atrapados con fiereza. Sin aparente esfuerzo, los gemelos le alzaron y volvieron con él al fondo de la tienda. Le dejaron caer en la cama. Los pétreos semblantes de los elróndidas no presagiaban nada bueno, pero él ya estaba harto de jugar a ser el elfito obediente a sus mayores.

–¿Me van a decir qué ocurre? Ya luego aclararemos como se las arregló ese Hombre de Valle para agenciarse vuestra ayuda, ahora quiero ir con mi esposo.
–¿Hombre de Valle? –se escandalizó Ellohir. –Legolas, Estel es el cuarto hijo de Lord Elrond de Rivendel, Elladan y yo le vimos nacer. ¡Yo fui su atarince!
–No –rebatió Legolas con fuerza. –El es Aragorn hijo de Arathon y me violó en los campos de Erebor tras la Batalla de los Cinco Ejércitos.
–Eso es absolutamente imposible –declaró Elladan con acento reposado.
–¿Y me quieres decir por qué? –le reclamó Legolas ya fuera de sus casillas. –¡¿Acaso estaba follándose a tu hermano mientras mirabas?!

Elladan enrojeció hasta las orejas por el insulto y levantó la mano con intención de abofetearlo, Legolas se encogió de inmediato sobre si mismo, con un miedo cerval en sus orbes azules. El gemelo mayor se contuvo a duras penas y retrocedió unos pasos, asustado de lo que leía en los ojos del sinda.

Ellohir intervino entonces, con voz ronca y contenida.
–No podía estar allí porque nació en 2931, tenía diez años cuando la Batalla de Erebor.
–Pues se ve alto para su edad –ironizó Legolas.
Tal comentario hizo volverse con celeridad a Elladan, quien comenzaba a entender.
–¿En que año estamos? –el rubio le miró sin comprender, pero él insistió. –Vamos, dime en que año estamos.
–A comienzos de 2942, en otoño fue la Batalla frente a la Montaña Solitaria.
Los gemelos se miraron, sorprendidos y asustados: eso tenía sentido. Elladan se apartó y comenzó a rastrear la habitación con premura y fiereza. Ellohir volvió a hablarle a Legolas con acento preocupado.
–¿Dices que estamos en el 2942? ¿Qué es lo último que recuerdas?

Legolas aún no veía la razón de todo aquel interrogatorio, pero los gemelos eran las personas en quien más confiaba, después de su hermano. Además de que su último comentario contra ellos había sido tan cruel, tan injustificado... Arrugó la frente y trató de hacer memoria. Como siempre en las últimas semanas, el mero acto de evocar el pasado reciente le provocó jaqueca.

–Regresamos a casa, mi padre se despidió de Bilbo Bolsón, Gandalf y Beorn en la frontera occidental del Bosque... Arañas, muchas arañas que atacan en coordinación con orcos... Halladad y Maërys se besan mientras los espío y Fingolfin me pesca... Dos figuras encapuchadas, una de ellas huele a hombre, pero se mueve como elfo... Un camino, junto a mi hay alguien de cabellos oscuros y ojos perspicaces... Un viaje apresurado, casi sin escolta... Alguien que me ataca... Dolor, miedo, oscuridad...

Abrió los ojos para encontrarse con los iris verde marrones de Ellohir, arrasados de lágrimas. Trató de explicarse.
–No puedo dar orden a esos recuerdos ¿sabes? Ferebrim dice que perdí varios pedazos de memoria cuando me caí de un caballo, tres semanas atrás –se obligó a sonreír ante la vergonzosa anécdota. –Pero no me importa, con lo que me ha contado es suficiente.
Ellohir abrió la boca, pero un grito triunfal de Elladan les hizo volverse a ambos. El gemelo sostenía en alto un pomo con cierto líquido oscuro.
–¡Lo encontré!
Se acercó y tendió el objeto a su hermano y quien lo destapó y olfateó con cautela.
–Es mi medicina –explicó Legolas. Las miradas horrorizadas de sus amigos le alarmaron. –Ferebrim dice que es para que el bebé esté bien...
–Legolas –demandó Ellohir alarmado– ¿tú has estado bebiendo esto?
–Yo... ¿No es una medicina? Ferebrim dijo... –Legolas se calló de pronto, y la sistemática negativa de los gemelos a que saliera de allí para buscar a su esposo le golpeó. El miedo y la rabia deformaron su voz a un gruñido gutural. –¿No es una medicina?
–Es una poción tóxica, comparable a un veneno de acción lenta –explicó Ellohir–, se llama Filtro del Olvido.

El rubio no quiso oír más. Todas las preguntas lógicas, todos los espacios en blanco de su mente dejaron de ser importantes. Se levantó como un resorte.

–¡YO LO MATO! MALNACIDO, ORCO DISFRAZADO DE ELFO, SIERVO DE MELKOR ¡JURO POR MANWË QUE LO MATO!

Por suerte, los fuertes brazos de Elladan impidieron que llevara a cabo sus amenazas.
–¡Ahora no! –el joven elfo se debatía entre sus brazos con la respiración irregular y las pupilas dilatas. –Te digo que te calmes o vas a dañar a tu bebé.
Este argumento obró inmediatamente.

Legolas se quedó muy quieto y tomó un largo suspiro para regularizar la respiración. Los brazos que lo retenían se aflojaron y se derrumbó sobre el hombro a su lado. El gemelo acarició su espalda con trazos circulares y le dejó desahogarse. Los gemidos dieron paso a los sollozos y pronto la espalda de Legolas subía y bajaba convulsivamente, mientras una humedad salada calaba las ropas de Elladan. Una vez que recuperó el control de sus emociones, se irguió de nuevo, sus ojos estaban enrojecidos por el llanto, pero calmados.

–¿Me dirán qué ocurrió?
Los gemelos intercambiaron miradas preocupadas, Elladan hizo una seña a su hermano y este tomó una mano de Legolas para estrecharla con afecto.
–Estamos a finales de 3019 –Legolas soltó un gritico de asombro–, pero han ocurrido muchas cosas buenas. Entre ellas que Halladad y Maërys se casaron. Ferebrim fue invitado a la boda de tu hermano. Después de la fiesta, él y Aragorn pidieron tu mano a Thranduil, tu padre no podía negar el derecho a competir a un hijo de Elrond, así que convocó un duelo y luego dio a Estel una tarea. Al regresar, podría llevarte con él.
–Pero eso fue una trampa –le interrumpió Legolas, que no había olvidado el carácter de su padre.
Ellohir asintió y siguió adelante, tratando de escoger bien las palabras.
–Las cosas se complicaron, huiste de Erys Lasgalen para pedir asilo en Imladris. Ferebrim te interceptó y nosotros salimos en tu busca en cuanto Estel nos informó lo ocurrido. Estábamos sin pistas, pero enviaste un mensaje con cierto drûg de Fornost, así fue como dimos contigo. Legolas, se que es difícil creer todo esto, que han pasado setenta y siete años, que aunque te trataran con gentileza estabas secuestrado, que esa persona a quien creías tu esposo planeaba matar a tu bebé, pero...
Legolas le interrumpió con un gesto.
–Está bien. De alguna manera sabía que me movía en un sueño –sonrió tristemente–, más bien en una pesadilla. Mi cuerpo rechazaba a Ferebrim por instinto, y mis visiones han sido inquietas en estas semanas –se frotó las sienes para poner en orden las ideas. –Deduzco que me ocultan cosas, pero no importa. Supongo que todas las noticias de estos años no pueden ser buenas, pero al menos sé que mi hermano y Maërys están a salvo. Ahora que dejé de tomar eso, ¿voy a recordar todo? ¿Mi bebé estará a salvo?
–No lo sabemos –reconoció Elladan. –Esta cosa no se administraba a los elfos desde la época de Gondolin. Es por eso que debemos ir de prisa al encuentro de Círdan, para que te cure y nos haga justicia.
Legolas asintió despacio y se levantó, dio unos pasos para buscar alguna ropa apropiada al viaje, pero desistió de ello, la tienda era un caos y, de todas maneras, Ferebrim solo le dejaba esas ligeras vestiduras. Ellohir pareció comprender su situación, pues se dirigió presto a la salida.
–Tus ropas de viaje y tus armas deben estar ocultas en algún lugar del campamento. Voy por ellas.

El Príncipe asintió y volvió a sentarse en el borde del lecho, con gesto abatido. Esa era la tarde–noche más agotadora de su vida, o de la vida que recordaba. Elladan seguía parado ante él, con los brazos cruzados sobre el pecho y expresión inquieta. Legolas levantó la mirada.

–Lamento haberte ofendido con ese comentario, estaba...
–No hay nada que decir –cortó el gemelo. –Se que no lo habrías hecho en tus cabales.
El rubio inclinó la cabeza ante tal prueba de confianza. En verdad, el nunca había dicho a nadie lo que ocultaba el viejo roble.
–Hay algo que tu hermano no me dijo, ¿de quién es el bebé que llevó en mi vientre? ¿Por lo menos amé a esa persona, quien quiera que fuera?
Elladan se agachó y extrajo de su seno una pequeña bolsa de cuero, en su exterior habían bordado una pequeña pirámide blanca donde un árbol entrelazaba sus ramas, de modo que parecían fundidos en un abrazo de amor. Se lo tendió a Legolas.
–Lo amaste y lo amas. Un amor capaz para desafiar a tu padre, a mi familia y a todo el reino de Gondor, no se borra con pociones.
Legolas tomó con cuidado el objeto, palpando su contenido percibió un pequeño aro y una cuerda de escasa longitud. Elladan siguió hablando.
–Antes de la boda de Halladad, tú te habías casado en secreto. Fue diez y siete días después del solsticio de verano, mi padre ofició la ceremonia. Ese hombre rompió su compromiso con Lady Arwen de Rivendel por tus ojos, y debo admitir que lo perdoné solo porque le quiero como a un hijo. Esta allá fuera.
–¿Dices que ese mortal apestoso...? –la cara de asombro del rubio era tremenda.
Elladan rió y acarició el hombro de Legolas para darle seguridad.
–No temas, elfito. Esperó treinta años por ti, esperará a que recuerdes todas esas interminables charlas que parecían divertirles tanto. Su nombre completo es Aragorn Thengel Ecthelion Thorongil Estel, era el decimosexto Capitán de los dúnedain cuando le conociste. Fue el último, porque, también gracias a ti, el Reino Unificado de Gondor y Arnor ha sido restaurado. Estel es ahora rey, con el nombre de Elessar I.
Legolas se decidió abrir la bolsita y extrajo un anillo de oro blanco con pequeñísimas filigranas de hojas y espadas.
–Entonces yo...
–Si –Elladan tomó la alianza y se la colocó en el dedo anular de la mano derecha. –Tú eres su esposo, el Príncipe Consorte de Gondor y Arnor.

Estuvieron callados un rato, hasta que Ellohir regresó con el equipaje de Legolas. Mientras se vestía, el rubio recuperó algo de su aplomo. El familiar peso de las dagas gemelas, el arco y el carjac, acabó por darle algo de seguridad. Todavía era un guerrero, podía sentirlo en la automática intimidad que esos accesorios despertaban en sus manos aún torpes. Guardó el estuche de cuero, con su extraña cuerda de cabellos, y siguió a los gemelos al exterior.

Fuera brillaban las estrellas. Era una bella noche de finales del otoño, pero el olor a sangre casi le hace vomitar.

–Debemos partir de inmediato –ordenó el elróndida mayor a Estel y la extraña criatura a su lado. –Este lugar está maldito y deseo ver cuanto antes a Círdan.

Legolas se acercó muy despacio a un corcel que le pareció conocido. Asfaloth sacudió la cabeza y dio un paso en su dirección. Contento de ese pequeño triunfo de su memoria, el rubio le acarició un poco y trató de montar, pero le fallaron las fuerzas a mitad de la operación. Unas manos fuertes le ayudaron a mantener el equilibrio. Tras resistir el instante de pánico que aquella ayuda evocaba, volteó. No le sorprendió ver al hijo de los gemelos sonriéndole, como si el golpe de una hora antes no tuviera nada que ver.

¿Ese era su esposo? Vio que sus ojos grises viajaban hacia el anillo y luego en busca de su vientre. Era una mirada cálida, devota. Mucho más intensa que ninguna que le dedicara Ferebrim. Decidió que era imperativo disculparse.

–Lamento lo de hace un rato, estaba confundido y...
–No te preocupes –su voz era melancólica y suave, envolvió al elfo en una extraña paz. –Mi atarince me dijo que el teleri puso una magia sobre ti. Fui un atolondrado, no pensé en cómo te sentirías, solo en mis ansias de verte, de saber sobre Auril.
–¿Auril?
El rostro del hombre se ensombreció.
–¿Haz olvidado el nombre de nuestro hijo?
Legolas se mordió los labios, angustiado. ¿Cómo había olvidado algo tan importante? Pero Aragorn se rehizo enseguida.
–No te preocupes –repitió. –En poco tiempo volveremos a casa y esto será un recuerdo.

Legolas no estaba muy seguro de que todo fuera tan fácil como le decía este mortal que, de acuerdo a lo que le contaran los gemelos, tenía apenas ochenta y siete años, pero deseó creerle. Volvió a mirar a su alrededor.

Detrás de él, casi todos los caballos del grupo estaban atados en fila, de modo que fuera fácil conducirlos. Otros cuatro corceles estaban aparte, para transportarles. En uno habían encaramado ya a Ferebrim, tan envuelto en cuerdas que parecía un monigote. Un violento temblor recorrió el cuerpo del Príncipe al reconocerle. Ni siquiera la humillante situación borraba la seguridad de sus ojos. Se sintió desfallecer.

–El no volverá a tocarte –aseguró Aragorn, como si leyera sus pensamientos.

Legolas dio un respingo y le pareció que Ferebrim le retaba con los ojos. ¿Qué sabía su esposo de esas últimas jornadas? Decidió dejar el asunto por el momento. Fue a preguntar por el resto del grupo, pero lo que vio a continuación le bastó.

Los gemelos y el extraño hombrecito arrastraban por las axilas unos cuerpos hacia la tienda. Luego salieron en dirección a ellos. A mitad del camino, el drûg interceptó a un elfito que corría en dirección contraria. Mientras el chico luchaba, la carpa estalló y las llamas se alzaron. Olía a carne asada. El elfito empezó a llorar y no se defendió cuando el ser lo alzó por sobre su hombro para poder alcanzarles al fin.

Los gemelos y Aragorn ya habían montado, el drûg encaramó al elfito en el último corcel disponible y subió también, ambos eran lo bastante ligeros para no sobrecargar al animal. Legolas se sintió conmovido por el llanto, recordó vagamente su nombre.

–Mardil.

El chico le miró con sorpresa. Sus ojos eran de un verde acuoso y Legolas tuvo una visión de ese pequeño cuerpo casi oculto entre Orodreth y Aegnor, el pequeño lloraba con la cara oculta en el hombro del primero, mientras ambos elfos le poseían. Ese recuerdo estaba asociado a algo más, algo que dolía infinitamente. Apretó los párpados y trató de controlar su respiración. Podía sentir a Aragorn muy cerca, listo a prestarle ayuda, y esa cercanía le reconfortó. Levantó los párpados y trató de transmitir su recién adquirida confianza a la criatura.

–Se acabó Mardil. Eres libre ahora. Somos libres.
Mardil respondió con una sonrisa insegura y Legolas se esforzó en no ver el brillo burlón de los ojos de Ferebrim.

Siguieron la senda que comunica al Lago Nenuial con el rio Lhûn, al otro lado de las Colinas de Evendim. Estaban a cinco días de los Puertos Grises. Al ver el sol, Legolas sintió que algo se quebraba en su interior y perdió el sentido.

TBC...

EN BUSCA DE UN SUEÑO 16

¡Así no hay quien viva! (I)

2:00 p.m.

Despertó de golpe. Sin moverse, observó con cuidado su entorno, tratando de orientarse. El zumbido apagado y bajo le dio la clave: estaba en su jet, a salvo de los fanáticos… y de Pierre. Ya tranquilo, apartó las cobijas y se dirigió al baño, donde (¿cómo no?) la eficiente Janice había dejado una muda completa de ropa casual. Cuando regresó al dormitorio, ya lo esperaba su representante.

Le miró primero las manos: solo tenía el teléfono celular, luego los ojos: no parecía enfadada. Solo entonces se dejó caer en el lecho y esperó.

–Faltan veinte minutos para aterrizar –informó Janice. –Nos esperan los oficiales de aduana y un equipo médico –él quiso protestar, pero ella lo detuvo con un gesto. –La compañía –siseó molesta, y le clavó los ojos dorados, de tiburona– aceptó retrazar esta campaña dos semanas ¡dos semanas!, solo si te sometes a un examen que pruebe, más allá de toda duda, que no puedes someterte al estrés de una sesión de fotos y que las heridas no fueron autoinflingidas –la mujer resopló y sus dientes fueron muy visibles, pero recuperó el control de sus emociones de inmediato. –Comoquiera que esto es para la documentación del seguro, tendrá valor legal, pero no podrán publicarlo, nunca –sonrió satisfecha, su expresión de tiburona se acentuó. –Tampoco puedo negar que son eficientes. Tomaron a su cargo el asunto de consignar todo en París, los muebles vuelan ahora en un avión de la Fuerza Aérea y contrataron la estiba desde el aeropuerto militar a tu nuevo piso. Llegaremos a las seis, hora local, y todo habrá sido desembalado por especialistas. ¿No es maravilloso?

Yordan la miró con ojos vacíos, ¿qué se suponía que dijera? –Si.

–El edificio también es una maravilla –le puso en el regazo un montón de fotos–, doce pisos, cuatro elevadores, mucha seguridad, buena vista, mejor ubicación. Varios personajes importantes viven ahí, así que la Guardia de la Ciudadela, que es como llaman a la Policía Secreta, tiene protección permanente. Eso me decidió.

Yordan miró las fotos con desgana. La verdad, el sitio no se parecía en nada a los bunker donde residiera antes. Tenía mucha humanidad ¿no? Con esas ventanas con cortinas floreadas y las bicicletas en la entrada. Suspiró. ¿Tenía algún sentido discutir?

–De acuerdo.

El teléfono de Janice sonó. Yordan arrugó la nariz: no soportaba los celulares. Ella se fue la pieza al lado. Yordan giró con cuidado en la cama y miró por la ventanilla. Sobrevolaban las montañas. Ephel Duath ¿no? Montes de la Sombra.

–Pierre… ¿por qué lo hiciste? Todo iba tan bien…

En pasado, sus relaciones siempre estaban bien en pasado ¡mierda! Iba bien seis meses atrás, cuando se conocieron, y cinco meses atrás, cuando empezaron a vivir juntos, y cuatro, cuando le dio la primera bofetada. Después… ¿Para qué recordarlo? Menos mal que tenía a Janice, o estaría sin novio y sin trabajo. Para eso sí que tenía ojo, para mujeres con vocación de tiburón blanco. ¿Tal vez debería meterse a hetero? De todos modos Janice estaba descartada, esa solo tenía dos pulsiones vitales: dólares y laca de pelo. Se había metido en el negocio de la moda para obtener lo primero a chorros y lo segundo de gratis. Y lo lograba.

Bajo el vientre del jet, surgió el azul brillante del Anduin, Tirith Osto era todavía una mancha oscura. Yordan tembló, como siempre que llegaba por primera vez a un país, y rezó a la todopoderosa señora de los mares.

“Yemayá, Virgen de Regla, mi señora. Deja que yo encuentre refugio aquí. Ya estoy cansado de aprender idiomas, de aguantar gente que no se baña y acostarme con hombres que me maltratan. Solo déjame un pedacito de tu manto.” Yordan se besó la uña del pulgar de su mano izquierda y suspiró. Después se acordó de algo más. “Y si puedes, ponle a Pierre un compañero de celda muy, pero muy cariñoso. Tú me entiendes ¿verdad?”

3:00 p.m.

Théoden terminó su oración y levantó la cabeza despacio. La imagen de Tulkas osciló ante sus ojos, y su lujosa armadura de escamas rojas se volvió una mancha.

“Estoy mareado.”

Con cuidado, el joven se levantó del suelo y retrocedió, sin dar la espalda al icono, en dirección a la galería principal del templo. Ya en terreno neutral, se permitió sobarse la nuca y echó un vistazo a los espejos sobre su cabeza. El gigantesco reloj de sol marcaba el quinto periodo de culto.

“Casi una hora y nada...”

El joven resopló por lo bajo y se sacudió las perneras del pantalón en lo que observaba a las otras personas en el templo casi vacío a esta hora del lunes. Solo un enano, dos estudiantes de medicina, y un novato de la escuela de la flota se inclinaban ante las imágenes de Aulë, Estë y Ulmo, respectivamente. Más allá estaba la amilessë de guardia, una anciana de cabellos completamente blancos que seguramente había dejado el servicio activo veinte años atrás.

Resignado ya, Théoden se dirigió a la puerta del templo, tratando de inventar una buena excusa para llegar tarde al entrenamiento. Casi en la puerta, se detuvo a contemplar el traje nuevo con que estaba ataviada Vána, la Siempre Joven.

–Hola.

Estuvo a punto de saltar de júbilo, pero se contuvo (¡estás en un Ainumardë!). Solo giró despacio para quedar de frente al hombre de cabello negro, rostro ancho –cuidadosamente afeitado–, y ojos de un verde muy oscuro.

–Saludos, nostar Adanost.
El aludido sacudió la cabeza y soltó una risa corta, burlona.
–¿Por qué esas palabras tan formales? No somos dos desconocidos.
Théoden se mordió el labio inferior y miró incómodo a ambos lados.
–Los Ainur nos miran –repuso con voz apagada.

Adanost volvió a reír, pero no dijo nada. Luego hizo un gesto en dirección al gran arco de la entrada. Después de orar tanto tiempo con el sol sobre su cabeza. Théoden sintió verdadero alivio al entrar en el fresco túnel que llevaba a la puerta principal. Llegaron al parque frontal del Ainumardë y fueron a sentarse en el banco que ya les era habitual, bajo un roble de tupido follaje.

–¿Cómo van los entrenamientos? –preguntó Adanost en cuanto se acomodaron.
–Bien, bien. ¿Irá al juego?
–No estoy seguro, ese día es el Arë Nossë, es posible que tenga que atender visitas.
Théoden apretó los puños, contrariado.
–Por favor, puede llevarlos a ver el juego ¿no?
Adanost meneó la cabeza.
–Mira Théoden, los niños que vienen al Arë Nossë desean conversar con el nostar, jugar con sus nossëhíni, escuchar anécdotas, tirarse fotografías. Construir recuerdos ¿entiendes? No pudo prometerte que…
–¡Por favor! –el joven aferró el antebrazo de su interlocutor y trató de adivinarle los ojos por debajo de la capucha azul marino que cubría sus rasgos. –Tiene usted que ir, Adanost, será mi último juego.
–¿Pero de qué hablas? Tienes veinte años, si no te lesionas ¡Estë no lo permita! Estarás jugando doce o catorce años más.
–Es que yo… –el muchacho se calló de repente, luego resopló y soltó la siguiente frase de carretilla. –Después del juego contra Anfalas, voy a dejar el equipo.

El nostar se le quedó mirando por un largo instante. Théoden no apartó la mirada. Después de unos instantes, Adanost volvió el rostro al cielo y respiró hondo.

–¿De dónde sacaste esa idea, Théoden? El football es tu vida.
–Es mi vida, pero no me dará para comer. Debo esforzarme en los estudios, ahora que todavía estoy a tiempo.
–Creí que deseabas ser jugador profesional.
Théoden sacudió la cabeza.
–Andar todo el año de aquí para allá, evitar que tus entrenadores te dopen y tus fanáticos te violen, ser admirado por la fuerza de tus piernas y no por tu cerebro, quedar desempleado a los cuarenta. No, eso no es vida. Yo quiero… algo sólido.
–¡Con que es eso! Una chica dijo que no eras maduro y el mundo se te derrumba.
Adanost palmeó suavemente el hombro del joven y suspiró, su voz era ahora mucho más reposada.
–Mira muchacho, no puedes renunciar a ti mismo para ganar la aprobación de las personas. Al final, nadie será feliz. Si te gusta el football, debes…
–¡No! –le interrumpió el joven poniéndose en pie. –Es usted quien no entiende, Adanost. Yo quiero un empleo discreto, una casa con jardín, un esposo y dos niños. ¿Acaso está mal? No, no me conteste. Ya se que usted no cree en esas cosas, usted es un gran nastor, en su corazón caben tantos nossëhíni que me mareo de pensarlo. Pero yo…

Théoden se detuvo y trató de recuperar el control de sus emociones escuchando el susurro del parque. Extrañaría el lugar, seguro. ¿Por qué, dulces Valar? ¿Por qué todo era tan complicado? Sintió unas lágrimas rebeldes bajar por el costado de su nariz, pero se las limpió de un manotazo y volvió a mirar a Adanost.

–El caso es que quiero ser como los demás, así que tendré que concentrarme en los estudios para que no me retiren la beca. He venido a despedirme.
–¿Despedirte? –el hombre se levantó del banco y dio un paso hacia Théoden, pero el muchacho retrocedió.
–Mi tutora me asignó un cronograma muy exigente, tendré que renunciar a todo lo superfluo.
–Entiendo –respondió Adanost con calma.
El hombre retrocedió y cruzó los brazos frente a su pecho.
–En ese caso –el nastor hizo una profunda reverencia. –Adiós.

4:00 p.m.

El hombre cruzó las puertas de cristal llevando en precario equilibrio dos bolsas de compras.

–Buenas tardes, señor Lómendil –saludó el portero. –¿Tuvo buen día?
–Si, fue un buen día, señor Cintras.
Lómendil se detuvo de golpe, una mueca de contrariedad surgió en sus labios carnosos.
–Aralqua, ¿qué ocurre?
–Hay mucha gente, gente sucia que carga cajas, muebles y maletas –explicó el chico mientras enredaba sus manos en el brazo del padre, buscando ocultar su miedo.
–Se ocupan de la estiba –se apresuró a explicar el portero. –Llegan dos vecinos, al piso ocho y al doce, pero ya casi acaban.
Lómendil hizo un leve gesto de asombro y asintió.
–¿Hay algún elevador disponible?
–El cuatro.
Lómendil reparó enseguida en que Cintras había dejado el más cercano a su puerta, y sacudió la cabeza en agradecimiento.
–Vamos Aralqua –ordenó a su hijo.

Cuando ya se iban a cerrar las puertas del ascensor, un brazo sudoroso se coló entre las hojas. Un muchacho pelirrojo, con una bolsa casi de la mitad de su talla, se sumó a ellos.

–Buenas tardes, señor Lómendil. Buenas tardes, Aralqua –saludó entre resoplidos.
–Buenas tardes, Aranwe. ¿Otra vez corriendo con las compras?
–La vida es corta, señor Lómendil.
El hombre esbozó una sonrisa casi invisible.
–Esas no son palabras para alguien de trece años.
–Es verdad, son ideas de la amil de mamá, pero las estoy poniendo a prueba.
–Eso es interesante –concedió el adulto.
–Aralqua, ¿vendrás a estudiar conmigo esta tarde? –pidió el pelirrojo.

El hijo de Aldaben Lómendil se encogió todo al ver los ojos verdes clavados en él. Su compañero de aula era tan ansioso, tan… intenso, que Aralqua nunca sabía muy bien qué hacer. Apretó dos veces el codo de su padre y esperó.

–Puede ir –intervino Aldaben–, pero no antes de tomar una buena ducha.

Aranwe tragó en seco y estudió su propio cuerpo con atención. Había estado saltando troncos en el parque antes de entrar al mercado, y el sudor corría por su pecho y espalda mezclado con tierra. El también tendría que bañarse, no quería quedar como un yanqui sucio ante los Lómendil, ¡por supuesto! Levantó la vista y sonrió a su vecinito. Aralqua enrojeció, hizó “mmm” y bajó los ojos. Aranwe parpadeó, confundido por la reacción, pero se obligó a permanecer calmado. No acababa de entender el sistema de señales de Arda, pero Aralqua tenía un sistema de señales particular y eso le complicaba las cosas.

Con alivio inconfesable, Aranwe vio que llegaban al sexto piso. Tiró del brazo de su padre apenas se abrían las puertas.

–¿Te veré luego? –insistió aún el pelirrojo.
–Si, claro –respondió el rubio sin girar el rostro.

La puerta del elevador se cerró y Aralqua se quedó mirando la superficie de acero bruñido que reflejaba su silueta, una silueta más parecida a una antorcha que a una persona, en su opinión. “Debería teñirme el pelo de castaño” pensó en el breve tiempo que tardaba en llegar al noveno piso.

Su madre le vio entrar a la cocina con expresión derrotada.

–¿Pasa algo?

Aralqua negó en silencio y arrastró una silla para poner las compras en los armarios superiores. Ahora fue el turno de Anariel para pestañear sorprendida. Decidió hacer un acercamiento tangencial.

–Hijito, tu… ¿tienes hambre?
–No mamá, gracias.
–¿Sed?
–No mamá.
–¿Calor?
–¡Mamá! –Aralqua suspiró y siguió poniendo pomos de confitura en orden de colores. –Solo… solo pon en el horno un par de pasteles. Aranwe viene a estudiar.

¡Ah! Conque Aranwe. La mujer lo entendió todo de golpe. Tener trece años, dulce Vána, y no saber cómo nombrar las cosas. Aunque también Aranwe era un poco extraño ¿no? Ella era ardence y lo notaba extraño, ¿qué le parecería a Aralqua? Bueno, en algo se parecían todos los adolescentes del mundo: no sabían cómo hablar de sus problemas. Anariel volvió a picar cebollas.

–Tu padre llamó, llega tarde por no se qué reunión con la gente de la Casa del Saber y su oficina mañana –fingió no escuchar el suspiro de alivio.
–Me voy a bañar –anunció Aralqua con falsa calma.
Anariel oyó sus pasos en dirección a la recámara, pero la voz de su hijo la sorprendió de nuevo.
–Mamá.
Se volvió extrañada. Aralqua estaba frente a ella, muy rojo, dando suaves golpecitos en el suelo con la punta del pie izquierdo.
–¿Si?
–Yo… estaba pensando… como corrí y eso… mi pelo ¿sabes?...
–Tu champú está en el baño, hijo.
–¡Pero es para acentuar el rojo! –se quejó. –Y el rojo… ¡es horrible! Mírame, parezco una antorcha humana.

Anariel enarcó las cejas y ponderó el asunto por un momento. ¿Desde cuando el rojo era “horrible”? La mitad de la ropa de Aralqua era roja. Acarició los rizos con suavidad y sonrió.

–Puedes usar un poco de la loción de amil, debe dar un efecto caoba ¿estará bien eso?
–¡Genial!
–Pero recuerda que es solo un enjuague, saldrá en cuanto te mojes el pelo de nuevo.

El muchacho no la escuchaba ya. Anariel sintió la puerta del baño cerrarse con fuerza y se mordió los labios. “Los hijos no son nuestros, sino de ellos mismos” se dijo para consolarse en lo que buscaba dos pasteles de manzana en la nevera y los ponía en el horno. Siguió luego con la cena. De vez en cuando echaba miradas al reloj, que justo hoy se esforzaba en ir despacio. ¡Tan despacio!

–¿A quién esperas?
–¡Por Melkor, amil! No hagas eso.
Eala sonrió en lo que se acomodaba en una silla, divertida ante la irregular respiración de la mujer y las manchas rojizas que habían surgido en su cuello.

–Anariel –repuso con voz suave–, hago más ruido con este andador que una banda de hip–hop de esas. Tú me oyes por toda la casa.
–Tienes razón –admitió la mujer, y se sentó frente a ella. –Estaba entretenida.
–Huelo pastel de manzanas –comentó Eala con curiosidad evidente.
–Aranwe viene a estudiar –explicó.
–Y Aralqua está en el baño –dedujo la anciana.
–Ocupado en cambiar el color de su pelo –informó la madre en lo que se masajeaba las sienes. –Menos mal que Fred llega tarde.

Estuvieron calladas unos minutos, sopesando las implicaciones de que Aralqua se bañara dos veces en un día por iniciativa propia.

–Vas a tener que hablar con Fred, querida. ¿Cómo vas a justificar un tinte de pelo?
–Ya se me ocurrirá algo –gimió ella–… supongo. ¡Ay, amil! Yo no se cómo decirle que Aralqua está enamorado. Me costó tanto convencerlo de regresar acá ¿entiendes? Cuando le suelte la bomba va a pensar que lo había planeado todo.

Eala negó con suavidad y, muy despacio, puso una mano en el hombro de su hija biológica.

–Querida, él va a maldecir en seis idiomas por dos días, y luego entenderá.
–Van a ser dos días insoportables –bufó la joven.
–Si lo prefieres yo…
–¡No! –le cortó ella de inmediato. –Tú te quedas. Fred es mi esposo, pero tú eres mi amil. Te quedas hasta que regrese Nornorë de Kenia, eso no se discute.

Anariel se levantó y se puso a revolver la sopa con violencia. Eala contempló su espalda recta y sus anchas caderas con orgullo, había heredado varios rasgos suyos que le diferenciaban de sus otros nossëhíni. Sin embargo, nunca habría esperado irse a vivir con ella.

De sus quince nossëhíni, Anariel era la que menos la visitaba en el pasado. Era comprensible, sus adares trabajaban en un poso de petróleo en Forochel, y su Ainumardë estaba a la orilla del río Gladio. Luego la niña había marchado a estudiar en Estados Unidos y Gran Bretaña. Eala no dejaba de asombrarse del extraño giro que tomaría esa relación a partir del viaje: un día llegó una carta al Ainumardë ¡desde Nueva York! Anariel escribía, y no una postal, sino una larga crónica de sus aventuras y sorpresas. Insegura, Eala contestó, compilando con dificultad la tranquila vida de sus colegas del Ainumardë y la escuela anexa, segura de semejante reunión de chismes intrascendentes pronto aburrirían a la becaria. Pero no fue así. Se cartearon por ocho largos años, con no menos de una misiva al mes, ¡a veces llegaban a siete!

Las cartas de Anariel pronto dejaron de ser su patrimonio. Las partes en que le contaba de la universidad y las ideas pedagógicas de los firyarekaiello, las discutía con sus colegas de la escuela y les citaba en las respuestas. Las aventuras y reflexiones personales las leía a sus otros nossëhíni, en los Arë Nossë, y varios se animaron a escribirle por su cuenta. Así se había forjado la amistad entre Nornorë y Anariel, una amistad que sobreviviría, incluso, el vergonzoso episodio de Río de Janeiro.

Eala arrugó la frente. Río… tarde o temprano eso salía a relucir. Sin duda, Fred lo mencionaría cuando Anariel le explicara por qué Aralqua se había teñido el pelo. ¡Nienna fuera llorada! Fred nunca había perdonado a su esposa que no mencionara que Nornorë vivía en el barrio gay de Río y que ahí estaría su hijo de tres años mientras ellos viajaban a la Amazonía. Era, sin dudas, un encontronazo cultural. Que empeoró cuando la UNICEF les dijo que debían alargar el proyecto de alfabetización de ocho a dieciséis semanas. Todos creyeron que el divorcio era inminente. Pero nada pasó.

La intriga que producía ese episodio en la familia era tremenda y creyeron que Aralqua nunca pondría sus pies en Arda hasta los 20 años. Entonces, le propusieron a Fred venir a asesorar la integración económica de las universidades de Arda y, con un poco de ayuda, él aceptó. Toda la familia acudió al aeropuerto y Fred fue muy civil con sus casi treinta parientes, pero innegablemente amable con ella. Eala no tardó en comprender.

Anariel y Fred estaban al borde del divorcio, llevaban casi cinco años poniendo parches a su relación. En un intento desesperado por hacerla feliz, el puritano yanqui había aceptado mudarse a Arda, pero no podía reconciliarse con la idea de tener dos suegros hombres, trece medio–cuñados cuyas orientaciones sexuales nunca podría definir y uno cuyo estridente homosexualismo conocía de primera mano. Eala era lo único medianamente habitual, su mecanismo de compensación interna: la suegra. Por eso la invitaba a cenar cada dos por tres (sin Nornorë, por supuesto) y estaba tan contento de hospedarla mientras su nossëhíni menor cerraba una investigación en Kenia. Había llegado al extremo de obligar a Aralqua a llamarla “abuela”, aunque él ya tenía dos abuelos: Amlach y Narwael.

Y ahora esto… La anciana casi podía imaginar el mundo de fantasía de Fred Williams cayendo en pedazos cuando supiera que su único hijo estaba enamorado de Aranwe Lómendil. Lo peor, era que Aralqua sabía de los sentimientos encontrados de su padre y se esforzaba por satisfacerlo, pero estaba perdiendo la batalla.

El timbre de la puerta le hizo salir de sus ensoñaciones.

–¡Yo abro! –gritó su nieto, y pasó como una tromba por la puerta de la cocina.

Eala y Anariel intercambiaron miradas divertidas. La anciana se dejó ayudar para ponerse en pie y, apoyada en su andador, fue a la puerta del estudio.

–Buenas tardes, amil Eala –saludó el rubio muy serio, pero con un delicioso rubor en las mejillas.
–Buenas tardes, Aranwe. Gracias por venir a ayudar a mi nieto con sus tareas.
–Yo… En realidad…
–El y yo nos ayudamos mutuamente, abuela –intervino Aralqua.
–Y eso está muy bien –opinó Anariel, que se acercaba con una bandeja olorosa a pastel de manzana. –Ahora entren, que ambos deben hacer sus tareas antes de las siete.
–Pero mamá…
–Ni un minuto más tarde, jovencito. Estoy segura de que el señor Lómendil necesita ayuda en su casa, y tú tienes que terminar algunas cosas antes que tu papá llegue, para que cenemos sin problemas ¿no?

Aralqua abrió los ojos con repentino miedo y se tocó sus mechones castaños, todavía húmedos a pesar de la secadora.

–Claro, claro –balbuceó inseguro y casi le arranca la bandeja a su madre. –¿Vamos Aranwe?

5:00 p.m.

Boris se limpió unas lágrimas rebeldes y permaneció doblado sobre si mismo, convulsionando de risa. Midhiel lo contemplaba con extrañada diversión, Igor con mal disimulada vergüenza y el Príncipe con satisfacción.

–Es graciosísimo ¿no, Igor? “A los hombres no se les toca por gusto” –repitió por décima vez.

Boris se calmó un poco y pudo erguirse entre los cojines. Sus ojos verdes brillaban de alegría.

–Es lo último que se podría imaginar en boca del remaricón de Barahir. Por favor, primo, tienes que contar ese en una reunión familiar.
–De acuerdo –concedió G con una de esas sonrisas heladas que tan mal le caían a Igor. –Por cierto, están organizando una cena para que conozca a Ivana.
Boris se calló de golpe y miró asombrado a su amigo.
–¿De veras? –repuso el aludido con voz neutra. –La verdad es que no participo mucho en la vida social de mi mmm familia.
–Nuestra familia –le rectificó G con suavidad.
–Si, si, claro. Nuestra familia –de pronto Igor tenía la impresión de que la habitación estaba caldeada.
–Yo estaba pensando. Mi ruso nunca fue muy bueno, y está… ¿cómo dijiste ayer, Midhiel?
–Oxidado –susurró la rubia en lo que servía te frío a Boris.
–Si, eso, oxidado. Y sería de muy mala educación expresarme mal en la lengua de la –parecía saborear la palabra–… familia, ¿verdad?
–Yo no creo que a Ivana y a mis padres les importe que…
–¡Por favor! –le interrumpió G. –Los títulos no justifican la grosería. Es imperativo que practique el ruso –se volvió a su primo. –¿Verdad?

Boris asintió con fuerza, parapetado tras su taza de te. G volvió a mirar a Igor, apoyó una mano sobre la rodilla del joven y adelantó el rostro, de modo que sus ojos ocuparan todo el campo visual de su interlocutor.

–¿Me ayudarás?

Igor pensó en retroceder, besarlo o empujarlo, pero no lo hizo, por varias razones que solo a él competen. Así que, tras pensarlo un poco, hizo exactamente lo que el príncipe quería en ese momento de él: asintió.

–Claro, para eso está la familia ¿no?
G se apartó tan rápido como se le había pegado.
–Te pagaré 20 arani la hora.

Luego se levantó con su extraña fluidez de acróbata y dejó que Midhiel le ayudara a ponerse túnica negra y larga por sobre el traje. Boris e Igor comprendieron que era hora de partir y se levantaron también. El camino de regreso fue silencioso.

Al llegar ante el edificio de los jóvenes, Boris fue el primero en bajarse. Igor fue a seguirlo, pero G atrapó su mano y le obligó a mirarle de nuevo.

–Nos vemos mañana, a las cinco, en mi casa –ordenó.

Igor estaba tan poco acostumbrado a recibir órdenes que no supo cómo reaccionar.

TBC…

NOTAS

¿Nadie se había preguntado por la religión oficial de Arda? Pues sepan que desde el siglo XIII el culto a Eru se institucionalizó, y la asimilación posterior de los Ainur y Maiar como “santos” y “ángeles” fue un proceso breve, respuesta a la masiva conversión de los sureños al cristianismo. Para el siglo XVI ya cada Ainur tenía su imagen y atributos definidos; y se habían dictado normas modélicas para la arquitectura del Ainumardë (Salón de los Ainur, en plural Ainumardi)

Cada Ainumardë está presidido por una imagen evocativa de Eru, el Único, quien habitaba en el Vacío y cuyo rostro nunca fue revelado. A lo largo de las paredes se alinean las representaciones de los Ainur, que pueden ser esculpidos porque en Arda adoptaron diferentes formas, cada uno según su naturaleza y los elementos que amaban, y, aunque no estaban atados a una forma visible, muy a menudo la adoptaban bajo la característica de una indumentaria, y en edades posteriores serían conocidos por los elfos y hombres bajo esas apariencias. Ellos son: Manwë, Rey de los Vientos; Varda, Reina de las Estrellas; Ulmo, Señor de las Aguas; Nienna, la Plañidera; Aulë, el Herrero; Yavanna, Dadora de Frutos; Oromë, Señor de los Bosques; Vána, la Siempre Joven; Mandos, Guardián de los Muertos; Vairë, la Tejedora; Lórien, Señor de los Sueños; Estë, la Sanadora; Tulkas, el Campeón y Nessa, la Bailarina.

Los Amilessë (significa “nombre de madre”) son la poderosa organización encargada del culto, la enseñanza de la doctrina y la administración de los asuntos religiosos. Están integrados por las amil ("madre") y los nostar ("padre"). Se distinguen porque llevan siempre sobre la ropa una capa de color azul marino con capucha y se cubren el rostro al salir de los recintos sagrados. Al ingresar a los Amilessë, las personas se comprometen a permanecer un mínimo de veinte años a disposición de la organización, pero la mayoría ingresa sin intensión de volver a la vida laica y mueren en los hogares de vida común o en los de sus nossëhíni.

AMILESSË "nombre de madre, nombre familiar" (amil "madre" + essë "nombre")

HINYA "mi hijo, mi niño" para hinanya) (WJ:403). Pl. híni (sorprendentemente no **hínar) en Híni Ilúvataro "Hijos de Ilúvatar" (Índice del Silmarillion). En compuestas -hin pl. -híni (como en Eruhíni, "Hijos de Eru", SA:híni)

MARDË "salón, estancia"; sólo pl. mardi certificado (Nam, RGEO:66)

ÁRË "día" (PM:127) o "luz del sol" (SA:arien).También el nombre de tengwa 31. Originalmente pronunciado ázë; cuando /z/ se fusionó con /r/, la letra se hizo superflua y le fue dado el nuevo valor ss, de ahí que fuera renombrado como essë (Apéndice E). También árë nuquerna *"árë invertido", nombre de tengwa 32, similar a árë normal pero invertido (Apéndice E)

NOSSË "familia" (PM:320)

NOSTARI "padres", pl. de *nostar o *nostaro "padre" (LotR3:VI cap. 6, traducido en Letters:308)

EL SEGUNDO REGRESO DEL REY 32

De los usos y costumbres de las diversas razas de Arda I

"Cuantas veces tomada la ciudad solar
serán cambiadas las leyes bárbaras y vanas:
Tu mal se acerca. Ya no más tributaria
El gran Adriano recorrerá tus venas."
Nostradamus

De los Avaris

Amroth masticó despacio, ignorando el dolor que tal acción le provocaba. Después de todo, la mandíbula no sanaría sin alimentos. Tragó y miró ansioso a su hermano menor. Ingwë raspó el plato, acercó la última porción de alimento, detuvo la mano a unos escasos centímetros y le miró a los ojos. Amroth tuvo la impresión de que estaba por sonreírle, pero el gruñido de Feanor mientras entraba congeló las facciones de ambos.

El joven se levantó, giró e hizo una reverencia ante el Jefe del Clan. Feanor apenas le miró, estaba concentrado en el herido. Amroth tragó apresuradamente y se hundió en su asiento. A pesar de las órdenes que pesaban sobre él, las intenciones homicidas del mayor eran notables. Aunque lo más probable es que no considerara matarle como un asesinato, tal vez como un acto de limpieza.

–¿Cómo estás pequeño?

Amroth levantó los ojos, sorprendido y feliz. Su temor le había impedido notar a Finarfin, entonces no se trataba de una de las desagradables visitas de su hermano mayor con el pretexto de chequear su seguridad. Sonrió hasta donde se lo permitían sus labios agrietados.

–Mejor.

Finarfin dirigió una mirada inquisitiva a Ingwë y este se apresuró a informar.

–El prisionero se despertó temprano, caminó diez pasos sin apoyo y tomó el sol en el balcón toda la mañana. Al medio día regresó por sus pies hasta aquí y tomó sus alimentos. Durmió en la mecedora. En la tarde el prisionero hizo los ejercicios de extensión que ordenó el sanador y leyó. Su estómago marcha bien y no ha subido la temperatura.

Finarfin expresó su conformidad ante el reporte, luego se agachó ante el butacón y examinó la mano derecha de Amroth, el joven no pudo contener un quejido.

–¿Aún duele? –el otro asintió. –En realidad, es mejor así –comentó con falso optimismo.

Amroth también lo sabía, pero no hacía más llevadero el asunto. Mientras su mano doliera significaría que estaba viva, tratando de recomponerse. Ya no podría volver a tañer el laúd, por supuesto, pero era mejor que enfermar de gangrena. Todo habría sido diferente de recibir atención inmediata, pero… Mejor no pensar en eso…

–¿Puedes moverla?

Negó en silencio. Lo había intentado una hora antes, con la ayuda de Ingwë, pero los músculos seguían demasiado hinchados.

Su hermano siguió palpando con cuidado, hasta que se dio por satisfecho y pasó a examinar el otro brazo. Ahora sonrió ampliamente.

–Creo que en una semana más podremos quitar el entablillado.

Feanor gruñó su descontento, pero el segundo del clan le ignoró. Continuó la revisión hacia la cabeza, observó las pupilas, palpó el cráneo –rapado y lleno de cicatrices rojizas–, la mandíbula. Volvió a interrogarle.

–¿Te duele la cabeza?
–Solo cuando leo mucho.
–Eso significa que tus ojos se esfuerzan más de lo debido. –giró hacia Ingwë– ¿A qué hora leyó?
–Entre la tercera y quinta hora después del mediodía.
–¿Dónde?
–En la cama.
–Tendremos que cambiar eso, es evidente que en la cama no hay suficiente luz para tus ojos –se dirigió a Amroth. –Solo leerás en el balcón, entre la décima hora de la mañana y la tercera de la tarde –el enfermo fue a protestar, pero Finarfin levantó un dedo acusador. –¡No discutas! Estamos casi en invierno y los días son cada vez más cortos. Si lees demasiado antes de que tu cabeza sane, podría ser peor.
–Todo esto es un desperdicio –gruñó Feanor desde el fondo de la estancia.

Amroth e Ingwë temblaron, pero Finarfin respondió con voz fría y segura, sin siquiera molestarse en mirarlo.

–En todo caso, es el desperdicio del Rey.

Feanor volvió a gruñir algo en avarín y el segundo hermano giró. Se enfrentó a él con los brazos cruzados sobre el pecho y los pies ligeramente separados.

–Me parece que el Rey no ordenó que vinieras.
–Ahora soy responsable por todos los prisioneros del reino –repuso Feanor sin intentar ocultar su fastidio–, y este es el más valioso.
–¿No confías en tus hermanos para cuidarlo? –inquirió Finarfin.
–No quiero que lo cuiden, sino que lo vigilen –corrigió el mayor.
–No es un prisionero común. El Rey decidió que pertenece a los elróndidas y como uno de ellos será tratado hasta que lo recojan.
–No lo dudo –comentó con sarcasmo Feanor e hizo un gesto indefinido hacia la amplia y luminosa estancia, luego se dirigió a Amroth por primera vez desde que entrara. –Deberías…
–Te recuerdo que el prisionero es hermano de la Reina –interrumpió Finarfin.
–¡No es su hermano! –contradijo Feanor– El no tiene hermanos, ni padres, no tendrá sobrinos o hijos. El no es nada.
–El es mi paciente y, sin dudas, es hermano de la Reina. Cállate o tendré que prohibir tu entrada a esta habitación.

Amroth cerró los ojos, con la remota esperanza de que aquella pelea desapareciera. Nunca había visto a Finarfin enfrentarse con Feanor, aunque era conciente de que a menudo disentía de las decisiones del mayor. En realidad, esta riña colgaba sobre sus cabezas desde que Finarfin, con la ayuda de Maërys y Finrod, le sacara de las mazmorras para traerle a esta linda estancia cerca de la recámara de los flamantes monarcas. Se maldijo a si mismo una vez más por ser débil y dejar que sus ojos fueran víctimas del hechizo del olor de cándulas. Intentó doblarse sobre si mismo y desaparecer, pero una mano se posó en su hombro.

Levantó la mirada, sorprendido de que Ingwë le estrechara con semejante calidez.

–Tus costillas aún no sanan –susurró a la vez que sonreía levemente.

Pero el momento de intimidad duró poco: Feanor les vio y en dos zancadas estuvo sobre el menor de los hermanos.

–No lo toques –siseó y le soltó un puñetazo que lo lanzó al suelo.

Ingwë se quedó quieto, con los ojos muy abiertos de pánico. Despatarrado como estaba vio a Finarfin lanzarse hacia Feanor y retenerlo contra la pared.

–¿Estás loco?
–Lo tocó y sabe que es un desterrado.
–Sabe que es su hermano y necesita consuelo Feanor ¡consuelo!
–Es un traidor.
–Es un hijo de Maedros y Curufinwë, y si no llego a intervenir lo habrías matado –buscó los ojos del mayor con desesperación. –¿De verdad pensaste que ellos harían eso?
–Falló, era mí deber castigarlo.
–¿Hasta la muerte? –insistió el otro.
Feanor giró los ojos y apretó los labios. Finarfin sacudió la cabeza y lanzó un suspiro agotado
–Yo también estoy asustado –admitió–, pero la solución no puede ser esa. Si estuvieras en lo cierto… –dejó colgando la frase y volvió a negar en silencio.

Dio unos pasos en dirección al menor de sus hermanos y le tendió una mano para que se levantara. Acarició las desordenadas trenzas que cubrían la cabeza de Ingwë y le dedicó una sonrisa gentil antes de volver a hablar con el ceñudo Feanor.

–Si estuvieras en lo cierto, Adar debió matarte aquella tarde. ¿No crees?

Amroth e Ingwë cruzaron miradas interrogantes.

Feanor se le quedó mirando con una sombra de dolor en los ojos. Se dirigió a la salida en silencio, cabizbajo. Ya frente a la puerta, habló sin volverse.

–De acuerdo, es el hermano de la Reina.

De los Elfos Silvanos

Maërys entró a la habitación con una sonrisa inusualmente amplia. Se acercó con pasos leves a su esposo y le cubrió los ojos con las palmas.

Halladad sonrió, dejó caer el documento que estudiaba y tomó las manos de la elfa para llevarlas hasta sus labios.

–¿Buenas noticias? –preguntó sin volverse.
–Ajá.
–Déjame terminar con esto y me cuentas.
Ella asintió y se apartó un poco.

Halladad volvió a la lectura. Su rostro concentrado intrigó a Maërys, la cual se inclinó sobre el hombro del Rey para echar un vistazo superficial el texto. Arrugó el ceño: se trataba del acta del Juicio a Thranduil. Pensó que no era extraño que su amado no le riñera por la interrupción. Debía ser un trago especialmente amargo leer la fría trascripción de aquella jornada.

Ante sus ojos surgió de nuevo la Sala de las Cortes con sus horribles tapices rojo y oro. El acta decía que todos los funcionarios habían acudido a la cita por la llamada del Príncipe Heredero, pero nada podía saber ese escribano del miedo en los ojos de Finwe, e Ingwë, de las gotitas de sangre en la camisa de Feanor, de los ojos húmedos de Halladad y Finarfin, de su propio desasosiego. Si algo hubiera salido mal, Amroth sería la primera víctima de su Clan, pero no la última. Al cabo todo había sido superfluo, incluso ridículo.

–Él me enseñó a no correr riesgos –fue la frase de su esposo antes de comenzar el Juicio y, en efecto, todo transcurrió como lo planearon.

Había pasado una semana y Maërys no dejaba de asombrase. Aunque Halladad llevaba más de cuatrocientos años coordinando las defensas del Bosque, ella no lo imaginaba capaz de tal despliegue de fuerza política. En apenas ocho días, y con el testimonio fragmentario de Amroth como única pista, el Príncipe dedujo toda la sórdida trama que vinculaba a Thranduil, Ferebrim y Legolas, dio a Feanor las órdenes precisas, hizo interrogatorios, exhumó documentos y revisó legajos hasta construir un caso irrefutable.

Cuando todos estuvieron sentados en su correspondiente asiento, habló Thranduil, Señor de los Elfos Silvanos de Erys Lasgalen.

“Mi hijo nos ha llamado para mostrar ante todos que ha descubierto maldad de palabra, deseo y acción, en alguno de los que nuestro reino habitan. Terribles en verdad han sido las últimas jornadas, apenas llevaderas desde el enlace de nuestro Heredero con la elegida de su corazón. Aunque el dolor nos abruma, el Príncipe no ha olvidado su más alto deber: la exigencia de la Ley. El respeto que esta acción amerita debe quedar fijo en nuestros corazones.”

Hizo entonces el Rey una leve reverencia hacia el estrado donde esperaba el digno Halladad y le instó a ponerse en pie.

“Sé ahora la más alta autoridad en materia de tradición, honor y justicia.” y dicho esto se sentó.

Cuando Halladad se puso de pie, todos pudieron ver que la justicia brillaba en sus ojos y su voz era clara como la sentencia de los Valar.

Maërys notó con satisfacción que Halladad había marcado esa línea para ser rectificada. El escriba lo presentaba con los atributos de un Rey cuando aún era Príncipe y deformar la realidad para elevar su ego era algo que el nuevo monarca no toleraría.

Se masajeó las sienes y caminó hacia el lecho despacio, con esa mezcla de alivio e inquietud que la acompañaría durante todo el invierno, hasta la cita en Carroca con los gemelos. En lo que a ellos concernía, solo quedaba oficiar los funerales del anterior Rey. Maërys no dejaba que la amargura empañara su visión, Thranduil había sido grande, hasta que la soledad le consumiera el alma y dejara que la crueldad y el egoísmo dictaran sus decisiones de Estado.

La señal que alertó a una parte de la corte había sonado casi ochenta años antes, cuando la caída de Smaug derivó en la Batalla de los Cinco Ejércitos. Todas las contradicciones, las fallas de inteligencia y seguridad provocaron corrillos en la fortaleza. “Nos dirigimos a puerto incierto” murmuraban algunos… que murieron.

Thranduil no tocó a ninguno de los cercanos a sus hijos, pero aquellas bajas eran claras advertencias sobre los límites que estaba dispuesto a aceptar en cuestionamientos. Halladad y Maërys –una corte dentro de la corte– callaron, pero no olvidaron.

Luego vendría el asunto de Trancos, treinta años atrás. Maërys había reconocido pronto las señales y dado la alarma: si Thranduil llegaba a saberlo antes de que ambos estuvieran maduros, el frágil Hoja Verde se marchitaría como una flor que se abre en la última mañana de invierno. Tantearon el terreno para comprobar que el Rey no aceptaría un enlace con alguien “inferior”, aunque fuera el mismísimo heredero de Isildur. Así que desviaron la atención del monarca hacia otros asuntos cada vez que el montaraz se adentraba en sus fronteras y cubrieron los encuentros de ambos “amigos”.

Los episodios de despotismo y grandilocuencia se multiplicaron. A menudo era imposible mantenerlos en secreto, mediar para que no se aplicaran en toda su terrible crueldad sobre los habitantes del reino. Además, Halladad frenaba sus ansias por dos razones. Una política: el prestigio de su padre era imprescindible, el joven estaba seguro de que la Batalla por la Tierra Media no tardaría y el reino no podría dar todo de si consumido por las luchas internas. Otra estratégica: siempre se le escapaba un pequeño detalle que impedía completar las evidencias sobre el estado mental de su padre. Pero el asunto de Ferebrim había desbordado su natural calma.

Resultaba paradójico que el teleri fuera a la vez detonante y salvación para ellos. Su actitud prepotente y lujuriosa había polarizado a los indecisos en su contra y, finalmente, la premura de su huída le había impedido borrar todas las huellas. Halladad se había apoderado de aquel pequeño detalle con pulso delicado y firme, reconstruido los hechos y ¡al fin! Hallado al único que podía testimoniar en contra de su padre de manera incontestable y dar confianza a los otros para alzar su voz.

Cuando el gran Halladad terminó de narrar con voz dolida y firme todas las terribles ordenes que su padre le había dado y que el no había cumplido, alzó las manos y suspiró profundamente.

“No crean ustedes que la ambición o el odio me llevan a calumniar al ser que me dio la luz, protegió mis pasos y alimentó mi espíritu. He aquí que todo lo que he dicho puede ser comprobado por las palabras de otros.”

El príncipe giró entonces y la puerta lateral se abrió y por ella entró a la sala una elfa. Era una dama de cabellos negros y ojos azules, llevaba ropas de luto, botas de pantano y en su frente la insignia de los guardias de la frontera sur –que patrullan el camino mágico y las traicioneras ciénagas. Ella caminó hasta el centro de la estancia, hizo cuatro reverencias hacia los cuatro lados del mundo y esperó con los ojos bajos a que el Príncipe Heredero le dirigiera la palabra.

Como le había costado a Maërys contenerse cuando los testigos comenzaron su desfile. En los últimos años ella había consolado a esos elfos y elfas, víctimas de la crueldad de Thranduil. Había disuadido a Beorhtnoth de tomar venganza por la muerte de su ada, el consejero Beorhthelm; había obligado a Æthelred a casarse, fingiendo que nunca había sido violado; Torhthelm –su pequeño Totta– había seguido adelante aunque los orcos devoraron a toda su familia; el viejo Tídwald recibió cada mes provisiones de las despensas reales tras su destierro y Finarfin lo visitó hasta que su pierna sanó del todo. Todos prestaron testimonio esa jornada, libres al fin de exigir justicia: Finn, Beowulf, los gemelos Hengest y Horsa, el ciego Offa…

Wulfmær, hijo de la hermana de Beorhthelm, dio detalles de los numerosos errores en la Batalla de los Cinco Ejércitos, explicó también las extrañas circunstancias en la muerte del pintor Wulfstan tras terminar un mural donde Halladad era un centímetro más alto que Thranduil. Y la joven Ælfwine hija de Mercia, el anterior contador real, que se hizo guardia en la frontera para no recordar a su padre, muerto entre buches de sangre por descubrir faltantes en los graneros.

Halladad no permitió que hubiera pausa para la comida del medio día. En lugar de ello, llamó al Jefe de la Guardia Personal de su padre. Ælfnoth narró las escaramuzas para atrapar elfitos y elfitas incautas y satisfacer la lujuria del Rey, siempre rubios y de ojos azules, siempre vestidos con una túnica color arena y un par de dagas gemelas a la espalda. Siempre devueltos a sus familias con la seguridad de que no habría reclamaciones.

Pero eso ya lo sabían desde hacía unos cincuenta años y nada podían hacer. No fue hasta que Ferebrim y los suyos usaron el hechizo del olor del cándulas que Halladad pudo emplazar a Elemmírë para que confesara que ponía su magia al servicio del Rey, no del reino.

“Yo soy Elemmírë hijo de Galion, y desde antes de trepar a los árboles fui instruido en la magia de los Bosques y la magia de los Elfos de la Luz, los Elfos del Abismo y los Elfos del Mar, y cuando cumplí los dos mil años mi maestro Ingolm marchó a las Estancias de Mandos. Me fue encomendado entonces proteger con mi saber las fronteras del reino del Bosque Verde, también llamado Erys Lasgalen.”

“Cuando el Nigromante fue expulsado del sur de nuestro bosque, todos creímos que la sombra se desvanecería, pero no fue así. ¿Acaso no podía tu magia limpiar nuestra tierra, nuestra agua y los árboles que amamos?”

“Si podía”

“¿Por qué no lo hiciste?”

“Porque me lo prohibieron”

“Cuando Smaug el Dorado murió, tu espíritu se exaltó y el Rey supo de la novedad. Condujo por eso al ejército hacia la Montaña Solitaria para recuperar el tesoro. ¿Cierto?”

“Si”

“¿Y no viste nada más?”

“Vi Spagaroth destruida por el aliento del dragón, vi a los orcos siguiendo nuestros pasos por el borde norte del bosque, vi a los enanos cubiertos de hierro con ojos rojos.”

“Sin embargo, nada de ello dijiste, los elfos fuimos acusados de pillaje y casi masacrados en combate desigual. ¿Por qué actuaste de tal manera?”

“Porque así me lo ordenaron”

“Cuando la compañía de Elfos del Mar llegó a la fortaleza, las puertas tardaron en abrirse para ellos. Se dijo que era de mal agüero, pero tú negaste tales afirmaciones. Di ahora ¿cuál era la verdad?”

“La magia de las puertas de la fortaleza reconoce la oscuridad en lo profundo de las almas, aún cuando el humilde vidente del Rey no sea capaz de verla. Las puertas son más sabias que yo, porque su saber es más amplio y antiguo.”

“Mentiste entonces. ¿Por qué?”

“Porque así me lo ordenaron”

“Cuando el Ferebrim de los Puertos Grises escapó de nuestro reino, sin dar satisfacción por la herida causada a Lord Elrond de Rivendel, usó magia para desarmar a nuestro fiel soldado, Amroth hijo de Maedros. ¿Lo sentiste?”

“Si”

“¿Serás capaz de decirme qué tipo de hechizo utilizó?”

“Utilizó el olor de cándulas, una esencia de cierta flor combinada con ceniza de árbol, cortado a media noche de luna llena, y macerada con agua de lluvia”

“Tu fuiste uno de los inquisidores que interrogaron a Amroth y asentiste cuando se le condujo a las mazmorras y sometió a tortura. ¿Ignorabas en ese momento lo relativo al hechizo?”

“No”

“Mentiste entonces. ¿Por qué?”

“Porque así me lo ordenaron”

La reina se encogió de nuevo al recordar las secas palabras del mago “Porque así me lo ordenaron”. Thranduil le había ordenado callar para cubrir sus crueles planes o sus innumerables errores y Elemmírë había obedecido sin chistar. ¿Dónde estaba el honor, dónde la alta estima por las vidas y los sueños de sus hermanos. ¿Dónde el respeto a los Valar?

Ese eldar era uno de los que le miraba con desprecio, de los que no perdía oportunidad para recordarle que sus adas eran advenedizos. Advenedizos no, avaris, ella no sentía vergüenza de su origen, pero eran elfos con honor. El dulce Amroth casi había muerto por las manos de su propio hermano. ¡Maldito hechicero! ¡Maldito!

Sus pensamientos volaron hacia Legolas. Amroth ya estaba a salvo. Las heridas físicas sanarían, las del espíritu también, aunque tardaran más. Legolas no, era casi seguro que Ferebrim lo interceptara y envenenara con esa pócima asquerosa que Thranduil encargara al desgraciado de Elemmírë.

“¿Qué deseaba de ti el Rey cuando te visitó la tarde en que se celebró el torneo por la mano del Segundo Príncipe de Erys Lasgalen?”

“El Rey me pidió que elaborase un frasco de Poción para el Olvido. Es un extracto hecho con algunas gotas del agua del Río Negro, sangre de elfo, cenizas de árbol calcinado por un rayo, pelos de oso, escamas de dragón, veneno de araña gigante y cristales de mitryl.”

“¿Se lo entregaste?”

“No”

“¿Por qué?”

“El Rey nunca fue a buscarlo, en su lugar se presentó Ferebrim. Se lo entregué junto a las instrucciones de uso”

“Te ordeno que describas el efecto de la Poción para el Olvido”

“En la primera etapa causa torpeza, debilidad muscular, problemas de orientación y ceguera aparente. Durante ese período (que puede durar de una a dos semanas) la pérdida de la memoria es aleatoria, lo mismo desaparecen recuerdos de la niñez que eventos muy cercanos en el tiempo. Con la segunda etapa se recupera la salud física, y las lagunas de memoria se transforman en retrocesos temporales. Los eventos desaparecen en orden cronológico inverso y dejan un vacío espiritual con tendencia a la credulidad.”

“¿La Poción para el Olvido se puede administrar a todo tipo de seres?”

“Ignoró que efecto tendrá en un orco. Esa bebida fue creada por los elfos rubios de Gondolín para que los humanos y elfos poco confiables no revelaran la ubicación de la ciudad. Ellos nunca la aplicaron sobre heridos graves o personas convalecientes, porque es altamente tóxica.”

Las suaves y cálidas manos de Halladad se posaron sobre la espalda de Maërys y la forzaron a regresar al presente. Ella le agradeció la interrupción con una amplia sonrisa. Su esposo la miró con inquietud.

–¿Recordabas? –Maërys asintió en silencio y su pareja le acarició la mejilla. –Ya todo terminó.
–Solo por ahora… –él la calló con un beso suave, luego se acomodó a su lado y la cobijó en un pliegue de su amplia capa.
–Estás bajo la protección del Rey de Erys Lasgalen, deja que él se preocupe por todo.
–¿Todo? –preguntó ella con picardía.
–Pues… Se que no estoy calificado para preocuparme por la naturaleza de cierto elfito con varios pretendientes, eso corresponde a la Reina y ¿cómo dijo el escriba? –fingió concentrarse mientras sonreía. –Ah ¡si! Alguno de los Hermanos de la Reina.

Maërys se cubrió el rostro con las manos, ruborizada. Estaba muy feliz de ese cambio y, a la vez, un poco avergonzada. Su matrimonio y posterior coronación le habían supuesto un ascenso inmediato en la jerarquía del reino, pero lo que pocos sabían era que eso también marcaba las relaciones de poder en el interior de su Clan.

En la memoria del Juicio, el escriba había definido a todos sus hermanos como “hijo de Maedros, hermano de la Reina”, y no eran solo palabras. Su enlace con Halladad le había dado voto dentro del Clan, su control de la corona la había convertido, de hecho, en una igual de Feanor, aunque a su hermano mayor no le hiciera feliz. Maërys estaba empeñada en usar su nuevo poder para suavizar las tensiones que el rudo temperamento de Feanor provocaba todo el tiempo.

El primer paso había sido sacar a Amroth de las mazmorras en cuanto fue establecida su inocencia. Ese gesto guardaba un sabor agridulce, porque no lo había consultado. Amparada en la autoridad de Halladad, Maërys, junto a Finrod y Finarfin, había corrido a liberarle. Para cuando Feanor intentó recuperar el control, ella alegó su condición de objeto de trueque para negociar la paz con Rivendel y le halagó nombrándolo capitán de la guardia.

–Maërys –ella enfocó los ojos y se dio cuenta de que Halladad la miraba con intensidad.
–¿Si?
–¿Sabes que necesito esas buenas noticias tuyas como el agua?
Esta vez fue el turno de Maërys para acariciar la estrecha mandíbula.
–Eres el mejor elfo de la Tierra Media, amor.
El negó con ojos húmedos.
–El mejor elfo de la Tierra Media ha muerto, mi padre lo mató.

Ella tragó en seco y se esforzó por contener las lágrimas. Claro que le dolía lo de Elrond, pero el sabio elfo había hecho una elección, era su único consuelo y debía lograr que fuera también el consuelo de su esposo.

–El mejor elfo de la Tierra Media decidió partir con Mandos, porque estaba seguro de que éramos capaces de valernos por nosotros mismos. No podemos defraudarlo.

Halladad respiró hondo y asintió. Pareció perderse un momento en sus pensamientos y luego regresar, de nuevo con su mirada entre burlona e intrigada.

–Entonces, ¿cuáles son tus noticias?
–Pues que Feanor admitió a Amroth en la familia de nuevo.

Halladad sonrió ampliamente. ¡Eso si era una noticia! El esperaba que el tozudo de su cuñado tardara más, pero Maerys había acertado de nuevo: ese Finarfin era tremendo. La besó en los labios.

–¿Celebramos el reingreso de Amroth a la familia?
Ella fingió ponderar el asunto.
–¿No tiene su majestad ninguna otra ocupación?

Halladad no contestó, estaba muy ocupado desatando la falda de su esposa. Por los Valar… que bella era. ¿Cómo había aguantado tanto tiempo sin casarse con ella?

De los teleri

Legolas se removió entre las mantas y sonrió entre sueños. Giró la cabeza, sus cabellos se enredaron con uno de sus dedos y el tirón no se hizo esperar. Despertó desorientado.

Miró alrededor: su lecho se encontraba en el centro en una bella tienda redonda, parte tradicional del equipaje cuando emprendía viaje fuera de Mirkwood. Arrugó el ceño, confundido, su padre le había prohibido dejar el reino doscientos años atrás. ¿Dónde estaba?

Se sentía bien y cálido, pero hambriento, así que decidió levantarse e ir por comida. Podía oler el fuego y un caldo de vegetales en el exterior, también las voces del pequeño campamento. A su lado esperaba un conjunto de pantalón y túnica azul y unas sandalias ligeras, pero no vio sus armas por ningún lado.

Extraño, tan extraño como no recordar partir de viaje. Con un gesto, el Príncipe decidió que pospondría esas preguntas a su hermano para cuando se llenara la panza. Se apresuró con las ropas. Justo cuando terminaba de cerrarse la camisa, un elfo alto de cabellos negros entró sin anunciarse.

Legolas se quedó sin saber qué hacer por un instante, asombrado ante tal falta de respeto. Se le ocurrió lanzarle una mirada despectiva. El otro no se dio por ofendido, sino que sonrió ampliamente.

–Veo que ya estás bien –se le acercó e inclinó el rostro con claras intenciones de besarle, pero el rubio lo empujó sin dudar. Luego saltó sobre el extraño e inmovilizó sus brazos.
–¿Quién eres? –demandó con peligroso acento.
El elfo de pelo negro lo miró extrañado por un instante y luego estalló en carcajadas. Aquello molestó más aún al rubio.
–¿De qué te ríes, estúpido?
El insulto pareció devolver la seriedad al otro.
–No tienes que insultarme, querido. Me reía de mí. El sanador dijo que tal vez olvidaras algunos detalles, pero no pensé que dejaras de reconocerme. Tienes razón ¿sabes? Soy un poco presuntuoso.
Legolas le observó con curiosidad. ¿Qué era lo que había olvidado?
–¿Nos conocemos?
–Bastante bien, diría yo –asintió el otro, entonces sus ojos cambiaron de expresión, miró preocupado a Legolas. –¿De verdad no te acuerdas de cuando nos presentaron? –el rubio negó. –¿Ni de la fiesta?

Legolas recordaba vagamente danzar como loco con alguien de cabellos negros ¿este elfo? Aflojó el agarre y se alejó un poco. Le observó con ojo crítico: no era mala idea bailar con él.

–¿Bailamos juntos? –preguntó inseguro.
–¡Muchísimo! También devoraste una cantidad increíble de fresas con crema –el elfo sonrió ante el recuerdo, luego se acercó a Legolas y le acarició la mejilla. –Supongo que estabas nervioso.
El príncipe retrajo el rostro, sus ojos brillantes de rabia.
–¿Por qué iba a estar nervioso? –espetó. –Soy un gran guerrero, maté a muchos orcos en la Batalla de los Cinco Ejércitos.
El elfo le miró con decepción, casi angustia, en la mirada.
–Legolas, era nuestra boda. Nos casamos hace ocho semanas, ¿recuerdas?

Una garra fría atrapó la garganta de Legolas y extendió sus tentáculos pecho abajo. ¿Casado? ¡Imposible! Recordaba haber regresado a casa después de la Batalla y que su padre había despedido al tal Bilbo Bolsón en la frontera oriental del reino. Luego…

Arrugó la frente… todo era borroso… Una fiesta, estaba seguro de haber estado en una fiesta. ¿Por qué era la fiesta?

¿Ocho semanas? ¡Dulce Elbereth! No podía haber olvidado ocho semanas. Giró inseguro y se enfrentó al lecho. Solo ahora reparó en que era bastante ancho. Las implicaciones le golpearon, se ruborizó y fuertes temblores empezaron a recorrer su cuerpo. El suelo dejó de estar lejos y horizontal, el suelo estaba casi a su lado. Su nombre llegaba de muy lejos…

Volvió a enfocar los ojos y lo primero que sintió fue la caricia de la mano sobre su cabello. Aquello se sentía raro. Estaba sentado en el borde de la cama, su espalda descansaba en un pecho fuerte y cálido. Aquello estaba mal, de alguna remota manera. Pero la voz de su ¿esposo? le tranquilizó.

–Legolas, tienes que calmarte. Se que no elegiste este matrimonio, en realidad, yo tampoco, pero habíamos decidido llevarnos bien, colaborar. ¿Recuerdas?

No, no recordaba nada, pero eso sonaba razonable, como el tipo de cosa a la que le forzaría su padre: un matrimonio arreglado. Trató de serenarse y se curvó sobre sí mismo. Su esposo giró un brazo y lo acunó. Sus asustados ojos azules se enfrentaron a unos serenos orbes marrón oscuro. Suspiró.

–¿Cómo te llamas?
El otro asintió levemente y sonrió.
–Ferebrim, dijiste que era un nombre tonto la primera vez que lo oíste.
Legolas compartió su risa.
–¿Eres un sinda?
–No, soy un teleri. Vivo en los Puertos Grises.

El rubio volvió a asentir. Las piezas empezaban a encajar: casado a la carrera con un extranjero y de viaje, había hecho algo… algo terrible. En sus recuerdos, había una vaga figura que lo conmovía y luego dolor, un dolor intenso mezcla de traición, soledad y miedo. Volvió a temblar y las manos de Ferebrim pasearon por su cabellera. Se sintió al borde de las lágrimas, pero tragó en seco y volvió a preguntar.

–Dijiste que no fue por amor. Fue algo que hice ¿verdad? Ada no se cansa de reñirme, dice que soy demasiado bello para andar por ahí solo, que tengo que casarme y dejar de merodear.

En lugar de responder, Ferebrim tomó una de las manos de Legolas y la puso sobre su bajo vientre. La piel estaba caldeada y los músculos un poco hinchados.

–¿Lo sientes?

El rubio se concentró, podía sentir un pulso débil, como de alguien dormido. Miró interrogante a su esposo. ¿Acaso…? Ferebrim asintió.

–Es tu bebé, Legolas.

Bajó los ojos de nuevo, asombrado. Un bebé. ¿Estaba embarazado? No pudo reprimir una sonrisa un poco triste. Era claro que su esposo no era el otro padre. ¿En qué momento…? La voz de Ferebrim respondió la pregunta antes de que escapara de sus labios.

–Fue en el campamento, tras la batalla frente a la Montaña Solitaria. Me dijiste que habías conocido a un hombre simpático y que charlaban mucho. Cuando hablamos de eso… –se interrumpió bruscamente y le miró con repentina vergüenza. –Tal vez sea mejor que no recuerdes esa parte.
–¡No! Dime qué pasó –exigió el rubio, aunque ya su corazón ardía y en sus ojos el dolor se le estaba convirtiendo en un torrente a duras penas contenido.
–Aprovechó que los adultos a tu alrededor estaban bastante ocupados en la repartición de tesoros y se ganó tu confianza. Una noche te llevó a la zona de los hombres del lago, te embriagó y abusó de ti. ¡Halladad estaba tan molesto! Cuando hablamos del asunto, antes de nuestro enlace, parecía otro, deseaba regresar a Spagaroth y empezar a cortar cabezas. Nunca dijiste quién había sido y, honestamente, creo que fue lo mejor. Tal vez a tu padre se le ocurriera casarte con él.
–Entonces ¿no me quería? –Legolas ya no pudo retener las lágrimas.
Ferebrim se balanceó adelante y atrás en un ritmo suave, hipnótico. Su voz fue un susurro dolido.
–No, Aragorn hijo de Arathon no te quería, pero yo si te quiero, Hoja Verde. Mucho.
Ese comentario sonó como una alarma en los embotados sentidos del rubio.
–¿Cómo…¿Cómo sabes su nombre? –inquirió.
–Lo dices en tus sueños, pero preferí respetar tu secreto –lo miró inquieto. –¿Hice mal?
Legolas pestañeó varias veces, luchaba por hallar una respuesta coherente entre la bruma que invadía su cerebro.
–No, hiciste bien. Ese no merece ni que mi hermano desenvaine su espada.
Bostezó, estaba cansado. Supuso que el bebé llevaba parte de culpa en ello.
–¿Entonces estamos en camino a los Puertos Grises?
–Si, y enseguida a Valinor.
Legolas dejó que la modorra se apoderara de sus sentidos, tranquilo y seguro en los brazos de Ferebrim.
Todo estaba mal, si, pero a la vez, bien.

TBC…