¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

Todos los personajes reconocidos públicamente son propiedad de sus respectivos autores. Los personajes originales e historias son propiedad la autora. No se genera ningún beneficio económico por este trabajo, ni piensa por un instante en los derechos de autor.

06 junio, 2007

EL SEGUNDO REGRESO DEL REY 31

UN SOLITARIO DE LOS BOSQUES

Ruinas de Fornost

Geniev tenía hambre. No por conocida, la sensación se había hecho agradable para él. Desde que los montaraces abandonaran las ruinas de Fornost en la primavera, las cosas iban de mal en peor.

—¿Lo hueles mi elfo? Parece que es comida, mi elfo.

Era un ser delgado, de piel bronceada y áspera por la vida a la intemperie. Sus dedos mañosos tenían las uñas sucias y rotas de excavar en la tierra buscando raíces, arrancar cortezas de árboles y trepar en busca de hojas. Sus dientes grandes y rectos masticaban todo lo que Arda dejara crecer y no tuviera patas para andar. Sus ojos negros y grandes, más grandes tras la última temporada de prolongados ayunos, miraban el mundo con cautela parapetados en cejas anchas y tupidas. La cabellera de Geniev había sido negra, abundante y ligeramente rizada, pero los años de sol, suciedad y desnutrición, la transformaron en un amasijo castaño oscuro que cubría su espalda y cuello, dividida en cuatro mechones que habían sido trenzas mucho tiempo atrás.

Vestía un calzón corto de piel robada a los montaraces, cuyos pedazos unió con finas cuerdas tejidas de su cabello y sus pies estaban envueltos en algo similar a unos mocasines, hechos de la piel de un oso —también robada— y cuerdas tejidas con el mismo material. Cargaba a la espalda un morral con todas sus pertenencias: un cuchillo y un martillo de piedra, una frazada, dos platos de madera, una cantimplora de cuero —aún eran visibles las iniciales del dueño anterior, un dunedain de lo más gracioso—, varios metros de cuerda hecha de su pelo y la mitad de una flecha, a la cual hablaba en su soledad con el nombre de “elfo”.

La delgada criatura gateó entre los cascajos y la maleza amontonados en el acceso oeste de la antigua capital de Arnor. El nada sabía de ese nombre, llamaba al sitio Muro de Elfos, porque en sus rincones sentía viva la magia de los primeros nacidos, una magia que lo reconfortaba. A menudo caminaba erguido, pero hoy estaba bastante nervioso por los olores que traía el viento y prefería moverse a pegado a la tierra.

Estaba seguro de que olfateaba comida, comida élfica para ser exactos, pero el aire también le hablaba de dolor, miedo y magia. No era la magia de los habitantes de los bosques, ni la del viejo de la capa gris y el báculo. En el tiempo que llevaba merodeando por esas ruinas (quince o dieciséis años) ninguna otra magia había sido hecha allí. Para aumentar su confusión, no sentía el olor dulce y repulsivo de la sangre. La sangre habría explicado el dolor, pero sin heridos ¿por qué se detendrían los elfos? Ninguno se acercaba desde que los montaraces recogieran todo para marchar al suroeste.

Temeroso, pero asaeteado por la idea de robar algún alimento, siguió avanzando entre las viejas paredes hacia el sitio donde se concentraba el ruido de animales y viajeros. Llegó al fin a una pared baja tras la cual se escondió. El aire le llevó el olor de los caballos agotados, de los lembas y el vino transportado en odres de cuero, de la yesca y el pedernal haciendo fuego de la hierba reseca del otoño. Reconoció también el sonido musical de las voces élficas, pero en un idioma que no era el de los hombres ni el de los inmortales que espiara hasta ese momento.

Se curvó de prisa al sentir unos pasos cerca, eran dos elfos. Los sonidos indicaban que uno remolcaba al otro. ¿Era ese del que emanaba el dolor? Si. El elfo cayó pesadamente al suelo, su espalda apoyada en la pared tras la cual se ocultaba Geniev, y el acompañante se alejó.

Permaneció quieto y preocupado… ¿Ahora cómo alejarse? Si respiraba demasiado fuerte el elfo le escucharía y alertaría a sus compañeros... Por otro lado, lo más probable era que le trajeran la comida hasta ese lugar y luego de que se durmiera… Además, con un poco de suerte el jefe de la partida vendría a conversar con el enfermo y él sabría más de los montaraces, los elfos de Rivendel y el famoso Legolas… Aunque hablasen en esa extraña lengua, confiaba en su habilidad con los idiomas. Algo se le pegaría... Y el aroma que desprendía este elfo era como un recuerdo… ¿Recuerdo de qué? No lo sabía, pero de seguro ese era el único olor familiar en el grupo… Cosa extraña, se había habituado al olor de los montaraces y de los elfos de Rivendel, pero nunca pensó que recordaba esos olores… ¡Este enfermo olía a demasiadas cosas a la vez! Como un recuerdo, como un enfermo y como el jefe de los montaraces, Trancos…

El leve sonido de pasos le indicó que otro elfo se aproximaba. Hubo un gemido, el sonido de un cuerpo que se repliega, una risa corta y cruel.
—¿Cómo te sientes hoy, mi príncipe?
La respuesta llegó en tono dolido, y Geniev supo que ese elfo no estaba allí por su gusto.
—De la misma manera que ayer: preso.
—Extraño… ¿Qué te impide huir si no tienes ataduras?
El otro rió, pero era una risa sin el brillo de los habitantes de los bosques.
—Apenas puedo caminar, o ver. ¿Puedo acaso buscar ayuda o negarme a montar?
—Lástima, mi príncipe. Pero estoy seguro de que Cirdan te librará de tu mortal enlace.
—Lástima, primo. Pero estoy seguro de que Aragorn hijo de Arathorn te librará de la cabeza.
—¿El hijo del elfo que mataste, dices? Creo que lo sobreestimas, o que te sobreestimas. Ningún humano puede entrar en Forlindon, menos a reclamar un consorte que le ha sido infiel.
—¿Infiel? Para ello deberás dejar de violarme y empezar a hacerme el amor. ¡Oh! Qué pena. Ese concepto no existe para ti, aunque el amor es, dicen, el don principal para los Primeros Nacidos. Empiezo a sospechar que ninguno de ustedes es un elfo.

Hubo un sonido seco y corto, un rechinar de dientes y una risa rota. El elfo sentado continuó inmutable.

—Eso, ¡golpéame! Haz más fuerte nuestro ¿matrimonio? Estoy seguro de que tu tío lo apreciará.

El segundo elfo se alejó con pasos demasiado sonoros, dignos de un montaraz asustado o un ciervo.

Geniev se relajó un poco, y miró con atención sus alrededores en busca de una ruta segura hacia su refugio. Necesitaba alejarse y pensar, poner en orden los fragmentos que había entendido de la amarga charla. Justo antes de ponerse en movimiento, un último dato le golpeó: el elfo enfermo, que olía a la vez como un recuerdo y como Trancos, empezó a llorar.

Frontera norte de Bree

La llama danzó por sobre las cortezas antes de hundir sus dientes amarillos en la carne muerta del árbol. La madera crujió, lanzó una espiral de humo y varias chispas volaron desde la rama hacia el resto de la leña cuidadosamente apilada. El fuego se extendió, se hizo fuerte, reclamó alimento, devolvió luz y calor. Cantó a su modo la eterna canción de muerte y renacimiento para Elladan, Ellohir y Aragorn.

Los dos elfos y el hombre permanecieron sentados alrededor de la hoguera sin hablar más que lo imprescindible. Su humor era sombrío desde hacía cuatro días, cuando dejaran Imladris para rastrear a Legolas y Ferebrim.

Poco había dicho el Rey de Gondor a sus hermanos—padres. Estaba molesto por la trampa del té —aunque debía admitir su pertinencia—, aliviado de que los gemelos le acompañaran en la búsqueda, vagamente alegre por la felicidad de Glorfindel y Erestor, amargado por la falta de noticias entre plantas y aves sobre su esposo, inquieto por la misión que Radagast, cansado, muy cansado, tan cansado…

Los gemelos tampoco estaban demasiado comunicativos en este viaje. ¿Dónde estaba la diversión en ir a matar elfos? Porque eso harían: despedazarlos, desangrarlos, desollarlos, gritar en éxtasis mientras su sangre les bañaba los rostros. Era lo que deseaban hacer, de alguna forma lo correcto, pero al mismo tiempo algo terrible. En las últimas semanas todo lo que habían luchado por mantener durante sus vidas —el honor, las convenciones, el frente común frente a Saurón— se estaba desbaratando. ¿Qué extraña venganza ejecutaban los Valar contra su familia? ¿Era por ellos, o por el juego que su padre había jugado mucho tiempo atrás? En sus momentos más optimistas, consideraban que eran instrumentos de expiación para las otras razas involucradas en esta extraña batalla. ¿Un castigo para Thranduil, para Cirdan? Pero esos pensamientos eran consuelos con el sabor de la hiel. Elfos eran, y a elfos buscaban para cumplir una deuda de sangre.

¿Dónde estaba el sentido? ¿Dónde la relación con el alto objetivo de mantener la luz en Arda que —en palabras de su padre— mantenía a los elfos atados a estas costas?

Un respingo de Trancos devolvió a los elrondidas a la realidad. El hombre jadeaba mientras se masajeaba la mejilla.
—Miserable. —escupió.
—¿Quién? —indagó Ellohir.
—El teleri, por supuesto. Ha abofeteado a mi esposo.
Elladan decidió intentar sacar algo útil del episodio.
—¿Lograste sentir algo más?

Aragorn meditó un poco antes de responder. Desde el episodio en Imladris habían descubierto que, a pesar de la magia de Ferebrim, el vínculo con Legolas se activaba si el elfo sufría un dolor físico especialmente intenso. De hecho, sospechaban que el Príncipe de Mirkwood provocaba a sus captores para enviarles breves señales de su localización. Si Aragorn se concentraba lo suficiente era capaz de drenar el dolor y atisbar la distancia y dirección desde donde pulsaba la magia. Era poco, pero con eso y un poco de lógica habían reconstruido parcialmente la ruta de la cuadrilla.

—Unas ruinas, al norte y al este.
—¿Fornost? —tanteo Ellohir.
—Podría ser —admitió el hombre.
—Tendría sentido.
El gemelo mayor sacó un mapa de la zona de su morral y lo extendió cerca del fuego. Su hermano y el ex—montaraz se acercaron. El delineó una ruta con la uña del dedo índice.
—El paso norte de las Montañas Nubladas lleva al corazón de Angmar, por eso dejamos de usarlo hace mucho. Pero los teleris necesitan seguir el río, no podían tomar otra ruta. Luego torcieron al sur, bordeando las Colinas del Tiempo. Desde la antigua Fornost hasta Forlindon el camino es casi recto y está ampliamente regado.
—Pero esas ruinas podrían estar habitadas. —intervino Aragorn.
—Ellos deben saber que no lo están, aún. Guiamos a los dunedain hacia el sur, y eso lo supieron con certeza por nuestros relatos de la guerra en Mirkwood.
—Todavía me parece una escala forzada —comentó el gemelo más pequeño con sus ojos fijos en el mapa—. Todo el Reino Perdido es tierra húmeda y fértil. Si partimos de que sus movimientos están condicionados por la cercanía de corrientes, casi cualquier sitio es accesible para ellos. Hay algo que no encaja.
—La magia, tal vez sea la magia —opinó pensativo Elladan.
Los otros dos le miraron sin comprender.
—Recuerdo cuando entramos a esa tierra maldita tras la reconquista de Fornost. La magia oscura estaba en el aire, en las rocas, en la hierba. Me sentí intoxicado a los pocos días y tú —señaló a su gemelo— quedaste muy débil. No recuperaste el color hasta que llegamos al Bosque de los Trolls, y ese no es el lugar más sano del mundo. —volteó hacia su hermano/hijo ahora— Lo que creo es que ellos también pueden haber sufrido esa leve intoxicación con la magia del Rey Brujo. Si Ferebrim desea mantener la barrera que los mantiene apartados, tiene que recuperar su fuerza y no hay más reductos de magia eldar en esta zona que Fornost.
Aragorn asintió.
—Eso explicaría que pueda sentir una bofetada.
—Entonces se detendrán un tiempo en las ruinas, tal vez. —dijo esperanzado Ellohir.
—Con un poco de suerte —apoyó su hermano y trazó una ruta en el mapa—. Si es así, tal vez les demos alcance antes de que crucen las Torres Blancas.

Ruinas de Fornost

Geniev tenía miedo. Ese era un sentimiento casi olvidado, que le sorprendía por su fuerza. El miedo había desplazado al hambre, a la cautela, a la sensación de que lo correcto era permanecer alejado.

En su escondrijo, casi en el centro de las ruinas, donde antes se alzara una casa de dos plantas, había meditado sobre lo que oyera, oliera y sintiera durante la tarde.

Estaba claro que esos elfos no eran buenos… Los elfos buenos no golpean a otros elfos, ni les hacen llorar… Y el elfo enfermo… Había descifrado una parte de su olor… Si, ese elfo estaba unido al jefe de los Montaraces… el hombre alto de mirada gris, que venía a veces hasta los muros exteriores de su casita y acariciaba la misma pintura que a él le gustaba… Trancos era el nombre, pero también le habían llamado Aragorn alguna vez… Y ese era el nombre que el príncipe invocara en su defensa… Príncipe, ¿de qué?... Este Trancos tenía un Príncipe al que evocaba en sus canciones… Nunca dijo su nombre, pero hasta donde sabía, los príncipes elfos no abundaban como las manzanas en verano… Y esa otra parte del olor…

Sus ojos se cubrieron de niebla, recordó esas palabras que aún dolían: hasta luego hermoso, pero antes de eso había ternura… unos ojos negros y una cabellera que lo envolvía, protectora… Sabía que se trataba de un sueño, ningún cabello puede tener vida propia y sostener a un bebé… El consejo del anciano resonó en su interior Tus sueños hablan de lo que debes buscar, son pistas.

Con manos temblorosas, Geniev acarició la flecha.
—¿Y si él sabe, mi elfo? ¿Y si por fin puedo regresar?

Sus dedos se curvaron sobre la madera torneada como garras. La voz dulce de sus sueños susurró otra palabra sin sentido moriquendi…

Tembló. Y echó a andar.

La luna dormía, así que se orientó con la piel y los oídos. Junto a la pared de esa tarde estaba aún el elfo, su dolor casi le golpeó los sentidos. Geniev esperó a que las últimas voces del campamento se apagaran y dio vuelta al muro. El elfo yacía allí, acurrucado. Susurraba algo en su lengua.

Geniev respiró un poco fuerte y el elfo movió la cabeza en su dirección, notó cómo su aroma cambiaba al saberse observado.
—Elfo… yo Geniev —susurró con voz ronca e insegura—, yo amigo.
Hubo un silencio, luego el elfo habló.
—¿Amroth?
—Geniev —negó el otro y se golpeó el pecho.
El elfo extendió la mano hacia él, Geniev le dejó tocar sus dedos recios y sus uñas rotas.
—¿Dunedain?
—Fantasma de Fornost. —articuló despacio.

Como muchas otras palabras, Geniev no estaba seguro del significado de ese título, pero había descubierto que los montaraces usaban ese término al descubrir sus pequeños robos. Si este elfo estaba unido a Trancos, razonó, sabría de su existencia. El elfo asintió con una sonrisa.

—Creí que era una broma de Aragorn.
—¿Trancos?
—Si, Trancos.
—Vamos ahora con Trancos.
—No puedo moverme rápido, ellos nos alcanzarían.
—Eres elfo —repuso Geniev sin comprender— vamos a Trancos por los árboles. —buscó en su mente la palabra adecuada— Rivendel.
—No. —el elfo pasó su mano varias veces delante de sus ojos y luego la dejó caer— Estoy casi ciego. ¿Entiendes? No veo las estrellas, ni los árboles.

Geniev movió la cabeza, asombrado. ¿Un elfo que no veía? El enfermo buscó algo en sus bolsillos y lo metió apresurado en el hueco de su mano.

—Busca a Trancos y dale esto. Hobbiton ¿conoces Hobbiton?
Geniev asintió reticente, ese era el pueblo de la gente pequeña, peluda y con perros.
—El va camino a Hobbiton, búscalo.
—No… gente allí… mucha.
—Por favor. —el elfo se detuvo a respirar, esta conversación parecía estar robándole muchas fuerzas.
Geniev aprovechó para acercarse y aspirar su aroma. Sí, allí estaba ese ligero olor que recordaba. Apretó el objeto en su puño.
—Hobbiton —concedió.
El elfo pareció sonreír. Golpeó su mano contra el muro que lo resguardaba y contuvo un quejido. Estrechó la mano de la criatura con esa mano ensangrentada.
—Mi sangre en tu mano, mi camino en tus ojos. —susurró.
—¿Magia? —inquirió Geniev.
—Si. Con esto podrás hallarme. El no puede ¿entiendes? Tráelo a mí.
—Hobbiton… Trancos… Geniev ve camino de elfo…
—Eso es. Yo soy Legolas, Príncipe Hoja Verde. Cuando lo traigas hasta mi yo…
Legolas se detuvo indeciso, ¿qué podía ofrecer a esta criatura de los bosques? Su olor era familiar a sus sentidos. Le recordaba vagamente a Golllum, pero sin maldad, y a los avari, pero sin experiencia, ambos tenían en común la soledad.
—Te llevaré a casa, cuidaré de ti. —ofreció sin saber por qué.

Geniev sonrió mucho, sus grandes dientes brillaron bajo las estrellas, aunque Legolas apenas pudo verlo.

—Hobbiton… Trancos… Geniev encuentra Legolas con magia… Y Legolas lleva a Geniev a casa, de regreso…

En el centro del campamento teleri, el fuego crujió de una manera especial. Alguien se movió en sueños y Legolas escuchó quejas sobre colchones de plumas y perfumes de conchas.

Geniev fue a prisa hacia su casita. Desenterró las raíces en el suelo de su refugio y las metió dentro de la bolsa. Envolvió cuidadosamente el cuchillo, el hacha y los platos con la manta, para que no le arañaran la piel. Ató firmemente el morral a su espalda y oteó el aire en busca del camino más corto hacia el pueblo de los medianos.

Mientras seguía la señal de los árboles del Reino Perdido de Arnor, que le guiaban hacia su Rey, acarició con ternura la flecha.
—¿Los oyes mi elfo? Es el sonido del cambio.

Geniev tenía prisa. La sensación era novedosa y agradable.

TBC…