¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

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18 mayo, 2007

SECRETOS DE FAMILIA 17

Nos alineamos, probamos fuerzas…

Mas los bambúes de mi seto han echado nuevos brotes.
Wang Nanche


Sábado. Isla Man

La luz de la luna daba a las paredes y el suelo de la capilla una apariencia pura, pensó Blaise, pura y atemporal. ¿Había pensado Adriano en ello al pedirla a sus arquitectos? Tal vez… En todo caso los diseñadores romanos habían captado mucho del deseo de insinuar con sus regalos que alentaba al emperador en este presente a los magos británicos. Un centro ceremonial para británicos en la Isla Man ¡realmente gracioso! Pero la ofensa no fue tomada como tal, ellos simplemente le profetizaron la verdad y esculpieron el rostro de Antinoo en una de sus paredes el mismo día que naciera el infeliz bitinio. La Capilla del Amante de Sangre, le llamaron desde entonces, aunque su nombre oficial era Casa del Tynwald o Consejo Superior de Bretaña, Escocia e Irlanda, hasta que el sitio pasara de moda en el siglo XII y fuera abandonado.

Por supuesto, el que ella los citara aquí solo hablaba de su mal gusto, de su falta de sentido histórico. ¿Era necesaria otra prueba de que este movimiento estaba dedicado al fracaso? Bueno, el sitio y la falta de asientos, menos mal que los bastones eran considerados de buen tono. ¿Debía agradecerlo a la memoria de Lucius?

–Blaise, ¡querido!

La voz le sacó de sus meditaciones. El mago detuvo su lento andar y ensayó una leve reverencia. Miriam Edgcombe sonrió y ajustó su paso al lento de él para poder secretearle, como si estuvieran en la antesala de la ópera.

–Que bueno que llega, ese viejo verde de Cauldwell lleva diez minutos –y bufó, exasperada, como si se tratara de la décima parte de su vida– ponderando mi hechizo de confusión.
Blaise rió bajo y palmeó la mano de la chica, que se apoyaba en el puño de su bastón.
–No puede resistirse a tus encantos.
Ella sacudió su rizada cabellera caoba y se mordió el labio.
–Es un viejo verde –repitió, pero ahora con dureza. –Sigo sin entender por qué tío me trae a estas desagradables reuniones.
–¿Para que conozcas personas respetables y emprendedoras? –propuso él con fingida inocencia.
Miriam gruñó por lo bajo, un sonido muy poco sofisticado que seguramente Cauldwell desaprobaría. Luego se acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja y volvió a hablar.
–Después de todo no es tan malo, puedo hablar con usted de cosas interesantes, y ver algo más que los jardines de la mansión, los talleres del tío y la sonrisa idiota de mi prometido… Vamos señor Zabini, usted no tiene que fingirse escandalizado, sabe bien que es un idiota y que por eso no pudo entrar en la Escuela de Contabilidad y Comercio. Admito que el ministerio está lleno de enemigos de las buenas y viejas familias, pero el Cararrajada, el Traidor y la Sangre Sucia tienen mejores cosas que hacer que acosar recién graduados ¿no cree?
–Creo que necesitas una amiga de tu edad.
Miriam alzó las cejas, como si la sola idea le pareciera estrafalaria.

–Nimerya Baddock estuvo en casa a tomar el te, su noticia del día era que podía obligar a un gatito a destriparse a si mismo con una combinación de hechizos totalmente legales. Quería pedirme libros, para ajustar el hechizo y aplicarlo en bebés mugles. René Cauldwell, ya sabe usted que es diseñadora de ropa ¿no?, impondrá una nueva moda de sombreros este invierno: forrados con piel de mugle africano. Brillan en la oscuridad y su importación es totalmente segura por medio de no se qué artilugios legales. ¿Quiere que siga?

Blaise hizo un gesto de negación y estudió con cuidado el corro de donde escapara su interlocutora. Las chicas mencionadas y otros jóvenes estaban allí, charlando y riendo sus proyectos de bebés muertos y personas convertidas en sombreros. ¿Qué cosas le enseñaban las "buenas y viejas familias" a sus hijas? Deseaba tanto regresar donde Charlie…

–Por eso me gusta usted, señor Zabini, usted cree que las mujeres podemos ir a Hogwarts ¿verdad? Incluso –Miriam se detuvo un momento y miró a los lados, como si temiera lo que iba a decir–, incluso podemos amar a quien se nos antoje.
–Siempre que no me cites como autoridad al respecto… –repuso él tratando de dar un tono frívolo a la respuesta.
Ella asintió despacio.
–Gracias –le dijo muy seria.

Algo se agitó en el corazón de Blaise. ¿Sería…?

Tras la muerte en combate de su segunda madre, la custodia del la única hija de Cho Chang y Marieta Edgcombe pasó a Martin Edgcombe, sin que nadie cuestionara el asunto. Años más tarde, el tío había regado el rumor de que, en realidad, Miriam no era enteramente normal. Era difícil tener criterios propios en el tema, pues la chica había recibido clases en casa, como casi todas las jovencitas de las antiguas familias que sobrevivieran a la Segunda Guerra. Pero ahora, con esa manera de convertir una conversación frívola en algo muy serio, a la vez que dejaba caer información de primera mano, Blaise creyó reconocer a la antigua auror. ¿Sería una trampa?

–¡Miriam! –Pierre Burgoa se acercó a ellos, entrecerró sus ojitos pequeños y negros, de cerdo, y al reconocer a Blaise inclinó su cabeza cuadrada y peluda en señal de respeto. –Señor Zabini, siempre es un gusto verlo.
–Lo mismo digo –pero no extendió la mano para dejar que el otro la estrechara, en cambio volvió a mirar a Miriam, que no había dado un paso para acercarse a él. –Su prometida y yo charlábamos un poco idos del mundo.
–No es extraño, ella siempre habla de usted. Me ha convencido de contratarle para construir nuestra casa.
Miriam bajó los ojos, como si hablar de la boda le avergonzara.
–Ya ve para qué sirve ser amable con las damas, joven –repuso Zabini con voz átona.

Burgoa tuvo el suficiente sentido común de no responder al velado reproche. Frunció la frente, tratando de inventarse un tema de conversación, pero los suaves tañidos de la campana central les indicaron que le reunión comenzaba.

Domingo. Hogwarts

Alex dio vuelta y se arrebujó en la sábana, el olor a manzanilla y limpieza le parecía excesivo, pero agradable. Un momento ¿manzanilla? El chico se sentó de golpe en la cama y miró con ojos bien abiertos a su alrededor.

–Buenos días.
John estaba en la cama de la derecha, con un montón de almohadas en la espalda, un libro entre las piernas y una fuente de galletas de chocolate en la mesa de noche. Le sonreía.
–Bue… buenos días. ¿Qué haces aquí?
John arrugó la nariz, alzó el brazo izquierdo y se levantó la manga del pijama, había un vendaje fresco en su antebrazo.
–¿Recuerdas que el ciervo saltó y yo quise impresionar? –Alex asintió con suavidad. –Eso es lo que ganas por no seguir las reglas del equipo.
–Oh –fue todo lo que pudo decir el rubio. –¿Y los otros?
John se encogió de hombros.
–Por ahí, supongo. Dijeron que vendrían a verte después de almuerzo.

Alex lo miró sin comprender. ¿No debían odiarlo? Estuvo a punto de preguntar, pero el sonido de pasos en su dirección le hizo girar el rostro. La enfermera Higgs y el doctor Clagg se acercaban.

–Al fin despierta, señor Smith –comentó Clagg.

Alex le dedicó una sonrisa insegura. Clagg se sentó en el borde de la cama y empezó a auscultarlo e interrogarlo de manera metódica, tal como hiciera la tarde anterior, antes de la luna. A medida que el examen avanzaba Alex descubrió, asombrado, que esta era, por mucho, la mejor transformación de su vida. No tenía hambre, ni heridas en los brazos y la cara. Solo agotamiento general, y un poco de dolor en el estómago. Ante esa información, el medimago arrugó la frente y llamó a la enfermera con una seña.

–Cortinas, por favor.

Alex giró para mirar a John, pero esté solo sonrió de forma alentadora. Cuando la Higgs hubo desplegado las cortinas blancas, Clagg apartó las cobijas.

–Alex, por favor, súbete la camisa.
El niño obedeció, y el hombre tocó toda su barriga, haciendo presión en un lado y otro de sus intestinos.
–No parece indigestión –comentó. –Aunque ese ciervo debía ser duro.
Levantó los ojos a la enfermera.
–Señora Higgs.

La mujer asintió y, con mucha suavidad, bajó sus pantalones, dejando visible la ingle y el nacimiento de los muslos. Alex cerró los ojos, avergonzado, el tacto tibio de las manos del facultativo le asustó. Hizo un amago de encoger las piernas, pero la enfermera la retuvo las rodillas. Alex jadeó, aquello estaba… mal. No se trataba de que Clagg lo tocara de modo impropio sino de que… No lo sabía, no tenía palabras, pero la queja estaba ahí, en el fondo de su cráneo.

–Imago testis –susurró Clagg y una sensación helada se extendió por su piel. –Interesante, muy interesante. Conservare pergaminum. Finite encantarem.

Las ropas volvieron a su lugar, las cobijas lo envolvieron y el biombo fue retirado. Solo entonces Alex se permitió abrir los ojos y se encontró la cara concentrada del médico fija en él.

–Todo está muy bien, pequeño. Mejor de lo que se podría esperar. Ahora, quiero que me prometas que comerás mucho, saldrás al aire libre y dejarás de contener tus sentidos.
Alex asintió, inseguro de lo que significaba eso último.
–Estoy seguro de que el señor Lupin te dará una mano con todo eso –continuó Clagg. –Te veré en ocho semanas, ¿de acuerdo?
–De acuerdo, doctor Clagg –dijo Alex bajito.

Lunes. Londres

Draco se miró con cuidado en el espejo y ajustó con cuidado el nudo de su corbata azul medianoche.
–Eres bello.
Sonriente, el rubio se volvió hacia la cama. Harry ya estaba perfectamente vestido con su túnica negra de diario y guardaba su varita en el bolsillo interior de su chaqueta.
–¿Nos vamos?

El asintió y ambos bajaron con cuidado las escaleras de la antigua y noble casa de los Black. Delante de la puerta les esperaba una limosina con la puerta abierta.

–¿Almorzamos hoy? –preguntó Harry cuando el auto ya casi llegaba al hotel donde Catherine se hospedaba.
–No podré librarme de mis ejecutivos. ¿Te molestaría mucho si…?
–¿Qué es lo que se supone que soy? –preguntó el moreno de inmediato.
No le molestaba fingirse mugle con tal de estar cerca de Draco, pero casi siempre olvidaba su cobertura.
–Eres agente especial, del MI6 –Harry asintió, ese era un papel que le permitía actitudes "paranoicas", y ahorraba preguntas. –Asignado a la oficina de coordinación de acciones en Europa.
–Vale…

La limo se detuvo, por la ventana se reconocía la forma ovoide y brillante del On Line Palace, pero el cuerpo de Harry se tensó y sus dedos fueron enseguida al bolsillo de la chaqueta. La puerta se abrió y Catherine entró despacio –había aprendido con dolor que al jefe y su esposo no le gustaban las entradas bruscas–, cargada de documentos, PC portátil, teléfono celular, agenda, y neceser.

–Buenos días, señor Malfoy.
–Catherine –respondió el rubio con un movimiento de cabeza.
–Buenos días, señor Potter.
–Buenos días –dijo el otro mientras la examinaba con cuidado.

El auto en que viajaban resudaba hechizos de protección, pero Harry nunca estaba seguro de las personas hasta mirarles a los ojos. Catherine lo sabía –la parte de que gustaba de mirar a los ojos a los empleados–, así que siguió con su rutina mañanera y tendió a Draco un grueso legajo.

–Los faxes de la mañana, el orden del día, los titulares de prensa que mencionan a Malfoy Corporation o a su familia, el cierre de las bolsas, los estimados de movimientos de bolsa para hoy, las fichas de los que asistirán a la reunión y el nuevo borrador del comunicado de prensa para el final de las reuniones –enumeró rápidamente.
En lo que el jefe revisaba el material, ella se acomodó la saya, sacó su agenda y la pluma digital.
–¿Ya decidió con quién va almorzar?

Draco no contestó, sino que arrugó la nariz en la página siete. Catherine repasó mentalmente la compilación. Eso era el resumen de prensa, no lo recolectaba ella, sino la oficina de relaciones públicas, pero siempre echaba una ojeada. No recordaba nada extraordinario, pero, a juzgar por el rostro del señor Malfoy, se había equivocado.

El rubio pasó la carpeta a su pareja.

–¡Mierda! –soltó Harry. Luego sacó su teléfono y marcó un número de memoria. –¿Mione?... ¿Es portada?... No, estoy en el auto con Draco, vimos una nota en el Daily Telegraph… ¡Los voy a…! Ya se, ya se… Si, te veo allí –el moreno cerró su teléfono y miró a su esposo. –Voy a encargarme personalmente –tomó sus manos y las frotó.

Draco temblaba, y sus ojos estaban anegados de lágrimas que, se notaba, le costaba contener.

El auto se detuvo delante del edificio central de Malfoy Corporation. A través de los cristales, Catherine vio acercarse a los guardias, rodear la limosina y asegurar el perímetro hasta el elevador privado. Cuando el jefe de seguridad se inclinaba para abrir la puerta, el rubio logró poner bajo control sus sentimientos. Tuvo que suspirar profundamente antes de recuperar su habitual expresión fría, pero los de seguridad no notaron nada extraño en el siempre distante y exigente señor Malfoy.

Harry devolvió la carpeta a Catherine, ella siguió a su jefe sin comentar el incidente. Pero en cuanto se quedó sola buscó el artículo para tratar de entender. Era una nota pequeña, sobre una cierva blanca y tres cervatos, hallados muertos en el norte de Yorkshire, cerca del pueblo de Bedale. Las autoridades sanitarias estaban inquietas ante la posibilidad de que alguna fuente de contaminación o enfermedad que amenazara la fauna de la región. ¿Y dónde estaba el nombre del jefe? Casi al final. Mencionaban el hecho de que Malfoy Corporation era dueña de un importante sector del bosque, donde se realizaban experimentos sobre reciclaje de materias orgánicas.

El pomo de la puerta del baño giró y ella se apresuró a tomar los documentos de la reunión que tenían por delante. Malfoy se le acercó despacio y casi le arrebató los papeles antes de seguir en busca de la puerta. Catherine lo siguió galería abajo, al salón donde los otros actores del imperio esperaban.

–Almorzaré solo –susurró Malfoy antes de entrar al salón.

Lunes. Belfast

La casa pedía a gritos una nueva capa de pintura, y el césped del frente una poda. Además de que sus hechizos de protección estaban desagradablemente flojos. Por un instante, Harry ponderó la posibilidad de no entrar, pero desechó la idea de inmediato: le necesitaba, así de fácil. Avanzó, seguido por Hermione y Tony Rivers, su guardaespaldas personal.

Dentro, todo lucía muy maltratado. Humedad, polvo acumulado, whisky barato, y vómitos mal limpiados eran los olores predominantes. Sin detenerse en la decoración de la sala –o ausencia de la misma–, subieron las escaleras. El piso superior era una larga galería con más de veinte puertas de diferente color.

Harry chasqueó los labios. –Odio cuando hace eso…
–No podemos deshacer la ilusión desde aquí –informó Hermione tras agitar su varita un par de veces. –Tendremos que jugar.
–Vete tú a saber… –refunfuñó Rivers.
Portter le miro divertido.
–¿Conoces el juego?
–Lo usó una vez, en los entrenamientos –asintió el auror. –Tardamos cuatro horas en asegurar diez metros cuadrados –miró con desconfianza el piso y las paredes, luego hizo un gesto a su jefe para que se moviera un poco a la derecha y desactivó un pequeño clavo con un hechizo quemante. –Debí imaginarlo.
–¿Qué cosa? –preguntó la castaña en lo que se acercaba a la primera puerta.
–Que las débiles barreras exteriores eran una trampa –explicó Rivers.

Ella no habló más, concentrada en detectar el sucio hechizo que contenía el picaporte. Rivers estaba entre su jefe y la bruja, listo para cubrir la retirada del ministro de magia. Harry se dedicó a observar cuidadosamente su entorno, buscando pequeños objetos como el clavo que Tony desactivara antes, hechizados para desviar la atención más que para dañar.

Había sido uno de los peores lunes de su vida, ni los lunes de pociones dobles con los Slytherings en tercer año, ni la gimnasia cruciatas de Bellatrix para divertimento de su señor, nada se comparaba al miedo que reflejaran los ojos de su esposo al leer del sacrificio de la cierva casi en la puerta de Severus. Potter se alegró una vez más de o tener suscripción doméstica de prensa mágica.

En el ministerio, el zafarrancho había comenzado en la madrugada, cuando las alarmas del departamento de modificadores de memoria movilizaron a la guardia hacia Bedale. Antes de que el equipo reportara de vuelta, los de protección de animales mágicos vieron alterarse sus sistemas, señalando también a Bedale. Cuando el desgarrado aullido de la alarma de rituales oscuros de sangre terminó con la poca paz que quedaba a los aurores, nadie tuvo que mirar el mapa para saber que se trataba de Bedale. Entonces Gordon, el jefe de guardia, decidió lavarse las manos: llamó a Lisa Turpin, la flamante Jefa de Aurores de Gran Bretaña e Irlanda del Norte y –por si acaso– a Hermione Granger–Weasley, vice ministra de Justicia, Asesora del Departamento de Misterios y mano derecha de Harry Potter.

A Mione debía agradecer que nadie osara llamarle en medio a la noche, pero no se pudo evitar que los periodistas supieran. Al llegar a su oficina, Harry halló un montón de tabloides, incluso varias ediciones especiales, con titulares que competían en puntaje y ridiculez: "Amenazan al Ministro de Magia con Ritual Prohibido", anunciaba El Profeta; "Sacrificio Sangriento Junto a la Tumba de Remus Lupin", decía El Quisquilloso; "El Clan Potter objeto de Amenazas Oscuras", era la portada de Pluma de Aguila; "Los Cinco Magos más Bellos Víctimas de Ritual Sangriento", anunciaba el apresurado especial de Corazón de Bruja; "Oscura Ceremonia contra Familia del Ministro", resumía Correo Mágico .

Sin tiempo para comunicarse con Severus o sus hijos, Harry se apareció en el interior de Snape Manor, para levantar las barreras de acceso al bosque y permitir al equipo de aurores investigar toda el área. Luego se incorporó al levantamiento de evidencias, respondió preguntas indiscretas de los miembros del CSI –¡maldito nombre!– mágico, firmo permisos para abrir archivos secretos, evadió periodistas, calmó a su secretaria, habló por teléfono con Draco y vía flu con Tomas, volvió a evadir periodistas –sin mucha suerte esta vez. Y se preparó mentalmente para el flujo de prensa extranjera que llegaría al medio día.

"Gran Bretaña vive repunte de Actividad Oscura", era el discreto comentario en la página 6 del Blody News, en Transilvania, pero el resto del mundo parecía tener corresponsales mortifagos: "Ritual de Sangre contra Ministro Mestizo", anunciaba Comercio Mágico (Nueva York); "Las Gárgolas no Defienden al Ministro Británico", era el imaginativo titular de Anuncios de Los Ángeles; "Sus siervos no están Muertos", advertía Mirada Eterna (El Cairo); "Ya Saben Quién lo Intenta de Nuevo", era el cauto comentario de Visiones (Bulgaria); "Los Rituales de Nuevo a Debate", reflexionaba la izquierdista Unión (Bélgica); "¿Quién es el objetivo: el Ministro, el Millonario o los Licántropos?", preguntaba La voz del Apu (Perú); "Violan la Tumba de Remus Lupin", denunciaba El Aullido (del Consejo Superior Licano); "Los Aurores Ingleses no Defienden ni al Ministro", se burlaba Todos los Ojos (India) y, ¡ese era el mejor! "Potter recibe Amenazas de un Mago ¿Muerto?" relataba Noticias de Gévaudan (Francia).

Todos esos recuerdos se agolparon en Harry mientras veía a su amiga Hermione deshacer el hechizo de la puerta. ¿Por qué, dulce Merlín, tenía que perder el tiempo con los acertijos de esa mente alcoholizada? Le necesitaba. ¡Necesitaba a todos los sobrevivientes de la Orden! Pero no iba a seguirle el juego, decidió.

Se acercó a la puerta y apartó a Hermione con firmeza.
–Harry no he… –ella se calló en cuanto le vio los ojos: conocía esa mirada.

El observó la puerta por un momento y respiró hondo. Mione retrocedió hasta quedar junto a Rivers e invocó un escudo. Harry levantó las dos manos a la altura de su pecho, unió las palmas, expiró y empezó a separarlas muy suavemente. Tony se tragó una maldición y se dijo que tenía el pago del mes en esta visión de magia pura, controlada, vital. El núcleo mágico flotaba entre las manos del Ministro como una pequeña esfera brillante, de color verde claro. Potter la apartó unos diez centímetros de sí, miró la puerta y dijo:

–Evanesco.

Fue como derramar agua caliente si un telón hecho a tempera. Las paredes, puertas y alfombras se regaron manchas de color y textura diversa, giraron alrededor de los tres y, finalmente, desaparecieron. Solo quedaron una galería con papel sucio, una alfombra roja llena de barro, una habitación cuya puerta colgaba de un solo gozne y, al fondo, un sofá donde, rodeado de la mayor colección conocida de botellas de licor, estaba sentado un ser de cabello rojo, con un ojo azul y otro marrón, nariz ganchuda y larga barba blanca.

–¿Estas de mal humor, chico?
El Ministro de Magia se adelantó sin ocultar el asco que la imagen de la estancia le causaba.
–Eres el menor de mis problemas, Tonks.

TBC…

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