¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

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20 mayo, 2007

EN BUSCA DE UN SUEÑO 15

Encuentros entre caballeros

"Y a los amantes yo los reconozco:
llevan, en el fondo del alma,
una marca muy leve"
37, Anacreonte (560-478 a.C.)


En el patio de la Academia ya estaban reunidos casi todos los alumnos para el inicio del curso. Los de primer año lo contemplaban todo con ojos asombrados o temerosos, los de grados superiores se reunían con sus viejos amigos e intercambiaban impresiones acerca del verano y los chismes que corrían en la corte. La Academia, como escuela de los hijos de los nobles del reino, reproducía las clases y facciones de los adultos, entre el alumnado se discutían de política, economía o estrategia, como si ellos fuesen los actores de aquellos tiempos, de hecho, todos eran concientes de que heredarían el estado y como tal intentaban comportarse.

Al igual que el resto de la ciudad, los colegiales estaban intrigados por la matrícula del misterioso niño del norte en su plantel. Tras un año de vivir a puertas cerradas, el chiquillo iba a estudiar con la más rancia aristocracia del reino, eso significaba una nueva humillación para las antiguas familias, que aún recordaban la negativa de Elessar a contraer matrimonio. Por ello, esa cálida mañana de otoño el tema central no eran las victorias en Rhum, o la caída del precio de la madera, sino la inminente llegada de Geniev. Muchas historias corrían ya, alentadas por la familiaridad del Rey y sus íntimos para el pequeño, y sus escasas presentaciones públicas. Todas eran inquietantes para los poderosos.

Donde más acalorada se manifestaba la discusión era entre los jóvenes de segundo año, pues a su clase debía incorporarse el extranjero. Los dos líderes del grupo ya habían tomado posiciones al respecto, los otros veinte alumnos se agrupaban a su alrededor sin decidirse a tomar partido. Con Ecthelion y Barahir siempre era igual, discutían hasta el cansancio, pero acababan por arreglarse y planear sus maldades en común. Desde el año anterior los mayores les habían aceptado en conversaciones y rituales "adultos", pero los jóvenes jamás abandonaron el círculo de sus propios compañeros de clase en un gesto de claras intenciones políticas: esos eran los que les soplaban en los exámenes.

Ecthelion, era hijo de Igram, un especialista de la Cancillería dedicado a los archivos y su restauración, apenas salía de Minas Thirit y su mente estaba lista para imaginar todo tipo de historias retorcidas. Su rostro era largo y delgado, y su cabello rubio caía rizado hasta la mitad de la espalda, compensando las profundas entradas de la frente, a pesar de sus quince años.

En cambio, Barahir pertenecía a la nobleza rural, y hacía varios siglos su familia había vivido incluso en Ithilien. La similitud física con su amigo se limitaba al color trigo de su cabellera, que le crecía lacia y abundante, hasta los hombros. El rostro era ancho y sus cejas pobladas protegían unos ojos gris–verdosos de gran brillo. Su padre Bertonin había muerto ante la Puerta Negra, pero su madre manejaba la escasa fortuna familiar con gran pericia.

–Te digo que hacen rituales de brujería élfica en la torre a la media noche. Ahora, el Rey lo manda acá porque tiene que salir de campaña, y no desea que pueda invocar nada malo dentro del Palacio.
–¡Qué mente tan calenturienta! No esperas enamorar a ninguna chica con esas historias, ¿verdad?
–¿Historias? Y entonces ¿cuál es tu opinión sobre ese extranjero mi querido Barahir?
–No tengo opinión alguna Ecthelion. Los nobles no opinan sobre los bastardos que el Rey tiene. Si deseas mi parecer como caballero, considero muy honorable que Elessar trajera del norte a ese pobre niño, que desee protegerlo, aunque, ¡por supuesto! jamás aspirará al trono.
–¡Mi querido campesino! ¿No ha llegado a tu villa la noticia de que el Rey calienta su cama con un elfo?
–¿Y si antes fue una elfa? Lo trata como a un hijo, ¿no? Al menos eso nos da esperanzas de que tengamos heredero algún día.
–Nuestro Rey es lo suficientemente "liberal"para llevárselo a la cama o a sus "sesiones místicas", aunque sea su hijo. –opinó Ecthelion con crudeza y arrancó varias exclamaciones de asombro de los otros alumnos– De todos modos, si se crió como Su Majestad, debe tener las mismas costumbres... ¿Tampoco tienes opinión sobre eso?
Barahir se encogió de hombros ante una pregunta cuya respuesta todos sabían.
–Un caballero no tiene más guía que el honor, querido amigo. Ni el mismísimo Rey Elessar Telcontar I me hará perder mi buen nombre al mezclarme con degenerados, por muy bastardos reales que sean.
–¡Entonces estamos de acuerdo!
–No te apresures pequeño intrigante, tienes que probarlo ¿no?

Ecthelion no pudo contestar, porque se sintieron los cascos de varios corceles acercarse, todos callaron y se volvieron hacia la entrada del patio. Hasta el último de los sirvientes de asomó para contemplar por primera vez al misterioso muchacho a la luz del día.

Primero llegaron cuatro guardias de la ciudadela, que intercambiaron algunas palabras en voz baja con los que guardaban las puertas de la Academia, una vez que el último de los alumnos entrase esta quedaría cerrada hasta las Fiestas de la Nevada. Entonces se escuchó un verdadero galope: algún animal venía a toda velocidad y eso quitó el aliento a muchos, ya que las viejas piedras bajo el dintel habían hecho morder el polvo a más de un jinete. El ritmo no disminuyó, y sin quedara muy claro cómo, una figura bronceada arribó al centro del patio empedrado.

El pelo negro estaba recogido en una coleta que rozaba la mitad de su espalda, dejando ocultas las orejas, sus amplias cejas estaban casi unidas, señal de la concentración dedicada a su cabalgadura, controlada con manos y piernas, pues montaba como los habitantes del bosque. El caballo estaba empapado en sudor, se debatía tratando de continuar la desenfrenada carrera hacia el sitio donde Ecthelion y Barahir habían quedado petrificados. Geniev lo levantó sobre sus cuartos traseros una, dos, tres veces, hasta que la bestia se rindió al cansancio. Solo entonces le palmeó el cuello y susurró palabras dulces, inaudibles a los espectadores. El joven desmontó y se acercó a los amigos, hizo una graciosa reverencia.

–Discúlpenme, no era mi intención que el caballo les fuera encima. –los aludidos no contestaron– ¿Pasa algo? ¡Claro! No me he presentado, soy Geniev...

Pero no pudo terminar la frase, los jóvenes realizaron una profunda reverencia que imitó el resto de los presentes, cuando el chico levantó los ojos descubrió que, desde todos los balcones, le contemplaban atónitos, y genuflexos, gondorianos.

Los que dejó sin habla a estudiantes y empleados por igual, fue la vestimenta de Geniev. Ellos jamás la habían visto, nadie vivo en la ciudad o el reino había visto alguna vez esa ropa en el cuerpo de algún joven, pero todos reconocían en el traje gris, con el árbol blanco sobre el corazón, el emblema de los príncipes en minoría de edad. Los reyes habían planeado muy bien aquella cabalgata por las calles más importantes de Minas Thirit. Ahora, sin hacer anuncio oficial alguno, todos sabían que, por los medios que fuesen, Geniev era un Telcontar.

Un ruido seco hizo despertar a todos del éxtasis monárquico: los guardias de la ciudadela habían desaparecido y la puerta estaba cerrada. Geniev no sabía muy bien como comportarse, pero el sonido de una campana llamó a la primera comida común y le ahorró incomodidades. Se descubrió solo en el patio, ante los rubios a quienes casi matara.

Ecthelion decidió que debía arreglar las cosas pronto, o su carrera como funcionario acabaría antes de empezar.
–Discúlpenos Alteza, mi amigo y yo no deseábamos interrumpir el paso de su corcel. –y ambos se inclinaron de nuevo.

A Geniev le agradó que le hablaran, pero los tratos de Alteza y similares no ayudarían para ganarse compañeros. Todo eso había quedado atrás hacía mucho, antes de que esos, que ahora esperaban con las espaldas a la vista, nacieran. Las palabras displicentes le habían demostrado ser traicioneras.

–Los hombres no se inclinan ante quien no ha probado su superioridad. Les ordeno que me miren a los ojos –se levantaron confundidos. –Así está mejor. Ahora, ¿con quiénes tengo el gusto de hablar?
–Soy Barahir, hijo de Bertonin, estudio el segundo año de la Academia, como todos los de mi estirpe hicieron desde que se fundara.
–Y yo soy Ecthelion, hijo de Igram, también del segundo año de la Academia, como todos los de mi estirpe hicieron desde que se fundara.
–Es un placer, yo soy Geniev, hijo de Halabard y me incorporo a segundo año, así que tomaré mi casi atropello como una señal de los Valar –intentó sonreír. –¿A dónde han ido todos?
–La campana anunció la primera comida del año, comeremos juntos ahora hasta que lleguen las Fiestas de la Nevada y podamos volver a nuestros hogares.
–Es lógico, pues el sol ya casi no proyecta sombras en los objetos. ¿Serían tan amables de guiarme hasta la sala de reunión para compartir el ágape?
En ese momento una nueva voz se introdujo en la charla.
–Perdón Alteza, pero esa labor me corresponde a mi.

Geniev se volvió tan rápido que dejó sin aliento a sus nuevos amigos. Se enfrentó a un humano de unos cincuenta años, ojos azul claro y dedos largos, el servilismo le llego a la primera olfateada. El hombre continuó hablando sin inmutarse con la dura mirada del joven.

–Soy Haram, Jefe de la Academia. Es mi deber llevarlo por las áreas, presentarle ante el resto de los alumnos, y cuidar de toda su estancia.
La voz de Geniev imitó a la perfección la inocencia de un niño.
–¿Debo suponer que hace usted eso con cada alumno de primer año?
–En absoluto, es un honor para mí dispensar tales atenciones a Su Alteza.
–Ya. –el joven fingió meditar mientras repasaba un pliegue de su túnica, la voz conservó el tono inocente– Eso significa que no le llegó la carta.
–¿Carta?
–Si, la carta que... –giró hacia Ecthelion y Barahir, su tono se hizo imperioso. –¿A dónde van?
–Nos retirábamos –aventuró Barahir–, pensamos que...
–Es de mala educación retirarse sin despedidas, espérenme un momento. –volteó hacia el Jefe de la Academia con su anterior vocecita de niño. –Hablaba de la carta de mi Ada...
–¿Su Ada?
Geniev empezaba a perder la paciencia con aquel viejo.
– Sí, mi Ada, mi padre elfo, el Príncipe Consorte de Gondor y Arnor, Legolas Telcontar. –no dejó de notar que las pupilas del hombre se dilataban y los chicos a su espalda contenían el aliento– Sé que le escribió a usted para prevenir incidentes relativos a mi jerarquía, en la carta decía que mi único beneficio será una habitación individual.
–En efecto, pero temí que su Alteza se perdiera por las galerías.
–Señor Haram, dentro de estos muros solo soy Geniev, hijo de Halabard, –rozó como al descuido el bordado sobre su corazón– creo que el resto ha quedado muy claro para todos. Y en cuanto a perderme, ya ve usted que hallé a dos caballeros dignos de confianza, ellos me guiarán estas primeras jornadas.

Haram estaba absolutamente molesto, pero no lo demostraría ante un pequeño dunedain, elevado por oscuros medios a la dignidad del traje gris. Construyó una fría sonrisa para el impaciente chico.

–Eso me tranquiliza sobremanera, me retiro. –realizó una leve reverencia– Espero verlos en la cena pronto y... –no pudo resistir recordarle el otro lado de la exigencia de su Ada– no llegue usted tarde a mi clase señor Geniev, porque es su primera asignatura de mañana.

Esa noche, al llegar a la habitación que compartían con otros tres alumnos, Ecthelion y Barahir se desplomaron agotados y felices en sus camas. Le habían mostrado todo el plantel a Geniev, desde las caballerizas hasta la sala de armas, y al final se despidieron en la puerta de la habitación privada del principito. De regreso a su dormitorio percibieron miradas de respeto y envidia por parte de muchos alumnos. Barahir fue el primero en recuperar el aliento y comentar la aventura.

–¿Cuándo un caballo desbocado trajo más suerte?... ¿Sabes? A mí no me perece un... bueno... parece nada más que el sobrino del Rey ¿no?
Ecthelion levantó los ojos con esa expresión de desprecio–cariño–asombro–por–tu–ignorancia que tanto divertía a su amigo.
–Mi querido campesino, te recuerdo que, hace dos años, el elfo solo era "amigo" del Rey y ahora... ya oíste su muy largo título en boca de Geniev.

El otro asintió y empezó a sacarse las botas, Ecthelion lo imitó.

A Barahir jamás le molestó reconocer que su compañero detectaba con especial celeridad las partes más oscuras de las personas, pero ahora... algo le hablaba de pureza. Apartó esas ideas, un noble no se debía más que al Rey y al Honor, y en ellos invertía todo recurso.

–Sin dudas tendremos que observarlo con cuidado –concedió–, pero es mejor haber empezado siendo sus amigos.

Se sacó la túnica y tiró sus pantalones lejos, su musculoso pecho era visible aun con las escasas velas. En cambio su amigo se quitó la ropa dándole la espalda y se metió entre las mantas enseguida.

–A partir de mañana lo vigilaremos. –dijo antes de girarse para dormir.

Pero el campesino aún se detuvo un rato en la ventana, tratando de poner en orden su cabeza. Con todo el revuelo del bastardo real apenas había podido hablar con su amigo, y lo necesitaba, mucho.

Geniev cerró la puerta y permaneció con la espalda apoyada en la pesada pieza de roble. Contempló los muebles con satisfacción. La decoración del local había estado a cargo de Faramir; cuando Legolas y Arwen vieron los proyectos lo calificaron de "excesivamente austero", pero Aragorn y el niño asintieron: una cama amplia, dos arcones –uno para la ropa, otro para armas–, un escritorio y un librero dejaban bastantes posibilidades de estar cómodo, pero le impedirían perder el temple mientras viviera allí. El equipamiento se completaba con una chimenea y mullidas alfombras para prevenir el frío, dos amplias ventanas y un cuarto de baño al fondo.

Sus ojos se detuvieron en la mesita, donde un estuche de implementos para escribir y una flor manifestaban el refinado gusto de la hermana del Rey. Tragó en seco para contener las lágrimas.

–Tengo que ser un buen hijo. Tengo que ser un buen hijo. –repitió la frase con sus labios y su mente por horas. Durmió poco y mal.

Antes del amanecer estaba totalmente vestido, a la espera de sus guías: Ecthelion y Barahir le habían parecido simpáticos. ¡Por supuesto! Solo buscaban congraciarse y obtener información de primera mano sobre las relaciones entre la pareja real y él, pero, en el fondo de sus almas, percibía honor y ternura.

Les escuchó avanzar por la galería, pero decidió no descubrir sus agudos sentidos y esperar que tocasen la puerta. Venían discutiendo.

–¡Tienes el cuello de la camisa abierto! No puedes presentarte así.
–¡Ya está bueno! No me dio tiempo a cerrarlo porque me sacaste de la cama a empujones. Si me mira demasiado, ya sabremos a qué atenernos.
–¡Eres tan simple campesino! Déjame cerrarlo.
–¡Te he dicho que no me toques! A los hombres no se les toca por gusto... ¿Ya está?
–Podría estar mejor, pero...
Al fin escuchó los suaves llamados, se esforzó por contener la risa y abrió.
–Buenos días Ecthelion, buenos días Barahir.
–Buenos días Geniev, aquí estamos para guiarte en esta primera jornada.
–Veo que sois caballeros de honor. Estoy listo.

TBC…

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