¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

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20 mayo, 2007

EL SEGUNDO REGRESO DEL REY 29

SECUESTRADO

Amroth se detuvo a escuchar. Nada. Maldijo en voz baja y dio media vuelta.

Cinco metros de pasillo, detenerse, escuchar, girar y volver a recorrer la galería. Así arriba y abajo, así por horas y horas, así sin pausa, conteniendo las ganas de abrir a patadas la puerta, cortarle el cuello con un cuchillo curvo y sacarle el corazón aún palpitante a esa patética excusa para eldar.

Imposible. Feanor le había prohibido tocar al miserable, tan solo debía vigilar que no se cruzara en el camino de Legolas y mirarlo feo cuando se escurría a complotar con el Rey del Bosque. Mirarlo feo, ciertamente no le costaba ningún trabajo mirar feo al asesino de Lord Elrond.

Frente a él se dibujaron las siluetas de los gemelos de Imladris, sus miradas alegres y caricias cómplices no le engañaban: los elrondidas eran excelentes guerreros y extremadamente vengativos. Si la guerra estallaba entre Imladris y Mirkwood... pero Feanor le había asegurado que no habría guerra. Halladad lo arreglaría, y para eso debían mantener a Ferebrim dentro de la fortaleza. Amroth no estaba muy seguro de que tener a ese ponzoñoso en el reino fuera saludable, pero asintió ante su Jefe de Clan.

Pensar en el Clan era agradable, ahora que Maërys estaba casada, pronto llegarían los elfitos, nietos de Maedros y Curufinwë, sobrinos de Feanor, Finarfin, Fingon, Fingolfin, Finrod, Finwe, Amroth e Ingwë. La princesita debería darles muchos bebes para enseñarles la lengua de los abuelos, y las tradiciones secretas de los avari. Debían ser diez, como diez eran ellos ahora que Halladad estaba unido a Maërys. ¿Tal vez eran once? No. En eso también tenía razón Feanor: ella estaba muerta.

Estiró un pliegue imaginario en la manga de su túnica y casi pudo sentir la caricia de Nimrodel en su brazo. ¡Como le gustaba a ella meter las manos por debajo de las mangas! Nunca pudo dar un sentido a esa manía, pero Curufinwë tampoco la pidió. Simplemente reía, decía que una elfita tan linda no debía dar razones a esa pila de hermanos toscos y tontos sobre su comportamiento.

Curufinwë, el mejor guerrero de la orilla occidental del Mar de Rhûn. Nadie había derribado al gran guerrero antes que Maedros. Nadie volvió a derribarlo, hasta que la dulce Nimrodel desapareció. Aquella noche de la huida, su ada lo besó y él supo que nunca había considerado siquiera partir con ellos. Curufinwë estaba atado a Rhûn y al recuerdo de su única hijita. Cuando remontaban el Río Rápido, y Maedros supo que estaba embarazado, lo maldijo en avarín y órquico por días enteros. Ninguno de sus hijos tuvo valor para reclamar respeto por el muerto: su rabia era legítima.

Se detuvo y escuchó. Nada. Dio media vuelta y contó de nuevo sus pasos en la galería solitaria.

¿Por qué pensaba ahora en Curufinwë y Nimrodel? Era extraño, desde la muerte de Maedros se esforzaba por mantener esos recuerdos lejos. Sin su Ada presente, ellos casi podían imaginar que el Mar de Rhûn y todo lo demás eran un sueño, las dolorosas memorias de otras personas. Feanor era el Ada ahora y todos cuidaban de Maërys, Halladad y Legolas. Pero Maërys no era Nimrodel y la habilidad de Halladad y Legolas no emulaba a la de Curufinwë yMaedros.

Sacudió la cabeza, exasperado. De nada servía comparar a los vivos y los muertos, a los avari y los eldar. ¿Eldar? No, Halladad ya no era un eldar, al menos en lo que a ellos concernía y Legolas... ¿qué era Legolas tras todos estos acontecimientos? Algún tipo de avari, sin dudas, pues el mar no le llamaba, prueba de que los Valar planeaban su destino en la Tierra Media.

Al cruzar el umbral de Ferebrim captó un leve sonido: era el lento giro del cerrojo. De inmediato se apartó y adoptó su pose más marcial. Esperó.

La puerta terminó de abrirse y Amroth quedó estático. De la habitación salía, muy despacio, un elfo alto y musculoso, de cabellos negros cortos –apenas a la altura de las orejas–, nariz aguileña y cejas ralas. Miró al joven con expresión curiosa.

–¿Adar?

El elfo no contestó, se acercó despacio a él, dando pasos cautelosos desde la puerta hacia la pared frontal donde el avari se apoyaba. Los negros y desorbitados ojos del guardia casi sonrieron, fue un instante de rendición ante la maravilla que solo un ojo bien entrenado reconocería. Luego el asombro fue sustituido por el miedo.

–¿Adar? –repitió con un hilo de voz.

Pero el extraño no despegó los labios. Amroth pudo ver una chispa de crueldad y diversión en sus ojos antes que todo se volviera oscuridad.

Ferebrim contempló el cuerpo inerme del avari y contuvo las ganas de patearlo. No, no tenía tiempo para cobrarse los días de acoso y vigilancia. Había dejado su cama en cuanto el olor de cándulas fue perceptible y ahora miró a uno y otro lado de la galería, en busca de nuevas señales. No tuvo que esperar mucho, por el extremo derecho asomó la cabeza Elarose. Sin decir palabra, el teleri fue hasta allí y siguió a su hermano por las galerías en penumbras de la madrugada.

–¿Qué ha ocurrido?
–Elrond se fue con Mandos y el Príncipe escapó. Thranduil desea que lo hallemos y escoltemos hasta Círdan.
Asintió, las cosas marchaban bien.
–¿Qué ventaja nos lleva?
–Unas diez horas, creo. Halladad le cubrió todo el tiempo que pudo.
Ferebrim maldijo por lo bajo, Legolas estaba casi fuera de su alcance.

Sus pasos les condujeron a las caballerizas y vio, satisfecho, que sus compañeros de viaje estaban listos. Sonrió, nadie en Mirkwood sospechaba el verdadero temple de estos elfos. Habían acordado fingir ser unos cortesanos inútiles para descansar de veras y la ficción había sido creída por todos. Tal vez demasiado, pensó con amargura mientras montaba su propio semental.

Los teleri se escurrieron entre los árboles como gotas de agua.

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Legolas oteó el aire y susurró unas palabras en élfico al oído de Asfaloth. El caballo asintió y apresuró la marcha. Sin embargo, el amargo presentimiento de que su libertad era efímera no abandonó al Príncipe. Tras doce horas de cabalgata su cuerpo le estaba recordando que no era lo mismo ir a Rivendel solo, que embarazado. Inspiró profundo y se obligó a soportar el dolor. No se detendría hasta que Asfaloth lo exigiera, pues en la distancia ganada descansaba toda su ventaja.

Giró la cabeza hacia el oeste y aguzó los sentidos. ¿Ya habían salido tras él? Seguro.

El ascenso del sol –pequeño milagro de luces, fuego y vida que siempre le despejaba– hizo derivar sus pensamientos lejos de cierto teleri, hacia Aragorn. ¿A qué distancia estaba su esposo de Mirkwood? ¿Seguiría hasta el Reino del Bosque al darse cuenta de que Legolas no estaba allí?

El corcel relinchó con miedo y le hizo devolver su atención al sendero. ¡Imposible! Diez elfos le esperaban en estrecho semicírculo a unos quince metros. Asfaloth se detuvo y Legolas enfrentó los ojos de su primo Ferebrim, el teleri, el asesino, el amante de su padre, el lujurioso, el brujo. Se deslizó hacia el piso en silencio. Desmayado.

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Aragorn despertó de golpe. El miedo le había golpeado con su frió tentáculo hasta sacar sangre. Sus ojos fueron hacia la palma de su mano izquierda sin demoras y tuvo que usar toda su fuerza mental para que el pánico que se apoderaba de Legolas no lo envolviese. Jadeó tratando de conjurar paz para ambos, peor el contacto había desaparecido. Parpadeó lleno de confusión y sorpresa. Legolas ya no estaba al otro lado, sus sentimientos se habían esfumado como la niebla matutina. Mala señal.

Se levantó de un salto y tomó las pocas pertenencias que desempacara la noche anterior.

–¡Brego!
El corcel se acercó presto y estuvo quieto mientras le ensillaba y cargaba el ligero equipaje. Montó y se inclinó hacia la gran cabeza de su amigo.
–Vamos Brego, lo de Legolas es más que un mensaje para Rivendel, algo le pasa.

Estaban a dos días de la frontera sur del Reino del Bosque.

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Recuperar la conciencia fue un proceso doloroso y lento. Poco a poco se percibió echado sobre unas mantas, le dolía todo el cuerpo, pero en especial la cabeza, tenía las manos atadas por delante del torso y los tobillos también inmovilizados. Sin embargo, sus captores se habían tomado el trabajo de envolverle las extremidades de modo que las cuerdas no le dañaran mucho la piel. Todo esto podía sentirlo, así como escuchar los ruidos diversos de un campamento.

Trató de enfocar los ojos y la luz de la brillante mañana otoñal le golpeó. La nausea trepó por su garganta como un visitante no deseado y pensó que se ahogaría –que patética manera de morir para un guerrero–, pero unas manos lo levantaron y sostuvieron su cabeza de lado para que el contenido del estómago fuera a la hierba. Cuando terminó, le volvieron a acostar y limpiaron la comisura de sus labios con un paño húmedo.

Permaneció callado. Sabía a quién pertenecían esas manos y las voces que le rodeaban. Prefirió refugiarse en sus pensamientos, pero la persona a su lado no era de la misma opinión.

–Buenos días, Príncipe. –Legolas no se dignó siquiera a mirarle, sus ojos permanecieron enfocados en el cielo– Vaya, jugamos al silencio. No es buena idea ¿sabes? El silencio es incómodo entre cónyuges. –las pupilas azules permanecieron impasibles– Bueno, dejemos eso por ahora. Debes comer.

Los pasos de otro elfo se acercaron y el ambiente a su alrededor se inundó de olor a leche, pan, frutas secas y lembas tibio.

–Vamos Legolas, no finjas que no te interesa.

Se inclinó hacia él, ocupando todo su campo visual, el rubio giró el rostro en silencio. El olor de la comida se mezcló con el de la manta donde yacía. ¡Asqueroso! Pero Ferebrim aprovechó su cabeza ladeada y retiró un mechón de pelo rubio que le cubría la oreja. Sus siguientes palabras fueron un susurro venenoso.

–Tu bebé la pagarás si no te alimentas.

Volteó tan rápido que el cuello le sonó. El otro no se movió un centímetro, así que sus labios quedaron muy cerca. Legolas no se inmutó por ello, en sus ojos había asombro, miedo y odio. Una mezcla peligrosa, supo enseguida el teleri, difícilmente manipulable si no aumentaba la proporción de miedo.

El Príncipe desechó la estúpida pregunta de cómo lo sabía. Si su secreto había sido profanado en la fortaleza o era un descubrimiento reciente no importaba. Sus palabras fueron todo lo frías y razonables que pudo.

–¿Cómo sabré que no pusiste un abortivo en mis alimentos?
–Mira a tu alrededor Legolas. ¡Estamos en medio de la nada! Si te suministro un abortivo morirás, y no me serás útil. –sus dedos se colaron bajo la camisa del rubio y pellizcaron la piel cercana al ombligo– Tu bebé está a salvo, por ahora. –era una advertencia clara– ¿Comerás? –Legolas asintió despacio y el teleri sonrió cruelmente– De acuerdo.

Le ayudó a sentarse.

Una vez que todos hubieron desayunado se prepararon para continuar la marcha. Legolas vio, con el corazón en un puño, como sus armas eran guardadas junto a la impedimenta. Cuando el fuego estuvo apagado y las mantas dobladas, Ferebrim volvió a acercarse con una pequeña copa en la mano.

–Bebe.
–¿Qué es?
–Un sedante. Te ayudará a soportar la cabalgata e impedirá que te vuelvas a desmayar.
Su tono era impaciente.
–No beberé nada que altere mis sentidos.
–Yo te guiaré. No necesitas tus sentidos ahora, mi Legolas.
–No soy tuyo, primo. Perdiste ¿recuerdas?
–Eres mío y lo sabes, porque huiste de la fortaleza tras matar a tu suegro. ¡Bebe!

Pero Legolas apretó los labios y decidió tratar por otro lado.

–¿Vas a caminar hasta los Puertos Grises, entonces? –el rubio se mordió los labios y la sonrisa de triunfo se instaló en su faz– Eso pensé.

Acercó la copa al Príncipe que abrió los labios, obediente. Nunca un licor le supo tan dulce y ardiente a la vez. El teleri esperó aún, escrutando atento sus ojos. Tras un minuto, las pupilas de Legolas se dilataron y su rostro se relajó ostensiblemente. Sin mediar palabra, Ferebrim condujo al ahora dócil elfo hasta su caballo, lo ayudó a montar, lo ató y fue a su propio corcel.

Sus compañeros esperaban la señal de partida. Ferebrim miró al cielo, unas nubes oscuras y surcadas de rayos se acercaban, la tempestad casi podía olerse. Un júbilo infantil le colmó las venas y su orden fue un grito alegre.

–¡Cruzaremos las Montañas Grises por el Paso Norte!

Se alejaron con premura.

TBC...

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