¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

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18 mayo, 2007

EL SEGUNDO REGRESO DEL REY 28

SOLUCIONES DRASTICAS: DINERO, PODER, INFORMACION

Dinero

Minas Tirith, Gondor

El heraldo terminó su trabajo y fue en busca del siguiente mural. Apenas había caminado dos o tres metros cuando la multitud ya cerraba filas frente al edicto. El pergamino era largo, inusualmente largo para ser otoño, y eso había atraído a espectadores que, en otras circunstancias, preferirían esperar a que alguna copia llegara a sus casas.

Los que se apiñaban en la calle eran, en su mayoría, esclavos y sirvientes, muchos iletrados, por lo que urgían a los que comprendían el significado de las elegantes runas de los copistas reales para que leyeran las noticias en alta voz. Un poco más atrás, había nobles y soldados en ruta al tercer o segundo anillo, comerciantes en camino a una venta de domicilio. Leían estos las nuevas desde sus cabalgaduras, en sorprendido silencio, unos, intercambiando opiniones en susurros, otros.

El Decreto había sido emitido esa mañana y llevaba la tinta aún fresca, elocuente indicador sobre la prisa con que había sido copiado y mandado a publicar.

A TODOS LOS HABITANTES DEL REINO DE GONDOR capaces de ejercer su voluntad y libres de contratos, deudas o deberes que comprometan sus acciones frente a otros hombres:

POR CUANTO: Su Majestad Elessar Telcontar I se encuentra de visita en el reino élfico de Bosque Negro en Rhovanion.

POR CUANTO: El Rey no anunció antes de su partida el nombre de otra persona que, por enlace matrimonial o vínculo de sangre, pueda tomar decisiones en su lugar.

POR CUANTO: Como Senescal del Reino me es dado escuchar las quejas y elaborar recursos que mantengan la satisfacción de las partes, hasta que el Rey decida en los asuntos privados y públicos.

POR CUANTO: Ha llegado a mí noticia de que muchos hombres, que heredaron de su linaje el deber de proteger las tierras donde habitan, así como a sus pobladores, y de reclutar, entrenar y conducir hombres al combate en defensa de la tierra donde viven o cualquier otra que el Rey y el Senescal ordenen, han agotado las arcas de sus ancestros en el empeño de su honor y acudieron a diversos comerciantes y prestamistas para seguir adelante en su deber.

POR CUANTO: La Guerra del Anillo destruyó extensas haciendas y fábricas a lo largo de los feudos que forman el reino y que son fuente de bienes y recursos para sus habitantes.

POR CUANTO: Aún tras la caída definitiva de El Señor de los Anillos, los hombres de a caballo y de a pie, armados y sanos, fueron retenidos por el Rey en la eliminación del enemigo y los merodeadores sin ley que le seguían, impidiéndoles regresar a sembrar y pastorear en la época que es propicia para ello.

POR CUANTO: Caen ya las hojas, y es imposible que las haciendas y fábricas sean reconstruidas y puestas a funcionar y procuren los bienes y servicios imprescindibles a cada comunidad para cubrir sus necesidades y deudas hasta la próxima cosecha.

POR CUANTO: Hacer honor a las órdenes del Rey y su Senescal ha puesto a muchos en el predicamento de perder sus propiedades o ser deshonrados antes sus deudores.

DECIDO:

1. Que las deudas contraídas por jefes de feudos, y otros dominios hereditarios, para poder reclutar, entrenar y conducir hombres al combate bajo las órdenes del Rey y/o su Senescal deben ser pagadas con productos, servicios o monedas de curso legal obtenidos de su tierra.

2. Que ningún hombre, obligado frente a sus iguales con una deuda de tal naturaleza, podrá ser despojado de sus bienes raíces, los muebles o inmuebles imprescindibles para una vida decorosa o miembros de su familia de sangre, con el objetivo de responder a la deuda, si esta llegara a término.

3. Que ningún señor de feudo, u otro dominio hereditario que comprenda una porción de tierra habitada, siendo él, por contrato escrito o tradición aceptada, responsable y juez entre esos lugareños, podrá entregar su heredad como medio de pago sin la autorización del Rey u otra persona que, por enlace matrimonial o vínculo de sangre, pueda tomar decisiones en su lugar.

4. Que todo feudo, o dominio hereditario similar, cuyo señor hubiese muerto durante la Guerra del Anillo y cuya herencia descanse ahora en mujeres de su familia o varones en minoría de edad, obligado por deudas contraídas por su difunto señor, deberá presentar sus Estados de Cuenta y Planes de Amortización en una Audiencia Real cuya fecha será anunciada a los propietarios y acreedores con antelación suficiente, quedando prohibidos hasta entonces los cobros de plazos.

5. Que todas estas medidas son tomadas como recurso para mantener la satisfacción de las partes, hasta que su Majestad tome la justicia en su mano.

6. Remitir este Edicto del Senescal a la Sala de Copias, para que el original sea archivado en las memorias del Reino, y las reproducciones fieles de sus palabras enviadas a todas partes del Reino de Gondor para público conocimiento de sus habitantes.

7. Que será culpable de desobediencia y deberá comparecer ante en juez quien intentare contradecir estos mandatos a partir de tres días de su publico conocimiento.

Faramir, hijo de Denethor II
Senescal del Reino de Gondor
por decisión expresa de
Elessar Telcontar I
Heredero de Elendil el Numenoreano

Poder

Recámara Real, Bosque Negro

Thranduil sintió cerrarse la puerta y dejó escapar un suspiro de satisfacción. Estaba solo ahora, podía dejar de lado su impasible máscara facial y sus reposados modales de sabio y antiguo monarca. Se sentó en uno de los butacones y echó la cabeza hacia atrás, sus ojos vagaron por los dibujos que alegraban el techo de madera y piedra, su mente por los progresos del Plan.

Aunque no había visto a Legolas, sabía que estaba regular de ánimo, mientras su salud decaía. Culpaba de ello al vínculo que unía a su hijo con el mortal, pero estaba tranquilo, nada es irremediable para un buen Rey, ni siquiera la tozudez de un hijo pequeño. Era ya el medio día de la segunda jornada desde que Aragorn partiera en busca de la cura para su padre. El mortal cabalgaba hacia las tierras de Radagast el Pardo sin idea de lo que le esperaba, ¡insensato! Para un jinete élfico, el viaje de ida y vuelta no tomaba menos de diez días, el montaraz no podría mejorar esa marca, sin contar que debía convencer al Viejo Ermitaño de salvar a Elrond. Calculaba que, con suerte, estaría de regreso en doce días. En doce días pueden pasar tantas cosas... incluso romperse un enlace.

Una mano se posó en su pierna y comenzó a desatar los cordones de la bota con parsimonia. Tranduil se relajó y cerró los ojos, levemente excitado. La bota fue retirada con suavidad y una marea de besos cubrió su pie. Cuando estuvo satisfecho, alejó la extremidad en un gesto brusco. Su amante comprendió y repitió el ritual con la segunda bota. La mano del Rey bajó hasta la cabellera y tiró de ella, el amante comprendió la nueva señal y empezó a desatar las cintas de su pantalón.

La virilidad del Rey ya estaba despierta por completo, se alzó de un golpe al ser retiradas las telas. Apenas tuvo tiempo el elfo de sentir su libertad cuando una boca juguetona la cubrió. Jadeó satisfecho.

Oh, si, como disfrutaba aquellos labios carnosos que se cerraban sobre él como una dulce cárcel. La húmeda boca era el mejor anticipo para su cálido interior, el estrecho pasaje que inaugurara apenas cinco días atrás y que le hacía soñar despierto. Deseaba ese cuerpo fibroso y dócil, ese cabello oscuro y largo, esos ojos verdes y anhelantes, suyos.

Nada extrañaba Thranduil de su esposa tanto como la entrega incondicional. Había sido complicado, pero tras cinco años de entrenamiento ella había aprendido a ceder a sus más mínimos deseos, a ser para él, desde él y con él, a anularse. Pero la había perdido. Por un tiempo consideró tomar al pequeño Amroth como amante, pero los avari eran demasiado orgullosos y no accederían a nada sin enlaces de por medio. Ahora este jovencito se ofrecía de manera espontánea, deseoso de ser tomado más allá de los límites del cuerpo, deseoso de ser dominado hasta las últimas consecuencias.

Al borde del orgasmo, Thranduil separó la cabeza de su regazo. El amante permaneció quieto, con los ojos bajos y el semblante impasible, esperando sus órdenes. Lo miró feliz, nada le hacía más feliz que reconocer la entrega total, por esa entrega podía dar todo su reino, lo más valioso de su reino. Sabía que su vida sería igualmente plena en una humilde cabaña, disfrutando de dos o tres jovencitos así de sumisos.

–Levántate. –el elfo se puso en pie y retrocedió un metro.

Comprobó satisfecho que llevaba la túnica de seda transparente que le obsequiara el día de su entrega. Era un traje largo y vaporoso, permitía detallar el dibujo de las firmes caderas y los enhiestos pezones como entre una dulce neblina. Se abría por el frente con numerosos botones.

–Desnúdate.

El elfo comenzó a desabotonar la túnica lentamente, con movimientos oscilantes y lentos. Thranduil, mientras, se levantó y fue hasta una gaveta secreta de donde extrajo una cadena con pinzas en sus puntas y una anilla. Regresó junto el joven que ya tenía el pecho expuesto y le colocó las pinzas en los pezones. Un relámpago de dolor cruzó el rostro.

–¿Te duele? –el placer de su voz era evidente.
–Nada de lo que mi señor me haga duele. –la voz era baja y satisfecha.
–Creo que mientes... Creo que te vi contraer la mejilla. –atrapó el duro sexo de su amante y lo apretó un poco– ¿Crees que me equivoqué?
–Mi señor nunca se equivoca.
–Entonces mereces un castigo.

Sin esperar respuesta, levantó la túnica y colocó la anilla alrededor del hinchado pene, esta vez el gemido fue claramente audible y provocó oleadas de placer en su espalda. Volvió a acomodarse en la butaca.

–Sigue con lo que te ordené.

El elfo de cabellos negros continuó abriendo su vestido lentamente, ligeras lágrimas se deslizaban por sus mejillas, mudas pruebas del dolor que anilla y pinzas le generaban.

Thranduil sonrió satisfecho. Había ajustado el artículo para que fuera un poco más estrecho que el órgano que debía envolver, solo así podría desarrollar el umbral de dolor de su amante e introducirlo, poco a poco, en juegos más ardientes. Sus recuerdos volvieron a Ilmarin, su dulce esposa, hija de Círdan.

¡Cómo había chillado en su noche de bodas! No tenía más que mil cuatrocientos años, sus pechos eran botones en promesa, sus caderas un estrecho puerto donde introducirse era un reto húmedo y maravilloso. Al día siguiente escapó hasta la casa de su padre para quejarse. Cirdan la llevó de regreso sin una palabra. Thranduil estaba furioso y la golpeó por largo rato, luego la sostuvo mientras un sanador la arreglaba para que no pudiera concebir en unos años. "Este es tu castigo por escapar al deber. Si no aprendes a comportarte, deberé tomar una segunda esposa y caerá sobre ti la infamia de la esterilidad". Ilmarin aprendió y, eventualmente, Thranduil le permitió tener a Halladad y Legolas.

Regresó a la imagen frente a él. La túnica yacía en el suelo, apenas un montoncito de nube blanca alrededor de los pequeños pies. Sin dudas, era una ventaja tener un amante varón, no debía preocuparse de embarazos y asuntos semejantes.

–¿Qué deseas?
–Lo que mi señor desee.
–Al suelo.

El joven se puso en cuatro y esperó, Tranduil fue hacia él, las manos hambrientas, el sexo ansioso. Movió la negra y larga mata de pelo hacia delante, de modo que cubrió su rostro. Se situó entre sus piernas, lo agarró por las caderas y con un solo gesto lo penetró. Sintió la sangre escurrir entre sus piernas, el cálido y dulce aroma lo llenó de placer. Con dedos temblorosos buscó la anilla y la abrió, dejando libre el sexo de su pareja. Solo entonces empezó a moverse con ritmo febril, apasionado, demandante.

Se derramó en un estertor y cubrió la espalda llena de arañazos con besos suaves.

–Lo haz hecho muy bien, muy bien amor mío.
–Gracias mi señor. No lo merezco.
–Eres un chiquillo muy dulce, muy dulce. Eso me recuerda algo.

Fue hacia uno de sus arcones y extrajo un collar de oro, plata y esmeraldas. Era parte del botín de Smaug y en verdad una pieza muy bella. Su muchacho no merecía nada inferior. Regresó al sitio frente a la butaca donde su amante había colapsado y lo colocó en su cuello.

–Esto es para ti.
–Mi señor yo... Si hoy no pude contener las lágrimas.
–Un poquito de llanto es lindo, mi pequeño –repuso Thranduil con voz tierna. –Además, ese collar es por haber logrado que Aragorn se marchara –le acarició las mejillas–, por sacar al mugroso mortal de mi castillo.

Ferebrim sonrió halagado y Thranduil se concentró en beber la mezcla de sangre y semen que le escurría entre las piernas.

Mientras gemía por la irrupción de los dedos del Rey en su lastimada entrada, los ojos del teleri estaban iluminados de placer. Legolas estaba a unas cuantas movidas, podía sentirlo, casi tocarlo. Thranduil podía exigirle cualquier loca fantasía de dominación, él lo haría todo por la mano del Príncipe. Halladad nunca cruzaría el mar, estaba atado a la Tierra Media con la recalcitrante de su esposa, así que, una vez en Valinor, Legolas sería el heredero de los elfos silvanos. ¿Cuánto tiempo faltaba para ello? Cien, doscientos años, un suspiro en todo caso. Tras desposar al rubio heredero se libraría de Thranduil y embarazaría a su esposo, para asegurar su posición, el resto sería una inmortal y regalada vida en los jardines de Aman. Como corresponde a un elfo con poder.

Rhosgobel, en la cuenca del Anduin

El viejo se acercó a la estufa y retiró con cuidado la tetera del fuego. Giró hacia la mesa donde estaba dispuesto el servicio de te y vertió el agua caliente en el recipiente de plata. Las ondas de vapor subieron, perfumando el aire, y se perdieron en su barba. Puso la tetera a un lado, junto al atizador, y se sentó a esperar que la infusión se asentara. Sus ojos vagaron por las paredes, recargadas de tapices historiados, u ocultas por estantes llenos de pergaminos, pomos, atados de yerbas y flores secas.

Un pájaro entró por la ventana y se posó en su rodilla. Trinó y él le respondió en su mismo lenguaje. La conversación fue interrumpida por la llegada de un elfo alto, de cabellos rubios muy claros, casi color plata, llevaba una túnica gris y capa de viaje. El ave le miró un instante y alzó el vuelo.

–No le gustas demasiado a Tinúviel. –comentó el anciano.
–Tal vez lo que no le gusta es el olor a mar –comentó el elfo mientras se sentaba.
–Es posible. ¿Té?
El elfo asintió y procedió a servirse. El barbudo solo tomó un pedazo de pastel esponjoso.
–Esta receta me la trajo Gandalf de la Comarca.
–Buen lugar la Comarca –comentó evocativo el elfo–, si no existiera Aman...
–... siempre nos quedaría la Comarca.

Ambos sonrieron, era una sonrisa de alivio, la sonrisa relajada y un poco triste que comparten los sobrevivientes de una guerra.

El anciano se sirvió te y dos cucharadas de azúcar. Guardaron silencio hasta que un ligero galope llegó a sus oídos. El elfo miró al anfitrión interrogante.

–Aragorn.
–¿No debería estar junto a Elrond?
–Los hombres no son los seres más perspicaces de Arda, hacen lo que sienten, no lo que deben, ni siquiera lo que pueden.
–Eso también encaja a los eldar.
–Ya sabes por qué me dedico a los olvar y kelvar, entonces.
El elfo miró hacia fuera por una ventana orientada al norte, entrecerró los ojos.
–Estuve atento a otras cosas mientras cruzaba las montañas, dista aún de ser seguras, pero sentí la herida del hijo de Eärendil. Fue como regresar por un instante a la Primera Edad.
–El joven Aragorn viene en busca de un retoño de oiolairë.
–¿Servirá?
El mago negó despacio.
–Elrond está más allá de nuestros poderes.
–Lo extrañaré.
–¿Te quedarás a saludar al muchacho?

Antes de contestar, al elfo volvió a prestar atención a los sonidos del bosque, apenas atenuados por las leves paredes de piedra y magia.

–Está a un día de camino, y mis hombres necesitan reposo. Creo que es una buena idea. –volvió sus ojos profundos hacia el istari– Mientras, me puedes contar a quién debe aplicarle las hojas de oiolairë.

Radagast le dedicó una sonrisa cómplice.

–Siempre supe que Galadriel había elegido bien al casarse contigo.

Información

Ala de invitados, Bosque Negro

Los brazos se tensaron una vez más, todas su fuerzas en juego para contener en la cama el cuerpo convulsionado de Elrond. Finarfin, Fingon y Fingolfin tenían sus brazos y piernas atrapados en un fiero abrazo, mientras Finwe intentaba hacerle beber una poción sedante. Los dientes del Señor de Imladris estaban tan apretados que rechinaban. Al cabo, el mismo esfuerzo por liberarse dejó el elfo exhausto, dejó de luchar y sus labios se abrieron en busca de aire fresco, momento que el joven avari aprovechó para hacerle tragar la medicina. Elrond le dedicó una mirada sorprendida y luego sus ojos se desenfocaron. Estaba dormido.

Los hijos de Maedros se apartaron del lecho y caminaron hacia la estufa que caldeaba la habitación, allí, sentado sobre una alfombra, Legolas se enjugaba las lágrimas. Finwe le puso una mano en el hombro:

–¿Quieres un poco de te?

Legolas negó en silencio y miró la palma de su mano izquierda con intensidad.

Los hermanos se sentaron a su alrededor. Finarfin habló por los cuatro.

–¿Cuánto tiempo más?
–Ya está en camino hacia acá, si no hay ningún tropiezo, cinco días.
–No soportaré tanto.

Desde la cama, Elrond les miraba con ojos cansados, su piel estaba grisácea y ajada. Legolas se levantó despacio y fue hasta su lado.

–No diga eso, debemos conservar la esperanza.
–Tengo la esperanza de que mi nieto y tú escapen de aquí. He vivido tanto Legolas, tal vez demasiado. Hace mucho, cuando Elros sintió que su tiempo acababa, me pidió que cuidara de sus hijos. Me prometí hallar alguien que les guiara antes de permitirme desfallecer –apretó la mano del Príncipe afectuoso–, le he hallado.
–Yo... mi Lord...
–Hay tanto en ti, Hoja Verde. Prométeme que cuidarás de Aragorn. ¡Promételo!
–Es una promesa sin sentido mi Lord. Le cuidará usted, aún discutirá muchas cosas con los tozudos de sus hijos.
–Mi cuerpo cambia Legolas, puedo sentirlo, los poderes oscuros me asaltan, es como estar atrapado en una pesadilla. No quiero seguir así.
–Aragorn llegará a tiempo.
–No llegará a tiempo.

Elrod dejó caer la cabeza en las almohadas, agotado por la vehemente discusión. Se sentía demasiado débil para explicar todo lo que pesaba sobre sus hombros. Su respiración era un silbido doloroso, su voz una herida.

–Promete, Príncipe Legolas.

El elfo rubio miró contempló el cuerpo del otrora arrogante lugarteniente de Gid–Galad, ahora delgado y tembloroso. Desde hacía tres días, la enfermedad ganaba fuerza con progresión geométrica. ¿Querría él vivir de esa manera? Terminar con el suplicio podía ser misericordioso, pero...

–Solo deseo un final digno. –la voz del gran señor era una súplica agonizante.
Legolas tomó las manos de su suegro y las llevó a la altura del pecho.
–Prometo estar junto a los descendientes de Elros, hijo de Eärendil y Elwing, y protegerlos con mi mejor saber y fuerza. Puede usted descansar, Elrond de Rivendel.

El enfermó sonrió, satisfecho. Luego movió sus ojos hacia los hijos de Maedros, ellos asintieron en silencio y Finwe extrajo de un bolsillo en su cinturón una botellita de cristal de roca. Legolas acomodó a Elrond sobre su pecho, ¡estaba tan delgado!, y tomó en sus manos el recipiente. El señor de Imladris habló de nuevo.

–Debes huir de inmediato. En cuanto se sepa esto, tu padre querrá enviarte a los Puertos Grises, escoltado por Ferebrim. Ve a mi casa, Aragorn te encontrará allí.
–De acuerdo.
–Dile a Arwen que lamento haber estado tan ocupado cuando me preguntaba por Celebrian, era el dolor. A los gemelos, que sí son amados –ante ese comentario, los avari dieron un respingo. A Glorfindel y Erestor, que fueron los mejores amigos del mundo.

El joven elfo asintió entre lágrimas. En sus brazos, Elrond, había recuperado parte de la antigua apostura, por la tranquilidad renovada del espíritu.

–Estoy listo.

Legolas destapó entonces el frasco y dejó caer su contenido en los labios entreabiertos. Fueron apenas unas gotas que el enfermo bebió con fruición. Luego se giró un poco, tal si buscara una postura mejor para dormir, y cerró los ojos.

Despacho del Senescal del Reino, Minas Tirith, Gondor

Faramir releyó por enésima vez la carta de Aragorn, la extraña mezcla de buenas y malas noticias hacía del documento un objeto ardiente entre sus manos, casi deseó destruirla. Por mucho que en las breves líneas se respiraba optimismo, el Senescal no olvidaba la predicción de Arwen. Según la nota, la herida de Elrond no era mortal, implicaría un retrazo de tres semanas, acaso cuatro, pero el señor elfo había muerto.

Arwen Undómiel había ido en su busca cuatro días atrás, envuelta en llanto, para comunicarle la infausta nueva. El estaba en vela, esperando a la luz de la chimenea en su vieja habitación. Faramir vio en los ojos de la elfa el mismo dolor que reflejaban los ojos de su madre cuando la visión la golpeaba, y dudó sobre la misericordia de los Valar. ¿Era mejor ver la muerte de los seres queridos con nitidez espantosa, o pasar la noche sintiendo en los huesos que la desgracia venía en camino? No lo sabía, nunca podría saberlo.

Entonces: Aragorn creía que Elrond habría de vivir, pero estaba muerto. Aragorn creía que la tardanza sería de cuatro semanas, ¿qué significaba eso?, ¿cuatro meses? En ocho semanas llegaría el invierno y los caminos desde el norte se tornarían impracticables, nadie más llegaría hasta bien entrada la primavera. Por último, Aragorn informaba que su esposo estaba embarazado –esto era entre líneas, solo Arwen había comprendido la alusión–, una bomba que bien desencadenaría otra Guerra de Sucesión, si no jugaban bien sus cartas.

Suspiró. Para colmo, Eowyn había cocinado un horrible pastel esponjoso que más parecía piel de orco recién nacido –si es que tales seres tenían infancia. Los retortijones de estómago apenas le permitieron recibir a los escolta del Rey y tomar la carta. Su discusión con la hija de Elrond a propósito de la epístola, había transcurrido entre carreras al escusado, y repetidas disculpas por su poco decoroso estómago. Ella asentía, ajena y meditabunda, un poco curiosa por el asunto de la indigestión, la piel de orco y el decoro de los escusados.

Sintió una sed intensa y tomó una copa dejada en la mesa de servicio. Con la penumbra de las velas, no estaba seguro de su contenido, pero debía ser el te frío que enviara la mucama al saber de su quebranto. Apuró un trago. ¡Era vino! La reacción no se hizo esperar. Con manos temblorosas, trató de poner la carta en el archivo, lo logró, pero las fuerzas no le alcanzaron para sacar la llave de su cinturón y sellar el anaquel. Sus piernas flaquearían en cualquier instante, tenía que ir AHORA y regresar luego a cerrar correctamente el casillero.

Corrió hasta la puerta y dobló por el pasillo hacia la derecha.

No se fijó en que su secretario venía por el otro extremo de la galería. El hombre llegó a la puerta del despacho e interrogó a los guardias.

–¿El Senescal se ha marchado definitivamente?
–No dijo nada señor, pero lleva todo el día con cólicos.
–En ese caso le esperaré, debo copiar unos documentos aún. –entró al despacho y volvió a salir casi de inmediato– Si pasa alguien de limpieza, que entre, se ha derramado vino y te en el suelo.

Los soldados asintieron.

Dentro de la oficina, el secretario se acercó al archivo privado del Senescal y tiró suavemente de la puerta. Tal y como esperaba, no tenía cerrojo. Y allí, puesta a toda prisa, estaba la carta privada de su Majestad al Senescal. Sonrió y extendió la mano.

TBC...

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