¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

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14 mayo, 2007

EL SEGUNDO REGRESO DEL REY 27

NO MIRES ATRAS, POR FAVOR

Los pasos resonaron en la alta estancia de piedra y madera, hombre y elfo avanzaban seguros hacia el negro trono donde Thranduil les esperaba, su rostro impasible, el corazón desecho por la rabia.

Habían pasado tres horas desde que terminara el duelo por la mano de Legolas. Ferebrim había "aparecido" en su habitación con moretones uniformemente repartidos y muy pocas ganas de hablar. El Rey mandó llamar en repetidas ocasiones a sus hijos, pero ni Halladad ni Legolas acudieron al llamado. Sin previo aviso, diez minutos antes, el heredero y su esposa fueron a ocupar sus sitios en el salón del trono con sus trajes ceremoniales sin dirigirle la palabra. Ahora el Rey de Gondor llegaba, cubierto con un traje cargado de símbolos sobre su antigua y poderosa prosapia y tras él, como obediente falderito, iba el esposo, que no se dignó a levantar los ojos hacia el trono donde su padre le contemplaba, asombrado.

¿Es que deseaban burlarse todos de él? ¿Cómo fingir que nada ocurría cuando su pequeño Hoja Verde andaba dos pasos detrás de un mugroso mortal sin levantar la mirada del suelo? ¿Dónde era cosa de todos los días que un Señor de los Elfos fuera atacado por otro inmortal usando magia de Saurón? ¿Dónde que un hijo llegara a la misma habitación que su padre sin dirigirle una mirada de afecto?

Deseó lanzar a un lado las ricas telas que lo adornaban, y mostrar a sus vástagos el corazón sangrante en su lucha por recuperar al mejor arquero de la Tierra Media para los suyos. Tanto lo deseó que empezó a meditar las palabras que usaría para declarar su amor y su tristeza, pero la voz de Aragorn le interrumpió.

–Un saludo al Rey de los Elfos Grises –dijo en el más cuidadoso telerín mientras se inclinaba levemente.
Tras él, en gesto de manifiesta sujeción, Legolas hizo una profunda reverencia.
–Un saludo al Rey de los Hombres del Oeste –contestó con voz fría Thranduil, sus dedos se clavaron la negra piedra del trono para no saltar sobre su hijo y abofetearle.

Hizo un gesto para que acercaran asientos a los visitantes –¡ahora su hijo era un visitante!– y esperó a que se acomodaran. Como exige la etiqueta de un consorte ganado en batalla, Legolas declinó el escabel, esperó a que Aragorn tomara asiento y fue a posarse en el suelo a su izquierda, puso las famosas dagas gemelas sobre el regazo y reclinó la cabeza en las rodillas del hombre.

Hubo cierta conmoción entre los guardias. Cada gesto del Príncipe confirmaba el carácter de las ataduras a las cuales su padre la había condenado: ahora Legolas era una propiedad. Las manos del ex–montaraz se posaron en la cabeza apoyada sobre sus muslos, enredó sus dedos en el rubio y sedoso cabello y él volvió a dirigirse al Rey Elfo con rostro impasible, como si el soberbio guerrero a sus pies fuera un adorno.

Thranduil buscó sosiego en los ojos de su heredero, pero fue inútil. Desde su puesto, Halladad acariciaba la mano de su esposa y le miraba acusador. Los grises orbes parecían decir "Era esto lo que deseabas ¿no?". Se sintió tremendamente solo.

–Lamento haber tardado en reunirme con su Majestad para celebrar la unión de nuestras familias, pero la repentina indisposición de mi padre nos retrazó.
–No hay nada que celebrar, Rey del Oeste. La herida de Lord Elrond pone sombras en esta jornada. ¿Cómo se encuentra mi viejo compañero de armas?
– Se mantiene lúcido y medita ya sobre el regreso a Rivendel y el muy retrazado matrimonio de mis hermanos gemelos. Duerme ahora, el veneno corre más lentamente por las venas de un elfo dormido.
–Me alegra que su alma se mantenga inmune.
–Se mantiene a salvo, en efecto, pero es imperativo curarle. Los hijos de Maedros, sanadores expertos en las heridas de la Sombra, creen que su arte no detendrá por mucho tiempo la magia de Enemigo.
–¡Cuánta contrariedad! Por favor, si hay en mi mano, mi mente o mi reino, algún recurso para conjurar su dolor, no demores en revelarlo.
–Creo, honorable Rey de los Elfos, que con alguno de tus profundos y extensos conocimientos sobre los olvar de Arda, dejarás zanjado tu deber de anfitrión.
–Los deberes de un anfitrión son interminables, Elessar, pero, por favor, dime qué deseas saber.
–Deseo saber si queda algún árbol sagrado de oiolairë en la Tierra Media.

El elfo casi deseó saltar de alegría. Después de todo, su plan se completaba satisfactoriamente. Se prometió a sí mismo regalarle un buen collar de esmeraldas a Ferebrim. Pero nada de tales emociones y proyectos se reveló en su voz.

–De todo lo que los Valar crearon, nada admiro más que los árboles y las flores. A pesar de los peligros de esta Tercera Edad, marcada por la desgraciada Batalla de los Campos Gladios, he mantenido correspondencia sistemática con diversos amantes de los olvar, quienes viajaban miles de millas por un fruto o semilla de algún arbusto o la raíz de un antiguo árbol. Les envidio profundamente, pues la carga de un reino impide, a un soberano responsable, apartarse de él por cuestiones de placer. Precisamente, en una carta del Istari Radagast, hermano de tu poderoso amigo Gandalf, este me comentaba que había hallado un retoño desconocido en su jardín. Tras confrontar sus características con las descripciones de un antiguo volumen rescatado del desastre de Oesternesse me informó, lleno de satisfacción, que se trataba de un ejemplar de oiolairë.
–Es hermoso comprobar cómo las artes contemplativas pueden adquirir repentina importancia. –respondió el hombre sin que un solo músculo de su rostro revelara conmoción por las solapadas ofensas del elfo– Sin duda, los cronistas del futuro hallarán asombroso el hecho de que tres mil años fuera el margen para enderezar los errores cometidos en el Monte del Destino y los Campos Gladios o que un dunedain ganara por consorte a un Príncipe elfo en un combate a primera sangre. Son extraños en verdad los designios de los Valar, sabio Rey.
–En efecto. Entonces, ¿partirás al encuentro del Mago Pardo para obtener el fragmento de oiolairë?
–Lo haré, si, en cuanto despeje una segunda duda que corroe mi alma. ¿Dónde está Ferebrim?
–¿Mi primo y huésped, Ferebrim? –inquirió el elfo.
–Ferebrim de los Puertos Grises, el eldar a quien vencí. –aclaró el firimar.
–Cuando acabó el combate y comprendió que había herido accidentalmente a Lord Elrond, corrió hasta perderse en las más solitarias galerías de la Fortaleza. Allí torturó su bella carne, presa del pánico por las posibles consecuencias de su descuido. Ahora descansa, al cuidado de sus primos.

El hombre asintió despacio, dejó que los rumores se apoderasen de la estancia y no despegó los labios hasta que el silencio regresó por si mismo.

–El Príncipe Legolas hizo una promesa a Ferebrim hace unos días, durante una partida de caza –ante la mención de su nombre, el esposo levantó la cabeza y fijó sus ojos en el rostro del hombre–, como ganador de su mano, tengo derecho a relevarle de esta obligación. –por primera vez miró directamente a quien yacía a sus pies– Esposo mío, ¿puedes repetir tu promesa ante nuestro anfitrión?
La voz del elfo rubio se alzó fría y serena.
–Soy el Príncipe Consorte de Gondor y Arnor, Ferebrim de los Puertos Grises. Tú atentaste contra la vida del Rey, mi esposo ante las leyes de los hombres y los eldar. Haremos un juramento: dirás solo lo que ya admitiste acerca de esta partida de caza, y renunciaré a mi derecho a matarte, u ordenar a mis súbditos que lo hagan.

La tensión era palpable en el alto salón de recepciones, entre los dignatarios y guardias presentes pugnaba el dolor ante la predecible pérdida del gran Elrond, la sorpresa ante la revelación de Legolas y sus implicaciones –¡¿Había sido Ferebrim tan tonto como para intentar matar al Rey de los Hombres dentro de Mirkwood?!– Y, por último, la vergüenza por ver al Príncipe tan sumiso.

¡Era increíble! Aunque sus labios pronunciaron palabras de muerte, nada perturbó los ojos azules del pequeño elfo, como si hablara de un hecho lejano en el tiempo, carente de relevancia. Y así debía ser. Un consorte ganado en batalla hacía dejación de sus propiedades y derechos en favor del vencedor, ya nada le pertenecía, ni las armas que portara, ni la heredad de sus padres, ni sus hijos, ni sus emociones. Era un yugo demasiado pesado, en opinión de los eldar modernos, semejante tipo de contrato matrimonial solo podía haber surgido de los malditos noldor, siempre obsesionados con el poder y la posesión. Pero Thranduil había dicho las fatales palabras "deberemos retomar las antiguas tradiciones" sellando un pacto al que Aragorn, ansioso de recordar a todos su linaje élfico, hacía honor con el trato dado a su esposo.
–He decidido que ya no estás atado a ese pacto, Legolas –dijo el hombre mirándole a los ojos, pero de modo audible para todos los presentes–. Te devuelvo el derecho a vengarte de Ferebrim como prefieras, en retribución por el atentado contra mi padre.

El rubio solo asintió, sin romper el contacto con los ojos de su esposo. La mano del dúnedain llevó suavemente su cabeza a reposar sobre el regazo y él permaneció quieto de nuevo. Aragorn se detuvo aún en la contemplación de su cabellera, parecía meditar. Levantó la mirada al fin y se dirigió al Heredero.

–Príncipe Halladad, deseo pediros una gracia.

El hermano de Legolas se levantó en señal de respeto –después de todo quien le hablaba era un Rey–, mientras Maërys permanecía sentada. Para nadie pasó desapercibido el contraste entre ambas parejas: Elessar I y Legolas, un dúnedain que tenía a sus pies a uno de los más bellos y nobles elfos de Arda; Halladad y Maërys, un Príncipe que había elevado a la simple hija de un guardia a futura Reina de Eryn Lasgalen.

–Haré cuanto esté en mi mano para compensar el dolor que vos, y vuestra familia, puedan haber sufrido dentro de las fronteras de mi reino.
–Viejo amigo, nada me debes, pues todo el dolor posible ha sido reparado con la belleza que yace ante mí. –Tranduil deseó atravesar al hombre con alguna de las lanzas que le rodeaban, ¡su hijo no era un objeto!– Sin embargo, debo seguir los consejos del sabio Rey de los Elfos Grises y partir en busca de Radagast. Mi esposo permanecerá en las habitaciones que ocupara en su infancia, hará visitas de una hora a su nuevo padre y evitará agotarse. ¿Tú cuidarás de él?
Halladad asintió.
–Será un placer, para mi esposa y para mí, proteger al Príncipe Consorte de Gondor y Arnor hasta tu regreso. –repitió luego a fórmula tradicional con que los amigos de un esposo se comprometían a proteger al consorte ganado en batalla, ya que su mismo estatus legal les impedía sobrevivir por su cuenta– Nos aseguraremos de que tus órdenes sean cumplidas, su salud de preserve y su cuerpo te ansíe.

Ese pacto era también una orden directa para Legolas: no podría abandonar la Fortaleza del Bosque hasta el regreso de su esposo, a menos que le llegaran órdenes expresas o Halladad mismo debiera partir. De quebrantar tales líneas de conducta, quedaba convertido en un prófugo automáticamente, todos los reinos élficos le negarían ayuda y sus enemigos no deberían temer a la venganza.

–Me retiro –declaró Aragorn satisfecho–, debo partir antes de que el sol nos abandone y ganar toda la distancia posible hasta el retiro del Mago Pardo.

Cuando los esposos dejaron la estancia, Thranduil soltó un largo suspiro dolorido y cerró los ojos. Jamás esperó recibir semejante humillación en su propio palacio.

Siempre seguido por su elfo, Aragorn pasó por su recámara para mudar sus lujosas túnicas por las oscuras ropas de montaraz, fue a despedirse de su padre y bajó presto a las caballerizas. Ya su escolta le esperaba montada. Los contempló evaluativo, eran hombres de probada dureza, pero crecidos en Minas Tirith, sin idea de lo diverso que puede ser el poder de las entidades que comparten Arda junto a los mortales. Renunció de antemano a explicarles el tipo de vínculo que lo unía con el rubio elfo que le seguía los pasos como una sombra cálida. Les habló en términos que sabía podrían comprender.

–Partirán de regreso a Minas Tirith, sin escalas. –tendió un sobre lacrado al jefe de la partida– Entregarás esta nota a Faramir hijo de Denethor, en su mano o a la dama Arwen Undómiel. ¿Está claro? Ni una palabra de lo que aquí ocurrió saldrá de sus bocas hasta que el Rey regrese.

Los soldados se inclinaron profundamente y partieron en ordenada formación por la puerta de las caballerizas. Una vez fuera del edificio, tomaron un trote medio que los hizo desaparecer entre la penumbra del bosque en pocos minutos. El hombre regresó sin decir palabra a las galerías en penumbras, su paso raudo lo condujo hasta la puerta de los departamentos de Legolas. En el interior, varias elfas aseaban la estancia y retiraban algunos objetos y vestidos que la tradición negaba a su nueva categoría. Al ver al Rey en la puerta, las criadas se quedaron estáticas, inseguras entre el leve desprecio que les inculcaran por los mortales y la obediencia debida al esposo de su Príncipe.

–Fuera –dijo el hombre muy bajo, con un acento cruel que las obligó a marchar y temer por el destino del pobrecito Hoja Verde.

Una vez solos, ambos se relajaron ostensiblemente. El elfo corrió a refugiarse entre los brazos de su esposo y le buscó con labios cálidos. Aragorn lo estrechó contra su cuerpo, las manos vagaron ansiosas por su espalda y cintura.

–Está hecho. –musitó junto a la oreja puntiaguda y su pareja tembló al contacto de sus labios en sitio tan sensible.
–Si. Solo espero que Radagast no te demore mucho. No se cuánto tiempo podamos mantener la comedia.
–Nadie tiene que saber si te mantienes encerrado y sales tan solo hasta la recámara de mi padre. Tu cambio de dieta lo atribuirán a la contrariedad de verte casado y abandonado, todo en un día.
–Auril y yo te extrañaremos sobremanera.
–Y yo a ustedes.
Se restregó contra rubio maldiciendo las telas que le impedían contemplar a su gusto esa piel que adoraba.
–Legolas... –articuló con voz ronca.
El elfo comprendió la demanda contenida y se dejó llevar hasta la habitación siguiente. No pudo evitar cierto sonrojo al imaginarse siendo amado en la misma estancia donde jugara a los soldaditos o dibujara barcos de camino a Valinor. Sus ojos se detuvieron asombrados en el lecho, donde las níveas sábanas de su infancia habían sido ya cambiadas por otras de color azul.

–¿Qué te ocurre? –preguntó el esposo al notar su mirada lejana.
–Cambiaron las sábanas –señaló.

El hombre asintió, comprendía. El azul era el color tradicional para los lechos nupciales de elfos ganados en batalla, pero el que las mucamas ya se hubieran ocupado del detalle, expresaba la opinión que tenían sobre las demandas físicas del vencedor. No que fuera de asombrarse: la comedia que habían actuado ante la corte les haría pensar de ese modo, pero –y ahí Aragorn comprendió a cabalidad el dolor de Legolas– ¿por qué tenían listas sábanas azules en una corte tradicionalmente opuesta a ese tipo de enlace? Era evidente que Thranduil las había encargado con antelación para su hijo. Para sellar la entrega de Legolas a Ferebrim.

–Lo iba a hacer de todos modos –musitó dolorido el rubio–. Yo nunca fui nada más que la "joya mayor de la corona".
Aragorn lo abrazó con ternura, le obligó a girar suavemente el rostro, fijó su mirada gris en el azul húmedo de su esposo.
–No importa mi amor, somos nosotros los que estamos aquí.

El otro admitió el hecho en silencio y dedicó sus esfuerzos a desatar las ropas. El hombre sintió su deseo tomar fuerzas, y le imitó. Cuando las túnicas y camisas cayeron, emitió un rugido leve, alzó al elfo de un gesto y lo lanzó sobre las azules cubiertas. Legolas se levantó sobre sus codos y le observó expectante, sus ojos eran pozos de lujuria infinita. El hombre supo entonces que nunca podría sentir tanta pasión por otro cuerpo, estar tan enamorado dos veces en la vida no podía ser saludable.

Sin meditar más, dejó que sus instintos tomaran el control y besó fieramente al rubio, sus manos buscaban un camino hacia la parte baja de su vientre y lo hicieron rasgando la fina seda de los pantalones. El elfo lanzó un chillido asombrado.

–Si sigues usando ropa tan ajustada te dejaré sin guardarropas –advirtió y se dedicó a acariciar la sensible zona mientras chupaba los rozados pezones.
–¡Eso duele! –se quejó el elfo y apartó el torso violentamente.
Aragorn lo miró sin comprender por un instante y luego sacudió la cabeza, vergonzado de su propia irreflexión.
–Por supuesto, estas en la quinta semana ya, y tu cuerpo cambia.
Notó los pezones oscurecidos y los músculos a su alrededor hinchados. El milagro de la paternidad le permitía ver al cuerpo del guerrero adaptarse a su nuevo rol. Aunque los pechos del Príncipe nunca crecerían como los de una elfa o una mujer mortal, serían capaces de alimentar a la criatura que habían creado juntos. El hombre sintió que la ternura lo embargaba. Todo su violento deseo de poseer fue sustituido por una dolorosa necesidad de fundirse en el otro suavemente, disfrutado cada instante de la entrega.

Legolas se había quedado muy quieto, leyendo en el rostro del esposo sus variantes sentimientos. El deseo no había disminuido en su interior, pero esperaba un nuevo acercamiento. Aragorn adelantó una mano.

–¿Puedo?

Asintió, le dejó acariciar la tensa piel con la punta de los dedos. Una sonrisa satisfecha suavizó sus facciones. El hombre tiró suavemente de sus manos, entonces, para conducirle al centro de la cama y besó con reverencia los oscuros botones de placer. Bajó repartiendo besos hasta el vientre. Aquí los cambios aún no eran perceptibles, pero ambos sabían. El elfo se giró entonces con celeridad y tomó la virilidad de su esposo en los labios. El Rey calló sobre su espalda y soltó una carcajada divertida.
La caricia le hizo llegar casi a la cúspide en poco tiempo.

–Detente, casi no puedo contenerme...

Le apartó gentilmente y volvió a cubrir el cuerpo delgado y alabastrino con el suyo. Con los ojos fijos en los de su esposo deslizó un dedo cerca de la entrada trasera. La piel estaba caliente y el anillo muscular relajado, pero no lo suficiente como para penetrarlo sin lubricante. Se maldijo internamente por tal descuido.

Era lógico que los servidores sacaran de la habitación todo lo que pudiera facilitar la culminación del encuentro, pues, de acuerdo a la tradición, esa era la última batalla para someter al consorte. Si el vencido se mantenía pasivo, el dolor de la penetración forzada le obligaría a gritar su sujeción. Si optaba por resistirse, la noche de bodas devenía una violación autorizada. Recordó entonces que, en los clanes noldor, era costumbre llevar a los pequeñas elfas y los elfitos fértiles junto a la puerta o ventanas de las recámaras donde tan violentos enlaces se consumaban, para que fueran ganando experiencia. Había leído alguna vez de noches de boda que acabaron con huesos rotos. Se decía que los Elegidos ganados en batalla, a menudo eran tan dañados que no podían concebir hasta un año después.

Pero Legolas estaba embarazado ahora, y lo amaba. Todo el asunto del enlace ganado en batalla era un montaje para mantener en secreto su estado. No podía tomarlo en seco. Se apartó reticente, sin ninguna idea de cómo salir de tan frustrante circunstancia. Los ojos azules le enfocaron interrogantes.

–No podemos –explicó–, no sin lubricante para ti.
–Te deseo –demandó el elfo y frotó su redondo trasero contra la hinchada virilidad del mortal.
–No quiero dañarte –argumentó todavía, pero sus manos pellizcaron las suaves caderas.
–Te deseo –repitió. Sus dedos se colaron por entre las piernas y tiraron de los testículos del hombre, retrasando su orgasmo.

Legolas se puso en cuatro, ensalivó su dedo índice y se penetró sin demoras, se quejó bajito y le llamó entre jadeos. Aragorn gimió, su erección empezaba a doler y ver al ser más bello de la Tierra Media preparándose a sí mismo no ayudaba. El elfo llevó ahora dos dedos a su boca y los introdujo en su interior, no pudo contener el gesto dolorido, pero se obligó a mover las caderas profundizando la entrada. Retirar esos invasores fue más difícil de lo que pensaba, al acercar los dedos a su cara, vio manchas marrones y pegajosas en sus uñas. Dudo antes de volver a ensalivarlos, pero en eso debió arquearse para compensar el dolor que surgía de su trasero.

Entre la niebla de tan intensa herida, reconoció a su esposo ubicado muy cerca de sus nalgas: con una mano mantenía separados los cachetes y con la otra le preparaba. Reconoció en su interior tres dedos. Sí, eran tres los que ahora correspondían, pero entre dos dedos de elfo y tres de montaraz la distancia era bastante notable. Sus ojos coincidieron con los del hombre.

–Duele –jadeó, pero su queja carecía de convicción.
–¿No era esto lo que deseabas, elfito? –la voz de Aragorn era gruesa y lasciva.
Legolas no pudo menos que asentir.
–Mi bebé...
–Nada le pasará a tu bebé si te portas bien, elfito. –hizo girar sus dedos en el estrecho canal y el joven sintió que su estómago se removía.
–Creo que voy a...
–Todavía no –le interrumpió el hombre y dio un segundo giro.
Legolas dejó caer la cabeza, violentas contracciones se apoderaron de su estómago.

Aragorn lo hizo recostarse sobre su brazo izquierdo y sacó los dedos de su interior, fue como liberar una fuente. El cuerpo dejó salir todo lo consumido en los últimos días con fuerza arrolladora, Legolas permanecía ajeno, como si el manantial marrón que manchaba su lecho le fuera extraño.

En verdad estaba extrañado. El tono de voz de su esposo, su mirada posesiva y las manipulaciones a su cuerpo, todo era novedoso e inquietante. Sin embargo, su confianza en el hombre que lo sostenía no diminuyó, tampoco el deseo. El deseo se mantenía también gracias a las atenciones que su pareja dedicaba a su virilidad.

El manantial se agotó, el hombre limpió sus muslos con un paño y recogió todo doblando la sábana sobre si misma. Solo entonces reparó en que se trataba de un cobertor impermeable y se sonrojó violentamente. ¿Todo eso estaba previsto? No se imaginaba vaciando su estómago ante Ferebrim.

El hombre volvió a besarlo y le abrió las piernas suavemente. Comprobó, satisfecho, que la entrada estaba totalmente relajada y penetró de un empellón. Legolas aulló sorprendido y tuvo que sellar sus labios con los propios. Embistió una y otra vez con gran velocidad. Su esposo se debatía tratando de separarse.

–Quédate quieto o dañaremos al bebé.

El elfo se calmó automáticamente, sus manos pudieron al fin buscar su sexo y acariciarlo con ternura. Poco a poco el rubio dejó llevar por el ritmo y sus gemidos de placer llenaron la estancia. Se corrió violentamente entre sus dedos unos quince minutos después, el hombre se derramó en su interior con un estertor animal.

El mortal fue el primero en recuperar la lucidez, rozó la cabellera esparcida en desorden por la cama. Besó algunos mechones. Se levantó y empezó a vestirse para partir. Legolas giró entonces y lo miró en silencio algunos instantes.

–¿Ya?
–Es tarde. Sabes que desearía quedarme hasta el fin de los tiempos junto a ti.
–No lo dudo.
–Será mejor que te quedes aquí, saldré solo de la fortaleza. Te prometo que miraré a tu ventana antes de salir del claro.
–No.
Giró sorprendido, el cinto a medio anudar.
–¿Cómo?
–Vete pronto Aragorn, y no mires atrás. No lo soportaré.
–Pero, amor mío... –quiso acercarse, pero la mirada dura del elfo lo contuvo.
–Vete. Ya bastante es que te vayas de mi lado, así que no lo alargues. –el hombre aún dudo y pareció querer acercarse al lecho para una última caricia. Su voz fue un grito de guerra– ¡Que te largues! ¡Fuera de mi habitación!

Aragorn asintió en silencio y dejó la estancia a prisa. Corrió por las galerías chocando con sirvientes y soldados hasta que el familiar relincho de Brego le trajo de regreso a la realidad. Estaba en las cuadras, listo para buscar a Radagast. Montó a tientas y dejó que el corcel eligiera su rumbo.

En su recámara, Legolas se movió despacio hacia el borde de la cama. Logró ponerse en pie a pesar del terrible dolor que tenía en el trasero y la extraña laxitud que lo embargaba –supuso que tenía que ver con su vientre vacío. Caminó despacito hasta la ventana y esperó, luchando con los mensajes del viento, que le susurraba terribles predicciones.

"Estará bien" se repetía a si mismo "Si logro que me obedezca estará bien".

El jinete salió como una flecha y Legolas contuvo el aliento. Ya en el borde del claro, Brego pateó el suelo y trato de girar. El elfo sintió como las lágrimas empapaban sus mejillas y se estrechó el vientre. "No lo hagas. No mires atrás, solo podré ser fuerte si tu lo eres". El corcel se encabritó, pero los brazos firmes de Aragorn le obligaron a retomar la carrera. Desapareció en la penumbra hechizada del bosque como un suspiro. El elfo rubio se deslizó hasta el suelo y liberó el aire. Tal vez, después de todo, tenían esperanza.

TBC...

1 comentario:

Lady malfoypotter dijo...

ps esta buenisimo!! solo he leido esta capitulo y la vdd q como oneshot queda perfecto!!

muchas felicidades!!