¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

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04 mayo, 2007

EL SEGUNDO REGRESO DEL REY 23

LAS DECISIONES DE LORD ELROND

Uno

Erestor despertó de golpe, con la hiel de la pesadilla fresca en los labios. Aunque los familiares artesonados de su habitación le dieron un poco de tranquilidad, la punzada de angustia no abandonó su corazón. Una voz dulce y soñolienta le impidió pensar demasiado en todo ello.

–¿Pasa algo?
–Nada, solo un mal sueño. Vuelve a dormirte.

Pero el cuerpo de su pareja se movió lentamente entre las mantas, una mano juguetona apartó un mechón de su pelo negro y le acarició la frente.

–Estás sudando. ¿No quieres contarme?
Erestor sonrió con despreocupación y picardía.
–No te va a gustar...
Ojos brillantes y dulces entre sedosos cabellos rubios.
–Pruébame.
–Soñé que los orcos me secuestraban y en la celda... ¡Comía pasteles de cereza!
–¡Arrrrg! –no pudo evitar reír ante el gesto de asco– ¡Fuera de mi cama! –y la exigencia vino acompañada de un almohadazo– ¡Fuera!

Sin resistirse demasiado, el elfo saltó del lecho y corrió a la puerta, ya fuera suspiró aliviado. Se sentía un poquito mal al mentirle a su pareja de modo tan infantil, pero prefería desviar su atención hacia su novedoso asco por los pasteles de cereza, antes que dejarle saber la verdadera naturaleza de su pesadilla.

Caminó por los pasillos de la gran morada hasta llegar al banco frente a la escultura que, por siglos, guardase los fragmentos de la espada de Isildur. Era su sitio favorito para meditar cuando algo de veras desafiaba sus conocimientos, ya que el rostro de la mujer que guardaba en su regazo la reliquia le producía una paz difícil de igualar.

–La misma paz que me da ver su rostro mientras duerme. –reconoció para sus adentros.

Sacudió la cabeza, tratando de apartar los pensamientos de la persona que esperaba en su habitación, deseaba mantener su terrible experiencia para sí. Suspiró de nuevo y trató de repasar sus recuerdos antes de que los detalles escaparan de su memoria.

En el sueño, permanecía sentado ante una mesa dispuesta con infinidad de botellas y un solo plato, de gran tamaño, justo en el centro. El mueble y el mantel que lo cubrían eran blancos, y, al mirar a los lados, descubrió que toda la habitación y los objetos que en ella de encontraban eran blancos o transparentes, de modo que la luz perecía salir de todos lados y las distancias se difuminaban.

Erestor estaba ubicado en la cabecera, pero el resto de los comensales no parecía notar su presencia. A su derecha estaba sentada la bella Celebrian, sostenía en sus manos una copa de vino rojo, tan oscuro como la sangre, y a su izquierda su madre, la Dama Galadriel, estrechando una copa con cierto líquido rosado y espeso. Ambas mujeres se miraban con intensidad, y Erestor tuvo la fastidiosa impresión de que él, y las copas en sus manos, eran igualmente decorativos. Más allá podía ver otras personas conversando, pero sus rostros permanecían difuminados por el exceso de luz y sus voces eran tan bajas...

–Me gustaría haberme despedido de él. –dijo con voz suave la esposa de Elrond.
–Lo sé. –repuso Galadriel.
–Tu siempre sabes... –había amargura en su voz.
–Nunca dije que fuera un don saber. Hice lo que pude.
–Aragorn, qué muchacho, nunca esperé tanto de un hombre –comentó de pronto Celebriand.
–Eärendil era hijo de Idril, una noldor –puntualizó la madre y ella asintió, como si tal detalle aclarara los más oscuros pasajes de Utumno.

Guardaron silencio y Erestor no supo qué hacer, una carcajada cristalina atrajo su atención. Venía del extremo de la mesa, pero las figuras parecían estar a kilómetros de distancia. Con esfuerzo distinguió una cabellera rubia y su corazón se aceleró sin razón aparente. Valoró la posibilidad de levantarse para ver mejor, pero la voz de la Dama del Bosque Dorado le atrajo.

–Ahora que el plato de la deuda está vacío, podremos comer libremente.

Celebriand asintió y elevó su copa invitando al brindis. Se hizo un silencio respetuoso y los presentes elevaron sus copas. El elfo de negros cabellos deseó imitarlos, pero descubrió que no tenía vaso ni copa. Entonces una elfita de escasos cien años se acercó corriendo, estrechaba entre sus manos una copa de oloroso hidromiel.

–Aquí tienes –dijo en tono íntimo–, ada te lo manda.
–Gracias Idril –¿cómo supo su nombre? y alzó la copa.
–Por los que pagaron la deuda –dijo Celebriand.
–¡Almare! –corearon los invitados.
–Porque la soberbia ante los Valar sea recuerdo. –dijo Galadriel.
–¡Almare! –corearon los invitados.
–Por el amor, que borra todas las barreras –dijo el elfo rubio en el otro lado de la mesa, clavando sus ojos azules, brillantes y alegres, en él.
–¡Almare! –corearon los invitados.

Erestor se sintió temeroso y halagado ante aquellos ojos grandes, que le sonreían en claro gesto de amor. Quiso levantarse y correr a sus brazos, pero un grito de angustia escapó de su boca al descubrir, en el alto plato de porcelana blanquísima, la cabeza de un elfo. La cara, de perfil arrogante, estaba enmarcada en un cabello negro y opaco, reunido en pegajosos mechones apelmazados por sangre seca. Sintió que todo su placer se esfumaba, una arcada, amarga y espesa, ganó su boca. Se inclinó para devolver elestómago, pero despertó.

Ahora, seguro en el banco del solitario pasillo, despierto bajo los rayos moribundos del sol otoñal, Erestor no pudo dejar de estremecerse por el recuerdo.

Estaba confiado de que se trataba de una visión, no de un sueño común. Pero, por la misma razón, no había en su interior seguridad. ¿Cuánto de lo que tal visión le dejaba descubrir ya estaba decidido o dependía de sus acciones? ¿Podía compartir todo esto con Glorfindel? Por supuesto, como asesor principal de Elrond y responsable de Rivendel en ausencia del Medio–Elfo y sus hijos, Glorfindel debía saber, pero, teniendo en cuenta su sensible estado...

Se estrujó las manos, nervioso. El sanador había sido terminante: nada de tensiones o noticias que pudieran alterarle, pero conocía lo suficiente al rubio como para imaginar su reacción si le mentía o dejaba de decirle alguna verdad. Estaba tan concentrado que no reparó en que alguien se había sentado a su lado. Por eso casi salta cuando la voz surgió.

–Me mentiste.
Erestor volteó, con ojos temerosos, pero la dulzura con que lo contemplaban disipó todas sus vacilaciones.
–Si. –admitió suavemente.
–Despertaste sudoroso, me mentiste y luego viniste aquí. –enumeró despacio y le miró directo a los ojos, con esa profundidad que le admiraba y aterraba.
–Necesitaba pensar –admitió, y bajó los párpados para romper el contacto.

Estrechó las manos de su esposo con algo de temor, en una ráfaga desfilaron por su mente los apresurados episodios de los últimos cinco años: el cortejo, siempre interrumpido por los deberes de ambos como asesores de Elrond, las numerosas misiones y reuniones; su declaración de amor, tan pueril e indigna de un elfo con sus años y su experiencia; la revelación de que su pareja era un Elegido, la decisión de posponer el embarazo unos años, hasta que la misión de Aragorn estuviera completa; su boda, modesta y alegre, seguida por cuatro años de perfecta felicidad a despecho de la oscuridad creciente; aquella noche de amor desesperado cuando creyó que lo perdía, la noche en que se descuidaron y surgió esa pequeña vida que ahora pateaba a cada rato reclamando alimentos y cariño. Sabía bien que lo más importante entre ellos era la confianza, que su consorte era cualquier cosa, menos cobarde.

–El sanador dijo que debíamos evitarte las tensiones. –adelantó una mano y la posó en el vientre de diez meses.
–Entonces lo que me tienes que decir no es bueno.
Erestor asintió y tomó aire.
–Necesitaba pensar porque esto me tomó de sorpresa. –explicó– Creí que todo había acabado, y seríamos felices por siempre jamás, con nuestra Idril.
–¿Idril? –el rubio alzó una ceja interrogante– ¿No decías que era varón?
–Eso decía, pero esta tarde tuve una visión y lo menos relevante en ella fue el sexo de nuestra hija. –buscó en los ojos de su pareja la tranquilidad que ya escapaba de su alma– Tengo miedo, Glorfindel, porque Elrond está muriendo.

Dos

–Todo va a estar bien. –repitió Aragorn mientras recostaba a su padre en la cama.
–Lo has dicho demasiadas veces, ¿no? –intentó bromear el Medio Elfo, pero un rictus de dolor deformó sus rasgos.
–Por favor, padre, no hables, no te agotes.

El Rey de Gondor se arrodilló junto a la cama, sus ojos reflejaban un miedo cerval, miedo que, Elrond lo sabía, se expresaría en una agresividad sin pausa. El hombre casi salta ante el sonido de la puerta, pero se tranquilizó de inmediato al ver a Legolas entrar acompañado de Feanor, Finarfin y Fingon. Llevaban en sus brazos diversos instrumentos de curación.

Sin mediar palabra, los avari tomaron la mano herida del señor de Rivendel y realizaron una cura larga y dolorosa, pues palparon toda la superficie tumefacta que había estado en contacto con la hoja y extrajeron sangre envenenada de la extremidad. Mientras, Legolas llevó a su esposo al otro lado de la estancia y le extendió una red que contenía un mango de madera negra, tallada y barnizada.

–Es el mango, lo único que quedó tras herirlo. –explicó al hombre– Los avari creen que si logras descifrar lo que está escrito, tal vez hallemos una cura.

Aragorn tomó con las puntas de los dedos la red y puso el objeto a la altura de sus ojos. Como ocurriera con el Anillo Único, las letras grabadas en él parecían llenas de fuego, ahora que su magia había despertado. Con el corazón en un puño leyó las viejas y malvadas palabras de la lengua negra y las reveló a Legolas en la lengua común del oeste, eran palabras demasiado terribles para profanar las suaves entonaciones del sindarín.

–En busca de los que causaron Su caída siempre estarás, no habrá otra carne que profanes, ni otro aliento que te atraiga. El calor de la sangre que comparten, mezcla exacta de maia, noldo, sinda y edain, será tu guía. Aunque larga sea la espera, con solo rozarles atraerás sus almas al dolor infinito y, finalmente al Vacío donde sufre nuestro Amo, como obsequio de sus siervos.

Apartó los ojos, horrorizado, y se encontró con el semblante pálido de Legolas, sus ojos oscuros denunciaban el duro combate que se libraba en su interior. Inquieto y asombrado el hombre le obligó a tomar asiento y lo sacudió levemente.

–Amor, amor. –el elfo enfocó la mirada y lo miró asustado– ¿Qué ocurre?
–Pensaba en ese –el tono despectivo no dejó lugar a dudas sobre quién era el referido–, de pronto me imaginé decapitándolo y bañándome en su sangre. Pero ni esí pagará lo que le va a ocurrir a Lord Elrond. ¿Verdad?
–No va a ocurrir, seguro a los hijos de Maedros se les ocurre algo. –pero no había mucha seguridad en su voz.

En ese momento entró a la habitación un elfo de la guardia personal de Thranduil, el soldado se inclinó ante Legolas de manera aparatosa, pero en sus ojos se leía la agitación.

–Mi Príncipe, su padre el Rey lo requiere en el Salón del Trono.
–¿Qué desea mi padre? –respondió Legolas en tono desdeñoso, sin mostrar intenciones de levantarse.
–El señor Ferebrim ha desaparecido, tras el revuelo en la sala de armas y la herida del honorable Elrond, no quedó huella de él. El Rey desea asegurarse de su integridad, mi Príncipe.
Pero el elfo dejó salir una risita cruel y estrechó la mano de Aragorn de manera ostensible.
–Dile a mi padre que puede dedicar todas sus energías a Ferebrim. Los hijos de Maedros y mi esposo, el Rey de Gondor, son suficiente escolta.
–Pero....
–¡Ya basta! –estalló Aragorn– El príncipe se quedará a mi lado. Ve y dile a Thranduil que, cuando el estado del señor de Imladris se defina, iremos a verle.

Ante tal declaración el guardia optó por inclinarse y salir raudo de la habitación. El hombre lo siguió con ojos inquietos, pero Legolas atrajo su atención enseguida.

–No ha escapado.
–¿Hablas de...?
–Por supuesto, de ese. Fingolfin y Finrod lo ocultaron en un sitio seguro, nadie más lo verá hasta que Halladad y los avari le interroguen. –de nuevo su rostro devino una máscara de fría crueldad– Y ellos pueden ser muy "persuasivos".

Aragorn asintió, tranquilo ya respecto a eso, y dedicó su atención a la cama, donde los hermanos conversaban en susurros con su padre. Finarfin volteó hacia ellos y, con un gesto, les invitó a acercarse. La pareja así lo hizo, se acomodaron, junto a los otros tres, en los bordes del lecho donde descansaba Elrond.

–¿Pudiste leerlo? –preguntó sin preámbulos Feanor.
–Si –dijo el hombre, y repitió para ellos la invocación grabada en el arma.
–Entonces nada de lo que en este bosque existe detendrá la maldición por mucho tiempo. –meditó en voz alta Fingon, y sus hermanos lo ratificaron con la mirada.
–Dolor infinito, –repitió Elrond– como el de los orcos.

Todos le miraron asombrados, en especial los avari, que poco o nada sabían del origen de los orcos. Elrond los miró con simpatía. ¡Eran tan sabios y tan ingenuos a la vez! Para los hermanos llegados de Rhun, como antes para su ada y sus lejanos ancestros, el mal y el bien eran dos lados de la misma moneda y era inútil descubrir su origen, superfluo comprender sus motivaciones. Al mal y sus hijos, como los orcos, les miraban los avari como a la lluvia, y lo único sensato era hallar soluciones para no mojarse o resignarse a quedar empapado. Habló en voz baja y despacio, para evitar acelerar el paso del veneno.

–Se dice que, en la Primera Edad de las Estrellas, Melkor cometió su mayor blasfemia en lo más profundo de los pozos de Utumno. Capturó a muchos miembros de la recién surgida raza de los elfos y los llevó a sus mazmorras, y con horribles actos de tortura concibió unas formas de vida terribles y horripilantes. De ellos crió una raza esclava, que eran tan odiosa como hermosos eran los elfos: fueron los orcos, una muchedumbre creada con formas desfiguradas por el dolor y el odio.
Enmudeció, agotado, pero en los ojos de sus oyentes brillaba la luz de la comprensión.
–Los haradrim siempre se ufanan de que sus almas inmortales seguirán combatiendo por Sauron, mientras que los orcos solo valen la pena mientras viven. –recordó Aragorn– Al morir, los orcos caen en el Vacío, dicen, sus almas no llegan a ningún sitio.
–Sí llegan –rectificó Legolas–, llegan a encontrarse con su verdadero amo: Melkor, que habita eternamente en el Vacío.
–Pero eso no nos acerca a una cura. –admitió derrotado el ex–montaraz–solo sabemos que su alma estará tan exhausta al morir, que no podría volar, aun cuando abordase el barco de su padre Eärendil.
Sin embargo, Elrond estaba sonriente y soñoliento.
–Me has traído un buen recuerdo, Estel: Eärendil y Elwing me perdonarán el que no valla a su encuentro, creo. –bostezó levemente– Disculpen, pequeños, pero estoy cansado.
–Por supuesto, padre. –los cinco se levantaron prestos y dejaron a habitación en silencio.

Los dos hermanos mayores quedaron guardando la puerta y Fingon guió a los esposos hacia los departamentos del Príncipe heredero. Allí los esperaban Halladad y el resto del Clan de Maedros. Al llegar, Legolas fue obligado a recostarse en un gran diván, mientras Aragorn explicaba a sus amigos lo que sabían del veneno que circulaba dentro de su padre.

–La maldición le impedirá viajar a las estancias de Mandos –dijo Ingwë despacio, como si le costara comprender tanta crueldad–, porque el dolor será tanto que su alma estará ya desfigurada. ¿Cierto? –El hombre confirmó sus deducciones con la mirada– Entonces debemos detener el dolor, aliviarlo...
–O –le interrumpió su hermana Maërys– dar a su alma una guía que le lleve por el camino recto hasta las Salas de Mandos, allá en las costas de Aman.
–No servirá de mucho, querida –intervino Aragorn, pesimista– El veneno le arrastrará hacia el Vacío a menos que una magia más antigua y poderosa que la de Sauron intervenga.
–¿Dices que necesitamos magia mayor que la de Sauron? –intervino Halladad– Pero Sauron fue un Maia, solo los Valar le superan...
–¿Y el anillo? –recordó Legolas– ¿Tu padre no guarda uno de los Anillos del Poder Elfico?
–Vilya, el Anillo del Aire, pero esta escrito que su poder existe para combatir a Sauron y sus secuaces, ahora que el Único no existe, esos anillos son pocos más que reliquias, su magia se agotó.

Y sus palabras fueron tan apesadumbradas que la bella Maërys prorrumpió en llanto, y aunque su esposo le abrazó y trató de consolarla, no pudo calmarla, porque en su propio corazón anidaba la desesperanza. De igual modo se abrazaron Legolas y Aragorn, y el elfo trató de consolar a su esposo, alternando las palabras de quiméricas curas con la promesa de una venganza tan cruel, que el mismísimo Melkor gemiría en sueños. Los avaris guardaron respetuoso silencio, como siempre, pero intuyeron, en la mirada cómplice que los príncipes hermanos cruzaron por un instante, un particular deseo de venganza.

Muchas cosas estaban por cambiar en Mirkwood, supieron de pronto, como se sabe que lloverá o que las fresas están por crecer en un campo aún cubierto de nieve. Pero los hijos de Maedros no se inmutaron ante la breve visión de muerte y condena que compartieron, su promesa de fidelidad estaba hecha. Avaris eran, que significa "renuentes", y siempre serían fieles a la tierra y la sangre: la tierra donde halló descanso su padre, la sangre que los distinguía de los eldar, sangre que ahora compartía el Heredero de Mirkwood, Halladad, Su Rey.

Entre el cansancio y las tensiones, no fue extraño que Aragorn cayera en un sueño inquieto, acunado en el regazo de Legolas, estuvo así unos minutos, pero despertó de golpe, con el semblante iluminado por la esperanza.

–¡Lo tengo! –los otros le miraron sin entender– Galadriel, ella me habló en el sueño.
–¿Galadriel? –el tono de Maërys era desconfiado.
–Si, estaba llorando, lloraba por la pérdida de Númenor, hace mucho y repetía: "Adiós, queridos árboles del verano eterno". –los miró sonriente.
–¿Y...? – demandó Legolas, que, como su hermano y los avari, le seguía mirando sin entender.
–Bueno, en realidad no se si fue Galadriel, o un simple sueño que me rebeló algo que yo no podía recordar, pero... –se detuvo radiante de felicidad– ¡La solución son los árboles del verano eterno! ¿No recuerdas Halladad? Los árboles sagrados de oiolairë que los de Tol Eressëa obsequiaron a los numeroneanos. Alguna vez hablamos de ellos, cuando comentabas el rechazo de Gollum a todo lo marcado por la magia élfica.
El rostro del heredero se iluminó ante el recuerdo.
–Cierto, ahora que lo ubicas, recuerdo esa conversación. –volteó a explicar a su esposa y cuñados– Aragorn se refiere a una antigua costumbre de los marineros numenoreanos: bendecir a un barco para que tuviera un viaje y un regreso seguros. Esto se hacía cortando una rama del árbol aromático sagrado llamado oiolairë, que se colocaba en la proa del barco. Esta «verde rama del regreso» era una ofrenda a Ossë, el Señor de las Olas, y a Uinen, la Señora de las Calmas.
–Sigo sin entender la relación de la oiolairë con la maldición de Melkor. –admitió Finwe.
–La lógica de la ofrenda radicaba en una percepción muy pragmática de la muerte, Finwe. –argumentó el Rey de Gondor de pie, paseándose por la estancia de la emoción– Al morir, los mortales no van a las estancias de Mandos, nadie está seguro de qué ocurre con nosotros: los de Oesternesse creían que el alma debía regresar con su familia, a la patria. Las almas de los elfos vuelan, se sabe, por tanto, las almas de los hombres, inferiores, deben andar o nadar para alcanzar cualquiera que sea su objetivo. Como Oesternesse era una isla, esa rama era una ofrenda colectiva de los marinos y sus soberanos para que los valares Ossë y Uinen, dieran paso franco a las almas de los que muriesen durante el viaje de regreso a sus hogares. ¿Entienden? –los amigos asintieron expectantes, el hombre regresó junto a Legolas y le tomó las manos emocionado– Sabemos que mi padre va a morir, y que su alma estará cansada para volar, pero acaso, solo acaso, si tiene consigo una rama de oiolairë, Ossë y Uinen le permitan cruzar el gran mar hasta las costas occidentales de Aman, donde se alzan las Estancias de Mandos.
Y calló, el Príncipe, alegre de ver la mirada de su esposo iluminada por la esperanza, se dejó llevar por las cálidas olas de resolución que emanaban del mortal. Pero la voz de Amroth les trajo de regreso a la realidad.
–¿Y de donde sacaremos una rama de "eterno verano" antes de una semana?
Aragorn dejó caer la cabeza, derrotado. Si, ese era un pequeño detalle... básico. Casi se echa a llorar de nuevo, pero la voz de Fingolfin se alzó, dura y clara.
–Tenemos que hablar con Thranduil. –todos le miraron incrédulos.
–¿Para que se ría de mi dolor? –espetó el hombre– No he ido a matarle por que es mi suegro, pero todo esto es culpa suya.
Fingolfin se le quedó mirando intensamente, con sus negros ojos extrañamente animados. Luego se dirigió a su hermana y susurró algunas palabras en su lengua, ese idioma que no era quenya, ni orco. Maërys hizo una levísima inclinación de cabeza y el cuarto hijo de Maedros habló despacio, con eventuales demoras por su dificultad con el sindarín.
–Cuando llegamos bajo estas ramas y antes de que nuestra princesita viera la luz, el señor se estas tierras interrogó a mi ada. Hizo muchas preguntas, pero a veces se quedaba a solas con él, entonces solo deseaba escuchar sobre árboles y flores, sobre hierbas que curaban y hojas que podían arrancar la vida. Escribía todo en un pergamino. Eso contó ada y nos extrañó, porque tu padre es un elfo muy digno e importante, nunca de mancha las manos de tinta. Cuando nuestra princesita estaba naciendo, usamos para aliviar a mi ada hierbas traídas desde el antiguo mar, y a él se le escapaban los ojos hacia la bolsita de sonde las sacábamos. No me importó, eran yerbas si demasiado valor para mi, simples. El tiempo pasó y la sombra empezó a extenderse sobre los árboles. Un día Thranduil nos llamó al ada y a mis hermanos: habló del peligro que se cernía sobre el reino y de que el Concilio Blanco era casi inútil. Dijo que si la fortaleza caía, debíamos marchar donde Círdan con Halladad, Legolas y un libro de tapas de madera que extrajo de su lecho. Estaba escrito por su mano, explicó, era la suma de dos mil años rastreando el valor de cada planta, y la localización de todos los árboles, arbustos y yerbas de la Tierra Media. Nadie más que el señor de los Puertos Grises debía verlo, insistió, pues había datos de árboles que se creían perdidos, de flores que solo crecen en el fondo de los lagos. Los noldor, y supimos que hablaba de Galadriel y Elrond, nada sabían de esos documentos, y así debía ser. Al fin no fue necesario huir, y ni ada ni yo mencionamos el libro de nuevo, pero estoy seguro de que existe.
–Entonces, –la voz de Legolas era cauta– si existen los oiolairë en algún lugar de la Tierra Media...
–Nuestro padre lo sabe –concluyó Halladad.

Tres

Galadriel se apartó del espejo con tal celeridad que casi pierde el equilibrio. Por suerte Haldir estaba cerca y recibió el golpe de su espalda en el pecho abierto. La Dama de Lothórien se quedó un instante más recostada al fuerte pecho de su capitán, acompasando la respiración y dio gracias a los Valar porque nadie más fuera testigo de su descompostura.

–¿Tan terrible fue? –preguntó al cabo el galadhrim. Galadriel asintió en silencio.

Haldir se detuvo un momento a meditar, era extraño que ella se mostrase tan afectada por las visiones del espejo, visiones que, muchas veces se lo oyó repetir, solo mostraban posibilidades. Presa de una repentina inquietud, Haldir se atrevió a traspasar la línea de intimidad que, siglos antes, definieran.

–¿Tus nietos? –nueva negativa, pero la elfa no le reconvino, por lo que él se atrevió a continuar el interrogatorio– ¿Elrond?
–Lo de Elrond ya lo sabía. –explicó con su voz dulce e infinitamente triste.
De repente Galadriel giró para quedar frente al capitán, sus ojos grises se hundieron en los verdes del elfo. Hizo una pregunta inesperada.
–¿Aún me amas, Haldir de Lorien?
Y la respuesta llegó con la misma celeridad de la primera vez.
–Hasta que todo nuestro recuerdo se borre de esta tierra, mi señora.
–Entonces deberás escucharme, porque lo que ha visto en el espejo no cabe en mi pecho. –el capitán de la guardia asintió, preocupado y ella habló claro y despacio. –Cuando los Silmariles fueron robados, mi familia vino a la Tierra Media, persiguiendo a Melkor. En el camino los noldor cometimos muchas faltas, como la matanza de teleris en Alqualonde y la soberbia infinita de Turgon. Los sindar también fueron presas de su poder, y tuvieron un final trágico, con la caída del Reino Escondido de Doriath. En cuanto a los edain, los mortales, raros son de ellos los que siquiera merecen una palabra de honor. Lo que pocos saben, es que estos tres linajes de los que te hablo contrajeron una deuda, no con los teleri, a los cuales hemos causado daños evidentes, sino con los Valar, porque cada uno de nosotros les retó en poder y sabiduría. –pareció que él la iba a interrumpir, la Dama lo impidió con un dedo sobre sus labios– ¿Cuando lo supe? Al terminar la Guerra de la Ira. Elrond, Elros y yo fuimos al encuentro de los Valar y ellos nos advirtieron de que aún quedaba por hacer en la Tierra Media. Nos prohibieron abandonar estas costas hasta que el mal que Melkor había dejado tras si fuera exterminado y este fuera sitio seguro para los firimar. Culpa era de los noldor, por emular con sus joyas la luz de los árboles y cometer fratricidio; culpa era de los sinda, por negarse a partir y luego desgastarse en retos de orgullo en vez de combatir al enemigo; culpa era de los edain, por renegar cada tanto de su naturaleza y sus juramentos. La deuda se pagaría en vidas y acciones, y solo el valor y el amor nos permitirían saldar las cuentas antes de que nuestros corazones se agotaran. Tú no lo sabes, pequeño Haldir, pero ante los Valar vestidos de armaduras, uno calla y obedece. –sonrió llena de melancolía– Elros eligió hacerse cargo de los mortales, Elrond y yo de los elfos. Ha pasado tanto tiempo, tanto.El amor de Celeborn me mantuvo a flote en los años de mayor desasosiego, cuando Sauron se rebelaba como esa amenaza que indicaran los Valar. Tu dulzura me llenó de esperanzas, tu tierna amistad con Legolas y Aragorn me pareció una señal. Pero hoy... –casi desfalleció del dolor– Hoy me atreví a preguntar si este es el final, si el sacrificio de Elrond era la última acción, la última vida... "Dos más" me dijo.

Ella calló, agotada, se mantenía en pie porque los fuertes brazos del galadhrim. Haldir miraba horrorizado hacia el pilón de plata, que pocos se atrevían a mirar.
–¿Sabes quiénes son esos dos?
Galadriel gimió, como reprochándole ahondar en su herida, pero suspiró y alzó la mirada.
–Solo que no tendrán elección y que le dolerán a Gondor y a Círdan. –demoró en volver a hablar– Y eso es lo que más me intriga.

TBC...

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