¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

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04 mayo, 2007

EL SEGUNDO REGRESO DEL REY 21

INSTRUCCIONES PARA ATRAPAR A UN COLIBRI (I)

Se dirigieron al salón del trono despacio, en silencio. Con cada paso la melancolía se hacía mayor en el corazón del elfo, y este no deseaba llegar a enfrentarse con su padre. Caminaba concentrado en los más pequeños detalles de las galerías, aferrándose a esos elementos que le permitieran apartar de su mente la dura confrontación que le esperaba.

Cuando su padre le desterrara por casarse en secreto con un humano –estaba seguro de que sería lo más dulce que Aragorn escucharía de labios del Rey– perdería también los árboles de su infancia, el río donde las almadías del lago Largo traían mantequilla y manzanas, los campos de entrenamiento donde alzara por primera vez el arco, los jardines donde espiaba a Halladad y Maërys hacerse arrumacos tontos, los caminos por donde Estel y él cimentaron su amistad...

Una sonrisa triste se dibujó en sus labios: creía estar solo en aquellos trillos de su bosque, pero, en realidad, los avari se alejaban lo suficiente para respetar su privacidad, sin descuidar la vigilancia. Alguna vez les odio al regresar de sus "escapadas" y captar un levísimo destello de burla en sus oscuros ojos. Ahora cuatro de ellos le seguían en silencio, mudos testigos de su niñez y adolescencia, de su amor y su dolor. Una de las cosas que perdería al marcharse del Bosque Negro era la tranquilidad de saber sus días y noches velados por el clan de Maedros, aquel elfo de mirada triste.

El Rey de Gondor se detuvo y Legolas, distraído, le imitó. Tardó unos segundos en darse cuenta de que escasos metros se alzaba la puerta del salón del trono. Elevó la mirada hacia su esposo sin intentar ocultar su angustia, pero el hombre le devolvió confianza en sus ojos grises. Se atrevió a tomar levemente la mano del Príncipe, susurró un presuroso "Todo irá bien" y lo dejó entrar a la estancia.

El salón del trono nunca fue el sitio favorito de Legolas. Ya desde niño entrar ahí implicaba pasarse largas horas en posturas incómodas y con una falsa sonrisa congelada en el rostro. Mientras avanzaba hacia su puesto, a la izquierda de Thranduil, recordó que, sentado en ese mismo asiento de piedra, había reconocido la primera mirada de lujuria sobre su cuerpo.

Aquello ocurrió cuando contaba unos mil doscientos años y se celebraba un baile de cortesía para unos invitados de Lothorien. En realidad no deseaba estar ahí, pero su padre había insistido, Legolas se miraba los pies, en el colmo del aburrimiento, cuando percibió una mirada fija sobre él. Estaba acostumbrado a que le miraran, a que le llamaran "belleza dorada" y "joya mayor de la corona de Mirkwood", pero esta era una mirada distinta, podía reconocerlo claramente.

Alzó los ojos despacio y se enfrentó con el causante de su inquietud: se trataba de un secretario de su padre, apostado al otro lado del salón. Legolas no sabía demasiado sobre relaciones carnales, pero la expresión codiciosa de aquel funcionario le golpeó de manera casi física. Endureció sus ojos, pero el tipo le sostuvo la mirada con descaro creciente. Se mordió los labios de impotencia. Aunque los hijos de Maedros estaban a su alrededor y era imposible que ese, o cualquier otro elfo, le tocara un cabello, aquella mirada era una afrenta, una afrenta imposible de lavar. Su guardia estaba allí para protegerlo de los atentados, no de las miradas, por muy sucias e intensas que fueran.

Buscó a Halladad o su Ada entre los invitados, pero de manera infructuosa, al volver a mirar al frente chocó con la insistente mirada del secretario, abiertamente posesiva. Sus manos comenzaron a temblar y unas lágrimas rebeldes se asomaron a sus ojos. No sabía qué hacer, ni cómo pedir ayuda a Ingwë, que ya se inclinaba solícito a secar sus pestañas.

Entonces ocurrió: una silueta se interpuso entre el pequeño príncipe y el funcionario, al cabo de unos minutos la persona volteó hacia Legolas con elegancia y pudo reconocer a uno de los galadhrim visitantes: era un elfo rubio, de marcada musculatura y mirada dulce. El visitante hizo una ligera reverencia, y le dirigió un saludo galante y tranquilizador:

–Es un placer verle sonreír Alteza, juro que me enfrentaría a un batallón de noldor porque el brillo de sus ojos no se empañe.

Legolas sonrió aliviado, esta era una mirada amable. Detuvo con un gesto a Fingolfin, que ya pensaba despachar al visitante, y alzó los ojos en busca de su enemigo, pero el elfo se había desvanecido del salón. El invitado debió leer aun su vaga inquietud, porque hizo un gesto con la mano para llamar su atención y susurró:

–No debe una belleza como usted temer esas miradas, aún desde la bajeza, son homenajes a su maravilla.

Ahora tuvo que hacer gala de todo su autocontrol para no sonrojarse, y dedicó una mirada agradecida al rubio. Cuando intentaba organizar sus ideas para responder a tales piropos el elfo se alejó sin una palabra más, negándose la oportunidad de intimar con el agradecido joven. Legolas elevó una mirada inquisitiva a su derecha, y el bello Finwe contestó sin inmutarse:

–Haldir de Lorien, miembro de la guardia de Lord Celeborn y excelente arquero.

El elfito asintió en silencio y volvió a mirarse los pies, deseoso de que el baile terminara y alguna flecha orca despachara al secretario de su padre. Volvería a coincidir con Haldir muchas veces: en la paz y la guerra, siempre obtuvo miradas limpias y consejos certeros. El príncipe pensó con melancolía en su amigo Haldir, tan lejos ahora. No le veía desde que marchara en busca de los Senderos de los Muertos, en Edoras. Ahora estaba por su cuenta y riesgo, sin un ángel para conjurar las miradas lujuriosas que sentía resbalar sobre su carne.

Levantó los ojos y detalló a los presentes en la sala: su padre, con el rostro esculpido en mármol; Halladad y Maërys, que le miraban solidarios desde sus asientos; los ocho hijos de Maedros, dispuestos en semicírculo alrededor de la familia real; Lord Elrond, sentado en un escabel, y junto a él, de pie, su hijo, y a la derecha el fastidioso de Ferebrim, de pie, como correspondía a su rango, incómodo por las miradas asesinas que Maërys –y sus hermanos–, le dedicaban.

El Rey elfo dio unas palmadas y la audiencia dio comienzo.

–Nos hemos reunido en esta luminosa jornada porque han llegado a mis manos dos solicitudes de audiencia. Una de mi amado primo, Ferebrim de los Puertos Grises y otra de Estel, el honorable hijo de Elrond. Ninguno de los dos ha rebelado en su nota la razón de su pedido, pero, movido por mi generosidad, les concedo esta tarde, la primera tras la boda de mi heredero, para que, resueltos sus deseos, puedan marchar en paz hacia sus hogares.

Legolas apretó al brazo del asiento con furia: su padre no solo despojaba a Aragorn de sus bien ganados títulos, sino que le instaba a irse sin dilaciones. Thranduil continuó.

–Escucharé primero a Ferebrim, pues su nota llegó antes a mis manos.

El teleri se adelantó dos pasos y se inclinó profundamente.

–Mi señor Tranduil, pocas son verdad las palabras que puedo deciros para aliviar mi corazón: pido de voz una grandísima, terrible gracia, que temo no pueda concederme. Desde que llegara a vuestras tierras deseaba comprobar si era cierto el rumor que hasta Lindon ha llegado, de que albergaba Mirkwood la mayor belleza élfica de nuestro tiempo. Desde hace una semana estoy seguro de ello y no encuentro en mi corazón fuerzas para regresar al mar, a mis obligaciones junto a Círdan. Fuerzas para partir tendré solo si lo hago acompañado de tal joya, de vuestro hermoso hijo Legolas Thrandulion. Y si no desearais privaros del recreo que es para vuestra alma esa belleza dorada, dadme siquiera licencia para estar a su lado cada hora de la jornada, en las luchas y los festejos, hasta que llegue la hora de marchar a Valinor, y disfrutar de la inmortalidad en las Tierras Imperecederas.

Thranduil asintió complacido ante el discurso.

–Agradables son a mis oídos tus palabras, pues rebelan modestia y devoción hacia mi hijo dilecto. Sin embargo, no responderé a tu gracia hasta haber escuchado los deseos del hijo de Elrond, pues gran respeto hay en mi corazón hacia él. –y se volvió hacia Aragorn y el medio–elfo.

Si el Rey elfo esperaba alguna reacción de parte de los descendientes de Beren y Luthien, debió decepcionarse. El rostro del Señor de Rivendel era tan impenetrable como puede serlo la piedra largamente pulida por el rocío, y Elessar I de Gondor parecía tenso, como un arco, pero no inquieto o molesto. El hombre se aclaró la garganta y dio un solo paso adelante.

–Sabio Thranduil: Hace treinta años pisé tu bosque por primera vez, hice entonces una amistad que se fortaleció con el tiempo, las experiencias y el peligro compartido. Admiré a tu hijo, el Segundo Príncipe de Mirkwood, quien me ofreció su amistad y su consejo, fui hermano del gran arquero y espadachín que se destacó en la Batalla de los Cinco Ejércitos. Ahora, amo al guerrero y diplomático que estuvo a mi par en cada fase la Comunidad del Anillo y apoyó mis primeros tanteos como gobernante de la gran Gondor, heredera del reino de Númenor. Te pido por ello que sanciones nuestro amor y obsequies al mayor reino de hombres de la Tierra Media con un Príncipe Consorte sabio, valiente, honrado, y absolutamente hermoso, al cual veneraré hasta que deba dormir el sueño eterno de los Valar.

El rostro del padre de Legolas era impenetrable para los visitantes, pero sus hijos y súbditos podían leer en sus azules ojos la cercanía de una borrasca. Legolas lanzó una mirada de advertencia a su esposo y esperó en silencio.

–Atrevidas son en verdad tus palabras, Rey de los hombres. Ya sabía yo de tu extraña afición por mi hijo, pero no esperaba que trajeras tal cuestión ante mi juicio. Sin embargo, la oportuna intervención de mi primo Ferebrim me ahorra negarte de plano tu deseo. Solo puedo decir que haz llegado tarde.
–¿No piensas preguntarle a tu hijo hacia donde se inclina su corazón? –intervino Elrond.
–No es necesario, viejo amigo. Mi hijo ha sido muy bien educado, sabe a quién pertenecen su deber, su honor y su corazón. Es el Segundo Príncipe de este reino, pertenece por tanto al Rey, para entregarle a quien el Rey crea justo. ¿No es así Legolas?

El joven bajó los ojos y sonrió levemente, así que, después de todo, Ferebrim no se había soltado de lengua con su padre.

–Así es, padre. El Segundo Príncipe pertenece al Rey, al reino, a su deber. Es privilegio del heredero elegir libremente pareja, siempre guardar su corazón debe para su pueblo el resto de los hijos.
–Correcto –afirmó el padre– Y como mi hijo es un elfo noble y digno olvidará al Rey de Gondor y se enlazará con su primo Ferebrim.

Aragorn miraba asombrado a Legolas, pero el rubio levantó entonces el rostro y le dedicó una mirada divertida. Empezó a sacarse los guantes presuroso y el hombre entendió.

–Temo que no va a ser como dices, Majestad.
–Por supuesto que si, es mi hijo, y...
–Es tu hijo, en efecto, pero ya no es el Segundo Príncipe de Mirkwood. No escuchaste bien mis palabras de antes, creo. Pedí tu sanción a nuestro amor, porque nuestro amor ya está consumado.
–¡Ninguna ceremonia de los hombres tiene valor en este reino! –pero él levantó su mano para dejar ver la cicatriz que le recorría la palma.

Thranduil dejó caer su máscara de impasibilidad y volteó a su hijo menor. Legolas estaba de pie, y con dos pasos se plantó junto a su esposo. Elevó la mano en silencio.

–Esto es inaudito. –la voz casi se quiebra de furia– ¿Fuiste tú quién ofició la ceremonia, Elrond?
–¿Quién más? –respondió con toda calma el medio–elfo, que no se tomó el trabajo de levantarse– Me pediste que cuidara de tu hijo ¿no? Y el mío le trató con todas las consideraciones posibles.
–No puedes Legolas, no puedes... Tú sabes que no puedes casarte sin mi autorización.

Pero los ojos azules del hijo relampaguearon con decisión y su voz fue dura, reposada.

–Sí que puedo padre. Solo un adulto podía representar a los elfos en la Comunidad, y diste tu autorización para ello. Además, la tradición, que no la ley, advierte que los hijos menores deben guardar su corazón para el reino, pero yo ya no tengo corazón que dar, hace mucho que Estel lo posee.

El rostro del Rey se iba deformando por la furia ante las palabras de su hijo. La expresión se hizo tan amenazadora que Aragorn temió que saltara sobre ellos y abrazó a su esposo, a la vez que miraba desafiante a Thranduil.

–Ahora es el Príncipe Consorte de Gondor y Arnor. –dijo en tono de advertencia.
–E hijo adoptivo del Señor de Imladris. –apostilló Elrond con voz fría.
–Puede ser todo lo que queráis, pero sigue siendo un elfo con dos pretendientes y yo soy el juez de esta partida, por decisión de los tres involucrados. ¿Qué dice Ferebrim de todo esto?

Las miradas se dirigieron al sito donde el teleri estaba muy quieto. Le pareció a Legolas que, incluso, se encogía ante la actitud expectante de todas las personas de la sala. Los ojos del elfo vagaron de la segura apostura de la pareja, hacia la amenazante cara del Rey.

–Persisto. –pronunció al fin en un murmullo débil, apenas audible para los presentes, a pesar de sus agudos sentidos.
–Entonces deberemos retomar las antiguas tradiciones. –propuso Thranduil con el rostro nuevamente controlado, casi impasible– Ambos se enfrentarán en duelo, y el que venza detentará el enlace de ahora en adelante. ¿Satisfechos?

Legolas miró a su esposo inquieto, pero el hombre le acarició el cabello y le estrechó un poco más.

–Satisfecho. –replicó el ex–montaraz y dirigió una sonrisa lobuna a Ferebrim– ¿Lo hacemos a muerte?

TBC...

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