¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

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03 mayo, 2007

EL SEGUNDO REGRESO DEL REY 18

DONDE MAS DE DOS PROMETEN FIDELIDAD

–Esta vez, todo se hará de acuerdo con la tradición: junto al río, bajo la luz del sol.

La voz de Legolas es baja y alegre mientras explica a Frodo los detalles de la ceremonia a la que se dirigen.

–¿Por qué es tan importante el sol? Yo esperaba que las bodas élficas se oficiaran bajo las estrellas.

–El sol iluminará el corazón de los contrayentes en esta vida, las estrellas les guiarán en su camino a las Estancias de Mandos, cuando llegue el momento. –ante tal acertijo Frodo resopló por lo bajo y buscó paciencia muy adentro.

–Entiendo. Por eso tu... nuestra "reunión" de aquella noche, agitó tanto a Lord Elrond y a Estrella de la Tarde.

El Príncipe asintió en silencio, teme mencionar siquiera el tema sin estar seguro del paradero de Ferebrim.

Van caminando hacia el muelle por el exterior de la fortaleza, el mismo muelle desde donde saltara Bilbo sesenta años antes. A su alrededor se arremolinan los invitados, todos con complicados trajes de ceremonia. Sobre el agua se ha improvisado un ligero puente de juncos decorado con hiedra y flores de brillantes colores. Para los participantes se colocaron estrados en la orilla correspondiente al palacio, del otro lado hay una tienda donde esperan los prometidos, testigos y oficiantes.

Legolas se separó de su amigo para ir a sentarse en el centro, delante y un poco menos elevado que Thranduil.

Todo el lado derecho del estrado correspondía a los invitados de diversas regiones, y el de la izquierda a los parientes, así que el Segundo Príncipe se alegró al ver a los ocho hermanos de Maërys a su alrededor, aislándole de Ferebrim y los primos de Lindon. Desde su sitio observó a los otros miembros de la Comunidad, ligeramente envarados por el protocolo, tras tantos meses de viajes accidentados y repentinos combates.

Frodo trepó hasta su silla con dificultad, apoyado en Sam para mantener el equilibrio, al fin se sentó al lado de Aragorn y el antiguo jardinero ocupó el asiento en el nivel inmediatamente inferior, delante suyo y a la derecha de Pippin; al otro lado ya le esperaba Merry, con el uniforme de los jinetes de Rohan, y a su espalda Gimli, con una brillante coraza y el hacha de doble filo especialmente limpia.

A la izquierda del esposo de Legolas estaba su padre adoptivo, y debajo de él los gemelos. Lord Elrond, Señor de Imladris, nieto de Beren y Luthien, lugarteniente de Gid–Galad en la Ultima Alianza, era el invitado más importante de la fiesta, y ello estaba refrendado por su cercanía al asiento del Rey.

Legolas estudió detenidamente a Frodo: el sudor cubría su rostro y respiraba pesadamente, aunque solo había caminado unos metros. Tras secarse la cara con un pañuelo, el hobbit se presionó el hombro y apretó la mandíbula, como si intentara contener un dolor. Conque se trataba de la herida de la Cima de los Vientos, extraño, muy extraño. Sus ojos buscaron los de Aragorn en silencio, comprendió que el Rey también había reparado en la recaída del Portador y que las sospechas de ambos iban por las mismas direcciones.

Legolas sabía que tan repentina debilidad solo podía causarla la cercanía de otra hoja de Minas Morgul. Cualquier tipo de arma, con magia similar a la daga del Rey Brujo de Angmar, podría irritar la herida siempre abierta de Frodo. Evidentemente, el poseedor estaba sentado entre ellos, y aquel objeto maldito estaba oculto entre sus ropas. Pero ¿por qué llevar una hoja de Mordor a la boda de su hermano?

Para el Príncipe se acabó la tranquilidad: sintió como su cuerpo empezaba a tensarse ante la posibilidad del peligro y, en silencio, lamentó haber dejado arco y carjac en sus habitaciones, por suerte nunca se separaba de las dagas gemelas.

Aragorn, que no despegaba los ojos de Legolas, sonrió satisfecho al reconocer su discreta manera de aprestarse a la batalla. Apretó el puño sobre Anduril y se inclinó hacia su padre con fingida ligereza.

–Algo anda mal aquí.

El medio–elfo sonrió a su vez y extendió el borde de la capa hacia su hijo, cual si le explicara un detalle del bordado.

–Lo sé, ver el estado de Frodo es suficiente.

–¿Qué hacemos?

–Vigilar. Tal vez el dueño solo desea evitar que los sirvientes la descubran mientras asean las habitaciones.

Aragorn arqueó las cejas sorprendido: esa posibilidad era nueva para él. Elrond explicó su idea al sorprendido Rey.

–Entiendo que, para los de Lindon, una hoja de Morgul sea algo así como una reliquia maravillosa. Esos niños podrían no estar concientes de su significado y poder cabal.

–No por idiotas dejan de ser peligrosos. –repuso un tanto aliviado, pero aún molesto– Acabaron con la paz de mi esposo.

Los ojos de su padre relampaguearon de furia ante tal indiscreción.

–¡No vuelvas a usar esa palabra! Estas entre elfos Estel, no con esos sordos de tus cortesanos.

–De acuerdo, padre, de acuerdo. Pero aún así... ¿Quién traería semejante objeto al Bosque?

–Tal vez alguno de los escoltas del Rey de Spagaroth, los hombres son dados al pillaje. Y luego la ha vendido a uno de los muchachos de Círdan.

A Elessar le costaba cada vez más aparentar calma y felicidad ante las deducciones de Elrond. Nunca había apreciado demasiado a los súbditos de Círdan, cuyo valor parecía haberse agotado en la lejana, e inútil, Batalla de Fornost. Pero el portar una hoja de Minas Morgul, con intenciones agresivas o no, en una fiesta, era algo que superaba cualquier cota de insensatez conocida.

–¿Y solo lo habremos notado nosotros?

–Difícil saberlo. No todos aquí saben que la herida de Frodo fue inflingida por el mismísimo Rey de Angmar, ello es especialmente aplicable a los de Lindon. Te digo que todo es producto de la ignorancia.

Estas palabras, acompañadas de una tierna mirada, acabaron por tranquilizar al Rey de los Hombres. El diálogo se interrumpió justo a tiempo, porque ya el oficiante elevaba sus ojos al cielo para invocar la anuencia de los Valar en el enlace.

El resto de la ceremonia transcurrió sin sobresaltos, aunque siempre hubo algo para las anécdotas del futuro: para demostrar su ansiedad, el Príncipe Heredero levantó el velo de la novia antes de que el oficiante lo ordenara, de ese modo, Maërys pronunció sus votos con la cara descubierta, como si se tratara de un enlace entre simples elfos del campo.

Thranduil torció el gesto ante tal ruptura del protocolo, pero en lo más profundo de su corazón lo había previsto. Se revolvió incómodo, ¡en fin! Los jóvenes olvidan los significados ocultos de las tradiciones, corresponde a los viejos recordar. ¿Viejo? ¿Desde cuando pensaba en sí mismo de esa manera? Tal vez desde que empezara a soñar con el mar y escogiera esposo para Legolas. Sí, una vez que casara a Hojita Verde todo estaría terminado para él en la Tierra Media. Consideró la posibilidad de reclamarle al hijo el espectáculo, pero un vistazo a la pareja, que se acercaba a completar el rito con su bendición, apartó tal idea. Tanto Halladad como Maërys parecían satisfechos y eso era lo importante. ¿Acaso fuera, incluso, lo más importante?

Descendió despacio los escalones hasta hallarse frente a ellos. La respiración entrecortada de Maërys casi lo hace reír. Seguro la pobre chica aún temía que todo fuese un sueño. Puso una mano en la cabeza de cada contrayente y elevó una ligera plegaria. Comprendía el nerviosismo de Maërys muy bien, no todos los días la hija de un guardia de fronteras se eleva a Princesa Consorte de un reino élfico. Por mucho que, en pos de acallar su propia incomodidad, hubiera llenado a Maërys y sus hermanos de honores y títulos, ella era una advenediza, una simple, una elfa silvana, tal vez, incluso, tuviera en sus venas alguna gota de sangre de avari, de oscuridad. Pero Halladad le amaba, sin dudas, y habría sido capaz de huir a Lothorien o Imladris con tal de cumplir su voluntad.

La plegaria llegó a su fin y el Rey instó a su hijo y a su hija a ponerse en pie. Los jóvenes sonrieron a los invitados y giraron para iniciar la marcha hacia el pabellón dispuesto para la fiesta. Fueron seguidos por el Rey y el Segundo Príncipe, y luego, en dos filas ordenadas, los parientes e invitados, en estrecho orden jerárquico.

Para la fiesta diurna, Thranduil ordenó erigir un pabellón rectangular, con paredes de junco bellamente labradas y techos de lienzo teñido de alegres colores. La tienda ocupaba casi toda la explanada frente a la fortaleza y daba cobijo, perfectamente, a unas trescientas personas. Habían dispuesto las mesas a lo largo de dos lados, en el tercero estaban los músicos y fuentes de alimentos y bebidas, si es que los invitados deseaban escanciarse por sí mismos. En la esquina donde convergían las dos mesas estaba una pequeña y poco más elevada, para la Familia Real.

En cuanto los asistentes se acomodaron y los sirvientes empezaron su constante rumor de servilletas, platos y copas, la música élfica se elevó. Un hechizo pareció descender sobre todos y la paz se apoderó de sus almas.

Ese es el efecto de los primeros acordes de cualquier tema compuesto e interpretado por los hijos de las estrellas, mas, a los pocos minutos, el que escucha toma conciencia del hechizo y puede elegir si abandonarse al instante de felicidad absoluta o seguir escuchando, consciente de lo ocurre alrededor. Entre los invitados hubo quienes eligieron la música y quienes eligieron estar despiertos, pero ninguno eligió dejar de probar las viandas y licores que les presentaban.

Al poco tiempo la celebración se animó, pues Halladad y Maërys abandonaron su mesa y bailaron en estrecho abrazo. Como si fuera una señal las parejas inundaron la pista y pronto jóvenes y viejos demostraban que la ligereza y habilidad de los elfos no es útil solo en la batalla.

Thranduil contemplaba a los bailarines con satisfacción, mucho había sufrido su pueblo, y no todo estaba culminado, pero esta era una hora de descanso, de recordar las razones para la lucha contra las criaturas oscuras. Solo una insolencia demasiado notable para ignorarla le estropearía el día, pensó, pero enseguida se arrepintió de haber tentado a la suerte: Aragorn se aproximaba a su mesa.

–La mejor de las suertes de deseo con esta nueva hija, Majestad.

–Gracias, Rey de Gondor. Espero que la celebración satisfaga tus cultivados gustos.

–En efecto, la satisface. Me he prometido llevar algo de todo esto a mi reino, para que pueda prosperar.

–¿De veras? ¿Tomarás una lista de recetas de cocina, o copiarás las partituras que se interpreten en esta jornada?

–Quizá, quizá, pero lo primero es tener quién explique toda esta maravilla a los hombres de Gondor.

El Rey del Bosque mantuvo la fría sonrisa que exige la cortesía, pero sintió la sangre correr apresurada dentro de sí, casi al borde del estallido.

–Lord Elrond me habló de la colonia de Ithilien, en efecto, dicen que era un lugar espléndido antes de la decadencia de tu país. No dudo de que Lady Arwen obtenga grandes logros allí, ya que tiene la inmortalidad para sembrarlo.

–Arwen no estará sola, espero que alguno de vuestros súbditos se animen en la empresa. Siempre aprecié sobremanera a los elfos del Bosque Negro, por su entereza ante la Sombra.

–Mi querido niño, aún cuando el Oscuro ha caído, no es este el sitio para mencionarle. Estamos celebrando el enlace de mi heredero. Hablaremos de negocios pasado mañana, cuando despertemos de la fiesta.

–Como usted diga Majestad. –el hombre giró hacia Legolas y, con un descaro que quito el aliento a más de un en el salón, presentó su brazo al Príncipe– ¿Bailamos?

Legolas compartía el asombro de otros espectadores, pero reaccionó a tiempo para impedir que su padre interviniera. Soltó su copa de vino y tomó la mano del hombre con firmeza, como si le hiciera falta apoyo para salir a la explanada. Una vez allí nada los detuvo:

Legolas dejó de lado el poco empaque que, como Príncipe, se exigía y casi flotó; la risa del hombre, baja y ligera, se extendió por el pabellón, entrelazada con los acordes de la orquesta; sus brazos y torsos se fundieron en absoluta coordinación; los giros, saltos, palmadas, separaciones y encuentros, fueron hechos con tal vivacidad que parecían creados para la ocasión. En poco tiempo, Aragorn y Legolas se olvidaron de los invitados, de Thranduil, de Ferebrim. Bailaban Su Baile de Bodas, bailaban su feliz soledad, como habían estado forzados en cada paso de aquella relación.

El resto de los bailarines se detuvo poco a poco, arrobados en la contemplación de la pareja. Lo que ocurría entre esos dos estaba más que claro para los elfos, pero ahora hasta los hombres del lago sabían donde estaban las ambiciones del último hijo de Elros. Un amplio círculo se había formado para admirar no solo el amor, sino la maestría del baile, y en primera fila estaban los recién casados.

–Creo que es el momento oportuno para partir a la recámara –ronroneó Maërys.

–Aún no, pequeña, no ha pasado ni una hora y a mi padre no le gustaría. Déjame verlos bailar. –y la estrechó un poco más, para calmarle.

Ella asintió y se concentró en la danza por breves instantes.

–Realmente tu hermano es muy bueno. –comentó– Si me hubiera enamorado de él, mi noviazgo habría sido mucho más divertido.

Halladad deslizó una mano entre las telas y pellizcó a su esposa.

–¿Qué insinúas? –susurró con fingida dureza.

–¡Nada Majestad! –respondió la muchacha con un mohín de humildad y ojos sonrientes– Solo señalaba los diferentes talentos que adornan a su Alteza y a su hermano.

Un poco más a la izquierda, tres de los hobbits también habían logrado escurrirse entre las piernas de los espectadores para alcanzar posiciones ventajosas.

–Bueno, parece que Legolas y Trancos se han arreglado ¿no?

–Si Pippin, se han arreglado demasiado bien.

–¿Demasiado, Merry? ¡Yo diría que absolutamente! Oye Sam, ¿Frodo sabía algo de esto?

–No lo sé señor Peregrim, el señor Frodo no me lo cuenta todo, ¿entiende usted?

–Si, entiendo que esos dos no han estado engañando con el cuento de la "amistad entre guerreros".

–Pues ya tienes qué hacer cuando llegues a casa Pippin.

–No te entiendo Merry.

–Para que no te vuelvan a engañar puedes releer todas las crónicas antiguas con otra perspectiva. Sin duda será un trabajo "muy agotador".

El joven Tuk torció un poco el gesto ante el comentario de su primo, pero volvió a concentrarse en la danza y, simplemente, dejó de pensar en él. Para los hobbits, el baile siempre es un espectáculo fascinante, incluso la sutil danza guerrera que interpretaban ahora, fuera de sus naturalezas o intereses. Pero a Sam le costaba concentrarse, algo en el pecho la latía en la dirección incorrecta, así que se escurrió y marchó en busca de Frodo.

Lo halló resoplando pesadamente, a mitad de camino entre las mesas y el corro que ocultaba a la pareja del momento. Frodo se apretaba el hombro convulsivamente a la vez que intentaba mantener el equilibrio.

–¿Necesita ayuda señor Frodo?

–Creo que si Sam, deseo ver a nuestros amigos bailando.

–Apóyese en mi entonces.

El jardinero lo condujo despacio junto a Merry y Pippin, y, por un rato, los cuatro contemplaron en silencio al viejo Trancos y al ligero Legolas, solo uno dentro del torbellino de luz y música.

La melodía cambió y hubo un alto, Aragorn desenvainó Anduril, Legolas sus dagas gemelas. El Príncipe hizo un gesto de invitación a los recién casados y estos se acercaron sonrientes: Halladad con su espada ceremonial en la mano, Maërys, libre de velos y adornos redundantes, tomó una de las dagas de su cuñado. La danza era un simulacro de conquista y rendición.

–Esos dos se aman, no hay dudas.

–¿Cuáles dos, Pippin?

–Sabes muy bien de quiénes hablo Frodo, de nuestros amigos. Y tú lo sabías.

–Lo sabía, sí, pero se guardar secretos, a diferencia de la mayoría de los hobbits.

–Eso es lo que no entiendo. Aragorn no se casó con Arwen, ahora sabemos por qué. Entonces ¿cuál es la razón para ocultar su amor por Legolas?

–Tal vez ¿el sexo de ambos? –aventuró Merry.

–Eso no le importa a los elfos, lo aprendimos desde la estancia en Rivendel.

–Pippin, a los elfos no les importa, pero Aragorn no es un elfo, sino un hombre, y es el Rey. Tiene obligaciones que cumplir.

–Cierto, cierto... Es nuestro Rey también ¿no? Quiero decir, ¿La Comarca no es parte del Reino Perdido de Arnor?

–Lo es, y dentro de un tiempo verás reconstruir Fornost y otras ruinas casi olvidadas –la voz de Frodo se tornó soñadora– Entonces se abrirá nuevamente el Camino Verde, y los mensajeros del Rey vendrán al norte, y habrá un tránsito constante y las criaturas malignas serán expulsadas de las regiones desiertas. En verdad, con el paso del tiempo, los eriales dejarán de ser eriales, y donde antes hubo desiertos y tierras incultas habrá gentes y praderas. La gente cambiará mucho en unos años, lo verán ustedes, ya no tendremos que ocultar muchas cosas y otras, incluso, serán dejadas en desuso.

–Haz hablado demasiado con Gandalf y Trancos mi amigo. –comentó Merry ante tal parrafada, pero Frodo no le oía, pues toda su atención estaba dedicada a Sam.

–¿Estás llorando? –susurró.

–Un poco, solo un poco Señor Frodo.

–Ya no tienes que llamarme así.

Sam se encogió de hombros.

–Es la costumbre, supongo.

–No debemos fingir más, querido Sam, puedes llamarme Frodo. ¿Es mucho pedir?

–De acuerdo –hecho una rápida mirada alrededor, pero todos estaban admirados con los rápido choques de las hojas–, Frodo.

–Y ¿por qué llorabas?

–Nada, pensaba en la Comarca, algo me dice que nuestra aventura aún no acaba.

–¿En la Comarca en general?

Sam se sonrojó y dejó caer los párpados, pero sintió la intensa mirada del Portador del Anillo sobre él, sin descanso.

–También pensaba... –suspiró– pensaba en Rosita Coto.

–Rosita Coto y sus hermosas cintas de colores ¿no? Recuerdo tus palabras en el Monte del Destino.

El chico alzó los ojos temeroso, pero la suave sonrisa de Frodo le tranquilizó bastante.

–Yo... es como si... yo te quiero Frodo, mucho, pero... estoy partido en dos... Rosita es... No se si me entiendes.

–La verdad es que, para cualquier otra persona, sería difícil entender tan entrecortadas razones. –estrechó la mano de Sam de repente y la risa se le borró.

Sam reconoció, en la quijada contraída y las pupilas dilatadas, el reclamo de la herida del Espectro.

–Llévame a un sitio discreto –alcanzó a pedirle Frodo entre dientes– no quiero dar un espectáculo.

Se deslizaron entre los invitados, con esa habilidad inherente a los hobbits que, de algún modo, les vincula con los elfos. Al fin hallaron refugio bajo la mesa del buffet y Frodo se tendió cuan largo era, con la cabeza apoyada en las rodillas de Sam. El jardinero le separó el pelo de la frente húmeda con un gesto tierno y contuvo las ganas de besarlo, se limitó a acariciarle las mejillas a la espera de que el Portador del Anillo recuperase el aliento.

–¿Estás bien?

Una sonrisa triste surco el rostro de Frodo

–No, pero no importa. Lord Elrond dijo que nunca sanaría –con un gesto rápido atrapó la mano de Sam y la mantuvo en su frente–, debo admitir que así, es más llevadero.

–Si quieres nos vamos.

–¡No!, los espectros no me apartarán de mis amigos. Bastará con unos minutos a tu lado. Volvamos a nuestro asunto.

–Oh, ¿nuestro asunto? ¿Te refieres a Rosita?

–Si, es que... –Frodo se levanta de repente y busca los ojos de su compañero– Sam ¿lo nuestro fue solo parte del viaje? ¿Se acabó con el Anillo?

La voz del chico es una extraña mezcla de asombro y dolor que tranquiliza al sobrino de Bilbo, pero le hace sentir algo miserable por las dudas de su corazón.

–¿Cómo puedes pensar eso Frodo? Te amo desde hace tanto... ¡Fuiste mi gran sueño de adolescente!

–¿Y Rosita?

–¡Es distinto! Rosita es mi prima: la muchacha con la que descubrí el sexo; la soñadora eterna que no se avergüenza de tener a dos pequeños sin padre; la alegre dispensadora de la barra; mi confidente en los años que fuiste un simple sueño; y también, también alguien necesitada de afecto, como yo antes de este viaje. Me casaría por protegerla, por devolverle mucho de lo que me ha dado en secreto. Tu lo oíste en aquel infierno de lava: "Si me hubiera casado con alguien, habría sido con Rosita", esas, y no otras, fueron mis palabras.

El trigueño asiente, ha vuelto a dejarse caer sobre las piernas de Sam y, desde allí, se le antoja especialmente bello su perfil.

–Entonces hazlo. –susurra en un frío tono, ensayado desde Minas Tirith.

Ahora la sorpresa del otro es absoluta.

–¿Casarme? ¿Por qué, si te tengo a ti?

–Es lo mejor Sam, seré feliz viéndoles vivir en paz.

–Frodo, eso no fue lo que acordamos durante el viaje. En los Campos de Gorgorth ¿recuerdas? Todo era sombrío, pero nos prometimos estar juntos por siempre.

–¡Pensé que moriríamos Sam! Fui egoísta. Cuando hable de estar juntos, pensaba en llegar hasta el Monte del Destino. Yo no esperaba sobrevivir para condenarte ¿entiendes?

–¡Pero yo sí! Yo pronuncié ese compromiso pensando en Hobbiton, en los campos de cebada por donde caminaríamos juntos. No me puedes dejar ahora Frodo, no puedes decir que todo fue culpa del Anillo.

–Y no lo diré. Es verdad lo que siento por ti: deseo que seas feliz, que seas un hobbit pleno, respetado en la Comarca. Lo mejor para mantenerte en esa senda es Rosita.

–No, eres tú.

–No tardaré en morir Sam. ¡Lo sé! Soy un hobbit viejo antes de tiempo, herido por el maldito Rey de Angmar y con un vacío en el sitio del Anillo. Aún cuando esta no fuera una relación escandalosa, ya no soy pareja para ti.

–Si te escucho y regreso a la Comarca como si nada, a Rosita, te estaré traicionando y Gandalf no eligió a un traidor para protegerte. ¿Por quién me tomas? El dijo que no te perdiera de vista y no pienso hacerlo, ni ahora, ni nunca.

Frodo le contempla asombrado, más que las palabras de Sam le impresiona su seguridad, una seguridad de acero que irrumpe en su corazón. Los argumentos que había ensayado para acallar los sentimientos de ambos se desmoronan ante esa mirada firme, preocupada, sensual.

Al cabo, se permite sonreír.

–Eres tozudo.

Sam se relaja, pues reconoce, en el tono conciliatorio, la renuncia al disparatado plan.

–Si, lo soy. Creí que te gustaba así.

–En cuanto lleguemos a casa, le pediré al Tío que te sacuda.

–No importa. Me puede sacudir cada viejo jardinero sordo de la Comarca, cada primo metido en la vida ajena, cada parroquiano del Dragón Verde: te seguiré amando, Frodo Bolson.

Ante esas palabras y esa límpida mirada, Frodo sintió que haber perdido a su Precioso no era, en verdad, tan terrible; incluso la herida del hombro disminuyo su molestia. Tomó la mano que reposaba en su mejilla y la besó con devoción.

–Yo también te amo, Sam Ganyi.

TBC...

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