¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

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14 mayo, 2007

EL SEGUNDO REGRESO DEL REY 25

La limpieza de la Comarca I

Había caído la noche cuando, empapados y rendidos de cansancio, los viajeros llegaron por fin al puente del Brandivino. Lo encontraron cerrado: en ambas cabeceras del puente se levantaban grandes puertas enrejadas y coronadas de púas. Vieron que del otro lado del río habían construido algunas casas nuevas: de dos plantas, con estrechas ventanas rectangulares, desnudas y mal iluminadas, todo muy lúgubre, y para nada en consonancia con el estilo característico de la zona.

Golpearon con fuerza la puerta exterior y llamaron a voces, pero al principio no obtuvieron respuesta; de pronto, ante el asombro de los recién llegados, alguien sopló un cuerno, y las luces se apagaron en las ventanas. Una voz gritó en la oscuridad:

— ¿Quién llama? ¡Fuera! ¡No pueden entrar! ¿No han leído el letrero: Prohibida la entrada entre la puesta y la salida del sol?
—No podemos leer el letrero en la oscuridad —respondió Sam a voz en cuello—. Y si en una noche como ésta, hobbits de la Comarca tienen que quedarse fuera bajo la lluvia, arrancaré tu letrero tan pronto como lo encuentre.

En respuesta, una ventana se cerró con un golpe, y una multitud de hobbits provistos de linternas emergió de la casa de la izquierda. Abrieron la primera puerta y algunos de ellos se acercaron al puente. El aspecto de los viajeros pareció amedrentarlos.

—¡Acércate! —dijo Merry, que había reconocido a uno de los hobbits—. ¿No me reconoces, Hob Guardacercas? Soy yo, Merry Brandigamo, y me gustaría saber qué significa todo esto, y qué hace aquí un Gamuno como tú. Antes estabas en la Puerta del Cerco.
—¡Misericordia! ¡Si es el señor Merry, y en uniforme de combate! —exclamó el viejo Hob—. ¡Pero cómo, si decían que estaba muerto! Desaparecido en el Bosque Viejo, eso decían. ¡Me alegro de verlo vivo, de todos modos!
—¡Entonces acaba de mirarme boquiabierto espiando entre los barrotes, y abre la puerta! —dijo Merry.
—No le hará bien a nadie hablando de esa manera —dijo uno—. Llegarán a oídos de él. Y si meten tanta bulla despertarán al Hombre Grande que ayuda al Jefe.
—Lo despertaremos de una forma que lo sorprenderá —dijo Merry—. Si lo que quieres decir es que ese maravilloso Jefe tiene rufianes a sueldo venidos quién sabe de dónde, entonces no hemos regresado demasiado pronto.

Pippin y Merry se apearon de un salto y andaron hasta la puerta, no tan grande para ellos. El caballero de Rohan, al ver el letrero a la luz de las linternas, lo arrancó y arrojó del otro lado de la puerta. Los hobbits retrocedieron, sin dar señales de decidirse a abrir.

—Adelante, Pippin —dijo Merry—. Con nosotros dos bastará.

Ambos se encaramaron a la puerta, y los hobbits huyeron precipitadamente. Sonó otro cuerno. En la casa más grande, la de la derecha, una figura pesada y corpulenta se recortó bajo la luz del portal.

— ¿Qué significa todo esto? —gruñó, mientras se acercaba—. Conque violando la entrada ¿eh? ¡Largo de aquí o los acogotaré a todos! —se detuvo de golpe, al ver el brillo de las espadas.
—Bill Helechal —dijo Merry—, si dentro de diez segundos no has abierto esa puerta, tendrás que arrepentirte. Y cuando la hayas abierto te irás por ella y no volverás nunca más. Eres un rufián y un bandolero.

Helechal, acobardado, se arrastró hasta la puerta, la abrió y corrió a todo lo que daban sus torcidas piernas. Los hobbits todavía parecían inquietos, pues era evidente que se estaba quebrantando alguna norma; pero era imposible tratar de contradecir a cuatro viajeros tan autoritarios, todos armados por añadidura, y dos de ellos excepcionalmente altos y fornidos. Frodo ordenó que volvieran a cerrar las puertas: parecía justificado montar guardia mientras hubiese bandidos merodeando.

Los cuatro compañeros entraron en la casa de los guardianes y se instalaron lo más cómodamente que pudieron. Era desnuda e inhóspita, con un hogar miserable en el que el fuego siempre se apagaba. En los cuartos de la planta alta había pequeñas hileras de camastros duros, y en cada una de las paredes un letrero y una lista de Normas. Merry los arrancó de un tirón. No tenían cerveza y muy poca comida, pero compartieron lo que traían y todos disfrutaron de una cena aceptable. Pippin quebrantó la Norma 4 poniendo en el hogar la mayor parte de la ración de leña del día siguiente.

—Bueno ¿qué les parece si fumamos un poco mientras nos cuentan las novedades de la Comarca? –dijo.
—No hay hierba para pipa ahora —explicó Hob—; y la que hay, se la han guardado los Hombres del Jefe. Todas las reservas parecen haber desaparecido. Lo que hemos oído es que carretones enteros de hierba partieron por el Camino Verde desde la Cuaderna del Sur, a través del Vado de Sarn. Eso fue al final del año pasado, después de la partida de ustedes. Pero ya antes la habían estado sacando en secreto de la Comarca, en pequeñas cantidades. Ese Otho...
—¡Está bien, está bien! —interrumpió Sam—. Es suficiente. No quiero saber nada más. Ni bienvenida, ni cerveza, ni hierba para pipa, y un montón de normas y de cháchara digna de los orcos. Esperaba descansar, pero por lo que veo tenemos afanes y problemas por delante. ¡Vamos a dormir y olvidémonos de todo hasta mañana!

Y se tendieron en el suelo sobre sus capas y equipajes. Sam muy pegado a Frodo, pero los anfitriones nada comentaron, ya que en verdad era fría la casa y el señor Bolson, aunque enérgico, parecía afiebrado y débil de cuerpo.
A la mañana siguiente debatieron qué hacer mientras tomaban un escaso desayuno. Hasta el descubrimiento de la puerta, las Normas y Bill Helechal, pensaban de algún modo en ir todos juntos a Cricava, y descansar allí un tiempo. Ahora, sin embargo, viendo cómo estaban las cosas, decidieron ir directamente a Hobbiton. Así pues, tomaron el camino, y marcharon a un trote lento pero constante. Aunque el viento había amainado, el cielo seguía gris, y el país tenía un aspecto triste y desolado. Era evidente que el nuevo «Jefe» tenía medios para enterarse de las novedades. Frodo y sus amigos no tardaron en descubrirlo. Desde el Puente hasta Bolson Cerrado había unas cuarenta millas largas, pero alguien las había recorrido a gran velocidad.;

Al caer de la tarde llegaron a las cercanías de Los Ranales, pero cuando llegaron al extremo este de la aldea, encontraron una barrera con un gran letrero que decía Camino Cerrado; y detrás de la barrera un nutrido pelotón de Oficiales de la Comarca provistos de garrotes y con plumas en los sombreros. Tenían una actitud arrogante y al mismo tiempo temerosa.

—¿Qué es todo esto? –dijo Frodo, casi tentado de soltar la carcajada.
—Es lo que es, señor Bolson –dijo el Jefe de los Oficiales, un hobbit con tres plumas—. Están ustedes arrestados por Violación de Puerta, y por Destrucción de Normas, y por Ataque a Guardianes, y por Transgresiones Reiteradas, y por Haber Pernoctado en los Edificios de la Comarca sin Autorización, y por Sobornar a los Guardias con Comida.
—¿Y qué más? —preguntó Frodo.
—Con esto basta para empezar.
—Si usted quiere, yo podría agregar algunos motivos más –se adelantó Sam– Por Insultar al Jefe, por Tener Ganas de Estamparle un Puñetazo en la Facha Granujienta, y por Pensar que los Oficiales de la Comarca parecen una tropilla de Fantoches.
—Oiga, don, ya basta. Por orden del Jefe tienen que acompañarnos sin chistar. Ahora los llevaremos a Delagua y los entregaremos a los Hombres del Jefe; y cuando él se haya ocupado del caso, podrán decir lo que tengan que decir. Pero si no quieren quedarse en las Celdas demasiado tiempo, yo si fuera ustedes pondría punto en boca.
Ante la decepción de los Oficiales de la Comarca, Frodo y sus compañeros estallaron en carcajadas.
— ¡No sea ridículo! —dijo Frodo con ojos reverberantes—. Yo voy a donde me place, y cuando se me da la gana. Y da la casualidad que ahora iba a Bolson Cerrado por negocios, pero si insisten en acompañarnos, bueno, es asunto de ustedes.
—Muy bien, señor Bolson —dijo el jefe, empujando hacia un lado la barrera—. Pero no olvide que está bajo arresto.
—No lo olvidaré —dijo Frodo—. Jamás. Pero quizá pueda perdonarlo. Y ahora, porque no pienso ir más lejos por hoy, si tiene la amabilidad de escoltarme hasta El Leño Flotante, le quedaré muy agradecido.
—No puedo hacerlo, señor Bolson. La posada está clausurada. Hay una Casa de Oficiales de la Comarca en el otro extremo de la aldea. Los llevaré allí.
—Está bien —dijo Frodo—. Vayan ustedes delante, y nosotros los seguiremos.

Pernoctaron en otra Casa de Oficiales de la Comarca fría y mal amueblada. La verdad, fue una comitiva bastante cómica la que partió al amanecer, si bien los contados habitantes que salieron a admirar el «atuendo» de los viajeros no parecían estar muy seguros de si les estaba permitido reírse. Una docena de Oficiales de la Comarca habían sido designados para escoltar a los «prisioneros»; pero Merry los obligó a caminar delante, Frodo y los otros los siguieron cabalgando. Merry, Pippin y Sam, sentados a sus anchas, iban riéndose y charlando y cantando, mientras los oficiales avanzaban solemnes, tratando de parecer severos e importantes. Frodo, en cambio, iba en silencio, y tenía un aire triste y pensativo.

Al cabo de un rato, el caballero de Gondor creyó que debían apresurarse, o les tomaría demasiado tiempo el viaje. A partir de ese momento los jinetes marcharon a un trote bastante acelerado, como para obligar a los oficiales a seguirlos a todo correr. Salió el sol, y a pesar del viento frío pronto estaban sudando y resollando. En la Piedra de las Tres Cuadernas los oficiales se dieron por vencidos. Habían caminado casi catorce millas con un solo descanso, eran las tres de la tarde. Estaban hambrientos, tenían los pies hinchados y doloridos: no podían seguir a ese paso.

— ¡Y bien, tómense todo el tiempo que necesiten! —dijo Merry—. Nosotros continuamos.
—Esto es una infracción, una infracción al arresto —dijo el Jefe con desconsuelo—, y no respondo por las consecuencias.
—Todavía pensamos cometer muchas otras infracciones, y no le pediremos que responda —dijo Pippin—. ¡Buena suerte!

Continuaron al trote, y cuando el sol empezó a descender hacia las Lomas Blancas, lejano sobre la línea del horizonte, llegaron a Delagua y al gran lago de la villa; allí recibieron el primer golpe verdaderamente doloroso. Eran las tierras de Frodo y de Sam, y ahora sabían que no había en el mundo un lugar más querido para ellos. Muchas de las casas que habían conocido ya no existían. Algunas parecían haber sido incendiadas. La encantadora hilera de negras cuevas hobbits en la margen norte del lago parecía abandonada, y los jardines que antaño descendían hasta el borde del agua habían sido invadidos por las malezas. Peor aún, había toda una hilera de lóbregas casas nuevas a la orilla del lago, a la altura en que el camino de Hobbiton corría junto al agua. Allí antes había habido un sendero con árboles. Ahora todos los árboles habían desaparecido. Y cuando miraron consternados el camino que subía a Bolson Cerrado, vieron a la distancia una alta chimenea de ladrillos. Vomitaba un humo negro en el aire del atardecer. Sam estaba fuera de sí.

En la aldea de Delagua, todas las casas y las cavernas estaban cerradas y nadie salió a saludarlos. Esto les sorprendió, pero no tardaron en descubrir el motivo. Cuando llegaron a El Dragón Verde, el último edificio del camino a Hobbiton, ahora desierto y con los vidrios rotos, les alarmó ver una media docena de hombres corpulentos y malcarados que holgazaneaban, recostados contra la pared de la taberna; tenían la piel cetrina, la mirada torcida y taimada.

—Como aquel amigo de Bill Helechal, en Bree —dijo Sam.
—Como muchos de los que vi en Isengard —murmuró Merry.

Los bandidos empuñaban garrotes y llevaban cuernos colgados del cinturón, pero por lo visto no tenían otras armas. Al ver a los viajeros se apartaron del muro, y atravesándose en el camino, les cerraron el paso.

— ¿A dónde creéis que vais? —dijo el más corpulento y de aspecto más maligno—. Para vosotros, el camino se interrumpe aquí. ¿Y dónde están esos bravos oficiales?
—Vienen caminando despacio —dijo Merry—. Con los pies un poco doloridos, quizá. Les prometimos esperarlos aquí.
—Garn ¿qué os dije? —dijo el bandido volviéndose a sus compañeros—. Le dije a Zarquino que no se podía confiar en esos pequeños imbéciles. Tenían que haber enviado a algunos de los nuestros.
—¿Y eso en qué habría cambiado las cosas? —dijo Merry—. En este país no estamos acostumbrados a los bandoleros, pero sabemos cómo tratarlos.
—Bandoleros ¿eh? No me gusta nada ese tono. O lo cambias, o te lo cambiaremos. A vosotros, la gente pequeña, se os han subido los humos a la cabeza. No confiéis demasiado en el buen corazón del Jefe. Ahora ha venido Zarquino, y él hará lo que Zarquino diga.
—Sí, entiendo —dijo Frodo—. Para empezar, entiendo que estáis atrasados, atrasados de noticias. Han sucedido muchas cosas desde que abandonasteis el Sur. Tu tiempo ya ha pasado, y el de todos los demás rufianes. La Torre Oscura ha sucumbido, y en Góndor hay un Rey. Isengard ha sido destruida y vuestro preciado amo es ahora un mendigo errante en las tierras salvajes. Me crucé con él por el camino. Ahora serán los mensajeros del Rey los que remontarán el Camino Verde, no los matones de Isengard.
El hombre le clavó la mirada y sonrió.
—¡Un mendigo errante de las tierras salvajes! —dijo con sarcasmo—. ¿De veras? Pavonéate si quieres, renacuajo presumido. De todas maneras no pensamos movernos de este amable país donde ya habéis holgazaneado de sobra. ¡Mensajeros del Rey! —Chasqueó los dedos en las narices de Frodo.— ¡Mira lo que me importa! Cuando vea uno, tal vez me fije en él.

Aquello colmó la medida para Pippin. ¡Este rufián de mirada oblicua que se atrevía a tildar de «renacuajo presumido» al Portador del Anillo! Echó atrás la capa, desenvainó la espada reluciente, y la plata y el sable de Gondor centellearon cuando avanzó montado en el caballo.

—Yo soy un mensajero del Rey —dijo—. Le estás hablando al amigo del Rey, y a uno de los más renombrados en todos los países del Oeste. Eres un imbécil. Ponte de rodillas en el camino y pide perdón, o te traspasaré con este acero, perdición de los trolls.

La espada relumbró a la luz del poniente. También Merry y Sam desenvainaron las espadas, y se adelantaron, prontos a respaldar el desafío de Pippin; Frodo no se movió, pero su mirada dura, casi inhumana, les amedrentó. Los bandidos retrocedieron, hasta entonces se habían limitado a amedrentar e intimidar a los campesinos de Bree, y a maltratar a los azorados hobbits. Hobbits temerarios, de espadas brillantes y miradas torvas eran una sorpresa inesperada, y las voces de estos recién llegados tenían un tono que ellos nunca habían escuchado. Los helaba de terror.

— ¡Largaos! —dijo Merry—. Si volvéis a turbar la paz de esta aldea, lo lamentaréis.

Avanzaron, los bandidos dieron media vuelta y huyeron despavoridos por el Camino de Hobbiton; pero mientras corrían hicieron sonar los cuernos.En cuanto se perdieron de vista, los amigos envainaron sus armas. Pippin se quedó mirado a su alrededor con expresión evaluativa y se volvió hacia Frodo.

–¿Sabes? No será tan fácil amedrentarlos de nuevo. Esta vez los tomamos por sorpresa. ¿Oíste sonar los cuernos? Es indudable que andan otros por las cercanías. Y cuando sean más numerosos, se sentirán mucho más audaces. Tendríamos que buscar algún sitio donde refugiarnos esta noche. Al fin y al cabo no somos más que cuatro, aunque estemos armados.
—Se me ocurre una idea —dijo Sam—. ¡Vayamos a casa del viejo Tom Coto, allá abajo, en el Sendero del Sur! Siempre fue de agallas. Y tiene un montón de hijos que toda la vida fueron amigos míos.
Frodo le lanzó una mirada interrogante a Sam y este se sonrojó un poco, pero no retiró la propuesta.
— ¡No! —dijo Merry—. No tiene sentido «refugiarse». Eso es lo que la gente ha estado haciendo, y lo que a los bandidos les gusta. Caerán sobre nosotros en pandilla, nos acorralarán, y nos obligarán a salir por la fuerza; o nos quemarán vivos. No, tenemos que hacer algo, y pronto.
— ¿Hacer qué? —dijo Pippin.
—¡Sublevar a toda la Comarca! —dijo Merry—. ¡Ahora! ¡Despertar a todo el mundo! ¡Es evidente! ¿No? Todos, excepto tal vez uno o dos bribones, y unos pocos imbéciles que quieren sentirse importantes, pero que en realidad no entienden nada de lo que está pasando. Todos desean librarse de esos tipos y del Jefe, pero la gente ha vivido tan cómoda y tranquila durante tanto tiempo que no sabe qué hacer. Sin embargo, una chispa bastará para encender todos los ánimos. Los Hombres del Jefe tienen que saberlo. Tratarán de aplastarnos y eliminarnos rápidamente. Nos queda muy poco tiempo. –se volvió al jardinero– Sam, ve tú de una corrida a la Granja de Coto, si quieres. Es el personaje más importante de por aquí, y el más decidido. Yo voy a tocar el cuerno de Rohan, y les haré escuchar una música como nunca en la vida habían oído.

Cabalgaron de regreso al centro de la aldea. Allí Sam dobló y partió al galope por el sendero que conducía al sur, a casa de los Coto. Frodo lo siguió con la vista, en cierto punto, Sam detuvo abruptamente su cabalgadura y se volvió, sus miradas se cruzaron, la de Gamyi era claramente interrogativa.

—¡Adelante, muchacho! ¡Adelante! —le gritó Frodo—, solo regresa pronto.

Sam asintió enérgicamente y espoleó al poney. Un instante después Merry sacó del fondo de su pecho el Toque de Alarma de Los Gamos. El sonido se elevó, estremeciendo el aire. Sam oyó a sus espaldas una batahola de voces y el estrépito de puertas que se cerraban de golpe. Delante de él se encendían luces en el anochecer; los perros ladraban; había rumor de pasos precipitados. No había llegado aún al fondo del sendero, cuando vio al granjero Coto que corría a encontrarlo acompañado por tres de sus hijos, el joven Tom, Alegre y Nic. Llevaban hachas, y le cerraron el paso.

— ¡No! No es uno de esos bandidos —dijo la voz grave del granjero—. Por la estatura parece un hobbit, pero está vestido de una manera estrafalaria. ¡Eh! ¿Quién eres, y a qué viene todo este alboroto?
—Soy Sam, Sam Gamyi. Estoy de vuelta.
El granjero Coto se le acercó y lo observó.
— ¡Bien! La voz es la misma, y tu cara no se ve peor de lo que era, Sam. Pero no te habría reconocido en la calle, con esa vestimenta. Has estado por el extranjero, dicen. Te dábamos por muerto.
—¡Eso sí que no! —dijo Sam—. Ni tampoco el señor Frodo. Ya estamos aquí y esa es la causa de todo el alboroto. Queremos sublevar a la población de la Comarca. Vamos a echar de aquí a todos esos rufianes, y también al Jefe que tienen. Ya estamos empezando.
—¡Bien, bien! —exclamó el granjero Coto—. ¡Así que la cosa ha empezado, por fin! De un año a esta parte, me ardía la sangre, pero la gente no quería ayudar. Y yo tenía que pensar en mi mujer y en mis hijos. ¡Vamos ya, muchachos! ¡Delagua se ha rebelado! ¡Tenemos que estar allí!
—Pero... ¿y la señora Coto, y Rosita? —dijo Sam—. No es prudente dejarlas solas.
El señor Coto lo miró como si recién lo conociera, luego habló apresurado, escupiendo las palabras.
–Mi señora estará bien, Nibs está ahí. De Rosita no se nada.
–¿¡Cómo!? –Sam rogaba por haber escuchado mal.
–¡Que no se nada de ella! Poco después de que ustedes se fueron, descubrí que tenía otra criatura en camino. Le exigí el nombre del responsable, pero apretó los labios y no dijo nada ni con amabilidades ni con golpes. Se fue, creo que a Los Gamos.
Sam sintió ganas de arrancarle la cabeza a aquel mal nacido, pero se contuvo y cambió de tema.
–También quiero ver al Tío. ¿Sabe qué ha sido de él, señor Coto?
—No está ni demasiado bien ni demasiado mal, Sam –dijo el granjero en tono más amable– En Bolson de Tirada derribaron todos los árboles, y ése fue un golpe duro para el viejo. Ahora está en una de esas casas nuevas que construyeron los hombres cuando todavía hacían algo más que quemar y robar, apenas a una milla del linde de Delagua. Pero me viene a ver cada tanto, cuando puede, y yo cuido de que esté mejor alimentado que algunos de esos pobres infelices. Todo contra las Normas, por supuesto. Lo habría alojado en mi casa, pero eso no estaba permitido. Llévate a un par de mozalbetes, y ve a buscarlo y tráelo. Mi Alegre te indicará el camino.

Coto hizo señas a uno de sus hijos para que guiara a Sam y el resto de la familia bajó a encontrarse con los otros tres hobbits viajeros en el centro de la aldea. Allí descubrieron que muchos estaban ya listos para combatir, con arcos, flechas y viejas espadas, pero, sobre todo, deseo. Frodo envió a Pippin por ayuda a Los Gamos, y Merry dispuso centinelas alrededor de la aldea y junto a las barreras durante la noche.

Luego ambos regresaron a casa del granjero Coto. Se sentaron con la familia en la caldeada cocina, y los Coto, por pura cortesía, les hicieron unas pocas preguntas sobre los viajes que habían hecho, pero en verdad casi no escuchaban las respuestas: les interesaba mucho más lo que estaba aconteciendo en la Comarca. En medio de esta conversación entró Sam como una tromba acompañado por el Tío. El viejo Gamyi no parecía muy envejecido, pero estaba un poco más sordo.

— ¡Buenas noches, señor Bolson! —dijo—.Me alegro de veras de verlo de vuelta sano y salvo. Pero tenemos una cuentita pendiente, como quien dice, usted y yo, si me permite el atrevimiento. No tenía que haber vendido Bolson Cerrado, siempre lo he dicho. Ahí empezaron todas las calamidades. Y mientras usted andaba merodeando por ahí en países extraños, a la caza de Hombres Negros allá arriba en las montañas por lo que me dice mi Sam, si bien no aclara para qué, vinieron y socavaron Bolson de Tirada, y estropearon todas mis patatas.
—Lo siento mucho, señor Gamyi —dijo Frodo—. Pero ahora estoy de vuelta y haré cuanto pueda por reparar los errores.
—Bien, eso sí que es decir las cosas bien —dijo el Tío—. El señor Frodo Bolson es un verdadero gentilhobbit, siempre lo he dicho, piense lo que piense de otros que llevan el mismo nombre, con el perdón de usted. Y espero que mi Sam se haya comportado bien y satisfactoriamente.
—Más que satisfactoriamente, señor Gamyi —sonrió Frodo—. En verdad, si usted puede creerlo, es ahora una de las personas más famosas en todas las tierras, y se están componiendo canciones que narran sus hazañas desde aquí hasta el Mar y más allá del Río Grande. —Sam se ruborizó, pero le echó a Frodo una mirada de gratitud.
—Cuesta un poco creerlo —dijo el Tío— aunque puedo ver que ha frecuentado extrañas compañías. ¿Qué pasó con la ropa de antes? Porque toda esa ferretería, por muy durable que sea, no me gusta nada.

Pero Sam estaba inquieto, toda la palabrería de su padre le daba dolor en los oídos, aunque poco antes hubiese arriesgado la vida por buscarlo. Sus pensamientos estaban en Rosita. Sacó a Frodo de la sala y le contó brevemente lo que supiera por el granjero. Grande fue el asombro de su pareja.

–¿Rosita en Los Gamos, dices? ¿Y embarazada de nuevo? ¿Por qué no lo dijiste antes Sam? Anda, coge un poney fresco y sigue a Pippin hasta allá, invéntate un mensaje de mi parte por el camino. –Sam se le quedó mirando perplejo– ¿Qué esperas?
–Nada, nada. Es solo que... –miró a un lado y otro, una vez seguro de que nadie les veía en el portal de la granja, le plantó un beso– Eres maravilloso Frodo.
–Más te vale traer noticias alentadoras en la mañana. ¡Anda ya!

La cabalgata duró varias horas, pero al cabo Sam pudo alcanzar a Pippin y seguir al paso hasta los Grandes Smials. Por suerte, los saludos y abrazos más calurosos fueron para el hijo pródigo, Sam se puso librar pronto y caminar hasta un extremo de la gran sala, donde una figura delgada y sonrosada le esperaba.

—¡Hola, Sam! —dijo Rosita—. ¿Por dónde has andado? Decían que habías muerto; pero yo te he estado esperando. Tú no tenías mucha prisa ¿no es cierto?
—Tal vez no —respondió Sam, sonrojándose—. Pero ahora sí la tengo. Nos estamos ocupando de los bandidos y tengo que volver con el señor Frodo. Pero quise venir a echar un vistazo, a ver cómo andabas, Rosita.
Ella lo miró con franco asombro.
–¿Por mi?
–Si. Estuve en la granja y tu padre me dijo que ya no estabas allí. Vine porque quería saber si...
Rosita lo calló con un dedo en los labios.
–No hay tiempo ahora, bajaré a Hobbiton cuando acabes con ellos y hablaremos. –el se sonrojó tan solo con el contacto de su dedo, Rosita lo miró con su eterna picardía— ¡Bueno, vete! Si has estado cuidando al señor Frodo todo este tiempo ¿cómo se te ocurre dejarlo solo ahora, justo cuando las cosas se ponen más difíciles?

Aquello fue demasiado para Sam. O necesitaba una semana para contestarle, o no le decía nada. Fue a donde Pippin y su padre discutían qué hombres enviar al combate. Al voltear, ella ya no estaba en el rincón.

A la mañana siguiente la familia Coto y todos sus huéspedes estuvieron en pie a primera hora.

–Habrá un poco de lucha antes que se arregle todo esto, señor Frodo, es inevitable. —dijo el granjero Coto

La Batalla de Delagua, en 1419, fue la última librada en la Comarca, y la única desde la Batalla de los Campos Verdes, 1147, en la lejana Cuaderna del Norte. Por consiguiente, aunque por fortuna costó pocas vidas, hay un capítulo dedicado a ella en el Libro Rojo, y los nombres de todos los participantes fueron inscritos en una Lista y aprendidos de memoria por los historiadores de la Comarca. Casi setenta bandidos cayeron en el campo y doce fueron tomados prisioneros. Entre los hobbits, hubo diecinueve muertos y unos treinta heridos. A los rufianes muertos los cargaron en carretones, los transportaron hasta un antiguo arenal de las cercanías, y los enterraron: el Arenal de la Batalla, lo llamaron desde entonces. Los hobbits caídos fueron sepultados todos juntos en una tumba en la ladera de la colina, donde más tarde levantarían una gran lápida rodeada de jardines. Así concluyó todo

TBC...

2 comentarios:

Nuestro mundo dijo...

puedes enviarme please los capi, todos, de el regreso del rey. a nuestromundo_new@hotmail.com

Yasmín S. Portales Machado dijo...

Seguro, todo por una fan :)