¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

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14 mayo, 2007

EL SEGUNDO REGRESO DEL REY 24

La última jornada

A poco de emprender la marcha, casi en las fronteras del reino, los gemelos voltearon inquietos hacia la fortaleza que acababan de abandonar. No solo ellos, los escoltas y hasta los hobbits sintieron como los árboles gemían y la penumbra se acentuaba por un instante. Frodo gimió y no calló de su montura gracias a que Sam le sostuvo.

–Es él. –balbuceó. Pero el jardinero lo miró sin comprender. –La magia de Saurón, está cerca.

Sam miró a los lados, asustado. Merry y Pippin rodearon a la pareja y permanecieron expectantes. No estaban seguros de qué podía significar la frase de Frodo, pero su dolor, el gemido de los árboles, la inquietud de los elfos y la relativa cercanía de Dol Guldur eran razones más que suficientes para mantenerse alertas.

Un poco más allá, los hijos de Elrond deliberaban. Ellohir parecía querer retroceder, pero su hermano le retenía. En susurros, intercambiaron palabras que no perecían demasiado amigables. Al cabo, Elladan logró que su gemelo dejara caer la cabeza en señal de derrota y ambos se acercaron al grupo.

–Una sombra ha pasado sobre el Bosque –dijo Ellohir ha modo de explicación a sus soldados y a los medianos–, pero nuestro deber es regresar a casa. ¡Al trote! –y la comitiva se apresuró hacia las Montañas Nubladas.

De ahí en adelante el ritmo de marcha fue frenético. Nadie protestó: los elfos deseaban regresar y para los medianos, aunque a su pesar, Rivendel solo era una escala, la última. Durante los breves campamentos Sam y Frodo se la pasaban pegados, amándose como lo hacen las viejas parejas, en gestos cargados de significado oculto y miradas intensas. Elladan ordenó que les preparasen solo un lecho, acaso conciente de que ellos jamás lo pedirían. Las noches ya eran frías, y el Portador durmió siempre entre los fuertes brazos de Sam, cuyo sueño se había vuelto intranquilo en el afán por protegerle de Gollum, y así seguiría hasta su muerte.

Por fin, un día atravesaron los altos páramos, y de improviso, como les parecía siempre a los viajeros, llegaron a la orilla del profundo Valle de Rivendel, y abajo, a lo lejos, vieron brillar las lámparas en la casa. Descendieron, cruzaron el puente, y llegaron a las puertas, la casa entera resplandecía de luz y había cantos de alborozo por el regreso de los hijos de Elrond y cuatro de los Caminantes.

Ante todo, antes de comer o de lavarse y hasta de quitarse las capas, los hobbits fueron en busca de Bilbo. Lo encontraron solo en la pequeña alcoba, atiborrada de papeles y plumas y lápices. Bilbo estaba sentado en una silla junto a un fuego pequeño y chisporroteante, parecía viejísimo, pero tranquilo, dormitaba. Abrió los ojos y los miró despacio, como quien reconoce algo muy querido que regresa a su regazo, y se volvió a dormir.

Dos sorpresas se toparon poco después los cuatro amigos, ambas más que espléndidas. Al llegar al comedor, encontraron a Gandalf sentado a la mesa, conversando con los gemelos. Solo entonces repararon en que el mago había desaparecido un día de Minas Tirith, en silencio y sin despedidas, como acostumbraba hacer.

–Es bueno verles de nuevo, amigos –saludó el istari.
–¡Gandalf! ¡Gandalf!
–¿Dónde te habías metido?
–Han ocurrido tantas cosas.
–¿Qué atajo tomaste esta vez?
Las exclamaciones y preguntas salieron a borbotones de las cuatro bocas y no cesaron hasta que el anciano soltó una de sus sonoras carcajadas.
–Poco a poco, mis amigos, poco a poco. Prometo que, antes del cumpleaños de Bilbo, les habré puesto al día de mi escapada.

Ellos asintieron y tomaron asiento, el suntuoso comedor les traía inevitables recuerdos acerca de las decisiones tomadas casi un año atrás. Ahora eran pocos, en comparación con la multitud reunida para el Concilio, pero Frodo no pudo abstenerse de preguntar por alguien que tenía un buen lugar en su corazón.

–¿Puedo preguntar, noble Elladan, dónde está el consejero Erestor?

El hijo de Elrond no tuvo que contestar, la grácil figura del elfo apareció en la puerta. Los medianos fueron a saludarle, pero sus bocas quedaron sin palabras al reconocer, a su lado, a Glorfindel, su estrecha cintura vuelta leyenda por un abultadísimo vientre. El elfo rubio se detuvo, como golpeado por las atónitas miradas de los Medianos. Buscó apoyo en el hombro de su esposo y bajó los ojos, lucía un tanto turbado. Fue a girar para retirarse, pero Erestor le retuvo por la muñeca. Hubo un breve intercambio de miradas entre los dos elfos, era evidente que el bravo Glorfindel estaba el borde de las lágrimas.

Frodo actuó con una rapidez inesperada, teniendo en cuenta el duro viaje y su herida. Sin pensarlo se levantó y fue hasta la puerta, tomó la mano libre del Primer Consejero y se inclinó en graciosa reverencia.

–Es un placer veros de nuevo, bello Glorfindel. Mis amigos y yo estábamos preguntando a Elladan por usted y su esposo. Por favor, no demore más en unirse a la mesa, ya sabe usted que a los hobbits nos duelen ese tipo de tardanzas, como a los elfos las heridas de los Baldrogs.

Las risas que provocara semejante comparación aliviaron el ambiente. La pareja miró agradecida al Portador y ocupó su lugar en la mesa sin más dilaciones. Merry y Pippin demostraron cuánto apreciaban a esos dos, al no hacer ni una sola mención al sorprendente estado de su amigo.

Los cuatro hobbits permanecieron unos días más en Rivendel, casi siempre en compañía del viejo Bilbo, que ahora se pasaba la mayor parte del tiempo en su cuarto, salvo las horas de las comidas, para las cuales seguía siendo muy puntual, pues rara vez dejaba de despertarse a tiempo. Sentados alrededor del fuego le contaron por turno todo cuanto podían recordar de los viajes y aventuras. Al principio, Bilbo simuló tomar unas notas; pero a menudo se quedaba dormido, y cuando despertaba solía decir: «¡Qué espléndido! ¡Qué maravilla! Pero ¿por dónde íbamos?» Entonces retomaban la historia a partir del instante en que Bilbo había empezado a cabecear. La única parte que en verdad pareció mantenerlo despierto y atento fue el relato de la coronación de Aragorn, la boda de Halladad y Maërys y el descubrimiento del amor entre el Príncipe elfo y el rey de Gondor.

El anciano hobbit, ya ducho en asuntos de inmortales, les explicó acerca de los Elegidos y el pospuesto embarazo de Glorfindel. Merry y Pippin se quedaron sin palabras por largo rato, Bilbo llegó más allá y confesó su temor por la vida del Primer Consejero a la hora de alumbrar.

–Es ya mayorcito para esos asuntos, anda por los tres mil setecientos años –dijo.
Frodo y Sam asintieron, ambos recordaban la narración de Legolas.
–Sería excelente que Legolas fuera un Elegido –opinó de repente Merry– así el asunto de la sucesión se arreglaría sin problemas.
–Creo que lo es. –confesó Frodo y pasó a contarles lo que él y Sam aprendieran en la noche de la boda y las extrañas reacciones de Aragorn.

El tiempo continuaba hermoso y sereno, después de uno de los veranos más maravillosos de que la gente tuviese memoria; pero había llegado octubre y aún les quedaba un largo camino por delante. Sin embargo, no era el temor al mal tiempo lo que preocupaba a Frodo. Tenía una impresión como de apremio, de que era hora de regresar a la Comarca. Sam sentía lo mismo, pues una noche, tras amarle despacio, cometó:

—Bueno, Frodo, hemos viajado mucho y lejos, y hemos visto muchas cosas; pero no creo que hayamos conocido un lugar mejor que éste.
– Tienes razón amor, hay un poco de todo aquí: la Comarca y el Bosque de Oro y Gondor y las casas de los Reyes y las tabernas y las praderas y las montañas, todo junto.
Sam echó un vistazo a la ventana y habló despacio.
–Y sin embargo, no sé por qué pienso que convendría partir cuanto antes. Estoy preocupado por el Rosita, si he de decirte la verdad.
—Sí, es hora de partir. Lo sé. —había respondido Frodo.

En la mañana, Frodo habló con Elladan, Elrohir, Glorfindel y Erestor, quedó convenido que partirían a la mañana siguiente. Para alegría del hobbit, Gandalf dijo:

—Creo que yo también iré. Hasta Bree al menos. Quiero ver a Mantecona.

Ante el anuncio de la partida, Bilbo le regaló a Frodo la cota de mithril y Dardo, olvidando que se los había regalado antes, y también tres libros de erudición que había escrito en distintas épocas, garrapateados de su puño y letra, y que llevaban en los lomos rojos el siguiente título: Traducciones del Elfico por B. B. A Sam le regaló un saquito de oro.

—Casi el último vestigio del botín de Smaug — dijo—. Puede serte útil, si piensas en casarte, Sam. —Sam se sonrojó y Bilbo miró a Frodo con ojillos pícaros, provocando sonrojos también en su sobrino— A vosotros no tengo nada que daros, jóvenes amigos —les dijo a Merry y Pippin—, excepto este consejo: no dejéis que vuestras cabezas se vuelvan más grandes que vuestros sombreros. ¡Pero si no paráis pronto de crecer, los sombreros y las ropas os saldrán muy caros!
—Pero si usted quiere ganarle en años al Viejo Tuk —dijo Pippin—, no veo por qué nosotros no podemos tratar de ganarle a Toro Bramador.
Bilbo se echó a reír, y sacó de un bolsillo dos hermosas pipas de boquilla de nácar y guarniciones de plata labrada.
—¡Pensad en mí cuando fuméis en ellas! Los elfos las hicieron para mí, pero ya no fumo. —cabeceó y se adormeció un rato, cuando despertó dijo— A ver ¿por dónde íbamos? Sí, claro, entregando los regalos. Lo que me recuerda... Pero todo es tan confuso, pues se han sumado tantas otras cosas: los asuntos de Aragorn, y el Concilio Blanco, y Gondor, y los jinetes, y los Hombres del Sur, y los olifantes... ¿de veras viste uno, Sam?; y las cavernas y las torres y los árboles dorados y vaya a saber cuántas otras cosas. Creo –finalizó– que Gandalf me trajo de vuelta por un camino demasiado recto, pero ya nada se puede hacer.

Por fin los hobbits emprendieron la última etapa de su viaje de vuelta, ansiosos como estaban por volver a ver la Comarca. Sin embargo, al principio cabalgaron a paso lento, pues Frodo había estado algo intranquilo. En el Vado de Bruinen se detuvo como si temiera aventurarse a cruzar el agua, y sus compañeros notaron que por momentos parecía no verlos, ni a ellos, ni al mundo de alrededor. Todo aquel día había estado silencioso. Era el seis de octubre.

—¿Te duele algo, Frodo? —le preguntó en voz baja Gandalf que cabalgaba junto a él.
—Bueno, sí —dijo Frodo—. Es el hombro. Me duele la herida, y me pesa el recuerdo de la oscuridad. Hoy se cumple un año.
—¡Ay! —dijo Gandalf—. Ciertas heridas nunca curan del todo.
—Temo que la mía sea una de ellas —dijo Frodo—. No hay un verdadero regreso. Aunque vuelva a la Comarca, no me parecerá la misma; porque yo no seré el mismo. Llevo en mí la herida de un puñal, la de un aguijón y la de unos dientes; y la de una larga y pesada carga. ¿Dónde encontraré reposo?

Pero aquel comentario tan desamparado pareció molestar a Sam, que emparejó su poney al del Portador del Anillo y le apretó una mano, afectuoso. Gandalf juzgó que las palabras sobraban y apartó su cabalgadura para darles intimidad.

Llegaron por fin a El Poney Pisador, que visto de fuera al menos no había cambiado mucho; y había luces detrás de las cortinas rojas en las ventanas más bajas. Tocaron la campana, Nob acudió a la puerta, abrió un resquicio y espió. Al verlos allí bajo la lámpara dio un grito de sorpresa.

—¡Señor Mantecona! ¡Patrón! ¡Han regresado!
—Oh ¿de veras? Les voy a dar —se oyó la voz de Mantecona, y salió como una tromba, garrote en mano. Pero cuando vio quiénes eran se detuvo en seco, y el ceño furibundo se le transformó en un gesto de asombro y de alegría. '
— ¡ Nob, tonto de capirote! gritó—. ¿No sabes llamar por su nombre a los viejos amigos? No tendrías que darme estos sustos, en los tiempos que corren.¿Y de dónde vienen ustedes? Nunca esperé volver a ver a ninguno, y es la pura verdad: marcharse así, a las Tierras Salvajes, con ese tal Trancos, y todos esos Hombres Negros siempre yendo y viniendo. Pero estoy muy contento de verlos, y a Gandalf más que a ninguno. ¡Adelante! ¿Las mismas habitaciones de siempre? Están desocupadas. En realidad, casi todas están vacías en estos tiempos, cosa que no les ocultaré, ya que no tardarán en descubrirlo. Y veré qué se puede hacer por la cena, lo más pronto posible; pero estoy corto de ayuda en estos momentos. ¡Eh, Nob, camastrón! ¡Avísale a Bob! Ah, me olvidaba, Bob se ha marchado: ahora al anochecer vuelve a la casa de su familia. ¡Bueno, lleva los poneys de los huéspedes a las caballerizas, Nob! Y tú, Gandalf, sin duda querrás llevar tú mismo el caballo al establo. Un animal magnífico, como dije la primera vez que lo vi. ¡Bueno, adelante! ¡Hagan cuenta de que están en casa!

El señor Mantecona en todo caso no había cambiado la manera de hablar, y parecía vivir siempre en la misma agitación sin resuello. Y sin embargo no había casi nadie en la posada, del salón común llegaba un murmullo apagado de no más de dos o tres voces. Y vista más de cerca, a la luz de las dos velas que había encendido y que llevaba ante ellos, la cara del posadero parecía un tanto ajada y consumida por las preocupaciones.

Los condujo por el corredor hasta la salita en que se habían reunido aquella noche extraña, más de un año atrás; y ellos lo siguieron, algo desazonados, pues era obvio que el viejo Cebadilla estaba tratando de ponerle al mal tiempo buena cara. Las cosas ya no eran como antes. Pero no dijeron nada, y esperaron.

Como era de prever, después de la cena el señor Mantecona fue hasta allí, para ver si todo había sido del agrado de los huéspedes. Y lo había sido por cierto: en todo caso los cambios no habían afectado ni a la cerveza ni a las vituallas de El Poney.

—No me atreveré a sugerirles que vayan al salón común esta noche. Han de estar fatigados; y de todas maneras, hoy no hay mucha gente. Pero si quisieran dedicarme una media hora antes de recogerse a descansar, me gustaría mucho charlar un rato con ustedes, tranquilos y a solas.
—Eso es justamente lo que también nos gustaría a nosotros —dijo Gandalf—. No estamos cansados. Nos hemos tomado las cosas con calma últimamente. Estábamos mojados, con frío y hambrientos, pero todo eso tú lo has curado. ¡Ven, siéntate! Y si tienes un poco de hierba para pipa, te daremos nuestra bendición.
—Bueno, me sentiría más feliz si me hubieras pedido cualquier otra cosa —admitió el posadero—. Eso es algo justamente de lo que andamos escasos, pues la única hierba que tenemos es la que cultivamos nosotros mismos, y no es bastante. En estos tiempos no llega nada de la Comarca. Pero haré lo que pueda.

Volvió con una provisión suficiente para un par de días: un apretado manojo de hojas sin cortar.

—De las Colinas del Sur —dijo—, y la mejor que tenemos; pero no puede ni compararse con la de la Cuaderna del Sur, como siempre he dicho, aunque en la mayoría de las cosas estoy a favor de Bree, con el perdón de ustedes.

Lo instalaron en un sillón junto al fuego, Gandalf se sentó del otro lado del hogar, y los hobbits en sillas bajas entre uno y otro; hablaron durante muchas medias horas, e intercambiaron todas aquellas noticias que el señor Mantecona quiso saber o comunicar. La mayor parte de las cosas que tenían para contarle dejaban simplemente pasmado de asombro al posadero, superaban todo lo que él podía imaginar, y provocaban escasos comentarios fuera de:

"¡No me diga! No me diga, señor Bolsón ¿o era señor Sotomonte? Estoy tan confundido. ¡No me digas, Gandalf! ¡Increíble! ¡Quién lo hubiera pensado, en nuestros tiempos!"

Él, por su parte, habló largo y tendido. Las cosas distaban de andar bien, contó. Los negocios no sólo no prosperaban; eran un verdadero desastre.

—Ya ningún forastero se acerca a Bree —dijo—. Y las gentes de por aquí se quedan en casa casi todo el tiempo, y a puertas trancadas. La culpa de todo la tienen esos recién llegados y esos vagabundos que empezaron a aparecer por el Camino Verde el año pasado, como ustedes recordarán; pero más tarde vinieron más. Algunos eran pobres infelices que huían de la desgracia; pero la mayoría eran hombres malvados, ladrones y dañinos. Y aquí mismo, en Bree, hubo disturbios, disturbios graves. Y tuvimos una verdadera refriega, y a alguna gente la mataron, ¡la mataron muerta! Si quieren creerme.
—Bueno, a nosotros nadie nos molestó —dijo Pippin— y vinimos lentamente, y sin montar guardias. Creíamos haber dejado atrás todos los problemas.
—Ah, eso no, señor, y es lo más triste del caso —dijo Mantecona—. Pero no me extraña que los hayan dejado tranquilos. No se van a atrever a atacar a gente armada, con espadas y yelmos y escudos y todo. Lo pensarían dos veces, sí señor. Y les confieso que yo mismo quedé un poco desconcertado hoy cuando los vi.

De pronto, los hobbits comprendieron que la gente los miraba con estupefacción, no por la sorpresa de verlos de vuelta, sino por las ropas insólitas que vestían. Tanto se habían acostumbrado a las guerras y a cabalgar en compañía de atavíos relucientes, que no se les había ocurrido en ningún momento que las cotas de malla que les asomaban por debajo de los mantos, los yelmos de Gondor y de la Marca, las hermosas insignias de los escudos, podían parecer extravagancias en la Comarca. Hasta el propio Gandalf, que ahora cabalgaba en un gran corcel gris, todo vestido de blanco, envuelto en un amplio manto azul y plata, y con la larga espada Glamdrin al cinto. El mago se echó a reír.

—Bueno, bueno —dijo—. Si sólo cinco como nosotros bastan para amedrentarlos, con peores enemigos nos hemos topado antes. En todo caso, te dejarán en paz por la noche, mientras estemos aquí.
Entonces Mantecona puso cara de asombro y se palmeó la frente
—¿Qué me recuerda esto?
—No otra carta de la que se ha olvidado, espero, señor Mantecona —dijo Merry.
—Por favor, por favor, señor Brandigamo, ¡no venga a recordármelo! Pero ahí tiene, me cortó el pensamiento. ¿Dónde estaba? Nob, caballerizas... Ah, eso era. Tengo aquí algo que les pertenece. ¿Se acuerdan de Bill Helechal y el robo de los caballos?: el poney que ustedes le compraron, está aquí. Volvió solo, sí. Pero por dónde anduvo, ustedes lo sabrán mejor que yo. Parecía un perro viejo, y estaba flaco como una caña, pero vivo. Nob lo ha cuidado.
—¡Qué! ¡Mi Bill! –exclamó Sam– Bueno, diga lo que diga el Tío, nací con buena estrella. –deslizó sus ojos brillantes por Frodo– ¡Otro deseo que se cumple! ¿Dónde está? –y no quiso irse a la cama antes de haber visitado a Bill en el establo.

Los viajeros se quedaron en Bree el día siguiente, y el señor Mantecona no tuvo motivos para quejarse de los negocios, al menos aquella noche. La curiosidad venció todos los temores, y la casa estaba de bote en bote. Por cortesía, los hobbits fueron al salón común durante la velada y contestaron a muchas preguntas. Y como la gente de Bree tenía buena memoria, a Frodo le preguntaron muchas veces si había escrito el libro.

—Todavía no —contestaba—. Ahora voy a casa a poner en orden mis notas.

Prometió narrar los extraños sucesos de Bree, y dar así un toque de interés a un libro que al parecer se ocuparía sobre todo de los remotos y menos importantes acontecimientos del «lejano Sur». De pronto, uno de los más jóvenes pidió una canción, hubo un silencio, todos miraron al joven con enfado, y el pedido no fue repetido. Evidentemente nadie deseaba que algo sobrenatural ocurriera otra vez en el salón.

A la mañana siguiente se levantaron temprano, porque como el tiempo continuaba lluvioso deseaban llegar a la Comarca antes de la noche. Todos los habitantes de Bree salieron a despedirlos, estaban de mejor humor que el que habían tenido en todo un año; y los que aún no habían visto a los viajeros engalanados se quedaron pasmados de asombro: Gandalf con su barba blanca y la luz que parecía irradiar, como si el manto azul fuera sólo una nube que cubriera el sol; y los cuatro hobbits, como caballeros andantes salidos de cuentos casi olvidados. Hasta aquellos que se habían reído al oírles hablar del Rey empezaron a pensar que quizás habría algo de verdad en todo aquello.

—Bien, buena suerte en el camino, y buen retorno —dijo el señor Mantecona—. Tendría que haberles advertido antes, que tampoco en la Comarca anda todo bien, si lo que he oído es verdad. Pero una idea se lleva la otra, y estaba preocupado por mis propios problemas. Si me permiten el atrevimiento, les diré que han vuelto cambiados de todos esos viajes, y ahora parecen gente capaz de afrontar las dificultades con serenidad. No dudo que muy pronto habrán puesto todo en su sitio. ¡Buena suerte! Y cuanto más a menudo vuelvan, más halagado me sentiré.

Le dijeron adiós y saliendo por la puerta del oeste se encaminaron a casa. El poney Bill iba con ellos, y, como antes, cargaba con una buena cantidad de equipaje, trotaba junto a Sam y parecía satisfecho.

—Me pregunto qué habrá querido insinuar el viejo Cebadilla —dijo Frodo.
—Algo puedo imaginarme —dijo Sam, con aire sombrío—. Lo que vi en el Espejo: los árboles derribados y todo lo demás, y el viejo Tío echado de Bolsón de Tirada. Tendríamos que haber vuelto antes.
—Y es evidente que algo anda mal en la Cuaderna del Sur —dijo Merry– Hay una escasez general de hierba para pipa.
—Sea lo que sea — terció Pippin—, Otho ha de andar detrás de todo eso, puedes estar seguro.
—Metido en eso, pero no detrás –aclaró Gandalf– ¿O te olvidas de Saruman? Empezó a mostrar interés por la Comarca aun antes que Mordor.
—Bueno, te tenemos con nosotros —dijo Merry—, así que las cosas pronto se aclararán.
—Estoy ahora con vosotros —replicó Gandalf—, pero pronto no estaré. Yo no voy a la Comarca. Mi tiempo ha pasado ya: no me incumbe a mí enderezar las cosas, ni ayudar a la gente a enderezarlas. Vosotros, mis queridos amigos, no necesitaréis ayuda. Ahora habéis crecido, mucho en verdad: estáis entre los grandes, y no temo por la suerte de ninguno de vosotros. Yo tendré una larga charla con Bombadil: una charla como no he tenido en todo mi tiempo. El ha juntado moho, y yo he sido una piedra condenada a rodar. Pero mis días de rodar están terminando, y ahora tendremos muchas cosas que decirnos.
Al poco rato llegaron al punto del Camino del Este en que se habían despedido de Bombadil; y tenían la esperanza –casi la certeza– de que lo verían allí de pie, esperándolos para saludarlos al pasar. No lo vieron, en cambio había una bruma gris sobre las Quebradas de los Túmulos, en el sur, y un velo espeso que cubría el Bosque Viejo en lontananza. Se detuvieron, Frodo miró con nostalgia los árboles.

—Me gustaría tanto volver a ver a ese viejo amigo. Me pregunto cómo andará.
—Tan bien como siempre, puedes estar seguro –dijo Gandalf—. Muy tranquilo; y no muy interesado, sospecho, en nada de cuanto hemos hecho o visto, salvo tal vez nuestras visitas a los ents. Quizás en algún momento, más adelante, puedas ir a verlo. Pero yo en vuestro lugar me apresuraría, o no llegaréis al Puente del Brandivino antes que cierren las puertas.
—Si no hay ninguna puerta —dijo Merry—, no en el camino; lo sabes muy bien. Está la Puerta de los Gamos, por supuesto; pero allí a mí me dejarán entrar a cualquier hora.
—No había ninguna puerta, querrás decir. Creo que ahora encontrarás algunas. Acaso hasta en la Puerta de los Gamos tropieces con más dificultades de las que supones. Pero sabréis qué hacer. ¡Adiós, mis queridos amigos! No por última vez, pero ¡adiós!

Gandalf hizo salir del camino a Sombragris, y el gran corcel cruzó de un salto la zanja verde que corría al lado. El mago desapareció galopando como el viento hacia las Quebradas de los Túmulos.

—Bueno, aquí estamos, nosotros cuatro solos, los que partimos juntos —suspiró Merry.
—Hemos dejado por el camino a todos los demás, uno después de otro.–acotó Pippin.
–Parece casi como un sueño que se hubiera desvanecido lentamente. –comentó sam en un bostezo de hambre.
—No para mí —dijo Frodo lleno de melancolía—. Para mí es más como volver a dormir.

TBC...

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