¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

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14 mayo, 2007

DE LEYES Y VENGANZAS 25

Los sobrevivientes

"La naturaleza del hombre siempre se desvela,
aunque crea ocultarla."
Zuhayr Ibn Abi Sulma (530-627 d.C.)


Remus

Remus despertó con la frente empapada de sudor. Por un momento no reconoció su entorno, pero el empapelado de suaves tonos verdes y flores de lis le dio la clave.

–Malfoy Manor…

De un manotazo, Remus apartó las mantas y se dirigió al baño. Por el camino observó su reloj de pulsera y decidió que era demasiado temprano para tomarse un antidepresivo. Pero la rutina de orinar, ducharse y afeitarse no le trajo calma.

Regresó a la recámara con una toalla alrededor de la cintura y se sentó en una cómoda butaca frente al ventanal.

–Lily… –se acarició los labios con la yema de los dedos con la mirada perdida en el amplio parque que rodeaba la casa.

Hacía años que no soñaba con ellos dos. Bueno, tampoco se trataba de un sueño, sino de un recuerdo, el recuerdo de la noche en que supo, sin lugar a dudas, que tendrían un varón.

–Y la noche en que nos traicionaron.

Claro, eso lo sabría cinco años después, cuando localizara a Peter en un arrabal de Buenos Aires y le sacara la verdad con la "ayuda" de Mundungus Fletcher y sus inyecciones mágicas. Pero, para los Merodeadores, marzo de 1984 había sido un mes íntimo, que consumieron en elegir los motivos y colores de la habitación del bebé, comprar libros de cuentos y enfermedades infantiles, discutir nombres (¡tantos!) y pelearse, porque la dieta de embarazada que todos abrazaron en gesto de solidaridad con Lily les quitó la cafeína, la marihuana y el alcohol, dejándoles indefensos ante la crueldad del mundo y el agotamiento diario.

–Mientras Peter decidía que sus amigos valían menos que un par de jarras funerarias.

De nuevo exageraba: Voldemort le ofreció a su ex–amigo bastante más que un par de jarras funerarias etruscas.

En el salón de té de la Mansión de los Riddle, el gran zar del tráfico de antigüedades ofreció cincuenta millones de libras por los nombres de los miembros de la Fénix, sus ubicaciones, fuerzas y debilidades. Fue así que tomó cuerpo el plan de exterminar a todos los infiltrados, observadores y contactos en una noche, al atraerlos a una reunión en el Caldero Chorreante.

Solo una serie de eventos casuales –una reunión inesperada en el buffet de Remus, la fiebre de Lily y Harry, el retroceso en uno de los experimentos que monitoreaba Severus, la pelea en el bar donde Sirius mataba el tiempo, el retraso del tren que traía a Albus y Aberforth– impidieron que todos llegaran. Pero fueron suficientes para que la trampa se cerrara y el chivo expiatorio quedara incriminado.

–Sirius.

Ataques como los del sábado anterior era parte de la personalidad de su pareja, y de ello se valieron los fiscales para acusarlo del asesinato de James, Lily y el resto de los compañeros. El era instable y amoral, alegaron –y al decir "amoral" se referían a homosexual e infiel, por supuesto. De modo que no era sorprendente esa orgía de sangre que cegara la vida de doce personas, algunas sin relación directa con el ejecutor, elemento que, lejos de despertar dudas en el jurado, pareció demostrar que era un loco, un maniático al que debían encerrar sin tardanza.

–Y ahora tenemos otro topo…

Incómodo por la ida de que Voldemort se acercara de nuevo, Remus miró a un lado y otro de la estancia, como si el mafioso estuviera agazapado en un rincón. Era ridículo, por supuesto. El Conde de Slytering nunca dejaría que los mantuvieran agentes en la casa, menos ahora que Draco había regresado. Por eso pidió ayuda a Lucius en cuanto recibió el aviso, aunque fuera su relación con el rubio lo que llevara a una cama de hospital. Nada de eso importaba con tal de proteger a su niño.

Su niño…

Veinte años atrás, Rookwood había –literalmente– cortado sus esperanzas de engendrar. Durante el embarazo, Lily se esforzó por negar la pequeña y terrible diferencia, pero el vientre, suave y cálido, parecía gritarle cada día que él no podría provocar semejante maravilla. Tal vez por eso se acercó más a la pelirroja. Se esforzó en amarla porque se sentía traidor, porque no podía matar la envidia.

Remus sintió que el estómago se le encogía ante el recuerdo. Por Odin, ¡cuánto había deseado que Harry fuera su hijo! Que le llamara padre, si, pero también reconocer sus rasgos. En 1996, cuando les dieron los papeles de adopción, casi llora en la corte, y no de felicidad, sino de vergüenza. ¡No estaba bien robar al bebé de sus hermanos! Se lo había dicho a Sirius esa noche. Pero los razonamientos de su pareja eran contundentes: ellos eran los que quedaban: la mitad de los que juraran amor, fidelidad y protección en Hurlers, y tenían que proteger al cachorro por todos los medios posibles. Harry era hijo de los cuatro, pero ellos no tenían la culpa de ser los sobrevivientes.

Sobrevivientes.

Poder nombrar la condición no mejoró el ánimo de Remus, en especial porque Sirius estaba allá fuera, cazando al topo con sus propias manos, arriesgándose.

Con un suspiro, el hombre decidió dejar de pensar en lo que ocurría fuera de los verdes jardines de la mansión y buscar algo de ropa para poder llegar hasta el jardín. Un desayuno tardío y una charla ligera con su hijo sobre las maravillas de faltar a la escuela.

Si, era un buen plan.

Sirius

La puerta del cuartucho saltó y calló unos dos metros más allá, empujando una mesa con un viejo florero. El ruido despertó a Mundungus, que pestañeó desorientado.

–¿Qué diablos…?
No pudo terminar la pregunta, una mano de hierro le agarró el cuello y lo sacó a rastras de la cama.
–Tenemos que hablar.

Sirius lo arrastró al baño, abrió la llave de agua fría de la bañadera y obligó a Mundungus a poner la cabeza bajo el chorro. La suave placidez del colocón fue sustituida por una resaca de mil demonios y, peor, por la lucidez.

¿Qué hacía Sirius Black libre y en su casa?

–¿Cuánto te pagaron?
–No se de qué hablas.
–¿No?

Sirius sonrió, pero no era una sonrisa agradable de ver. Mundungus pensó que odiaba las sonrisas de los Black. En especial porque seguían sonriendo cuando te golpeaban debajo de las costillas y en los testículos con una rodilla.

–Creo que debo ser más explícito. ¿Cuánto te pagaron por falsificar el reporte sobre Cristal Edgcombe?
–Sirius, esto es un terrible malentendido. Estoy seguro de que…
Ahora su nariz sangraba, ¡mierda! Si salía de esta, mataría personalmente a la idiota de Cristal.
–¿Sabes por qué no pregunto quién? Porque se que fue Bella.
–No se de qué hablas.

Sirius apretó un poco más la tenaza en su cuello y lo obligó a alzarse, luego sumergió su cabeza en la bañera casi llena. Los brazos de Mundungus se agitaron, pero el otro hombre no se inmutó por el agua que salpicaba. Los años de adicción a sus propios productos habían convertido al, alguna vez, talentoso químico en un despojo humano de escasas fuerzas físicas.

Tiró de él y tuvo la delicadeza de secarle el rostro antes de reanudar su interrogatorio.
–¿Cuánto te pagaron?
–¡Nadie me pagó nada! –gritó Mundungus ya histérico. –Yo hago mi trabajo y trato de proteger a los míos. Si esa rubia idiota logró seducirte y quieres una disculpa…
–¿Con que es eso? –le interrumpió Sirius. –¿Descubrieron lo tuyo con la Goldstein? ¿Qué usaron? El viejo truco de las fotos en la mesa del marido no funcionaría con Lewis.
–No Sirius, te lo juro. Alicia no tiene nada que ver…
–¿Anthony? –hubo un brillo salvaje en las pupilas verde agua de Mundungus, que se apartaron del rostro de su torturador. –¿Te dijeron que el blanco sería el niño? –insistió Sirius.
–No se de qué hablas –repitió con voz rota.

Sirius sintió pena. Pobre Mundungus, atrapado por no poder decirle a nadie que se acostaba con Alicia Goldstein. Sin dejar de mirarlo, abrió la llave del agua caliente y esperó a que la temperatura de la bañadera fuera agradable. Metió a Mundungus y alcanzó una de las tantas jeringas que hacían guardia alrededor, sacó de su chaqueta una ampolla de morfina STV, de las que el laboratorio le suministraba regularmente. Fletcher lo miró con tristeza.

–¿Eso es todo?

Sirius no contestó, solo preparó la extravagante dosis y se la tendió. Mundungus no intentó revelarse, se inyectó el mismo y, para dar mayor verosimilitud a la historia del exceso de sedantes, dejó la cánula flotando en el agua tibia.

–Ha sido un gran desperdicio, mi vida. Lo único limpio es Anthony. Es un buen muchacho ¿sabes? Merece… –la morfina empezaba a hacerle efecto. –No me molesta dormirme… "un día los marineros se acuestan con el mar, no vuelvan nunca más…"

Sirius no se quedó a oír la patética letanía de Mundungus Fletcher.

Severus

Desde la ventana de la biblioteca, Severus vio a Remus y Harry charlar en el jardín. Parecían padre e hijo, o madre, bromeó para si en lo que regresaba a su butaca favorita en el rincón más oscuro y fresco de la habitación. Después de todo, la manera de ser de Remus nunca había sido extremadamente masculina, ni siquiera antes de que Rookwood…

Severus bufó y trató de apartar el recuerdo del mercenario favorito de los Black. Prefería tratar de evocar al chico delicado, delgado e impertinente que era Lupin en el colegio. En esa época estaba fascinado con las teorías freudianas acerca de la envidia del pene y las disociaciones de los homosexuales: Lupin se le antojó un caso patológico de lo más interesante, era el primero de "ellos" que no parecía… avergonzado.

Rió ante la idea. ¿Remus Lupin avergonzado de que le gustaran los hombres? Eso indicaría la llegada del Apocalipsis, o algo peor. Sí, era esa fuerza, esa confianza en que él no tenía nada que preguntarse, lo que había permitido al joven –y humilde– estudiante de leyes obtener las mejores notas de su curso, a pesar de la abierta discriminación de sus profesores, superar los acosos, las burlas, los desplantes y, finalmente, atrapar a Sirius Black.

Atrapar a Sirius Black… sonaba infantil ahora, pero todos eran bastante niñatos en Oxford, unos niñatos mimados… incluso él, porque los Prince no eran de la alta aristocracia, pero tampoco simples burgueses… De cualquier modo, las expectativas sociales de aquel círculo eran bastante banales: las mujeres deseaban seducir a los ricos herederos entre clase y clase, o demostrar a sus padres que tenían cerebro, para poder ejercer carreras absolutamente irrentables a costa de sus futuros maridos. Los hombres estudiaban algo que tuviera que ver con el perfil general de las bastas empresas que heredarían o para el puesto que su familia eligiera de acuerdo a alianzas políticas largamente meditadas, al tiempo que aprovechaban para elegir a su esposa –el que tuviera esa prerrogativa– y amantes.

Sirius era uno de los pocos sin compromiso matrimonial previo: los Black eran tan escandalosamente poderosos, que podían darle ese gusto a su hijo mayor. Dentro de aquel enrarecido ambiente de jovencitas millonarias y casaderas, una pieza de caza abierta era evento de la mayor jerarquía. Sirius se acostumbró a que la nube de muchachas le rodeara aún antes de que alcanzara la pubertad, y muchas le siguieron a Oxford, sin perder la esperanza de convertirse en la futura Duquesa de Griffindor.

Visto en perspectiva, Severus y sus amigos no tenían que haber estado celosos de la atención que generaba el heredero de los Black, sino riendo por los apuros que todas esas chicas desesperadas le hacían pasar. ¿Cómo nadie consideró sospechosa tanta cercanía con James Potter aún después del "odio a las chicas" de la primera adolescencia? ¿Cómo no vieron los sonrojos, la coincidencia de gustos, el esfuerzo por permanecer juntos, la incomodidad ante los acercamientos más o menos sutiles de otras personas? Para cuando estalló el escándalo, hacía tiempo que Sirius y James habían marcado un claro límite acerca de lo que era pertinente o no para ellos. Lo increíble es que nadie, adultos a cargo, jóvenes envidiosos o jovencitas con intenciones matrimoniales, se detuviera a pensar que ese "nosotros" que no se caía de la boca de ambos, en ese antinatural y sólido "ellos" que pautaba sus acciones.

Definitivamente, la multitud solo ve lo que quiere ver.

Si algo odiaba Severus era ser engañado. Por eso, después de odiar a Sirius por atraer la atención como el snob millonario y ególatra que por naturaleza era, lo odió por no dejar que sus inquisitivos ojos descubrieran el pequeño y horrible secreto. No importaba que mantener oculta su condición fuera imperativo para que esa relación prosperara, que de su capacidad para actuar, en el más refinado y peligroso de los escenarios, fuera casi cuestión de vida o muerte para aquellos adolescentes. El tenía que descubrirlo, porque saber era su única arma en aquel mundo de conocimientos presupuestos donde se había infiltrado.

Pero todo su odio no lo llevaba a justificar lo de Gales. No. Severus Snape no quería a Remus, y ciertamente había odiado a Sirius, pero pocas personas, muy pocas, merecían lo que Rookwood le hiciera a Lupin en aquella cueva. ¡Otra vez Rookwood, maldición! ¿Es que no podía estar en Malfoy Manor sin pensar en ese bastardo? Los dedos del psicólogo tamborilearon en el reposabrazos en lo que evocaba algo menos conflictivo. Había muchos recuerdos para él en esa casa.

La loca de Bella enseñándole a batirse el pelo antes de ir a un concierto de Queen.
Las noches de fiesta en la piscina, con el selecto grupo de Lucius.
Las tardes en esa misma biblioteca, discutiendo de cultura celta y lingüística con Lucius y Lily Evans.

Lily Evans, por supuesto… la piedra de toque de los Merodeadores. Severus no estaba seguro de quién había inventado en nombrecito, pero recordaba la postal que recibiera en la primavera de 1978, para invitarlo al cumpleaños de Lupin, allí se autotitulaban la "Orden de los Merodadores" y el término ya era habitual. Esa noche fue el comienzo del fin.

Con todo el alcohol que llevaban encima, no pudieron dejar de notar que Lupin había… ¡atrapado a Sirius Black!

Cuando pudieron digerir la noticia, nadie estaba seguro de qué era peor, que fuera varón o que fuera pobre. Pero no había mucho que hacer: los Merodeadores eran un bastión sólido, que resistió las invectivas y los acosos económicos, y ya ninguno de ellos imaginaba la vida académica y social de Oxford sin su intervención. Todos rezaron al dios de la resignación.

Gracias a su relación con Dorcas, Severus fue admitido, meses después, en la intimidad de los Merodeadores. La verdad de esa relación múltiple, que escapaba a los más arrebatados delirios de sus amistades, le dejó profundamente impresionado. No. No le impresionaba que se acostaran todos en esa gran cama de doseles verde claro, sino que se respetaran y amaran, que hubieran sido capaces de seleccionar qué parte del escándalo filtrar para mantener a raya a los curiosos, no detectar celos o resentimientos entre James y Sirius –la célula inicial. Le fascinaba la seriedad con que se tomaban el asunto.

Para cuando ocurrió, la ceremonia matrimonial que organizara Dorcas no sorprendió a Severus –los Merodeadores habían devorado su capacidad para el asombro. Esperaba algo así desde su primera visita al hospital, en abril de 1979. Ver la fiereza que el estado de Remus había desatado en los otros tres era perturbador, sobre todo en el caso de Sirius…

El ataque de Rookwood, y la posterior excomunión de su familia, habían roto algo dentro del joven, y la crueldad que ahora afloraba al mínimo anuncio de peligro no era una broma. En realidad, era la misma crueldad egoísta que los Black habían cultivado por generaciones, pero sin el barniz de sofisticación que exigía su posición social. Sirius se veía como el guerrero de una tribu, y sus razonamientos eran escandalosamente elementales: la tribu vive, los otros son prescindibles. Aunque, de nuevo, eran la misma escala de valores que aprendiera de los suyos. ¿O no? Un poco anacrónica, acaso: ningún Black se había mostrado dispuesto a derramar sangre con sus propias manos en unos trescientos años. Sospechaba que, a este Black, la idea la parecía incluso divertida.

Potter y Evans también estaban distintos. Los roles que Severus intuyera en sus charlas informales –nunca podía dejar de pensar como psicólogo– habían cristalizado en las tres semanas de desastre. James era el maquiavélico, Lily la de aseguramiento. Estaba seguro de que ellos nunca discutirían esas asignaciones, pero ahí estaban, y el momento de prueba estaba siendo superado sin baches. Junto a Sirius, el guerrero, los tres ya estaban de regreso de algo, algo que Severus casi envidiaba. Eran sus miradas y gestos, sus decisiones calladas, como las de esos viejos matrimonios que nada tienen que decirse, porque lo saben todo. Remus era ahora el foco de atención, todas las fuerzas de esta extraña escuadra –no podía dejar de pensar en el Batallón Sagrado de Atenas– se tensaban para reparar el daño interno, pero Snape intuyó que quien pudiera controlar el poder destructivo de los Merodadores sería alguien muy afortunado, como desgraciado quien se pusiera en su camino.

Severus estaba ahí cuando Remus despertó –pura casualidad– y vio en sus ojos que algo dentro estaba roto. Obra de Rookwood, sin duda todo el cambio de los Merodeadores, su doloroso salto a una relación adulta, llena de dolor y sacrificios, era su obra. Pero, a diferencia de Lily, James y Sirius, Rookwood no había roto el contén que limitaba lo correcto y lo incorrecto, sino la raíz que sostenía la fuerza interior de Remus. Entonces supo que estaba obligado a intervenir en la lenta recuperación que se avecinaba –y que Black mataría a Rookwood un día de esos.

En las largas sesionen de terapia que siguieron, Severus aprendió mucho más de convivencia, convenciones, complejos, búsquedas de identidad y presiones sociales, que en sus cinco años de estudio. Nunca lo admitiría –en primer lugar porque significaba traicionar a su paciente–, pero todas sus investigaciones posteriores sobre convivencia grupal en comunidades cerradas debían su base teórica a ellos cuatro. Ayudó a Remus a lidiar con lo que había pasado y, sutilmente, le hizo comprender que no había nada malo en desear un enlace formal con sus otros tres amantes –a falta de un término mejor. Después de todo, las personas necesitan rituales.

Dorcas decía que le gustaba fingirse desinteresado, pero en realidad muy pocas cosas a su alrededor lo asombraban, eso era todo. Había visto cómo los cuatro se alejaban de las convenciones sociales y religiosas que los condenaban; cómo su interés por la cultura celta iba de lo intelectual a lo íntimo; cómo Sirius y James cantaban loas a los berserker y ulfhednar; cómo Remus comprendía, muy despacio, que deseaba ser parte de algo "formal". ¿Matrimonio? No tal y como lo entendían en sus convenciones judeo-cristianas, pero, al mismo tiempo, ni más ni menos que eso: una unión, una serie de votos dados sobre protección, fidelidad, apoyo mutuo, un espacio de legitimidad. Por suerte, ninguno de ellos necesitaba que tuviera valor legal. Eran lo suficientemente realistas para soñar apenas una ceremonia, un rito que completara su viaje espiritual hacia la construcción de la familia que deseaban.

Por eso lo de Cornualles no le sorprendió. Aquel 17 de marzo de 1981 marcaba algo, no estaba seguro de qué. Tal vez la señal de que su paciente estaba totalmente recuperado, o de que la "Fénix" era algo definitivamente mayor que sus pequeños intereses. Los Merodeadores estaban cerrando un ciclo con esa "boda" y enviando un mensaje a los jefes. Tras casi cinco meses de trabajo para el gran proyecto del MI6 se casaban, y advertían que todas las decisiones operativas pasaban por esa consideración. Ellos no eran diferentes a los Longbottom, parecían decir. Se sintió orgulloso de conocer gente como ellos –aunque Black aún era un idiota.

¿Y de qué les había servido? Tras veinte años de bregar estaban rodeados de muertos, apenas un puñado de sobrevivientes que se enfrentaba de nuevo a Voldemort. No, algo era distinto, si aún sabía juzgar miradas. Juventud… que bella tu inconciencia, tu aliento trágico y vital…

Severus Snape decidió que elegiría algo para leer, pronto uno de los dos tocaría a la puerta para hacer preguntas y debía lucir convenientemente distraído.

Lucius

Lucius terminó de estudiar el informe, dejó la carpeta a un lado, se echó atrás en su silla y la hizo girar para poder mirar los jardines de su mansión. La tarde caía, y pronto Draco estaría de regreso. Incluso era probable que llegara antes de lo usual, pero no por él.

El orgulloso Vigésimo Sexto Conde de Slytering ponderó la situación: ¿debía sentirse ultrajado, preocupado, feliz? No lo sabía –si algo molestaba a Lucius Tiberius Dante Malfoy más que los ladridos de un perro callejero, era no saber cómo reaccionar ante una situación– y el descubrimiento no mejoró su ánimo. Decidió recapitular.

Su hijo era un invertido irredimible, lo sabía desde que el chico cumpliera los seis años. En su momento, le sorprendió bastante que Narcisa no sospechara hasta la triste tarde del asunto del tocador y que lo comentara solo dos años después con él. Como todo lo que salía mal en la vida de Narcisa era su culpa, lo de Draco también lo era –Lucius juzgo mejor para el niño no recordarle quién tenía un primo gay y una hermana sadomasoquista. Su difunta esposa había manejado muy mal a Draco –ella no era capaz de lidiar con nada más complejo que su arreglo personal– y Lucius había recogido los pedazos de una persona desconocida con quien compartía la sangre. Nunca, ni en sus peores momentos, había contemplado la idea de abandonar a Draco: él era un Malfoy, Draco era un Malfoy, los Malfoy se mantenían unidos.

Draco no era el primer invertido con quien se relacionaba. Sirius y James se habían comportado, pero eran lo que eran. Durante su estancia en Oxford, y luego, saliendo con Narcisa, solía coincidir con Remus. Con una discreción que Lucius no dejaba de admirar, Lupin, a quien al principio consideraba un sofisticado payaso, un maestro de la impostura sexual, acabó siendo su amigo. Al mirar atrás, Lucius comprendía que esa amistad se basaba en el respeto y en algunos silencios: nunca le preguntó por qué pregonar su gusto por los hombres, Remus tampoco quiso saber por qué ocultaba su amor a los gatos. Su amistad fue puesta a prueba en abril de 1979, cuando lo de Gales. Al principio creyó que, con avisar dónde estaba el cuerpo roto sería suficiente, pero se descubrió sin sueño, espiando las conversaciones de Sygnus –su futuro suegro– y Walburga –maldita vieja nazi– para saber. Al cabo halló una solución muy "Malfoy": impedir que alguien muriera por amor era probar que nadie muere de amor, pero Lucius nunca pudo olvidar que era una excusa más bien… débil. Remus era como los amigos de las novelas que leía a escondidas, un… hermano de empeños, aunque fuera un invertido.

Y ahora estaba el hijo de los Merodeadores. ¿Era real lo que leía en los ojos de esos dos? Draco estaba muy dañado como para meterse en una relación ligera, simplemente no era capaz de ello. ¿Y Potter? Según Remus, el chico era serio, pero perder a Diggory lo había dejado vulnerable, inseguro. Probablemente se aferraría a lo primero que pasara para reafirmarse, pero su hijo no era un puerto seguro, más bien un proyecto de trabajo a largo plazo. "Largo plazo" una frase que carece de sentido para la mayoría de los adolescentes.

¿Y eran ellos adolescentes? Por mucho que le doliera, Lucius sabía que Draco había vivido demasiado. Su hijo era un joven que cada día se esforzaba en no ver el lado oscuro de la vida y las personas a su alrededor. Gracias a Evan, el chico nunca había disfrutado de la intensidad o la inocencia diaria que acompañan a la adolescencia; y siendo estrictos, gracias a Narcisa tampoco tuvo verdadera infancia. Incluso se había autoimpuesto la tarea de ser "padre" de Blaise. Por el otro lado el hijo de Remus: nadie que pasa los primeros diez años de su vida trabajando como esclavo y durmiendo en una alacena, para luego ser adoptado por dos maricones millonarios y, finalmente, ver a su amante morir en un atentado organizado por el asesino de sus padres, puede ser "normal".

Así pues, ninguno de los dos podía ser juzgado de acuerdo a su edad biológica. ¿Eso era una ventaja? Para nada, en todo caso terminaba de aclarar que no sabía lo suficiente de ninguno de los dos. ¿Cómo protegerlos, entonces? Trató de darle la vuelta a la pregunta: ¿necesitaban protección? Tal vez, pero no había elementos que indicaran que debían ser protegidos de si mismos. En todo caso ambos tenían enemigos, unir fuerzas con Black y Lupin incrementaba las posibilidades de que sus vástagos sobrevivieran. Y eso era lo importante, decidió: sobrevivir.

El auto de Draco cruzó las rejas de la mansión. Lucius consultó su reloj, única herencia del tío Alphard Black –todo el resto lo había legado a Sirius para eterna rabia de la familia. Su hijo llegaba quince minutos antes, y no por él.

Lucius Malfoy adoraba tener la razón.

TBC…

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