¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

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04 mayo, 2007

DE LEYES Y VENGANZAS 22

Viejos asuntos de faldas


"El corazón tiene más cuartos que un hotel de putas"
Gabriel García Márquez


Harry bajó del auto y se inclinó hacia la ventanilla.

–¿Puedo llamarte mañana?

Draco asintió y extendió su delgada mano, sus dedos rozaron las mejillas del moreno con suavidad. Harry sonrió ante el gesto y atrapó la extremidad para besar su palma. Se habría quedado así por mucho tiempo, sin dar importancia a la pertinaz llovizna londinense, de no ser porque el rubio retrajo el brazo y señaló hacia la casa.

–Te vas a resfriar.

Harry hizo un mohín de desagrado, pero se apartó y comenzó a caminar, despacio, en dirección a la puerta de su casa. El Rolls Royce se alejó en silencio y, para cuando el joven cruzó el umbral, ya se había perdido de vista.

Al entrar, Harry se extrañó del silencio. Normalmente, los sábados por la tarde Sirius veía la Serie Mundial de Beisball por el cable, con Remus acurrucado a su lado, un buen plato de pizza con salchichas y piña y abundante jugo.


–¿Papá?... ¿Papá? –llamó un poco más alto.
–En la cocina –respondió la voz ¿ronca? de Remus.

Harry hizo un gesto de extrañeza, pero se dirigió allí. Tal vez, Sirius se había enterado ya de su mala jornada y había renunciado al juego para acumular mejor su furia. Aunque, cuando se enfadaba, su padre solía encerrarse en el despacho y dar vueltas como una fiera enjaulada, no sentarse tranquilamente en la cocina.

Al cruzar la puerta, supo que algo no marchaba. Sirius no estaba, Remus se lavaba la cara en el fregadero y un sospechoso olor a quemado inundaba la estancia. Se acercó a la figura encorvada y puso una mano sobre el delgado y fibroso hombro.

–Papá, ¿te sientes mal?
Remus negó con la cabeza, pero no separó el rostro de sus manos, extrañamente rojizas.
–Tengo los ojos irritados, nada del otro mundo.
Harry pensó que no era extraño, el olor dentro de la cocina era persistente y difuso, una mezcla de aromas. Como si varios tipos de alimentos se hubiesen achicharrado simultáneamente.
–¿Conecto el extractor? –propuso y no pudo evitar evocar el auto de Draco.
–Deja, acabo de apagarlo.
El joven asintió mientras la incertidumbre crecía en su interior.
–¿Y Sirius?
Por segunda vez en la tarde, Harry notó como los músculos bajo su mano se tensaban. De no haber sido por eso, jamás habría notado la agitación de su padre, porque la voz, aunque ronca –¿por la alergia?–, le salió segura.
–Hubo una emergencia en Francia, creen haber encontrado una pista. Volverá mañana.

Ya fuera porque estaba harto de apoyar los codos en el borde del fregadero, o porque sentía los inquisitivos ojos de su hijo calibrando cada gesto, Remus se apartó, dando la espalda a Harry y caminó, con una leve cojera, hacia la puerta. Le habló al joven sin voltear a verlo.

–No tengo ganas de cocinar, si tienes hambre, pide una p... –la palabra murió en sus labios. ¡Pide cualquier cosa!

Harry volvió a asentir, cada vez menos seguro de qué actitud tomar. Estaba convencido de que las palabras de Remus eran rigurosamente ciertas, pero no contenían, ni de lejos, toda la verdad.

–Papá –llamó inseguro cuando ya el hombre estaba en la salida. –¿Todo está... bien?

El castaño detuvo sus pasos y se apoyó en el marco de la puerta. Su hijo notó entonces que su cabello lucía opaco y que la piel de la mano estaba definitivamente rosada, en oposición a la leve palidez habitual. Remus suspiró, su cuerpo osciló por varios segundos antes de que la respuesta llegara.

–Solo necesito descansar.

Intentó dar un paso más, pero sus piernas empezaron a temblar y perdió el equilibrio. El hubiera querido que otra persona fuera la co–protagonista de esta ridícula escena, pero fueron unos brazos jóvenes los que detuvieron su caída, unos asustados ojos verdes los que escudriñaron su rostro. A pesar de tales evidencias, Remus no pudo evitar que un nombre escapara de sus labios antes de perder la conciencia.

–Sirius.

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Harry marcó por décima vez en la noche el número del celular de su padre, para encontrarse con la desagradable sorpresa de que estaba apagado. Cerró la comunicación y estuvo a punto de tirar el objeto al suelo desde alguna ventana, pero se detuvo a tiempo. Era el teléfono de Remus, no el suyo. Con gran esfuerzo mantuvo la calma y puso el objeto en el bolsillo interior de su chaqueta. Consultó su reloj: eran más de las diez y todavía nadie salía a decirle qué diablos le pasaba a su padre.

Al otro lado del pasillo, Molly Weasley y Susan Bones conversaban en voz baja. En su loca carrera por llegar a San Mungo, Harry había discado de memoria el número de la asistente social –por suerte no lo había cambiado– y luego, cuando los médicos se hicieron cargo de su padre, pudo informar a los pelirrojos. Molly también estaba ahí para informar a los del MI6, sospechaba el joven, pero no le importaba. Tal vez así Sirius aparecería.

Una mujer de ojos marrones salió de la zona de las habitaciones con una tablilla en la mano y se detuvo en mitad del pasillo. Varias personas, a la espera de noticias, dejaron sus asientos.

–Los parientes de Remus Lupin, por favor.
Hubo varios gemidos de decepción mientras Harry, Molly y Susan se acercaban.
–Nosotros –el joven hizo un gesto que abarcaba a las mujeres. –Remus es mi padre.
La mujer asintió y extendió la mano.
–Soy la doctora Pomfrey, señor Lupin.
–Potter –rectificó él y se vio obligado a explicar un poco más ante la expresión extrañada de la médico. –Remus es mi padre adoptivo –no pudo ocultar su ansiedad por más tiempo. ¿Cómo está?
Ella hizo un gesto de comprensión y siguió adelante.
–El señor Lupin llegó con un cuadro alérgico complicado con sus padecimientos neurológicos –consultó sus notas y enfrentó a Harry. –Usted dijo en admisión que en la cocina había una mezcla penetrante de olores.
El chico asintió.
–Bueno, pues yo creo que, simplemente, el señor Lupin se quedó en cocina tratando de airearla y olvido que es sensible a muchas sustancias. Las partículas de tantas cosas diversas se mezclaron en sus mucosas y provocaron un choque anafiláctico.

Harry sintió como el peso que le oprimía los hombros. Un poco de alergia, nada más. A su lado, escuchó el largo suspiro de Susan y el "Gracias a Dios" que masculló Molly.

–En resumen –concluyó la doctora–: su padre nos dio un gran susto, pero no es nada que unos días de descanso y buena alimentación no curen. Ya le pasamos para una habitación individual, duerme ahora. Solo una persona puede quedarse a hacerle compañía, los otros tendrán que esperar a mañana para verle.

–Por supuesto –la respuesta de Molly y el gesto de adelantarse para seguir a la facultativa hicieron reaccionar al joven.
Harry la detuvo con el brazo.
–Yo me quedaré con él –anunció.
Molly le miró sin comprender por un instante, pero luego sus rostros se suavizaron y su voz llegó a Harry en un tono dulce y persuasivo que no ejerció el menor efecto.
–Harry, querido, debes estar cansado. Esto es cosa de adultos.
–Yo me quedaré con él –repitió endureciendo los ojos, en un tono bajo y amenazante.
La pelirroja quiso decir algo más, pero Susan le puso una mano en el hombro y la obligó a mirarle.
–Es su padre, Molly –advirtió.

La mujer miró a sus dos interlocutores con asombro, luego bufó y se fue sin despedirse. Susan estuvo mirando la regordeta figura alejarse hasta la primera bifurcación del pasillo, volteó entonces hacia Harry y le dedicó una mirada escrutadora.

–Me alegró que llamaras –extendió la mano y sonrió levemente. –No estoy segura de poder regresar, pero estaré al tanto. Fue un gusto volver a verte, Harry.

La asistente social se alejó sin decir más y el joven se quedó inseguro por un instante. Esa mujer le seguía inspirando la misma confianza que años atrás. Deseó vagamente detenerla y contarle sus dudas sobre la extraña partida de Sirius, pero ella ya no estaba. En cambio, una linda enfermera le llamó para conducirlo a la recámara de Remus y tuvo que seguirla.

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Sirius soltó un gruñido y apagó el teléfono. La mujer, de bellos ojos azules y desordenada melena rosa chillón, no despegó los ojos del mapa. Solo esperó a que Black volviera a la mesa de estudio y pudiera concentrarse en el sitio que señalaba.

–Entonces –retomó ella la conversación–, los movimientos llaman la atención en esta carretera. Los autos nunca llegan al otro pueblo de importancia relativa, veinte kilómetros al oeste. Todo lo que hay ahí es la granja y un lago.
–Podría ser un señuelo –opinó él.
Ella movió la cabeza, asombrada de que esa fuera la única crítica a su larga exposición.
–Un señuelo caro –acotó.
– Y caro nos va a salir comprobarlo ––admitió Sirius. –De acuerdo, hablaré con Dupon y tendremos un helicóptero temprano en la mañana –el hombre dio por terminada la charla en lo que se apartaba de la mesa. –¿Comemos?

Dejaron la oficina y se dirigieron al ascensor. Una vez más, Sirius se alegró de que el Ministerio del Interior de Francia tuviera ese excelente comedor. Años atrás, ellos cuatro solían despertarse de madrugada y encargar elaborados almuerzos a las sonrientes empleadas. Ellas siempre decían "Si" y sonreían de modo especial a James y Remus. Remus, recordar sus tiempos con él entre esas mismas paredes le produjo una punzada de melancolía.

Las puertas se abrieron y avanzó como un autómata hacia la mesa junto a la ventana oeste. Ella lo siguió dócil y le dedicó una sonrisa comprensiva tras darle la orden al empleado.

–¿Extrañas?
El asintió, ajeno.

¿Quién era esta chiquilla? Ah, si, Tonks, Nimphadora Tonks, la jovencísima promesa de los servicios de inteligencia de Francia. Era todo un reconocimiento que la asignaran a un equipo, había comentado Dupon. La repasó con calma. En la calle, parecería una estudiante de intercambio. Había en su ojos algo de permanente sorpresa, de inocencia y curiosidad. Sus ropas oscuras y entalladas revelaban un cuerpo duro, casi masculino, de senos pequeños y caderas estrechas. Sus cejas y vellos eran castaños, el mismo tono de... Sacudió la cabeza para evitar ese camino.

Ahora ella chequeaba su celular. Por su cara de contrariedad supuso que no había llamadas perdidas, o no de quien ella esperaba.
–¿Vives lejos? –se le ocurrió preguntar.
Ella negó en lo que devolvía el aparato a su cartera.
–Creo que mejor me quedo, no hay nadie en casa.
El tono era levemente amargado. ¿Qué edad tenía para estar amargada? Menos de treinta, seguro.
–Debe haber una explicación –comentó inseguro, en realidad, lo suyo no era consolar desconocidos.
–Siempre la hay –repuso ella. –Debí largarme a la primera, pero me convenció de que tenía psicosis y ahora...
Sirius asintió y, presa de un impulso, pasó la mano por sobre la mesa para acariciar la mejilla de la chica.
–Siempre puedes escapar.
Tonks sonrió con tristeza, pero no apartó el rostro.
–¿Contigo?
El fue a contestar, pero la humante bandeja se acercaba.

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Tonks lanzó un quejidito cuando su cabeza golpeó la pared, pero no intentó apartar al hombre que la presionaba. Chupó sus labios con fruición y deslizó sus ágiles manos entre ambos para sacarse la camiseta. Sus senos, firmes a golpe de ejercicio, se ofrecieron a Sirius como frutas de oscura carne.

El hombre la alzó por las caderas y dio unos pasos, hasta topar con la cama. Cayeron sobre el mullido colchón y fingieron luchar por arrancarse las ropas. Cuando la tuvo desnuda ante si, Sirius no pudo contener el espanto. ¿Cuánto tiempo sin tener una mujer? Casi veinte años, ¡Dios! Acarició con ternura el vientre liso de la joven y separó con ternura las piernas. Ella soltó una risita lujuriosa cuando el dedo suave y curioso exploró sus labios, la vulva, el hinchado clítoris. Observó fascinado como la entrada se lubricaba con sus acciones y que los gemidos de Tonks iban subiendo de tono.

Ya cansada de tanto preámbulo, ella se apartó un poco y buscó un preservativo en la cartera. Agitó el sobre ente los azules y dilatados ojos del hombre. Sirius no pudo contener la extrañeza ¿preservativos? Eso era para Harry no para... Reaccionó a tiempo antes de soltar algún comentario tonto. Esta noche necesitaba preservativos.

Le colocó la funda de goma y lo jaló hacia si. Con cierto nerviosismo, el hombre entró en la húmeda y estrecha cueva. Tonks gritó cuando el ariete golpeó su interior, pero cruzó las piernas tras las caderas del hombre, invitándolo a continuar. Sirius la aferró por los hombros y cerró los ojos.

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Despertó con un tremendo dolor de espalda y el sol atravesando sus párpados. Harry se estiró en su asiento y giró la cabeza hacia su padre. Remus fingía dormir –bastante mal, por cierto– y él fingió creerlo porque se moría por orinar y hacerle otra llamadita a Sirius. Se metió en el baño de la habitación, vació el cuerpo, se lavó un poco y marcó una vez más el número.

En lo que el timbre sonaba, al joven se le ocurrió la idea de que, tal vez, Remus no deseaba ver a Sirius aún. Si el colapso de su padre se debía a una discusión con su pareja, lo mejor era que los ánimos se calmaran. Si, eso era lo razonable, pero no significaba que Sirius se mantuviera ajeno a su estado de salud, habitualmente delicado.

La voz al otro lado de la línea, rasposa, soñolienta y bastante molesta, le sacó de sus reflexiones.
–¿Qué quieres?
–Buenos días a ti también.
–¿Harry? –el tono se suavizó al instante. –Disculpa, es que pensé que era...
–Se lo que pensaste –le interrumpió el chico. –Ahora sé también por qué no devolviste ninguna de mis llamadas anoche.

Se hizo un breve silencio. Harry sabía que el hombre seguía allí, su respiración entrecortada llegaba desde el otro lado del mar, así como un sonido parásito que no lograba comprender.

–Ayer antes de irme para el aeropuerto discutimos y... ¡Nada! Pienso que es mejor calmarse antes de volver sobre el asunto.
El joven no prestó atención a la excusa. Trataba de reconocer el ruido tras la voz.
–Comprendo –dijo por ganar tiempo. –Se lo diré.
El tono de Sirius volvió a ser violento.
–¡¿Te ha pedido que llames en su lugar?!
–No. No me ha pedido nada porque desde ayer a las ocho de la noche esta internado en San Mungo. Tuvo un choque anafiláctico tras el destrozo que hicieron en la cocina.

Nuevo silencio, esta vez de estupor. Harry podía imaginar a su padre pasándose los dedos por la melena y dando pasitos cortos hacia atrás y adelante. Entonces, como un rayo en cielo despejado, otra voz irrumpió a través del éter. Ya no tuvo dudas.

–Por lo menos debiste salir del baño mientras ella se duchaba, Sirius.
–Oye Harry no es...
La frase encendió, aún más, las mejillas del moreno.
–¡Por favor! Busca una mejor excusa. ¡Podía haber muerto anoche si no llego! ¿entiendes? –y cortó la comunicación.

Harry se dejó caer en el suelo del baño y se golpeó la cabeza. Estaba asustado. Deseó que la frase hubiera sido lo suficientemente hiriente, que Sirius se arrepintiera de lo que fuera que le hubiera dicho a Remus y volviera pronto, pero no estaba seguro de que su comentario pudiera afectar a un Black.

Tragó en seco y comenzó a razonar. ¿Cuál era el punto débil de la relación entre sus padres? Los celos de Sirius. ¿De qué habían discutido la tarde anterior entonces? De celos, por supuesto. Era evidente que el castaño había negado todo y que su otro padre había descargado su furia en platos, cazuelas y paredes. Pero era extraño, Sirius era celoso, si, pero no violento.

Harry jugó con el teléfono un poco y suspiró. Quería ayudar a Remus, pero sabía que no era la persona a quien él llamaría si... Volvió a mirar la pantallita brillante. Si su padre había llamado a alguien, el número estaría ahí. Dudó, se estaba metiendo en terreno resbaladizo, pero ¡qué diablos! Entró al archivo de llamadas y empezó a retroceder en el tiempo.

Para su sorpresa, los números marcados eran dos: a Charlie en la mañana, otra a L.M., apenas después del mediodía. Luego pasó al archivo de recibidas, L.M. estaba ahí, esta vez con una charla de su buena media hora. L.M., ¿no sería...? "¿Cómo olvidar a Lucius?", había sido el comentario de Sirius aquella tarde y el creyó que sus ojos evitaban a Draco porque le dolía pensar en su familia.

Bueno, solo había una manera de comprobarlo. Marcó y esperó, con el corazón en un hilo. Respondieron su llamada al primer timbre, y tuvo que admitir que la voz al otro lado era cálida, alegre y sorprendida.

–¿Cómo escapaste tan temprano de casa?
Se quedó un momento en silencio, tratando de decidir las palabras.
–¿Remus? –se inquietó el otro. –¿Estás bien?
–Remus está en San Mungo –logró decir al fin–, desde anoche.
Hubo un silencio en la línea. Harry pensó que se estaba cansando de causar estupor en sus interlocutores.
–¿Qué habitación? –preguntó al fin Lucius sin rastro de calidez en la voz.
–Tercer piso, cama 24.
–¿Quieres que avise a Draco?
Ese ofrecimiento impactó al joven. No esperaba haber sido reconocido.
–Si.

–Dile que llego en quince minutos.

TBC...

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