¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

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03 mayo, 2007

DE LEYES Y VENGANZAS 20

Vestuario

Suspiró y dejó a un lado la delicada escultura de madera: no le parecía un regalo adecuado para Bill. ¿Demasiado tierno? No estaba seguro, pero en la habitación del economista no recordaba objetos de estilo rococó. Sus ojos vagaron por los estantes de la tienda de regalos, estaba cansado de buscar. ¿Y si le compraba un libros? No. No deseaba inmiscuirse en el mundo de Hermione.

Con expresión derrotada, el muchacho salió del establecimiento y consultó su reloj. Quedaba una hora hasta la cita en la cafetería del centro comercial con los Weasley y ninguna idea vino a salvarle.

Notó una tablilla con anuncios de rebajas y se acercó. ¿Rebajas? Pero el nombre de uno de esos sitios era insinuante "Diseños aún no soñados". Harry sonrió. No tenía idea de qué diseñaban en ese lugar, pero a Bill le agradaba lo inusitado. Torció hacia la derecha con energía.

En cuanto el moreno dejó la galería principal, dos personas se despegaron de la vidriera que fingían estudiar y corrieron hacia la curva por donde desapareciera. Uno de ellos era muy ancho, tenía la cabeza redonda y pequeña, cubierta de pelusa rubia y lacia, sus ojos eran marrones, apagados y crueles.

–Es él –murmuró como para si mismo.
El otro, un chico más delgado pero musculoso, le miró sin comprender.
–¿Qué pasa Gran D? No es más que un marica.
Los labios de Gran D se apretaron en una mueca de dolor y asco.
–Ese marica me debe algo.

Ed se asombró, pero se guardó bien de preguntar qué le debía ese marica rico a su jefe. Si alguien le debía algo a Gran D se lo debía a toda la pandilla de Privet Drive.

Gran D giró para estudiar un pequeño plano del edificio y la tablilla con los anuncios de rebajas. Observó ambos documentos con cuidado, hasta que una sonrisa deformó sus delgados y pálidos labios.

–Ve por los chicos, deben estar en la tienda de rock. Nos reuniremos aquí –señaló en el plano cierto local en reparaciones–, y cuando yo llegue, Mark debe tener la puerta abierta. ¿Entendido?

Se marchó a grandes zancadas, sin esperar el asentimiento de Ed.

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Harry entró despacio a "Diseños aún no soñados". ¡Con que era una tienda de disfraces! Vaya que tenía suerte. Bill adoraba la ropa exótica y de diseño original.

A su alrededor, los maniquíes llevaban vestidos de diversas culturas y épocas, con sus accesorios correspondientes, ¡una maravilla! Curioseó un poco en el recibidor, tomó un folleto promocional y dobló hacia el salón "De Creatividad". Como era la primera puerta, dedujo sería donde los empleados te comían a preguntas hasta transformar las más difusas ideas en proyectos concretos.

La sala era amplia, las paredes estaban decoradas con telas y pósters de colores chillones. Por todo el espacio había podios, asientos y mesas de trabajo que reunían a pequeños grupos de personas. Permaneció cerca de la puerta, a la espera de algún empleado. Mientras, estudió superficialmente a las personas que se dejaban medir sobre los pedestales y los diseñadores –uniformados en negro y oro– que se movían a su alrededor.

Reparó en ese momento en que no sabía las medidas de Bill, bueno, Molly podría ayudar en eso.

Había un montón de chicas por la derecha y en el centro… Harry se mordió los labios y dio un paso atrás, pero no pudo despegar los ojos de la rubia cabellera que ahora se agitaba en gesto de negación y molestia.

–En tus sueños me vestiré de Legionario –espetaba Draco Malfoy, descalzo sobre la plataforma de las medidas, a un turbado sastre y otra chica rubia de escultural silueta. ¿Sería Panzy?

No tuvo tiempo para seguir pensando, Draco dio una vuelta y él huyó antes de que pudiera verle. Casi choca con los maniquíes del recibidor y no registró la preocupada expresión del portero. Ya fuera, retrocedió de espaldas, temiendo–deseando que Draco saliera a reclamar por su ridículo comportamiento. Fue por eso que no pudo evitar chocar con un hombre bastante más alto y grueso.

Giró y levantó el rostro.
–Disculpe es que… –las palabras se congelaron en su garganta y el sudor cubrió las palmas de sus manos al reconocerle.
–Harry, ¡qué alegría verte! –Dudley rió de modo estridente a la vez que lo estrechaba. –Hace como cinco años, ¿no?

El moreno quiso hacer palanca con los brazos, pero el agarre del gordo era férreo. Su captor le obligó a caminar hacia el otro lado del corredor, donde cuatro patanes parecían esperarles.

–Suéltame –gruñó Harry sin dejar traslucir su inquietud.
–Creí que te gustaba. Cedric era como de mi altura ¿no?
El rostro del menor se tornó grisáceo, el de Dudley burlón. Se detuvieron junto al resto de la pandilla.
–Miren chicos, no le gusta que le recuerden a su noviecito.
–Ya decía yo que esta muñeca tenía novio –terció Ed.

Harry fue a decir algo, pero su primo la bajó un puñetazo para ver las estrellas y le empujó dentro del local. Los otros cuatro le siguieron y cerraron la puerta.

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Draco giró para que el empleado tomara las medidas de su espalda y alcanzó a ver una rebelde cabellera negra que escapaba. Estuvo a punto de llamarle, pero se contuvo.

Era Harry quien lo evitaba sin pizca de discreción ¿no? Eso sin contar las miradas envenenadas de Ronald. No tenía idea de la razón, pero no le importaba demasiado. Además, tampoco estaba seguro e que el muchacho que salía fuera Potter. Potter no tenía el monopolio sobre las greñas oscuras y revueltas.

Esperó en silencio a que el desconocido atravesara el recibidor y fuera visible a través de las vidrieras. Su corazón dejó de latir por un instante al reconocer a Harry, trastavillando con expresión asustada. Deseó prevenirle sobre el tipo de que lo miraba con odio y esperaba a que sus torpes pasos lo acercaran más. ¡Mierda! Harry parecía incómodo por el encuentro y más aún por el violento abrazo que siguió.

¿Quién era el gordo? ¿Por qué arrastraba a Harry hacia la puerta de la peluquería en reparaciones? Allí estaban cuatro tipejos más, con chaquetas verdes similares a la del gordo. Entraron al local con cierto apuro y Draco no pudo evitar fruncir los labios. Ahora solo quedaba esperar.

Se dio vuelta y fingió escuchar la discusión entre Panza y Paul sobre el color que más resaltaba sus ojos, pero Draco solo observaba de reojo su reloj y la entrada del local supuestamente vacío.

Diez minutos.

¿Dónde estaba la seguridad? Potter llevaba diez minutos en manos de cinco personas hostiles y nadie iba a tocar la maldita puerta. ¿Los habría evadido el muy estúpido? En ese caso… ¡Por la sangre de San Jorge! ¿Por qué precisamente a él?

–¿Draco?

El tono de su amiga le advirtió de que su rostro reflejaba sus inquietas meditaciones. Draco la miró como a una extraña, ¿qué hacía ahí parado? Bajó al suelo y se calzó con premura.

–Tengo que hacer algo. Si no recibes un mensaje de texto de Grabbe en diez minutos, llama a seguridad.
–Pero el negro y el rojo…

Draco no estaba para Sthendal, Panzy lo vio casi correr, seguido de su guardaespaldas, hacia la vieja peluquería. Giró para enfrentar al atónito diseñador con una sonrisa forzada.

–El señor Malfoy ha delegado en mí los elementos básicos de su traje. ¿Continuamos?

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Harry sintió que su estómago se llenaba de piedras cuando Dudley le empujó al interior del oscuro establecimiento y oyó la puerta cerrarse. Giró, adelantó los brazos para no chocar, alguien le levantó en peso y lo puso unos metros más allá. La luz se encendió y los focos amarillos iluminaron las amenazadoras pupilas de su primo, peligrosamente cerca. Retrajo el rostro en lo que parpadeaba, desorientado por el golpe y los violentos cambios de iluminación.

–¡Hey! –chilló un chico con muchas pecas. –Yo te conozco. Eres Harry Potter.

Unos gruñidos amenazadores recorrieron la estancia y el aludido comprendió que los amigos de su primo no tenían la mejor opinión de su persona.

Se concentró en Dudley.
–Déjame ir –exigió con voz calmada.
–¿Estás apurado? –repuso el gordo con tono inocente. –Es sábado, apenas las once.

Harry tragó en seco y maldijo su suerte. Había apostado con los gemelos que podía extraviar a su sombra hasta el almuerzo, y estaba seguro del éxito. Tragándose su orgullo, empezó a deslizar los dedos hacia el botón de alarma silenciosa, pero el gesto fue notado por Ed, que vigilaba su espalda.

–¿Qué buscas? –reclamó a la vez que levantaba su chaqueta.

El pequeño transmisor era visible ahora, colgando junto al celular en la estrecha cadera. Dudley los arrancó con un gesto.

–¿Ibas a llamar a esos dos maricones?
–¡Son mis padres! –gritó Harry sin poder contenerse.
El grupo estalló en carcajadas.
–Tal vez lo sean –concedió el primo. –Les gustaba hacerlo todo junto a ellos cuatro, me han dicho.

Disfrutó tremendamente la mirada dolida del moreno y se sintió un poco retribuido por toda la humillación que él y los malditos pelirrojos le infringieran. Retrocedió para apoyarse en una silla de barbero abandonada y habló muy suavemente, con cierto tono de agravio.

–No hay por qué alterarse, después de todo. Deseo tener una charla amable contigo, nada más. Es que nunca nos despedimos apropiadamente– sopesó el teléfono y el transmisor en sus manos. –Tengo la sospecha de que pueden interrumpirnos así que...

Dudley lanzó ambos objetos contra la pared, y dejó ver su más falsa cara de inocencia cuando las piezas salieron disparadas en todas direcciones.

–¡Ups! Creo que puse demasiada fuerza en el tiro, lo siento. Pero tú no lo sientes ¿verdad? Ese Sirius Black y su maridito te dan todos los gustos. ¿O me equivoco?

Dudley se incorporó y dio un par de pasos en su dirección. Harry no retrocedió, aunque notaba la humedad creciente de su espalda. Los ojillos examinaron su camisa Gucci, los jeans Levi's, las zapatillas Nike de exclusivo modelo, la chaqueta de mezclilla deslavada con forro interior de piel. Sus manos regordetas hicieron un gesto y Ed tiró de la prenda desde atrás. Se la pasó al jefe, que revisó los bolsillos con parsimonia.

El gordo dejó caer un par de recibos, la envoltura de tres caramelos de limón y una pluma estilográfica. Se detuvo en otro objeto mucho más interesante.

–Linda billetera Harry –lanzó el objeto al pecoso. –¿Qué crees Hans?
–¡Cocodrilo de verdad! –extrajo un fajo de billetes del interior y lo manoseó para hacerse una idea de su valor. –¿Ibas de compras?
–Por supuesto –intervino Ed. –Gran D lo trajo de la tienda de disfraces. ¿Ibas a comprar un traje de tirolesa para el carnaval, Harry?

Harry tragó saliva por enésima vez y se obligó a permanecer en silencio. Seguía escudriñando el sitio para imaginar algún plan de escape, pero eran cinco, maldita sea, ¡cinco! Entonces, su cerebro quedó repentinamente en blanco al sentir una mano sobre su trasero.

–¿Creen que sea travesti? –pregutaba Ed a los otros con la boca pegada a su oreja.

Se removió para apartar mano y labios, pero Ed le enlazó la cintura y lo atrajo con fiereza. Todas las alarmas se dispararon en su interior al sentir la nariz del musculitos husmear su cuello.

–¡No huele a hombre!

Dudley retrocedió hacia su improvisado trono y observó a la estrambótica pareja con sorna. Hans dejó la billetera a un lado y se acercó con genuina curiosidad. Mark y John intercambiaron miradas incómodas.

Ed mantuvo el rostro de Harry ladeado, para que el pecoso pudiera olerle el cuello.

–Huele a manzana –informó atónito este. –Seguro hasta se depila.

Hanz puso una mano sobre la cintura del moreno para dejar el vientre al descubierto, pero eso era ir demasiado lejos.

–¡No!

Harry descargó todo su peso en Ed y lanzó ambas piernas con la fuerza que seis meses de entrenamiento y diez años de horror podían imprimirles. El pecoso se dobló sobre si mismo y retrocedió varios metros. Dudley, Mark y John reaccionaron de inmediato.

Hasta ese momento, no estaban seguros de cómo actuar y el manoseo de los otros dos les estaba poniendo nerviosos, pero a los golpes sí sabían responder. El musculitos cambio su agarre para retorcer los brazos del prisionero tras su espalda, pero eso fue un error. Cuando Dudley lanzó su pesado puño, Harry no tuvo dificultad en esquivar el golpe, que recibió Ed en pleno rostro. El leve tambaleo de su noqueado captor le permitió, incluso, darle un cabezazo a Mark.

Harry no podía hacer mucho más en sus circunstancias. John atrapó su cara y la mantuvo firme para Gran D, cerró los ojos y contuvo la respiración, pero una voz que arrastraba un poco las palabras detuvo a todos.

–Ahí estás, Harry –el tono de Draco era ligeramente molesto. –Te he dicho que no me gusta jugar a los escondidos, ¿verdad?

El rubio se dirigió hacia el sitio donde Ed y John aún retenían al chico, le tomó del codo con naturalidad, luego giró para arrastrarle fuera, pero la gran humanidad de Dudley Dursley se interpuso.

–¿Qué te hace creer que sacarás a tu novia de aquí?

El rostro de Draco permaneció impasible, apenas alzó una ceja, como si recién descubriera que no estaban solo ellos dos en el local. El característico chasquido de un arma que se martilla resonó, entonces el rubio se permitió sonreír y explicar.

–Una Colt 38 con silenciador.

Gran D y sus amigos no dijeron nada más.

Draco tiró de Harry otra vez. En el trayecto a la puerta, el rubio recogió la chaqueta y la billetera. Grabbe no bajó el arma hasta que los dos muchachos y él mismo se hallaron de regreso a la galería. Cerró la puerta y le echó cerrojo con ayuda de unas ganzúas.

Harry no reaccionaba. Draco no soltó su codo hasta alcanzar una pequeña terraza cubierta, donde varios bancos de piedra y arbustos agónicos parodiaban un parque. El joven Potter se derrumbó en el primer asiento y comenzó a temblar.

Draco tomó sus manos –tenía las palmas frías y húmedas– y comenzó a frotarlas para darles calor.
–Ya pasó.
El moreno levantó el rostro: tenía los ojos turbios y desenfocados. Trató de explicar su sensación de invalidez, pero apenas pudo articular algunas palabras deshiladas.
–Ellos... Ellos querían... Nadie desde Cedric... ¿Entiendes?
–Si Harry, entiendo –¡vaya si entendía!– , pero no pasó nada.
Se acercó despacio y lo abrazó.
–Llora, déjalo ir.

Harry ocultó el rostro en la pechera de la negra camisa de seda y rompió a llorar. Dejando escapar al fin la rabia, la humillación y el miedo reprimido durante el encuentro con Dudley. El rubio se limitó a sostener su nuca y trazar círculos vagos con el dedo pulgar en la base del cráneo del moreno.

Cuando Harry se calmó y levantó la cara, tenía los párpados hinchados y la nariz enrojecida, Draco sonrió afectuoso y le tendió un pañuelo para que secara sus mejillas.

–¿Quieres hablar con tu padre?
Grabbe se acercó con un celular abierto que Harry acercó a su oído con extrañeza.
–¿Hola?
–¿Harry? ¡Gracias a los ángeles! –Remus sonaba como un hombre al que han quitado un peso infinito de encima.
–Papá yo... –la voz se le quebró y creyó que volvería a sollozar– lo siento.
–Está bien, mi niño. Más tarde hablamos de esos detalles –le interrumpió Remus impaciente. –¿Cómo te encuentras?
–Bien, Mal...

Se cortó a mitad de la palabra y miró a Draco. ¿Dónde estaba la verdad? Al rubio no le había importado que llevara dos semanas ignorándolo en Hogwarts. De alguna forma supo que estaba en un lío y fue por él. Respiró hondo y rectificó.

–Estoy bien, Draco estuvo ahí para mí.
Algo de sus confusos sentimientos debió atravesar la distancia, porque la voz de Remus se volvió confidencial.
–Los Malfoy son muy protectores con los suyos.
Harry asintió, como si su padre pudiera verlo, y logró sonreír.
–Me he dado cuenta.
–Entonces, ¿qué harás ahora?
–Ya no tengo ganas de almorzar con los Weasley, pero perdí mi teléfono.
–Yo llamo a Charlie –resolvió enseguida Remus.
–Y creo que...
De nuevo la duda congeló sus palabras, pero un vistazo a la pálida mano que descansaba sobre la suya le decidió.
–Draco y yo tenemos algunas cosas que aclarar.
–Te esperamos para la cena. Sirius lo debe saber todo ¿no?

Esa advertencia no sorprendió a Harry. Aunque no sería agradable explicar lo de la apuesta, era conciente de que no podía evadirlo.

–¿En la cena?
–De acuerdo. Disfruta lo que te queda de día.

Harry cerró el aparato y buscó los ojos de Draco, inseguro. Algo ominoso debió leer el rubio en su mirada, porque trató de apartar su mano, pero Harry se la estrechó, impidiéndole romper el contacto.

–No te vayas.
Draco desvió el rostro y sacudió la cabeza.
–Ya no me necesitas.
–Si te necesito –le obligó a girar el rostro y enfrentarlo. –Llevo tres semanas necesitándote, desde lo del Soho... Se que actué mal al decir que solo me interesabas por la familia de Sirius y te pido disculpas por ello. Luego me escudé en un par de rumores para evitarte porque trataba de olvidar, pero no pude. No puedo ni quiero dejar de pensarte, dejar de verte antes de dormirme y al despertar. Yo nunca... Nunca sentí algo como esto y me asusté, ¡me asusté tanto! Todavía tengo miedo, pero es miedo de perderte. Quédate y bésame Draco, dame la oportunidad de...

Se le hizo un nudo en la garganta. ¿Oportunidad de qué? Las palabras había surgido sin orden en su interior y ahora estaba como al inicio: inseguro y nervioso. Reaccionó al sentir que unos dedos gentiles le acariciaban la mejilla. Draco sonreía un poco y sus ojos brillaban, divertidos.

–No podrás ser político –no esperó respuesta del turbado moreno. –Pero tienes suerte, los políticos no son mi tipo.

Abrió la boca para responder, pero Draco le impidió hablar al inclinarse hacia sus labios con algo dulzura, con algo de miedo, con algo de desasosiego. Solo fue un roce y luego un mordisquear el labio inferior muy suavemente. Entonces el otro adelantó la lengua y penetró en la húmeda cavidad del rubio muy despacio, la otra lengua le respondió al punto y ambas danzaron.

Harry se separó y dio varias bocanadas para recuperar el aliento. De algún modo estaba abrazado a Draco, apoyando la barbilla en su hombro. Se separó un poco para observar el rostro del otro: tenía las mejillas arreboladas, los ojos entrecerrados y la respiración trabajosa. Simplemente irresistible.

–Y... ¿somos novios?

Draco le miró con extrañeza. La pregunta sonaba tan inocente que golpeaba. Se sintió incapaz de emular tal sencillez, pero lo intentaría.

–Nunca antes tuve novio –confesó.

La faz de Harry se endureció a la vez que asentía, y él supo que recordaba la referencia a Evan Rosier en el Pettit Eiffel, pero eso era solo un fragmento. Se levantó y tiró del brazo del moreno con decisión.

–Vamos a otro sitio. Hay que poner algunas cosas en claro antes de seguir con esta... relación.

Harry le obedeció y caminaron en silencio entre la confusión de los pasillos. Estaba exhausto, pero sabía que su día aún no acababa. Salieron al parqueo y abordaron el Rolls Royce de los Malfoy.

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Ginny llegó sin aliento a las puertas de cristal, su melena rubia platinada ondeaba tras ella, arrancando miradas de envidia en algunas personas. Parapetada tras un carrito de perros calientes, vio a los dos jóvenes abordar el imponente auto negro. No cabía duda de lo que ocurría tras seguirlos por medio centro comercial tomados de la mano, ajenos a las miradas de molestia o admiración de los transeúntes.

La menor de los Weasley maldijo por lo bajo y se encaminó a la cafetería. Allí le esperaban Ron y Hermione, Fred y Parvati, George y Padma, Charlie y Deacon.

–Que bueno que llegas Ginny.
Charlie hizo una seña al camarero en lo que ella dejaba sus bolsas de compras en el suelo y tomaba asiento.
–¿No vamos a esperar a Harry? –saltó Ron.
Ginny fue a decir lo que había visto, pero Deacon puso la carta en sus manos y respondió en tono terminante.
–Remus le ordenó regresar a la casa, los de seguridad reportaron anomalías –miró significativamente a los siameses.

La pelirroja apretó los labios. ¿Sabía Remus quién llevaba de regreso a Harry? ¿No sería esa la "anomalía"? ¡En fin! Confiaba en poder verlo en la noche mientras jugaba ajedrez con Ron y averiguar más.

Comió despacio, ajena a la charla de fútbol y premios Emmy a su alrededor y decidió que vestiría de blanco esa noche. Era hora de introducir contrastes en el vestuario.

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En el interior de la amplia cabina trasera, Draco se sacó la chaqueta y se sentó de frente a Harry.

–Voy a pedirle a Grabbe que de vueltas por la ciudad en lo que hablamos. Cuando termine mi historia, podrás decidir a dónde ir, ¿de acuerdo?
–De acuerdo –asintió el moreno, a la vez que atrapaba las delgadas manos entre las suyas.

Ahora eran las palmas de Draco Malfoy las frías y húmedas.

TBC...

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