¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

Todos los personajes reconocidos públicamente son propiedad de sus respectivos autores. Los personajes originales e historias son propiedad la autora. No se genera ningún beneficio económico por este trabajo, ni piensa por un instante en los derechos de autor.

20 mayo, 2007

EL SEGUNDO REGRESO DEL REY 30

LA SEGUNDA RAMA DE UNA VIEJA DINASTIA

Imladris

Elladan se movió un poco entre los almohadones y elevó las caderas. Gimió. Tras casi seis meses, a su cuerpo le costaba adaptarse a la invasión, pero la necesidad de amor era casi dolorosa. Su amante terminó de hundirse en él y permaneció quieto, en espera de que el grácil hijo de Elrond se mostrara dispuesto a continuar. La señal llegó con un leve pestañeo y unas piernas fuertes enredadas tras su cintura. Comenzó a moverse en un ritmo dulce, casi imperceptible, que poco a poco ganó velocidad y fuerza.

Los cuerpos luchaban estrechar aún más el vínculo, por desaparecer las barreras de piel.

Elladan emitió una serie de incoherentes exclamaciones, una por cada vez que el duro sexo de su pareja le rozaba la próstata. Sintió el orgasmo obnubilar sus sentidos como la ola de un río desbordado. Se derramó sin necesidad de tocarse. Instantes después, el ardiente semen de su pareja le llenaba las entrañas.

Ellohir permaneció abrazado a él hasta que su erección diminuyó lo suficiente para retirarse sin causarle dolor. Se acomodó entre las mantas para quedar sobre su espalda, Elladan apoyó la cabeza en el hueco del hombro de su gemelo y dejó escapar un suspiro quedo.

–¿Fueron satisfechos los exquisitos gustos del príncipe? –inquirió Ellohir en tono burlón.
El otro tardó en contestar, sus ojos tenían esa expresión agotada y soñadora que lo hacía lucir especialmente bello tras el amor.
–Casi. –dijo al fin.
Ahora fue el turno de Ellohir para suspirar. Enredó los dedos en el negro y largo cabello de su pareja.
–Entonces, ¿tú tampoco puedes olvidarlo?
El gemelo mayor negó suavemente. En circunstancia usuales, ese gesto habría bastado, pero esta tarde decidió dar palabras al anhelo que –la falsa pregunta se lo había confirmado– compartían.
–Debemos hacer algo.
–Es difícil…
Ambos sabían que las relaciones con Mirkwood, tensas desde siempre, ahora serían casi imposibles. ¿Cómo traer a un elfo desde el lejano bosque si en el próximo Consejo enfrentarían una posible declaración oficial de guerra?
–¡Le quiero! –insistió Elladan.

¡Había tal dureza en sus palabras! Ellohir le miró a los ojos con temor. Su hermano estaba al límite, demasiadas cosas en muy poco tiempo. El mismo se sentía perdido.

A veces despertaba en la madrugada y no estaba seguro sobre el tiempo o el lugar. ¿Fornost, las afueras de Bree, las Tierras Brunas? ¿1580 o 1766? En esos instantes corría desnudo hasta el roble y oraba. Echaba de menos a Estel y a su padre. Por Eru, ¡apenas una semana y ya odiaba gobernar! En los días de Angmar las cosas eran mucho más sencillas: el enemigo estaba frente a ellos y las espadas en sus manos. Pero ahora las rencillas entre elfos les estaban complicando la vida. ¿Cómo diablos había administrado Rivendel su padre durante tanto tiempo sin colapsar?

Sus palabras se tiñeron de leve reproche.
–Se supone que el impulsivo soy yo, ¿recuerdas?
Elladan respondió al reto haciendo gala de toda su capacidad manipuladora.
–¿No le quieres tú?
No podía mentirle, nunca había sido capaz. Desvió los ojos hacia el techo y asintió.

Ambos guardaron silencio, el fino hilo que unía sus corazones era casi palpable ahora, con sus cuerpos agotados y sus mentes buscando con frenética inquietud la manera de incorporar en sus vidas aquel maravilloso ser.

Ellohir fue el primero en volver a moverse. Acomodó los cabellos de Elladan en gesto maquinal y pasó a la segunda parte del conflicto.

–Si logramos traerle, ¿dejaremos de ocultarnos?

Elladan se llenó de estupor. ¿Qué contestar a eso sin herirle? Claro que él deseaba casarse, dejar de soportar esos ridículos silencios que surgían en cuanto un visitante preguntaba por los nietos de Celebrian, besarlo en cualquier sitio, ¡tantas cosas! Le acarició la mejilla y le beso muy despacio, pero los brazos a su alrededor se estrecharon, instándole a hablar.

–Sabes que te amo.
–¡No te pregunté eso!
–Te amo, pero somos quienes somos.
Ellohir abandonó el lecho de un salto.
–Estoy harto.
El otro gemelo se sentó y estudió sus nerviosas zancadas por la habitación.
–Ya no más –repitió–, es hora de pensar en nosotros.
–¿Y nuestro deber? –Ellohir hizo una mueca de desprecio– ¿Y Estel?

¡Acertó! El gemelo dejó caer los brazos, derrotado, y se acercó de nuevo al lecho. Dejó que su hermano le acariciara el cuello con las yemas de los dedos. Lloró en silencio y se aceptó el magro consuelo de los brazos que lo estrecharon y le obligaron a tenderse.

Elladan se tragó sus propias lágrimas y le llenó el rostro de besos leves, besos de sosiego y protección. Estaban en el mismo punto muerto de siempre.

Llanura de Orome

El viento acarició sus mejillas, la hierba osciló bajo su nariz, un escarabajo escaló lentamente su mano izquierda y estudió el puño de su camisa antes de continuar la ascensión hacia el codo, varias hormigas intentaron desmontar un botón de su túnica. Legolas sintió cómo la vida simple de la tierra le abrazaba y una paz que hacía mucho no sentía inundó sus sentidos. Pero una voz infantil irrumpió en su éxtasis.

–Despierta.
Giró, tratando de alejarse entre sueños.
–¡Hey! –le sacudieron el hombro– Despierta. Debes hacerme una espada.
Tan extraordinario pedido apartó la somnolencia de golpe, así que el príncipe se sentó con un rápido y fluido movimiento. Parpadeó varias veces antes de enfocar correctamente. La persona ante él volvió a hablar.
–Debes hacerme una espada.

Le contempló confuso, tratando de recordar por qué su rostro le era familiar. El chico tenía el cabello negro y ligeramente ondulado, cejas pobladas, ojos azules, mandíbula redondeada y orejas puntiagudas. Sin embargo, la piel cremosa y los vellos de sus manos denunciaban la sangre mortal. Estaba ante un medio elfo. Uno muy joven, dedujo por su escasa altura y rasgos aniñados.

El pequeño se cansó de la inspección e insistió.
–¿Me harás la espada?
–¿Es que no sabes decir nada más? –bufó el rubio.
–Se decir muchas cosas –repuso el chico con un tono sarcástico extremadamente familiar al príncipe–. Se decir: Ada Legolas, Adar Aragorn, Príncipe Auril, Tío Halladad, odio Ferebrim, busco Elladan Ellohir, dolor Elrond, misterio Galadriel Arwen, amigo Frodo Sam Ferry Pippin Gimli Gandalf Faramir Eowyn Haldir, fiel Clan Maderos, perdido Dagas Arco Flecha –terminó la enumeración con un suspiro y volvió a sus trece– ¿Me harás una espada?
–Lo siento –negó Legolas–, pero no se hacer espadas. Te daría una de mis dagas, solo que… –frunció el ceño, algo se le escapaba– alguien me quitó mis armas.

Volvió a mirar al pequeño con detenimiento. Esa manera de cruzar los brazos ante una contrariedad… pero era imposible. Rozó la mejilla y dejó caer los dedos a lo largo de la oscura cabellera. Esa textura… por favor ¡no!

–¿Cómo te llamas?
–Auril.
–¿Auril?
El elfito asintió –Príncipe Auril.

Ahora Legolas miró a un lado y otro de la infinita llanura donde conversaban: no había sol, ni árboles, ni se oía el rumor del agua, solo estaban la hierba –dorada y flexible como el primer día de otoño– y el cielo azul. Se contempló a si mismo: vestía una camisa blanca de puños prolijamente bordados en plata, pantalones de montar de color rojo y túnica sin mangas de similar color. Cada botón tenía grabado el emblema de la casa real de Gondor: un árbol con siete estrellas alrededor de su follaje. Auril vestía de la misma forma y le contemplaba expectante.

–¿Qué pasa? –reclamó el rubio fastidiado y preocupado por ocultar su pánico.
–¿Cómo puedes no saber quién soy?
–Nunca te había visto.
Auril adelantó los labios en un puchero despectivo.
–Creo que perdiste el cerebro junto con tus armas elfito.
–¡No me hables así!
–Pero Ada es que… ¿acaso hay otro Auril? ¡Tú me nombraste!
Legolas no pudo evitar sonreír ante el rostro enfurruñado de su hijo.
–Tal vez tengas razón.

Delineó con el dedo pulgar la delgada cicatriz de su palma: nada, no era más que una línea muerta en su piel. Suspiró y volvió a concentrarse en Auril. Su hijo estaba recogiendo piedrecillas que guardaba en los bolsillos del pantalón.

–¿Y para qué quieres la espada?
El chico no giró para contestarle.
–Para escapar porque yo creo –dejó caer un guijarro al suelo y volteó abruptamente, sus ojos estaban angustiados–, creo que Adar no sabe dónde estamos.
El elfo le atrajo hacia su pecho.
–¡No digas eso ni de juego! –le regaño suavemente– Aragorn vendrá por nosotros, es solo cuestión de tiempo.
Auril levantó la cabeza para mirarlo directo a los ojos, en sus pupilas anidaba la duda.
–¿Entonces por qué no puedo sentirle? El siempre estuvo cerca y de repente ¡ya! Desperté aquí, entre tus brazos, pero él se fue.
–No se fue, solo está un poquito lejos –aseguró con fuerza

La queja de Auril confirmaba sus sospechas: estaban en la Pradera del Orome, probablemente a causa de la droga que le administraba Ferebrim desde hacía... ¿cuánto tiempo? No lo recordaba. Ahora debía confiar en que su esposo hallara el rastro de los teleri y, mientras, ocupar la mente de su hijo en otra cosa.

–Te voy a contar un cuento. –propuso.
–¿De elfos? –se entusiasmó el menor.
–No. De hobbits –dudó un poco, organizando sus ideas–, más bien de un hobbit, un hobbit que emprendió un largo viaje.
Auril se acomodó en su regazo e indagó ansioso.
–¿Iba en busca de un tesoro?
Legolas asintió sonriente.
–Y no cualquier tesoro, sino el oro que un dragón muy malvado robara al Rey enano de la Montaña Solitaria. Bilbo Bolson, que así se llama nuestro hobbit, ganó al cabo algo más que oro y diamantes, pero eso es adelantar la historia. Todo empezó en un agujero en el suelo, donde vivía el hobbit.
"No un agujero húmedo, sucio, repugnante, con restos de gusanos y olor a fango, ni tampoco un agujero seco, desnudo y arenoso, sin nada en que sentarse o que comer: era un agujero-hobbit, y eso significa comodidad...

Frontera Sudoccidental de Mirkwood

Brego se detuvo en el límite de la floresta y oteó el aire con desconfianza. Aragorn le dejó hacer, demasiado cansado ya para darle órdenes. Brego había probado antes ser más listo que todos los caballos –excepción hecha con Sombra Gris, que no era un caballo–, y que varios hombres. Volvió sus ojos hacia la cicatriz en la palma de su mano y el vacío le atenazó de nuevo. La garra fría y sarmentosa estrechó su garganta y la niebla comenzó a cubrir sus ojos impidiendo ver o sentir las almas de Legolas y Auril, el aire le faltaba a sus pulmones. Con un supremo esfuerzo de voluntad cortó el vínculo y el rumor del cercano bosque volvió a sus oídos.

–Hay magia muy poderosa en juego.

El Rey se sobrepuso al escalofrío que el extraño acento del avari le generaba, asintió y forzó su expresión hasta un punto que podría ser considerada amigable. Brego, en cambio, sacudió la cabeza, dejando clara su negativa a que el elfo redujera la distancia que los separaba. Aragorn optó por desmontar para acercarse al mensajero.

–Mae govaennon, Finarfin –hizo un leve gesto hacia los árboles– ¿Puedo entrar?

Finarfin negó despacio varias veces y él comprendió que, si bien el elfo no tenía órdenes al respecto, personalmente lo desaconsejaba. Luego el inmortal reprodujo despacio el mensaje de Halladad.

–La Hoja y la Hojita partieron a la Última Morada, tras la caída del hijo de Aërendil. El Mar les siguió. Somos prisioneros de las hojas. Los heroes de Fornost deben reunirse.
El ex–montaraz meditó unos segundos antes de contestar.
–Los Noldor volverán a Alqualonde, luego pediremos perdón a los Valar. El Clan de Maderos tiene el respeto del Clan de Elwe Singollo, pero el Bosque está en deuda con el Valle.
Finarfin movió los labios en lo más cercano a una sonrisa que sus apretados rasgos le permitían y ofreció un paquete.
–Para el viaje.

Aragorn agradeció las provisiones con una reverencia y esperó la despedida, tal vez algún último detalle sobre los teleri. En lugar de ello, el elfo apretó los dedos alrededor de la empuñadura de su espada y desvió sus ojos hacia Brego.

–Hermoso corcel.

El dunedain asintió levemente y esperó en silencio. Entendía que Finarfin buscaba fuerzas en su interior para continuar la entrevista más allá de sus órdenes y le dio tiempo para traducir las ideas a su sindarín lento de extrañas combinaciones. El hijo de Maedros no lo detendría si no se tratara de un asunto muy importante pero, entonces, ¿por qué no era parte del mensaje original?

Tras casi un minuto, Finarfin logró sobreponerse a sus fantasmas y habló.
–Alguna vez te llamaron Estel, y los Héroes de Fornost fueron responsables de tu nombre, pero ¿es cierto que Ellohir fue tu atarince?
"Atarince", que palabra antigua y sutil para definir un parentesco.
–Lo fue –admitió el hombre con voz neutra.
–Puedo saber –insistió– ¿quién murió en tu lugar?
–Voronwe hijo de Elladan y Ellohir –respondió despacio, ya dividido entre la ofensa y la intriga.

¿Qué podía ocurrir en el interior de Mirkwood que afectase la relación de sus hermanos– padres? Cruzó los brazos y se concentró. El comentario no era ocioso, le sugería un vínculo entre la inquietud de los hijos de Maedros y los de Elrond. Hubo un crujido a sus espaldas y el avari giró sobre sus talones, su negra melena se elevó y ondeó como si tuviera vida propia. Como un rayo en cielo despejado, Aragorn vio en sus recuerdos el breve enfrentamiento entre Feanor y Halladad el día de la boda.

–Finarfin –llamó.
El elfo giró de nuevo y tras él su extrañamente animada cabellera.
–¿Quién dejó escapar a Ferebrim?
El aludido negó varias veces con fuerza. ¡Le habían prohibido decirlo! Entonces trató de acercarse tangencialmente al hecho.
–¿Dónde está?
–En un calabozo.
–¿Y Feanor?
–Feanor lo castiga mucho –algo en la voz del avari se quebró–, lo castiga demasiado.
Finarfin suspiró de manera audible y dio un paso hacia el hombre, bajó la voz como si temiera sus propias palabras.
–Yo creo…

Aragorn le miró como si descubriera a un orco declamando el Quentasilmarilion. Finarfin creía ¿¡en singular!? Eso sí era noticia. Su expresión asustó al avari, los negros ojos perdieron dureza y la voz se volvió suplica sin transición.

–Escúchame, por favor. La deuda del Bosque, podemos pagarla con el culpable ¿no te parece? Lo entregamos a los elrondidas y que ellos decidan.

El hombre tardó en responder, abrumado por el torrente de noticias, por la inaudita situación de ver a un avari disentir del criterio familiar y expresarlo ante un extraño. ¡Amroth debía estar en verdadero peligro!

–¿Esto es idea tuya?
Finarfin negó en silencio y rehuyó sus ojos, la incomodidad seguía presente en su voz y gestos.
–Maërys, Finrod y yo... –admitió reticente y trató de exponer sus razones– ¡No fue su culpa! Si lo oyera, vería las huellas de la magia en sus recuerdos.
–¿Hablas de Feanor?
–Sí, exacto. Y como ellos –Aragorn supo que ahora hablaba de los gemelos– le miraron de esa forma en la boda…
Volvió a contemplarle anhelante. Finarfin esperaba, Mareéis, Finrod y Amroth esperaban, los últimos avaris esperaban la promesa de ayuda de los eldar.
–Muy bien, este es el mensaje: Los Noldor volverán a Alqualonde, luego pediremos perdón a los Valar. El Clan de Maderos tendrá el respeto del Clan de Elwe Singollo si paga la deuda del Bosque con el Valle. Nos veremos en Carroca cuando regresen las flores.

Finarfin dio un paso más y estrechó la mano de Aragorn en un gesto afectuoso, era como ser acariciado por una estatua viva y fría. Se inclinó profundamente y retrocedió hacia el Bosque sin erguirse.

–Tus palabras viajan en mi boca, Rey de los Hombres –alcanzó a oír el ex–montaraz antes de que su silueta se perdiera entre la sombra de los árboles.

Aragorn pestañeó, asombrado de todo lo que viera y oyera. Cuando volvió a enfocar sus sentidos, Finafin el avari ya no estaba a su alcance.

Torre de Ecthelion, Minas Tirith

Faramir sintió que el corazón se le ensanchaba con la risa de Eowyn en sus oídos.

El crepúsculo inundaba con su luz la terraza, sacando reflejos áureos de la cabellera de su prometida y azulados en la melena de Arwen. La Dama Blanca de Rohan parecía ahora una simple chica de mejillas rosadas, conversadora y sencilla. El senescal dio otro trago a su te y prestó atención a la charla de las mujeres. La elfa continuaba su narración tras esperar a que la risa de la rohirrim se calmara.

–... entonces Ada perdió la paciencia y le increpó: "¡Estel! Si crees que es tan fácil gobernar una isla, te pondremos en una" y le cargó hasta una isleta en el centro del estanque.
Eowyn se doblaba de la risa, apenas recuperó el aliento para pedir más detalles.
–¿Y qué hizo Aragorn? ¿Lloró, pidió perdón?
–¿Llorar ese? ¡Qué va! Es demasiado orgulloso. Imagínate que destejió parte de su túnica para hacer un sedal y le puso de anzuelo un broche de su capa. Cuando atrapaba un pez, pedía perdón a Eru a grito pelado, explicando que la culpa era de Ada, que lo forzaba al asesinato con su injusto castigo.
–¡Asesinato pescar! ¡Qué muchacho!
–¿Qué edad tenía? –preguntó Faramir, que se había perdido los inicios del relato.
–Unos diez años. –Arwen tomó un trago de vino y explicó el inicio del enredo– Todo empezó cuando estudiaba la historia de Númenor. Estel opinaba, junto a Elladan, que el legado de tío Elros había sido traicionado por sus herederos, los reyes de Oesternesse.
–¿Tío Elros?–repitó el hombre, casi para sí mismo, pero Arwen se extendió, encantada de hablar sobre la historia familiar.
–Si, tu sabes: Elros hijo de Eärendil, cuando tomó el trono de Númenor su nombre pasó a ser Tar-Minyatur. Isildur era su descendiente. En casa siempre llamamos a los reyes de Gondor y Arnor "Hijos de Elros", era un apelativo familiar.
Solo ahora repara en la expresión feliz, rayana en estupidez, del hombre.
–¿Faramir?
Él la mira como si la descubriera por primera vez. En su expresión hay tal reverencia que la elfa se siente casi halagada.
–Arwen, tú eres parte de la Familia Real de Gondor ¿no? Si, eres sobrina del fundador de la dinastía... Eres un regalo de los Valar, Arwen Undómiel. ¡Eso es!
Ambas mujeres le miran sin comprender, pero Faramir no se detiene para explicar la repentina alegría. Se levanta y las besa.
–¡Me voy! Esto no puede esperar hasta la mañana. Tengo que revisar unos papeles, pero, si no me falla la memoria... –casi la puerta se vuelve hacia ellas– ¡Bendito sea Tío Elros!

Mazmorras, Fortaleza de los elfos de Mirkwood

Amroth intentó levantar la cabeza y contuvo un gemido de dolor. De sus labios partidos goteaba sangre y sentía que dos o tres dientes oscilaban, apenas sostenidos en las encías. Las sienes latían y su visión estaba muy limitada por la inflamación del ojo derecho –el izquierdo no podía abrirlo en absoluto. Giró hacia el lado que menos dolía de su cuerpo y trató de sentarse, pero fue imposible con el brazo izquierdo fracturado y la mano derecha sin un dedo sano. Si solo se tratase de esas heridas valdría la pena el esfuerzo, pero la punzada en su pecho denunciaba varias costillas fuera de lugar, con el consiguiente peligro en caso de movimientos bruscos. Decidió que lo mejor era seguir yaciendo sobre su espalda y esperar.

¿Esperar qué?

Si Feanor regresaba, probablemente volviera a golpearlo hasta dejarlo al borde del abismo de Mandos, listo para que Yavanna gastara sus lágrimas y le devolviera a esta mazmorra llena de sus propios olores y desechos.

Con un poco de suerte, Finwe o Ingwë vendrían en unas horas. ¿Tendría fuerzas para hablar y lograr que le cortaran la garganta? Ellos eran jóvenes e irreflexivos, los únicos que podrían perder la cabeza y terminar su tormento. ¡Por Oromë, deseaba tanto que todo concluyera!

Pensó por un instante en Maërys el día de su boda, pero la sustituyó enseguida la imagen de Legolas –muerto o ultrajado en las Montañas Nubladas. Su alma gritó sin voz y lloró sin lágrimas.

Era su culpa, era su culpa que Legolas estuviera en peligro, era su culpa que Elladan y Ellohir no pudieran vengar la muerte de Lord Elrond, era su culpa la vergüenza que ahora cubría al Clan. Maedros y Curufinwë no estaban muertos, eran grandes guerreros y sus nombres permanecían grabados en el recuerdo de sus hijos. Feanor lo había dicho: El estaba muerto ahora, borrado y deshonrado, peor que un orco o una araña. Nunca conocería los hijos de Halladad y Maërys, ni los jardines de Rivendel, ni los altos muros de Minas Tirith, ni las perezosas olas que lamen las arenas del Mar de Rhûn.

La reja de la celda se abrió y varias personas entraron. Amroth no podía mirar para saber de quién se trataba, pero su estómago se contrajo de miedo. El oído le indicó que tres elfos se acercaban y luego la luz de una antorcha le obligó a cerrar su único ojo.

–¡Por los Valar! –exclamó una voz femenina.– Mira como lo ha puesto. –¿Podría ser Maërys?
Los tres elfos le rodearon y uno de ellos se agachó junto al herido.
–¿Amroth, puedes oírme? –esta vez el joven no tuvo dudas sobre quién le hablaba.
–¿Fi... Finar... fin? –inquirió despacio, casi ahogado por la sangre que manaba de sus encías.
–Si pequeño, soy yo. No hables, o acabarás de perder los dientes.

Amroth sintió como los fuertes brazos de su hermano levantaban su cabeza y una escudilla de madera presionó sus labios. No tenía fuerzas para elegir qué comer, simplemente dejó que la leche endulzada con miel se deslizara garganta abajo y extendiera un extraño calor por todo su organismo. Al tercer trago, su estómago empezó a protestar.

–Llevas demasiado tiempo en ayuno, es normal que no puedas digerir mucho. –comentó Finarfin cuando le indicó con los ojos que era suficiente.

Apartó la escudilla y le sonrió. ¿Por qué le sonreía? ¿Acaso merecía él las sonrisas de los elfos? En ese momento Maërys se acercó, tenía los ojos húmedos. Delineó con su dedo índice la mandíbula rota del hermano. Finarfin apartó la mano y le miró a los ojos.

–Sanará –afirmó.

Amroth los miraba sin comprender. ¿Sanar? ¡El iba a morir! La joven princesa asintió y tragó en seco. Finarfin le señaló algo, ella giró un poco sobre si misma y sacó de algún sitio vendas y listones delgados de madera. Más que estar desconcertado, a estas alturas Amroth temía por la seguridad de sus hermanos.

–Fea... nor. –argumentó al ver que Finarfin se inclinaba hacia él con clara intención de empezar una cura rudimentaria.
–Feanor no volverá a ponerte un dedo encima –aseguró el que permanecía de pie con la antorcha.
–Fea... nor. –repitió mientras se resistía con sus menguadas fuerzas a ser vendado.
–¡Quieto o te harás más daño! –se exasperó Finarfin– Feanor tiene un Rey ¿recuerdas? Halladad ha decidido que vivirás, no corresponde a Feanor castigarte, ni siquiera al Rey del Bosque. Esperaremos a que los gemelos vengan a buscar a su padre, en la primavera.

Las noticias entraron como un torrente en su cerebro. ¿Halladad Rey? ¿Esperar hasta la primavera? ¿Pospuesto el castigo? Permaneció quieto mientras sus hermanos inmovilizaban los dedos de la mano derecha, el antebrazo izquierdo, el tórax y el muslo izquierdo. Estaba demasiado aturdido para reaccionar y los dolores eventuales que le provocaban sus manipulaciones no le conmovían.

En medio de la niebla que empezaba a apoderarse de su cerebro, Amroth se detuvo sobre el elemento más llamativo de las sintéticas noticias: ¿Halladad era Rey? ¿Desde cuándo? Había una sola manera de acceder al trono...

Finarfin y Maërys dieron por terminado su trabajo, estaban seguros de que el estado de Amroth no se complicaría al ser trasladado a su habitación, donde se encargarían de lavarle y limpiar apropiadamente todas las heridas. Finarfin empezó a guardar los implementos de curación en un morral.

–Maërys, toma la antorcha –ordenó.

El segundo elfo se inclinó entonces sobre el herido y le dedicó una sonrisa cálida. Finarfin se acomodó la bolsa en la espalda y levantó la cabeza y las piernas de Amroth suavemente, el otro introdujo sus brazos bajo las cuñas de espacio así generadas y, con un solo movimiento, se irguió llevando en sus brazos el delgado y pálido cuerpo.

–Thran... Thran... –quizo saber Amroth antes de que la somnolencia le tragara.
Finrod empezó a caminar hacia la salida de la celda. Sonrió orgulloso a su hermanito mientras respondía.
–Te dije que pagaría por intentar dañarte. ¿Recuerdas?

Imladris

Ellohir terminó de arropar a Estel y dedicó una mirada inquieta a su gemelo. El Rey se revolvía en su sueño y llamaba continuamente a Legolas, pero Legolas no estaba en el Valle, ni en todo el sector sur de las Montañas Nubladas.

Aragorn había llegado un par de horas antes, exhausto y ansioso, preguntando por el Príncipe. Nadie estaba muy seguro del orden de los acontecimientos pero el hecho es que el dunedain casi mata al viejo Amras cuando este negó cualquier conocimiento acerca del elfo rubio. Erestor y varios soldados apenas pudieron contenerle ante el ataque de rabia que siguiera. Solo las calmadas palabras de sus padres adoptivos hicieron entrar a Aragorn en razón, por un rato.

Entonces vino lo peor. El rudo montaraz colapsó en llanto sobre el regazo de su atarince y contó lo que sabía de la muerte de Elrond, la huida de su esposo, el escape de Ferebrim y la fracasada cita en Imladris. Si Legolas no estaba allí, era porque Ferebrim lo había interceptado y entonces Auril… Aragorn quería empezar a rastrear las rutas desde la cordillera hacia el mar enseguida, a despecho de su deplorable estado físico.

Los gemelos y el segundo consejero se opusieron de inmediato, pero él no entendió razones. Legolas y su hijo estaban allá fuera, en algún sitio oscuro y húmedo, en peligro. ¡Tenía que ir! Al final Elladan dejó caer la cabeza cansado y le brindó una taza de te con la promesa de salir a la caza de teleris en cuanto se cambiaran de ropa. Estel no pudo ni protestar antes de caer rendido por el fuerte somnífero administrado.

Lo pusieron en su vieja habitación con la esperanza de que la droga lo obligara a descansar diez horas al menos, pero –contradiciendo todas las expectativas– solo obtuvieron un sueño ligero y surcado de inquietud, apenas restaurador.

Viendo el rostro de su hijo deformarse por el dolor, Ellohir se acomodó a un costado de la cama y empezó a acariciarle la espalda, a la vez que entonaba una vieja canción que usara para dormir al pequeño Estel cuando aún llevaba pañales.

Home is behind / El hogar quedó atrás
The world ahead / El mundo está ante ti
And there are many paths to tread / Y hay muchos caminos que recorrer
Through shadow / A través de las sombras
To the edge of night / Hacia el corazón de la noche
Until the stars are all alight / Hasta que todas las estrellas brillen

Mist and shadow / Niebla y penumbras
Cloud and shade / Nube y sombras
All shall fade / Todo se desvanece
All shall...fade / Todo ha de... morir

Elladan no tardó en unírsele y el estribillo a dos voces pareció conjurar paz en Estel.

Paso Norte de las Montañas Nubladas

La tropa se detuvo y empezó a organizar su campamento a escasos metros de la orilla del río. Unos brazos firmes ayudaron a desmontar a Legolas y le sentaron sobre una mullida manta, cálida y limpia. El rubio no giró la cabeza, tras los primeros tres días de marcha había comprendido que cada alto para acampar sería idéntico a los anteriores, y no deseaba agotar su poca memoria en ello.

Suspiró agotado. Su visión y su fuerza muscular disminuían por horas, pero la sensibilidad de su piel aumentaba de modo similar. Solo el roce de las manos de Ferebrim al desmontar habían erizado los pelos de su nuca. ¿Dónde estaba Aragorn? Si bien durante el día era capaz de concentrarse en mantener amenas pláticas con Auril, cuando el sol se ponía, la visión de la Llanura de Orome se esfumaba dejándole en los labios el amargo sabor de la pesadilla.

Estaba tan ensimismado en sus pensamientos que la voz del elfo a su lado le hizo saltar.
–¿Cómo te sientes hoy, mi príncipe?
Legolas no necesitaba ver para reconocer la voz de Ferebrim.
–De la misma manera que ayer: preso.
El teleri sonrió y rozó levemente la oreja de Legolas con uno de sus delgados dedos. El rubio se apartó, pero fue incapaz de ocultar el temblor que se apoderó de su cuerpo.
–Vaya –comentó casual Ferebrim–, para ser un fiel esposo te enervas muy fácil.
–No es mi culpa. Tu mejor que yo debes saber qué provoca esa poción en mis sentidos.
–¿Te refieres a la poción que "elegiste" tomar?
El Príncipe se mordió los labios.

Ferebrim siguió acariciando las sensibles orejas y observó complacido como Legolas seguía temblando, su cuerpo y su mente en pelea por el control de sus sensaciones. Deslizó la mano hasta el delgado cuello y dio vuelta hacia la nuca.

–Detente. –gimió Legolas.
Ni siquiera se tomó el trabajo de responder.

Ferebrim empezó a abrir la túnica de viaje y palpó los pectorales levemente hinchados a través de la camisa. Legolas levantó las manos en un vano intento por detenerlo, pero sus puños eran ahora los de un niño.

"Mi niño" se descubrió pensando el elfo–brujo ", es el niño al que voy a quitarle la inocencia"

–Dime Legolas. ¿Cuántas veces yaciste con el Rey antes del infortunado accidente de Lord Elrond?
El rubio apretó los labios, pero Ferebrim deslizó una mano hacia su vientre y lo apretó. Endureció un poco el tono esta vez.
–¿Cuántas veces?
–Cinco –respondió el sinda.
–¿Solo cinco? –la risa cruel del teleri alcanzó todo el campamento– Eso está muy bien, querido. Me haré la idea de que no sabes nada –pasó un dedo por los delgados y pálidos labios–, de que tu inocencia es mía.

Le empujó hasta que Legolas estuvo sobre su espalda y pasó a desatar la camisa. El príncipe escuchó unos pasos y se esforzó por enfocar, era inútil, pero el diálogo pronto le dio más información de la que deseaba.

–¿Qué hermanito, vas a probarlo ya?
–Si Elarosse. Lo habría dejado para más tarde, pero el Príncipe se calienta en cuanto le tocan las orejas. ¡Imagínate!
Elarosse rió.
–Vaya con la putita de Mirkwood.
–¡No soy ninguna puta! –la bofetada le hizo girar el rostro.
–Jamás me interrumpas mientras converso, querido.
–Oye Ferebrim, creo que tiene demasiados humos.
–¿Me ayudas a bajárselos? Sabes que nunca he sido egoísta contigo…
Unas manos anchas y blandas palparon el torso ya desnudo de Legolas, pellizcaron sus sensibles pezones.
–¡Pero si ya los tiene duros!
–¿Ves que calentona es mi putita sinda? Nada más le quitas la camisa y se excita.
–¿Y abajo?
–Veamos…

Los pantalones de Legolas fueron bajados sin mucha delicadeza, y él apretó los párpados ante la vergüenza que su cuerpo le estaba haciendo pasar. El coro de risas le confirmó que ya eran varios los elfos que observaban.

–¡Mirad que linda flecha tiene este arquero! ¡Lista para disparar! Bueno Elarosse, veo que tú también estás calentito, supongo que la lengua de mi putita deberá bastarte por esta noche…
–¿Su lengua? –la voz de Elerosse sonaba decepcionada– ¿Y quién llenará mi culito?
–Yo lo haré, mi bello Elarosse –afirmó un voz que Legolas relacionó vagamente con el nombre de Angrod–, tu culito no va a quedar vacío.
–De acuerdo entonces.

Elarosse tiró sus pantalones a un lado y se puso a horcajadas sobre el pecho de Legolas. Empujó el miembro palpitante hacia sus labios, pero él apretó los dientes.

–Ferebrim… –llamó el que deseaba follarle la boca con voz impaciente.
–Legolas, mi amor, se amable. –el rubio encajó la mandíbula reuniendo sus últimas fuerzas– De acuerdo entonces.

Se alejó unos pasos y regresó con un látigo. Lanzó un solo golpe hacia la parte alta de los muslos del elfo yaciente. Legolas retrajo las piernas y grito, pero esa oportunidad fue aprovechada por Elarosse para llenarle la boca con su pene. El teleri agarró con fuerza un mechón de pelo rubio y obligo así a Legolas a mover la cabeza al ritmo que deseaba.

–Wow, esto sí que es vida... Ya entiendo porque te esforzaste tanto por tenerlo hermanito...

Ferebrim no contestó, estaba concentrado en mantener abiertas las piernas de Legolas. Con la sangre que escurría de sus muslos lacerados, el elfo mojó un dedo y palpó el apretado trasero del rubio. Legolas contestó con una patada. Auque no llevaba demasiada fuerza, Ferebrim estaba desprevenido y calló hacia atrás. Sus facciones se endurecieron.

–Traté de ser amable Legolas, pero me has hartado. ¡Orodreth! ¡Aegnor! Sosténganlo.

Dos elfos bastante fornidos se acercaron, tomaron los tobillos de Legolas y tiraron en direcciones contrarias. Ferebrim se ubicó entonces ante su cadera y apuntó a la entrada apenas humedecida de sangre.

El rubio apretó los párpados y dijo solo una palabra antes de que el dolor le golpeara.
–Estel.

Llanura de Oromë

Legolas acunó a su hijo con temor mal disimulado. El cielo sobre ellos presagiaba tormenta.
–¿Por dónde íbamos? –Auril frunció el ceño y lo miró inquieto.
–Es la tercera vez que pierdes el hilo del cuento, ¿sabes? –Legolas le echó una mirada asesina y el niño se apresuró a informarle– Los elfos capturaron a los enanos y Bilbo siguió a la comitiva hacia el interior de la fortaleza del Bosque.
–¡Por supuesto! –asintió el ada.

Pero el elfo no siguió adelante con la historia: acababa de darse cuenta de que apenas recordaba los detalles de la Fortaleza, el lugar donde había nacido. Tragó en seco y buscó en su mente algo que diera verosimilitud a esta parte del relato.

–Fue una época dura para Bilbo. Para comer, merodeaba por las habitaciones y robaba los restos de las mesas que a menudo se servían en los departamentos del castillo.
"Un día, el hobbit entró a un aposento donde un joven elfo tarareaba sentado en el antepecho de la ventana, de espaldas a la mesa. Bilbo se acercó despacio y no pudo evitar escuchar la canción que el jovencito repetía como un sonsonete. Le gustó la evocación de aventuras que encerraban esos versos y la recordaría décadas después, ya de regreso a Bolson Cerrado.
Auril se movió entre sus brazos y bostezó.
–¿Cómo era la canción? –pidió con voz soñolienta.
–Te lo diré, pero debes mantenerte despierto –le obligó a sentarse erguido–. Escucha:

Home is behind / The world ahead / And there are many paths to tread / Through shadow / To the edge of night / Until the stars are all alight. / Mist and shadow / Cloud and shade / All shall fade / All shall...fade.


Miró intensamente a su hijo mientras cantaba, Auril estaba despierto otra vez y sus ojos brillaban de excitación.
–Tú eras el elfo en la ventana.
–Si.
Legolas dedicó una mirada breve a su entorno, la oscuridad aumentaba y, aunque no podía recordar la razón, tuvo la certeza de que estaba relacionada con él. Volvió a enfocarse en Auril.
–Ahora vamos a cantar la canción juntos.
–Tengo sueño Ada.
–Dormirás cuando tu padre llegué. –le cortó Legolas impaciente– Vamos, repite Home is behind...
–... The world ahead...

La hierba alrededor de ellos empezó a crecer rápidamente y Legolas levantó por instinto al pequeño de modo tal que los piesecitos descansaran en sus muslos. Se esforzó por sonreír.
... And there are many... ¿Qué sigue?
Auril le miró dudoso.
... paths to tread...
Las puntas de las hierbas chocaron con sus muslos y piernas, pero no se detuvieron. Sus bordes filosos comenzaron a cortar las ropas y la piel del elfo. Legolas se concentró en los azules ojos de su hijo y no dejó temblar su voz.
... Through shadow...
Algo de aquel intenso dolor debía estar reflejado en sus ojos, porque el chico alzó ahora su voz emocionada.
... To the edge of night....
–Eso es – le elogió–, continúa.
Las hojas perforaban ya su carne y Legolas pudo sentir cómo la sangre goteaba lentamente. Apenas podía ver el rostro de su hijo por la densa oscuridad, una oscuridad mayor que la del cielo en la Batalla de los Campos de Pelennor o Moria.
–¡No te detengas Auril!

Imladris

–¡LEGOLAS!

El grito desgarrado hizo saltar a los gemelos. Ambos corrieron hacia la habitación adyacente. En el amplio lecho, Aragorn convulsionaba con los ojos cerrados y una expresión de intenso dolor. Ellohir trató de despertarlo.

–Estel, es solo un sueño, por favor. –le sacudió un hombro– Estel, despierta.
Pero el hombre siguió su apasionado diálogo con los seres que le atacaban.
–¡Déjame! No te atrevas a tocarme... –se quejó y su cara giró violentamente, como si alguien le golpeara– Pagarás por esto. Me bañaré en tu sangre, no quedará en Forlindon ni un rastro de tu existencia... Te odio...
Ellohir volteo hacia su gemelo.
–¿Alguna idea para despertarlo?
Pero Elladan tenía los ojos muy abiertos, señaló con un dedo la palma de la mano izquierda del hombre, donde la cicatriz del enlace se abría en un manantial rojo.
–¡Por los Valar! –comprendió Ellohir.

El gemelo mayor salió de su estupor y se apresuró a buscar una toalla en el baño cercano con la cual vendar la herida. Mientras lo vendaban, el forcejeo del Rey con la nada dejó al descubierto sus piernas: ambas extremidades se encontraban separadas y los músculos lucían tensos, en lucha por volver a unirse.

Los gemelos se apartaron, sabían que la magia del enlace mantendría unidos a ambos cónyuges hasta que uno de los dos perdiera el conocimiento, el peligro terminara u otra magia más poderosa interviniera. Ellos nada podían hacer por su hijo ahora, excepto esperar.

Ellohir buscó la mano de su hermano a tientas y dejó escapar unas lágrimas silenciosas. Legolas era prisionero de elfos, ¡seres de luz como ellos mismos! ¿Cómo podían ser capaces de violarlo? Volvieron a su mente el elfito de grandes y curiosos ojos azules que conociera en el Jardín de Celebrian, el joven melancólico que se entregaba a la pasión del combate como si cada hora fuera la última, el alegre y danzarín elfo de la reciente boda. Todos ellos reclamaban en este momento la ayuda de su esposo, para lidiar con una herida que los Valar –estaba seguro de ellos– nunca esperaron fuera infringida a los Primeros Nacidos por sus propios hermanos.

Las invectivas de Aragorn iban perdiendo volumen a medida que sus fuerzas se drenaban. Por el tono, ya casi quejumbroso, los gemelos supieron que pronto se rompería el enlace y despertaría.

–Eso duele... no, por favor... por favor... mi bebé...
Esta última frase fue más bien un quejido. Luego Aragorn empezó a llorar y sus ojos se abrieron lentamente. Elladan y Ellohir se acercaron.
–Estel. –llamó suavemente el mayor.
El hombre giró el rostro hacia ellos con ojos ligeramente desenfocados, pero los reconoció y se lanzó al regazo de su atarince.
–Padir, Padan –gimió, como cuando era muy pequeño y mezclaba palabras de élfico con la lengua de los hombres.
Elladan trazó círculos en la espalda de su hijo tratando de calmarle. Poco a poco, los sollozos de Estel se calmaron, entonces le obligó a recostarse en la cama y empezó a arroparle de nuevo.
–El está en peligro –argumentó el hombre e intentó levantarse, pero el gemelo mayor negó suavemente y le mantuvo horizontal con una mano apoyada en su pecho.
–Duerme ahora, mi niño. Mañana salimos tras ellos.
Los ojos del ex–montaraz brillaron afiebrados por un instante.
–¿Lo prometes? –demandó anhelante.
–Palabra de padre, pero solo si duermes hasta que yo diga que es hora.
–De acuerdo... dormir... tal vez soñar.

Paso Norte de las Montañas Nubladas

Ferebrim se retiró casi por completo y se enterró con gran rapidez en el cuerpo de Legolas. Hizo una serie de rápidas estocadas y juzgó la sensación de irrumpir en una carne casi virgen como algo delicioso que debía repetir. En su lista mental de "Cosas por hacer al regresar a casa" anotó de inmediato acabar de cogerse a la elfita que trabajaba en la taberna. Para evitar complicaciones llevaría a Orodreth consigo, que él la desvirgara, luego desfloraría el apretado culito de 1200 años sin peligro.

¿Qué edad tenía Legolas? 1500 más o menos, todo un bocado. Y testarudo: aún luchaba por apartarse. El teleri no trató de controlarlo, los débiles movimientos de las caderas bajo su cuerpo agregaban placer. Volvió a golpearle el rostro y logró que se estuviera callado un rato. Esa canción era absolutamente desagradable. ¿Por qué debía una canción de elfos hablar de la muerte de esa manera? Ellos eran inmortales, seres para vivir en el placer infinito que corresponde a la belleza infinita.

Los jadeos de Elarosse llegaron desde su derecha, Angrod le estaba haciendo sudar de veras. Más allá, un elfito lloraba con la cara oculta en el hombro de Orodreth, ¿qué motivaba sus dulces quejidos? ¡Vaya! Orodreth y Aegnor lo estaban compartiendo. Seguro habían desgarrado un poco su trasero. Pero el chico se estaba portando bien: no ofrecía ninguna resistencia, su cuerpo ondulaba siguiendo el ritmo que Aegnor imponía a sus caderas y gemía.

Bajó los ojos hacia su rubio.
–Mírame –ordenó.
Como Legolas permaneció con los párpados cerrados, pellizcó sus pezones con fuerza.
–Mírame –repitió y los profundos ojos azules fueron descubiertos–. Quiero que me veas, porque soy tu amo.

El rubio no se dio por enterado, así que Ferebrim tomó sus caderas y salió de él. El rostro de Legolas se relajó ostensiblemente, pero se volvió deformarse cuando el teleri le penetró de nuevo, con tal fuerza que el golpe de carne contra carne se escuchó como un chasquido. El procedimiento fue repetido tres veces más antes de que Legolas perdiera la batalla por su dignidad.

–Eso duele... no, por favor... por favor... mi bebé...

Su voz quebrada llevó al éxtasis a Ferebrim. Era ya la quinta vez que penetraba al compás del golpe en la estrechez de Legolas. Gruñó mientras se corría en el maltratado canal y se separó antes de que su erección desapareciera por completo y caminó hacia el sitio donde yacían Elarosse y Angrod. Su hermano le recibió sonriente y él besó con pasión a Angrod. La noche apenas comenzaba.

Legolas se giró de lado, atrajo sus muslos hacia el pecho, envolvió las piernas en sus brazos y trató de controlar el violento temblor que le atacaba. Podía sentir cómo le escurría del trasero una mezcla de sangre, semen y excremento que manchaba lentamente su lecho, pero ya no importaba. Desgranó muy bajito los últimos versos de la canción por enésima vez esa tarde.

Mist and shadow / Cloud and shade / All shall fade / All shall...fade.

TBC...
LA SEGUNDA RAMA DE UNA VIEJA DINASTIA


Imladris

Elladan se movió un poco entre los almohadones y elevó las caderas. Gimió. Tras casi seis meses, a su cuerpo le costaba adaptarse a la invasión, pero la necesidad de amor era casi dolorosa. Su amante terminó de hundirse en él y permaneció quieto, en espera de que el grácil hijo de Elrond se mostrara dispuesto a continuar. La señal llegó con un leve pestañeo y unas piernas fuertes enredadas tras su cintura. Comenzó a moverse en un ritmo dulce, casi imperceptible, que poco a poco ganó velocidad y fuerza.

Los cuerpos luchaban estrechar aún más el vínculo, por desaparecer las barreras de piel.

Elladan emitió una serie de incoherentes exclamaciones, una por cada vez que el duro sexo de su pareja le rozaba la próstata. Sintió el orgasmo obnubilar sus sentidos como la ola de un río desbordado. Se derramó sin necesidad de tocarse. Instantes después, el ardiente semen de su pareja le llenaba las entrañas.

Ellohir permaneció abrazado a él hasta que su erección diminuyó lo suficiente para retirarse sin causarle dolor. Se acomodó entre las mantas para quedar sobre su espalda, Elladan apoyó la cabeza en el hueco del hombro de su gemelo y dejó escapar un suspiro quedo.

–¿Fueron satisfechos los exquisitos gustos del príncipe? –inquirió Ellohir en tono burlón.
El otro tardó en contestar, sus ojos tenían esa expresión agotada y soñadora que lo hacía lucir especialmente bello tras el amor.
–Casi. –dijo al fin.
Ahora fue el turno de Ellohir para suspirar. Enredó los dedos en el negro y largo cabello de su pareja.
–Entonces, ¿tú tampoco puedes olvidarlo?
El gemelo mayor negó suavemente. En circunstancia usuales, ese gesto habría bastado, pero esta tarde decidió dar palabras al anhelo que –la falsa pregunta se lo había confirmado– compartían.
–Debemos hacer algo.
–Es difícil…
Ambos sabían que las relaciones con Mirkwood, tensas desde siempre, ahora serían casi imposibles. ¿Cómo traer a un elfo desde el lejano bosque si en el próximo Consejo enfrentarían una posible declaración oficial de guerra?
–¡Le quiero! –insistió Elladan.

¡Había tal dureza en sus palabras! Ellohir le miró a los ojos con temor. Su hermano estaba al límite, demasiadas cosas en muy poco tiempo. El mismo se sentía perdido.

A veces despertaba en la madrugada y no estaba seguro sobre el tiempo o el lugar. ¿Fornost, las afueras de Bree, las Tierras Brunas? ¿1580 o 1766? En esos instantes corría desnudo hasta el roble y oraba. Echaba de menos a Estel y a su padre. Por Eru, ¡apenas una semana y ya odiaba gobernar! En los días de Angmar las cosas eran mucho más sencillas: el enemigo estaba frente a ellos y las espadas en sus manos. Pero ahora las rencillas entre elfos les estaban complicando la vida. ¿Cómo diablos había administrado Rivendel su padre durante tanto tiempo sin colapsar?

Sus palabras se tiñeron de leve reproche.
–Se supone que el impulsivo soy yo, ¿recuerdas?
Elladan respondió al reto haciendo gala de toda su capacidad manipuladora.
–¿No le quieres tú?
No podía mentirle, nunca había sido capaz. Desvió los ojos hacia el techo y asintió.

Ambos guardaron silencio, el fino hilo que unía sus corazones era casi palpable ahora, con sus cuerpos agotados y sus mentes buscando con frenética inquietud la manera de incorporar en sus vidas aquel maravilloso ser.

Ellohir fue el primero en volver a moverse. Acomodó los cabellos de Elladan en gesto maquinal y pasó a la segunda parte del conflicto.

–Si logramos traerle, ¿dejaremos de ocultarnos?

Elladan se llenó de estupor. ¿Qué contestar a eso sin herirle? Claro que él deseaba casarse, dejar de soportar esos ridículos silencios que surgían en cuanto un visitante preguntaba por los nietos de Celebrian, besarlo en cualquier sitio, ¡tantas cosas! Le acarició la mejilla y le beso muy despacio, pero los brazos a su alrededor se estrecharon, instándole a hablar.

–Sabes que te amo.
–¡No te pregunté eso!
–Te amo, pero somos quienes somos.
Ellohir abandonó el lecho de un salto.
–Estoy harto.
El otro gemelo se sentó y estudió sus nerviosas zancadas por la habitación.
–Ya no más –repitió–, es hora de pensar en nosotros.
–¿Y nuestro deber? –Ellohir hizo una mueca de desprecio– ¿Y Estel?

¡Acertó! El gemelo dejó caer los brazos, derrotado, y se acercó de nuevo al lecho. Dejó que su hermano le acariciara el cuello con las yemas de los dedos. Lloró en silencio y se aceptó el magro consuelo de los brazos que lo estrecharon y le obligaron a tenderse.

Elladan se tragó sus propias lágrimas y le llenó el rostro de besos leves, besos de sosiego y protección. Estaban en el mismo punto muerto de siempre.

Llanura de Orome

El viento acarició sus mejillas, la hierba osciló bajo su nariz, un escarabajo escaló lentamente su mano izquierda y estudió el puño de su camisa antes de continuar la ascensión hacia el codo, varias hormigas intentaron desmontar un botón de su túnica. Legolas sintió cómo la vida simple de la tierra le abrazaba y una paz que hacía mucho no sentía inundó sus sentidos. Pero una voz infantil irrumpió en su éxtasis.

–Despierta.
Giró, tratando de alejarse entre sueños.
–¡Hey! –le sacudieron el hombro– Despierta. Debes hacerme una espada.
Tan extraordinario pedido apartó la somnolencia de golpe, así que el príncipe se sentó con un rápido y fluido movimiento. Parpadeó varias veces antes de enfocar correctamente. La persona ante él volvió a hablar.
–Debes hacerme una espada.

Le contempló confuso, tratando de recordar por qué su rostro le era familiar. El chico tenía el cabello negro y ligeramente ondulado, cejas pobladas, ojos azules, mandíbula redondeada y orejas puntiagudas. Sin embargo, la piel cremosa y los vellos de sus manos denunciaban la sangre mortal. Estaba ante un medio elfo. Uno muy joven, dedujo por su escasa altura y rasgos aniñados.

El pequeño se cansó de la inspección e insistió.
–¿Me harás la espada?
–¿Es que no sabes decir nada más? –bufó el rubio.
–Se decir muchas cosas –repuso el chico con un tono sarcástico extremadamente familiar al príncipe–. Se decir: Ada Legolas, Adar Aragorn, Príncipe Auril, Tío Halladad, odio Ferebrim, busco Elladan Ellohir, dolor Elrond, misterio Galadriel Arwen, amigo Frodo Sam Ferry Pippin Gimli Gandalf Faramir Eowyn Haldir, fiel Clan Maderos, perdido Dagas Arco Flecha –terminó la enumeración con un suspiro y volvió a sus trece– ¿Me harás una espada?
–Lo siento –negó Legolas–, pero no se hacer espadas. Te daría una de mis dagas, solo que… –frunció el ceño, algo se le escapaba– alguien me quitó mis armas.

Volvió a mirar al pequeño con detenimiento. Esa manera de cruzar los brazos ante una contrariedad… pero era imposible. Rozó la mejilla y dejó caer los dedos a lo largo de la oscura cabellera. Esa textura… por favor ¡no!

–¿Cómo te llamas?
–Auril.
–¿Auril?
El elfito asintió –Príncipe Auril.

Ahora Legolas miró a un lado y otro de la infinita llanura donde conversaban: no había sol, ni árboles, ni se oía el rumor del agua, solo estaban la hierba –dorada y flexible como el primer día de otoño– y el cielo azul. Se contempló a si mismo: vestía una camisa blanca de puños prolijamente bordados en plata, pantalones de montar de color rojo y túnica sin mangas de similar color. Cada botón tenía grabado el emblema de la casa real de Gondor: un árbol con siete estrellas alrededor de su follaje. Auril vestía de la misma forma y le contemplaba expectante.

–¿Qué pasa? –reclamó el rubio fastidiado y preocupado por ocultar su pánico.
–¿Cómo puedes no saber quién soy?
–Nunca te había visto.
Auril adelantó los labios en un puchero despectivo.
–Creo que perdiste el cerebro junto con tus armas elfito.
–¡No me hables así!
–Pero Ada es que… ¿acaso hay otro Auril? ¡Tú me nombraste!
Legolas no pudo evitar sonreír ante el rostro enfurruñado de su hijo.
–Tal vez tengas razón.

Delineó con el dedo pulgar la delgada cicatriz de su palma: nada, no era más que una línea muerta en su piel. Suspiró y volvió a concentrarse en Auril. Su hijo estaba recogiendo piedrecillas que guardaba en los bolsillos del pantalón.

–¿Y para qué quieres la espada?
El chico no giró para contestarle.
–Para escapar porque yo creo –dejó caer un guijarro al suelo y volteó abruptamente, sus ojos estaban angustiados–, creo que Adar no sabe dónde estamos.
El elfo le atrajo hacia su pecho.
–¡No digas eso ni de juego! –le regaño suavemente– Aragorn vendrá por nosotros, es solo cuestión de tiempo.
Auril levantó la cabeza para mirarlo directo a los ojos, en sus pupilas anidaba la duda.
–¿Entonces por qué no puedo sentirle? El siempre estuvo cerca y de repente ¡ya! Desperté aquí, entre tus brazos, pero él se fue.
–No se fue, solo está un poquito lejos –aseguró con fuerza

La queja de Auril confirmaba sus sospechas: estaban en la Pradera del Orome, probablemente a causa de la droga que le administraba Ferebrim desde hacía... ¿cuánto tiempo? No lo recordaba. Ahora debía confiar en que su esposo hallara el rastro de los teleri y, mientras, ocupar la mente de su hijo en otra cosa.

–Te voy a contar un cuento. –propuso.
–¿De elfos? –se entusiasmó el menor.
–No. De hobbits –dudó un poco, organizando sus ideas–, más bien de un hobbit, un hobbit que emprendió un largo viaje.
Auril se acomodó en su regazo e indagó ansioso.
–¿Iba en busca de un tesoro?
Legolas asintió sonriente.
–Y no cualquier tesoro, sino el oro que un dragón muy malvado robara al Rey enano de la Montaña Solitaria. Bilbo Bolson, que así se llama nuestro hobbit, ganó al cabo algo más que oro y diamantes, pero eso es adelantar la historia. Todo empezó en un agujero en el suelo, donde vivía el hobbit.
"No un agujero húmedo, sucio, repugnante, con restos de gusanos y olor a fango, ni tampoco un agujero seco, desnudo y arenoso, sin nada en que sentarse o que comer: era un agujero-hobbit, y eso significa comodidad...

Frontera Sudoccidental de Mirkwood

Brego se detuvo en el límite de la floresta y oteó el aire con desconfianza. Aragorn le dejó hacer, demasiado cansado ya para darle órdenes. Brego había probado antes ser más listo que todos los caballos –excepción hecha con Sombra Gris, que no era un caballo–, y que varios hombres. Volvió sus ojos hacia la cicatriz en la palma de su mano y el vacío le atenazó de nuevo. La garra fría y sarmentosa estrechó su garganta y la niebla comenzó a cubrir sus ojos impidiendo ver o sentir las almas de Legolas y Auril, el aire le faltaba a sus pulmones. Con un supremo esfuerzo de voluntad cortó el vínculo y el rumor del cercano bosque volvió a sus oídos.

–Hay magia muy poderosa en juego.

El Rey se sobrepuso al escalofrío que el extraño acento del avari le generaba, asintió y forzó su expresión hasta un punto que podría ser considerada amigable. Brego, en cambio, sacudió la cabeza, dejando clara su negativa a que el elfo redujera la distancia que los separaba. Aragorn optó por desmontar para acercarse al mensajero.

–Mae govaennon, Finarfin –hizo un leve gesto hacia los árboles– ¿Puedo entrar?

Finarfin negó despacio varias veces y él comprendió que, si bien el elfo no tenía órdenes al respecto, personalmente lo desaconsejaba. Luego el inmortal reprodujo despacio el mensaje de Halladad.

–La Hoja y la Hojita partieron a la Última Morada, tras la caída del hijo de Aërendil. El Mar les siguió. Somos prisioneros de las hojas. Los heroes de Fornost deben reunirse.
El ex–montaraz meditó unos segundos antes de contestar.
–Los Noldor volverán a Alqualonde, luego pediremos perdón a los Valar. El Clan de Maderos tiene el respeto del Clan de Elwe Singollo, pero el Bosque está en deuda con el Valle.
Finarfin movió los labios en lo más cercano a una sonrisa que sus apretados rasgos le permitían y ofreció un paquete.
–Para el viaje.

Aragorn agradeció las provisiones con una reverencia y esperó la despedida, tal vez algún último detalle sobre los teleri. En lugar de ello, el elfo apretó los dedos alrededor de la empuñadura de su espada y desvió sus ojos hacia Brego.

–Hermoso corcel.

El dunedain asintió levemente y esperó en silencio. Entendía que Finarfin buscaba fuerzas en su interior para continuar la entrevista más allá de sus órdenes y le dio tiempo para traducir las ideas a su sindarín lento de extrañas combinaciones. El hijo de Maedros no lo detendría si no se tratara de un asunto muy importante pero, entonces, ¿por qué no era parte del mensaje original?

Tras casi un minuto, Finarfin logró sobreponerse a sus fantasmas y habló.
–Alguna vez te llamaron Estel, y los Héroes de Fornost fueron responsables de tu nombre, pero ¿es cierto que Ellohir fue tu atarince?
"Atarince", que palabra antigua y sutil para definir un parentesco.
–Lo fue –admitió el hombre con voz neutra.
–Puedo saber –insistió– ¿quién murió en tu lugar?
–Voronwe hijo de Elladan y Ellohir –respondió despacio, ya dividido entre la ofensa y la intriga.

¿Qué podía ocurrir en el interior de Mirkwood que afectase la relación de sus hermanos– padres? Cruzó los brazos y se concentró. El comentario no era ocioso, le sugería un vínculo entre la inquietud de los hijos de Maedros y los de Elrond. Hubo un crujido a sus espaldas y el avari giró sobre sus talones, su negra melena se elevó y ondeó como si tuviera vida propia. Como un rayo en cielo despejado, Aragorn vio en sus recuerdos el breve enfrentamiento entre Feanor y Halladad el día de la boda.

–Finarfin –llamó.
El elfo giró de nuevo y tras él su extrañamente animada cabellera.
–¿Quién dejó escapar a Ferebrim?
El aludido negó varias veces con fuerza. ¡Le habían prohibido decirlo! Entonces trató de acercarse tangencialmente al hecho.
–¿Dónde está?
–En un calabozo.
–¿Y Feanor?
–Feanor lo castiga mucho –algo en la voz del avari se quebró–, lo castiga demasiado.
Finarfin suspiró de manera audible y dio un paso hacia el hombre, bajó la voz como si temiera sus propias palabras.
–Yo creo…

Aragorn le miró como si descubriera a un orco declamando el Quentasilmarilion. Finarfin creía ¿¡en singular!? Eso sí era noticia. Su expresión asustó al avari, los negros ojos perdieron dureza y la voz se volvió suplica sin transición.

–Escúchame, por favor. La deuda del Bosque, podemos pagarla con el culpable ¿no te parece? Lo entregamos a los elrondidas y que ellos decidan.

El hombre tardó en responder, abrumado por el torrente de noticias, por la inaudita situación de ver a un avari disentir del criterio familiar y expresarlo ante un extraño. ¡Amroth debía estar en verdadero peligro!

–¿Esto es idea tuya?
Finarfin negó en silencio y rehuyó sus ojos, la incomodidad seguía presente en su voz y gestos.
–Maërys, Finrod y yo... –admitió reticente y trató de exponer sus razones– ¡No fue su culpa! Si lo oyera, vería las huellas de la magia en sus recuerdos.
–¿Hablas de Feanor?
–Sí, exacto. Y como ellos –Aragorn supo que ahora hablaba de los gemelos– le miraron de esa forma en la boda…
Volvió a contemplarle anhelante. Finarfin esperaba, Mareéis, Finrod y Amroth esperaban, los últimos avaris esperaban la promesa de ayuda de los eldar.
–Muy bien, este es el mensaje: Los Noldor volverán a Alqualonde, luego pediremos perdón a los Valar. El Clan de Maderos tendrá el respeto del Clan de Elwe Singollo si paga la deuda del Bosque con el Valle. Nos veremos en Carroca cuando regresen las flores.

Finarfin dio un paso más y estrechó la mano de Aragorn en un gesto afectuoso, era como ser acariciado por una estatua viva y fría. Se inclinó profundamente y retrocedió hacia el Bosque sin erguirse.

–Tus palabras viajan en mi boca, Rey de los Hombres –alcanzó a oír el ex–montaraz antes de que su silueta se perdiera entre la sombra de los árboles.

Aragorn pestañeó, asombrado de todo lo que viera y oyera. Cuando volvió a enfocar sus sentidos, Finafin el avari ya no estaba a su alcance.

Torre de Ecthelion, Minas Tirith

Faramir sintió que el corazón se le ensanchaba con la risa de Eowyn en sus oídos.

El crepúsculo inundaba con su luz la terraza, sacando reflejos áureos de la cabellera de su prometida y azulados en la melena de Arwen. La Dama Blanca de Rohan parecía ahora una simple chica de mejillas rosadas, conversadora y sencilla. El senescal dio otro trago a su te y prestó atención a la charla de las mujeres. La elfa continuaba su narración tras esperar a que la risa de la rohirrim se calmara.

–... entonces Ada perdió la paciencia y le increpó: "¡Estel! Si crees que es tan fácil gobernar una isla, te pondremos en una" y le cargó hasta una isleta en el centro del estanque.
Eowyn se doblaba de la risa, apenas recuperó el aliento para pedir más detalles.
–¿Y qué hizo Aragorn? ¿Lloró, pidió perdón?
–¿Llorar ese? ¡Qué va! Es demasiado orgulloso. Imagínate que destejió parte de su túnica para hacer un sedal y le puso de anzuelo un broche de su capa. Cuando atrapaba un pez, pedía perdón a Eru a grito pelado, explicando que la culpa era de Ada, que lo forzaba al asesinato con su injusto castigo.
–¡Asesinato pescar! ¡Qué muchacho!
–¿Qué edad tenía? –preguntó Faramir, que se había perdido los inicios del relato.
–Unos diez años. –Arwen tomó un trago de vino y explicó el inicio del enredo– Todo empezó cuando estudiaba la historia de Númenor. Estel opinaba, junto a Elladan, que el legado de tío Elros había sido traicionado por sus herederos, los reyes de Oesternesse.
–¿Tío Elros?–repitó el hombre, casi para sí mismo, pero Arwen se extendió, encantada de hablar sobre la historia familiar.
–Si, tu sabes: Elros hijo de Eärendil, cuando tomó el trono de Númenor su nombre pasó a ser Tar-Minyatur. Isildur era su descendiente. En casa siempre llamamos a los reyes de Gondor y Arnor "Hijos de Elros", era un apelativo familiar.
Solo ahora repara en la expresión feliz, rayana en estupidez, del hombre.
–¿Faramir?
Él la mira como si la descubriera por primera vez. En su expresión hay tal reverencia que la elfa se siente casi halagada.
–Arwen, tú eres parte de la Familia Real de Gondor ¿no? Si, eres sobrina del fundador de la dinastía... Eres un regalo de los Valar, Arwen Undómiel. ¡Eso es!
Ambas mujeres le miran sin comprender, pero Faramir no se detiene para explicar la repentina alegría. Se levanta y las besa.
–¡Me voy! Esto no puede esperar hasta la mañana. Tengo que revisar unos papeles, pero, si no me falla la memoria... –casi la puerta se vuelve hacia ellas– ¡Bendito sea Tío Elros!

Mazmorras, Fortaleza de los elfos de Mirkwood

Amroth intentó levantar la cabeza y contuvo un gemido de dolor. De sus labios partidos goteaba sangre y sentía que dos o tres dientes oscilaban, apenas sostenidos en las encías. Las sienes latían y su visión estaba muy limitada por la inflamación del ojo derecho –el izquierdo no podía abrirlo en absoluto. Giró hacia el lado que menos dolía de su cuerpo y trató de sentarse, pero fue imposible con el brazo izquierdo fracturado y la mano derecha sin un dedo sano. Si solo se tratase de esas heridas valdría la pena el esfuerzo, pero la punzada en su pecho denunciaba varias costillas fuera de lugar, con el consiguiente peligro en caso de movimientos bruscos. Decidió que lo mejor era seguir yaciendo sobre su espalda y esperar.

¿Esperar qué?

Si Feanor regresaba, probablemente volviera a golpearlo hasta dejarlo al borde del abismo de Mandos, listo para que Yavanna gastara sus lágrimas y le devolviera a esta mazmorra llena de sus propios olores y desechos.

Con un poco de suerte, Finwe o Ingwë vendrían en unas horas. ¿Tendría fuerzas para hablar y lograr que le cortaran la garganta? Ellos eran jóvenes e irreflexivos, los únicos que podrían perder la cabeza y terminar su tormento. ¡Por Oromë, deseaba tanto que todo concluyera!

Pensó por un instante en Maërys el día de su boda, pero la sustituyó enseguida la imagen de Legolas –muerto o ultrajado en las Montañas Nubladas. Su alma gritó sin voz y lloró sin lágrimas.

Era su culpa, era su culpa que Legolas estuviera en peligro, era su culpa que Elladan y Ellohir no pudieran vengar la muerte de Lord Elrond, era su culpa la vergüenza que ahora cubría al Clan. Maedros y Curufinwë no estaban muertos, eran grandes guerreros y sus nombres permanecían grabados en el recuerdo de sus hijos. Feanor lo había dicho: El estaba muerto ahora, borrado y deshonrado, peor que un orco o una araña. Nunca conocería los hijos de Halladad y Maërys, ni los jardines de Rivendel, ni los altos muros de Minas Tirith, ni las perezosas olas que lamen las arenas del Mar de Rhûn.

La reja de la celda se abrió y varias personas entraron. Amroth no podía mirar para saber de quién se trataba, pero su estómago se contrajo de miedo. El oído le indicó que tres elfos se acercaban y luego la luz de una antorcha le obligó a cerrar su único ojo.

–¡Por los Valar! –exclamó una voz femenina.– Mira como lo ha puesto. –¿Podría ser Maërys?
Los tres elfos le rodearon y uno de ellos se agachó junto al herido.
–¿Amroth, puedes oírme? –esta vez el joven no tuvo dudas sobre quién le hablaba.
–¿Fi... Finar... fin? –inquirió despacio, casi ahogado por la sangre que manaba de sus encías.
–Si pequeño, soy yo. No hables, o acabarás de perder los dientes.

Amroth sintió como los fuertes brazos de su hermano levantaban su cabeza y una escudilla de madera presionó sus labios. No tenía fuerzas para elegir qué comer, simplemente dejó que la leche endulzada con miel se deslizara garganta abajo y extendiera un extraño calor por todo su organismo. Al tercer trago, su estómago empezó a protestar.

–Llevas demasiado tiempo en ayuno, es normal que no puedas digerir mucho. –comentó Finarfin cuando le indicó con los ojos que era suficiente.

Apartó la escudilla y le sonrió. ¿Por qué le sonreía? ¿Acaso merecía él las sonrisas de los elfos? En ese momento Maërys se acercó, tenía los ojos húmedos. Delineó con su dedo índice la mandíbula rota del hermano. Finarfin apartó la mano y le miró a los ojos.

–Sanará –afirmó.

Amroth los miraba sin comprender. ¿Sanar? ¡El iba a morir! La joven princesa asintió y tragó en seco. Finarfin le señaló algo, ella giró un poco sobre si misma y sacó de algún sitio vendas y listones delgados de madera. Más que estar desconcertado, a estas alturas Amroth temía por la seguridad de sus hermanos.

–Fea... nor. –argumentó al ver que Finarfin se inclinaba hacia él con clara intención de empezar una cura rudimentaria.
–Feanor no volverá a ponerte un dedo encima –aseguró el que permanecía de pie con la antorcha.
–Fea... nor. –repitió mientras se resistía con sus menguadas fuerzas a ser vendado.
–¡Quieto o te harás más daño! –se exasperó Finarfin– Feanor tiene un Rey ¿recuerdas? Halladad ha decidido que vivirás, no corresponde a Feanor castigarte, ni siquiera al Rey del Bosque. Esperaremos a que los gemelos vengan a buscar a su padre, en la primavera.

Las noticias entraron como un torrente en su cerebro. ¿Halladad Rey? ¿Esperar hasta la primavera? ¿Pospuesto el castigo? Permaneció quieto mientras sus hermanos inmovilizaban los dedos de la mano derecha, el antebrazo izquierdo, el tórax y el muslo izquierdo. Estaba demasiado aturdido para reaccionar y los dolores eventuales que le provocaban sus manipulaciones no le conmovían.

En medio de la niebla que empezaba a apoderarse de su cerebro, Amroth se detuvo sobre el elemento más llamativo de las sintéticas noticias: ¿Halladad era Rey? ¿Desde cuándo? Había una sola manera de acceder al trono...

Finarfin y Maërys dieron por terminado su trabajo, estaban seguros de que el estado de Amroth no se complicaría al ser trasladado a su habitación, donde se encargarían de lavarle y limpiar apropiadamente todas las heridas. Finarfin empezó a guardar los implementos de curación en un morral.

–Maërys, toma la antorcha –ordenó.

El segundo elfo se inclinó entonces sobre el herido y le dedicó una sonrisa cálida. Finarfin se acomodó la bolsa en la espalda y levantó la cabeza y las piernas de Amroth suavemente, el otro introdujo sus brazos bajo las cuñas de espacio así generadas y, con un solo movimiento, se irguió llevando en sus brazos el delgado y pálido cuerpo.

–Thran... Thran... –quizo saber Amroth antes de que la somnolencia le tragara.
Finrod empezó a caminar hacia la salida de la celda. Sonrió orgulloso a su hermanito mientras respondía.
–Te dije que pagaría por intentar dañarte. ¿Recuerdas?

Imladris

Ellohir terminó de arropar a Estel y dedicó una mirada inquieta a su gemelo. El Rey se revolvía en su sueño y llamaba continuamente a Legolas, pero Legolas no estaba en el Valle, ni en todo el sector sur de las Montañas Nubladas.

Aragorn había llegado un par de horas antes, exhausto y ansioso, preguntando por el Príncipe. Nadie estaba muy seguro del orden de los acontecimientos pero el hecho es que el dunedain casi mata al viejo Amras cuando este negó cualquier conocimiento acerca del elfo rubio. Erestor y varios soldados apenas pudieron contenerle ante el ataque de rabia que siguiera. Solo las calmadas palabras de sus padres adoptivos hicieron entrar a Aragorn en razón, por un rato.

Entonces vino lo peor. El rudo montaraz colapsó en llanto sobre el regazo de su atarince y contó lo que sabía de la muerte de Elrond, la huida de su esposo, el escape de Ferebrim y la fracasada cita en Imladris. Si Legolas no estaba allí, era porque Ferebrim lo había interceptado y entonces Auril… Aragorn quería empezar a rastrear las rutas desde la cordillera hacia el mar enseguida, a despecho de su deplorable estado físico.

Los gemelos y el segundo consejero se opusieron de inmediato, pero él no entendió razones. Legolas y su hijo estaban allá fuera, en algún sitio oscuro y húmedo, en peligro. ¡Tenía que ir! Al final Elladan dejó caer la cabeza cansado y le brindó una taza de te con la promesa de salir a la caza de teleris en cuanto se cambiaran de ropa. Estel no pudo ni protestar antes de caer rendido por el fuerte somnífero administrado.

Lo pusieron en su vieja habitación con la esperanza de que la droga lo obligara a descansar diez horas al menos, pero –contradiciendo todas las expectativas– solo obtuvieron un sueño ligero y surcado de inquietud, apenas restaurador.

Viendo el rostro de su hijo deformarse por el dolor, Ellohir se acomodó a un costado de la cama y empezó a acariciarle la espalda, a la vez que entonaba una vieja canción que usara para dormir al pequeño Estel cuando aún llevaba pañales.

Home is behind / El hogar quedó atrás
The world ahead / El mundo está ante ti
And there are many paths to tread / Y hay muchos caminos que recorrer
Through shadow / A través de las sombras
To the edge of night / Hacia el corazón de la noche
Until the stars are all alight / Hasta que todas las estrellas brillen

Mist and shadow / Niebla y penumbras
Cloud and shade / Nube y sombras
All shall fade / Todo se desvanece
All shall...fade / Todo ha de... morir


Elladan no tardó en unírsele y el estribillo a dos voces pareció conjurar paz en Estel.

Paso Norte de las Montañas Nubladas

La tropa se detuvo y empezó a organizar su campamento a escasos metros de la orilla del río. Unos brazos firmes ayudaron a desmontar a Legolas y le sentaron sobre una mullida manta, cálida y limpia. El rubio no giró la cabeza, tras los primeros tres días de marcha había comprendido que cada alto para acampar sería idéntico a los anteriores, y no deseaba agotar su poca memoria en ello.

Suspiró agotado. Su visión y su fuerza muscular disminuían por horas, pero la sensibilidad de su piel aumentaba de modo similar. Solo el roce de las manos de Ferebrim al desmontar habían erizado los pelos de su nuca. ¿Dónde estaba Aragorn? Si bien durante el día era capaz de concentrarse en mantener amenas pláticas con Auril, cuando el sol se ponía, la visión de la Llanura de Orome se esfumaba dejándole en los labios el amargo sabor de la pesadilla.

Estaba tan ensimismado en sus pensamientos que la voz del elfo a su lado le hizo saltar.
–¿Cómo te sientes hoy, mi príncipe?
Legolas no necesitaba ver para reconocer la voz de Ferebrim.
–De la misma manera que ayer: preso.
El teleri sonrió y rozó levemente la oreja de Legolas con uno de sus delgados dedos. El rubio se apartó, pero fue incapaz de ocultar el temblor que se apoderó de su cuerpo.
–Vaya –comentó casual Ferebrim–, para ser un fiel esposo te enervas muy fácil.
–No es mi culpa. Tu mejor que yo debes saber qué provoca esa poción en mis sentidos.
–¿Te refieres a la poción que "elegiste" tomar?
El Príncipe se mordió los labios.

Ferebrim siguió acariciando las sensibles orejas y observó complacido como Legolas seguía temblando, su cuerpo y su mente en pelea por el control de sus sensaciones. Deslizó la mano hasta el delgado cuello y dio vuelta hacia la nuca.

–Detente. –gimió Legolas.
Ni siquiera se tomó el trabajo de responder.

Ferebrim empezó a abrir la túnica de viaje y palpó los pectorales levemente hinchados a través de la camisa. Legolas levantó las manos en un vano intento por detenerlo, pero sus puños eran ahora los de un niño.

"Mi niño" se descubrió pensando el elfo–brujo ", es el niño al que voy a quitarle la inocencia"

–Dime Legolas. ¿Cuántas veces yaciste con el Rey antes del infortunado accidente de Lord Elrond?
El rubio apretó los labios, pero Ferebrim deslizó una mano hacia su vientre y lo apretó. Endureció un poco el tono esta vez.
–¿Cuántas veces?
–Cinco –respondió el sinda.
–¿Solo cinco? –la risa cruel del teleri alcanzó todo el campamento– Eso está muy bien, querido. Me haré la idea de que no sabes nada –pasó un dedo por los delgados y pálidos labios–, de que tu inocencia es mía.

Le empujó hasta que Legolas estuvo sobre su espalda y pasó a desatar la camisa. El príncipe escuchó unos pasos y se esforzó por enfocar, era inútil, pero el diálogo pronto le dio más información de la que deseaba.

–¿Qué hermanito, vas a probarlo ya?
–Si Elarosse. Lo habría dejado para más tarde, pero el Príncipe se calienta en cuanto le tocan las orejas. ¡Imagínate!
Elarosse rió.
–Vaya con la putita de Mirkwood.
–¡No soy ninguna puta! –la bofetada le hizo girar el rostro.
–Jamás me interrumpas mientras converso, querido.
–Oye Ferebrim, creo que tiene demasiados humos.
–¿Me ayudas a bajárselos? Sabes que nunca he sido egoísta contigo…
Unas manos anchas y blandas palparon el torso ya desnudo de Legolas, pellizcaron sus sensibles pezones.
–¡Pero si ya los tiene duros!
–¿Ves que calentona es mi putita sinda? Nada más le quitas la camisa y se excita.
–¿Y abajo?
–Veamos…

Los pantalones de Legolas fueron bajados sin mucha delicadeza, y él apretó los párpados ante la vergüenza que su cuerpo le estaba haciendo pasar. El coro de risas le confirmó que ya eran varios los elfos que observaban.

–¡Mirad que linda flecha tiene este arquero! ¡Lista para disparar! Bueno Elarosse, veo que tú también estás calentito, supongo que la lengua de mi putita deberá bastarte por esta noche…
–¿Su lengua? –la voz de Elerosse sonaba decepcionada– ¿Y quién llenará mi culito?
–Yo lo haré, mi bello Elarosse –afirmó un voz que Legolas relacionó vagamente con el nombre de Angrod–, tu culito no va a quedar vacío.
–De acuerdo entonces.

Elarosse tiró sus pantalones a un lado y se puso a horcajadas sobre el pecho de Legolas. Empujó el miembro palpitante hacia sus labios, pero él apretó los dientes.

–Ferebrim… –llamó el que deseaba follarle la boca con voz impaciente.
–Legolas, mi amor, se amable. –el rubio encajó la mandíbula reuniendo sus últimas fuerzas– De acuerdo entonces.

Se alejó unos pasos y regresó con un látigo. Lanzó un solo golpe hacia la parte alta de los muslos del elfo yaciente. Legolas retrajo las piernas y grito, pero esa oportunidad fue aprovechada por Elarosse para llenarle la boca con su pene. El teleri agarró con fuerza un mechón de pelo rubio y obligo así a Legolas a mover la cabeza al ritmo que deseaba.

–Wow, esto sí que es vida... Ya entiendo porque te esforzaste tanto por tenerlo hermanito...

Ferebrim no contestó, estaba concentrado en mantener abiertas las piernas de Legolas. Con la sangre que escurría de sus muslos lacerados, el elfo mojó un dedo y palpó el apretado trasero del rubio. Legolas contestó con una patada. Auque no llevaba demasiada fuerza, Ferebrim estaba desprevenido y calló hacia atrás. Sus facciones se endurecieron.

–Traté de ser amable Legolas, pero me has hartado. ¡Orodreth! ¡Aegnor! Sosténganlo.

Dos elfos bastante fornidos se acercaron, tomaron los tobillos de Legolas y tiraron en direcciones contrarias. Ferebrim se ubicó entonces ante su cadera y apuntó a la entrada apenas humedecida de sangre.

El rubio apretó los párpados y dijo solo una palabra antes de que el dolor le golpeara.
–Estel.

Llanura de Oromë

Legolas acunó a su hijo con temor mal disimulado. El cielo sobre ellos presagiaba tormenta.
–¿Por dónde íbamos? –Auril frunció el ceño y lo miró inquieto.
–Es la tercera vez que pierdes el hilo del cuento, ¿sabes? –Legolas le echó una mirada asesina y el niño se apresuró a informarle– Los elfos capturaron a los enanos y Bilbo siguió a la comitiva hacia el interior de la fortaleza del Bosque.
–¡Por supuesto! –asintió el ada.

Pero el elfo no siguió adelante con la historia: acababa de darse cuenta de que apenas recordaba los detalles de la Fortaleza, el lugar donde había nacido. Tragó en seco y buscó en su mente algo que diera verosimilitud a esta parte del relato.

–Fue una época dura para Bilbo. Para comer, merodeaba por las habitaciones y robaba los restos de las mesas que a menudo se servían en los departamentos del castillo.
"Un día, el hobbit entró a un aposento donde un joven elfo tarareaba sentado en el antepecho de la ventana, de espaldas a la mesa. Bilbo se acercó despacio y no pudo evitar escuchar la canción que el jovencito repetía como un sonsonete. Le gustó la evocación de aventuras que encerraban esos versos y la recordaría décadas después, ya de regreso a Bolson Cerrado.
Auril se movió entre sus brazos y bostezó.
–¿Cómo era la canción? –pidió con voz soñolienta.
–Te lo diré, pero debes mantenerte despierto –le obligó a sentarse erguido–. Escucha:

Home is behind / The world ahead / And there are many paths to tread / Through shadow / To the edge of night / Until the stars are all alight. / Mist and shadow / Cloud and shade / All shall fade / All shall...fade.


Miró intensamente a su hijo mientras cantaba, Auril estaba despierto otra vez y sus ojos brillaban de excitación.
–Tú eras el elfo en la ventana.
–Si.
Legolas dedicó una mirada breve a su entorno, la oscuridad aumentaba y, aunque no podía recordar la razón, tuvo la certeza de que estaba relacionada con él. Volvió a enfocarse en Auril.
–Ahora vamos a cantar la canción juntos.
–Tengo sueño Ada.
–Dormirás cuando tu padre llegué. –le cortó Legolas impaciente– Vamos, repite Home is behind...
–... The world ahead...

La hierba alrededor de ellos empezó a crecer rápidamente y Legolas levantó por instinto al pequeño de modo tal que los piesecitos descansaran en sus muslos. Se esforzó por sonreír.
... And there are many... ¿Qué sigue?
Auril le miró dudoso.
... paths to tread...
Las puntas de las hierbas chocaron con sus muslos y piernas, pero no se detuvieron. Sus bordes filosos comenzaron a cortar las ropas y la piel del elfo. Legolas se concentró en los azules ojos de su hijo y no dejó temblar su voz.
... Through shadow...
Algo de aquel intenso dolor debía estar reflejado en sus ojos, porque el chico alzó ahora su voz emocionada.
... To the edge of night....
–Eso es – le elogió–, continúa.
Las hojas perforaban ya su carne y Legolas pudo sentir cómo la sangre goteaba lentamente. Apenas podía ver el rostro de su hijo por la densa oscuridad, una oscuridad mayor que la del cielo en la Batalla de los Campos de Pelennor o Moria.
–¡No te detengas Auril!

Imladris

–¡LEGOLAS!

El grito desgarrado hizo saltar a los gemelos. Ambos corrieron hacia la habitación adyacente. En el amplio lecho, Aragorn convulsionaba con los ojos cerrados y una expresión de intenso dolor. Ellohir trató de despertarlo.

–Estel, es solo un sueño, por favor. –le sacudió un hombro– Estel, despierta.
Pero el hombre siguió su apasionado diálogo con los seres que le atacaban.
–¡Déjame! No te atrevas a tocarme... –se quejó y su cara giró violentamente, como si alguien le golpeara– Pagarás por esto. Me bañaré en tu sangre, no quedará en Forlindon ni un rastro de tu existencia... Te odio...
Ellohir volteo hacia su gemelo.
–¿Alguna idea para despertarlo?
Pero Elladan tenía los ojos muy abiertos, señaló con un dedo la palma de la mano izquierda del hombre, donde la cicatriz del enlace se abría en un manantial rojo.
–¡Por los Valar! –comprendió Ellohir.

El gemelo mayor salió de su estupor y se apresuró a buscar una toalla en el baño cercano con la cual vendar la herida. Mientras lo vendaban, el forcejeo del Rey con la nada dejó al descubierto sus piernas: ambas extremidades se encontraban separadas y los músculos lucían tensos, en lucha por volver a unirse.

Los gemelos se apartaron, sabían que la magia del enlace mantendría unidos a ambos cónyuges hasta que uno de los dos perdiera el conocimiento, el peligro terminara u otra magia más poderosa interviniera. Ellos nada podían hacer por su hijo ahora, excepto esperar.

Ellohir buscó la mano de su hermano a tientas y dejó escapar unas lágrimas silenciosas. Legolas era prisionero de elfos, ¡seres de luz como ellos mismos! ¿Cómo podían ser capaces de violarlo? Volvieron a su mente el elfito de grandes y curiosos ojos azules que conociera en el Jardín de Celebrian, el joven melancólico que se entregaba a la pasión del combate como si cada hora fuera la última, el alegre y danzarín elfo de la reciente boda. Todos ellos reclamaban en este momento la ayuda de su esposo, para lidiar con una herida que los Valar –estaba seguro de ellos– nunca esperaron fuera infringida a los Primeros Nacidos por sus propios hermanos.

Las invectivas de Aragorn iban perdiendo volumen a medida que sus fuerzas se drenaban. Por el tono, ya casi quejumbroso, los gemelos supieron que pronto se rompería el enlace y despertaría.

–Eso duele... no, por favor... por favor... mi bebé...
Esta última frase fue más bien un quejido. Luego Aragorn empezó a llorar y sus ojos se abrieron lentamente. Elladan y Ellohir se acercaron.
–Estel. –llamó suavemente el mayor.
El hombre giró el rostro hacia ellos con ojos ligeramente desenfocados, pero los reconoció y se lanzó al regazo de su atarince.
–Padir, Padan –gimió, como cuando era muy pequeño y mezclaba palabras de élfico con la lengua de los hombres.
Elladan trazó círculos en la espalda de su hijo tratando de calmarle. Poco a poco, los sollozos de Estel se calmaron, entonces le obligó a recostarse en la cama y empezó a arroparle de nuevo.
–El está en peligro –argumentó el hombre e intentó levantarse, pero el gemelo mayor negó suavemente y le mantuvo horizontal con una mano apoyada en su pecho.
–Duerme ahora, mi niño. Mañana salimos tras ellos.
Los ojos del ex–montaraz brillaron afiebrados por un instante.
–¿Lo prometes? –demandó anhelante.
–Palabra de padre, pero solo si duermes hasta que yo diga que es hora.
–De acuerdo... dormir... tal vez soñar.

Paso Norte de las Montañas Nubladas

Ferebrim se retiró casi por completo y se enterró con gran rapidez en el cuerpo de Legolas. Hizo una serie de rápidas estocadas y juzgó la sensación de irrumpir en una carne casi virgen como algo delicioso que debía repetir. En su lista mental de "Cosas por hacer al regresar a casa" anotó de inmediato acabar de cogerse a la elfita que trabajaba en la taberna. Para evitar complicaciones llevaría a Orodreth consigo, que él la desvirgara, luego desfloraría el apretado culito de 1200 años sin peligro.

¿Qué edad tenía Legolas? 1500 más o menos, todo un bocado. Y testarudo: aún luchaba por apartarse. El teleri no trató de controlarlo, los débiles movimientos de las caderas bajo su cuerpo agregaban placer. Volvió a golpearle el rostro y logró que se estuviera callado un rato. Esa canción era absolutamente desagradable. ¿Por qué debía una canción de elfos hablar de la muerte de esa manera? Ellos eran inmortales, seres para vivir en el placer infinito que corresponde a la belleza infinita.

Los jadeos de Elarosse llegaron desde su derecha, Angrod le estaba haciendo sudar de veras. Más allá, un elfito lloraba con la cara oculta en el hombro de Orodreth, ¿qué motivaba sus dulces quejidos? ¡Vaya! Orodreth y Aegnor lo estaban compartiendo. Seguro habían desgarrado un poco su trasero. Pero el chico se estaba portando bien: no ofrecía ninguna resistencia, su cuerpo ondulaba siguiendo el ritmo que Aegnor imponía a sus caderas y gemía.

Bajó los ojos hacia su rubio.
–Mírame –ordenó.
Como Legolas permaneció con los párpados cerrados, pellizcó sus pezones con fuerza.
–Mírame –repitió y los profundos ojos azules fueron descubiertos–. Quiero que me veas, porque soy tu amo.

El rubio no se dio por enterado, así que Ferebrim tomó sus caderas y salió de él. El rostro de Legolas se relajó ostensiblemente, pero se volvió deformarse cuando el teleri le penetró de nuevo, con tal fuerza que el golpe de carne contra carne se escuchó como un chasquido. El procedimiento fue repetido tres veces más antes de que Legolas perdiera la batalla por su dignidad.

–Eso duele... no, por favor... por favor... mi bebé...

Su voz quebrada llevó al éxtasis a Ferebrim. Era ya la quinta vez que penetraba al compás del golpe en la estrechez de Legolas. Gruñó mientras se corría en el maltratado canal y se separó antes de que su erección desapareciera por completo y caminó hacia el sitio donde yacían Elarosse y Angrod. Su hermano le recibió sonriente y él besó con pasión a Angrod. La noche apenas comenzaba.

Legolas se giró de lado, atrajo sus muslos hacia el pecho, envolvió las piernas en sus brazos y trató de controlar el violento temblor que le atacaba. Podía sentir cómo le escurría del trasero una mezcla de sangre, semen y excremento que manchaba lentamente su lecho, pero ya no importaba. Desgranó muy bajito los últimos versos de la canción por enésima vez esa tarde.

Mist and shadow / Cloud and shade / All shall fade / All shall...fade.

TBC...

EN BUSCA DE UN SUEÑO 15

Encuentros entre caballeros

"Y a los amantes yo los reconozco:
llevan, en el fondo del alma,
una marca muy leve"
37, Anacreonte (560-478 a.C.)


En el patio de la Academia ya estaban reunidos casi todos los alumnos para el inicio del curso. Los de primer año lo contemplaban todo con ojos asombrados o temerosos, los de grados superiores se reunían con sus viejos amigos e intercambiaban impresiones acerca del verano y los chismes que corrían en la corte. La Academia, como escuela de los hijos de los nobles del reino, reproducía las clases y facciones de los adultos, entre el alumnado se discutían de política, economía o estrategia, como si ellos fuesen los actores de aquellos tiempos, de hecho, todos eran concientes de que heredarían el estado y como tal intentaban comportarse.

Al igual que el resto de la ciudad, los colegiales estaban intrigados por la matrícula del misterioso niño del norte en su plantel. Tras un año de vivir a puertas cerradas, el chiquillo iba a estudiar con la más rancia aristocracia del reino, eso significaba una nueva humillación para las antiguas familias, que aún recordaban la negativa de Elessar a contraer matrimonio. Por ello, esa cálida mañana de otoño el tema central no eran las victorias en Rhum, o la caída del precio de la madera, sino la inminente llegada de Geniev. Muchas historias corrían ya, alentadas por la familiaridad del Rey y sus íntimos para el pequeño, y sus escasas presentaciones públicas. Todas eran inquietantes para los poderosos.

Donde más acalorada se manifestaba la discusión era entre los jóvenes de segundo año, pues a su clase debía incorporarse el extranjero. Los dos líderes del grupo ya habían tomado posiciones al respecto, los otros veinte alumnos se agrupaban a su alrededor sin decidirse a tomar partido. Con Ecthelion y Barahir siempre era igual, discutían hasta el cansancio, pero acababan por arreglarse y planear sus maldades en común. Desde el año anterior los mayores les habían aceptado en conversaciones y rituales "adultos", pero los jóvenes jamás abandonaron el círculo de sus propios compañeros de clase en un gesto de claras intenciones políticas: esos eran los que les soplaban en los exámenes.

Ecthelion, era hijo de Igram, un especialista de la Cancillería dedicado a los archivos y su restauración, apenas salía de Minas Thirit y su mente estaba lista para imaginar todo tipo de historias retorcidas. Su rostro era largo y delgado, y su cabello rubio caía rizado hasta la mitad de la espalda, compensando las profundas entradas de la frente, a pesar de sus quince años.

En cambio, Barahir pertenecía a la nobleza rural, y hacía varios siglos su familia había vivido incluso en Ithilien. La similitud física con su amigo se limitaba al color trigo de su cabellera, que le crecía lacia y abundante, hasta los hombros. El rostro era ancho y sus cejas pobladas protegían unos ojos gris–verdosos de gran brillo. Su padre Bertonin había muerto ante la Puerta Negra, pero su madre manejaba la escasa fortuna familiar con gran pericia.

–Te digo que hacen rituales de brujería élfica en la torre a la media noche. Ahora, el Rey lo manda acá porque tiene que salir de campaña, y no desea que pueda invocar nada malo dentro del Palacio.
–¡Qué mente tan calenturienta! No esperas enamorar a ninguna chica con esas historias, ¿verdad?
–¿Historias? Y entonces ¿cuál es tu opinión sobre ese extranjero mi querido Barahir?
–No tengo opinión alguna Ecthelion. Los nobles no opinan sobre los bastardos que el Rey tiene. Si deseas mi parecer como caballero, considero muy honorable que Elessar trajera del norte a ese pobre niño, que desee protegerlo, aunque, ¡por supuesto! jamás aspirará al trono.
–¡Mi querido campesino! ¿No ha llegado a tu villa la noticia de que el Rey calienta su cama con un elfo?
–¿Y si antes fue una elfa? Lo trata como a un hijo, ¿no? Al menos eso nos da esperanzas de que tengamos heredero algún día.
–Nuestro Rey es lo suficientemente "liberal"para llevárselo a la cama o a sus "sesiones místicas", aunque sea su hijo. –opinó Ecthelion con crudeza y arrancó varias exclamaciones de asombro de los otros alumnos– De todos modos, si se crió como Su Majestad, debe tener las mismas costumbres... ¿Tampoco tienes opinión sobre eso?
Barahir se encogió de hombros ante una pregunta cuya respuesta todos sabían.
–Un caballero no tiene más guía que el honor, querido amigo. Ni el mismísimo Rey Elessar Telcontar I me hará perder mi buen nombre al mezclarme con degenerados, por muy bastardos reales que sean.
–¡Entonces estamos de acuerdo!
–No te apresures pequeño intrigante, tienes que probarlo ¿no?

Ecthelion no pudo contestar, porque se sintieron los cascos de varios corceles acercarse, todos callaron y se volvieron hacia la entrada del patio. Hasta el último de los sirvientes de asomó para contemplar por primera vez al misterioso muchacho a la luz del día.

Primero llegaron cuatro guardias de la ciudadela, que intercambiaron algunas palabras en voz baja con los que guardaban las puertas de la Academia, una vez que el último de los alumnos entrase esta quedaría cerrada hasta las Fiestas de la Nevada. Entonces se escuchó un verdadero galope: algún animal venía a toda velocidad y eso quitó el aliento a muchos, ya que las viejas piedras bajo el dintel habían hecho morder el polvo a más de un jinete. El ritmo no disminuyó, y sin quedara muy claro cómo, una figura bronceada arribó al centro del patio empedrado.

El pelo negro estaba recogido en una coleta que rozaba la mitad de su espalda, dejando ocultas las orejas, sus amplias cejas estaban casi unidas, señal de la concentración dedicada a su cabalgadura, controlada con manos y piernas, pues montaba como los habitantes del bosque. El caballo estaba empapado en sudor, se debatía tratando de continuar la desenfrenada carrera hacia el sitio donde Ecthelion y Barahir habían quedado petrificados. Geniev lo levantó sobre sus cuartos traseros una, dos, tres veces, hasta que la bestia se rindió al cansancio. Solo entonces le palmeó el cuello y susurró palabras dulces, inaudibles a los espectadores. El joven desmontó y se acercó a los amigos, hizo una graciosa reverencia.

–Discúlpenme, no era mi intención que el caballo les fuera encima. –los aludidos no contestaron– ¿Pasa algo? ¡Claro! No me he presentado, soy Geniev...

Pero no pudo terminar la frase, los jóvenes realizaron una profunda reverencia que imitó el resto de los presentes, cuando el chico levantó los ojos descubrió que, desde todos los balcones, le contemplaban atónitos, y genuflexos, gondorianos.

Los que dejó sin habla a estudiantes y empleados por igual, fue la vestimenta de Geniev. Ellos jamás la habían visto, nadie vivo en la ciudad o el reino había visto alguna vez esa ropa en el cuerpo de algún joven, pero todos reconocían en el traje gris, con el árbol blanco sobre el corazón, el emblema de los príncipes en minoría de edad. Los reyes habían planeado muy bien aquella cabalgata por las calles más importantes de Minas Thirit. Ahora, sin hacer anuncio oficial alguno, todos sabían que, por los medios que fuesen, Geniev era un Telcontar.

Un ruido seco hizo despertar a todos del éxtasis monárquico: los guardias de la ciudadela habían desaparecido y la puerta estaba cerrada. Geniev no sabía muy bien como comportarse, pero el sonido de una campana llamó a la primera comida común y le ahorró incomodidades. Se descubrió solo en el patio, ante los rubios a quienes casi matara.

Ecthelion decidió que debía arreglar las cosas pronto, o su carrera como funcionario acabaría antes de empezar.
–Discúlpenos Alteza, mi amigo y yo no deseábamos interrumpir el paso de su corcel. –y ambos se inclinaron de nuevo.

A Geniev le agradó que le hablaran, pero los tratos de Alteza y similares no ayudarían para ganarse compañeros. Todo eso había quedado atrás hacía mucho, antes de que esos, que ahora esperaban con las espaldas a la vista, nacieran. Las palabras displicentes le habían demostrado ser traicioneras.

–Los hombres no se inclinan ante quien no ha probado su superioridad. Les ordeno que me miren a los ojos –se levantaron confundidos. –Así está mejor. Ahora, ¿con quiénes tengo el gusto de hablar?
–Soy Barahir, hijo de Bertonin, estudio el segundo año de la Academia, como todos los de mi estirpe hicieron desde que se fundara.
–Y yo soy Ecthelion, hijo de Igram, también del segundo año de la Academia, como todos los de mi estirpe hicieron desde que se fundara.
–Es un placer, yo soy Geniev, hijo de Halabard y me incorporo a segundo año, así que tomaré mi casi atropello como una señal de los Valar –intentó sonreír. –¿A dónde han ido todos?
–La campana anunció la primera comida del año, comeremos juntos ahora hasta que lleguen las Fiestas de la Nevada y podamos volver a nuestros hogares.
–Es lógico, pues el sol ya casi no proyecta sombras en los objetos. ¿Serían tan amables de guiarme hasta la sala de reunión para compartir el ágape?
En ese momento una nueva voz se introdujo en la charla.
–Perdón Alteza, pero esa labor me corresponde a mi.

Geniev se volvió tan rápido que dejó sin aliento a sus nuevos amigos. Se enfrentó a un humano de unos cincuenta años, ojos azul claro y dedos largos, el servilismo le llego a la primera olfateada. El hombre continuó hablando sin inmutarse con la dura mirada del joven.

–Soy Haram, Jefe de la Academia. Es mi deber llevarlo por las áreas, presentarle ante el resto de los alumnos, y cuidar de toda su estancia.
La voz de Geniev imitó a la perfección la inocencia de un niño.
–¿Debo suponer que hace usted eso con cada alumno de primer año?
–En absoluto, es un honor para mí dispensar tales atenciones a Su Alteza.
–Ya. –el joven fingió meditar mientras repasaba un pliegue de su túnica, la voz conservó el tono inocente– Eso significa que no le llegó la carta.
–¿Carta?
–Si, la carta que... –giró hacia Ecthelion y Barahir, su tono se hizo imperioso. –¿A dónde van?
–Nos retirábamos –aventuró Barahir–, pensamos que...
–Es de mala educación retirarse sin despedidas, espérenme un momento. –volteó hacia el Jefe de la Academia con su anterior vocecita de niño. –Hablaba de la carta de mi Ada...
–¿Su Ada?
Geniev empezaba a perder la paciencia con aquel viejo.
– Sí, mi Ada, mi padre elfo, el Príncipe Consorte de Gondor y Arnor, Legolas Telcontar. –no dejó de notar que las pupilas del hombre se dilataban y los chicos a su espalda contenían el aliento– Sé que le escribió a usted para prevenir incidentes relativos a mi jerarquía, en la carta decía que mi único beneficio será una habitación individual.
–En efecto, pero temí que su Alteza se perdiera por las galerías.
–Señor Haram, dentro de estos muros solo soy Geniev, hijo de Halabard, –rozó como al descuido el bordado sobre su corazón– creo que el resto ha quedado muy claro para todos. Y en cuanto a perderme, ya ve usted que hallé a dos caballeros dignos de confianza, ellos me guiarán estas primeras jornadas.

Haram estaba absolutamente molesto, pero no lo demostraría ante un pequeño dunedain, elevado por oscuros medios a la dignidad del traje gris. Construyó una fría sonrisa para el impaciente chico.

–Eso me tranquiliza sobremanera, me retiro. –realizó una leve reverencia– Espero verlos en la cena pronto y... –no pudo resistir recordarle el otro lado de la exigencia de su Ada– no llegue usted tarde a mi clase señor Geniev, porque es su primera asignatura de mañana.

Esa noche, al llegar a la habitación que compartían con otros tres alumnos, Ecthelion y Barahir se desplomaron agotados y felices en sus camas. Le habían mostrado todo el plantel a Geniev, desde las caballerizas hasta la sala de armas, y al final se despidieron en la puerta de la habitación privada del principito. De regreso a su dormitorio percibieron miradas de respeto y envidia por parte de muchos alumnos. Barahir fue el primero en recuperar el aliento y comentar la aventura.

–¿Cuándo un caballo desbocado trajo más suerte?... ¿Sabes? A mí no me perece un... bueno... parece nada más que el sobrino del Rey ¿no?
Ecthelion levantó los ojos con esa expresión de desprecio–cariño–asombro–por–tu–ignorancia que tanto divertía a su amigo.
–Mi querido campesino, te recuerdo que, hace dos años, el elfo solo era "amigo" del Rey y ahora... ya oíste su muy largo título en boca de Geniev.

El otro asintió y empezó a sacarse las botas, Ecthelion lo imitó.

A Barahir jamás le molestó reconocer que su compañero detectaba con especial celeridad las partes más oscuras de las personas, pero ahora... algo le hablaba de pureza. Apartó esas ideas, un noble no se debía más que al Rey y al Honor, y en ellos invertía todo recurso.

–Sin dudas tendremos que observarlo con cuidado –concedió–, pero es mejor haber empezado siendo sus amigos.

Se sacó la túnica y tiró sus pantalones lejos, su musculoso pecho era visible aun con las escasas velas. En cambio su amigo se quitó la ropa dándole la espalda y se metió entre las mantas enseguida.

–A partir de mañana lo vigilaremos. –dijo antes de girarse para dormir.

Pero el campesino aún se detuvo un rato en la ventana, tratando de poner en orden su cabeza. Con todo el revuelo del bastardo real apenas había podido hablar con su amigo, y lo necesitaba, mucho.

Geniev cerró la puerta y permaneció con la espalda apoyada en la pesada pieza de roble. Contempló los muebles con satisfacción. La decoración del local había estado a cargo de Faramir; cuando Legolas y Arwen vieron los proyectos lo calificaron de "excesivamente austero", pero Aragorn y el niño asintieron: una cama amplia, dos arcones –uno para la ropa, otro para armas–, un escritorio y un librero dejaban bastantes posibilidades de estar cómodo, pero le impedirían perder el temple mientras viviera allí. El equipamiento se completaba con una chimenea y mullidas alfombras para prevenir el frío, dos amplias ventanas y un cuarto de baño al fondo.

Sus ojos se detuvieron en la mesita, donde un estuche de implementos para escribir y una flor manifestaban el refinado gusto de la hermana del Rey. Tragó en seco para contener las lágrimas.

–Tengo que ser un buen hijo. Tengo que ser un buen hijo. –repitió la frase con sus labios y su mente por horas. Durmió poco y mal.

Antes del amanecer estaba totalmente vestido, a la espera de sus guías: Ecthelion y Barahir le habían parecido simpáticos. ¡Por supuesto! Solo buscaban congraciarse y obtener información de primera mano sobre las relaciones entre la pareja real y él, pero, en el fondo de sus almas, percibía honor y ternura.

Les escuchó avanzar por la galería, pero decidió no descubrir sus agudos sentidos y esperar que tocasen la puerta. Venían discutiendo.

–¡Tienes el cuello de la camisa abierto! No puedes presentarte así.
–¡Ya está bueno! No me dio tiempo a cerrarlo porque me sacaste de la cama a empujones. Si me mira demasiado, ya sabremos a qué atenernos.
–¡Eres tan simple campesino! Déjame cerrarlo.
–¡Te he dicho que no me toques! A los hombres no se les toca por gusto... ¿Ya está?
–Podría estar mejor, pero...
Al fin escuchó los suaves llamados, se esforzó por contener la risa y abrió.
–Buenos días Ecthelion, buenos días Barahir.
–Buenos días Geniev, aquí estamos para guiarte en esta primera jornada.
–Veo que sois caballeros de honor. Estoy listo.

TBC…