¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

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23 abril, 2007

SECRETOS DE FAMILIA 4

De Compras

Cuando Tomas e Irving decidieron irse de compras, Harry, Draco y Ben seguían en el despacho. Los jóvenes dejaron una nota en la cocina anunciando sus intenciones y se marcharon en uno de los autos de la familia. Se dirigieron a un edificio que reunía gran cantidad de exclusivas tiendas y centros de servicios, dejaron el auto en el parqueo subterráneo y recorrieron despacio varios comercios.

Desires, el edificio donde se encontraban, era un conjunto arquitectónico pensado para el consumo de los productos más exclusivos y caros. Nadie entraba allí sin una abultada cuenta bancaria y nadie salía sin hallar lo que deseaba, incluso, lo que no sabía que deseaba. Irving había acompañado a Tomas más de una vez allí, comprobando la excelencia de sus locales.

Mientras Irving curioseaba en los catálogos de la tienda de música, Tomas se recostó y dejó que los recuerdos le llenaran.

Había dado con el sitio por recomendación de la secretaria muggle de su padre rubio, una joven de exquisito gusto aunque menguado capital. Cada vez que deseaba hallar algo novedoso para las fechas familiares o simplemente evadirse, se dirigía allí, agradecido del anonimato y la sencillez de los empleados, que lo trataban como a un usuario más.

En el mundo mágico, él siempre era el hijo del Ministro y su extravagante esposo. La actitud servil y curiosa derivada de ello siempre le había exasperado, como exasperaba a Harry, solo Draco parecía feliz con la atención que generaba y, en sus días malos, se burlaba cruelmente de los que no sabían disimular el interés en ellos. Pero había algo más que hacía que prefiriera andar por el mundo muggle: las barreras arquitectónicas.

Comoquiera que entre los magos no solían haber inválidos, las escuelas, tiendas, restaurantes y otros sitios públicos estaban llenos de escalones, desniveles o pasajes estrechos y resbaladizos. Era incómodo estar pidiendo ayuda constante para acceder a la terraza de Florean Flortescue o los vestidores de Madam Malkin. En cambio, las edificaciones muggles contemporáneas estaban pensadas teniendo en cuenta el acceso de las personas en sillas de ruedas, y los muggles no consideraban eso una característica inusitada.

Irving decidió comprar un par de demos de Elvis Presley y una grabación de la “Obertura 1812” de Shaicovsky con el carillón del Kremlin, fechada en Moscú en 1935. Luego se acercaron a una joyería para escoger una hebilla para Draco.

Obsequiarle hebillas a Draco Potter–Malfoy se había convertido en el deporte familiar desde que el rubio accediera a dejarse crecer el pelo, cuatro años antes. Hasta entonces, lo mantenía en una corta melena que, en opinión de su esposo, no jugaba con sus rasgos faciales. Draco era reticente a dejarlo crecer, porque le recordaba al abuelo Lucius. Fue Louis quien le convenció al tocar uno de los pocos puntos flacos del elegante aristócrata: “Con el pelo largo te verías más parecido a él, pero también más joven”. El rubio dejó de cortarlo esa misma semana y usaba hechizos de apariencia eventualmente, para variar su longitud en función de las circunstancias.

Pero el verdadero reto no era hallar un prendedor acorde a su delicado gusto, sino que lograse sujetar aquella sedosa mata de pelo, tan suave y escurridiza que se delataba como no–humana al primer contacto.

Los jóvenes entraron a un local cercano a la tienda de música, decorado con madera y plata, de tenues luces y mullida alfombra. Curiosearon entre los anaqueles en lo que esperaban al vendedor.

–¿Habías estado aquí antes?
–No. Siempre voy a las joyerías del piso sexto, me gustan los diseños contemporáneos.
–¿Entonces?

Tomas se encogió de hombros y siguió mirando los objetos expuestos. Simplemente había visto la puerta y algo le llamó la atención del local, no tenía una razón clara para ello, pero tampoco tenía claro qué deseaba. Tal vez, entre estos accesorios delicadamente elaborados y profundamente semióticos, hallara algo novedoso.

Estaba por explicar esas vagas ideas a su amigo cuando un empleado se acercó.

–¿Puedo ayudarles en algo, caballeros?

Era un chico de edad similar a la de Tomas, llevaba el cabello castaño claro muy corto, cortado al cepillo y sus ojos azul oscuro eran serios, casi melancólicos. El joven Potter se le quedó mirando sin querer darle crédito a su suerte.

–¿Eli? ¿Elihaj Suchowljansky?
El vendedor pestañeó, por su cara cruzaron en rápida sucesión el asombro y la alegría, se inclinó y apoyó las manos en los brazos de la silla.
–Tomas, ¿eres tú?
–¡Por supuesto! ¿Qué haces en Londres? Dijiste que pasarías las vacaciones en...
–Elihaj –la voz gruesa, y algo ronca, de un hombre bajo y de ojos idénticos a los del chico les interrumpió–, ¿necesitas ayuda con los señores?
La cara del joven se deformó en un gesto de miedo que controló con una mueca rápida, se volvió con el rostro impasible.
–En realidad si padre, ellos buscan una pulsera, creo que… la de esmeraldas que recibimos hace dos semanas les gustará.
El señor Suchowljansky dirigió una mirada evaluativa a los dos jóvenes y luego volvió a mirar a su hijo. Tomas vio la desconfianza agazapada en sus ojos y decidió intervenir.
–Le comentaba a su hijo que deseo una pulsera para mi madre, ella tiene los ojos verdes más brillantes que pueda usted imaginar, justo como dos esmeraldas.
Suchowljansky enfocó su atención en el muchacho y sus ojos brillaron de avaricia, asintió.
–De acuerdo, iré por ella. Elihaj, mientras, enséñales a los caballeros alguna otra cosa.
Quedaron solos de nuevo y Elihaj se apresuró a inclinarse para estar a la altura de los ojos de Tomas.
–Por favor, Potter, no le digas a mi padre que me conoces.
–Pero...
–Por favor, haré lo que quieras, pero no dejes que mi padre siquiera sospeche que eres mago, o la pasaré mal.
Tomas entrecerró los ojos con expresión pícara.
–¿Lo que sea?
El chico miraba por encima de su hombro para vigilar al padre, habló sin mirarle.
–Si, si.
–¿Incluso cenar conmigo?
Elihaj giró la cabeza asombrado.
–¿Cenar? –parpadeó y abrió la boca para argumentar algo, pero los pasos suaves del hombre a su espalda le hicieron cambiar de idea.
Asintió varias veces con gesto desesperado y obtuvo una sonrisa socarrona del moreno.

Dos horas después dejaron la joyería de los Suchowljansky. Habían comprado una pulsera de esmeraldas, un anillo de plata con un zafiro tallado como una estrella de seis puntas y una hebilla de oro blanco y coral negro. La cuenta era extravagante, incluso para un Malfoy, pero el joven estaba satisfecho tras pasar todo ese tiempo con Elihaj. Fingió regatear cada pieza y fue intercalando piropos discretos en la discusión. Disfrutaba muchísimo el intenso rubor que cubría las mejillas del castaño cada dos por tres.

El viejo Suchowljansky estaba tan feliz, que mandó a su hijo a acompañarles al elevador, oportunidad que el joven Potter aprovechó al máximo. Primero se levantó sus ojos hacia Irving, que había permanecido todo el tiempo con una mirada de discreta complicidad.

–¿Crees que el ascensor demore?
El rubio le sonrió inocente, mientras estrechaba su varita en el bolsillo interior de la chaqueta.
–Creo que... –los sonidos de la alarma le interrumpieron– acaba de descomponerse.
–Entonces habrá que bajar por la escalera hasta el parqueo subterráneo –volteó hacia su amigo–. ¿Nos ayudas? Va a ser difícil bajar ocho pisos con la silla de ruedas y estos paquetes.

Elihaj lanzó un suspiro y asintió resignado. Se dirigieron a la puerta de las escaleras de servicio e iniciaron el descenso.

TBC...

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