¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

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30 abril, 2007

SECRETOS DE FAMILIA 16

Tu no debes saber

"La espada con la hoja más fina
no puede cortar el agua del río en dos
para que deje de correr."
Li Po


Jueves

John subía de prisa las escaleras. A Alex le costaba seguir el paso, pero no se quejaba.

"Debo agradecer que me tolere. Si me quejo, es capaz de dejarme para que encuentre el club por mi cuenta."

Así que, resoplando por lo bajo, se obstinó en ignorar sus muslos adoloridos y llegó todo sudoroso al segundo piso de la torre oeste. La puerta, de color verde claro, tenía una discreta inscripción "Club Selenita" en esmalte negro y, pintado directamente en la madera, un gato siamés al que John saludó con respeto.

–Buenas tardes, Víctor Hugo.
El felino detuvo su aseo y los miró de frente. A Alex, sus ojos se le antojaron burlones.
–¿Contraseña?
–Argento –pronuncio el moreno con seguridad.
Víctor Hugo movió su pequeña cabeza arriba y abajo, sonriente.
–Pasen.

La puerta giró, revelando una habitación amplia, de no menos de quince por diez metros, con la pared más alejada de cristales, a través de los que se adivinaba un balcón. Estaba oscura, la luz del vitral cegaba a Alex, pero pudo oír respiraciones jadeantes, garras que chocaban contra la piedra, gañidos bajos.

–No, no quiero –dijo de pronto con voz fina, de niña.
–¡No seas idiota! –le increpó John y lo empujó.

Alex dio tres pasos desequilibrados y calló sobre sus rodillas y manos. Tenía los ojos fuertemente cerrados, pero oyó claramente el sonido de la puerta a sus espaldas y el movimiento a su alrededor.

–Mamá ayúdame –susurró a la vez que abrazaba sus piernas y esperaba el golpe.

Alguien lo levantó en peso. Alex movió brazos y piernas tratando de escapar, pero no lo dejaron ir. En cambio, le sacaron la correa de su bolsa escolar y lo pusieron en un lecho de pieles. Los olores llenaron su cerebro de imágenes confusas de oscuridad, tierra húmeda y luz de plata.

–¡Mamá! –gritó desesperado. –Mamá enciende la luz, que vienen los lobos. ¡Mamá!
–¡Lumus! –dijeron cinco voces a su alrededor y el tuvo que entrecerrar los párpados.

A través de las pestañas, Alex reconoció los rostros de los alumnos que le aplaudieran el primer día. Lucían preocupados.

–¿John?
–Estoy aquí.
Con la tenue luz de las varitas, la nariz del moreno proyectaba una gran sombra sobre su mejilla. Alex deseó llorar.
–Lo siento, yo…
–No pasa nada –la voz a su espalda era baja y dura, pero cariñosa.

Alex giró un poco la cara y reconoció el rostro cuadrado de Kruger, que aún lo tenía pegado a su pecho. Se sonrojó al darse cuenta de que lo tenía cargado como a un bebé. Quería disculparse de todos modos.

–Yo…
–Dije que no pasa nada –repitió Kruger. –¿Puedes levantarte?

El niño asintió y se irguió despacio, aunque las rodillas le temblaban un poco. Kruger se separó y gateó en dirección a un círculo de piedras renegridas al otro lado de la estancia. Forzando los ojos, Alex reconoció dentro un montón de cenizas y maderas semicarbonizadas.

–Incendio –dijo Kruger, unas chispas saltaron de la punta de su varita y las llamas bailaron en el hogar.
–Nox –dijeron los otros cinco lobos y gatearon en dirección a la hoguera.
Kruger giró entonces y lo miró.
–¿No temías la oscuridad?

Alex caminó de prisa donde el fuego. Deseaba sentarse, pero no vio muebles a su alrededor. Los otros estaban acomodados en el suelo.

–¿Pasa algo? –le interrogó el Alfa.
–Mi uniforme…
Kruger sacudió la cabeza y sonrió.
–Quítatelo.
–Pero…
–¿Tengo que quitártelo? –Alex advirtió en seguida la amenaza en su tono duro.

Alguien había puesto su cartera dentro de uno de los nichos de la pared, que carecía de empapelado o pintura. Con la cara vuelta al muro y manos temblorosas, Alex se sacó túnica, corbata, camisa, zapatos y medias. Cuando se vio, en pantlones y con su pecho lleno de cicatrices, ya no pudo contener las lágrimas. Entonces ocurrió de nuevo: Alex se dejó abrazar por ese olor que le daba paz y borraba sus temores, por la sensación de pertenecer, de ser pleno. Dos manos suaves lo envolvieron en una manta de piel. Se quedó muy quieto, tratando de comprender lo que pasaba.

–Alex.

El muchacho giró despacio, John estaba junto a él, esperándole, con una mezcla de miedo y tristeza en sus ojos dorados. A Alex se le hizo un nudo en la garganta. ¿Qué pasaba? El aroma seguía ahí, y solo su cualidad sedante impedía que saliera corriendo.

–Alex –llamó Kruger y él apartó sus ojos de John para mirar más allá, al círculo de fuego donde los otros esperaban.

Enseguida comprendió la orden, pasó por el lado de su amigo y se sentó con cuidado, a la izquierda de Kruger.

–¿John?
El moreno dio un salto y se acomodó al otro lado de Alex.
–Bueno, ya estamos todos –hizo un gesto con el brazo que los abarcaba–, la Manada de Hogwarts. Esta es nuestra primera reunión del otoño, y en ella damos la bienvenida a los cachorros John y Alex. Yo soy Freke, Alfa, para los magos soy Max Kruger, de séptimo año de Griffindor.
–Yo soy Verano, Beta –se presentó el muchacho rubio y musculoso sentado a su derecha. –Para los magos soy Brandon Rollet, quinto año de Slytherin.
–Yo soy Peludo –continuó su gemelo, diferente solo porque su cabello era tan largo que le rozaba las caderas. –Para los magos soy Rickon Rollet, quinto año de Slytherin.
–Soy Gere –anunció el cuarto lobo, tenía los ojos casi ocultos tras grandes y oscuras pestañas y espesos rizos color arena sucia le caían sobre el cuello. –Para los magos soy Joffrey Ulfhednar, sexto año de Hufflepuff.
–Viento Gris –dijo el siguiente con una leve inclinación de cabeza, su cara estaba medio oculta por mechones de un pelo castaño y sin brillo. –Para los magos soy Robb Verdun, cuarto año de Ravenclaw.
–Me llamo Tormenta –la hembra era hermana de Viento Gris, su cabello era igual, así como el perfil de su cara, alargada y solemne. –Para los magos soy Nymeria Verdun, cuarto año de Ravenclaw.
–Fantasma –dijo el séptimo–, para los magos soy John Lupin, primero de Griffindor.
Las miradas se enfocaron entonces en el octavo miembro.
–Yo… –tragó en seco. –Yo soy Alex, Alexander Smith, primero de Griffindor. No tengo ningún otro nombre. Lo siento.
–No hay por qué disculparse –aseguró Freke al tiempo que le ponía una mano sobre el hombro. Sonrió con sus dientes grandes y filosos. –Pocos obtienen su nombre en su primera carrera bajo la luna, mañana saldremos a cazar y empezarás a buscar nombre. John puede ayudarte.
–Pero mi mamá no me deja salir durante la transformación –le advirtió Alex moviendo la cabeza de un lado a otro–, dice que puedo morder a alguien.

Hubo un par de jadeos de asombro alrededor del fuego. Verano fue a levantarse, pero Freke lo contuvo con un gesto sin apartar sus ojos de Alex.

–¿Recuerdas la charla que tuviste con Duncan el martes? –Alex asintió atemorizado. El tono del Alfa ya no era amigable. –Duncan te explicó que tu madre estaba equivocada –Max hizo una pequeña pausa, tratando de elegir bien las palabras, no deseaba dañar más al cachorro. –Ella te quiere, pero se equivocó. A partir de ahora aprenderás nuevas reglas. Primera regla: No contradecir al Alfa. ¡Nunca! Segunda regla: El día de Luna Llena salimos de caza, sino…

Kruger tomó el brazo derecho de Alex y lo acercó a la hoguera. Las cicatrices, recuerdo de sus solitarias noches de plenilunio en el sótano, destacaban sobre la pálida piel. Alex creyó que moriría de vergüenza, pero Freke no lo dejó ocultar el rostro. Tomó la delgada barbilla entre dos dedos gruesos y le obligó a mirarle, sus pupilas doradas eran tiernas de nuevo, pero con una calidez distinta a la de su madre.

–¿Entiendes?

Viernes

Lo seguían. No estaba seguro de cuántos o por qué, pero lo seguían. Resopló, con algún bromista siguiendo sus pasos no podría colarse en el baño de perfectos a tirar fotos, así que optó por doblar a la derecha y buscar los amplios corredores de la torre este, allí sería más fácil perderlos.

Un idiota de primer año pasó corriendo y le obligó a dar un paso atrás, chocó contra la persona que le seguía. Lo empujaron. Fue a girar para partirle la cara al atrevido, hubo un relámpago de luz…

Alistair Pucey, quinto año de Slytherin, calló desmayado. Sus perseguidores se acercaron despacio.

–Fue fácil –comentó un chico rubio en lo que se acomodaba un mechón de pelo tras la oreja.
–Esto no ha terminado –le advirtió un pelirrojo de ojos verde musgo.
–¡Vamos ya! –exigió otro rubio, le parecía oír pasos en su dirección.

El pelirrojo asintió, levantó con facilidad a Pucey y se dirigió a la escalera más cercana. Los gemelos se aseguraron de que nada los delatara y le siguieron. Los tres se detuvieron en un aula abandonada del quinto piso.

–Aquí está –anunció George, y dejó caer el cuerpo sobre una mesa.
–Enervate.

El rayo verde lo sacudió, Alistair pestañeó confundido. ¿Qué había pasado? Su último recuerdo era de un corredor, pero ahora estaba en un aula. Sin moverse, el muchacho trató de reconocer su entorno y captores.

Alguien se acercó, tenía el cuerpo encorvado y una larga melena negra que caía a los lados de sus hombros dispares. Alistair tragó en seco. Estaba en problemas.

–Buenas tardes, señor Pucey.
–Buenas tardes, señor...
–¡Nada de nombres! –le interrumpió el otro.
–Como usted diga –concedió Pucey al tiempo que asentía con fuerza.
–Solo tengo una pregunta para ti: ¿cuánto?
–Creo que no entiendo…
–¡Diffindo!

Pucey calló hacia atrás, pero fue capaz de callar su dolor. El hombre cojeó alrededor del pupitre y esperó, con una pequeña y cruel sonrisa, a que el joven sacara un pañuelo de su túnica y restañara la sangre que le manaba del brazo.

–¿Quieres otra lección de hechizos útiles en la defensa?
–No, no –jadeó.
–Bien. A lo que iba: no me rebajaré a negociar contigo. Dime cuánto te debe y no te acercas más en lo que nos queda de vida.
–Son trescientos galeones –se apresuró a informar.
–Bien.
El jorobado sacó un talonario de cheques, lo llenó, y se lo tendió.
–Lo que vas a hacer en el paseo a Hogsmeade es cobrar el dinero. ¿He sido claro?

Pucey tuvo el buen sentido de no ofenderlo al intentar leer la cantidad. Solo lo guardó en un bolsillo de su túnica y asintió.

–Adiós.

El Slytherin se quedó en el suelo, no intentó moverse hasta que pasaron sus buenos quince minutos de la partida de sus captores. Solo entonces se puso de rodillas con mucho cuidado y se levantó. Soportando a duras penas el dolor que le provocaba el brazo, Pucey caminó en dirección a la enfermería. No podía pensar ahora en las posibles venganzas contra Elihaj Suchowljansky, debía inventar una buena historia para la señorita Higgs.

Sábado

Albus desenvolvió con cuidado su caramelo de limón y miró divertido a Severus, que fingía leer la sección literaria de "El Profeta".

–Es un lindo día ¿verdad?
Severus solo gruñó. Albus rió bajito y siguió con el monólogo.
–Estuve hablando con el retrato de Sinistra, dice que la noche estará muy despejada. Eso es bueno, lo digo por lo que me comentaste del hechizo de monitoreo que quiere lanzar ese jovencito… ¿Duncan?
–Sabes muy bien cómo se llama –resopló Snape. –Te haz pasado la semana hablando de él.
Albus contuvo la sonrisa, estaba orgulloso de no haber perdido la capacidad de alterar a su querido Severus ni después de muerto.
–Eso no es cierto –reclamó con tono ofendido. –Comenté su visita el martes, y las reacciones de su visita el miércoles, lo mencioné casualmente el jueves y el viernes, bueno…
–¡Ya se que estuvo aquí ayer! Yo resistí sus miradas ¿recuerdas?
–Es lógico que te mirara, mi muchacho, estaba hablando contigo.
Severus apartó por fin la revista y se encaró con el retrato de su mentor.
–No me miraba de una manera normal, y lo sabes. Era… –el Maestro de Pociones movió la mano delante de su rostro– ¡enervante!
Dumbledore cruzó los brazos sobre el pecho y lo miró con repentina seriedad.
–Lo que te molesta es que no sabes qué quiere de ti.
–Lo mismo que todos esos burócratas ¡por supuesto!
–Si, claro –Albus suspiró. –Creo que llevas demasiado tiempo solo Severus.
Snape alzó los ojos y miró de frente al retrato de su antiguo mentor con dolor.
–¿Cómo puedes…?

No pudo terminar la frase, se escucharon unos toques discretos en la puerta del despacho y Severus casi corrió a recibir a John.

–Buenos días
–Buenos días, papá.
El chico se adentró en el despacho con una gran sonrisa y saludó al retrato del antiguo director.
–Buenos días, abuelito.
–Buenos días, mi muchacho. ¿Dormiste bien?
–No.
Con esta simple palabra, John tuvo a Severus a su lado de inmediato.
–¿Te pasó algo?
–Estoy bien papá, de verdad. Es que Alex esta nervioso, lleva menos de una semana aquí y ya es luna llena.

Severus asintió, el asunto de Alex también le preocupaba. Con un gesto, invitó al chico a sentarse frente a una mesita baja, tocó tres veces la superficie con su varita y el desayuno apareció. John soltó un gruñido de satisfacción y se apoderó de una salchicha mientras el adulto se servía café.

–Duncan vendrá a las seis con un medimago especializado, quiere monitorear de cerca esta primera noche de la manada.
John asintió y se apresuró a tragar su bocado.
–Kruger nos lo dijo. Me alegra ver a Duncan de nuevo.
–¿Te alegra? –repitió su padre incrédulo.
–¡Claro! Es la mar de simpático, y sabe muchos chistes de muggles, pero no entiendo para qué el medimago. Ahora que Alex está con nosotros no tendrá problemas con la transformación, ¿verdad?

Severus apartó la taza de café y miró a su hijo, como una ráfaga pasaron por su memoria sus años de vida junto a Remus, la vana esperanza de que "algún día" la noche de luna llena sería menos terrible.

–John, tienes que entender que Alex fue mordido, sus transformaciones siempre serán dolorosas, y potencialmente dañinas para su organismo.
–Pero tú me contaste que cuando papá Remus estaba acompañado no intentaba golpearse ni morderse.
–Es cierto, pero nunca dejó de dolerle.
John le miró sin comprender.
–¿Por qué iba a doler? Es solo…
Severus se levantó y fue a arrodillarse frente a su hijo.
–Tu naciste siendo un licántropo. La magia del lobo está en ti desde que Remus y yo te concebimos. Pero la magia de Alex tiene que cambiarlo por completo dos veces en menos de doce horas. No es fácil para él, nunca lo será.

A John se le nublaron los ojos y apretó los puños. Severus lo abrazó y empezó a acariciarle la espalda muy despacio. John dejó que su padre lo cargara hasta un sofá en el extremo del despacho y no tuvo vergüenza de llorar.

Esperó con paciencia a que el pequeño se controlara. Sabía, desde aquella maldita noche en Bedale, que esta charla llegaría y le dolía, pero prefería que John llorara en su regazo a que no resistiera la horrible visión que le esperaba cuando saliera la luna. Después de todo, también debían pensar en Alex, John tendría que ser fuerte para el pequeño licántropo rubio.

Poco a poco los sollozos remitieron, la espalda del chico dejó de agitarse y su respiración se regularizó. John levantó sus ojos dorados y enrojecidos hacia su padre.

–¿Duele mucho?
El asintió.
–Una vez, robé una memoria de tu padre durante su transformación. No es como las maldiciones de tortura, sino… ¿Recuerdas la vez que te rompiste el brazo? –John asintió. –Imagina ese dolor simultáneamente en cada hueso, por unos cinco minutos, que es lo que tarda una transformación regular.
A John se le puso la cara gris.
–No en balde tiene pesadillas –murmuró. –¿Y qué puedo hacer?
–No dejar que esos diez minutos de cada mes secuestren el resto de su vida.

Severus se preguntó si su joven hijo podría entender esa frase, pero el brillo alegre en sus ojos dorados le dijo que no lo había subestimado. John se levantó y sacudió su túnica.

–Quedé con Dafne y Alex en la biblioteca –arrugó la nariz–: tarea.
Severus asintió y lo dejó ir, pero volvió a llamarlo antes de que el chico cruzara la puerta de la dirección.
–Ten paciencia John, recuerda que les queda un largo camino juntos.

El sábado fue cálido, despejado y aburrido.

Dafne, Alex y John terminaron su composición sobre el asfódelo antes de la hora del almuerzo.

El equipo de Quidditch de Slytherin, que no tenía que renovar su plantilla, entrenó toda la tarde, para desagrado de cierto buscador rubio.

Durante el te de las cinco, Severus y Albus discutieron acerca de la naturaleza de los venenos que Madame Zabini usara en sus muchos e incautos maridos.

A las seis en punto arribaron, vía trasladador, Adrian Duncan y el medimago Marcel Clagg.

A las siete comenzó la cena en el Gran Comedor. Nadie se fijó en los visitantes, porque la comidilla del día era el nuevo capítulo de la historia por entregas en El Profeta sabatino. "Sam" se titulaba el relato, y narraba las aventuras de un mago que, trabajando encubierto entre muggles, se enamoraba de uno de ellos. Era un tópico varias veces visitado, pero el misterioso abogado muggle estaba muy bien descrito y muchas personas comprendían la atracción de Joshua Leibitz. La historia estaba ambientada en la Nueva York de diciembre de 2001, con la tensión del asunto de las Torres Gemelas alrededor. Leibitz debía descubrir a los que movían los hilos tras el horrible atentado, mantener su fachada y seducir al escurridizo Sam Dickens.

A las ocho, la manada de Hogwarts salió en dirección al Bosque. Las puertas del castillo se cerraron tras ellos y no se abrirían hasta el amanecer. Los ocho trotaron en busca del claro donde esperarían el ascenso de la luna. Uno de los árboles más viejos alrededor del claro tenía un hueco en el tronco, a suficiente altura para que ningún cánido lo alcanzara. Los chicos se quitaron las ropas y las ocultaron allí, luego Kruger selló el escondite con un pase de varita.

Alex estaba muy nervioso. Por primera vez en su vida pasaría la luna llena lejos de su mamá. Claro, todos habían sido muy amables, Duncan y el sanador Clagg le esperaban en el castillo, pero él no podía vencer el desasosiego. ¿Qué pasaría luego, cuando John, Kruger y los otros le vieran llorar y temblar? Ellos eran lobos verdaderos, él, un niño que se había dejado morder por no obedecer a su madre. Un rayo de luz plateada apareció, al tiempo que la maldición le golpeaba. Alex se dobló sobre si mismo y, por instinto, buscó la mano de John.

A casi dos kilómetros de allí, en la oficina del director, Duncan hechizó un espejo para seguir el desarrollo de la jornada sin interrumpir a los lobos. Luego fue a sentarse junto a Severus Snape. Cerca de ellos, los elfos habían preparado una mesa con viandas frías y abundante café.

Los licántropos estaban de pie, en círculo alrededor de un dolmen. El claro fue rápidamente iluminado por la luna y Alexander Smith se dobló por el primer golpe de dolor. Lupin lo sostuvo a duras penas y se inclinó para dejarlo yacer sobre el césped. Smith gritó y agitó las manos, pero sus compañeros se limitaron a mirarle, solo Lupin se quedó junto a él, abrazado a su torso y evitando que azotara la cabeza contra el suelo.

Duncan tragó en seco y se alegró de que el hechizo fuera mudo. A su lado, Snape parecía querer romper los brazos de su asiento, y todos los retratos de los antiguos directores se habían marchado.

En el bosque, John contenía a duras penas las lágrimas. La transformación ya estaba tan avanzada que Alex no podía articular palabras, pero gemía–aullaba de modo desgarrador. Le sostuvo la cabeza, tratando de que su cuello y mandíbula sufrieran un poco menos, pero era inútil, el instinto llevaba a Alex a luchar contra el dolor, alargando el proceso. Sintió el pelaje de la espalda crecer contra su pecho y la larga cola golpear sus muslos.

–Ya falta poco, ya falta poco –aunque no creía que Alex pudiera escucharle.

El cambio acabó, pero la mente de Alex aún necesitaría unos segundos para tomar control de su cuerpo transformado. John aprovechó ese margen para aflojar su agarre y mudar de piel.

Para cuando Alex pudo ponerse en pie, a su lado había un bello cachorro de pelaje blanco.
"¿John?"
"Ahora soy Fantasma"
Sacudió la cabeza. "Lo siento"
"Está bien."

Fantasma le rodeó, curioso. Pegó el hocico a los flancos dorados de la loba (¿?) en que se transformara Alex y aspiró su aroma de tinta china, flores de naranjo y corteza de avellano.

"Ven."
Con algo de miedo, Alex dio una vuelta alrededor de Fantasma. Algo similar a la risa escapó de la garganta del lobo polar.
"No me oliste"
"Yo…"
"No te voy a morder, lo prometo."

Alex estiró el cuello lo más que pudo y olisqueó el fuerte perfume del macho, era un poco de orégano y mucho de roble. Giró de prisa, asustada por un ladrido.

"¿Acaso quieres convertirte en jirafa?" se burló un lobo de patas cortas y abundante pelaje marrón.
"¿Peludo?" dudó Alex.
"Te dije que era inteligente." Intervino una loba negra con una franja casi blanca en una de las patas.
"Pero nadie dijo que era hembra." Advirtió Peludo con una mirada calculadora.
Alex dio un paso atrás, asustado, pero Fantasma se metió entre el/ella y Peludo enseguida.
"¿Tienes algún problema con eso?"

Peludo gruñó y descubrió sus colmillos, Fantasma arañó el suelo y ladeó un poco la cabeza, como midiéndolo. Su olor cambio, y Alex comprendió, supo, que era una orden para el/ella: se acurrucó entre las patas del macho y gruñó a Peludo desde allí abajo.

La expresión del lobo marrón cambio de inmediato, algo similar a la sorpresa brilló en sus ojos dorados.
"No tengo ningún problema con ella." Declaró simplemente.

Peludo y Tormenta dieron media vuelta y fueron hacia el dolmen, donde los otros esperaban con calma el desenlace del conato. Alex salio de su escondite.

"¿Qué fue eso?"
"Parece que, hasta ahora, Tormenta fue la única hembra de la manada. Estos chicos deben estar acostumbrados a presumir para llamar su atención."

Alex asintió, deseaba saber por qué sabía lo que significaba el olor de Fantasma, pero prefirió callar. Trotaron para acercarse a los otros.

"Ya era hora" refunfuñó un lobo de cráneo dorado y cuerpo casi negro cuando se acercaron al grupo. Volvió la cabeza hacia el Alfa "Hace hambre, jefe."
"Este siempre tiene hambre." Se quejó Tormenta.
"La próxima vez no te doy de mi conejo, muñeca."

Viento Gris –Alex dedujo quién era por su pelaje idéntico al de la hembra– le enseñó los dientes a Gere –solo unos centímetros menor que el Alfa, debía ser el Hufflepuff de sexto año–, pero un cabezazo de Verano lo calmó.

"Primero hay que conocerse" dijo al Alfa sin moverse de su lugar. "Fantasma."

El lobo polar avanzó con pasos cortos, cuando estuvo a un metro del Alfa, se tendió en la tierra y giró, dejando el vientre expuesto. Freke se levantó y dio una vuelta a su alrededor, bajó el hocico y olió al joven macho, luego le puso una pata en la garganta y aulló. El resto de la manada le hizo coro.

Alex miraba todo con ojos asombrados. ¿Sería capaz de…? Recordó el refrán "Allí donde fueres, haz lo que vieres". Estaba obligado a dejarse pisar por el Alfa, parecía claro que se trataba de algún acto de rendición ante el jefe de la manada.

Fantasma se levantó de un salto, regresó junto a Alex y le dio un tope suave en el flanco, para que se acercara al centro. A medida que se avanzaba, el/ella comprendió por qué Freke era el jefe. No se trataba de tamaño o de fuerza, sino de poder. Alex se tendió ante el gran lobo gris y casi se desmaya cuando el olor del Alfa le rodeo. Era sangre y musgo, tierra y fuego, un poder reposado y real. Cuando la pata del Alfa se posó en su garganta y Freke aulló, Alex se unió al gañido general sin miedo. Estaba en buenas manos.

Freke le liberó y el/ella volvió junto a Fantasma.

"Lo hiciste bien" le aseguró el de pelaje blanco con un roce de hocico en su cuello.
El Alfa giró hacia Gere y le guiñó un ojo.
"Hoy se me antoja ciervo."
Gere y Peludo aullaron de alegría y corrieron al borde del claro.
"Glotones" bufó Tormenta, pero les siguió.
"Alex, quédate detrás de Viento Gris y junto a Fantasma" ordenó Freke.

Alex asintió a la orden y trotó junto a su amigo. La manada se internó en la espesura.

TBC…

1 comentario:

Anónimo dijo...

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