¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

Todos los personajes reconocidos públicamente son propiedad de sus respectivos autores. Los personajes originales e historias son propiedad la autora. No se genera ningún beneficio económico por este trabajo, ni piensa por un instante en los derechos de autor.

30 abril, 2007

SECRETOS DE FAMILIA 11

Dios los cría…

"La corriente no se detendrá ni un instante"
Ted Huges


Dafne respiró hondo y deseó fervientemente que alguien apareciera, un fantasma, un ángel, un vampiro, ¡alguien!

–Entonces, preciosa, ¿cuál es tu nombre? –repitió con acento amenazador la chica alta de cabellos oscuros y dientes torcidos que parecía estar al mando.
La niña de cabello marrón apretó los labios y pasó saliva. ¿Cuál era la respuesta para escapar?
–¡Yo se cómo se llama! –exclamó burlón el muchacho de ojos azules. –Es la señorita Sangre Sucia.

¿Sangre Sucia? Ya estaba harta de la frase. ¿Qué significaba? ¿Por qué esos tres chicos de túnicas con escudo verde y plata la habían acorralado en la esquina del vagón? Dafne sintió unas intensas ganas de llorar. ¡Howgarts iba a ser igual que su primaria! Esos magos y brujas no eran mejores que los chicos que la maltrataban en los baños y le tiraban cosas en el comedor.

Para confirmar sus peores sospechas, el tercero del grupo –cabello rubio oscuro y ojos chocolate– adelantó una mano con clara intensión de abofetearla. Dafne se encogió y cerró los ojos.

–No la toques –advirtió una voz dura y ronca.

Levantó un poquito el párpado izquierdo y vio que sus enemigos habían girado hacia un muchacho como de su altura, de cabello negro y lacio, rostro afilado, nariz ganchuda y lentes oscuros.

–¿Qué no la toque? –la jefa parecía divertida con la interrupción. –¿Quién eres tú para decirle a mi amigo Mark Parkinson algo?

Dafne dedujo que el acento en el nombre del rubio debía intimidar a su inesperado defensor. No fue así. El muchacho a penas soltó una risita y se pasó la manga de la túnica por los labios, limpiando invisibles rastros de comida.

–¿Parkinson? Mucho gusto, yo soy Lupin –se levantó los lentes y dejó ver unos ojos grandes, fríos, dorados. –John S. Lupin.

Los tres de escudos verde y plata dieron un paso atrás. La niña les miró desconcertada. ¿Había un bando en el mundo mágico contra los ojos exóticos?

–Ahora que ya nos conocemos –continuó Lupin con voz sedosa–, ¿todavía quieres tocarla, Mark?

Ninguno contestó, solo dieron media vuelta y corrieron en dirección a la puerta del vagón. Dafne se quedó en el pasillo, a solas con su salvador, mirándole extrañada. Lupin volvió a colocarse los lentes y se acercó, su tono era ahora amigable.

–¿Primer año? –ella asintió. –Yo también.
Tomó su baúl y le tendió la mano.
–Ven, te llevaré a un lugar seguro.

Comenzaron a caminar hacia el final del tren. Dafne supuso que John sabía de un lugar especial, porque avanzaba decidido, sin mirar a las puertas de los compartimientos.

–¿Te gusta la jardinería? –preguntó la muchacha por animar la caminata.
–No mucho.
Ella no se arredró por la lacónica respuesta.
–Es que noté tu uñas llenas de tierra, como las mías –extendió los dedos cortos y de uñas breves, enmarcados en un marrón tenue, muy cepillado– y pensé… Siempre me gustaron los jardines, allí había seres raros que nadie más veía, ahora se que eran duendes y eso. Creo que mi asignatura favorita va a ser Herbología.
–Prefiero Cuidado de Criaturas Mágicas –respondió Lupin sin girar el rostro.
–Tienen que ver –opinó Dafne, desesperada por hallar puntos de contacto con este niño.

El soltó un gruñido afirmativo, ella quiso decir algo más, pero su guía abrió la puerta de un compartimiento del que escapaban voces, risas y una sensación de intimidad arrolladora. John la hizo pasar y empujó tras ella el baúl.

Las conversaciones pararon y ocho rostros giraron hacia la castaña, esperando. Dafne sintió miedo, muchísimo miedo de aquellas miradas interrogantes, un poco alarmadas. Por suerte, Lupin se adelantó y abrió los brazos en lo que saludaba con su voz ronca, peculiar.

–¿No hay un abrazo para el primo?

Fue como si rompieran la compuerta de una represa. Todos parecían estar tratando de abrazar, besar o agitar el cabello del recién llegado.

–¡Por Merlín! –reclamaba un rubio de ojos verdes. –Ni una nota en todo el verano.
–¿Estabas muy ocupado consolando a tus novias? –inquirió un pelirrojo de ojos azules.
–¡No! Seguro dormía junto a un caldero, quiere impresionar a todos desde el primer día –opinó una chica negra de largas trenzas.
–Yo se qué tenía el caldero: ¡chocolate! –gritó otro pelirrojo, el más pequeño de los cuatro– ¡Chocolate!
–Chocolate o caramelos de pimienta, el hecho es que te extrañamos –aseguró otro rubio de ojos marrones.

Dafne soltó el aire, aliviada de que la atención se enfocara en John. Deslizó sus ojos por la rugiente multitud (¿cuántos pelirrojos eran?) y notó en el fondo a un chico de cabello castaño que miraba a los otros con algo de envidia. Sus miradas su cruzaron y el chico le hizo un guiño amistoso, ella saludó agitando la mano. Sonrieron. El gesto fue captado por un par de ojos grises que destellaron peligrosamente.

–Bueno John –la voz de Tomas acalló la algarabía de los Weasley. –¿Nos presentas a tu amiga?
El chico asintió, se deshizo de los abrazos superpuestos y tendió una mano a Dafne para que se acercara al centro.
–La verdad es que aún no se su nombre. La salvé de Parkinson y su banda en el pasillo.
–No es su banda –rectificó un tercer pelirrojo, este de ojos verde claro–, sino de Amanda Flint.
–¡Qué importa! –desestimó el de los lentes. –Le dije que la traería a un lugar seguro. Como somos más, creo que sería justo presentarnos primero.
Hubo un asentimiento general y John comenzó por la izquierda:
–Ella es Zoe Tonks –señaló a la muchacha negra de trenzas–, a su lado están los gemelos Joshua y Louis Potter–Malfoy. De este lado –giró a la línea de asientos de la derecha– se sientan los Weasley: George –el de ojos verde claro inclinó la cabeza–, Arthur –uno sus ojos azules hizo un guiño pícaro–, William –el pelirrojo más pequeño levantó la mano, como si temiera no ser reconocido– y Fabian.
–¡Soy un Zabinni! –reclamó el de ojos marrones.
–Pero eres pelirrojo –rebatió el moreno, que inmediatamente señaló al fondo sin prestar atención al puchero de protesta. –Ellos son Tomas Potter–Malfoy y Elihaj ¿no?
–Si –confirmó el de ojos grises mirando directamente a Dafne. –El es mi novio, Elihaj Suchowljansky.

A ella no le pasaron desapercibidos la naturalidad con que declaraba su homosexualidad ni el claro tono de advertencia. Trató de no amilanarse y sonrió.

–Mucho gusto en conocerlos a todos –hizo una pequeña reverencia. –Soy Dafne Dursley.

Las sonrisas desaparecieron como por ensalmo. John soltó su mano y dio un paso atrás. Todos se quedaron mirándole como a un ser de pesadilla.

–¿Dursley? –repitió Tomas con acento grave. –¿Nieta de Petunia y Vernon Dursley? ¿Dursley de Surrey? ¿Dursley de Taladros Grunnings?
Dafne se asustó.
–¿Cómo sabes…?
–Es imposible –susurró Zoe con miedo sin esperar su respuesta.
–¿Por qué papá no nos dijo? –reclamó uno de los gemelos rubios a su hermano mayor.
–Tiene cosas más importantes que hacer que andar espiando Howgarts –razonó Tomas, y miró a John. –Pero Severus sí lo sabe, ¿verdad?
El de las gafas meditó por un instante, aún con la cara vuelta hacia la chica castaña que parecía abandonada en medio del compartimiento.
–No. Este año Smith se ocupó de los nuevos ingresos.
–¡Tenía que ser un Huplepuff! –gruñó Fabian.
–¿Pueden dejar de actuar como si no estuviera presente? –reclamó la niña al borde de las lágrimas. –¿Y explicar de paso cómo saben de mi abuela y todas esas otras cosas?
–Está en los libros de historia –repuso con voz extrañada uno de los gemelos.
–Me niego a creer que un accidente de auto de hace veinte años aparece en los libros de Historia de la Magia –replicó ella.
–¿Quién te dijo eso del accidente de auto? –indagó Tomas.
–Mi padre, por supuesto –arguyó ella llena de orgullo de que su padre sí le decía cosas.
–¡Pero qué falta de imaginación! –comentó Fabian.
–¡Oye! –Dafne se inclinó sobre el joven Zabinni con claras intensiones de descargar en él su ira que toda esa absurda charla le provocaba. –No hables así de mi papá.
El pelirrojo ya tenía un comentario especialmente desagradable listo, pero John se interpuso a tiempo.
–Cálmate Dafne, ¿si? –miró a los otros viajeros. –Calmémonos todos –volvió a enfocarse en la recién llegada. –Vale, fuimos algo groseros contigo, pero es que nos tomaste por sorpresa.
Ella lo miró sin comprender.
–Creíamos que ustedes estaban muertos.
La irritación de Dafne se transformó en sorpresa.
–¿Muertos? ¿Quieres decir…? ¿Mi familia?
–Sería más correcto decir nuestra familia –rectificó Louis y se levantó para ofrecer su mano. –Créeme Dafne, de saber que tenía una prima tan bonita, la habría visitado.

Ella se obligó a reciprocar el gesto, pero la expresión de anonadado desconcierto no abandonaba su rostro.

–¡Así no va a entender nada! –estalló Tomas. –Ustedes dos –llamó a Dafne y John– siéntense ahí –señaló un espacio vacío entre los gemelos y él. –George, sella la puerta.

El mayor de los Weasley asintió y apuntó con su varita a la entrada del compartimiento, sin hacer caso de un comentario de William sobre la bruja del carrito. John arrastró a Dafne hacia el sitio indicado y ambos se acomodaron en el estrecho espacio. Tomas tamborileo sobre sus rodillas por un instante y carraspeó.

–Hace veinte años, nuestro mundo estaba en guerra: un mago muy poderoso y malvado quería gobernar sobre todos los magos y brujas y exterminar o esclavizar a las personas sin magia. Su nombre era Tom Marvolo Riddle, pero casi todos le llamaban Lord Voldemort. Algunos se resistieron a tal idea y pelearon, su líder era un mago llamado Harry Potter.
–¿Potter? –le interrumpió Dafne. –¿Cómo ustedes?
–Si –explicó Joshua de prisa. –Somos sus hijos, pero no lo interrumpas, se pone insoportable si le cortas el hilo del discurso.
Tomas fingió no haber oído ese comentario y continuó.
–Potter era el líder de la resistencia y Voldemort deseaba, más que todo quebrarlo. Sabía que solo le quedaban dos parientes consanguíneos vivos: Su tía Petunia, hermana de su madre, y el hijo de esta, Dudley. ¡No! –se adelantó a la pregunta de la niña. –Ellos no eran mágicos, pero Lily, la madre de Potter, sí. En realidad, los Dursley y su sobrino no se llevaban, pero Voldemort contó con el buen corazón de Potter y todo eso. En otras palabras: era una trampa. ¿Me sigues? –Dafne asintió.
–Esa noche los seguidores de Voldemort, los mortifagos, se aparecieron en la casa de campo que los Dursley tenían en Gales y empezaron a torturarlos, para dar tiempo a que Potter y los suyos llegaran. Tus abuelos murieron en esa espera. Antes de que avanzara mucho la diversión con Dudley llegaron los de la Orden del Fénix, así que lo encerraron en el sótano y salieron a pelear. El combate provocó el incendio y posterior derrumbe del edificio y se asumió que los tres habían muerto.

La niña permaneció callada por varios minutos, procesando la información. Sentía las miradas de Tomas y Elihaj clavadas, y el agradable calor del cuerpo de John a su derecha. Suspiró.

–Wow.
El de gafas soltó una risita divertida.
–¿Tanto así?
–Si –volvió a mirar a Tomas. –¿Sabes? Eso encaja.
El aludido alzó una ceja y ella continuó.
–Mis padres están divorciados, mamá dice que se hartó de andar mirando por encima del hombro, de los guardaespaldas y las dobles cerraduras. Papá se negó a recibir tratamiento para su manía de persecución y ella lo echó de casa.
–¿Sabe que recibiste carta de Hogwarts? –inquirió Zoe.
–Después que el profesor Smith vino y explicó lo del Estatuto de Secreto Internacional y todo eso me quedaron muy pocos deseos de contarle –admitió ella triste.
–Te entiendo –se adelantó Eli. –Yo voy para sexto año y aún no le he contado a toda mi familia.

Tomas apretó los labios ante el comentario. La situación de su amado era bastante diferente y el que deformara la realidad para solidarizarse con esta desconocida le encendía por dentro. La respuesta alegre de Dafne profundizó su calvario.

–¿Entonces tu familia es muggle?
–Si.

La radiante sonrisa de la chica expresaba a las claras su satisfacción por hallar a alguien similar. Entonces recordó…

–¿Cómo sabes tanto de esa noche? –interrogó a Tomas.
El moreno, satisfecho de que el diálogo entre su prometido y la castaña se desviara, se permitió sonreír.
–Soy un maniaco de la historia y la Batalla de los Campos de Gales es muy importante en el desarrollo de la Segunda Guerra Mágica. Pero, más que eso, porque ahí no solo murieron los últimos parientes de nuestro padre, sino también Lucius Malfoy, nuestro abuelo.
Tomas se dio cuenta entonces de que dejaba abierta una puerta potencialmente traumática y rezó porque la niña no preguntara más de la cuenta por ese camino. Por su parte, Dafne se sentía ya un personaje de novela.
–¿El papá de vuestra madre? ¡Qué triste! Defendiendo a Potter ¿verdad? ¡Qué romántico!
–En realidad –admitió Louis un poco incómodo… –En realidad mi padre mató a Lucius, que era el segundo de Voldemort por esa época.
Dafne pestañeó, confundida, y Fabian Zabinni decidió aprovechar eso para desviar la charla a derroteros más "seguros".
–Uno de los elementos más dolorosos de la guerra –explicó con voz luctuosa y baja– fue que muchas familias se dividieron. Los Black y los Malfoy eran seguidores tradicionales de Voldemort, pero los jóvenes de esa época abandonaron a sus padres y pelearon junto a Potter. Mi padre pasó por lo mismo.

Dafne miró a su alrededor, todos habían adoptado expresiones austeras tras el último comentario. Se le ocurrió que cada uno de ellos conocía a una persona repudiada por defender sus ideales.

–Siento haberles hecho recordar cosas desagradables.
George hizo un gesto mínimo hacia Josh.
–No te preocupes –la tranquilizó el gemelo con voz casi recompuesta. –Seguro papá se pondrá muy contento al saber que Duddley escapó aquella noche –y le palmeó el hombro afectuoso.
Dafne giró el cuerpo para sonreírle de frente y no pudo ver las expresiones aliviadas de los mayores a sus espaldas.
–Creo que por ahí viene el carrito de la comida –comentó William y dio el tiro de gracia a la sobriedad.

La aparición de la bruja con el carrito trajo tintineo de monedas, grititos de alegría, rasgar de papeles y camisas mojadas con jugo de calabaza. Para cuando terminaron de comer, Dafne tenía dos postales para coleccionar y estaba recostada sobre John. Los gemelos Potter–Malfoy jugaban cartas en el suelo del compartimiento. Varios más dormitaban. Ya estaba oscuro fuera y una llovizna suave empañaba los cristales.

–¿Haces deporte? –preguntó ella bajito.
–Corro mucho.

Ella frunció los labios. Todas las respuestas de ese chico parecían respuestas, pero no dejaban deducir nada más. Lupin olía a orégano y a tierra húmeda, pensó, como un jardín donde uno puede tenderse a dormir sin miedo. Le pareció extraño sentir confianza en alguien apenas comunicativo. Debía ser porque era el primer mago que la defendiera.

–¿Tus papas también son magos famosos?
–¿Qué te hace pensar eso?
–Cuando dijiste tu nombre, esos tres salieron corriendo.
John rió y Dafne comprobó que su risa no era de niño.
–Mi papá se llamaba Remus Lupin. Fue uno de los lugartenientes de Potter en la Segunda Guerra, pero también había luchado en la Primera, en los 70 del siglo XX. Murió cuando yo tenía cinco años, de una enfermedad crónica.
–Lo querías –afirmó ella al reconocer la vibración de su voz.
–Lo quiero –rectificó él. –Sin embargo, esos estúpidos no huyeron por la reputación de mi padre, sino porque tengo los ojos dorados.

Ella movió las postales entre sus dedos y bufó al descubrir que Morgana había colgado un cartel de "Fui de compras". Recordó su extrañeza al notar que John no se había quitado los lentes hasta que el cielo estuvo todo encapotado.

–No entiendo –admitió. –¿Por qué respondes en acertijos?
–"Para que viendo no veas y escuchando no oigas". Es una costumbre en el sitio donde crecí hablar de uno mismo en parábolas, si el que pregunta es lo suficientemente despierto, comprenderá.
–Lo haces porque no se nada del mundo mágico –rebatió ella.
El mostró su blanca y afilada dentadura en una sonrisa que no le alcanzó los ojos.
–Si.

Dafne se levantó y lo miró de frente. Se sentía ofendida ahora, aunque John estaba actuando de igual manera que hasta ahora cada vez que le hacía una pregunta personal: sincero y misterioso a la vez. No estaba segura de qué decir, pero el que no fuera claro con ella, como tan amablemente había sido Tomas, le fastidiaba. Ya no pudo exigir nada: el tren comenzaba a frenar y sus compañeros de viaje se desperezaban.

–Llegamos –comentó Elihaj en lo que escapaba del posesivo abrazo de Tomas. –John, Dafne, bajen a tierra, nosotros nos encargaremos de su baúles.

Ella no quería. De pronto casi odiaba a su misterioso salvador, pero juzgó que era más peligroso bajar sola al andén que soportarlo un poco más. John se puso los lentes, acomodó su túnica y abrió la puerta. La niña salió al corredor con paso decidido. El tomó su mano con fuerza y la guió en la confusa marea de chicos, gatos, lechuzas, baúles y algún sapo.

–Voy a averiguar por qué te temen –le amenazó apenas él dejo libre su mano, ya en tierra firme, cerca de los botes.

John resopló y caminó de prisa en dirección a la orilla. A estas horas solo deseaba una linda lonja de carnero tierno y una hoguera, no amenazas de niñas asustadas. Se adelantó a dos o tres muchachos y evitó que lanzaran al suelo a un rubio enclenque y asustado. Volvió a mirar a Dafne y le hizo señas para tomar un bote junto a este pequeño. Ella olía muy bien, pensó, olía a jardín bañado por la luna llena y con todas sus rosas rojas abiertas.

TBC…

No hay comentarios.: