¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

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28 abril, 2007

¿PARA QUE QUIERO MÁS? 6

Aceptemos nuestras derrotas

Elladan se agitó entre las mantas, dio vuelta a la almohada y trató de conciliar el sueño, aunque lo sabía inútil: la breve visión de Legolas impediría su descanso. Gruñó, pestañeo con sus ojos ciegos, pero no obtuvo sosiego. ¿Por qué?

Era el mismo sueño de las últimas tres semanas. Estaba en el jardín de la Fortaleza del Bosque Negro, y caminaba entre los macizos de flores en dirección al banco donde Legolas –entonces un virginal aprendiz de guerrero– solía esperarle para compartir besos. Pero eso pasó hace mucho, cuando se enamoró sin saberlo de aquella puta de orejas puntiagudas.

Ahora hay silencio a los lados del caminito que, entre parterres y árboles frutales, lleva hasta el centro del jardín. Los pájaros no cantan, las raíces detienen su lenta chismografía y solo es perceptible la voz educada y aguda que entona la canción de la caída de Smaug, la voz que lo atrae. ¡Allí está! Elladan se agacha, detrás de estos arbustos puede ver la espalda bien formada, y la cadera, unos milímetros más ancha que la última vez que lo amó. La voz es pícara y se detiene cada cierto número de versos, le invita a un dúo. El elrondida sonríe, sale de su escondite para cortar la frasecita soez sobre el remedio casero para el frío del Lago Largo y entonces lo ve.

Legolas no tiene las manos vacías: borda con cuidado una camisita roja de doble forro, ideal para las heladas matutinas de Mirkwood. En la pechera, un sol con una sola ceja sonríe; nubes grises y blancas pueblan las mangas; la espalda tiene un millón de estrellas de plata. Una camisa finamente repujada para el bastardo de Estel, para el hijo que no tuvo con él.

Las lágrimas que no está dispuesto a derramar borran los contornos del jardín y el príncipe rubio. Elladan da un paso atrás y despierta en su lecho. Penumbra y dolor. Soledad.

¡Lo odia! Odia a ese elfo de corazón falso. Que Saurón queme mil veces su alma traidora. ¿Por qué soñar con alguien que odia?

A trompicones, deja la cama y arranca las cortinas que cubren el ventanal más cercano. La luz del sol calienta sus flácidas mejillas. Elladan extiende una mano, siente la brisa rozar su piel, recuerda el juego de reflejos de los rayos de luz entre sus uñas pulidas… Contiene un sollozo y se aparta.

“¿Me olvidarás?” preguntó él, fingiendo inocencia, “No podría” respondió el tonto de Elladan, y selló su destino.

Tomó su virginidad, pero él marchó al alba. Diez duelos, cincuenta y tres torneos, quinientas ochenta y siete cabezas de orco, siete guerras y apenas le dejó una sonrisa cada década, un vago olor a flores silvestres en la cama. Tres cofres con joyas de oro, plata y zafiros –como sus ojos–, armaduras de mithril, accesorios que nunca se puso para él, pero lució junto a otros. Tres intentos de suicidio, y nunca una nota de preocupación, siquiera una prenda para conservar a su lado.

Ahora está amarillo y seco como las hojas de los árboles fuera del valle, y Legolas no está a su lado, sino que borda un nuevo ajuar de invierno para su hijito.

¿Por qué no se lo dijo?

¿Por qué no envió alguna de aquellas cartas llenas de imágenes de luz de luna y votos de sangre que tantas veces compuso? No lo sabe. ¿La risa de Elrohir al verle temblar con la pluma entre las manos? ¿La falsa ignorancia de su padre, Erestor y Glorfindel ante su tórrido romance? ¿La curiosidad de Estel, entonces un niño, ante un adulto tan preocupado por la ortografía de las palabras y el ángulo exacto de los caracteres?

Los oídos le zumban. ¡Ya basa de pensar en eso! No hizo lo que debía y los Valar le castigaron: Estel –que ya no es un niño– sembró el vientre de su amor ¡y hasta se las arregló para mantener su compromiso con Arwen! Merece morir así, arrugado y solo, con los ojos ciegos y delirando sobre el único lugar donde fue feliz. Lo merece por cobarde. Las palabras no fueron dichas.

El dulce abismo del cuerpo de Legolas no es suyo, nunca lo fue.

–Es hora…

Elladan vuelve a su cama y se deja caer. Aprieta contra su rostro el almohadón donde oculta los rubios cabellos.

–Es hora…

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–Elladan Elrondión, ¡te levantas AHORA de la cama!

Pestañeó lentamente, pero apenas pudo identificar la silueta de Haleth antes de que las fuertes manos de la Ama de Llaves tiraran de él y lo cargaran en vilo.

–¿Qué es lo que...? –no pudo decir más, la elfa lo dejó caer dentro de una tina de agua jabonosa y empezó a desenredar con fuerza sus cabellos. –¡Naná!…
–¡Cállate!, ¡cállate si no quieres que me enfade más! A mis años pasar una vergüenza como esa… –la elfa le dio otro tirón a su cabello– ¡Por tu culpa!
–¿Pero de qué hablas?
–¿De qué hablo? ¿De qué? Mira, muchacho… –Elladan creyó que por fin sabría por qué su antigua nodriza llegaba a irrumpir en su habitación tan intempestivamente, pero se equivocó. Haleth solo resopló con fuerza y dijo: –Cuando estés presentable, tu Ada te dirá. ¡Estas trenzas! ¿Cuánto hace que no te peinas, niño?

Estuvo a punto de decirle que desde su último intento de suicidio, pero cambio de idea, Haleth era capaz de hacerle tragar el jabón a cualquier guerrero, si le contestaba de mala forma y él distaba de sentirse lúcido o saludable. Se concentró en no tragar agua y soportar los duros tirones.

Media hora después, el príncipe Elladan tiritaba en la tina, su cuerpo estaba limpio y ni rastro del sueño quedaba en sus ojos nebulosos, pero Haleth aún no lograba deshacer el horrendo moño que sudor, polvo y cabellos muertos habían esculpido en esos meses.

Tocaron a la puerta de la habitación, y, sin esperar permiso, varias personas entraron.

–¿Ya está listo? –Elladan reconoció la voz de Erestor en la silueta que se detuvo a unos metros de la tina.
–Es inútil –resopló Haleth. –No puedo peinarlo.
–Entonces córtalo –recomendó una voz femenina desde la cercanía de su cama.
Elladan quiso protestar ante semejante idea.
–Es mío…
–¡Tu te callas! ¿Cuánto tiempo nos queda? –preguntó Haleth con voz angustiada.
–Ya están sirviendo los postres –respondió Erestor. –No veo otra solución.

La elfa no respondió al plañido del Primer Consejero de Rivendel, sino que obligó al príncipe a salir de la tina.

–Por favor, niño, deja de taparte, que todos aquí te vimos en pañales. Ustedes, vayan secándolo, Erestor, alcánzame las tijeras.

Ante el peligro inminente de su cabello, Elladan reunió sus pocas fuerzas y escapó al agarre de las sirvientas. A duras penas logró correr hasta un rincón donde la luz le daba de lleno en la cara y podría reconocer cualquier silueta tratando de acercarse.

–No me corté el pelo en cien años, nadie va a raparme ahora sin explicarme de qué se trata todo esto.
–Elladan… –amenazó Haleth.
–¡No nana! Mis últimas órdenes fueron “Dejadme morir en paz” y de pronto llegas, como si fuera un elfito malcriado, y tratas de sacarme de aquí para alguna recepción. Exijo una respuesta.

En los jardines, el gong que anunciaba las actividades sonó tres veces, eso significaba que el consejo tendría sesión vespertina. Los elfos alrededor de Elladan gimieron, y él reconoció el sonido: era miedo.

–Yo me voy –anunció Erestor. –Tienes quince minutos Haleth.

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Veinte minutos después, con un traje de gala que no le había servido en ciento cincuenta años, la cabeza afeitada, y apoyándose en un bastón de madera rojiza que perteneciera a su abuelo, Elladan Elrondión, Príncipe Guerrero de Imladris, entraba a la Sala del Consejo

Elladan no sabía de qué estaban hablando antes, pero notó el pesado silencio que se adueñó de la habitación cuando las puertas se abrieron para darle pasó. Se detuvo, inseguro de a dónde dirigirse.

–Le dije que estaba en la galería Alteza –la voz de Erestor sonaba extremadamente forzada. –Le dije que el príncipe no…
–Bueno –interrumpió una voz que Elladan reconoció al instante–, ¿y qué hace ahí parado como un idiota? ¿Es que lleva tanto tiempo sin entrar aquí, que olvidó dónde está su asiento?

Antes de que alguno de los mayores pudiera explicar que, en efecto, hacía años que él no entraba allí o ¡peor! Que simplemente no podía llegar solo a su lugar, Elladan llamó la atención con un golpe de su bastón en el suelo.

–Simplemente te admiraba.
En dos segundos, Legolas estuvo a su lado. Elladan contuvo las ganas de girar el rostro y tratar de alcanzar el perfume de sus cabellos.
–Eres un desfachatado, noldor. Te estaba dando la espalda.
Alzó una ceja y relajó sus labios hasta la media sonrisa.
–La espalda o, mejor dicho, lo que tienes justo debajo de la espalda, es lo que yo, junto a muchos otros, encuentro más admirable de ti… principito.

A pesar de la ceguera y el ayuno sus reflejos estaban ahí, por eso la mano de Legolas nunca llegó a tocar su rostro. Elladan atrapó la delgada muñeca con sus últimas fuerzas y se forzó a mantener la sonrisa. Se preguntó cuándo podría sentarse. Por los Valar, su estomago estaba dando saltos por el lembas que Haleth le forzara a tragar. No podía quejarse, esos retortijones eran lógicos después de dos ¿o tres? semanas sin alimentos sólidos, pero ¿no podían continuar la comedia sentados?

El rubio se liberó con un bufido y caminó en dirección al trono.

–Mi lord Elrond, dijisteis que vuestro hijo no podía responder a las acusaciones por su delicado estado de salud, pero a mi me parece muy sano.

¿Acusaciones? ¿Acaso Thranduil quería volver sobre el asunto de la carreta de seda color hueso? ¡Pero que viejo más tacaño! Treinta años de memorandums a un lado y otro de Arda por unas cuantas yardas de trapo. ¡Ni que tuviera algún hijo virgen al cual bordarle ajuar!

–Ven –susurró Elrohir junto a su oreja, y Elladan le siguió dócilmente a su asiento, a la diestra del padre.
–Ya veo –la voz de Legolas se tiñó de reproche. –Su vida licenciosa ha sido castigada por los Valar. Espero que eso metiera algo de sentido común en vuestra dura cabeza, príncipe.
Elladan tuvo el aplomo suficiente de sonreír, al tiempo que rezaba porque nadie le exigiera ponerse en pie de nuevo.
–Debo admitir que estoy algo fuera de forma física, pero Glorfindel no constató ningún reblandecimiento del cráneo. No se por dónde podría entrar ese tal “sentido común”, ni qué podría aportar a mi maravillosa personalidad.
–Ya puedo notarlo: sois justamente el elfo que deseo.

Hubo un quejido general de asombro, y Elladan casi se cae de su asiento. ¿La palabra pronunciada por Legolas era “deseo”? ¿Deseo de qué? Legolas seguía hablando, ahora se dirigía a su padre.

–Mi señor, ahora que he reconocido en verdad en vuestro hijo mayor a la persona que busco, procedamos con el mensaje.

“De: Thranduil, señor del Norte de Bosqueverde de Rhovanion.
A: Elrond hijo de Eärendil y Elwing, que en las estribaciones de las Montañas Nubladas reina sobre el valle de Imladris.

Viejo amigo:

Tu carta me hizo recordar los días de la Última Alianza de los elfos y los hombres, cuando eras el heraldo de Gil-galad y yo un simple escudero con ínfulas.

Fuimos una noche donde una adivina mortal aseguraba a los soldados que sobrevivirían al combate. Su arte era elemental: una hoguera, algunas palabras de invocación, un cabello del curioso, algunas monedas o una vianda como pago. Yo pregunté si nuestras estirpes se unirían, ella afirmó y empezamos a reír de lo lindo, porque ni Celebrian ni Telpënaire existían en nuestras vidas. Entonces llegó Gil-galad a pedir la buena ventura y la mujer empezó a dar gritos de horror.

Gil-galad murió al día siguiente, entre tus brazos. Antes aún de que dejaras de llorar a tu mentor, te hice jurar que nunca empujarías a nuestros hijos en un compromiso revelando la profecía. Tú juraste Elrond y nadie podrá decir que faltaste a esa palabra.

Pero fuimos tontos, los dos, porque los Valar no necesitan que dos viejos reyes comprometan a sus hijos para que estos se encuentren, se amen, den fruto. Nuestras estirpes se han encontrado en la oscuridad, juzgaron mal la fuerza que los unía y, nosotros, fieles a nuestro juramento, les dejamos sufrir.

Ya no más Elrond.

He logrado que el
–en este punto Legolas se detuvo y carraspeó–… el cabezota de mi hijo acepte que ama al tuyo y, con este mensaje expreso mi sanción y felicidad ante el enlace, siempre que tu chico renuncie a su ridículo romance con la dama de la capa cambiante y acepte su humilde dote.

Que los jardines bendecidos por Celebrían, hija de Galadriel y Celeborn, sigan floreciendo y su perfume ayude a mantener la luz.

Thranduil
Rey de los elfos Silvanos de Bosqueverde

Nadie dijo una palabra por varios minutos: las revelaciones de la carta eran muchas, y negaban la imagen orgullosa e inflexible que muchos tenían del padre de Legolas.

–Sin dudas es un mensaje esclarecedor –dijo al fin Elrond. –¿Qué dices tu, Elladan?

Elladan se sorprende. ¿Su opinión? ¿Para qué? Son Arwen y Estel los que deben opinar, ellos, que supuestamente se aman, tendrán ahora que defender su compromiso. Pero ya que debe decir algo, dirá, por supuesto, que es excelente que esos dos se casen, para que el bello Legolas deje de vagar por esos reinos de Arda, de cama en cama –bueno, lo de las camas mejor no lo especifica– y se asiente, para que juntos eduquen a su hijo, que ya lleva tres años en esa horrible fortaleza de Mirkwood.

Piensa el breve discurso y las manos se le contraen alrededor del puño del bastón. Va a renunciar a él, y es lo justo, porque Legolas nunca le perteneció. Ahora comprende, regresaba para ver crecer a Estel, a quien realmente ama. El solo fue entretenimiento, entremés, excusa para el regreso. Elladan se siente muy cansado de pronto.

–Yo… –se calla de golpe.
Escucha el rumor de unos pasos cortos que atraviesan el salón, y sus sentidos se llenan de un olor a rosas salvajes y hiedra florecida que le asusta.
–¿Quién eres tú, pequeño? –oye decir con dulzura a su padre.
–Yo soy el príncipe Hísiërion, de Bosqueverde de Rhovanion, que ahora es llamado el Bosque Negro –la voz es aguda y oscilante, se notaba que el elfito esta nervioso y teme olvidar algún detalle del protocolo. –Donde rige mi abuelo Thranduil.
–Mucho gusto, yo soy Elrond el Medio Elfo, señor de Imladris.
Hísiërion resopla y arrastra el pie por el entarimado de madera.
–Me ha dicho el abuelo que debía entregar algo a un noldor que le teme a las arañas. ¿Está aquí?
–Yo no le temo a las arañas –sisea Elladan sin poder contenerse.
Enseguida el elfito (porque seguro que es el hijo de Legolas) corre hacia él.
–¡Eres como el abuelo me dijo!

TBC...

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