¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

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23 abril, 2007

¿PARA QUE QUIERO MÁS? 5

No nos da risa el amor

Apartó el libro y estudió al enfermo. Sonrió. Elladan se agitaba en el sueño y gruñía, eso significaba que su organismo había superado el shock. Se levantó despacio y fue a sentarse en el borde de la cama, tomó entre las suyas una de las manos de su gemelo y la masajeó, el contacto calmó un poco al convaleciente.

Elrohir permaneció muy tranquilo, disfrutaba a plenitud el alivio que significaba tener a Elladan luchando por su vida una vez más. La sonrisa se amplió al sentir que la caricia era devuelta. Volvió a moverse, esta vez hacia la mesita junto a la cabecera, y con su mano libre, mezcló varios líquidos en una copa.

Elladan abrió los ojos minutos después.
–¿Ro? –la voz estaba ronca, y el miedo era notable.
–Estoy aquí.
Elladan se alegró un poco al reconocer su voz y confirmar la presencia que su olfato indicaba.
–Está oscuro…
–Es de noche –replicó el otro en lo que acercaba la copa a sus labios. –Bebe.
–¿Qué…? –no pudo terminar la pregunta porque el recipiente se pegó a sus labios y fue forzado a tragar.
La somnolencia regresó.
–No te vallas –alcanzó a pedir.
–Duerme –ordenó Elrohir.

Una vez que su respiración fue estable, el segundo gemelo se irguió y caminó en dirección a la puerta de la habitación. Ya junto a la salida, volteó brevemente hacia su hermano, lanzó un suspiro y abandono la estancia.

La galería estaba tranquila, el sol de la mañana otoñal dibujaba extrañas siluetas con la ayuda de los altos árboles del patio. El elfo moreno caminó unos diez metros y torció a la derecha, para penetrar en una sala grande decorada con azul y verde manzana. A lo largo de la pared se alineaban camas y estanterías con puertas de cristal. En el interior de los anaqueles eran reconocibles botellas con medicinas, vendas y algunos instrumentos de cirugía menor: era la sala de reconocimiento de la Casa de Curación de Imladris.

Elrohir descargó su peso en el marco de la ancha puerta desde donde observaba y se frotó el vientre.
–Pórtate bien –pidió a su bebé–, tu atarince no tuvo buena noche.

Escrutó el sitio con detenimiento y descubrió a su esposo cerca de los ventanales. Vendaba el dedo de un humano de diez u once años y Elrohir supo de inmediato que no tendría fuerzas para llegar allí. Glorfindel debió sentir su mirada, porque levantó el rostro y sus ojos se encontraron.

El sanador levantó una mano a manera de saludo y Elrohir le devolvió una sonrisa. Estaba en el límite de sus fuerzas, pero no lo demostraría. Se despidió tras un breve intercambio de señales y giro para buscar un asiento, pero, en lugar de la semivacía y discreta galería, se enfrentó al semblante serio y frío de Erestor.

–Demasiado temprano para perseguir a tu esposo, príncipe –fingió reparar entonces en las marcadas ojeras. –¿O debo decir demasiado tarde?
Elrohir estaba muy cansado para ser hiriente.
–No es de tu incumbencia –trató de apartarlo para seguir su camino apoyado en la pared, pero sus pies perdieron contacto con el suelo sin darle tiempo a reaccionar. –¿Qué haces?
–Te llevo a dormir –repuso en el mismo tono impersonal el Consejero. –Ya bastante tengo con Elladan para que te caigas al piso con esa panza.

El joven renunció a patear y guardó un digno silencio mientras los fuertes brazos del Consejero le transportaban a sus habitaciones. Deseó vagamente que fuera su esposo quien lo acunaba ahora, pero él mismo se había negado el placer. Para cuando llegaron a la recámara de Elrohir. Por el camino se habían sumado Arwen y Estel, y el elfo mayor juzgó menos lesivo para la dignidad del príncipe confiar a la hermana los últimos detalles antes de su imprescindible siesta. La hija de Elrond salió a los pocos minutos y los tres se dirigieron a la Casa de Curación en silencio.

No necesitaban intercambiar comentarios para saber lo que ocurría: Elrohir solo se apartaría voluntariamente del lado de su gemelo cuando reaccionara al tratamiento. A su manera, cada uno se alegraba de que hubieran sido menos de cuarenta y ocho horas, pues Elrohir estaba en el sexto mes de embarazo y no le convenían los esfuerzos.

Se detuvieron ante la puerta de la habitación de Elladan.
–Yo me quedaré –anunció Arwen. –Erestor, ¿podrás encargarte mañana?
El rubio asintió.
–Yo podría… –se ofreció tímidamente Estel.
–No –desestimó el Consejero enseguida.
El humano se encogió un poco ante la cortante respuesta y no pudo evitar que su rostro revelara el agravio que sentía. El elfo comprendió que se había excedido y le dedicó un corto chispazo de simpatía de sus ojos verdes.
–Se que lo haces con la mejor intención del mundo Estel, pero es probable que tu presencia lo altere.

Arwen decidió que su hermano llevaba mucho tiempo solo, así que le dio un beso suave a su novio y entró. Erestor sintió aumentar su pena al ver que el joven se acomodaba en un duro sofá desde donde podía controlar el acceso al aposento y decidió tomar asiento a su lado.

–Te estamos muy agradecidos ¿sabes?

Estel levanta los ojos, asombrado. Hasta ahora, nadie mencionó que fue su eterno descuido con las joyas lo que le llevó a colarse en la recámara de Elladan para “tomar prestado” un broche y hallarlo…

Ya han pasado casi dos días, pero no se recupera de la impresión que le causó el bello elfo tirado en el suelo, con una mano extendida hacia la cama. Tan pálido como una muñeca de porcelana, una muñeca rota, una muñeca sin pantalones y sucia de vómito.

Sus sentimientos respecto a Elladan son confusos desde aquella ridícula bronca por Legolas, pero ahora empieza a comprender lo que pasa tras los ojos de su hermano mayor cada vez que Glorfindel y Elrohir comentan alguna nimiedad sobre su embarazo. Está asustado de que él mismo pueda llegar a ser tan… autodestructivo. ¿Es eso amor?

Mira de nuevo a Erestor, el raciocinio le alcanza para comprender que esa corta oración es lo más parecido a un reconocimiento que le van a dedicar hasta que todo se aclare –y eso puede tardar un par de siglos. De nuevo se siente un extraño. Sin Elrond, Arwen o Elrohir cerca, él no es más que una sombra de paso, un humano que visita –más bien interrumpe– la calmada Rivendel. Le queda el consuelo de que, a excepción de Elladan, los elfos a su alrededor no lo hacen a propósito, simplemente se comportan como siempre han sido y eso es, paradójicamente, un reconocimiento.

Se obliga a asentir ante la dura mirada del Consejero y no le dice que el problema es que la muerte le asusta, pero más le asusta estar tan desesperado como Elladan. Y que prefiere pasar la noche ahí para no soñar con ese elfo de ojos extraviados que yace desmadejado en sus brazos y repite un nombre, ese nombre que todos evitan.

Tal vez Erestor lea todo eso en sus ojos, tal vez lo sepa, tal vez no le importe. El caso es que sonríe tenuemente y se levanta sin decir nada más.

Elladan enfoca los ojos despacio, está rodeado de calor y penumbra. Una mano gentil le acomoda el pelo: olor familiar, dulce.

–¿Arwen?
–Buenas tardes, dormilón.
–¿Qué hora es?
–La hora del te, según los hobbits.
Guarda silencio unos minutos, percibe de un modo vago a su hermana y las paredes, el olor de las medicinas y de un pequeño lagarto sobre el estante de la esquina. Afuera los árboles mueven sus ramas al viento y susurran.
–¿Cuánto tiempo…?
–Dormiste cinco días.
Se encoge bajo las mantas, avergonzado. El reclamo late en las palabras. Cinco días, ¡por los Valar! ¿Cómo habrá afectado eso a Ro?
–Lo siento…
–No te preocupes. Ahora debes comer y descansar –la siente erguirse y encaminarse a la puerta. –Voy a pedir una bandeja de fruta ¿de acuerdo?
–¡Espera! ¿Puedes abrir las cortinas? Hay muy poca luz.

Es casi un golpe físico: apenas oye el quejido involuntario de la Estrella de la Tarde y comprende.
–Voy por Glorfindel –alcanza a decir Arwen para justificar su huida.

El no responde, solo se gira y recoge las piernas hacia su pecho en vano intento de calmar los temblores que le atraviesan. Está perdido en su dolor y su furia, en su miedo.

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Legolas levantó los ojos: el mensajero era un elfito de 190 años y nariz respingona, los dedos temblorosos delataban su profunda emoción al ser comisionado para dar un mensaje a la “Joya del Bosque”.

–¿Si?
–Mi Príncipe, el Rey reclama su presencia en el despacho.
Volvió sus ojos al género rojo y hundió la aguja, los hilos de oro completaron otra pestaña del sol.
El soldado contuvo un gemido e insistió.
–Dijo que era urgente.
Legolas remató el bordado, puso la camisita dentro del costurero y cerró la tapa. Se levantó y puso el objeto en las manos del guardia.
–Llévalo a mi oficina –ordenó por encima del hombro.

El recluta se quedó con el cofrecito entre las manos, agradecido de que las trenzas ocultaran el rubor de sus puntiagudas orejas. Se llevó una mano al pecho, donde su corazón latía desbocado.

–Ya puedo morir…

Con pasos ligeros, Legolas se dirige al despacho de su padre. Va de prisa, pues no deja de extrañarle que Thranduil interrumpa sus escasos momentos de soledad. Desde hace unas tres semanas atesora esos momentos mucho más… Cuando está solo, aunque sus ojos y sus manos trabajen en bordados, tejidos o pulido de maderas, su mente evoca ese lugar cuyo nombre ya no menciona y es casi como estar ahí, como si los pasos desmañados de Estel y la risa juguetona de Elrohir pudieran llegar en cualquier minuto, traídos por la brisa desde la cascada. A veces incluso siente que alguien le observa entre los arbustos a su espalda y sonríe, canta entonces la canción de la caída de Smaug esperando que le interrumpan la última estrofa… Pero no cortan la frasecita soez sobre el remedio casero para el frío del Lago Largo, no hay nadie entre los arbustos, nadie…

Ya está frente a la puerta repujada de madera y cobre bruñido. Como de costumbre, toca y abre sin esperar respuesta. Desde hace dos años tiene paso franco en esa oficina amplia y llena de paisajes del sur, desde que es Canciller.

Tras la mesa de piedra tallada, Thranduil se masajea las sienes, tiene el rostro contraído y gris. Al otro lado del escritorio, Diorel está encorvada y se apoya en la mesa con los puños, sus cabellos negros están revueltos y se demora en girar para saludarle. A pesar del esfuerzo, Legolas reconoce en sus ojos una mezcla de miedo y molestia que no se explica. Ese fuego compasivo la hace parecer más vieja, por primera vez el joven repara en que ella es la única de los cuatro hijos del rey que se parece a Telpënaire. Y en la esquina, con una mano apoyada en el marco de la única ventana, está Tecilion, su rostro congestionado de miedo y asombro. El ambiente no es alentador.

Legolas sonríe, su propio estado de ánimo está lo suficientemente deteriorado para que esas caras largas le asusten.

–¿Puedo saber para qué reclama mi presencia, Majestad?

El Rey le miró con intensidad antes de contestar, a Legolas le pareció que su mano izquierda jugaba con el collar de mytril con inusitada evidencia.

–Me llegó una carta esta mañana, de Elrond, creo que recibiste una de Elrohir.
Asintió. Apenas había tenido oportunidad de hojear la larga comunicación de su amigo.
–He meditado sobre las noticias que comenta el hijo de Eärendil, y decidí que debes viajar a Rivendel.

Legolas parpadea, confundido. Están en otoño, faltan ocho meses para la reunión cuatrienal. Sospecha que debió leer la carta en vez de ir a bordar el regalo de su hijo escondido en el jardín, pero aún así no entiende. Mueve la cabeza en gesto de negación.

–Estoy seguro de que entre los cuatro hallaremos a alguien para la cita de junio. Es apresurado decidir la delegación de un viaje de esa naturaleza…
–No vas a ir en junio –interrumpe el padre–, sino pasado mañana.
–Pero…
El Rey le detiene con un gesto de la mano.
–Se que cuando leas la carta de Elrohir entenderás.
El príncipe traga en seco. Deduce que algo muy serio se cuece en las Montañas Nubladas.
–Hísiërion… –arguye débilmente.
El Rey le dedica una mirada casi burlona.
–Está muy entusiasmado con el viaje. Se pasó la mañana eligiendo a los soldados de la escolta y luego se despidió de los pájaros. Debe estar en su cuarto, le expliqué que no puede llevar todos sus juguetes.

Un persistente zumbido empieza a tamizar los sonidos del entorno. El pánico se apodera de la mente de Legolas a medida que comprende, si su padre accede a que el nieto abandone el reino es porque… No, no puede ser ¿verdad? Busca los ojos de su hermana y no la ve a ella, sino la reposada calma de su atarince. Ahora sabe que la quiso. Si, él quería a la reina Telpënaire porque nunca dejaba de estar ecuánime. Era como una roca donde todas las penas se estrellaban inútilmente, y donde todas las lágrimas podían ser derramadas.

Ella no dijo nada, solo dejo que su hermanito se acercara y le abrió los brazos.

Tecilion creyó oír un sollozo, pero desestimó el hecho: su tío no lloraba ¿cierto? Su tío Legolas era todo un guerrero y uno de los elfos más bellos de la Tierra Media. Un par de horas antes, cuando el abuelo les convocara a él y a la tía Diorel, estaba seguro de que el duro Canciller tomaría las nuevas sin alterarse y se negaría a dejar el bosque. Muchísimo menos movería a su pequeño hijo por los inseguros caminos entre Mirkwood y las montañas, pero ahora…

Tecilion cruzó la estancia y se sirvió una copa de vino. No deseaba oír la difícil respiración del Canciller ni los susurros de Diorel. Sin embargo, no puede evitar que los colores se le agolpen en el rostro como cuando su abuelo le acusó de no saber leer en los gestos contenidos, ni oír en las palabras no dichas.

Desde la relativa seguridad que unos seis metros y una mesa de juntas le daban, vio a los tres adultos más importantes de su nueva vida compartir la pena. Tecilion observó al Rey levantarse despacio y rodear el buró para sumarse al abrazo de sus hijos y no pudo evitar maravillarse. Los tres brillan ahora con un tenue resplandor plateado que parece salir de la misma atmósfera que los rodea. Aparta la mirada, impelido por cierto extraño pudor. Prefiere no pensar que lo que ve no coincide, en absoluto, con la imagen de elfos duros, objetivos, algo cínicos, que se ha construido.

Mirar el fondo de la copa de vino negro y perfumado es mejor.

Unos diez minutos después, los tres elfos se separaron. Thranduil y Diorel parecían bastante agotados, pero el semblante de Legolas mostraba claros signos de recuperación. De su rostro han desaparecido las pequeñas líneas de expresión que empezaban a empañar su belleza en opinión de los más observadores y los gestos denotan el regreso de la intensidad que hace tres años había dejado paso al poder reposado.

No son necesarias las palabras entre ellos tres y el Príncipe Heredero no desea irrumpir en su intimidad recordándoles su presencia. Así que Legolas se las arregla para inclinarse en graciosa reverencia y cifrar toda su convulsa situación sentimental en una frase.

–Iré a preparar mi equipaje.

Una vez fuera de la oficina, Legolas corrió a encerrarse en sus habitaciones. Ya a salvo de las miradas indiscretas, extrajo de su seno el abultado sobre. Eran unos diez folios en la letra elegante y regular de su viejo amigo. Los revisó superficialmente.

Al principio, Elrohir hablaba de la cosecha de frutos de montaña y de una extraña tormenta de granizo. Luego de lo doloroso del parto y lo linda que era su hijita, lo mucho que Glorfindel la mimaba y la sospecha de que Elwing sería una malcriada incorregible... Estel y sus relatos de los extravagantes hobbits… un grupo que partió a las Tierras Imperecederas… una diadema que Erestor obsequio a su esposa para que le perdonara por romper cierta pieza de cristal soplado del tesoro de Smaug… Empezaba a ponerse nervioso con tantas vueltas… Por fin en el octavo folio llegaba al tema:

(…) Glorfindel cree que podría recuperarse si tomara sol, se alimentara y sonriera. A este paso le va a matar la tristeza. Pero Elladan es testarudo, apenas come y las cortinas y persianas están siempre bajas.
(…)
Ya no sale de su recámara y solo ada puede entrar a verlo. Por un lado es bueno que por fin limpie por si mismo, pero nunca pensé que lo obtendríamos a ese precio. (…)


Legolas se mordió los labios ¿recuperarse? Se había saltado algo importante en la premura. Regresó al folio anterior.

(…) Se pasó seis días dormido y cuando despertó su vista estaba un poquito afectada. De nada valió que ada y mi esposo le explicaran que es un efecto secundario y pasajero, está convencido de que va a morir. (…)

¿Con que era eso? Pero no era como las otras veces, los dos intentos de suicidio anteriores de Elladan habían sido para llamar su atención. ¡Maldito noldor! ¿No podía escribirle “te amo” en vez de hacer toda esa algazara? Siguió leyendo.

(…) Al salir de la Casa de Curación se arregló con Estel y le obsequió su colección de broches. No temas, el del escarabajo verde lo he separado para cuando te dignes aparecer. Convencimos a mi hermanito peludo de que deje los broches bajo la guarda de Arwen, o pronto no quedará ni uno. Ya sabes lo desastroso que es para eso.
(…)
Ya casi me he resignado, y no es que me sea indiferente la idea de perder a mi hermano, amigo, es que lo perdí hace mucho. Confieso que solía reírme de él, de su tonta obsesión dorada, pero ya no lo hago. No me da risa su amor, aunque vague por los inútiles caminos que el orgullo herido cava en la roca, al menos es auténtico su amor.
(…)
Legolas, ¿es cierto que los elfos solo engendramos por amor? Si tú pudieras probarle a mi hermano que tu amistad es tan valiosa como tus besos, amigo mío. Pero supongo que es imposible. (…)


El sinda se muerde los labios de nuevo, pensativo. Sabe muy bien que hay miles de razones para engendrar, pero la de él fue el amor. Sin embargo, el equívoco de aquella noche ni siquiera se aclaró cuando se embarazó de Elladan. Rogó hasta el delirio que el muy tonto comprendiera sus indirectas pero luego…

¿Qué lo detuvo? Si estaba seguro del amor del otro, ¿por qué no se lo dijo de frente? No lo sabe, es esa tonta vergüenza que todos tenemos frente a nuestros sentimientos más puros. No nos da risa el amor, y tememos, más que nada, la risa del otro. Por eso Elladan prefiere dejarse morir, por eso él se ha encerrado en Mirkwood. Recuerda que hace tres años se preguntaba por qué su padre era tan conservador, ¿dónde están ahora su valor, su descaro?

Los pasos cortos e inseguros de su hijo le sacan de las meditaciones. Legolas siente a Hísiërion forcejear con el cobertor y trepar despacio hasta él. Su bebé se le abraza y alza la cara para verle los ojos.

–El abuelo me dijo que nos vamos a viaje, ¿ por qué?
Legolas acaricia las oscuras trenzas de su hijo y sonríe, su padre es tremendo, y aliado a Elrond…
–Vamos a buscar a tu ada, Hísiërion, porque es un noldor tonto que teme a las arañas.

TBC…

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