¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

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23 abril, 2007

¿PARA QUE QUIERO MÁS? 3

Me llevo el gusto del vino en la boca

Legolas sonrió, pero no era la sonrisa de siempre. Incluso, Elladan casi podría jurar que sus ojos brillaban más de lo normal. No podía estar seguro en la penumbra. Luchó con sus propias lágrimas y dejó vagar las manos por el pecho lampiño y musculoso, los brazos fuertes y las manos pequeñas, casi femeninas.

Giró hasta quedar sobre su espalda y arrastró al otro elfo, la cascada áurea se derramó en su pecho. Tomó entonces una de las manos del sinda y la llevó hasta su pezón. Legolas le miró interrogante y le animó a iniciar la caricia con un leve asentimiento.

Las suaves yemas pasaron rozando su piel y Elladan sintió nublarse el mundo. ¡Por Elbereth! ¿Qué poder tenía Legolas sobre su cuerpo? El roce se repitió un par de veces más, momento que el rubio eligió para atrapar el pezón entre sus dedos. Torció y tiró con ternura hasta que el trozo de piel estuvo como piedra.

Elladan jadeaba, luchaba por mantener bajo control sus violentos deseos de tomar al príncipe de Mirkwood sin demoras. Pero no podía, le debía demasiado a Legolas para no resistir unos minutos más…

–¿Voy bien? –la voz, inquieta y sedosa, llego desde lejos.
Tragó en seco y redujo hasta lo digno el temblor de su voz.
–Si… muy bien… pero deberías recordar que… son… dos…
El rubio asintió con toda seriedad y se movió un poco para ubicar una mano a cada lado de su pecho, pero apenas tocó el segundo pezón se detuvo y volvió a buscar los ojos de Elladan con inquietud.
–¿Puedo hacerlo con la boca?
–Claro –se forzó a decir sin que le estallara el pecho de felicidad.

Al sentir el cálido aliento sobre la sensible zona, temió no resistir más. Cerró los ojos con fuerza y pensó en las cuevas de orcos en el interior de la cordillera. Sitios sucios, oscuros, peligrosos, llenos de seres crueles armados de látigos y espadas. ¿Espadas? Mejor campos de flores en primavera, el olor del polen inundando tus sentidos, dejarte caer entre los cortos tallos y rodar abrazado a… ¡Eso tampoco funcionaba! Bien. Medidas radicales: los pañales de Estel, apestosos y húmedos en las noches de tormenta, sazonados con sus gritos de dragón hambriento del pequeño humano y…

Sus manos dejaron de temblar y él pudo empujar con gentileza la cabeza del amante hacia el sur de su cuerpo. El rubio de dejó guiar. La boca carnosa dejó un rastro húmedo vientre abajo hasta detenerse en el sexo erguido, ya morado por el tiempo de excitación. Lo observó con asombro infantil.

Elladan se sentó y cruzó las piernas, con cuidado de que el órgano permaneciera visible. Se dejó inundar por los húmedos recuerdos que el pasmado gesto de Legolas traía.


La Batalla de los Cinco Ejércitos dejó un gran botín para repartir. Esa cantidad de oro y la desolación entre el lago y la montaña cayeron como pesadas capas de ceniza en el corazón de Elladan. Iba como parte de la escolta que acompañaba a Glorfindel, quien mediaría en la repartición de las riquezas entre elfos, hombres y enanos –a cambio de un modesto porcentaje para su señor, por supuesto. Apenas se fijó en los elfos que le eran presentados, pero algo en los azules ojos de aquel jovencito casi invisible dentro de la armadura le llamó la atención.

Legolas lo hizo suyo sin darse cuenta, y no con las artes de seducción que ya le hastiaban, sino con amenas charlas, duros entrenamientos de arquería y esgrima, largas cabalgatas escoltando el oro del dragón hacia el valle para dividirlo y embalarlo.

En cuanto notó la cercanía entre ambos príncipes, Glorfindel llamó al hijo de Elrond y definió los límites:

Legolas era el cuarto hijo del Rey Thranduil, y estaba comprometido desde antes de su nacimiento con un noble de Forlindon. Cualquier traspaso de las reglas de conducta que esta condición imponía llevaba aparejada la deshora del príncipe, la ira de su padre y –en el mejor de los casos– un matrimonio forzado con su correspondiente compensación material para el Rey de los Elfos Grises y el novio chasqueado.

Elladan le juró a su tutor que no dañaría el futuro de Legolas.

Se besaban en los rincones de la ciudad bajo la montaña. Se acariciaban por encima de la ropa. Un par de veces, le bajó los pantalones y bebió su esencia translúcida, de niño. A nada más podía aspirar, pero tampoco lo deseaba. No solo por lo que podía significar saltar las claras fronteras entre lo permitido para el joven sinda, sino porque eran pago suficiente sus miradas de asombro, admiración y cariño, sus mejillas sonrosadas y su respiración trabajosa tras el breve orgasmo en los túneles de la ex–guarida de Smaug. Elladan sabía de alguna forma que ese desconocido esposo nunca sería premiado con pozos azules brillando de deseo con tal intensidad.

La noche antes de levantar el campamento, Legolas se escurrió a la tienda del príncipe de Rivendel. Lo esperó desnudo, metido en la tina de agua caliente con que Elladan cerraba sus agotadoras jornadas. Elldan entró a la tienda con la camisa a medio abrir y las trenzas atadas por encima de la coronilla. Al ver la sonriente cabeza del sinda, cerró la pieza con premura sobre su pecho.

–¿Qué haces aquí? –reclamó con el corazón a mil.
–Vine a despedirme.
La sonrisa murió en Legolas al notar la molestia del otro. Elldan suspiró “Esto me pasa por meterme con niños”. Lamentaba herir sus sentimientos pero…
–Tienes que irte.

Giró para darle a entender que la conversación había terminado, pero también para evitar la visión de ese cuerpo que imaginaba marmóreo, bien proporcionado, flexible. Sintió a sus espaldas el rumor del agua agitada y luego pasos en su dirección.

–Mírame –exigió Legolas. –Por favor, Elladan, solo mírame.
–Está usted comprometido, ¡no tengo nada que mirar!
–Precisamente porque estoy comprometido nada más que esto puedo hacer. Ahora que nos separaremos pensé…
–No viniste solo a que te mirara –le cortó. –Si cedo a mis instintos tu padre nos matará.
Legolas dio un paso y se plantó frente a él, su cuerpo cubierto de infinitas gotas de agua que destellaban con las lámparas de la tienda. Frunció el ceño, extrañado.
–¿Serías capaz de hacerme daño?
No respondió, tenía un nudo en la garganta ante tanta belleza, tanta, tanta…
–La regla dice que no puedo ver a ningún varón desnudo, que se espera de mi pureza y fidelidad a mis votos. Nada dice que ser visto o incluso… tocado por personas de confianza. Yo… –parecía estar al borde de las lágrimas– ¡En fin! Me equivoqué, espero disculpe este arrebato. Adiós, príncipe Elladan.
Dio un paso hacia la derecha, pero la mano de Elladan le detuvo.
–¡Nunca te haría daño! –declaró el noldor con miedo de sus propias acciones. –Quédate, hallaremos un modo de respetar la regla.

Y lo hallaron. Simplemente cubrió los ojos de su amante con un pañuelo y le prohibió tocarlo. Le dio todo el placer posible sin rozar siquiera su virginidad y eyaculó entre aquellas manos temblorosas que luego extendieron el pegajoso líquido por pecho y vientre. Legolas no le dejó limpiarlo.

–Es todo lo que me puedo llevar de ti –explicó antes de vestirse y huir a su propia tienda.

Aquel extraño maquillaje se convirtió en un ritual que marcaba el fin de sus encuentros en la fortaleza de Mirkwood, donde Thranduil les invitara a pasar el invierno, para extrañeza de Glorfindel y alegría de varias parejas surgidas entre el ejército del bosque y la escolta de Rivendel. Pero con la primavera llegó la hora de parir y el amargo comentario de despedida.

–Ha sido un placer compartir mi mesa con ustedes. Mis hijos han aprendido mucho en estos meses, me alegro. En especial por Legolas. Ahora que fijamos la fecha de la boda estará confinado a la fortaleza, preparando el ajuar. ¡En fin!, buen viaje Glorfindel. Salud a tu familia, príncipe Elladan.

La compañía cabalgó hacia el oeste despacio, pero Elladan no podía sacarse de la mente la idea de que ese comentario no era ocioso. El Rey quería que supiera que él sabía y había tolerado hasta ahora, pero ya no más. Sin embargo, antes de llegar a las tierras de Beorn se cruzaron con una compañía de vigilancia al mando de Legolas.

El joven se acercó despacio a Elladan y tomó su mano. En sus ojos había tanto dolor que no pensó en reclamarle tal comportamiento ante sus propios soldados.

–Llegaron los mensajeros con obsequios, esta es la última patrulla que guío.

Elladan asintió, entendía, entendía demasiado bien, pero no tenía palabras de consuelo que pudieran ser dichas en público.

Guardaron silencio y se miraron a los ojos. ¿Por qué le dolía tanto el pecho? Seguramente ese Teleri respetaría a Legolas, y el jovencito llegaría a amarlo. Ellos no eran más que… ¿amantes? Nunca había tratado de nombrar su relación, pero si, eso eran. Legolas era unos de los cientos de amantes que tendría en su inmortal vida. Pero entonces, ¿por qué no dejaba la mano del rubio y cabalgaba? ¿Por qué el dolor?

–¿Me olvidarás? –preguntó de pronto Legolas.
Quiso decir que si, que ambos olvidarían, pero alguien desconocido –con su voz y sus ojos verdes– mató de una estocada a la cordura.
–No podría.
Legolas asintió y regresó donde sus soldados. Había recuperado el brillo bélico en los ojos. Se internó en el bosque sin mirar atrás.


–Nunca te haría daño –repitió ahora Elladan, antes de atraer a Legolas y empezar a besar su cuello a la vez que llevaba una mano a la punzante virilidad.

Legolas emitió un pequeño gritito, mezcla de sorpresa y placer, cuando la mano fue más allá de sus testículos y acarició la piel del escroto. Elladan le hizo yacer y le abrió las piernas. Acarició con gestos largos y lentos el pecho, los muslos y las caderas hasta que el sinda se relajó y unas gotitas perladas aparecieron en la punta de su pene.

El mayor acercó su dedo índice a la boca entreabierta de Legolas y este lo humedeció con placer. Su rostro apenas se contrajo cuando el dedo se insertó, lentamente. Pero el segundo dedo sí le provocó un gemido, gemido que Elladan cayó con un profundo beso. Pronto halló la próstata en su exploración, y notó satisfecho que el elfito movía las caderas, tratando de repetir por si mismo el golpe de placer. Insertó todavía un tercer apéndice antes de considerar listo el camino.

El rubio se quejó al sentir el repentino vacío en su interior, pero la mirada interrogante de su pareja le hizo comprender. No hubo palabras, solo un asentimiento decidido. Elladan se ubicó entre las piernas y penetró despacio a la cálida hendidura, sin dejar de mirar aquellos pozos azules y afiebrados.

–Due… duele.

Se detuvo. Estaba a la mitad del camino, pero no le extrañaba la reacción. Era consciente de que su medida sería un problema esta primera vez, pero no quería alterarlo con semejantes comentarios. Acarició sus brazos y sonrió.

–Está bien, es normal. Dime cuándo sigo.

Tras unos minutos, Legolas se adaptó a la intrusión. Elladan levantó un poco sus caderas y terminó de insertarse. Lo besó en los labios, y en el cuello, y en las orejas. Entonces retrocedió hasta que solo la cabeza de su abultada erección permanecía dentro del rubio y asestó una estocada. Legolas gritó de placer.

Elladan construyó un ritmo lento y constante, que diera el máximo de placer a su pareja y le ayudara a resistir un poco más antes de derramarse. Pero la noche había sido agotadora. Masajeó la erección de Legolas para llegar juntos al final.

El rubio casi grita una vez más, pero los labios del otro llegaron a tiempo para acallarlo, no quería que todo Rivendel supiera. El orgasmo fue largo e intenso: miles de estrellas estallaron alrededor y el aroma de todas primaveras de la Tierra Media fue triste de repente. Regresaron muy despacio a sus cuerpos.

Elladan esperó a que su pene estuviera completamente flácido para salir del cuerpo de Legolas. Los ojos del sinda estaban muy abiertos, recorrían la habitación con intensidad, como si quisieran absorberla.

–¿Buscas algo?
–Quiero recordar cada detalle.
Ahora el rubio giró sobre su costado y clavó los orbes en Elladan, con expresión evaluativa. El moreno lo esquivó acomodando las mantas sobre sus cuerpos.
–¿Te gustó la clase?
Se descubrió arrepentido de aquella pregunta enseguida, pero su posibilidad de arreglar las cosas le fue escamoteada por la respuesta de Legolas.
–Si –la palabra era seca y fría, lógica.
Se tendió a su lado y le hizo apoyar la espalda en su pecho.
–Así dormimos.
El otro se giró.
–¿No es más íntimo rostro frente a rostro?
–No siempre vas a abrazar a elfos con los cuales tengas verdadera intimidad –explicó a la vez que le hacía regresar a la posición anterior. –Además… –se calló de repente, la otra razón se la antojó cruel.
–¿Además? –exigió Legolas.
–Así es más fácil volver a penetrarte si el…
–Si el otro desea repetir –completó el rubio con voz neutra. –¿Vas a repetir?
–Yo te pediría permiso –respondió con algo de vergüenza.
–Entonces podemos saltarnos esa lección esta noche –concluyó en lo que giraba de nuevo y lo enfrentaba. –Después de todo, tú y yo sí somos íntimos.

Elladan ya no discutió más. Su última visión de esa noche de tormenta fue el rostro agotado y sonriente de Legolas, su Legolas.

TBC…

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