¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

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23 abril, 2007

¿PARA QUE QUIERO MÁS? 2

Ellos son dos por error

Legolas despertó al notar la repentina humedad del ambiente. Enfocó los ojos y notó dos cosas: primera, que el ambiente estaba lleno de vapor y segunda, que un par de manos suaves deshacían sus complicadas trenzas sin permiso.

–¿Tu tutor cree que el oficio de camarero te bajará los humos?
–No, pero afirma que dormirse con ropa de viaje puede enfermar hasta a un elfo.

Legolas sonrió apenas y empezó a deshacerse de la ropa. Junto al asiento donde yacía estaba tirada su capa de viaje, tan pegajosa y sucia que dudó de su posible recuperación.

–No te preocupes, Haleth te la devolverá como nueva.
–Eso espero. Esta capa me recuerda cierto amigo muy querido.

La camisa, los pantalones, las medias y los calzones fueron a parar pronto al suelo. Al liberarse de las pesadas y pringosas telas, el elfo soltó un gemido de alivio y acarició su pálida piel. El calor húmedo del baño le amodorraba.

–¡Vamos! No querrás quedarte dormido ahora.
–Tú no eres el que lleva cuatro días tratando de alcanzar el primer refugio del paso sur y otros tres evitando lanzarse a galope hacia el valle.

El rubio mal contuvo un bostezo cuando le cargaron y sumergieron en la tina. Se dejó lavar el cabello y tallar los miembros. Poco a poco su piel recuperaba algo del natural brillo. Reanimado por el astringente masaje, retuvo en cierto momento la mano del otro.

–¿No entrarás?
–Dijiste algo de una semana luchando contra una gran borrasca.
–Es cierto pero...
Su protesta fue detenida por un beso suave.
–No voy a abusar de ti –declaró firme.
Las mismas manos suaves y castas le sacaron de la tina, secaron cada rincón de su cuerpo, lo llevaron en volandas hasta la cama.

Mientras le arropaba, Legolas volvió a insistir.
–¿Por lo menos te quedarás a mi lado?
–Sabes que no es correcto que...
–He roto el compromiso personalmente. ¡Soy libre!

Los brillantes ojos del sinda le hicieron renunciar a los argumentos. De todos modos, decidió, ambos estaban extenuados. Nada ocurriría esa noche.

–De acuerdo, me daré un baño y regreso.

Legolas asintió y siguió con los ojos pesados el camino del otro hacia la habitación anexa. Intentó esperarle, pero los objetos a su alrededor perdían nitidez sin remedio. Se curvó hasta abrazar sus piernas y quedó dormido.

Elladan salió del baño con una toalla ceñida a las caderas, mientras frotaba su cabello con otra. Contempló el delgado y fibroso cuerpo metido entre las cobijas y suspiró. ¿Qué iba a hacer ahora? Despacio, fue hasta una silla amplia frente a la ventana y contempló el líquido paisaje.

Legolas había cumplido la vaga promesa de veinte años atrás, pero ¿deseaba cumplir su parte? ¡Cómo había orado cada amanecer y cada crepúsculo! A Vairë, para que tejiera un cambio de planes en el corazón de Círdan, a Nienna, para ser capaz de aceptar su destino sin rechistar, incluso al Señor de los Muertos, para que alguna flecha orca pusiera fin a su miseria. Pero todo había resultado más sencillo y terrible.

Ahora el rubio estaba ahí, esperando su abrazo protector como antes de que llegaran las águilas mensajeras y él... ¿Lo amaba? ¿Era en verdad eterno el calor que conjuraban esos ojos azules en su pecho? Elladan no lo sabía.

Antes de conocer a Legolas había tenido numerosos amantes de ambos sexos y nunca perdió la objetividad: eran contactos físicos más o menos placenteros. Simplemente dejaba a su cuerpo tomar el control por cortos períodos de tiempo. Solo Legolas le hizo sentir celoso y pensar en el mañana. Pero eso tampoco era definitivo. De pequeño peleaba con su hermano por juguetes, por la atención de sus padres. Los celos eran deseo de posesión y el joven intuía que amar es algo más complicado que poseer.

–Elladan.
Giró el rostro. Legolas estaba sentado en la cama con expresión preocupada.
–Llevas dos horas mirando a la nada.
Tragó en seco, buscando alguna excusa para justificar su tardanza en la placentea tarea de abrazarle.
–Yo...
–Lo se –se adelantó el rubio.

El moreno le miró asustado. ¿Sabía? ¿Qué sabía? Legolas dejó el calor de las cobijas y se acercó. Elladan se esforzó en desestimar el hecho de que estaba desnudo. El rubio se acomodó en el antepecho de la ventana frente a él.

–Es lógico que creas que rompí el compromiso por aquella promesa y ahora vengo a reclamarte, pero no es así. Lo hice porque quería ser libre de usar mi cuerpo de acuerdo a mi voluntad. Te juro que solo vine porque era imposible remontar el paso, no para ponerte en un aprieto. ¿Entiendes?

Asintió despacio. No estaba seguro de la razón, pero saber que no era la causa de esa ruptura le fastidiaba. Se reprendió mentalmente por ser tan egocéntrico. Legolas se acercó moviendo sensualmente las caderas y el deseo gritó su presencia en cierta parte de la anatomía de Elladan. El rubio se inclinó y lo besó despacio, tentativamente, el moreno no tardó en responder la caricia e invadió su boca con ansias.

Se separaron con la respiración entrecortada, las mejillas teñidas de un suave carmín. Elladan no le permitió recuperar el aliento en el sitio: tomó al sinda en sus brazos y lo llevó al amplio lecho de sábanas azules. Legolas atrapó su cuello y lo arrastró sobre él. Las erecciones se rozaron.

Gimieron.

Elladan deslizó una mano en busca las redondas nalgas y apretó el cuerpo del rubio a la vez que hacía oscilar sus propias caderas. Legolas se dedicó a besar con pasión el cuello de su amante y arañar su espalda. Giraron. Elladan se dejó caer y acomodó a Legolas a horcajadas, el rubio se arqueó y empezó a moverse arriba y abajo, frotando ambas erecciones, prisioneras de sus vientres. Ese era un juego que habían jugado varias veces en el campamento frente a la Montaña solitaria y luego el Mirkwood.

Mirkwood, el nombre traía sentimientos encontrados para Elladan ahora: Legolas partiría pronto a ese bosque lleno de elfos y elfas promiscuos, tan dados a las celebraciones orgiásticas. Además, probablemente Thranduil trataría de torturar a su hijo menor por declararse “libre” al asignarle tareas negociadoras y él sabía muy bien como arreglaban los asuntos diplomáticos Erestor y Haldir, para beneplácito de sus respectivos señores.

Los temblores en el cuerpo de su pareja le hicieron regresar a la realidad. Apretó el sexo de Legolas con la fuerza justa para detener el orgasmo sin dañarle. El rubio le miró con asombro, pero luego entendió porque le impedían terminar y bajó los ojos, turbado. Aquello tuvo el efecto de un jarro de agua fría sobre Elladan.

–¿Tú no... me deseas? –estaba al borde del abismo, ¡por los Valar!, que angustia.
El rubio se tendió a su lado y habló despacio, con voz baja y avergonzada.
–No es eso Elladan es que yo... Cuando rompí el compromiso en Forlindon, ninguno de los elfos de la corte quiso instruirme y no tenía ganas de rebajarme a pagar. Por eso decidí irme derechito a casa. Pensaba venir a visitarte en un año o dos y estar a tu altura.

Elladan se quedó de piedra. ¡¿Legolas aún era virgen?! Esa sí que era una noticia inaudita y maravillosa. No pudo contenerse y le abrazó con auténtica ternura.

–Elfo tontico –susurró con los labios pegados a la oreja del rubio–, ¿por qué crees que eso me molestaría?
Legolas sintió un escalo frío cuando el cálido aliento del gemelo tocó la sensible piel de sus orejas y cuello. Logró dar una respuesta coherente merced de un gran autocontrol.
–Eres famoso como amante, amigo mío, deseo estar siempre a tu altura.

“Amigo”, aquel término fue un puñal en su corazón. Deseó gritar, sacudirlo, decirle de sus últimos meses de calvario desde que la noticia de que marchaba al oeste para su boda llegara al valle, pero no tenía derecho. Porque, al fin y al cabo, Legolas no lo había elegido. ¿Verdad? Su voz volvió a ser razonable.

–Será un placer iniciarte, Legolas, en el dulce sendero de los placeres del abrazo.

TBC…

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