¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

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30 abril, 2007

EN BUSCA DE UN SUEÑO 9

La familia de los senescales

"Pálido y amarrado a mi agua devorante
cruzo en el agrio olor del clima descubierto,
aún vestido de gris y sonidos amargos,
y una cimera triste de abandonada espuma…"
Poema 9, Pablo Neruda.


Boris condujo con cuidado a través del tráfico de Erumalle y cruzó sin tropiezos el puesto de seguridad del Sector 1. Mientras se alejaba de la garita vio, por el espejo retrovisor, como la muchacha de la guardia le seguía con la mirada –debía ser su primera vez en la posta– y la ya familiar incomodidad le atenazó el pecho.

Dobló la esquina. La muchachita de uniforme negro desapareció y, con un poco de charla mental, también su coraje. Después de todo, ¿qué culpa tenía la rubia agente de tránsito de su documento de identidad? Ninguna. Ella solo veía el apellido de Vorondion y suspiraba.

"Vorondion", claro, porque hasta el "Sergueibich Ilin" le habían quitado desde que la princesa Lothiriel regresara a la casa de los ancestros una cálida y triste noche, once años atrás. Como sudaba su mano mientras luchaba por no perderla en el pasillo con los retratos de los tatara-tatara-tatara-abuelos y estrujaba el tirante de su mochila del Osito Misha, la mochila cargada de acento y nostalgia por las noches blancas. Detestó a Finduilas desde el primer vistazo, cuando dijo unas palabras que no pudo entender y su mami tembló. El Hijo Pródigo es una historia de cristianos ¿verdad? Así que la jefa del clan no se sintió para nada obligada a ser suave tras la triste aventura por Europa Oriental. Pasaron los años y no se libró de las displicentes miradas de sus primos, todos ellos "verdaderos" descendientes del Ejército del Oeste, felices en su mundo perfecto de nobles-ricos-famosos-dueños del país, ni pudo dejar de ver que su madre perdía personalidad a la sombra de la dura hermana mayor. El único consuelo era que Finduilas tampoco le quería, que tampoco le agradaba recordar que esa banda negra –la banda de identidad de los clanes más nobles– estaba en la tarjeta de un muchachito con acento ruso –lo había conservado por el puro placer de fastidiar– sin muchas intensiones de casarse con algún "buen partido".

Su primera oportunidad para "merecer esta vida" se la habían asignado quince días atrás y había fallado. ¿Fallado? Para su tía si, y eso era lo único que importaba. Y, aunque no lo lamentaba demasiado, esperaba una buena descarga tras informar de su infructuosa misión. Al tiempo que giraba para cruzar la verja de la mansión, Boris decidió que, por hoy, usaría su más exquisito oestron, en deferencia al golpe que estaba por recibir su "amada" tía.

Jaime lo esperaba en la puerta, su sonrisa congelada, enmarcada en la inamovible melena cobriza era una advertencia: estaba ya dentro de la horrible casa detenida en el tiempo.

–Un placer verle, señor Boris –saludó con una leve reverencia mientras tomaba las llaves de manos del joven. –Lady Finduilas está en el despacho.
–Gracias.

Esperó a que el empleado acariciara el capó verde botella del lujoso Meara deportivo 1979 (hay cosas que ni un mayordomo inglés puede resistir) para dar su única instrucción.

–Solo llénale el tanque y tráelo de regreso.
–Como ordene el señor –asintió Jaime antes de sentarse en la cabina.

Por su parte, el joven rubio se adentró en el recibidor despacio, con la misma inquietud y miedo de siempre. Aunque estaban en la parte moderna de la casa, reconstruida en la década del 40', el edificio le transmitía una sensación de dolor antiguo que no había remitido al dejar atrás la infancia.

"Es tu imaginación" se repitió por enésima vez y siguió adelante, mientras evitaba con cuidado posar sus ojos en los tapices que decoraban la galería. Todos aquellos hechos de sangre, todas esas bodas, todos esos tratados de paz y comercio nada tenían que ver con él.

Se detuvo ante la pesada puerta de lectheron negro (reinstalada en cada despacho del Senescal durante los últimos diez siglos) y respiró hondo antes de dar dos toques suaves y entrar.

El despacho de Finduilas era, por mucho, el lugar más ominoso de sus recuerdos, pero algo como un retorcido alivio le ganó, al comprobar que la decoración no había cambiado en los cuatro años y medio que llevaba sin pisarlo: a la derecha el librero, los pesados tomos de leyes, historia, genealogía y discursos empastados en negro y oro; a la izquierda los mapas de Arda y un planisferio; luego la chimenea, cerca de ella las butacas y el minibar; al centro la mesa de reuniones con sus dieseis asientos; y al fondo el pesado buró de piedra tallada que los Señores de Eriabor obsequiaran a los Príncipes de Ithilien en el siglo XV por el "negocito" de los fueros de Moria.

Lady Finduilas estaba sentada y absorta en tomar notas de las informaciones que le transmitían por teléfono. Cuando su sobrino se acercó, ella hizo un rápido gesto de reconocimiento y una indicación hacia las butacas. Así que Boris fue a sentarse en uno de los grises asientos ante la estufa apagada.

El joven se revolvió, incómodo tras escasos segundos de espera. ¡Maldición! ¿Por qué sentarse aquí era sinónimo de regaños y malos tragos de diverso origen? Este despacho, esa estufa y el adusto rostro de su tía resumían el calvario de pertenecer a tan "excelente y noble familia".

El sonido del teléfono de regreso a su orquilla espantó a los fantasmas y los rápidos pasos en su dirección le recordaron las razones para recordar a qué se debía esta "visita". Boris inspiró despacio y levantó los ojos hacia la butaca frente a él, donde Finduilas terminaba de acomodarse.

Era una mujer atractiva, debía estar rodando los cincuenta –la madre de Boris andaba por los cuarenta y tantos–, aunque el maquillaje y las cirugías le ayudaran a proyectar treinta, el límite de la edad socialmente correcta en Arda para las figuras públicas. Los duros ojos marrones se encontraron con los verdes y el joven sintió que le traspasaban el alma.

–¿Y bien?
–No soy su tipo –informó con sencillez.
Finduilas gruño su descontento y Broris frunció el ceño, extrañado. Debía estar verdaderamente contrariada para demostrar sus emociones con tan poca elegancia. Ella rumió el asunto unos segundos, con los ojos perdidos, luego volvió a mirar a Boris.
–¿Insististe lo suficiente?

Esa era una pregunta que él mismo se había hecho ya un par de veces, sin llegar a una respuesta definitiva. Pero esa duda interna no le impidió fingir seguridad.

–Cené con él la primera noche, le llamé varias veces después, pero siempre está ocupado. Puede charlar unos minutos, no más –se removió de nuevo, incómodo ¿cómo había llegado a poner su vida sexual en función de los intereses de ella? –Desde la primera noche me dijo que no era su tipo, ¿sabes?

Finduilas contrajo las mejillas –mueca que reflejaba su tremenda exasperación– y se fue al minibar. Encendió un cigarrillo con gestos rápidos y tomó dos bocanadas antes de girar de nuevo en dirección a su sobrino.

Boris la miraba callado, un poco asustado al verla con tan poco control de sus emociones. Las mujeres de la aristocracia ardense no fumaban habanos, pero no era el mejor momento para señalar ese desliz: Finduilas acababa de enterarse de que "alguien" ("algo" habría sido una señal de los Valar y ella conocía sus límites) se interponía en sus planes y en esas circunstancias era muy peligrosa.

"Maldita vieja borracha de poder" pensó mientras fingía estudiar los mapas cerca de él.

–Se trata de tu cabello –comentó al fin la mujer con voz neutral. –A él le gusta rubio claro, como oro recién lavado –se acercó con pasos cortos, el cigarro apenas osciló entre sus dedos–, tu pelo es demasiado oscuro.

Boris asintió mecánicamente. Ninguno de sus primos solteros y en edad era rubio. Finduilas le había llamado en última instancia y una oscura satisfacción ganó espacio en su interior.

–¿Puedo irme?
Ella lo escrutó un momento más, como si barajara algún otro plan, pero terminó el encuentro con un gesto de aquiescencia.

Se levantó despacio, luchaba aún con la tensión que la estancia le provocaba. Casi en la puerta escuchó su nombre y giró sobre sus talones. El cigarrillo estaba consumido casi hasta el filtro.

–Tu madre quiere organizar una cena íntima para que G conozca a Ivana.
El joven gruñó internamente. "Cena íntima" significaba menos de treinta personas, casi todos miembros de esta "excelente y noble familia". Pero la respuesta fue plácida, después de todo, sabía que eso no era una invitación, sino una orden para Igor y él.
–¿Para cuándo? –inquirió con voz neutra.
–Dos semanas, no antes.

Asintió de nuevo y salio del despacho, ya sin disimular su apuro.

"Dos semanas" repitió mentalmente durante el viaje de regreso a la orilla del Anduin, "Dos semanas para convencer a Igor."

TBC…

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