¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

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30 abril, 2007

EN BUSCA DE UN SUEÑO 8

Necesito un favor

Boris miró a un lado y otro del largo pasillo, inseguro. La enfermera le había asegurado que Glorfindel estaba en esa ala, pero no se le veía por ningún lado. "Debe estar en una de estas habitaciones...". La chica le había recomendado, además, esperar a que el profesor saliera de las visitas hacia el almuerzo, pero Boris sabía cuán poco importante era para el sanador su horario personal. Miró el reloj de pulsera. ¡Mierda! Debía estar de regreso en la facultad antes de las cuatro de la tarde y ya faltaban diez minutos para la una.

–¿Me buscabas?
La voz afable del hombre le sorprendió. Boris se enderezó de prisa y asintió apresurado.
–Necesito un favor.

Glorfindel hizo una seña para que lo siguiera y el joven se incorporó al corro de estudiantes que desfilaban por las galerías del Hospital Universitario. El rostro del sanador había vuelto a su usual neutralidad. A medida que pasaban delante de diferentes salas, iba despachando a los alumnos con instrucciones precisas sobre exámenes o investigaciones que debían realizar.

Boris permaneció callado, sabía que Glorfindel estaba conciente de su presencia y que le volvería a hablar cuando fuera pertinente. Al fin, llegaron a un recodo donde surgían dos pasillos: uno hacia las consultas externas y otro hacia las oficinas de los directivos. El sanador se detuvo bruscamente, sus cabellos castaños oscilaron, y se enfrentó al rubio.

–¿Qué favor?
–El auto.

El sanador le miró fijamente, Boris resistió el escrutinio sin pestañear. Era consciente de que al hombre no le gustaba prestar su auto, pero el suyo estaba en el taller y tomar un taxi hasta el sector Uno superaba su presupuesto. Saldrían todos mejor si tomaba el carro de Glorfindel y a la vuelta le llenaba el tanque por cuenta de la familia de los senescales.

Glorfindel apartó sus ojos de los del joven y miró su reloj, luego sonrió y extrajo las llaves del bolsillo de su pantalón.

–Lo traerás para la tarde y regresas a casa en bici –era una orden que casi no lo parecía.

Boris asintió, feliz, pero Glorfindel ya no le prestaba atención, dobló por el pasillo rumbo a su oficina, con su paso ligero y silencioso, de elfo.

Frente a su puerta esperaba ya la primera cita de la tarde: Telchar. El enano estaba en su posición de espera favorita, la espalda y el pie izquierdo apoyados en a la pared, los brazos cruzados frente al pecho y la cabeza inclinada hacia delante. Parecía dormir, pero Glorfindel, que lo conocía de mucho antes, supo que solo pensaba en sus cosas. Cuando llegó junto a él, Telchar emitió un gruñido y levantó sus ojos azules y burlones hacia el sanador.

–Dijiste a las 12:40.
El castaño se encogió de hombros, abrió la oficina y le invitó a pasar con un gesto.
–Buenas tardes a ti también, enano del demonio.
–No voy a preguntar por tus pacientes –advirtió el visitante en lo que trepaba a una butaca. –Por tu demora supongo que hay alguno que amaneció peor de lo que esperabas.

Glorfindel asintió en silencio al comentario y se acomodó tras el buró. Tamborileó sobre la superficie de madera barnizada de azul. La verdad es que estaba muy cansado.

–Hay una niña con problemas cromosomáticos, Síndrome de Turner –Telchar asintió. –Ahora empieza la pubertad, y sus carencias hormonales amenazan con desestabilizar todo el organismo.
–¿No tuvo tratamiento en pediatría? –demandó el enano en lo que enredaba un dedo en su barba rizada y rojiza.
–Son haradrims –repuso el castaño y Telchar se quedó callado.

Ambos eran médicos, y estaban conscientes de que las enfermedades con mayor incidencia en Arda eran las relacionadas con las mutaciones genéticas. Por alguna razón que nadie llegaba a explicar, la presencia de mutaciones en la población isla –sobretodo las relacionadas con los caracteres sexuales– era la mayor de todo el planeta. Aunque se sospechaba que una parte de la culpa estaba en el aislamiento geográfico de veinte siglos, las costumbres endogámicas y la xenofobia, estos tres elementos no justificaban el desbalance estadístico. Los casos verdaderamente dramáticos solían darse en el norte (Forochel) y en las comunidades haradrim más atrasadas.

Telchar no necesitaba más elementos para deducir que la niña en cuestión no había recibido tratamiento para compensar sus carencias orgánicas en la infancia –los haradrim, simplemente, no entendían en asuntos de ambigüedad sexual– y ahora la remitían, casi al borde de la muerte, a las manos del Mejor Sanador de Arda. Conocía a Glorfindel y sabía que ese tipo de situaciones le deprimían profundamente. Suspiró y trató de cambiar de tema.

–A mi tampoco me va bien.
El castaño apoyó la barbilla en la palma de su mano derecha y concentró su atención en el amigo. El enano se alegró de apartarle de su paciente unos minutos y comenzó:
–Ya sabes que estuve excavando en el lado norte de las Montañas de Mirkwood, no era demasiado prometedor, pero al menos no es propiedad privada. Hasta hace seis meses pensé que estaba perdiendo mi tiempo, pero entonces hallamos restos de arte funerario, muy antiguo. La fiebre se apoderó de nosotros, mis alumnos ya soñaban con la tumba de Bilbo Bolson –soltó una risita burlona–, pero yo reconocí bastantes elementos como para no sorprenderme cuando la verdad tomó forma: era un cementerio de elfos.

Glorfindel se le quedó mirando, impactado por la noticia. Los cementerios de elfos eran poquísimos y su investigación estaba sujeta a infinitas normativas por el gobierno federal. Descubrir un cementerio élfico implicaba fama, mucha, pero también un tremendo acoso por parte de las autoridades. El sanador comprendía las precauciones del gobierno en esos casos –una urna funeraria élfica valía varios millones en el mercado internacional de antigüedades–, pero el carácter de Telchar no iba con atildados funcionarios deseosos de contabilizar cada piedrita removida.

–¿Y?
–Lo mantuvimos en secreto, quería estar seguro y documentar bien el asunto antes de que los perros de la Secretaría de Antigüedades se lanzaran sobre mi. Entonces, hace dos meses, ocurrió algo extraño.

Glorfindel alzó una ceja. ¿Extraño? Tal vez era la primera vez que oía esa palabra en boca del enano. Telchar había estudiado medicina y luego historia, tenía un master en métodos físicos de datación y vasta experiencia en trabajo documental y de campo. Si, Arda era un sitio de historia larga y diversa, pero "extraño" era un término que, se suponía, los del giro de la arqueología descartaban tras examinar los restos del Balrog de Moria.

–Extraño –repitió para insinuar a su amigo que deseaba saber el resto de la historia.
Telchar jugó con sus pulgares unos segundos y miró sus pies, que colgaban a sus buenos veinte centímetros del suelo. Luego cogió aire y siguió.
–Hallamos un cuerpo. Todo alrededor de esa tumba era raro, incoherente. Para empezar, no tenía inscripciones en sindarín, que es lo que correspondía a la zona y el período, sino una transcripción fonética de otra cosa con las reglas de escritura del sindarín.
Reproduje la tarja con cuidado y se la di a mi especialista en lenguas, al chico casi le da un ataque. Dijo que era un dialecto derivado del quenya con términos de otra lengua, desconocida para nosotros.
Luego el texto, hablaba de que la persona que allí yacía había llegado de lejos, viajando desde el Mar de Rhun en busca de la protección del gran Gid–Galad. Todo era de un anacronismo que hacía pensar en una broma, pero... Esa tumba era parte de un campamento, probablemente un puesto fronterizo avanzado para enfrentar a los orcos de Dol Guldur. ¡No era el sitio para una broma! Y se notaba que la tumba había sido cuidada, descubrimos huellas de restauraciones regulares, al menos una por siglo. ¿Comprendes? Allí no vivía nadie, allí no vivió nadie hasta el siglo XV, pero los descendientes regresaron siglo por siglo y restauraron la inscripción, incluso agregaron detalles sobre los logros de la familia, para que su ancestro lo supiera.
Eso contrastaba con el resto de los sepulcros del sitio, abandonados, con las lajas rotas y las armas comidas por la herrumbre.
Tras tres semanas fotografiando y tomando muestras, me sentí listo para abrir la tumba y extraer el cuerpo. No diré que no estaba nervioso, por eso mismo puse varios equipos de chequeo y contrachequeo. Todo el proceso de apertura fue filmado por dos cámaras y fotografiado paso a paso. Éramos varios, cada uno con una grabadora y un micrófono grabando sus impresiones personales. Sacamos el cadáver y lo llevamos a una sala estéril. Eran el sarcófago y los atributos usuales de un guerrero élfico de finales de la Tercera Edad. Cuando estuvimos seguros de que nada más aportaría el sitio, me dediqué a supervisar la autopsia.
Glorfindel se puso de pie de un salto y casi se abalanzó sobre su amigo.
–¡¿Tu qué?!
Telchar alzó los ojos, retador. Ya nada quedaba de su brillo burlón en sus irises duros.
–Tenía que hacerlo.

El hombre golpeó la mesa, impotente y avergonzado de su reacción. Si, entendía que el enano hubiera realizado esa autopsia no autorizada, pero las leyes de Arda eran muy estrictas respecto a la integridad de los restos humanos. Un muerto era una persona –afirmaba la ley– y su cuerpo no podía ser profanado hasta que los deudos dieran la autorización o se comprobara que nadie podía reclamar el cuerpo para si. Esta medida fastidiaba bastante a los arqueólogos, pero se aplicaba con dureza y más de uno había perdido su licencia por desesperarse.

Sin embargo, Telchar tenía que hacerlo. Una tumba como esa sería incautada de inmediato por el Instituto del Legado Elfico y la autopsia sería impugnada por la Sociedad Moriquendi. La polvareda levantada impediría cualquier investigación libre de sospechas y las carreras de varios serían destrozadas por el camino. Glorfindel abandonó su asiento tras la mesa y fue a sentarse frente al enano.

–¿Entonces?
Telchar tragó en seco.
–El cuerpo estaba en excelentes condiciones, casi una momia natural. Algo predecible con el ambiente seco y frío de esas laderas. Realizamos una exploración completa y enviamos muestras de cada capa de tejido a nuestro laboratorio. Hubo rayos X, ultrasonidos y pruebas de ADN. Eso nos llevó a un callejón sin salida y entonces decidí venir a verte.

Glorfindel se masajeó las sienes, incómodo. Seguro el enano quería su opinión sobre cierta deformidad física congénita del famoso elfo. Eso lo convertiría en cómplice de asalto ilegal de tumbas.

–Supongo que ya he oído suficiente como para fingirme ajeno –comentó.

Telchar asintió y el hombre creyó ver en sus ojos un destello de vergüenza. Prefirió olvidarlo y concentrarse en las fotografías que su amigo extrajo de una carpeta de piel artificial. Las extendió sobre la mesa y se colocó los espejuelos. Se encogió de hombros a los pocos minutos y volteó hacia el inquieto enano.

–Bueno, ¿y qué tiene de especial esta elfa? Se nota que esas caderas cobijaron más de un embarazo, pero...
–Diez –le interrumpió Telchar. –En la tarja se menciona a diez hijos.
–Sigo sin ver tu misterio –insistió el sanador.
El arqueólogo se limitó a extraer de la carpeta unos papeles con tablas impresas. Glorfindel volvió a leer.

El primero era una tabla de análisis de ADN. El cuerpo presentaba unas cuantas mutaciones, en especial los pares de cromosomas asociados al sexo indicaban... XXY. Si se trataba de una hermafrodita, ¿cómo había dado a luz?

El otro documento era una traducción de la inscripción en la tumba. Comenzaba con una advertencia del lingüista sobre su inseguridad por el hecho de que el sindarín era aquí soporte fonético para otro idioma. ¡Diablos! Cuanta bibliografía citaba el chico. El caso es que la cripta correspondía a un tal Maedros –¿no era una elfa?–, soldado de Thranduil, Rey de los Elfos Grises de Erys Lasgalen. Maedros había estado casado con Curufinwë –¿Curufinwë era nombre de varón?– y de esa unión nacieron Feanor, Finarfin, Fingon, Fingolfin, Finrod, Finwe, Amroth, Nimrodel, Ingwë y Maërys. Maedros había sido un excelente atarince y un gran soldado y su defensa de la frontera sur del reino bla, bla, bla.

El sanador levantó los ojos, no podía ocultar su incredulidad.
–Tenía todo el sistema reproductivo masculino –aseguró Telchar sin dudar. –Al principio creí que simplemente era gordo, pero no. El resto de su cuerpo era delgado y todo indica que jamás padeció de obesidad o sufrió fracturas que provocaran ese ensanchamiento anormal de la cadera.
–Era hermafrodita –rectificó Glorfindel. –Sus tres cromosomas implicarían algunas características femeninas y otras masculinas.
–Ya, por eso tenía nombre de varón –advirtió Telchar sarcástico.
El hombre se paró y dio una vuelta por la habitación.
–Tal vez era mayormente femenino pero su identidad de género era masculina.
–Un soldado elfo hermafrodita fértil transexual de la Tercera Edad –enumeró el enano. –¿No te parece un poco raro que enterraran en ese tipo en el fin del mundo?

Glorfindel se masajeó el puente de la nariz, inseguro. Si, la verdad es que un ser así era casi una imposibilidad genética. Los elfos, siendo como eran, no habrían dejado que un fenómeno de esa magnitud pasara desapercibido. Había veinte tomos sobre la elaboración del lembas solo en la biblioteca de Fornost ¡por Elbereth! y nada sobre este Maedros. Pero lo otro que Telchar proponía era IMPOSIBLE. Lo de varones embarazados era para chifladas como Abyms, Aura y Lady Ayesha.

Volvió a sentarse frente a su viejo amigo y respiró hondo.
–No es la primera vez que esto ocurre ¿verdad?
Telchar entrelazó los dedos y carraspeó antes de contestar.
–Mira, cuando uno lleva algunos años en esto de la arqueología, aprende que hay cosas verdaderamente inusuales en la historia de Arda. No hablo de Baldrog, sino de detalles que, simplemente, no encajan. Sería muy largo contarte ahora, pero supongo que en todas las profesiones hay espacios así, zonas donde el conocimiento ya no vale de nada y tienes que mirar hacia otro lado para conservar la cordura. En el caso de la arqueología, no es la primera vez que hay descubrimientos que ponen en jaque algo más que la historia oficial. Ponen en jaque nuestra concepción de la humanidad. Cuando descubrí la tumba de Maedros recordé una anécdota que me narró el profe Forlong hace tiempo, en medio de una borrachera monumental.
Le ocurrió a su colega Jeremías excavando en Lothorien. Hallaron varias tumbas de matrimonios del mismo sexo y alguna documentación. Se levantó todo y llamaron a los de Antigüedades, para que autorizaran las autopsias. Era viernes y la mayor parte del equipo se fue del campamento, quedaron de guardia Jeremías y dos chicas del norte. A la mañana siguiente el viejo fue a comprobar unos detalles en el informe para los burócratas, pero no estaba. Faltaba todo lo que se refería a las familias de esos elfos, a sus hijos. Cuando digo todo quiero decir grabaciones, fotos, negativos, notas manuscritas, y cuerpos. Al llegar los del gobierno, el lunes, Jeremías trató de explicarles, pero ellos no estaban interesados en "historias de elfos y fantasmas". Había lo que se podía tocar y sin huellas de que el campamento había sido robado el no tenía derecho a llamar a la policía.
No pasó nada. ¿Te imaginas? He visto docenas de carreras destrozadas por una urna, por un pendiente. En cambio diez cuerpos y gran cantidad de material se perdía y los de Antigüedades le echaban tierra al asunto. Todo el que se dedique a los restos de elfos sabe de uno o dos casos similares. Siempre pensé que era leyenda, maneras de justificar una vida mediocre. "Yo tuve entre mis manos el descubrimiento del siglo pero..." y sin embargo, ahora no soy tan escéptico.

Glorfindel asintió. Comprendía la situación de su amigo y ahora tomaba más sentido su decisión de violar el cuerpo de Maedros. Gente muy poderosa estaba tratando de ocultar algo, tal vez fuera solo esto, tal vez algo más. Bueno, tampoco era como si tener varones embarazados fuera el mejor atributo nacional. Ser "capital gay del planeta" no era el apodo que prefería el sanador de los que se aplicaban a su isla. Suspiró.

–¿Qué quieres de mi?
Telchar tomó los materiales esparcidos por la mesa y los devolvió a la carpeta.
–Hoy traje todo el material al Instituto de Arqueología, que es quien financia la investigación. Mañana los perros de Antigüedades y del Instituto del Legado Elfico saltarán a mi cuello, o no.
Algo en el interior del sanador se agitó. ¿Y si Maedros y su secreto se perdían?
–¿Incluso el cuerpo?
–¿Tengo otra opción? Con lo que hice hasta ahora puedo acabar en la cárcel, no deseo que ese soldado elfo hermafrodita fértil transexual de la Tercera Edad sufra por estar en ambientes agresivos, como mi laboratorio personal. Sin embargo, presiento que no habrá escándalo en la prensa, ni mañana ni nunca. Creo que Maedros se reunirá con esos elfos de Lothorien, donde quiera que estén.
Glorfindel asintió. Los dedos del arqueólogo jugueteaban con la carpeta. Por unos segundos solo se escuchó el tamborilear de sus gruesos y cortos dedos sobre la superficie de cuero artificial.
–Glorfindel, tu eres mi amigo, y creo que no tienes que ver con esos chiflados de la Moriquendi. Por eso quiero que guardes esto –tendió la carpeta al hombre.
El sanador la miró incrédulo, pero se obligó a recibir el objeto.
–Es una resumen del historial del sitio arqueológico del extremo nororiental de las Montañas de Mirkwood. Si ocurre lo que espero esta noche, no volveré a Tirithosto por un tiempo y no te recomiendo que comentes la existencia de estos documentos a nadie. Úsalo si estás en un aprieto, creo que habrá gente dispuesta a grandes favores a cambio de las huellas de Maedros.
–Pero tu...
Telchar saltó al suelo, de repente parecía bastante apurado.
–Yo tengo otra copia, pero soy un arqueólogo más de los tantos de Arda, pueden silenciarme fácilmente.

El hombre asintió, presentía que su amigo se estaba metiendo en algo así como las entrañas de Moria. Ese príncipe de las tinieblas que manejaba la Secretaría de Antigüedades no debía ser amable con los que intentaban revelar su secreto, el que fuera.

Vio a Telchar caminar hacia la puerta y sus ojos se fijaron por inercia en el reloj de pared. Casi las dos de la tarde. Junto a la salida, el enano se volvió.

–Salúdame a Michael y trata de salvar a esa niña, viejo. ¿De acuerdo?
–¿Volverás para su boda?
–Espero volver, si.
–Entonces es un trato.

La puerta se cerró y Glorfindel quedó solo en su oficina. Lanzó un hondo suspiro y entonces, como un rayo, le golpeó el recuerdo: Amroth era uno de los pacientes míticos de Glorfindel de Rívendel. El famoso sanador elfo le había curado una mano deformada por los golpes.

TBC...

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