¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

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30 abril, 2007

EN BUSCA DE UN SUEÑO 7

La mañana de un día agitado

"Un baile que nunca se altera
Un baile que acaba quemando sus cuerpos"
Salmo de los mosquitos, Ted Hughes


5:00 a.m.

Un motor en baja, olor a gasolina y fruta fresca, todas esas cosas despertaron a Liv. ¿La habían despertado? Desde que tenía memoria, su día comenzaba antes que el sol calentara el asfalto, con la descarga de fruta para la tienda. Tiró las cobijas y saltó de la cama, feliz. ¡Era lunes y volvería a la escuela! Con gestos precisos sustituyó el pijama por una amplia túnica gris y un chaquetón guateado, luego se calzó unas zapatillas y bajó corriendo a la cocina.

Sus padres ya estaban conversando con el tío en la mesa.
–¡Buen día! –saludó y siguió hacia la puerta trasera, donde esperaba el camión.
Un tirón en la chaqueta le frenó. Liv giró sobre si misma, extrañada, y casi se da un tope con cierta cara sonriente.
–¡Recristo! Gustav, mi primito del alma –y se tiró a sus brazos sin recato alguno, para el divertido escándalo de sus padres.

Liv comenzó a hablar en desorden, deseosa de apurar en pocos minutos los seis años de ausencia y apenas separada para contemplar de frente al añorado rostro.

–¿De dónde sales, gandul? ¿Trajiste el camión esta mañana? Pensé que era tío Olev el que tomaba café y no te presté atención. No se trata de que yo no quiera al tío ¿he? Es que, el pobre, siempre anda de un apuro en otro con ese cacharro vuestro y yo prefiero sacar las cajas y darle luego sus besos, para que no piense que tengo ideas raras por mis paseos en Ithilien. ¡Y qué grande estás! Hasta te salió barba, por la Sangre de los Mártires. Menos mal que no se me aflojó el corazón al verte. El primo Gustav de regreso en Minas Tirith, ¡que tiemblen los enemigos de la fe! Pero bueno ¡cuenta!

Todo este discurso lo dijo en menos de un minuto, con sus negros ojos brillantes de alegría. El joven rió ante la parrafada, sus ojos, tan oscuros como los de ella, se animaron, la cara ovalada y bronceada se distendió.

–¿Cómo te voy a contestar si no paras de hacer preguntas? Es una suerte, sin embargo, que sigas siendo una parlanchina. Cuando me fui al Seminario eras una renacuaja parlanchina, ahora eres una belleza parlanchina, que alivio.
Liv se fingió ofendida: hizo un puchero con los gruesos labios apretados en un botón rojo y los carrillos hinchados –su carita parecía casi una luna de papel recortado.
–Nunca fui parlanchina. Seguramente me confundes con alguna tonta de la escuela que se bebía los vientos por ti.
–¿Hablas de Liuva? ¿Ignoras acaso que fue gracias a mis oraciones que su padre le consiguió marido en Nurmen? –se ufanó él.
–Yo siempre supe que en esa boda había intervención divina.
Al oír a su madre, Liv recordó de golpe el camión y las cajas que esperaban. Empezó a deshacer el abrazo.
–Bueno, Gustav, yo me tengo que poner a lo mío, que la fruta no se acomoda sola. Tú cuéntale todo a papá y mamá, en la comida ellos...
–¡No seas tonta! –le detuvo la madre. –Siéntate ahí, que yo sé bien por qué Olev se quedó sin paseo esta mañana.
–Pero madre, el padre no puede cargar esas cajas, el médico lo dijo.
La señora Sheva puso los brazos en jarras y la miró ofendida.
–¿Acaso hizo tu padre esta tienda por si solo? Mucho antes de que tú nacieras sembraba yo huertas, y después fregué suelos, cargué frutas, cociné...
–Y todo lo hiciste mejor que ninguna –le interrumpió suavemente el marido, al tiempo que la abrazaba por la espalda.
Ella se apartó fingiendo enojo, pero Liv y Gustav pudieron notar su ligero arrebol.
–¡Quita Lev! No me interrumpas cuando alecciono a la niña, o tu sobrino tendrá que rezar el resto de la vida para buscarle marido. Venga, ponte a hacer el desayuno en lo que bajo esas condenadas naranjas. ¡Cuidado con gastar mucha mantequilla!

5:40 a.m.

Glorfindel apagó de un manotazo el reloj y parpadeó, tratando de despejarse. Mientras se escurría fuera de la cama –muy despacio– meditó sobre la posibilidad de que los lunes dejaran de ser laborables. En el baño, entre orinar y mojarse el rostro, terminó por desechar la idea.

–Si el lunes pasa a descanso –le dijo a su imagen en el espejo–, algún pesado hará laborables los sábados.

Entró a la pequeña cocina, puso la tetera y revisó la agenda:

7:00 am RECIBO DE GUARDIA EN EL HOSPITAL
8:00 am CLASE DE CLINICA Y DIAGNOSTICO CON TERCERO
10:00 am → 3:00 pm CONSULTA EXTERNA CON OBSERVADORES DE SEGUNDO
3:30 pm INCORPORACION A LA GUARDIA EN EL HOSPITAL

Suspiró. Esa era la verdadera razón para odiar los lunes. Aunque tampoco podía quejarse de estar sobrecargado, en comparación con el resto del personal de la escuela. Echó un vistazo a la salita y sonrió: la mochila con las cosas para pasar la noche en el hospital estaba junto a su portafolio, en una de las butacas.

La tetera emitió su cálido aviso y él se apresuró a preparar la infusión. Sacó de la nevera un pastel de carne, se sirvió una taza y desayunó de pie, recostado al fregadero. Regresó al baño para lavarse los dientes y afeitarse, luego entró al cuarto en penumbras.

Seguro en la mochila estaba también su traje negro, porque el martes a las 9:00 a.m. tenía reunión con la Comisión Económica y no podría pasar por casa. Sus ojos pasaron de gris–verdosos a verde vivo cuando recordó la malhadada cita. ¡Tenía que conseguir esos fondos!

Como siempre desde que se casara, en una silla estaban acomodados el pantalón beige de reglamento, un pulóver azul y una camisa de manga larga, sus medias con el escudo de la escuela bordado y los zapatos blancos, brillantes. Se arregló en silencio. Por último fue a la cama y se inclinó para darle un beso suave en los labios.

–Hasta luego –no esperó respuesta.

En la sala tomó el portafolio, la mochila y su chaqueta de siempre, comprobó que en el bolsillo interior permanecían las llaves, la billetera y la identificación del Hospital Universitario.

Suspiró profundamente y partió.

6:00 a.m.

Igor despertó de golpe, con la incomoda sensación de que lo observaban. Movió la cabeza a un lado y otro, pero estaba tan solo como en los últimos seis meses. Entonces creyó comprender.

–Imrahil –susurró mientras apartaba las mantas y buscaba el interruptor de la luz.

Los intensos rayos taladraron la penumbra y espantaron los últimos residuos de sueño. Empezó a colectar ropas disponibles para la jornada, pero se detuvo extrañado en la mesa. Sus papeles lucían... distintos.

–Necesito café –concluyó.

Tiró las ropas sobre la cama y salió al pasillo en calzoncillos. Al pasar por delante del baño, Eothain, que cepillaba su larga y lacia cabellera rubia, pegó un grito de horror.

–¡Han perdido el pudor!
Igor contestó en el mismo tono asustado.
–Theódred, ¡socorro! Anoche tu novio cambio de cuerpo con la vecina.
–¡Ya sabía yo! –rezongó otra cabeza rubia, de greñas rizadas y cortas, que asomó desde una de las habitaciones. –Tanto silencio en esa cama, una noche de domingo, no era buena señal.
La respuesta llegó desde la cocina.
–¡A ustedes nadie los hace felices! Si chillamos no pueden dormir, si no chillamos, hubo trasmigración de las almas y ponemos en crisis las creencias de Alcar...
–¡No me metas en el cuento Theódred! –un muchacho de cabellos negros y ondeados asomó detrás de Eothain con la mitad de la cara afeitada. –Mi chica chilló como correspondía.
–¡Dejen todos de restregarme su vida sexual en las narices! –se quejó alguien desde la salita. –Intento oír los resultados del deporte.

La referencia al fútbol fue suficiente para que Eothain, Théoden y Alcar regresaran a sus asuntos en estricto silencio. Igor ganó la cocina, tomó la taza que Theódred le ofrecía y bostezó.

–¿Dormiste bien? –fue el saludo del rohirrim.
Se encogió de hombros.
–Creo que soñé con Imrahil...

Eso bastó a Theódred, que se dedicó a atender los huevos con jamón. Igor reparó en que su cabello había crecido bastante, de modo que para cocinar los llevaba atados con una liga, ya nadie lo confundiría con su gemelo. Dejó la taza y sus reflexiones para sacar del refrigerador una caja de leche y otra de jugo, una barra de mantequilla y un pomo de confitura de frambuesa. De un estante sobre sus cabezas extrajo chocolate, azúcar, pan de molde y cereal marca "Eönwë". Lo llevó todo hacia la mesa de la sala, regresó luego en busca de siete vasos, dos escudillas hondas, tenedores, cucharas y cuchillos.

No tenía que voltear para saber Theódred servía los huevos revueltos ya listos, así que le habló sin girar la cabeza.
–Hay algo más... mis papeles estaban revueltos...
–El estado natural de tus papeles es "revueltos" –opinó una chica bajita y morena en lo que entraba a la cocina. –Ayer mismo, no había Valar que encontrara el libro de pinturas de santos –dijo en lo que sacaba dos huevos que hervían en el fogón y los pelaba con manos a prueba de fuego.
–No lo se...
Igor prefirió callar, él mismo no sabía si confiar en su instinto o desestimar el asunto. Si alguien hubiera entrado en la habitación, él lo habría sentido ¿verdad?

En lo que Theódred e Igor llevaban a la mesa los cubiertos y alimentos que faltaban para el desayuno, Silvia amontonó en el vaso de la licuadora los huevos recién pelados, un poco de leche, puré de tomate, sal, ajo, cebolla, mostaza y agua. Activo el aparato y lo contempló con admiración en lo que bebía una taza de café.

–¡Silvia! –llegó la voz de Alcar desde su cuarto. –¿Dónde está el Jackson?
–Debajo de la máquina de escribir –repuso ella en lo que detenía el proceso.

La chica notó que Eothain y Théoden llegaban a la mesa completamente vestidos, así que metió la espesa crema en un pote a presión y corrió a ocupar su lugar. Boris apagó las noticias y se dejó caer en su puesto.

–¿Y bien? –demandó Theódred mirando a Boris con ojillos brillantes en lo que se servía el cereal.
–Anoche perdimos de nuevo –admitió el rubio en lo que ponía confitura en una rebanada–, frente a tus jinetes.
Los rohirim lanzaron gritos victoriosos. Silvia no pudo contener la imprecación.
–¡Mierda! Ahí van los temas de conversación interesantes para esta mañana.
–Te oí –le amonestó Alcar en lo que se acomodaba a su lado.

Pero ella no se molestó en contestar, ocupada como estaba en devorar sus huevos y una buena porción de confitura. De todos modos, se alegraba de compartir con Igor el desapego respecto al fútbol. Claro, desapego no significaba sordera ¡lástima!

–Aún quedan posibilidades ¿no? –analizó entre bocados Alcar. –Solo hemos perdido seis juegos. Al equipo de Angmar tampoco le va bien…
–¡No me compares con esa gente! –saltó Boris con la boca llena. –Tienen encima un escándalo por tráfico de antigüedades.
–Mira por dónde – atacó Eothain–, ahora para ser futbolista también hay que saber historia –y miró significativamente a los gemelos, miembros del equipo de la escuela.
Los hermanos siguieron devorando sus cereales con ruido y premura. Silvia debió reparar en su extraño silencio, pero ella era bastante impulsiva en eso de defender a los que apreciaba.
–¡Ya déjalos chico! Llevas una semana dando lata con ese 3 de Historia. No es nada tan terrible para los estudiantes de tecnología.
–No –repuso Eothain sarcástico. –Claro que no es tan terrible si no has nacido en Edoras y la pregunta fundamental dice, más o menos, "Nombre completo del último Rey de Rohan en la Tercera Edad. ¿A quién y bajo qué circunstancias sucedió en el gobierno?".
Se hizo un silencio incómodo. Silvia giró sus ojos hacia los acusados.
–¿De verdad que esa fue la pregunta?

Theódred se limitó a bufar algo similar a "y eso que es mi novio" y se fue a la habitación. Théoden tomó los platos vacíos y se metió a la cocina, rojo hasta las orejas.

–¿Por qué lo haces? –reclamó Igor, que no soportaba las humillaciones públicas.
Uno ojos azules, se posaron sobre él, cargados de furia y dolor.
–Porque tienen que aprender que no todo es fútbol. ¡¿Es que nadie se da cuenta?!

Eothain se levantó sin otra palabra, reunió el resto de los cacharros de la mesa, le arrancó a Boris su tenedor (con un pedazo de bacón ensartado) y casi corrió a la cocina.

–¿Y yo qué culpa tengo? –reclamó el de las noticias.

Igor y Silvia se levantaron sin responderle. Se dirigieron al baño con similares miradas de preocupación: la relación entre Eothain y Theódred se deterioraba a ojos vistas. Alcar apoyó una mano en el hombro de Boris y le sonrió con afecto.

–Es que ya se dieron cuenta de que, en otra vida, fuiste el Espectro Alado del Rey Brujo de Angmar.

6:30 a.m.

Michael se despertó con los gritos de Freda en el piso de arriba, se recordó a sí mismo que el Juramento de Hipócrates prohíbe el asesinato y tiró las cobijas a un lado.

–Odio los lunes –le dijo al espejo mientras se enjabonaba la barbilla.
–Mentira –rebatió el reflejo–, odias despertar sin él.
–¿Es inútil mentirte? –la imagen se encogió de hombros.

En la cocina, se sirvió un vaso de te aún tibio y un pastelito de carne. Desayunó recostado al fregadero y regresó a lavarse los dientes. Sobre su cabeza, Freda obligaba a la hija a ponerse ropa rosada.

–Odio a Freda –el espejo sonrió.

Arregló la cama, se puso sus pantalones marrones de reglamento, zapatos deportivos negros, camiseta azul con el escudo de Gondor a la espalda y un yérsey blanco de puños marrones. Tomó la mochila y salió en busca del elevador.

6:50 a.m.

En los minutos que pasaron dentro del baño, Igor le contó a Silvia sus inquietudes sobre la posible presencia de alguien en el cuarto y lo poco que recordaba del sueño. Ella lo desestimó rápidamente.

–Lo soñaste viejo –concluyó en lo que dejaba su cepillo de dientes en el colgante. –Llevas seis meses soñando que Imrahil regresa. Anoche fue que escalaba los diez pisos sin balcones hasta tu ventana y te traía de regalo un manuscrito de la época de San Félix.

Igor entró a su cuarto para hallar a Boris de rodillas en el piso, escarbando entre sus ropas y papeles.
–¿Qué buscas? –preguntó en lo que se sentaba en el borde de la cama para ponerse los pantalones.
–Mi libreta de Estructuras. La dejé aquí ayer, estoy seguro.
Igor terminó de atar los cordones de sus zapatos antes de responder.
–Yo la puse en tu bolsa antes de irnos a la piscina, tonto –le tranquilizó.
–¡Menos mal!

Boris corrió a su cuarto por la chaqueta y la bolsa. Igor repasó mentalmente las ocupaciones de su jornada en lo que pasaba por sobre su cabeza la camiseta negra con el mapa de Arda Mítica en líneas blancas. Levantó la mochila, que llevaba atada un sweater marrón de líneas amplias. Se contempló con ojo crítico en la pantalla de su portátil y suspiró.

–Soy un caso perdido.

En el pasillo, Alcar y Silvia se arreglaban mutuamente los equipajes:
–El Jackson, el de Diferenciales, la Historia del Tiempo… –enumeraba ella los libros del estudiante de física.
–Historia de la Literatura, Diccionario, la antología de los Hobbits… –repasaba él la carga de la estudiante de pedagogía.
Ambos se dieron por satisfechos y marcharon a la sala, donde ya les esperaban el resto de los inquilinos.

Antes de salir, Silvia alisó una arruga inexistente en su breve sobrefalda marrón y buscó pelusas en el pantalón recién planchado. Tomaron el elevador sin problemas, nadie los detuvo en el piso nueve. En el ocho esperaban Freda y su hija rosada (las cintas inevitablemente mustias), pero el ver a Theódred y Eothain fundidos en un beso apasionado –beso que no interesaba a Igor y Silvia, enfrascados en definir quién se la había metido a Alcar la noche anterior–, la mujer retrocedió espantada.

–¡Han perdido el pudor! ¡Degenrados! ¡Indecentes! –gritó a la vez que cubría los ojos de la pequeña.
Las puertas se cerraron, los novios recuperaron el aliento y el resto del grupo estalló en carcajadas.
–¿Quién dijo que tener vecinos cristianos no es divertido? –comentó Alcar ya en el séptimo.
–Yo –respondió Michael al entrar–, que tengo sus devociones como despertador.

7:00 a.m.

Enfocó los ojos y reaccionó a tiempo para contener el gesto automático de girar la cabeza. Con cuidado, apartó las mantas y deslizó su mano por sobre la tensa piel del vientre. Inspiró. Repasó la distancia que lo separaba de la puerta del baño y… se levantó. En ese corto trayecto, Lindir maldijo una y mil veces su apetito, el pésimo olor de la Ciudad de los Reyes y, muy especialmente, a Mardil.

Torso tembloroso, manos sudadas, ojos nublados, piernas incapaces de sostenerlo: eso era el joven rubio quince minutos después, tras vaciar todo el contenido de su estómago. Una vez que las contracciones en su interior se detuvieron, se dejó caer y recuperó el aliento en el suelo. Clavó sus ojos anhelantes en el lavabo: maravillosa fuente de agua fresca a escasos metros. Se apoyó en manos y rodillas y gateó hacia allí, luego intentó incorporarse apoyado en la pared. ¡Por Elbereth! El mareo seguía y los músculos de sus piernas no estaban colaborando. ¿Regresar al suelo? A estas alturas no sabía dónde estaba el suelo.

Podía estar allí hasta el desmayo, con la frente, las manos y las rodillas apoyadas en el muro azulejeado, el cabello escapado de la trenza adherido a las húmedas sienes, la respiración irregular. No era una buena postura, y lo sabía, pero carecía de fuerzas para modificarlo. Todo se tornó borroso y deseó estrujar las manos de Mardil…

Con los últimos jirones de lucidez, reconoció la silueta de oscuros cabellos que se asomaba a la puerta. ¿Había preocupación en los rasgos del Príncipe mientras corría a sostenerlo?

7:20 a.m.

Se incorporaron al tráfico de la ciclo vía paralela a Aulemallë, llena a esa hora de estudiantes, mensajeros, perros y gatos. Destacaban en el flujo los uniformes marrones y grises de los estudiantes de la Casa del Saber de Ithilien y la Academia de Artes Bélicas –respectivamente. Casi todos doblarían al llegar a la intercepción con la Vairëmallë para alcanzar Oromëmallë, luego el túnel bajo el río y torcer hacia el norte por Estëmallë, ya que los edificios de ambas escuelas ocupaban gran parte de la rivera occidental del Anduin.

Pero ellos no. Los ocho siguieron un par de calles más y doblaron en la esquina de la catedral de Nuestra Señora de las Tristezas –ese horrible pegote lleno de gárgolas anacrónicas que marca el extremo norte del barrio haradrim– y pedalearon despacio por el dédalo de atajos que caracteriza la zona alrededor del Kementárimar o Mercado Viejo.

Dejaron atrás el tráfico de las calles principales. Aquí los niños corrían para no lavarse los dientes, las amas de casa sacaban la basura y recogían la leche, soñolientos repartidores y trabajadores nocturnos regresaban a casa. Todo ello amenizado por el repique de los quince campanarios de las iglesias, capillas y ermitas que llamaban al oficio matutino.

Aunque llevaban casi cuatro años haciendo esa ruta, Silvia se encogió toda al notar las miradas torvas de los hombres y los gruñidos ofendidos de esas mujeres de cabellos y ojos negros, indefectiblemente cubiertas por pañuelos oscuros y vestidos anchos, nunca por encima de la rodilla. Fue un verdadero alivio ver la tienda del señor Lev y la señora Sheva, y a Liv en la puerta, esperándoles sonriente.

Concientes de que en esa casa cada uno de sus gestos era cuidadosamente evaluado, los chicos se detuvieron y saludaron con leves reverencias a la madre de Liv. Los rohirrim y Boris se mantuvieron alejados de la acera y Silvia, en cambio, se acercó a besar en las mejillas a la mujer.

–Buenos días.
–Buenos días niña.

Silvia reparó entonces en que había alguien más recostado cerca de la puerta del establecimiento. No era como tantos haradrim que había visto en sus cuatro años de vida allí, lo supo de inmediato, aunque no estaba segura de la razón. No era el primer sacerdote oriental con que chocaba (casi todos los sacerdotes de Arda eran haradrim o mestizos de esa etnia), pero si el único que transmitía esa fuerza reposada y que no torcía el gesto, molesto por sus pantalones.

–El es mi primo Gustav –explicó Liv al notar la mirada de su amiga. –Llegó hace dos días de Roma.
–¿Del Vaticano? –inquirió Alcar.
Gustav dio unos pasos hacia ellos y sonrió.
–Del Vaticano –asintió. Tendió la mano hacia el joven. –Tu debes ser Alcar hijo de Tarannon.
Alcar estrechó su mano con fuerza.
–Ella es mi esposa Silvia.
–Mucho gusto –Gustav ofreció su mano a la muchacha y ella se le quedó mirando asombrada.

¡Ningún oriental le había tratado con tal respeto antes! Tomó la mano con una gran sonrisa, divertida ante la escandalizada expresión de Sheva. Luego Gustav fue hacia el resto del grupo y saludó uno por uno, sin mostrarse incómodo ante el anillo de compromiso de zafiro de Michael (que proclamaba su matrimonio con otro hombre), las largas trenzas doradas de Eothain, o las chaquetas decoradas con caballos blancos de Théoden y Theódred.

–¿Te vas a quedar mucho tiempo? –preguntó Boris antes de que se marcharan con Liv.
El joven sonrió con parsimonia y movió los brazos restando importancia al asunto.
–Soy un servidor de Cristo, Boris hijo de Vladimir, pero estoy seguro de que leeré la nota sobre la boda de tu primo en el Anto Tirithosto. ¡Ahora vayan! No quiero que mi tía me culpe por las llegadas tardes de Liv.

Los nueve marcharon apurados en busca del cruce de Vanamallë y Oromemallë, que les dejaría a escasas tres calles de la boca del Túnel. Sin dudas, las más orgullosa entre ellos era Liv hija de Lev, que tenía asegurado el protagonismo por el resto del día merced del extraordinario primo que se había sacado de la manga.

8:00 a.m.

Lindir recuperó el sentido muy despacio, y agradeció a la Señora de las Estrellas que las cortinas estuvieran corridas. Gruñó un poco al reconocer el amargo sabor de la bilis en su boca.

–¿Agua?

Asintió despacio y le acercaron un vaso. Una mano fuerte levantó su cabeza lo suficiente para que el líquido no se derramara.

–¿Por qué no llamaste? –había un leve reproche en la voz.
–No quería molestarles.
El gruñido del Príncipe hizo temblar a Lindir, Midhiel le estrechó una mano, en gesto de apoyo, y trató de reparar el daño.
–¿Tan poco crees que te queremos?
–Es que…
El Príncipe se acercó a la cama y lo observó atentamente. Se supo incapaz de hilvanar excusas ante esos taladros negros.
–Creí que podía manejarlo, al menos por un par de semanas. En todo caso suficiente tiempo para dejar las cosas en orden. No quería decepcionarle, señor.
Hubo unos segundos de pesado silencio en el cuarto, y los dos sirvientes no podían contener la ansiedad.
–No me has decepcionado –dijo al fin el Príncipe y ambos liberaron el aire que estaban conteniendo.
–¿Y ahora? –preguntó Midhiel con cierta súplica implícita.
Los rasgos del amo se relajaron un poco, algo que era casi una sonrisa se dejó ver.
–Debemos desayunar ¿no? Y como es mejor que este muchachito se quede en cama por unas horas, llamaremos a Bill y Radbug para comer acá arriba. El malestar se te pasará para cuando Anar alcance el cenit, entonces bajaremos al osto.

Midhiel se levantó del asiento junto a la cama, hizo una reverencia ligera y partió a cumplir las órdenes. El joven rubio no despegó los labios hasta que quedó a solas con su empleador.

–¿Al osto? ¿Para qué necesito ir allí? Tengo cosas que hacer y ya perdí la mañana.
–Hay cosas que hacer, sin dudas –confirmó el Príncipe. –Conocer el Kementárimar, el Ulmomar, y la Casa del Saber, pero no debemos perder mucho tiempo en eso porque lo más importante hoy es ir de compras.
–¿Compras? –Lindir le contempló atónito. –No puedo ir de compras, usted no me trajo aquí de vacaciones.
–No, te traje para un trabajo del que has sido relevado esta mañana en vista de tu… situación física.
–¡No estoy enfermo! –bufó Lindir.
–Lo estarás pronto si no regresas al norte –repuso el mayor con voz que no admitía réplica. –¿Avisarás a Mardil?
–¿Con esos ridículos hilos? –hizo un gesto de negación con la cabeza. –Se lo diré en persona.
El Príncipe pareció satisfecho con esto.
–Voy a cambiarme para el desayuno –anunció y dio unos pasos en dirección a la puerta. La voz de Lindir le detuvo.
–Señor, ¿qué hay de mi tarea?
El Príncipe Telcontar volteó hacia él y sonrió.
–La dulce Vairë ha puesto en tu camino a Mardil, pequeño. Si la trama tiende al norte… debo seguirla, ¿no te parece?

El rubio se obligó a asentir ante la enigmática respuesta. ¿A quién habría conseguido el Príncipe G para tan delicada tarea?

Notas

Los nombres que me inventé para las avenidas, el mercado y el periódico respetan las etimologías del Maestro Tolkien. Están tomados del Diccionario Quenya-Catellano que tengo.

Los significados literales de vocablos quenya son:

anto "boca"
osto "una edificación poderosa o fortificada, fortaleza, ciudad"
mallë (pl. maller) "carretera, camino"
már "hogar, casa" [aunque también pude usar coa /köa/ "casa"]

De ahí se derivan los nombres que uso en el relato:

Aulemallë, Vairëmallë, Oromëmallë, Estëmallë y Vanamallë: nombres de las más importantes avenidas de esta urbe, generados con los nombres de varios Valar y el un modificador que significa camino (mallë).

Kementárimar, o Mercado Viejo: Kementári es otro nombre Yavanna, la Dadora de Frutos y Reina de la Tierra, por eso el sitio de venta de alimentos más importante de Minas Tirith debe llevar su nombre, o estar dedicado a ella. Kementári + mar se puede leer como "Casa de Yavanna" (el original dice "már", pero le quité la segunda tilde porque estaría cabrón es español).

Ulmomar: Ulmo es el Vala del Océano, su casa (már) es la zona que abarca el complejo del puerto y astillero de la ciudad.

Anto Tirithosto: Se puede entender como El Vocero de Minas Tirith o El Heraldo de Minas Tirith. Lo saco de unir "anto" (boca) y "osto" (ciudad). Uno de los periódicos de mayor circulación en Arda, tiene debilidad por la aristocracia (ya verán los piropos que le tiran al Príncipe G). Su edición dominical se dedica casi por completo a la crónica social.

TBC…

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