¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

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23 abril, 2007

EN BUSCA DE UN SUEÑO 4

En la Mansión de un Príncipe

“Pondérame según lo que de mi sabes”
Antara Ibn Shaddad


Las palabras de bienvenida provocaron en los jóvenes detenidos en el corredor difíciles emociones: ningún gondoriano ignoraba el tradicional ritual de recibimiento, pero una cosa era observarlo en la TV o leerlo y otra muy distinta ser partícipes de tal ceremonia. Igor y Boris no sintieron el anacronismo de sus ropas o cabellos cuando se inclinaron a su vez y repitieron –primero el primo del anfitrión, luego el desconocido visitante– la respuesta pactada.

–A tu casa llegamos, que estos muros sean refugio, no prisión.

Hubo aún unos instantes de espera hasta que el silencio fuera roto por los pasos leves de Gorland, que cerraba la distancia entre ellos. Los amigos –inseguros de cómo seguir en el inesperado viaje temporal– no levantaron los ojos hasta que las manos del príncipe se posaron en sus hombros y su voz afectuosa les relajó.

–Bueno, ya está bien de formalidades. Boris, ¿me presentas a tu amigo?
–Este es Igor, hermano de Ivana, la prometida de John.
El joven estudiante sintió su mano oprimida por una extremidad bastante más grande y suave que la suya.
–Un placer Igor.
–Lo mismo digo Príncipe Gorland.
Se sintió escrutado por unos ojos profundos, más oscuros por la oscilante iluminación de las antorchas.
–Por favor, solo Gorland –el hombre sonrió levemente. –Y el que debe estar contento de que vengan a alegrarle la velada soy yo, pobre viejo excéntrico en su mansión arruinada.
Luego hizo un gesto y les invitó a seguirles hacia el interior del edificio.

Aunque lo esperaban, Igor y Boris no pudieron dejar de asombrarse cuando el largo zaguán les condujo a un amplio patio de armas desde donde partían un túnel y dos escaleras. Era la disposición tradicional de las casas de la nobleza militar gondoriana: “cada ciudad una fortaleza, cada mansión un fuerte”. El túnel –mas bien el pasadizo abovedado por debajo del primer piso– llevaba a un segundo patio, donde estaban las caballerizas, las habitaciones de los soldados y sirvientes, los almacenes de alimentos y la armería. La escalera de la derecha llevaba al primer piso, donde debían estar las dependencias de trabajo de la casa, desde el despacho militar del dueño hasta las cocinas, pasando por la enfermería, la oficina de administración de tierras y las aulas donde los menores de la familia recibían instrucción elemental. Este primer piso se comunicaba por escaleras de servicio con la planta baja y el segundo nivel.

Pero, desde el patio de armas de armas se podía llegar directamente al segundo piso ascendiendo el largo tramo de escalones que se abría a la izquierda. Allí arriba estaba el sitio de mayor opulencia en todo el edificio, con los costosos muebles, las finas lámparas, los amplios salones de baile con piso de madera o mármol alfombrado, los hermosos cuadros, murales y tapices, las relumbrantes colecciones de armas, las imponentes estatuas. Todo eso era parte del modelo a seguir y la manera en que cada familia lo expresara hablaba de su solvencia económica, buen gusto y sentido del honor.

Igor sabía todas estas cosas, pero verse dentro de uno de esos espacios superaba sus más descabellados sueños. A medida que subían hacia la sección residencial de la Mansión, pudo ver que el sitio estaba literalmente vivo: en el primer piso había puertas abiertas y rumor de pasos, varias cajas de documentos esperaban, apiladas delante de una desconocida oficina y un joven rubio de larga melena recogida en una coleta salía en ese momento con la clara intensión de recogerlas. Desde lejos le golpeaba el olor de caballos, perros y fuego. Había una agria discusión en el patio trasero en un idioma desconocido para él…

Con la iluminación del sol que moría, aprovechó para observar al hombre que avanzaba unos escalones por delante de él. Era de estatura media –entre 1,75 y 1,80– constitución delgada y recia. El pelo oscuro le caía hasta la cintura en una cascada de reflejos azulados que contrastaba con su piel color miel clara, casi oro. Llevaba unos pantalones anchos de color negro y una camisa gris demasiado parecida a una túnica corta, ceñida a la cintura por un fajín negro y cuyas mangas terminaban ajustadas a las muñecas. Los movimientos elegantes y ágiles daban a la figura un aire entre etéreo y marcial bastante inusitado.

Llegaron al recibidor del segundo piso, una habitación larga y llena de puertas, más bien una galería ancha desde donde se podía acceder a casi todas las habitaciones de la planta. Estaba decorada en verde y ocre, con muebles de madera y terciopelo negro muy brillantes, podrían sentarse unas cincuenta personas cómodamente. Los asientos estaban ordenados en grupos de cuatro a ocho rodeando una mesita baja.

Sin decir palabra, Gorland se dirigió a un conjunto de cuatro butacones donde una muchacha de cabellos negros ponía un servicio de te. Boris reparó en que era de estatura regular y esbelta, su figura se dibujaba graciosamente por debajo de su vestido amarillo claro y la cintura quedaba claramente marcaba con el delantal verde. Ella giró y saludó con una leve inclinación de cabeza.

–Buenas noches. Espero que disfruten el refrigerio hasta que la cena esté a punto –se retiró en silencio, sin que siquiera sus pasos resonaran en la estancia de piedra.

Gorland comenzó a servir el te. Aprovechando la excelente iluminación del local –una lámpara de lágrimas sobre ellos y los rojos rayos del atardecer– Igor detalló su rostro: el príncipe tenía la frente amplia, cejas pobladas, ojos negros cubiertos por largas y rizadas pestañas. La nariz, pequeña y ligeramente respingona, establecía un agradable contraste con sus pómulos algo salientes y sus labios carnosos, anormalmente rojos. El cuello, largo y delgado, trazaba una firme y elegante línea con la barbilla ovalada y lampiña. Las orejas permanecían ocultas entre la sedosa cabellera, pero Igor las supuso pequeñas y de lóbulos poco desarrollados.

El anfitrión giró hacia él.
–¿Azúcar? –preguntó con ojos burlones mientras se ponía un mechón de pelo trás la oreja.

Igor se quedó sin palabras por un instante, la vergüenza le provocaba un nudo difícil de romper en el medio del pecho. ¡Gorland había notado su descarado escrutinio y ahora, incluso, le permitía completar el cuadro!

–Dos cucharadas –se obligó a decir.
El hombre asintió y volvió su atención al servicio por varios segundos más.

Una vez completa la visión –el apéndice auditivo resultó ser como lo había imaginado–, el joven frunció un poco el seño. El Príncipe Gorland Telcontar parecía el retrato de un joven haradrim del siglo XIV y no un noble gondoriano del XX. Excepto las orejas –con las señales de la Sociedad Moriquendi–, cada rasgo de su rostro contradecía el canon de belleza de su clase: ojos claros, cabellos castaños o rubios, nariz recta, mandíbula cuadrada, cuello ancho, piel muy blanca. Eran los caracteres de una raza bien definida tras dos mil años de matrimonios entre los mismos clanes del mítico Ejército del Oeste. Volvió a su memoria el hecho de que los G. Telcontar habían rechazado los matrimonios con las enfermizas y aristocráticas flores de Arda Occidental –Gondor, Arnor y Rohan– para preferir exóticas represntantes de las antiguas casas de Rhovanion, Rhun y las Tierras de Hierro.

La taza se detuvo ante él, llena de humeante líquido ambarino. Igor salió de sus meditaciones para chocar con los ojos oscuros e inexpresivos de su anfitrión. Tomó platillo, taza y cucharita con una pequeña inclinación de cabeza en señal de agradecimiento y se dijo a si mismo que, probablemente, el inusitado físico de uno de los hombres más nobles de Gondor se debía a las inyecciones de sangre oriental. De todos modos era muy atractivo y no tardaría en conseguir una rubia de interminable abolengo y delgadísimo talle, ansiosa por mudarse a uno de los cuatro feudos que aún poseía esa familia, además de la casa donde se encontraban.

Cuando cada uno probó su taza escanciada, el príncipe volvió a hablar.

–Bueno Boris, ¿qué te decidió a visitar a este viejo excéntrico?
–No hay nada de particular en que venga a comer a casa de mi primo ¿o si? –se defendió el joven que, fuera de deseo de hacer feliz a su amigo, no tenía muy clara su razón para estar allí.
–¡Vamos! –sonrió Gorland. –Somos tan primos como Arwen y Elessar, y jamás te mandé ni un regalo por cumpleaños. Apenas nos conocimos hace –consultó su reloj de pulsera– cinco horas, y ¿ya te sientes fascinado por mi conversación?
–Lo hizo por mí –intervino Igor.
Los oscuros ojos del hombre se posaron sobre él y se sintió enrojecer.
–Le dije que deseaba conocer a uno de los pocos hombres que lee quenya y avarin, y su legendaria casa. Pero si le molestamos…
Gorland levantó una mano instándole a callar.
–No me molesta, en absoluto. Es solo que no estoy acostumbrado a las buenas sorpresas. –se recostó en su asiento y cruzó una pierna sobre otra. –Pensé que Boris vendría en una ocasión formal, con su madre. Que me tomara enseguida la palabra y trajera un amigo de su edad fue algo… inesperado.
–No se si mamá estará feliz de ese comentario.
–Lo dudo –apuntó el noble girando de nuevo hacia Boris. –Esta tarde se quedó un poco amargada porque no caí prendado a tus pies.
Boris soltó una risita forzada.
–Tal vez debemos decirle que no soy tu tipo.
–No, no lo eres. –repuso Gorland serio.

Boris se le quedó mirando sin palabras, Igor juzgó más seguro seleccionar un pastelillo de la mesa y conjurar la carcajada que le crecía en el pecho. Nunca, ni en los momentos más crueles del colegio, había visto al bello y elegante Boris tan eficazmente eliminado en un lance de amor. ¿En verdad contaba Lady Findulas con los encantos de su sobrino para refinanciar la boda de su hijo mayor? No le contaría eso a su abuela en la próxima carta, o Ivana le odiaría por siempre.

Se hizo un silencio incómodo que el mismo anfitrión rompió poco después.

–¿Debo suponer que Igor se aplica a las Letras Clásicas con el mismo entusiasmo que tu?
Boris se fingió agraviado.
–¿Qué dices? ¡Igor es un verdadero estudioso! Las leyendas de elfos y orcos son su vida.
Gorland volvió a estudiar al otro joven, Igor tuvo la impresión de que era un bicho bajo escrutinio.
–¿De veras? –inquirió el príncipe con incredulidad.
Igor asintió y dejó su taza de te en la mesa.
–Me gusta lo que estudio –declaró brevemente.
–Debes estar junto a Boris en el aula –conjeturó el mayor–, o sea, en el penúltimo semestre. ¿Tomarás los exámenes como este tramposo, o vas a escribir una tesis?
–En realidad, ya la escribo. Es sobre la familia y los roles de género en el Período de Transición.
–Interesante –concedió el príncipe. –Aunque me da la impresión de que es tema para una tesis de historia.
–Eso depende de cómo enfoque el asunto. Mi investigación se basa en documentos y relatos, en la comparación de idiomas, la reflexión sobre las estructuras ligüísticas y la realidad social que ellas se deduce.

Pareció que Gorland iba a decir algo más, pero la muchacha que sirviera el te apareció junto a ellos.
–La cena está servida.
–Gracias Midhiel –respondió el príncipe mientras se levantaba. Los otros dos le imitaron y él señaló la primera puerta. –Caballeros.

El comedor era –tal y como dicen todos los manuales de casas típicas– una habitación de tamaño similar al recibidor, pero orientada perpendicularmente respecto a aquel, de modo que los ventanales del extremo daban a la calle, a modo de atalayas. Las dos mesas tradicionales –una familiar, otra para banquetes– eran de madera oscura y las patas tenían tallados hermosos árboles de olivo. En un extremo de la menor estaba dispuesto un servicio de tres cubiertos, varias fuentes y las obligatorias jarras de vino, hidromiel, cerveza y agua.

Al sentarse, Igor reconoció la primorosa porcelana coloreada de Villanzar, los cubiertos de plata de la Comarca, las jarras de cristal soplado de Erebor y las copas de madera policroma de Rhovanion. Todo aquellos objetos de disímil origen ostentaban el símbolo de la casa de Geniev Telcontar Thrandulion –fundador de la familia en el año 1 de la Cuarta Edad del Sol–: un árbol con la fronda dividida en siete ramas en cuyas raíces yacía un escudo redondo, sobre el escudo se cruzaban dos espadas, una recta y otra curva.

Gorland se acomodó en la cabecera con un movimiento que a Igor se le antojó demasiado fluido y rápido para ser natural. Tal vez Boris no fuera el tipo del Príncipe, pero este parecía dispuesto a impresionarlo de todos modos.
–Debo admitir primo, que te haz instalado muy rápido, y bien. Dijiste que tu equipaje había llegado hace diez horas, pero la casa ya parece hecha a tu medida –comentó Boris en lo que Midhiel servía el caldo.
El mayor desestimó el halago con un vago movimiento de la mano.
–No tiene importancia. Ya sabes lo que dicen: “El hogar de un militar está donde el Rey lo ordena”.
–Ecthelion –murmuró Igor antes de llevarse la copa de hidromiel a los labios.
Los oscuros ojos se posaron en él.
–¿Decías?
–Que esa frase es de Ecthelion II, el Senescal –argumentó un poco inquieto. Esa mirada tan dura le incomodaba.
Gorland sonrió un poco.
–En efecto, y es mucho más notable por el hecho de que Ecthelion II no tenía Rey –el príncipe tomó algo de vino y sus ojos dejaron de ver el presente. –Aunque algunos dirían que el Rey estaba en su corazón.
–Un gran hombre el difunto Senescal –intervino Boris, tratando de impedir que la charla se pusiera pesada. –Creo que cierto equipo de football no le hace mucho favor a su memoria.
Gorland suavizó un poco más el rostro e hizo un gesto de aprobación con la cabeza.

Uno de los temas más debatidos esa primavera era el desastroso inicio de temporada de los Guerreros de la Torre de Ecthelion, el equipo de la ciudad de Minas Tirith. El primer partido contra Rohan se perdería con diferencia de cinco goles. En el segundo la defensa mejoró, pero los Dragones de Erebor se llevaron la victoria tras dos penaltis fallidos de los senescales. Para el tercer encuentro –apenas tres días antes de la llegada de Gorland a la ciudad– casi lincharon a los jugadores al perder frente a los Corsarios de Umbar, derrota que era casi una afrenta a cada hincha por el tradicional resentimiento entre las regiones de Gondor y Harad.

–No es una vergüenza perder frente a un equipo tan fuerte como los Corsarios –opinó Gorland. –Por otro lado, tal vez los de Osgiliath lleguen a las finales este año…

Los primos se pusieron a discutir las posibilidades de los diez equipos de la liga con reposada pasión. Después de todo, Boris era partidario de los Senescales por tradición familiar, y Gorland apoyaba a Fornost porque su infancia había transcurrido en el norte, pero ninguno iba regularmente al estadio o tenía postres de sus jugadores en la habitación.

Igor no intervino. No le interesaban el football, ni la esgrima, los deportes más populares de Arda. Se concentró en sus vegetales al dente y trató de imaginar la biblioteca de ese hombre. Seguramente, el joven que trasladaba documentos en el primer piso era su secretario. De repente, sintió un odio casi infinito por el desconocido rubio. Para serenarse, decidió continuar su estudio del local.

Aunque la iluminación era insuficiente para él –solo dos candelabros en la mesa– reconoció la forma algo pesada de los marcos de estilo neoclásico que habían estado de moda a finales del siglo XIX. Obviamente eran cuadros que exaltaban a la familia de la Mansión, pero el descubrimiento no mejoró su humor. La Mansión de Geniev Telcontar empezaba a parecerle un museo, el modelo por el cual todos los nobles conocidos o desconocidos de Gondor, Arnor, Angmar y Rhovanion habían edificado sus propios palacetes. No era agradable la idea de cenar y discutir de football en un museo, era una especie de profanación.

Se reprendió a si mismo. El hecho de que el sitio careciera de electricidad y teléfono no lo apartaba de la contemporaneidad, sino que le daba la oportunidad de ver la casa como los antiguos guerreros y cortesanos que se daban cita con los príncipes G. Telcontar Thrandulion en el esplendor del imperio. Entrecerró los ojos para reconocer la pintura justo frente a su asiento. Debía ser muy antigua, porque el canon indicaba que esta pared resumía la historia de la familia por siglos. Los G. Telcontar Thrandulion había intervenido en la política nacional hasta la Segunda Guerra de Unificación (1860), por tanto debían colgar diecinueve cuadros allí, uno por cada siglo de la Cuarta Edad del Sol. Si él estaba casi en el centro, y a juzgar por el estilo… Probablemente siglo VIII.

¿Qué hacían los G. Telcontar Thrandulion en el siglo VIII? No tenía ni idea. Esa era la etapa culminante del Período Cortesano, con relativa paz entre las etnias, floreciente comercio, gran desarrollo de las artes y la arquitectura.

El cuadro estaba realizado en la técnica de la madera coloreada y esmaltada. Al fondo había montañas y en el centro una villa o ciudad de líneas suaves y techos aguzados de color marrón y beige ¿arquitectura élfica? El G del lejano setecientos y algo era una figura desproporcionada, que dominaba todo el lado izquierdo del cuadro. Llevaba túnica corta de color verde, espada al cinto, casco, largo cabello negro, y unpergamino desplegado en su mano derecha. Igor supuso que allí se explicaba todo el suceso representado con un poema o acertijo en quenya y lengua común, pero no podía levantarse a leerlo. La mano libre señalaba a las casitas. Estaba abierta, en gesto de amable entrega a los numerosos y pequeños personajes de la sección derecha. Eran legión, de color marfil y negro, sus espaldas deformadas por bultos. ¿Equipaje?

Arrugó la frente de manera involuntaria y se inclinó un poco sobre la mesa. Tal vez, si pudiera ver mejor las edificaciones…

–Rivendel –la palabra le sorprendió.
Giró el rostro sin poder ocultar su desconcierto.
–¿Qué?
Gorland tenía de nuevo el rostro inescrutable y los ojos duros, Igor sospechó que esa era su actitud habitual.
–El cuadro que tanto te esfuerzas en comprender. Representa la restauración de Rivendel en el 787 –explicó con voz fría.
–Gracias –el joven volvió a contemplar la pintura más seguro. –En realidad, debí deducirlo enseguida. Solo hay una ciudad élfica entre las montañas –volvió a mirar al noble. –Usted todavía tiene tierras por allá ¿cierto? –el otro asintió y él siguió a delante. –Mi familia es de una zona entre Fornost y las Montañas Nubladas llamada “Camino Viejo de Bree”.
–Es una región bella, con todo el encanto del viejo Arnor rural –asintió Gorland. Lady Findulas me dijo que los tuyos tienen una casa de verano.
–Ahora es la casa de verano, pero hasta hace tres generaciones vivimos allí explotando el trigo y la cebada –explicó con una mezcla de orgullo y temor.

Frente a él, Boris tragó ruidosamente un trozo de col y le miró con ojos cargados de reproche. Igor mismo no estaba seguro de por qué le había confesado ese detalle a Gorland, después que Ivana y sus padres se esforzaran tanto por minimizarlo. En lo personal, el pasado agrícola de su familia se le antojaba irrelevante, pero la actitud displicente con que Gorland le revelara el significado del cuadro tocó algo en su interior: deseaba que este militar con ínfulas de mecenas supiera, sin lugar a dudas, que su primo se casaba con una descendiente de emigrados braceros, aupados solo cincuenta años atrás por el boom turístico.

Pero el príncipe fingió no reparar en las implicaciones que el pequeño detalle acarreaba. Tan solo alzó el brazo para alcanzar una manzana y aspiró profundamente su aroma.

–No me extraña entonces que te dediques a las Lenguas Clásicas de Arda –volvió a mirarle. –Después de todo, el Libro Rojo de la Frontera del Oeste se escribió no lejos de tu hogar –sus ojos se animaron entonces con el brillo burlón y algo cansado que ya Igor se sabía de memoria.
–Sin dudas –apoyó Boris, y en la voz se notaba su alivio. –Podríamos decir que era casi una inevitablidad histórica.
Gorland asintió despacio y mordió su fruta sin despegar sus ojos de Igor.
–Hablando de historia, cuéntame más sobre tu tesis.
Boris hizo una seña sobre el borde de su plato, Igor asintió, tranquilizándole: ya no iba a provocar más a su pariente. En vez de soltarle toda una larga parrafada de lingüística comparada se encogió d ehombros.
–No es nada del otro mundo, algunos incluso piensan que el peso teórico fundamental es “capcioso”.
–¿Los profesores de Ithilien? –inquirió Gorland con la boca llena.
–Ajá. Me reprochan pocas pruebas documentales, pero no me dan acceso a los textos que almacena la Biblioteca Nacional.
Gorland tragó ruidosamente y dio otra mordida a su roja fruta.
–Estás en un aprieto.
–Puedo esperar las elecciones. Si Gamelin se convierte en Rector, me dará el permiso para los documentos anteriores a 1 605, seguro –afirmó Igor y tomó un puñado de uvas de la fuente.
–Hemos hablado varias veces de eso Igor –intervino Boris con voz aburrida. –Gamelin no ganará estas elecciones, Tadeus es un contrincante muy fuerte.
–¿Por qué?
Los dos jóvenes voltearon hacia Gorland con ojos muy abiertos.
–¿Por qué? –repitió Boris como si no pudiera creer la pregunta.
–Si, ¿por qué? Gamelin es un hombre de gran prestigio.
Igor escupió las semillas de sus uvas y procedió a explicar.
–En realidad, Tadeus era mucho menos conocido que Gamelin hasta hace tres o cuatro meses. Es profesor de Expresiones del Pensamiento Cristiano en Arda, una asignatura de reciente inclusión en el currículo que…
–Lo sé, voté en contra en su momento –interrumpió en príncipe a la vez que devolvía el corazón de su manzana a la fuente. –¿Quién es ese Tadeus?
–¿En pocas palabras? El candidato del Cardenal Hurim a la rectoría –declaró Boris con una sonrisa que dejaba bien clara su profunda antipatía por Tadeus y su padrino político.
Gorland pareció meditarlo en el tiempo que buscaba otra manzana en el frutero.
–Puede ganar –afirmó al cabo.

Boris miró a si amigo con expresión triunfal. Igor golpeó la mesa con su frente en gesto derrotado.

–Ustedes dos son un par de conspiradores que me quieren empujar al suicidio –murmuró desde esa posición, luego levantó el rostro, sus ojos brillaban decididos. –Les advierto: ninguno de los dos heredará mi colección de historietas de Finarfin el elfo de las nieves.
–¡Por los Valar! –Boris se cubrió el rostro con horror. –¿Qué será de mi ahora? Ya negocié esas historietas con los woses del sector oeste. ¡Debes protegerme primo Gorland!
–Mi corazón sangra ante tales nuevas, primo Boris –repuso el otro en tono grandilocuente. –Pero debes saber que un antiguo mandato me impide defender a mi clan de las demandas de los woses. Solo puedo ofrecerte una espada para que mueras con honor.

Gorland tendió con una floritura de su mano una paleta de mantequilla que Boris recibió con gesto grave. Alzó el objeto por sobre su cabeza, sus ojos se humedecieron y el lamento final escapó de sus labios como un quejido.

–Así sea.

Boris dejó caer la hoja hacia su pecho y se derrumbó sobre la mesa. Un coro de carcajadas terminó la parodia y el resto de la velada trasncurrió en un ambiente ligero.

A las diez, Midhiel se presentó para advertir que los invitados debían retirarse. Gorland los acompañó hasta el patio de armas, donde Bill ya tenía listo el coche.

El cielo estaba despejado, lleno de estrellas. En la fresca noche primaveral, apenas iluminada por dos antorchas que mantenían en alto Midhiel y el otro joven, Igor se sintió extrañamente a gusto. Nada quedaba de sus recelos hacia Gorland, tampoco de su reverencia hacia la Mansión. Extendió la mano y nuevamente fue envuelto con la imponente energía de aquel hombre.

–Ha sido una velada maravillosa –aseguró.
–Llámame, y la repetiremos –propuso el mayor, pero Igor negó suavemente.
–Estoy seguro de que pronto tendrá más invitaciones de las que desea.
–¡Tonterías! Lindir –hizo un gesto hacia el joven rubio–, dale unas tarjetas a los señores.

El sirviente sacó de su seno dos pequeñas tarjetas de presentación con el nombre, número de celular y apartado postal del anfitrión. Al deslizar la yema del dedo sobre la superficie, Igor supo que estaban hechas a mano. Asintió en silencio y subió al carruaje.

Gorland retuvo a Boris todavía unos minutos, probablemente para hablar de la boda, pero no le importó. El sueño empezaba a ganarle y apenas fue conciente de cómo daba unos pasos de la carroza al auto de su amigo. Más tarde, Boris tuvo que ayudarlo para que pudiera terminar la jornada en su cama. Es que, por encima de todo, el joven no quería despertar del sueño en que paseaba por la mansión de un príncipe.

TBC…

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