¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

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30 abril, 2007

EN BUSCA DE UN SUEÑO 12

De Gabriel y los ángeles

"Que la vida no te sorprenda
más de 24 veces por segundo."
Víctor Casaus, "Oh Vida"


–Permiso.

Glorfindel levantó los ojos con sorpresa, Lena, su asistente pelirroja, estaba asomada a la puerta de la oficina y en sus ojos había ¿inquietud?

–¿Si?
Ella lo miró con intensidad, como si deseara leer sus pensamientos, luego desvió la mirada y se mordió el labio, avergonzada.
–Vine a traerle las llaves de su auto, doctor. Boris las dejó en la recepción.
–Ya…

Glorfindel todavía no sabía por qué la mirada de Lena era tan intensa, pero se obligó a caminar a la puerta y tomar el llavero de sus manos.

–Está pálido –le dijo ella en un susurró cuando sus dedos se rozaron.

El hombre arrugó la frente. ¿Pálido? Bueno, había estado ponderando lo que le contara Telchar pero… Por cierto ¿qué hora era? Sus ojos buscaron la muñeca izquierda automáticamente.

–Los muchachos ya están doblando el pasillo –se adelantó Lena, que sabía cómo se las gastaba el jefe con lo de la puntualidad.

El contuvo a tiempo su expresión de asombro. ¡¿Las 3:29?! Pero si el enano del demonio se había marchado unos minutos antes… ¿y por qué nadie de los de Segundo se había reportado?

–¿Todo salió bien?
Esa era una pregunta que, definitivamente, no entendía. Glorfindel levantó las cejas en gesto interrogante. Lena lucía avergonzada de nuevo, pero su curiosidad pudo más.
–El caso que tenía que revisar, el paciente "Gabriel" –explicó ella con prisa, como si fuera una deshonra saber tanto de un asunto que no le correspondía. –Llamaron para cancelar sus consultas de la tarde, la Coordinadora dijo que no lo molestara, que usted necesitaba pensar. Va a estar bien, ¿verdad?

Glorfindel perdía color por cada palabra de su inocente secretaria, al tiempo que un sudor frío empezaba a surgir en su espalda y en las palmas de las manos. Ellos sabían, ¡por los barcos mágicos!, su amigo iba a la muerte segura. Su pensamiento voló donde Michael. ¿El Príncipe de las Tinieblas sería capaz de…? ¡Por supuesto! Michael era su única debilidad… Las palabras del enano resonaron en su mente: "Creo que habrá gente dispuesta a grandes favores a cambio de las huellas de Maedros". Evidentemente, esos poderosos no le dejarían ni la ilusión de que lo desconocían. Sintió que su estómago se comprimía y deseó llorar, pero se contuvo. No podía olvidarse de Lena, ni de los alumnos que estaban por llegar, ni de Michael.

Lena interpretó la perplejidad del jefe de otra manera. Ella sabía que el doctor era muy estricto con lo de la discreción, pero aquella llamada de la Coordinadora de Horario era tan… inusual.

Todos sabían en el hospital que Glorfindel estaba consagrado a la medicina social y que no atendía famosos ni por todo el oro del mundo. Había tenido broncas de todos los colores con el director, pero era intransigente. Este "Gabriel" debía ser alguien muy especial para que el doctor lo recibiera e, incluso, cancelara la consulta externa. En realidad, no quería saber su nombre, solo asegurarse de que esa persona estaría bien, si el doctor Glorfindel no podía ayudarle ¿quién lo haría? ¡No había mejor doctor en Arda!

–Gabriel va a estar bien –le aseguró el hombre con una sonrisa forzada. –Solo recuerda que…
–Si, ¡claro! No vuelvo a preguntar –se apresuró a asegurar la pelirroja. –Es que me dejó preocupada la llamada, como usted no atiende casos así… –ella sonrió y las pecas de su barbilla se estiraron. –Pero si usted dice que puede curarlo, entonces no pregunto más.

El consideró la idea de pedirle detalles sobre la llamada de coordinación, pero uno de los internos lo obligó a enfocarse en otros asuntos.

–¡Profe! –Ted se apoyó en el marco de la puerta para recuperar el aliento. –El Ángel 0210 está en shock.

Lena dejó escapar un gemidito y miró al médico rubio como su pudiera sanar al 0210 con un chasquido de dedos. Glorfindel gruñó y giró en dirección a su buró, metió el archivo de Maedros en una gaveta con llave y salió tras Ted, que ya estaba en condiciones de correr de regreso al ala de internados.

Llegaron a la puerta de la habitación 114 cuando Enders gritaba "Apártense" y le aplicaba el desfibrilador. El pecho de Akin se levantó un instante y volvió a caer, sus brazos de sacudieron y la sábana que le cubría las caderas (gesto púdico típico de Bran) casi rodó al suelo. Las seis personas que le contemplaban contuvieron el aliento por unos segundos.

Silencio. Todos los ojos clavados en el monitor cardiaco. Silencio.

Cómo odiaba Glorfindel ese silencio de alma en vilo, idéntico al del campo justo antes del amanecer, en que parece que todo esta muerto a nuestro alrededor. Deseaba mirar a cualquiera de sus alumnos, a los brazos exsangües del Akin, a sus propias manos, pero no podía. Tenía los ojos clavados en la pantalla, como sus alumnos y la enfermera.

Pip. Enders dejó caer lo brazos y liberó el aliento. Pip. Eleanor se acercó despacio y le quitó el desfibrilador para devolverlo a su lugar. Pip. La enfermera y Bran comenzaron a acomodar el cuerpo desmadejado del adolescente entre las mantas. Pip. Ted se dejó caer en un sofá en el extremo de la habitación. Pip. Glorfindel se acercó despacio a la cama y examinó con cuidado la piel grisácea de su paciente antes de lanzar la pregunta.

–¿Qué pasó?
Enders se enderezó enseguida y empezó a reportar con voz lenta, dejando traslucir el cansancio por el marcado acento, que casi siempre lograba controlar.
–Tragó el interior de marcadores de tinta indeleble, crayones, lápices y pastillas de tempera.
–Casi dos kilogramos de pintura. ¿Cómo íbamos a saber…? –Eleanor se quedó con la pregunta a medias.

Eso no le gustó a Glorfindel, su pequeña niña genio siempre tenía una pregunta, y casi todas sus posibles respuestas. Sin embargo, él también estaba confundido: ¿Pinturas del salón de juego? ¡Por favor!

–No podíamos saberlo –razonó Bran en lo que se apartaba de la cama y lanzaba los guantes desechables al cesto. Levantó los ojos hacia su maestro con incomodidad. –Profe, con todo respeto, creo que debemos cambiar de técnica con Akin, es evidente que la terapia no le ayuda.

El mentor movió la cabeza levemente, no era un gesto de claro asentimiento o desestimación y sus alumnos intercambiaron miradas interrogantes. El hombre parecía ¿ajeno? No volvió a despegar los labios hasta que la enfermera los dejó solos.

–¿Dónde está la señora Gluv?
–Salió de compras esta mañana –respondió Ted desde el sofá.

El joven estaba sentado con los codos apoyados en las rodillas y la barbilla sobre las palmas de sus manos, miraba fijamente al paciente, deseando ver lo que veía su maestro. Arrugó la frente tratando de recordar por qué la sonrisa de esa mañana en la usualmente sombría mujer.

–Fue a buscar regalos para la fiesta de santo de alguien, es en tres días… ¿Eustaquia, Eladia, Eufrasia…?
–Eufrasia –le cortó su mentor. –Se llama Eufrasia, y es la prometida de Akin.
Hubo varios ruidos de asombro en la habitación.
–Tiene catorce años –adujo con voz débil Eleanor.
–¿No hay alguna ley contra eso? –demandó Enders con voz iracunda.

Bran lo miró con rabia. ¿Por qué este maldito yanqui se la pasaba gritando? Ahora le tocaba aclararle las cosas al firyarekaiello, todo porque él era el hijo del abogado. ¡En fin! Sacudió la cabeza para sacarse un mechón de pelo cobrizo de la nariz y habló.

–La ley prohíbe los matrimonios entre menores de trece años, entre los trece y los dieciséis deben contar con la autorización de los padres. Supongo que la finca de Rosaura y Akin son colindantes o algo así…
–Parece argumento de telenovela –se quejó Eleanor.
–La realidad suele ser más cruel que las telenovelas –repuso el maestro. –De todos modos, Bran tiene razón: hay que repensar la estrategia. Vamos.

Ya de regreso en la oficina de Glorfindel, los cuatro alumnos se acomodaron alrededor de la pequeña mesa de reuniones en lo que el profesor narraba el resumen del caso, escribía los elementos más importantes en la pantalla blanca adosada a la pared y extraía los gráficos de la carpeta azul membreteada: Caso "Ángel 1997-02-10".

–Veamos: Akin Hugo Benito Gluv. Nació el 4 de abril de 1984, natural de San Miguel de Casanovas, en el flanco sur de Ephel Duath. Catorce recién cumplidos años, buen estudiante, miembro del equipo de fútbol de la escuela, católico practicante, como el resto de su familia y del pueblo.
Fue ingresado en el Hospital Memorial de las Hermanas Carmelitas el 29 de diciembre pasado, por un extraño sangramiento rectal. Las monjas lo remitieron al Hospital Universitario de Nurmen el 5 de enero, tras el primer intento de suicidio. Bajo protesta de los padres, se realizaron reconocimientos físicos profundos y análisis cromosomáticos. Esto reveló que el chico padece la muy conocida Variante Insular del Síndrome de Klinefelter: sus glándulas están generando estrógenos, tiene un pequeño útero conectado al recto, y los senos le crecen.
Trató de suicidarse otra vez el 15, cuando la terapia con hormonas estaba en punto muerto, y los señores Gluv trataban de convencer a su médico de que le operara y sacara, cito al padre "Esos fragmentos de obra demoníaca del interior de mi hijo". Lo remitieron para incorporarlo al programa "Rochel" el 10 de febrero.
Ahora pregunto –tomó asiento frente a sus alumnos. –¿Qué hicimos nosotros?

–Lo dopamos –declaró Ted sin ocultar su desagrado. –Era muy violento a su llegada. También suspendimos las hormonas, por los efectos secundarios. Le asignamos terapia psicológica en entrevistas individuales y hace cuatro semanas pasó a las terapias de grupo.
–¿Por qué lo pusimos a hablar en vez de meterle bisturí? –insistió.
–La idea era que se reconciliara con su naturaleza y decidiera, de manera razonable, si deseaba una cirugía –le respondió Eleanor pensativa. –Maestro, ahora creo que él nunca lo consideró, solo estaba dando tiempo para organizar otro plan de suicidio.
Bran movió la cabeza de un lado a otro, como si mirara la frase de su compañera desde varios ángulos. No dijo nada.
–¿Por qué hoy? –insistió el maestro.
–Es la primera vez que su madre lo deja solo varias horas seguidas, y nuestra vigilancia se había relajado por su aparente recuperación –especuló Enders. –¡Espere! Ted dijo que ella fue a comprar regalos para su prometida. ¡Eso es! Le recordó que no quedaba mucho tiempo, y él decidió adelantarlo todo.
Ted resopló ruidosamente, sacudió la cabeza y cruzó los brazos sobre el pecho.
–No lo se… la terapeuta no notó tendencias suicidas en el chico. Me es difícil creer que engañara a una profesional de veinte años de experiencia. ¿No estaría tratando de llamar la atención?
–¿Con dos kilos de pintura? –dudó Enders.
–No era una dosis letal. –repuso Ted entre dientes.
–¡Pero él no podía saberlo!
–Es católico, ¡fue a misa ayer mismo!
–Una última visita a la casa de Dios.
–Akin es inteligente, ¿por qué?
–¡Porque ya no es un hombre! –le gritó Enders incapaz de creer semejante pregunta.
–¡A callar!

Ambos jóvenes giran sus rostros. Glorfindel les contempla desde su silla con una clara mueca de desagrado.

–Esto no es una valla de gallos. Ninguno de los dos volverá a nivelar sus hormonas a costa de los tímpanos del equipo. Solo hay personas en mi equipo –advirtió con voz de acero. –¿Entendido?

Enders asintió con fuerza, a la vez que se mordía el labio superior para mantenerse quieto. Ted le sacaba de sus casillas con demasiada facilidad, pero él no podía olvidar que era el firyarekaiello y que su presencia dentro del mejor equipo de residencia en cirugía endrocrino–reproductiva del mundo se debía a la amabilidad del doctor Glorfindel. Cierto que estaba en Arda por una beca de la OMS, pero podían mandarlo a hacer residencia a Moria, si se les antojaba.

–Maestro –la suave voz de Bran rompió el pesado silencio de la oficina. –Creo que ellos tienen razón. Quiero decir, los dos.
Los otros tres internos le miraron incrédulos, Glorfindel solo hizo un gesto para invitarle a continuar.
–Creo que Akin está profundamente deprimido por su condición intersexual y que por eso se tragó los dos kilos de pintura. No quiere matarse, está tratando de alargar su tiempo aquí.

Ahora fue el turno de Eleanor de mover la cabeza y guardar silencio. Ted gruñó, claramente incómodo de que lo igualaran con un firyarekaiello. Enders tamborileó con los dedos sobre la superficie de la mesa y miró a Glorfindel en busca de confirmación. El maestro tenía expresión meditabunda, pero el joven intuyó que todo él no estaba en el caso 1997-02-10. Al sentirse observado, Glorfindel sonrió a su alumno norteamericano y giró el rostro en dirección a Bran.

–¿Tú crees que prefiere el hospital y un montón de edains, a sus padres, su novia y sus amigos?
Bran se tomó tiempo para apartar su rebelde mechón de pelo de la nariz antes de seguir.
–Creo que su mundo se calló en pedazos en Navidad y todavía no se ha recuperado. Como dijo Enders, ya no es un hombre, pero en la cultura donde creció no hay espacio para alguien que ya no es hombre y nunca será mujer. Me parece que nos odia, o cree odiarnos, como al resto de los adultos, pero también sabe que nosotros podemos ofrecerle una salida. Ted lo dijo: Akin es inteligente, mucho. Fíjese que el segundo intento de suicidio fue cuando los padres casi habían convencido al equipo médico de Nurmen de que extirparan sus órganos reproductivos femeninos. ¿Casualidad? Además, en su reporte sobre las terapias de la semana pasada, la doctora dice sospechar que Akin está en medio de una fase de inseguridad sexual muy marcada.
–¿Es gay? –interrumpió Enders incrédulo.

Bran arrugó la frente, no le gustaba esa palabra y consideraba que ninguna persona verdaderamente sofisticada debía usarla. ¿Por qué ese yanqui se empeñaba en ensuciar el oestron con semejante término? Su idioma carecía de una palabra para decir "homosexual", como carecía de un término para "pecado", porque no eran ideas comprensibles para la cultura edain. ¿A quién se le ocurría definir a las personas por el sexo de sus potenciales parejas? A Bran no dejaba de recordarle la idea de un perro al que describieran por el color del árbol donde orina. Dedicó a Enders una mirada helada para hacerlo callar y continuó en el más exquisito oestron.

–Acaba de cumplir catorce años, esa duda sobre sus gustos era inevitable, pero llegó al mismo tiempo que el despertar de sus hormonas. Ya no se está preguntando si está bien o mal lo qué le gusta, se pregunta qué es y qué modelos puede seguir. Todos sabemos que en el sur no hay estilos de vida viables para los istari. Entonces, es posible que desee quedarse un tiempo más, pero si mejora le obligaremos a tomar decisiones y no tendrá valor para negarse a lo que desean sus padres. Es por eso que, creo, quiere ganar tiempo.

Bran terminó de hablar, se echó para atrás en su asiento y sonrió con timidez. Ahora que había expuesto su idea le embargaba una tremenda inseguridad.

–Tiene sentido –admitió Eleanor con un suave asentimiento.
Ted secundó su gesto, pero no despegó los labios. Lo último que deseaba era recordarle a Glorfindel su existencia.
–¿Y hay algún método legal para que el chico deje a sus padres? –preguntó Enders.
Todos le miraron asombrados.
–¿Crees su teoría al punto que ya estás buscando apoyo legal? –le ripostó Glorfindel.
Enders se sonrojó, pero mantuvo el aplomo.
–Es una buena teoría, Maestro.
–Si –admitió el mentor–, pero necesitamos el criterio de su terapeuta, y eso será mañana. Por ahora, todos a descansar. Enders, quédate un momento.

Los otros se levantaron y abandonaron el local, Enders los vio irse con el semblante impasible. Aunque temiera a los reclamos del profesor, no le daría el gusto al nazi de Ted de verlo temblar.

Al quedarse solos, Glorfindel tardó un poco en comenzar a hablar. La jornada había sido en extremo agotadora y el asunto de Maedros no dejaba de darle vueltas. Por fin, tras un breve masaje en las sienes, consiguió enfocarse en el joven frente a él.

–Enders, espero que comprenda que su actitud durante la reunión dejó mucho que desear.
El estudiante bajó la cabeza y se mordió el labio superior. Su cabello castaño le ocultó la frente.
–Se muy bien que no fue solo su culpa, pero necesito que entienda que su posición es precaria.
–Si Maestro.
–"Si Maestro", "Si Maestro". Usted repite eso cada vez que se enreda con Ted, pero no cambia su conducta.
El muchacho levantó la cara, se sentía dolido por el comentario.
–Es que él… –la frase murió en su boca.

¿Qué decirle? El mismo no sabía por qué era incapaz de resistir las provocaciones de Ted. El año anterior, cuando llegara, era blanco de bromas de toda la facultad por su acento, su desconocimiento general, sus prejuicios. No se había dejado engañar: para los ardences él era un bicho raro y disfrazaban su miedo de burla. Poco a poco se había ganado el respeto de muchos y el aprecio de unos pocos, pero, por desgracia, ninguno de sus compañeros del equipo de residencia estaba en el segundo tipo. Era cierto que Eleanor nunca dijo un comentario despectivo, pero tampoco lo ayudó. Ella estaba demasiado ocupada siendo la mejor alumna residente del país para fijarse en el insecto con quien compartía el aula. Bran, con sus uñas exquisitamente esmaltadas y sus camisas de diseñador, pasó pronto de la divertida curiosidad a la silenciosa aceptación. Podía acudir a él, incluso, en situaciones como las de hoy, respondería dudas sobre asuntos que todos a su alrededor daban por sentado. Pero eso era solo en las emergencias. ¿En qué momento las cosas perdieron el rumbo con Ted? ¿Tal vez nunca tuvieron el rumbo y ese era el problema? El arnorense no se cansaba de recordarle su origen, resaltar sus prejuicios o increparlo en clase. Era persistente, deseaba quebrarlo, pero, ¿para qué?

–George.

Levantó los ojos hacía su maestro, asombrado por el uso de su nombre. Era algo que Glorfindel solo hacía en privado, pues en Arda consideraba de muy mal gusto llamar a un extranjero por su nombre de pila. Sus ojos marrones estaban confundidos y el mentor pensó, vagamente, que lucían mejor con el fuego del combate en su interior.

–Creo que usted no ha pensado de verdad en su relación con Ted, en la razón por la cual ese tonto arnorense no le deja tranquilo.
Hizo una ligera acentuación sobre las dos últimas palabras y el rostro de su pupilo se tornó casi carmesí.
–Pero yo no…
–No me interesan sus gustos –le cortó Glorfindel–, tampoco los de su compañero, pero, por el bien del equipo, debo asegurarme de que la convivencia sea menos… ¿ruidosa?
Enders asintió con fuerza, en lo que trataba de controlar el calor de sus orejas.
–Una última pregunta: ¿Usted nos considera raros?
El joven pestañeó, confundido.
–¿A quienes?
–A los ardences, por supuesto –aclaró Glorfindel con una sonrisa tranquilizadora.
–Pues…
De nuevo no supo qué responder.

Un año y medio atrás, él sabía de Arda lo mismo que el resto de los norteamericanos medios: eran ricos por el mithril y el comercio intercontinental, se practicaban cirugías estéticas como crema de dormir, los cristianos papistas eran una minoría atrasada en el sur y los que gobernaban el país eran gays. Bueno, como estudiante de medicina, sabía que Arda era el país con mayor incidencia de hermafroditismo en el mundo y, por lo mismo, tenía a los mejores cirujanos en sistemas reproductivos. Cuando decidió optar por la beca de la OMS, el estudio del oestron le rebeló todo un extraño mundo de leyendas y aventuras: Aragorn, Geniev y el pobrecito Duque de Anfalas habían capturado su imaginación; la lucha de los haradrims en el siglo XX no dejaba de despertarle ecos de las luchas por los derechos civiles en su propio país, pero nada lo preparó para un pueblo tan sexualmente desinhibido y fieramente xenófobo –casi nazi.

–No lo sé –admitió tras unos segundos de meditación. –Decir raro es decir anormal ¿no? Y los ardences son gente con sus costumbres y eso pero –se demoró en hallar una palabra medianamente justa en su escaso oestron–, cuando uno los conoce, se da cuenta de que las leyendas son eso, leyendas.
–¿Entonces Arda dejó de asombrarle?
–¡No! –repuso Goerge con una rapidez que lo sorprendió. –Ustedes, quiero decir: todo el fenómeno de los "istari" y que hallan construido una cultura que carece de palabra para "homosexualidad", como me recordó amablemente Bran. Esos dos hechos son suficientes para convertirlos en el pueblo más asombroso del planeta. Es eso –concluyó–, los edains son inusitados y bellos, pero no raros.
–Gracias, puede irse.

A solas en su oficina, Glorfindel sacó de la gaveta el archivo de Maedros. Lo etiquetó como "Ángel 0000-01-10" y pasó largo tiempo comparándolo con el file de Akin. La idea que le rondaba la cabeza no podía ser ¿o si? Finalmente fue al diccionario:

Atar: (del sindarín, masc.) Padre. En una pareja con marcada diferencia de edad, el cónyuge mayor.
(…)
Atarincë: (del quenya Atarinkë, neutro) Diminutivo de padre o madre, nombre familiar para el miembro más joven de un matrimonio.


Dejó caer la cabeza y miró al techo con miedo. Ya sabía eso ¿no? El sería "atar" en unos años, y Michael sería "atarincë". No era el tipo de cosa que un hombre de Pinnath Gelin buscaba en el diccionario. Alcanzó la traducción de la inscripción en la tumba, aunque cada vez que la leía se sentía más intranquilo:

"…Maedros casó con Curufinwë y de esa unión nacieron Feanor, Finarfin, Fingon, Fingolfin, Finrod, Finwe, Amroth, Nimrodel, Ingwë y Maërys. Maedros fue un excelente atarincë y gran soldado…"

¿"nacieron"? ¿Cómo iban a nacer? Aun cuando Curufinwë fuera el extravagante nombre de alguna elfa, el Síndrome de Klinefelter habría dejado inservible el esperma de Maedros. Mucho antes de que se desarrollara la tecnología para explicar el hecho, la gente de Arda ya tenía un refrán para los istari: "La tierra fértil no da semillas". Los firyarekaiello solían interpretarlo como una metáfora agrícola para demandar esfuerzo en una labor, cuando, en realidad, era la simple explicación para siglos de experiencia con portadores de la Variante Insular del Síndrome de Klinefelter habían demostrado: si menstrúas, no embarazas.

La Variante Insular… esa había sido la maravilla y vergüenza nacional por varios años: patrón cromosomático XXY, generación más o menos regular de estrógenos, una o dos Trompas de Falopio, un pequeño útero conectado al recto, y senos que crecían al ritmo de ciclos hormonales irregulares. Al principio, se había especulado sobre la posibilidad de que un istari pudiera quedar embarazado, pero la idea fue desechada de inmediato. Las cantidades de hormonas femeninas liberadas nunca llegaban a ser significativas, eran suficientes para ovular –cada cinco o seis meses, pero no para que el huevo anidara. Claro, que nunca nadie había considerado el factor tiempo…

¡Qué estupidez! Para que las hormonas femeninas remanentes tras cada ciclo llegaran a cantidades significativas deberían transcurrir cientos de años. "Durante los siguientes cien años de su reinado, Aragorn extendió su reino hasta que ocupó casi todas las regiones de la Tierra Media occidental." Glorfindel pestañeó, esa frase la había memorizado de niño, en la escuela primaria…

No. Definitivamente no. Era mejor meter el archivo "Ángel 0000-01-10" en la caja fuerte y pasar revista a las salas antes de la comida. Ellos eran los edains del siglo XX: inusitados, pero no raros, decidió el sanador en lo que giraba la llave de la puerta de su oficina.

TBC...

NOTAS:

Significado de los nombres de Akin Hugo Benito:

San Hugo:
1 de Abril (Hugo significa "el inteligente"). Hay 16 santos o beatos que llevan el nombre de Hugo. Los dos más famosos son San Hugo, Abad de Cluny (1109), y San Hugo, obispo que nació en Francia en el año 1052 y murió el 1 de abril de 1132. El Papa Inocencio II lo declaró santo, dos años después de su muerte. (http://www.ewtn.com/SPANISH/Saints/Hugo.htm)

San Benito de Palermo
4 de abril: Siciliano de nacimiento y negro de piel (1526-1589), hijo de unos esclavos africanos –tal vez nubios– que trabajaban en una propiedad cercana a Messina, el amo de sus padres le concedió la libertad al nacer y se sabe que de niño fue pastor.
A los veintitantos años se unió a un grupo de eremitas franciscanos, convirtiéndose a partir de entonces en un fidelísimo seguidor del ejemplo del santo de Asís. Después de que este grupo se dispersara hacia 1564, Benito fue aceptado como hermano lego en el convento de santa María de Palermo. Esta muy extendida su devoción en Venezuela, y en Galicia se venera en la Parroquia de Santiago de Redondela. (http://magnificat.ca/cal/esp/04-04.htm)

Significado del nombre de la novia de Akin:
Santa Eufrasia
24 de abril: Fundadora del Instituto de Nuestra Señora de la Caridad del Buen Pastor. Nació en la isla de Noirmoutier, frente a la costa de Bretaña, donde sus padres se habían refugiado cuando el levantamiento de La Vendée. Rosa entró en el noviciado en 1814 y, unos once años más tarde, cuando tenía sólo veintinueve años, fue elegida superiora. Santa Maria Eufrasia Pelletier (1796-1868) fue canonizada en 1940. (http://magnificat.ca/cal/esp/04-24.htm)

El nombre del "Proyecto Nacional de Atención a Intersexuales de Arda":
Rochel: Un ángel, su nombre significa: "Dios restituye el orden". Rige en el día 6 de marzo (http://www.angelred.com/angeles/72/rochel.htm)

Lo que dice en realidad el Diccionario de Quenya sobre el término "atar" es:
Atar "padre" (SA; WJ:402, UT:193); Atarinya "mi padre" (LR:70). Diminutivo Atarincë /Atarinkë/ "Papaíto", nombre familiar (nunca usado en narrativa) de Curufinwë = Curufin (PM:353).

Síndrome de Klinefelter:
Este desorden fue descrito por primera vez por el endocrinólogo norteamericano Harry F. Klinefelter en 1942: Es una enfermedad genética que afecta a 1 de cada 500 varones. Ocurre cuando un varón hereda un cromosoma sexual femenino (X) extra, que interfiere con el desarrollo de las características masculinas.
Hombres y mujeres tienen 23 pares de cromosomas. Uno de estos pares define el sexo biológico. Una hembra, normalmente hereda un cromosoma X de cada padre, y su par completo es XX; un varó hereda una X de su madre y una Y de su padre, y su par completo es XY; es la presencia del cromosoma Y la que determina la masculinidad. Un macho con Síndrome de Klinefelter ha heredado un cromosoma X de más, dejándole una combinación anormal de XXY. En algunos casos, se hereda más de una X.
La causa del "Klinefelter" es desconocida, aunque tiene una frecuencia ligeramente mayor en bebés de madres maduras.
En la mayoría de los casos, un niño con Síndrome de Klinefelter tendrá una apariencia física normal hasta la pubertad. El diagnóstico casi siempre se retrasa hasta que se manifiestan los síntomas físicos o hasta que el adulto es examinado por infertilidad. La enfermedad se puede diagnosticar con un análisis cromosomático.
El Síndrome de Klinefelter se caracteriza por el desarrollo de senos (gynecomastia), poco o ningún vello facial, pene y testículos pequeños, deseo sexual escaso e incapacidad para producir esperma. Aunque los niños que lo padecen no tienen discapacidad mental, puede que aprendan a hablar más tarde que otros niños y que tengan dificultad para aprender a leer y escribir.
No hay cura para el Síndrome de Klinefelter, pero si tratamientos paliativos. Las inyecciones regulares de testosterona (hormona sexual masculina) pueden aumentar el tamaño y fuerza del tejido muscular, estimular el crecimiento de vello facial y corporal y, en algunos casos, aumentar el deseo sexual a patrones "normales"; el desarrollo de los senos se puede resolver quirúrgicamente. Es imposible revertir la infertilidad derivada del Klinefelter, sin embargo, algunos hombres con este desorden pueden producir una pequeña cantidad de esperma y beneficiarse de las modernas técnicas de fertilización asistida.
Artículo de Mark Perloe. Tomado de "Klinefelter's Syndrome" en Microsoft® Encarta® Encyclopedia 2000. © 1993-1999. Traducción: Pulsares.

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