¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

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28 abril, 2007

EL SEGUNDO REGRESO DEL REY 6

NOCHE DE BODAS

Caminó en silencio por los corredores del antiguo palacio, con el silencio que solo puede lograr un montarás que se oculta. Aragorn no temía ser visto, era el Rey y se dirigía a sus habitaciones ¿alguna sospecha? Pero temía encontrarse con alguien y traicionar su secreta felicidad con un gesto, una entonación. Deseaba llegar hasta Legolas sin mentir: puro.

Cuando al fin alcanzó las escaleras hacia su habitación respiró aliviado. Un poco más allá las puertas dobles y el recibidor de sus departamentos privados. Cerró el segundo postigo y se recostó. Fuera quedaban todos, por fin un espacio para él y su elfo, aunque solo por unas horas.

En el recibidor nada había cambiado, pero los entrenados sentidos de Rey captaron un sutil aroma a bosque y un agradable calor empezó a subirle desde el estómago. Avanzó hacia la recámara.

Antes siquiera de mirar al interior, cerró la tercera puerta. Cuando la seguridad de que nadie podría interrumpirles fue absoluta, dejó caer a Narsil y se volvió. Nada podía prepararle para aquello.

Todas las lámparas estaban apagadas y la luna iluminaba oblicuamente la estancia a través de las ventanas totalmente abiertas. Sentado en una de ellas –su figura, su pelo y la seda de la cortina vueltos uno con el viento y la luna– Legolas miraba las estrellas. Una sonrisa juguetona y el constante tamborilear de sus dedos sobre la piedra indicaban que estaba más nervioso de lo que deseaba demostrarle.

–Majestad… –alcanzó a oír, pero Legolas no se movió.

Con premura el hombre se sacó las suaves botas de piel, los collares, pulsos y anillos ceremoniales, la diadema real, la túnica. Quedó con los pantalones y una ligera camisa interior, no quería aumentar el nerviosismo de su pareja con recordatorios del mundo exterior. Fue hacia la ventana.

–Príncipe… Legolas Telcontar… amor mío. –llegó frente a él y tomó su barbilla para hacerlo girar el rostro. –Amor mío. –repitió.

–¿No tienes miedo mortal? ¿No temes atarte al cuerpo de este inmortal?

–No. He conquistado la Tierra Media para ponerla a tus pies. Solo temo tu abandono.

–¿Y tus herederos? ¿Les condenas a nunca nacer?

A Aragorn se le ocurrió entonces que Legolas había pensado la posibilidad de una Segunda Consorte.

–Pesada tarea es ser Rey, pero confío en que el amor me ayude a hacer feliz a mi pueblo y –remarcó la palabra– escoger al mejor calificado para sucederme.

El asombro hizo que legolas perdiera su máscara de impasibilidad.

–¿!Renuncias a ser padre por mí!? No, no. Debes saber que…

–Calla. No discutiremos ahora. Es nuestra noche de bodas ¿recuerdas?

Legolas asintió en silencio. Tal vez fuera cierto: todo ese asunto de su fertilidad podía llevar horas de conversación, horas preciosas.

–Nuestra noche de bodas… ahora soy tuyo Rey Elessar.

–Somos el uno del otro Legolas –le besó en los labios con ternura– soy tan tuyo como tú mío.

El elfo se refugió en sus brazos: temblaba.

–¿Qué me pasa? He peleado en batallas que ni siquiera recuerdas… pero ahora…

–Yo también tengo miedo –musitó el Rey.

Con un gesto lo tomó en brazos y lo llevó hasta el alto lecho de cubiertas azules y aves marinas talladas en el cabezal. Allí lo depositó y el ligero –engañosamente suave– cuerpo se ovilló sobre sí mismo.

–¿Recuerdas cuando nadamos juntos en el estanque de Lórien? –dijo de pronto el rubio.

–Sí. –se sentó en el borde de la cama y le apartó un mechón de pelo del rostro.

–Fue la primera vez que dudé de que fueras solo… mi amigo. Creo que Galadriel lo sabía.

–Debe haberlo leído en mis ojos. –subió una pierna.

–Soy en verdad tonto… un mortal de ochenta y siete años me ocultó sus sentimientos.

–Una de las cosas que más me gustan de ti es que no te dedicas a hurgar en los sentimientos ajenos. Creo que toda la Comunidad supo de mi amor en Moria, todos menos tú.

Se tendió junto al elfo y lo abrazó por detrás. Ante el contacto Legolas se estiró y dejó que toda su espalda rozara con el pecho del hombre. Suspiró.

–Se supone que la noche de bodas un hable con alguien de confianza antes para… para…

–Legolas, no estás obligado a nada ¿entiendes? Esta noche no ocurrirá nada que no desees.

–Pero tú sí sabes ¿no? Quiero decir: ¿tienes experiencia?

–Pues… –Aragorn se turbó. Claro que acumulaba varios encuentros carnales de sus largos viajes por el viejo Reino Perdido de Arnor, por las Tierras Pardas, los reinos élficos, Gondor y Harad. Todos aquellos andares la habían dado oportunidad de “experimentar” bastante, pero no sentía que nada de lo antes vivido le hubiera preparado en verdad para esa noche. –Algo se, sí. Los gemelos me ayudaron al principio.

–Mi hermano Halladad, él me ha contado algunas cosas… Una vez, ¿hace cien años?, tal vez ciento cincuenta, me invitó a acompañarlo con un par de hermanas, pero no me interesaba.

Guardaron silencio unos minutos.

–¿Y esa túnica? Te queda muy bien.

–Es el único lujo que llevé a lo largo del viaje. La traje desde el Bosque Negro ¿sabes? Oculta en el fondo del morral. Es mi túnica de dormir especial, fue el último regalo de mi madre, antes de que la mataran los orcos.

–¿Ella…? No sabía. Pensé que había partido a las Tierras Imperecederas.

–Yo solía intentar creer eso. Cuando papá me mandó a Rivendel algo me impulsó a tomarla, al iniciarse la misión del Anillo me dije que llevaría esta túnica y, en el primer día de paz, dormiría con ella. Para recordarla.

–Ya dormiste varias veces con ella entonces.

–No. Hoy es la primera vez. Tú eres quien me da paz.

Legolas giró sobre sí mismo y quedó frente a Aragorn, esta vez fue el elfo quien besó.

–¿Podemos dejar de hablar? Mi madre, tus hermanos, dejemos fuera a todos. Guíame.

El hombre no necesitaba demasiado acicate. Besó con fuerza, y presionó con la lengua hasta abrirse paso en la boca del elfo. Sus manos viajaron en direcciones opuestas, la derecha subió hasta los sedosos cabellos, la izquierda bajó, buscando las cintas que mantenían cerrado el traje de su pareja. ¡Deshizo el nudo! Ahora tiró de ellas para aflojar las ataduras. Sus labios siguieron explorando aquella piel siempre limpia y fresca. Repartió breves besos en las mejillas, frente, orejas y cuello; cuando la túnica estuvo bastante abierta prolongó sus caricias hacia los hombros y el pecho.

Legolas era un buen alumno: zafó con maña de guerrero la camisa de Aragorn y arañó levemente su piel. El Rey de los Hombres se arqueó ante semejante contacto.

–Aprendes rápido…

Logró desnudarle y lanzó la túnica al piso. Legolas intentó separar las sábanas para cubrirse.

–No, no lo hagas. ¿Recuerdas el lago?

–Era distinto…

–Sí: no te pude mirar tranquilamente.

Le obligó a extender los brazos y se levantó un poco. Contempló arrobado el pecho de líneas definidas, los hombros redondos y fuertes, los muslos blancos y firmes, su sexo erguido, necesitado de alivio.

–Bello… –se inclinó a besarlo. –perfecto… –pasó la punta de la lengua a todo lo largo. –delicioso… –y se lo engulló.

El joven inmortal se contorsionaba de placer. Por instinto acarició la cabeza del hombre y empezó a marcarle un ritmo.

–Mi Rey… Mi Aragorn.

Mientras, las manos del mortal acariciaban sus nalgas y hacían progresivos acercamientos al centro. Cuando sintió que su pareja estaba por explotar se detuvo.

–¿Qué ocurre?

Aragorn no dijo una palabra, se libró del pantalón y mostró su propia erección.

–¿No crees que yo también merezco caricias?

–¡Oh! Por supuesto… sólo dime cómo.

–Ven…

Permaneció de rodillas e hizo que Legolas se inclinara hacia su sexo, dejando las breves y firmes nalgas bañadas de luna. Con un gesto alcanzó un frasco de aceite de almendras que a veces se ponía en la piel, lo destapó y dejó caer unas gotas entre los glúteoes. Legolas dio un respingo e intentó llevar una mano atrás, pero el Rey le retuvo, su voz fue baja, aunque no carecía de firmeza.

–Tranquilo. Déjame hacer.

Y con un gesto le hizo continuar afanándose en la entrepierna.

Ahora sumergió su dedo medio en el aceite y realizó un masaje alrededor de la entrada para relajar la zona. Apuntó y, suavemente, introdujo el dedo.

–¡Aaaah!... Aragorn… no puedo… no puedo seguir.

–¡¿Te hice daño?!

–No. –apretó las nalgas alrededor del dedo para confirmar su satisfacción. –Es que no puedo sentir eso y seguir dándote placer. Es demasiado intenso.

–Esta bien, claro, haremos algo al respecto.

El Rey liberó su mano, le hizo acostarse sobre su estómago y puso una almohada bajo sus caderas.

–¿Estas cómodo?

–Sí… Tengo que preguntarte algo: ¿Me estas preparando para… recibirte?

–Pues si.

–Pero… –acarició el sexo de su pareja. –es muy grande ¿no?

–Por eso debo prepararte. Esta es tu primera vez, puede dolerte un poco. Pero si el dolor se vuelve insoportable me dices y paro ¿de acuerdo?

–¿Luego no volverá a doler?

–Cuando lo hagamos regularmente, dejará de doler.

–Está bien –y volvió el rostro hacia la ventana.

Aragorn dejó caer de nuevo unas gotas de aceite, sumergió su dedo, reinició los masajes y penetró. Legolas empezó a mover las caderas suavemente. Entonces sacó casi por completo al invasor para duplicarlo: ahora entraron el medio y el índice. Si el Príncipe sintió dolor en esa segunda fase lo olvidó pronto, pues los dedos se movieron por las paredes internas y lanzaron breves pero efectivas descargas de placer.

–¿Te gusta?

Nunca recibió una respuesta articulada, pero el espasmódico abrir y cerrar de las manos del elfo fue harto elocuente. De nuevo sacó casi por completo sus dedos, para poder incorporar el anular.

–Aaaaa… –se le escapó al rubio y las venas de su cuello se tensaron.

El hombre acomodó el frasco entre sus piernas y acarició la espalda, cuello y orejas del tendido. Mantuvo la doble estimulación hasta que el rostro de su amado se normalizó. Dejó entonces las caricias en la parte superior del cuerpo para poder engrasar su miembro. Puso el frasco en el piso y acercó la boca al oído del otro.

–Estas listo, pero puedes detenerme cuando algo deje de gustarte. ¿Bien?

–Haz lo que quieras… Solo no me dejes así.

El Rey comprendió que su compañero llevaba demasiado tiempo al borde del orgasmo y sonrió. Retiró suavemente a los tres invasores, abrió bien las piernas del elfo, se colocó entre ellas y apuntó con cuidado. El esfínter estaba muy suave, pero el cambio de dimensiones era notable. Legolas intentó apartarse por instinto, mas el hombre descargó su peso sobre el hombro y susurró.

–Tranquilo, te prometo que el placer no tardará. Sé que puedes lanzarme contra la pared sin esfuerzo, pero te dañarías. Solo relájate, por favor.

Siguió adentrándose, lenta pero ineluctablemente. Legolas boqueaba, sus pupilas se habían dilatado al máximo. Llegó al límite y permaneció quieto, dejando que el inmortal lo aceptase. La respiración del elfo se estabilizó y bajó los párpados. Entonces Aragorn buscó el sexo del otro y lo rozó apenas con las uñas, en respuesta un breve movimiento de caderas.

Todo correcto.

Apoyó las rodillas y su mano izquierda en la cama para descargar en ellas su peso y, con la derecha, empezó a masturbar al elfo. La reacción fue inmediata: las caderas de Legolas siguieron el ritmo de la manipulación, lo que se reflejó en la profundidad alternativa de la penetración. Aragorn solo debía mantenerse en equilibrio, su pareja decidía instintivamente cómo era mejor para su cuerpo.

–¿Estás bien? ¿Ya no duele?

–…No…

El hombre sentía próximo su clímax y podía reconocer síntomas similares en su pareja.

–Ya no durará mucho tiempo, lo lamento.

–Te amo Aragorn –alcanzó a decir mientras se derramaba en las manos de su esposo.

–Te amo Legolas –con el último espasmo lo abrazó para estar lo más dentro posible al dejar su dulce semilla.

Pero la estocada final, sumada a la momentánea explosión del miembro, provocó un quejido en Legolas. Aragorn reaccionó a tiempo: con sus últimas fuerzas levantó a su pareja y le obligó a girar para que ambos cayeran de lado, abrazados.

Respiraciones agitadas, manos temblorosas. Nada más se oyó por un rato. Luego un sollozo apagado, contenido.

–¡Oh, dulces Valar! Dañé a quien más amo. Me perdí en mi propio placer. –el hombre empezó a limpiar las lágrimas.

–No amor, no es así.

–No mientas Legolas. Solo alcancé a oír tu quejido al final, pero seguro no logré que superaras el dolor.

Ya se han separado. Legolas gira y le mira a los ojos.

–Lo lograste, créeme. Fue muy bello. Lloro de felicidad. Te amo Aragorn Telcontar, de la estirpe de Isildur, y cuando regresemos juntos a este tú reino, espero poder probarles a ti, y a tus súbditos, cuánto les amo.

Aragorn intuyó que el Príncipe se refería a lo del heredero, pero estaba demasiado cansado y feliz. Lo mejor era dejar la conversación.

–Yo no necesito pruebas de tu amor Legolas.

Y se durmió con un sueño pesado y feliz que asombró a su esposo: nunca había visto dormir al Rey de esa manera.

A lo largo de las dos semanas que transcurrieron desde la cancelación de la boda con Arwen, Legolas se había escurrido varias veces en aquella habitación. Aragorn se revolvía entre las mantas, aferraba a Narsil, pronunciaba su nombre entre sueños. Jamás vio paz en él, sino facciones deformadas por pesadillas. Al elfo le dolía aquello y esperaba tener que enfrentarlo en su noche de bodas, pero el Rey dormía cono un ángel ahora.

Se levantó despacio y volvió a sentarse en la ventana, desnudo. El viento agitó sus cabellos. Legolas volvió el rostro al norte, muy lejos Thranduil urdía intrigas en su contra, pero prefirió pensar en otra persona que le esperaba en el Reino del Bosque. Se pasó la mano por el vientre y deseo que su felicidad alcanzara la habitación del Príncipe Heredero de Mirkwood.

"Tenías razón Halladad, es maravilloso, ambos seremos muy felices."

TBC...

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