¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

Todos los personajes reconocidos públicamente son propiedad de sus respectivos autores. Los personajes originales e historias son propiedad la autora. No se genera ningún beneficio económico por este trabajo, ni piensa por un instante en los derechos de autor.

30 abril, 2007

EL SEGUNDO REGRESO DEL REY 14

BELLA, BELLA NOTTE

Aragorn esperaba. Había sentido apagarse los ruidos del palacio y notado el cambio de guardia en su galería. Estaba seguro de que el Príncipe iría a verlo. Unos pasos suaves se detuvieron frente a su puerta.

"Pisadas de elfo, solo ellos pueden moverse así, pero este desea que ser oído por mi"

La puerta se abrió sin ruido, apenas el espacio suficiente para que Hoja Verde pasara.

–¡Hasta que se durmieron! –fue todo lo que pudo decir al entrar y enseguida los labios de Rey le callaron.

Caminaron hasta el lecho sin separa su bocas, lentamente. Ya sentados, la necesidad de respirar se hizo urgente.

–Se supone que vine a reclamarte por tu actitud en la cena.

–¿Y tu padre le reclamó a ese marinero por ofenderme?

–Tú empezaste con esa referencia al duelo.

–Es verdad. –admite en tono resignado, Aragorn abre su camisa y hecha atrás la cabeza para dejar expuesta la garganta– ¡Castígueme mi amor por retar a uno que lo llamó asesino!

El otro empieza a besarle el cuello, sus manos acarician los hombros y el pecho del hombre. Aragorn se dedica mientras a las ropas de su elfo, desea desnudar esa piel alabastrina y siempre fresca. Los abrazos van subiendo de intensidad hasta que pierden el equilibrio y se desploman: el hombre sobre el elfo. El mortal aprovecha la breve pausa para lanzar lejos su camisa y besuquear el cuello de su pareja. Legolas no se queda quieto: de un leve empujón invierte las posiciones y ataca los pezones del hombre, a la vez que se deshace de su propia camisa. Habla en los intervalos de sus chupetones.

–Debiste contenerte... por tu culpa... tendremos a ese latoso... en la partida... y tendremos que... contabilizar los trofeos... ¿Entiendes?

Con un hábil juego de manos el Rey toma la parte superior del pantalón del elfo y tira: el Príncipe cae a su lado, definitivamente desnudo. Su mano alcanza la dureza del inmortal.

–Perdone su Alteza a este mortal desesperado, pero juro que la idea del reto no se me ocurrió hasta que lo vi saltar para ir con nosotros.

Legolas se arquea de placer, mientras el Rey le acaricia, todas las miradas despectivas de Gondor se vuelven un juego.

–El mortal ha sido perdonado, pero deberá cumplir una penitencia.

Con movimientos espasmódicos desata las cintas que sujetan el pantalón del hombre, e, imitando su juego de manos, logra desnudarlo por completo y dejarle tendido. Pone los brazos de Elessar en cruz.

–No te muevas, –posa un dedo en sus labios– y no quiero oír ni un ruidito. ¿Claro?

Aragorn asiente, feliz de que Legolas asuma un rol activo en su relación. Después de todo, no se casó con una tierna doncella.

El Príncipe lame lentamente el torso de su esposo, le divierte sobremanera escuchar los suspiros contenidos del mortal y cómo el ritmo de su respiración se agita. ¿Tal vez fue muy exigente al prohibirle el sonido? Se detiene un poco en el ombligo, es una de las dos cicatrices que comparten.

Siempre le ha fascinado el asunto de las marcas que conservan los humanos tras una buena refriega. Bueno, su hombre no era material de estudio para ello, pues la sangre élfica le salvaba de tales recuerdos. Era algo para preguntar después.

Se dedica ahora a los muslos. Los vellos tienen gran densidad en la zona, pero se desprenden muy fácil del hombre para quedar en la lengua del elfo. Se atraganta, empieza a toser, tiene al fin que apartarse y ponerse una mano en el pecho, la tos sube de intensidad hasta que el Rey no se contiene y estalla en carcajadas.

–¿De qué te ríes?

–Es que he tenido una idea de lo más graciosa...

–¿De veras?... No sé cómo... esto es lo más, quiero decir, lo menos romántico...

–Lo sé amor, lo sé –Aragorn tiene lágrimas de risa– Te cuento: Se me ocurrió de repente que, cuando pida tu mano a Thranduil, él contestará "¡Imposible!" muy indignado. Entonces yo debo fingir inocencia ¿no? y pedir a su Élfica Majestad razones que impidan nuestra relación. El Rey podrá enumerar tradiciones y leyes, pero el argumento absoluto llegará al decir: "... y por peludo. Si Aragorn, se de muy buena fuente que si un elfo y un hombre se aman, el inmortal puede morir asfixiado con un vello de su amante. ¡Mi hijo no morirá de manera tan indigna!" ¿Te lo imaginas?

–Aragorn... lo que acabas de decir es de una insolencia ¡absoluta!

–Pero si tú también te estás riendo.

Legolas toma un almohadón y golpea al hombre.

–¡No es cierto!

El mortal se arma de igual manera y riposta.

–Sí te estás riendo. Te ríes de un chiste sobre tu padre.

–¡Calla! –nuevo almohadazo.

–Ahora sí. Le contaré todo a Thranduil y te va a desterrar.

El intercambio de golpes ya no se detiene.

–¿Tu crees? Acaso te mande a cortar la cabeza.

Corren por toda la habitación, desnudos y risueños.

–Oh, no. Yo soy el Rey de los Hombres. Tú serás desterrado de todos los reinos élficos y deberé darte asilo en Gondor.

–Puede que Ferebrim me busque allá.

–¿Y cómo va a vivir?

–Tal vez consiga empleo en Umbar.

–Tienes razón, se le nota la tendencia a codiciar lo ajeno.

Detienen la persecución, sus cuerpos, iluminados por el fuego de la chimenea, comparten el tono rojizo–dorado de las llamas. Han quedado muy cerca, las respiraciones son irregulares, sus ojos brillan.

–¿Sabes? Tengo una idea más divertida que la anterior.

El rubio enarca las cejas con fingida inquietud.

–¿Incluye a Lord Elrond?

–No. –la sonrisa pícara reaparece– Solo estamos tú y yo.

–Mmmm... Interesante.

–Propongo que terminemos lo que interrumpió tu tos. Quiero ser tuyo esta noche.

–De acuerdo, pero tengo una condición.

–Dime.

–Te voy a acariciar los muslos solo con las manos.

El Rey de Gondor se pega con fuerza al cuerpo de su amado y le lame el lóbulo de la oreja. Susurra las últimas palabras coherentes de la noche.

–Estoy en tus manos, esta vez tú tomas todas las decisiones.

--------------------------------------------------------------------------------

El tiempo pasó de prisa, ambos terminaron exhaustos y felices. Legolas permaneció despierto, acariciando los oscuros cabellos de Aragorn, quien se durmió abrazado a él. Había sido maravilloso reencontrarse con aquel cuerpo que sentía ya como complemento del suyo.

–Ya no nos separaremos de nuevo.

El hombre lo escuchó entre sueños y esbozó una leve sonrisa.

–Legolas, te amo. –dijo bajito, y estrechó un poco el abrazo.

Entonces el Príncipe escuchó los movimientos del cambio de guardia: el amanecer se acercaba. Suavemente apartó las manos para levantarse, debía llegar a su habitación antes de que los pasillos se animaran. Al ponerse en pie algo similar a un golpe lo lanzó de regreso, la habitación empezó a dar vueltas.

El choque contra la cama despertó al Rey de golpe, halló a Legolas desnudo y tendido de través, con las manos cubriéndole el rostro.

–¿Qué ocurre?

–No lo sé. Me estaba levantando y... todo empezó a dar vueltas.

–Estás sudando frío.

Entonces Hoja Verde sintió que toda su vida se le agolpaba en la garganta.

–¡Llévame al baño! Por los Valar, tengo que llegar.

Pero el hombre sabía que el elfo no podría hacerlo por sus pies, así que lo tomó en brazos y alcanzó la habitación vecina. El muy digno Príncipe Consorte se inclinó y empezó a devolver comida mientras su cuerpo era recorrido por fuertes temblores. Su esposo tuvo que sostenerle la cabeza para que no chocara con el servicio.

Largos minutos en los que no es escucharon más que arqueadas, y susurros de amor con los que el hombre intentaba calmarle.

–¿Ya? –un leve asentimiento– No hables, te llevaré a la cama.

Una vez allí Aragorn lo arropó y fue a buscar algo en su equipaje, volvió con un baso de agua y un puñado de hierbas.

–Mastica esto –ordenó, el amante había dejado paso al sanador.

Cuando los colores volvieron al rostro de Legolas la tensión de su rostro disminuyó un poco y le presentó una escudilla.

–Ahora escupe y toma agua.

El elfo lo hizo todo sin rechistar, las fuerzas estaban volviendo, y sin ellas no podría escurrirse y pretender que había dormido en su recámara. Notó que su esposo estudiaba las hojas medio maceradas y sonreía. Necesitaba respuestas, y pronto, o toda la discreción mostrada frente a su padre y el resto del castillo habría sido inútil.

–¿Qué me pasa? ¿Reacciones secundarias por haber tomado a un hombre?

–Más bien reacciones secundarias tras haber sido tomado por un hombre, mi querido Príncipe. Reconozco que, sin tu confesión de ayer, esto habría sido un acertijo sin solución para mí.

–No entiendo.

–Entiendes, pero te niegas a aceptarlo. Hace veintisiete días de nuestra noche de bodas, y ya tienes los primeros síntomas. Vaya premura que tiene mi inmortal.

–No puede ser... –a la mente de Legolas vino la conversación de pocas noche atrás, Halladad le había recomendado esperar unos años, a que hubiera paz, a que lo aceptaran en Gondor, y...–No puede ser tan pronto. ¡Ahora no es el momento!

–¡Cálmate! Yo también creo que es muy pronto, mas ahora el heredero está en camino. ¿Qué vamos a hacer?

Pero la rabia de Legolas necesitaba salir.

–Es fácil para ti, no eres el que se pasará el próximo año encerrado en el palacio de Gondor mientras su esposo defiende las fronteras. ¡La guerra aún no termina y yo con panza como una mujer!

–¡Si me lo hubieras advertido entonces, habríamos tomado medidas!

Ahora casi grita

–¿Me estas culpando? ¿Insinúas que te mentí?

Aragorn se detuvo en seco, el elfo estaba perdiendo el control por el asombro, pero él no podía dejarse llevar. Respiró hondo.

–No, es responsabilidad de ambos, un hijo de los dos. Ahora no hay tiempo mi amor, sé que debes alcanzar tu habitación y pretender que dormiste allí. ¿Puedes caminar?

Legolas dio unos pasos apoyado en el hombre, al principio vacilaba, luego las fuerzas volvieron por completo.

–Me voy –el Príncipe se sentía un tanto avergonzado por su exabrupto– Yo… no se por qué me alteré tanto.

–Yo sí, es el bebé –estrecha la mano de su esposo para darle ánimos–, te va a cambiar bastante. Mira Legolas, no es el momento, pero hay muchas cosas que no debieron ocurrir y ocurrieron, si nos amamos podremos hacerle frente también a esto. ¿De acuerdo?

–Hablaremos durante la cacería, haré que mi hermano aparte a Ferebrim.

El Rey asiente, aunque una parte importante de los servidores sean leales a los hermanos, en el Bosque siempre habrá menos oídos que en el Palacio, y el heredero de Gondor creciendo dentro del Príncipe de Mirkwood, sí que es un asunto escandaloso. Casi va a abrir la puerta cuando recuerda la temeridad de su esposo.

–Te lo advierto, si te acercas a algún orco menos de cinco metros, te amarró a mi espalda.

--------------------------------------------------------------------------------

Halladad llegó a las habitaciones de su hermano para bajar juntos a desayunar. Deseaba verle, deseaba violentamente estar a su lado desde que comprendiera que no compartirían la inmortalidad en el bosque de su infancia, que ni siquiera podrían reencontrarse en Valinor. Legolas había resultado más arrojado y decidido de lo que todos esperaban, eso lo llenaba de alivio, pero, a la vez, de melancolía.

Ya frente a la puerta de la tan conocida habitación, justo antes de tocar, le pareció escuchar un sollozo. Afinó el oído, pero ahora brotaba un silencio anormal de la puerta, quién quiera que llorase se había callado al escucharle llegar, y sabía quién estaba ahí dentro. Entró sin anunciarse.

–¿Legolas? –encontró al príncipe desnudo, sentado frente a la casi apagada chimenea, el traje de montar hecho un bulto a su lado, se precipitó a abrazarle– ¿Hermanito?

–Papá tenía razón Halladad... No debí salir de aquí nunca.

–¿De qué hablas? ¿Papá estuvo aquí?

–No. Yo tampoco estuve esta noche aquí. No estoy aquí ahora.

–Hablas palabras sin sentido. –le sacude por los hombros– ¡Responde! ¿Qué pasó? ¿Aragorn y tú discutieron?

–Algo...

–Ahora mismo voy a verle, prefiero que te quedes aquí con Ferebrim a que marches a Gondor para que te haga trizas el alma.

Pero Legolas le retiene.

–Fue mi culpa, todo es mi culpa. No debí salir de nuestro Mirkwood, ni marchar en la Comunidad, ni casarme con un hombre sin decirle todo sobre mi.

–¿El no entendió lo de tu fertilidad?

–Oh, si. Entendió bastante bien, y ahora debe estar muy feliz. Soy yo el que está prisionero de su cuerpo, soy yo quien ya lleva al heredero de Isildur por no haber tomado precauciones en la noche de bodas.

–¡¿Ya?!

Halladad se queda de piedra, esperaba que el temperamento vehemente del hombre hubiese provocado alguna pelea tonta, pero... En verdad este embarazo viene a trastornar los delicados planes que habían esbozado durante esos días, en las pocas horas en que Ferebrim no les asediaba. Por las breves palabras de Hoja Verde, su hermano dedujo que el descubrimiento se había producido antes de que Legolas hablara de sus inquietudes sobre los habitantes de la Ciudad Blanca.

–¿Qué te dijo?

–Dijo que él también lo considera apresurado, pero que ya está en camino y habrá que hacerle frente. Que hablaríamos fuera del palacio, si logras mantener a Ferebrim a raya.

–Eso es razonable. ¿Entonces por qué no te has vestido, por qué lloras?

–No lo sé. Me quité la ropa y tomé estas, entonces vi los carbones rojizos entre las cenizas y me dio una tristeza tremenda. De repente estaba llorando y deseaba que Saurón nos devorase a todos.

–¡Vamos! –comprende al fin el mayor– Se trata de unos de esos cambios de humor que le dan a los gestantes. –Legolas lo mira sin entender– Quiero decir que no hay razón para llorar, sino que lo deseas porque es uno de los tantos síntomas del embarazo: cambios violentos del humor sin razón aparente.

–¿Entonces?

–Verás que después de un buen desayuno no queda ni rastro de tu depresión. Anda, te ayudo a vestirte.

Le hizo levantar y empezó a ponerle las ropas como cuando era solo un pequeño de cien años. La rutina cargada de antiguos significados pareció tranquilizar al joven elfo. Para cuando se colgó las flechas a la espalda parecía casi feliz.

Cuando van a abrir la puerta Halladad recuerda la temeridad de su hermano, y las posibles implicaciones en su estado actual.

–Te lo advierto ahora Legolas, si te veo demasiado cerca de los orcos...

Pero el Príncipe Consorte le interrumpe, su voz tiene el tono reposado y firme de siempre.

–Te recuerdo que no soy un padre soltero. Ya mi esposo me advirtió que, si me acercaba más de cinco metros a un orco vivo, me ataría a su espalda. ¿Satisfecho?

–Si, y agrego que, cuando se canse de cargarte, yo tomaré su lugar. –incluye una última amenaza en tono malicioso– Y luego tendrías que explicarle a Papá por qué trajiste menos trofeos que un hombre.

TBC...

No hay comentarios.: