¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

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30 abril, 2007

DE LEYES Y VENGANZAS 9

AFLICCION

Sirius descendió del helicóptero aferrando su maletín, que amenazaba escapar por las ráfagas de aire que lanzaba el maldito aparato. Estaba medio helado, pero la seguridad de que en pocos minutos vería a su hijo le daba ánimos. Corrió hacia la salida de la pista, donde un hombre de cabellos castaños muy cortos le esperaba junto a un jeep.

–¿El señor Black? –preguntó con marcado acento.
–Si –el hombre prefirió mostrarse amable y responder en francés a su vez–, yo soy Sirius Black.
–Jean Dupon, capitán de inteligencia militar. Venga –y señaló al jeep– son diez minutos en auto.

El británico asintió y se acomodó en el asiento trasero del vehículo junto a Dupon, en cuanto emprendieron la marcha el francés retomó el diálogo.

–Debo decirle que me siento honrado, usted es una leyenda.
Pero Sirius movió la mano en gesto negativo, sus años con la contrainteligencia habían acabado.
–Comprendo que no desee que se lo recuerden –se disculpó el capitán–, pero no podría dejarlo creer que acá no tenemos memoria. Será tratado con todo el respeto que se merece. Ahora a lo nuestro: el chico está bien, no tiene más que arañazos, lo cual es lógico, ya que estuvo cubierto en su caída por el asiento y el cuerpo de Diggory. Mientras usted estaba en el aire, el coronel Shaklebolt estuvo en contacto con nosotros y ya intercambiamos bastante información. Es una lástima, pero todo indica que tienen razón: fue sabotaje. –Sirius solo asintió y apretó los labios– También chequeamos al resto de los viajeros, pero el único blanco potencial de ese bus era su hijo.

Sirius volvió a asentir y la desesperación casi le para los pulmones. Él había regresado, ese accidente era la señal definitiva, pero ¿era necesario un adolescente muerto para confirmarlo? Se sentía tremendamente culpable por la tonta seguridad con que viviera los últimos tiempos. Harry estaba sufriendo por su ineficaz protección, por suerte Cedric... Los remordimientos le mordían el alma: su alivio llevaba nombre y apellidos. Trató de apartar esos pensamientos.

–¿Y los demás?
–Bien, dentro de lo que cabe. –el hombre enumeró con los dedos de la mano– Una rodilla rota, varias costillas, un muchacho en shock, el chofer está muerto, y es lástima, porque sospechamos que era un agente de ellos.
–¿El cuerpo de Diggory?
–En la morgue, no hay nada que cubrir respecto a eso. Murió por múltiples fracturas y hemorragia interna, nada extraño, pues la caída fue de casi quince metros.

El auto llegó a la entrada de una pequeña clínica, donde la lluvia invernal y los álamos sin hojas presagiaban helada. Dejaron de hablar mientras Dupon guiaba a Sirius por los pasillos llenos de agentes y doctores hasta una puerta de suave color azul.

–Es aquí. –el hombre fue a entrar, pero el capitán lo retuvo– Su hijo se ha portado muy bien, ¿sabe? El resto del equipo gimoteaba o lloraba, y cuando comprendieron que uno de ellos había muerto se pusieron histéricos, pero Harry no. Se nota que es un Potter.
Sirius le dedicó una sonrisa triste, no estaba seguro de que a Harry le gustaran semejantes comparaciones.
–Gracias. –dijo simplemente y entró.

La habitación era azul, y de tamaño suficiente para que cupiera una cama, con su mesita de noche, varias sillas y un sofá, pegado a la ventana donde repiqueteaba la lluvia, más allá había una puerta que supuso el baño. Los agentes habían puesto el equipaje del chico a los pies de la cama. Sirius se tomó unos instantes antes de acercarse a su hijo, que estaba tendido en la cama, completamente vestido. Con cuidado, desnudó al chico y lo metió entre las mantas, luego se tendió en el sofá y se durmió.

No lo despertó el sol, sino el estrecho abrazo de Harry. El hombre se desperezó a prisa y enfrentó los brillantes ojos verdes con calma. Había decidido no forzarle a hablar, pues para el chico aún era complicado exponer sus sentimientos. Harry les había contado por teléfono, desde Ámsterdam, acerca de su relación. Pero aún cuando hubiese planeado esperar hasta su regreso, aquella llamada y su actual expresión de desamparo eran absolutamente elocuentes. Lo había amado y lo había perdido, sin posibilidad de retorno, en una semana. ¿Se podía imaginar castigo más cruel para un adolescente? Las miradas se mantuvieron en el pesado silencio del amanecer, una perdida, otra expectante.

–Llévame a verlo, por favor.
–¿No hay un "me alegra verte"?
El chico hizo un claro gesto de impaciencia.
–Necesito verlo –insistió– Luego nos iremos a casa.
–Primero te bañas.

Harry asintió sin más comentarios, tomó su maletín y se perdió en la puerta del fondo. Sirius aprovechó esos minutos para arreglar con Dupon su visita a la morgue, tranquilizar a Remus por teléfono e intercambiar las últimas noticias con Shaklebolt. De la ducha salió un joven elegante y de ojos ligeramente tristes que le recordaba a su Harry, que lo ocultaba, de hecho. Esa máscara no le hizo demasiado feliz, pero Sirius pensó que, en todo caso, era más discreta y oportuna.

En el depósito de cadáveres el chico se comportó con cautela: tan solo miró con intensidad el cuerpo inerme y pronunció un adiós acaso demasiado hondo. Sirius y Dupon trabajaron duro: los franceses deseaban librarse de Harry y los británicos recuperarlo, así que pudieron tomar un avión a las cinco de la tarde en el más estricto secreto. El resto del equipo llegaría a la mañana siguiente.

Una vez en la casa, Harry ignoró a todo el clan Weasley y corrió a encerrarse en el cuarto de sus padres. Remus apenas pudo decirle que los Diggory habían llamado para invitarle a la ceremonia fúnebre. Sirius despidió a los visitantes con cansancio y se puso a chequear los periódicos en busca de alguna nueva señal de Él. Lamentaba el desplante dado a los pelirrojos, pero deseaba estar a solas con su pareja, confesarle sus temores y tratar de aliviar su culpabilidad. La jornada terminó sin incidentes notables.

Parecía que el trabajo desplegado por las agencias de seguridad de ambos países daba fruto, pues los titulares concedidos al accidente fueron más bien discretos, pero la bomba estalló cuatro días después, para el entierro. Todo estaba relacionado con la periodista freelance Rita Skeeter, la cual había conducido una investigación independiente para el periódico Amanecer. La Skeeter se las arregló para que un anodino agente de la policía local le concediera un souvenir de la billetera de Diggory, un pequeño objeto que nadie echaría de menos. El objeto en cuestión era una tira de fotografías automáticas, que se transformaron en portada del Amanecer en la estratégica tirada de la mañana correspondiente al entierro. En las fotos, Cedric y Harry se besaban con pasión, el titular no podía ser más elocuente: "Cedric Diggory murió por amor". Amanecer rompió ventas esa mañana y provocó una gran afluencia de público al cementerio donde los familiares habían organizado una modesta ceremonia. En poco tiempo, las televisoras estaban comentando el artículo –bastante especulativo–, las declaraciones de los padres del difunto –católicos tradicionalistas– y de la bella Cho Chang –autotitulada novia del difunto.

Ajeno a todo ello, Harry Potter terminaba de ajustarse el nudo de su corbata negra ante el espejo del baño. La verdad es que estaba un poco pálido y débil, pero no deseaba comer desde el incidente del bus. Bajó despacio las escaleras hasta la cocina, donde sus padres le esperaban con semblante preocupado. Se sentó lentamente, para disimular su debilidad, y esperó a que Remus le sirviera su habitual taza de chocolate. Trató de concentrarse en el humeante líquido, pero la intensa mirada de Sirius lo obligó a subir los ojos.

–Harry –dijo el hombre con voz suave– ¿De veras quieres ir?
–Por supuesto. –respondió el chico con voz fría– ¿Hay alguna razón para no ir?
Vio la duda en los ojos del hombre y su interior tembló. Sabía que fuera de su círculo familiar su breve noviazgo podía ser muy mal visto, pero se había comportado bien, o todo lo bien que podía hacerlo. Las alarmas se dispararon en su cabeza.
–¿Qué ocurre?
Pero Remus resolvió el asunto rápido, al poner un ejemplar del periódico sobre la mesa.
–Esto ocurre.
Los ojos del chico se deslizaron incrédulos sobre su propio rostro ampliado para cubrir la mitad del tabloide. Hubo unos minutos de silencio, los dos hombres esperaban la decisión del menor, ya calmados de sus propias rabias y respetuosos de aquella herida que alguien se empeñaba en mantener abierta. Al fin Harry levantó los ojos, unos ojos oscuros por su orgullo herido, por su intimidad profanada. Dejó el periódico a un lado, como si careciera de importancia, y comentó apurando su taza.
–Se hace tarde.

Los Weasley habían dudado sobre si asistir o no al entierro, pero cuando un primo de Deacon que repartía periódicos llegó con un ejemplar aún fresco del Amanecer todas sus dudas se esfumaron. Los siameses propusieron demandar a la Skeeter; Percy y Bill exhumar cuando documento probara sus desviaciones éticas y entregarlo a la competencia; Charlie y Arthur tuvieron que aguantar a Deacon, decidido a buscar a la maldita perra y desaparecer su cuerpo; Molly y Ginny lloraban abrazadas, conmovidas por la fantasiosa descripción del breve y fatal romance; Ron llamó a Hermione por teléfono y, entre contradicciones y frases de "no me lo puedo creer" le dio su versión del asunto, complementada con el sospechoso empeño de Cedric en engrasar sus pistolas junto a Harry. Al cabo, fue la joven de revuelto pelo castaño quien impuso la única actitud razonable: apoyar a Harry en el cementerio y dejarlo elegir sus argumentos.

Fue por eso que, cuando Harry y sus padres salieron de la casa a las nueve de la mañana, se encontraron a Mione y Ron junto en la puerta del garaje, mientras dos autos llenos de cabezas pelirrojas esperaban en la calle. El chico se sintió mejor ante tan absoluta muestra de apoyo y una diminuta sonrisa acentuó su palidez.

La ceremonia fue lo más repulsivo que Harry viviera en años: Los periodistas y curiosos estaban apostados en el camino hacia el panteón familiar, gritaban preguntas, pero también ofensas. Ya dentro, debió enfrentar a la histérica señora Diggory, que le recitó unos versículos de su Biblia, acusándolo de poco menos que corruptor de menores, como si él no hubiese tenido quince y Cedric diez y ocho. La ceremonia fue larga y aburrida, la pasó mirando el ataúd y recordando a su Cedric en las callejuelas húmedas de Bolonia o haciendo equilibrios sobre los grandes diques de Holanda. Tras los primeros quince minutos el ayuno se hizo sentir y las rodillas le temblaron, se tuvo que apoyar en Ron. En la despedida, avanzó unos pasos y. con deliberada lentitud, dejó caer una rosa roja en la fosa. Las luces de las cámaras casi lo ciegan en ese gesto, pero Mione y Ron le sostuvieron. Sirius y el gitano empujaron duro, pero lograron abrir una brecha para regresar a los autos. Harry no miró atrás, pero lloró en el asiento del auto, por los quince años anteriores y los quince por venir.

TBC...

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