¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

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30 abril, 2007

DE LEYES Y VENGANZAS 15

En el Petit Eiffel

De: "Harry Potter" ‹hjpe@saxamail.com›
A: "Draco Malfoy" ‹draconis@nobility.uk›
Asunto: INVESTIGACION DE QUIMICA

Saludos Malfoy:
Adjunto a este mensaje el texto del seminario en formato .rtf, para que lo valores. ¿Podemos vernos en un par de días para hablar de ello? Disculpa la premura, pero es que Hermione sigue ajena al proyecto y Ron, ¡es Ron!
Como entiendo que mi casa te puede resultar incómoda, nos veremos en cualquier otro sitio.

HP


Sirius miró a Draco por varios segundos, inseguro sobre la actitud a seguir. El carraspeo de su hijo le sacó de su momentánea distracción.
Ambos hombres rompieron el contacto visual, un tanto avergonzados, y giraron hacia el más joven, Harry les miraba intrigado.
–¿Pasa algo?
El padre trató de desviar la atención.
–¿Ya llegó Remus?
–Hoy tiene reunión entre la gente del MST y el Banco.
–Oh, si, lo había olvidado. –empezó a sacarse el abrigo, y se esforzó por dar un tono casual a sus palabras– ¿Me presentas a tu amigo?
Harry aún mantuvo sus inquisitivos ojos verdes sobre Sirius durante una eternidad antes de hablar.
–Este es Draco Malfoy, vino para ayudarme en un proyecto escolar. Draco, este es Sirius Black, mi padre.
–¿Black? –inquirió el rubio mientras adelantaba la mano.
–Padre adoptivo –aclaró–. ¿Eres el hijo de Lucius?
Draco se permitió entonces una media sonrisa y asintió.
–Creí que lo habías olvidado.
Sirius negó suavemente.
–¿Cómo olvidar a Lucius? –apretó un poco los labios y miró al joven Malfoy con atención. Volvió a hablar muy despacio– Supe lo de Narcisa. Lo siento, si tú lo sientes.
–No lo siento –declaró simplemente Draco.
Harry volvió a carraspear, y ellos se volvieron. Lucía incómodo por la exclusión.
–¿Les importaría explicarme?
–Mi madre se llamaba Narcisa Black –explicó Draco con voz desapasionada–, era prima hermana de tu padre, aunque a ella no le gustaba recordarlo.
Harry asintió, satisfecho a medias, pero estaba acostumbrado a los silencios de Sirius sobre su familia.
Draco giró hacia el otro hombre.
–Ahora debo irme. Estoy aquí desde la una y mi padre puede preocuparse.
El de ojos azules asintió comprensivo y le abrió la puerta.
–Vuelve cuando quieras.


De: "Draco Malfoy" ‹draconis@nobility.uk›
A: "Harry Potter" ‹hjpe@saxamail.com›
Asunto: Re INVESTIGACION DE QUIMICA

Potter:
Eres bastante observador, solo que tu habilidad parece errática. Lástima.
Este martes termino mi entrenamiento a las 3: 40 pm. Puedo dedicarte el resto de la tarde.
Saluda a tus padres.

DM



Harry pasó su tarjeta por la cerradura electrónica y entró. El Club de Esgrima era un sitio amplio, decorado en plata y verde, con esa extraña mezcla entre lo antiguo y lo contemporáneo que hacía de Haowgarts un complejo fascinante.

Atravesó el recibidor en busca de la zona de entrenamiento. A ambos lados, las paredes de la habitación estaban ocultas por estantes llenos de trofeos de hasta 400 años de antigüedad. Casi al final, el anaquel del siglo XX mostraba pocos premios. Recordó las palabras de Marcos Flint en la Asamblea: "Hace tres años, el señor Malfoy fue elegido el capitán más joven de la historia de Howgarts en el siglo XX. Bajo su dirección, el equipo llegó a competencias de nivel nacional, algo casi olvidado en nuestro club". Entonces, esa copa del nivel superior era un logro de él.

La pared del fondo era un gran mural que historiaba el desarrollo de la esgrima. Todas las figuras estaban orientadas hacia el centro, donde una alta puerta de roble permanecía entre abierta. La empujó y pasó al local siguiente.

El sitio bullía de actividad. Era un gimnasio con el tamaño de tres aulas regulares del colegio, violentamente iluminado por varias lámparas que colgaban del techo. El suelo estaba cubierto de linóleo verde y las paredes laterales estaban historiadas, como en el recibidor.

Nadie reparó en su entrada.

A la izquierda, una docena de párvulos de entre 12 y 13 años hacía calistenia. En el fondo, otros se afanaban desembalando armas –Marcos Flint parecía dirigirlos. Pero el grupo mayor estaba a su derecha, siguiendo un enfrentamiento. Harry se acercó allí con la esperanza de encontrar a Draco entre los espectadores.

Sobre la plataforma de esgrima, un hombre y una mujer cruzaban sus aceros. Ella llevaba una melena muy corta, los mechones de color castaño ni siquiera tocaban el cuello de su traje blanco. El hombre vestía de negro y recogía su cabello rubio, casi blanco, en una cola de caballo. No dudó por un instante que se trataba de Malfoy. Aguardó en silencio.

Viendo aquel combate, Harry entendió que la mascota de este equipo fuera una serpiente. Los movimientos de ambos eran fluidos y eficientes, con una velocidad y precisión escalofriantes. La ajustada malla del rubio marcaba su tórax a penas definido y su vientre plano, también el surco que el sudor construía por su espalda y axilas.

Las fintas y rechazos continuaron por diez minutos más. El moreno consultó su reloj (3:30 pm) y se preguntó si Draco recordaba su reunión. Entonces, el rubio saltó hacia delante con violencia repentina para flexionar de inmediato su pierna derecha hasta quedar casi horizontal. La mujer dudó un instante en recomponer su defensa, pero fue suficiente para que él alcanzara su pecho de abajo hacia arriba con limpieza absoluta. Los indicadores rojos anunciaron el fin del combate y el público aplaudió entusiasmado.

Los esgrimistas regresaron a sus esquinas y se dedicaron sendas reverencias antes de quitarse las máscaras. El rostro de Draco estaba ligeramente sonrojado por el esfuerzo, ella sonreía.

–Está usted en plenitud de facultades, señor Malfoy.
El bajó la cabeza con modestia.
–Usted me dejó vencer, señorita Hoch.
–Ojalá –repuso ella, sin tratar de ocultar su satisfacción, y se alejó.

Al quedarse solo, Draco calló sobre sus rodillas, se encorvó y apoyó una mano en el entarimado. Su respiración era entrecortada y cada inspiración le tensaba todos los músculos del cuello. Harry se apresuró hacia él, asombrado de que nadie pareciera interesado en el ataque del rubio. Le puso una mano en el hombro.

–¿Estás bien?
Malfoy levantó los párpados, confundido. Sus ojos estaban desenfocados y tardó varios segundos en reconocer a su interlocutor.
–Potter. –dijo al fin, volvió a halar aire con dificultad– ¿Qué haces aquí?
–Tenemos que hablar de química, ¿recuerdas? –se detuvo por un instante en aquellos labios entreabiertos, delgados, rosados, casi femeninos. Cuando las venas del cuello, azules y tensas, se hincharon ante sus ojos una vez más, tragó en seco–, pero podemos posponerlo.
El rubio respiró dos o tres veces antes de empezar a sonreír.
–¿Lo dices por esto? Siempre acabó de esta forma. No te preocupes, es un modo de aliviar tensión. –se apoyó en uno de los hombros del moreno y se irguió con cautela– Me ducho y nos vamos a la biblioteca.

Se alejó despacio, sin esperar respuesta. Regresó quince minutos después, perfectamente vestido. Había recuperado su palidez habitual y la expresión dura.

–Listo.
–Escucha –dijo Harry mientras se dirigían a la puerta principal del Club–: tengo hambre, y la biblioteca debe estar llena. ¿No te apetece comer algo?
Draco se detuvo junto a los trofeos de 1760 y fijó su intensa mirada gris en Harry.
–Potter –arrastró un poco las sílabas– ¿qué insinúas?
El otro se sonrojó algo, pero insistió.
–Digo que salgamos a comer, Malfoy.
Draco admitió para si que era una sensación extraña esta, se le estaban mezclando miedo, asombro y alegría. Pero la razón se impuso y acudió a las palabras del ojiverde como defensa.
–No debo creer que esta comida es una cita o algo así, supongo.
De repente, las inscripciones latinas de las añejas copas y medallas parecían muy interesantes para el Capitán del Equipo de Tiro. Respondió sin mirarle.
–Solo quiero que seamos amigos. –resopló y sacudió la cabeza, sus palabras parecían pesarle, pero se atrevió a enfrentar la mirada gris y algo curiosa de Draco– El echo es que me interesas, Malfoy. Me interesas mucho porque eres primo de Sirius. ¿Entiendes?
En Draco se mezclaron el alivio y la decepción.
–Entiendo.

Salieron en dirección al parqueo en silencio. Ya cerca de las puertas, el rubio recordó algo.
–¿Reservaste en algún sitio?
Harry volteó hacia él, con expresión sorprendida. ¿Le había olvidado de nuevo?
–¿Reservaste mesa en algún restauran, Potter? –repitió.
–Si, ¡claro! –contestó con calor–, en el Petit Eiffel.
–Es un buen sitio –admitió.

Bajaron las escaleras hasta el estacionamiento, Harry se encaminó hacia su deportivo sin pensarlo, pero Draco miró, indeciso, su propio Rolls Royce. El chofer sostenía la puerta y esperaba en pose marcial.

–Preferiría ir en mi auto.
Harry giró, sorprendido. Luego echó una mirada desconfiada hacia el interior del lujoso vehículo y Draco se sintió a medias avergonzado. Vicent Grabbe era algo más que su chofer, los compañeros del Club lo sabían y no cuestionaban su presencia, pero ¿qué decirle a Potter?
–Si hablamos sobre química durante el viaje –propuso–, tendremos toda la comida para los relatos de la familia Black.
El moreno ponderó un poco la situación.
–Necesito este para regresar a casa.
El rubio sonrió con seguridad.
–¡Eso no es problema! En lo que comemos, Grabbe puede venir por él.
Harry asintió y se movió hacia el lujoso coche negro, Draco le siguió feliz y relajado.
–Al Petit Eiffel –dijo a su guardaespaldas antes de cerrar la puerta de cristales blindados.

En realidad, apenas hablaron del proyecto durante su viaje. Ambos sabían que era un pretexto para pasar otra tarde juntos. Para que no quedara de su parte, Draco extrajo el informe de su bolsa y lo pasó al autor. Harry lo hojeó al descuido, había varias notas al margen de esmerada caligrafía. Eran cuatro y se referían a mínimos errores de redacción.

–Gracias.

Draco solo se encogió de hombros y miró el paisaje urbano con falsa concentración. En el fondo, estaba levemente agraviado por las razones de la cita. "Es mejor así, razonó, Salvador es un tipo peligroso" Pero la lógica no le alivió la amargura. Intentó recordar el sitio a donde se dirigían. Estaba seguro de que lo había visitado, pero ¿en qué circunstancias? Odiaba el pantano en que se convertía su cerebro a menudo.

El auto frenó suavemente y la puerta se abrió con un chasquido. Draco salió primero, al verse frente al alegre edificio de líneas art–nouvo el corazón le dio un brinco. ¿¡Era aquí!? Sintió a Potter salir del coche, entregarle las llaves al chofer y detenerse a su lado.

–¿Entramos?

Draco sintió su máscara facial a punto de caer. Sabía que, a pocos metros, Grabbe esperaba, presto a protegerlo a la menor señal de pánico. ¿Entrar? Potter esperaba, con sus ojos brillantes ante la perspectiva de saber más sobre Sirius. Sus gruesos labios estaban ligeramente entreabiertos, con una dulce sonrisa ¡tan ingenua! Ahora fue el rubio quien tuvo que tragar en seco.

–Entramos.

Aún cruzó los dedos antes de atravesar el anacrónico umbral de el Petit Eiffel.

El capitán se inclinó interminables veces al ver a Potter –al parecer era habitual– y ensanchó más su sonrisa –si tal cosa fuera posible– al reconocer a Draco.

–Joven Conde. ¡Cuánto tiempo! Nos alegra tanto su regreso.
Draco barrió al tipo con los ojos y se inclinó sobre Harry.
–El acento francés es falso –susurró a la vez que acariciaba el lóbulo de la oreja con su aliento.
Harry rió quedo. Draco no sabía, ni deseaba saber, si por el comentario o sus cosquillas. El Capitán soltó una risita cómplice, que le valió, tal y como el rubio esperaba, la agria respuesta del moreno.
–Bueno Antuan, ¿acaso vamos a comer de pie?
El hombre se recompuso de inmediato y los guió a un reservado con puertas de corredera hechas de cristal de colores.
Les alcanzó las cartas, pero Harry apenas miró la suya, parecía comprobar algo, más que elegir.
–De entrante cóctel de camarones, luego ensalada de papa y huevos, carnero estofado, sin vinagre, aunque eso ya debes saberlo y… helado de chocolate con nueces.
Draco le dedicó una mirada atónita. ¿Dónde iba a meter Potter toda esa comida? El capitán terminó de anotar y giró hacia él.
–Cóctel de frutas como entrante, luego pargo a la plancha, sin aliños, una ensalada de col y tomates y café capuchino.
Ahora el ojiverde era el asombrado.
–¿Qué? –le interpeló incómodo.
–¿Y nada más? –tanteó.
Alzó una ceja, intrigado.
–¿Perdón?
–¿No vas comer nada más? ¿Solo un pescadito?
El rubio solo bufó y devolvió la carta al capitán con brusquedad.
–¿Qué van a tomar los señores? Si me permiten recomendar…
–Leche. –exclamaron los dos.

Antuan repitió su fatua reverencia y se dirigió a la puerta del privado. Draco tomó una uva de la fuente de frutas que presidía la mesa y comenzó a arrancarle la piel con los dientes, ignorando la inquisitiva expresión de Potter. No habló hasta que la puerta se hubo cerrado, ocultando la estúpida sonrisa del capitán.

–Tengo que contar las calorías Potter. Alguien me quiere fuera del equipo, ¿recuerdas?
El otro asintió, Draco habría jurado que sus esmeraldas brillaban con enfado. ¿Estaría siendo muy condescendiente?
–¿Así que eres Conde?
–Mi padre es Conde –rectificó–, y maldito si deseo ese título. –dejó vagar los ojos por la estancia, tratando de recordar cuándo había estado allí– Cuando uno es el Vigésimo Sexto Conde de Slytering, por ejemplo, le obligan a casarse con mujeres como Narcisa Black, sobrina del Duque de Gryffindor, prima segunda de los Herederos de Sussex, Camarera Hereditaria de la Reina y solo Dios sabe cuántas inutilidades más.
–¿Dices que los Black son nobles?
–¿¡Estás loco!? No son nobles –Draco hizo un gesto despectivo con la mano–, sino uno de los linajes más antiguos de Europa. Noble es como se llaman a si mismos los inútiles con árboles genealógicos más o menos bonitos y alguna intriga de alcoba a la altura del siglo XVII. Los Malfoy –se señaló a sí mismo–, los Black –señaló a Harry– y algunos otros, podemos rastrear nuestros antepasados hasta la corte de Adriano.
–¿Adriano?
–El emperador romano –el moreno le miró sin entender– ¡El amante de Antinoo, Potter!
–¡Ah!, si, claro, el que mataron en Egipto ¿no?
Draco le contempló escandalizado por varios segundos.
–¿De verdad que no sabías nada de eso?
Harry jugó con su tenedor, avergonzado.
–Sirius es muy cerrado sobre su vida antes de conocer a Remus, Lily y James en la universidad. Dice que ellos fueron su verdadera familia.
–Tampoco es de extrañar… –el rubio se calló, la puerta se abría ya para dar paso al capitán y un camarero.

Harry tuvo la certeza de que Antuan estaba un poco decepcionado de hallarles charlando civilizadamente, lo cual le recordó la ligera repulsión del rubio cuando entraban y la hipócrita sonrisa del capitán. ¿Qué historia era esa? Una no muy linda, estaba seguro. Pero tampoco era su asunto, ¡por supuesto! Ahora le correspondía armarse de paciencia hasta que los dos hombres partieran.

Pinchó un trocito de camarón y lo sumergió bien en la mayonesa antes de acercarlo a sus labios. Las puertas volvieron a cerrarse.

–¿Y por qué no es de extrañar su alejamiento de los Black? –preguntó cuando el agradable picante del marisco se extendía a lo largo de su garganta.
–Porque los Black siempre fueron unos malditos tradicionalistas y tu padre es cualquier cosa, menos tradicionalista. Como futuro Duque de Gryffindor debía ser católico, casarse con una muchacha cuyo apellido, al menos, se remontara al siglo XII, estudiar una carrera militar, votar por los conservadores y jugar golf o criquet con los amigos del club, que serían sus hermanos, primos y demás parientes. Es un mundo cerrado, lleno de silencios sobreentendidos y tradiciones que nadie cuestiona. ¿Te lo imaginas en la "imposible" decisión de aceptar o no a la invitación a pasar el verano en Italia con los reyes de Grecia, entre dos manos de pocker?

Harry no pudo menos que reír ante la escena. Era en verdad ridícula. Draco le sonrió de vuelta y tomó una pequeña porción de pescado.

–¿Tu madre era Camarera de la Reina? –el rubio asintió– ¿Y Sirius renunció a todo ese mundo por Remus?
Los ojos de Draco se estrecharon, ¿había en las palabras de Potter un dejo de admiración por sus parientes?
–No te entiendo. –evadió con cuidado.
–Quiero decir, los Black, los Malfoy, todos ustedes. Son gente importante ¿no? Si él hubiera estado en buenas con sus parientes, no le habrían tenido diez años en Azkaban. ¿Es en verdad tan insoportable? Tú pareces muy normal.
–Creo haber mencionado que tu capacidad de observación es errática –repuso Draco con una sonrisa helada.
Las mejillas del moreno se colorearon ante la ofensa y se concentró en masticar su carnero por varios minutos. Extrañamente, fue el rubio quien rompió el silencio.
–¿Por qué no le preguntas estas cosas a Remus?
–Hay algo… Me da la impresión de que le duele ¿sabes? Le duele hablar de los Black. Tal vez ellos le ofendieron o algo así, y no me extrañaría, por como los describes.
El joven Malfoy asintió y revolvió su pescado, dudó mientras levantaba el tenedor, pero otro vistazo a Potter pareció convencerlo.
–Si te digo… Esta parte debes jurar no contarla a nadie que no sea de la familia.
–Vamos, Draco ¿qué cosa tan terrible puede ser?
–Una en verdad fea, Harry.
El moreno pestañeó, consciente de pronto del tuteo. Miró interrogante al rubio.
–¿Harry?
El otro se encogió de hombros.
–Eres mi primo, no creo que Sirius tenga un hijo biológico a estas alturas. El caso es que, cuando mi tío-abuelo, el Duque de Gryffindor, supo de la relación de tu padre y Remus, mandó tras él a Augustus Rookwood, un viejo amigo suyo. Debía separarlos y devolver a Sirius al seno de la familia, como fuera.
–¿Como fuera?
–No se mantiene una posición sin algo de violencia. El caso es que Rookwood probó de todo, desde intentos de seducción hasta sacar a relucir el desastroso estado financiero de los Lupin, pero Sirius seguía en sus trece y se fueron por la vía radical.
La acentuación en la última palabra no le gustó al ojiverde. Una idea revoloteó ante sus ojos, pero… Era inconcebible ¿verdad?
–No… ellos no le hicieron daño a Remus ¿verdad?

Draco no le miró a los ojos. Se limitó a tomar un nuevo trozo de pescado y sumergirlo en la mayonesa que restaba de los camarones. Engulloó el extraño bocado con un mordisco donde saña y sensualidad se igualaban, un gesto rapaz y elocuente. El moreno apartó la vista, asqueado de su propia comprensión.

–Tu padre lo encontró cuatro días después, en una cueva dentro de nuestra posesión de Gales. Cuando estuvo seguro de que no iba a morir, se apareció en el club, era el cumpleaños de mi madre, y dio un escándalo… Después de eso no volvió a casa de los Black.
–¿Y Remus?
–Tenía fractura craneal, creyeron que quedaría inválido, o ciego. No había con qué pagar, pues estaba en Oxford gracias a una beca. La mitad de la cuenta bancaria de Sirius se fue en tratamientos y cirugías.
Harry permanece callado, tiene un nudo gigantesco en el estómago. El humeante carnero casi le produce arcadas. ¿Ese es el linaje del que habla Draco? Ahora comprende que Sirius no hable de ellos, que no mire hacia atrás en su vida.
–¿Por qué lo hizo? Era la persona que amaba su hijo ¿no? Es que el Duque no tenía…? –un sollozo le corta la pregunta, pero el rubio comprende.
–¿Alma? No lo creo.

Las lágrimas corren libremente por su rostro, y Draco siente una envidia terrible ante esa capacidad. Descargarse, dejar ir el dolor y la furia sin importar los testigos. La espontaneidad de Harry, su ingenua cólera, le parece un tesoro inesperado.

Muy despacio, se levanta y rodea la mesa. Se hinca de rodillas y contempla las mejillas congestionadas, los ojos rojos, los labios hinchados de morderlos. Toma una servilleta y seca con suavidad un surco húmedo. Ante el contacto, Potter levanta los párpados, claramente sorprendido de su cercanía.

–¿Por qué? –repite.
–Era un castigo –explica con un hilo de voz–, un castigo por amar.

Enjuga una gota de agua amarga que cuelga del mentón del joven. Sus ojos coinciden y Draco solo sabe que debe alzarse un poco, que la distancia entre sus labios debe cerrarse o perderá algo maravilloso, algo que se le ofrece ahí, vivo e inesperado, algo que ni siquiera supo antes que deseaba.

El beso es suave, cariñoso, lleno de confianza y consuelo. Apenas un roce de labios que le marea más que todos los enchufes de su vida. Muy cerca están las esmeraldas de Potter, de nuevo sonrientes. La misma intensidad de su visión hace a Draco recuperar la cordura. Retrocede aprisa y cae sentado en la moqueta azul y marfil.

–¿Qué me has hecho?
Harry lo mira extrañado.
–¿Qué te he hecho? Me parece recordar que dijiste ser hetero.
–Mentí. –trata de aclararse ante la mirada ofendida del otro– Bueno, no mentí exactamente. ¡Uf! Es una historia larga, Harry y no suelo contarla al primero que me habla en los baños de la escuela. ¿De acuerdo? –se levanta y va por su abrigo.
Esperaba salir de la estancia y huir, pero Potter logra reaccionar a tiempo y alcanza uno de sus brazos. Le tira sin contemplaciones contra un sillón.
–¡Espera!
–Déjame ir. Mañana lo habrás olvidado y será para mejor.
Harry se ubica frente a él y levanta la mano hacia su mejilla en gesto automático.
–¿Acaso te gusto?
Todas sus alarmas saltan sin control. ¿¡Dónde está Grabbe!? Como golpeado por un látigo, el rubio se encoge y sus ojos reflejan un pánico animal.
–No, por favor. –gime.
Harry retira la mano de inmediato y le mira con fijeza.
–¿Qué diablos…?

Se aleja unos centímetros. Poco a poco, Draco recupera el control de sus emociones y se yergue. Harry le sonríe, inseguro.

–Solo déjame ir. –pide con todo el aplomo que halla en su interior.
–No soy de los que besa por gusto, y creo que tu tampoco, Draco. ¿Por qué te asusta tanto?
–Porque soy un Malfoy, Potter. Ya oíste la historia ¿no? La gente como yo no ama.
–Sirius ama.
–Deseas que te pase lo que a Remus, ¿entonces?
Harry se muerde los labios, Draco se las arregla para sonreír con cinismo.
–Bueno, supongo que hice bien en contarte de qué somos capaces los de mi raza.
Le empuja levemente y se dirige a la puerta despacio, sabe que, si deja entrever su debilidad, el moreno caerá sobre él y ya no podrá irse sin cubrirlo de besos.
–¡No puedes irte! –la enfática afirmación le detiene con una mano ya en el picaporte– Me debes tu vida y la de Blaise, y sabes de qué es capaz Salvador.

TBC...

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