¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

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30 abril, 2007

DE LEYES Y VENGANZAS 12

ENCUENTROS

Draco Malfoy estaba de pésimo humor. Eran las diez de la noche de un cálido sábado y estaba desde las ocho buscando una dirección en el asqueroso Soho. Aunque su rostro permanecía impasible, sus manos estaban crispadas sobre el volante y los ojos, tan claros que parecían pedazos de Mar del Norte, echaban chispas. Volteó hacia su copiloto.

–Creo que no lo vamos a encontrar.
–Tiene que ser por aquí –respondió su compañero–. Demos una vuelta más.

Draco suspiró. Lo que más le fastidiaba era la ridícula situación en que se encontraba por su falta de carácter. A Blaise se le había antojado hallar y fotografiar un mural callejero que viera en un reportaje de la BBC esa tarde. Estaba solo en casa, así que no dudó en llamar a Draco y obligarlo a dejar su plan de juerga discotequera. Lo cierto era que a cualquier otro, Draco lo habría mandado al carajo, pero no a su amigo Blaise Zabini.

Echó una mirada al joven y notó un leve temblor en sus manos. ¿Blaise habría tomado su medicamento? De veras que extrañaba a Pansy, ¿cómo no se confundía con los extraños nombrecitos de las píldoras y sus frecuencias? Al saberse observado, el chico ocultó las manos en los bolsillos y habló.

–Disculpa que te estropeara los planes, pero es que la imagen del TV me hablaba, ¿entiendes? Era, era...
–¡Si me vuelves a decir que era un cuadro con la fuerza del verbo de Dickens, te tiro del auto! Sabes bien que me importa un bledo, ese mural no se puede desmontar y vender, por tanto, está fuera de mi área de interés.
–De acuerdo amigo, de acuerdo. –se encogió en su asiento y aferró la cámara nervioso.
–Bueno, me he pasado. Algunas cosas que no se venden también me gustan. La verdad Blaise, estoy nervioso. Este no es un buen barrio y hay que moverse despacio para reconocer tu pared pintada.
–Mural urbano –rectificó el otro.
–¡Eso mismo! Pero el problema está en que despacio, por aquí, a las diez de la noche, solo van los polis y los que compran droga.
–¿Y tú cómo lo sabes?
–No quieres saber cómo lo se.
Llegaron al final de la calle, atravesaron un parque sucio y Draco detuvo la marcha en la explanada de una gasolinera abandonada. Se enfrentó a Blaise.
–Admitámoslo: no vamos a encontrar el sitio así. –detuvo con un gesto la protesta del otro– Esto es lo que haremos: en la mañana temprano llamamos a la BBC y pedimos la dirección exacta del sitio. Vendremos durante el día y, si aún te interesa hacer las fotos, regresaremos de noche.
–Vale –aceptó Blaise, miró hacia fuera con aprensión–. ¿Crees que es seguro, tú sabes, salir a orinar?

Malfoy lo pensó un poco. No era buena idea bajar del auto, pero Blaise no se lo pediría de no estar apurado, para regresar a casa faltaban sus buenos cuarenta minutos, y ya le temblaban las manos. Apagó el motor de un gesto.

–Vamos.

Dieron unos pasos hacia el edificio abandonado, Draco activó la alarma del auto y dio un giro para abarcar el parque. Sus farolas rotas a pedradas no eran alentadoras. En cierta época, habría entrado allí de inmediato, pero ya no, en especial no esa noche. Sumido en sus recuerdos no se dio cuenta de que avanzaban demasiado detrás de la construcción, cuando quiso detener a su amigo ya era demasiado tarde: una figura se escabulló en las penumbras y el filo de la navaja le erizó la piel.

–Mira lo que nos trajo el viento. –articuló una voz rasposa pegada a su oreja.

Eran solo dos, dos yonquis que recién se habían pinchado. Draco lo supo por sus pupilas dilatadas, las pieles ajadas y pálidas, la risa idiota que les bailoteaba en los rostros. El que retenía a Blaise tenía el pelo color ceniza, la mano que lo oprimía llevaba un pesado anillo, seguramente barato, les apuntaban con navajas bastante afiladas. No deseaba saber más de ellos. Su mente empezó a barajar posibilidades, pero con Blaise a remolque estaba muy jodido.

Su amigo le miraba con una cara de vergüenza infinita, no por las navajas, sino porque sus pantalones estaban mojados. Pobre Blaise, debía estar calculando el costo de renovar la tapicería del auto. ¿Qué importaba la tapicería ahora? Si salían de ahí sin heridas, le permitiría vomitar el asiento trasero hasta el 2000. Los tipos discutían qué hacer cuando el sonido de unos frenos y un motor que se apagaba los hizo callar. Pasos y voces que se acercaban. Inquietud en sus ojos. ¿Temían algo? Por el ruido eran dos jóvenes que buscaban urinarios gratuitos.

–Apresúrate Salvador, ya vamos tarde.
–No vamos tarde por mi culpa.
–Pero es a ti a quien esperan.
–Saben que estoy contigo, ¿qué me puede pasar?
–¿Has visto el auto ese? No es buena señal.
–¡Vamos Príncipe! Es de algún niño pijo que se deja follar por un negro dentro de la gasolinera.
–Esta no es zona de eso, sino de yonquis. Sabes que no soporto a los yonquis.
–Ya acabo, ya acabo. ¿Ves?

Los pasos se alejaron. Draco supo que era su única oportunidad de salir sin que Blaise saliera más dañado. Con la fuerza de la desesperación lanzó al tipo por sobre su hombro. El compinche lo miró con extrañeza y bajó la guardia, gesto que Draco aprovechó para tomar de la mano a su amigo y correr. Doblaron hacia la calle y vio las espaldas de Salvador y Príncipe. ¿Cuál sería cuál? Sintió dos respiraciones desacompasadas tras de si.

–¡Auxilio!

Los hombres voltearon. Con la escasa luz de los faroles del auto, Draco pudo reconocer el gesto para desenfundar un arma. Por un instante, sus ojos y los de uno de ellos coincidieron, eran de un verde muy intenso, y le hablaron. Asintió en la carrera y se dejó caer al suelo, arrastrando consigo a Blaise. Dos disparos, pero bastaron para casi dejarlo sordo y poner a su compañero como gelatina en terremoto.

–Shhh, ya está bien –lo abrazó mientras el otro se revolvía en el suelo–, ya acabó todo. Nadie te hará daño.
–Panzy –gimoteaba Blaise–. ¿Quién disparó sobre Panzy?
–Nadie le disparó, Blaise. Panzy está bien. –le ayudó a levantarse y sacudió un poco su chaqueta– Ahora vas al auto y te sientas. Iremos a casa y la llamaremos.
–¿La llamaremos?
–Si, y sabrás que está bien.

Sentó a su amigo y volteó en busca de sus salvadores. Como suponía, los dos le contemplaban con extrañeza a prudencial distancia. Se acercó despacio, alegre de que su rostro fuera irreconocible a la incierta luz nocturna y sus cabellos estuvieran cubiertos por el ajustado pasamontañas. Uno era alto y delgado, de piel bronceada, tenía tipo de gitano, el segundo era de altura similar a la suya, más joven, tenía una revuelta cabellera negra y los brillantes ojos verdes que tan extraña sensación le provocaran. Se detuvo y observó a los tipos tendidos en estrambóticas posiciones, cada uno con un balazo en la frente.

–¿Están...?
–Si. –afirmó con calma el mayor, reconoció su voz como la del tal Príncipe.
–Gracias. –repuso en su tono más frío.
–No es nada, debes haber oído que no soporto a los yonquis.
–Sin embargo, alguien podría preguntar ¿no? –carraspeó incómodo– Lo hicieron por nosotros y pueden verse en un aprieto.
–¿Por estos? –Príncipe movió con la punta de su zapato la pierna del de pelo ceniciento– No me parece. Por suerte usaste el arma de la izquierda Salvador.
–Si. –respondió el de ojos verdes– Sería lástima tener que botar la nueva. –miró con extraña intensidad a Draco– ¿Te conozco?
Draco sintió un escalofrío. ¿Era alguien de los viejos tiempos o un intento para averiguar más de él y chantajearlo? Prefirió ser cauto.
–No creo. Volviendo a nuestro asunto, puedo expresar mi agradecimiento de alguna forma.
Los hombres frente a él parecieron extrañarse ante la idea.
–Pediste ayuda, nada más. –declaró con sencillez el gitano.
–Oh –fue todo lo que pudo decir, chequeó su reloj– Bueno, entonces debo irme. Mi amigo... –hizo un gesto de cansancio– No debí traerlo.
–Ve con Dios. –se despidió el mayor.

Draco echó a andar, tenía unas ganas locas de volver y dejarle su tarjeta a Salvador, pedirle una cita y llevarlo a cenar a sitios que pocos mortales visitan, pero se contuvo. Ellos eran matones a sueldo, o algo peor. Simplemente les había hallado de buenas. Dio la vuelta al vehículo y lanzó una última mirada entorno. El joven estaba mirándolo, supo que no había dejado de mirarlo mientras se dirigía al coche. Sus ojos volvieron a cruzarse, fue apenas un segundo.

Draco Malfoy condujo todo el camino a casa con un agradable calor en las mejillas.

TBC...

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