¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

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30 abril, 2007

DE LEYES Y VENGANZAS 11

VIVIR

Los entrenamientos organizados por el MI6 eran de lo más discretos, en el mismo gimnasio de la escuela y con la ayuda de profesores contratados de manera legal. El principal era Aberforth Dumbledore, que enseñaba técnicas de combate, de allí surgió el mote del grupo: "Ejército de Dumbledore", ED para abreviar. Estas prácticas reunían a miembros de diversos clubes, de modo que Harry se sorprendió al descubrir que Terry y Hannah habían estado por cuatro años en su aula de Botánica –¡nunca los había visto!– y sus padres habían sido amenazados de muerte por Voldemort. Incluso, algunos alumnos llegaron trasladados de otros colegios para incorporarse, como Neville, el hijo de Fran y Alice Longbottom, muertos el mismo día que los Potter.

Harry estaba contento de ir de los entrenamientos de tiro, a los de combate y de allí a seguir el plan de estudios de Hermione. Había descubierto que, si estaba lo suficientemente cansado, no tendría pesadillas en la noche. Se esforzaba por estudiar fuerte y ayudar a los miembros del ED –en especial a la temblorosa bola de carne fanática de las ranas llamada Neville–, pero no era generosidad, sino instinto de sobrevivencia. Si deseaba matar a Voldemort tendría que ser fuerte, se lo debía a Cedric, a Lily, a James, a Sirius y Remus, y el resto de los agentes Fénix. De esta manera la depresión fue sepultada por la gran meta que Harry se impuso: ser vengador y no asesino, o sea, no fallar, no tener daños colaterales o balas perdidas. Detener al bastardo y cerrar el lazo que les unía.

Todo eso era un secreto, por supuesto, sus padres no sabían que deseaba matarlo. Hermione lo había supuesto –"Honestamente Harry, ¿quién creería que tus horas de biblioteca son espontáneas?"–, Ron puso los ojos como platos cuando ella le exigió mayor responsabilidad ante semejante objetivo–daba por sentado que él lo sabía–, pero se calmó rápidamente –vivir con un gitano le había enseñado el significado del término venganza. Pero con los demás temía irse de lengua, cometer alguna indiscreción. En busca de privacidad dentro del plantel, Harry se acostumbró a pasar sus horas libres en el campo de tiro o el gimnasio, donde sólo podían acceder los miembros de los clubs deportivos. De este modo, y siempre con el escudo de un libro –curricular o no– fue reduciendo sus contactos al ED, los Weasleys y sus padres.

Aunque el segundo semestre de cuarto y las vacaciones de verano comenzaron a cerrar las heridas que el acoso de la prensa dejara en el chico, el dolor por la pérdida no desapareció, sino que devino fenómeno latente. Cedric era la marca amarga en el carácter de Harry, y salía a flote por las más diversas asociaciones mentales. Por supuesto, también estaba Riddle, pero lo que sentía por él era un odio visceral que asustaba a Hermione y ponía cauteloso a Ron.

Quinto fue un año excepcional. No se trataba solo de su actitud esquiva, sino de dos nuevos profesores que le descentraban de manera diversa.

Dolores Umbrige era una nueva adquisición del claustro para la siempre compleja asignatura de Debates Sociales. El "engendro académico" llamaban muchos a tal materia, surgida en un año de furias vanguardistas y nunca eliminada del programa, aunque la dirección del centro no se ocupara de definirla de manera estricta y muchísimo menos de asegurar maestros para ella. Cada año había una novedad segura en Hogwarts: el nuevo profesor para Debates Sociales. De la Umbrige, se decía que deseaba escalar y que un año de enseñanza en tan antiguo centro luciría muy bien en su currículo. Provenía de una antigua familia noble, degradada a finales del XIX y pronto fue evidente que deseaba ganarse a los alumnos de la aristocracia con claros favoritismos. También dejó claro que su víctima favorita sería Harry Potter, involuntario sex simbol e ícono de los gays –declarados o encubiertos– de la escuela.

Tras una semana de clases, la profesora emitió un informe donde definía a Potter como agresivo y carente de concentración. La dirección respondió asignando al chico reuniones con el psicólogo del centro, el misterioso Severus Snape.

De haber sido maestro, Snape nunca habría tenido problemas para mantener un aula en orden. Delgado, pálido, de pelo largo hasta los hombros y negro, tan negro como los ojos y sus ropas, no era imponente, sino francamente intimidante. Nadie le había escuchado gritar, aún así, sus gélidas miradas y sus oportunos sarcasmos dejaban sin habla a los más sagaces alumnos. Pero Snape no era maestro, sino psicólogo, y ejercía más como asesor de estrategias pedagógicas que como terapeuta. El rumor le atribuía un turbio pasado en el ejército, de donde le habían expulsado por negarse a colaborar en extraños experimentos en el Pacífico. Hablaban también de una extraña afición por la química y las serpientes que a las chicas les parecía fascinante y a los varones falsa, o repulsiva.

El día de su primer encuentro, Harry bajó al sótano con el corazón en un puño. Poco sabía de los terapeutas –aparte de su experiencia con Susan–, y, aunque Snape fuera parte de la Fénix, sus miradas de desprecio no le daban buena espina. Escuchó un seco "adelante" y entró a un despacho, muy iluminado, decorado en verde y marrón. Snape lo contempló desde su mesa y Harry recordó a Dorcas Meadowes, ¿serían parientes?

–El señor Potter, nuestra nueva celebridad.
No le pasó desapercibido el sarcasmo, pero prefirió obviarlo.
–Vine a mi terapia, señor.
El otro le hizo un gesto para que acabara de entrar.
–¿La necesita usted?
El chico se encogió de hombros y el adulto se dio por satisfecho, cambió de tema.
–¿Tiene deberes que hacer? –Harry asintió– Vaya allí y estudie. –señaló un pupitre al fondo de la estancia– No tengo tiempo que perder en mocosos.

El chico no hizo comentarios y se dirigió a la mesita. Sentía la mirada de Snape clavada en su cuello, pero no iba a darle la satisfacción de voltear o hacer preguntas idiotas sobre el pasado que compartían. Deseaba estar solo, y si Snape se lo ponía fácil... Con el paso de las semanas, Harry empezó a pasar más tiempo allí, agradecía su silencio discreto y el relativo aislamiento de su despacho. Pocos profesores y ningún alumno bajaba hasta los sótanos, tampoco sonaba el teléfono, nunca había pasado tiempo con Cedric en esa zona: era un espacio libre de recuerdos incómodos.

Su rendimiento académico mejoró un poco, pero el acoso de la Umbridge no disminuyó. Cuando fue evidente que Snape no le ayudaría a descalificarle, la mujer tomó el asunto en sus manos y visitó personalmente los entrenamientos de tiro. A mediados de octubre, Harry había sido elegido capitán del equipo, puesto que permanecía vacante desde la muerte de Cedric, el chico agradeció el gesto y se entregó de lleno a tal labor. El nombramiento incluía una licencia para portar armas de fuego pagada por el Asociación de Tiro Deportivo de Gran Bretaña. Pero la profesora, manipulando los comentarios de varios alumnos, argumentó que una persona con tanto resentimiento interior y un carácter inestable, no podía andar por ahí, libre de disparar a quien quisiera.

Aquello colmó la paciencia del chico y la siguiente clase de Debates Sociales pasó a la historia. Potter recitó la Epístola de San Pablo a los Corintios durante los cincuenta minutos, en inglés y latín alternativamente. Para colmo, "alguien" había manipulado las cámaras de seguridad, de modo que la clase fuera transmitida en los televisores del resto de la escuela y apareciera en vivo en internet.

La prensa se dio gusto. Snape fue cuestionado: ¿de qué servía su terapia? El hombre les regaló su gélida sonrisa y una sola oración: "Funcionaría si ella dejara de acosar a mi paciente". Dolores respondió que solo trataba de hacer su trabajo, pero alguien recordó que su cometido no incluía valorar las actividades deportivas de los alumnos. El debate se dilató, salieron a colación la difícilmente clasificable asignatura Debates Sociales, la estructura elitista de los clubes deportivos de Hogwarts, el sentido de la monarquía en Gran Bretaña, los derechos de los homosexuales, los menores de edad y las minorías étnicas (en una de sus declaraciones mencionaron de refilón a Deacon Neagu y sus primos), el sentido de la caza deportiva y si transmitir clases desde un sitio web que no especificaba tal servicio era legal o no.

El asunto llegó a los tribunales en diciembre. Dolores Umbridge demandaba a la dirección de la escuela por sufrir estrés laboral, solicitaba dos millones de libras, la expulsión de Harry Potter y Severus Snape y la revisión del programa que regía Debates Sociales. El público estaba encantado. Los tabloides semanales hacían grandes tiradas para las mañanas de domingo, donde resumían el Caso Hogwarts y sus progresos, más de cien grupos de internet debatían el suceso y convocaban encuestas de opinión. La profesora estaba frenética, sus demandas y quejas a los medios desbordaban imaginación, Potter solo sonreía a las cámaras y declamaba fragmentos de la Biblia en hebreo (¡¿?!), Snape no hacía comentarios.

Tal vez, solo una persona estaba satisfecha con el giro que habían tomado los acontecimientos.

Sirius Black, porque mientras Harry gozara de visibilidad sería un objetivo difícil. El renovado interés de la prensa por su hijo le permitía rodearlo de guardaespaldas sin llamar la atención de los vecinos o del mismo chico. El pequeño Potter fingía ignorancia, pero un sofisticado sistema de seguridad se desplegaba a su alrededor las veinticuatro horas del día, ahora, con periodistas y curiosos a cada paso, su enmascaramiento era mucho más sencillo. Black y el coronel Shaklebolt pasaban largas horas tratando de hallar una pista que los condujera al responsable del accidente en Francia, pero el hombre había cubierto muy bien sus huellas. Como un cazador que se aparta presto de la trampa, para que el animal no sienta su olor y escape, así había puesto intermediarios Tom Riddle entre la gestión del bus y su persona.

Sin embargo, Riddle, no daba señales de vida. Parecía tan muerto como lo había estado en los últimos catorce años, aún así, los del MI6 lo suponían demasiado vivo y demasiado cerca para su propio gusto. Tenían razón.

Cada día, Riddle despertaba con el rostro de Harry Potter en las pupilas, no el de este joven de diez y seis años y luminosos ojos verdes, sino con el bebé que fastidiara sus planes. Había vuelto a Europa para matarle, pero nunca contó con su asqueroso ángel de la guarda y su capacidad para encontrar personas dispuestas a morir en su lugar –recordó que eso había salvado el pellejo de James veinte años antes. El errático desarrollo del Caso Hogwarts le fastidiaba, pues Dolores quedaría inutilizada como agente tras tanto escándalo y el objetivo: quebrar a Potter psicológicamente y hacerlo vulnerable a las "muertes asistidas"no se vislumbraba.

La idea había surgido a partir de los informes respecto la profunda depresión del chico tras la muerte de Diggory, pero no funcionaba. En algún punto de su desarrollo, Harry había comenzado a percibir el acoso de la profesora como un ataque premeditado y su instinto de supervivencia le impulsaba a mantenerse calmado y alerta. Por otro lado, el dispositivo de seguridad se estrechaba, perfectamente enmascarado en las multitudes que le rodeaban. Dentro de la escuela era intocable y fuera de ella lo vigilaban los del MI6 o los gitanos.

Cuando el chico se aficionó a pasear por el Soho a deshora, acompañado por los siameses Wesaley o en solitario, Riddle creyó que su oportunidad llegaba. Por suerte para él, chequeó a la presa antes de darle el zarpaso y notó una vigilancia más sutil y eficiente que la del MI6, la del los habitantes del barrio. No hubo manera de contratar a un asesino dispuesto a despacharle, todo porque Deacon Neagu había corrido la voz: el chico estaba bajo su ala y un niño protegido por el Príncipe de los Gitanos es sagrado para el hampa londinense, por elemental sentido práctico. Ni siquiera Riddle podía garantizar protección frente a los gitanos.

Para la primavera, parecía que el público perdía el interés en el caso, pero el puntillazo final a la carrera de Dolores Umbridge como profesora, y espía, lo dio Rita Skeeter con otro largo reportaje independiente, esta vez en El Quisquilloso. Con material de primera mano, la periodista denunció la contrata de Dolores y el posterior financiamiento de su campaña como un plan de varios miembros del Consejo Educacional de Hogwarts para desestabilizar a Minerva McGonagall, la directora.

Con su conocido estilo: acucioso y especulativo a la vez, la Skeeter explicaba cómo varios miembros del respetable Consejo –que funciona en calidad de asesor para las políticas instrumentadas por el centro– se habían aliado para denunciar la irresponsable conducción del colegio en manos de la McGonagall, elegida veinte años atrás. La idea era insertar un agente desestabilizador en el claustro y nada mejor que la ridícula asignatura Debates Sociales. Harry Potter debía ser el primer paso en el plan, pues su declarado homosexualismo era botón de muestra –para los complotados– de una decadencia que la directora no detenía. Una vez expulsado, abundaba la periodista, la Umbridge sería promovida al flamante puesto de Alta Inquisidora de Hogwarts, para velar por el mantenimiento de las buenas costumbres y elevar el estándar moral de alumnos y profesores. El reportaje venía acompañado de abundantes fotos y citas textuales. Como Amanecer un año antes, El Quisquilloso batió records de venta ese mañana y debió reeditarse.

Harry leyó el texto con una oscura satisfacción interior. Ron y él tomaron sol esa tarde en los jardines de la escuela, y releyeron en voz alta los pasajes más escabrosos del artículo, donde se explicaba cómo Dolores había sido elegida por aquella fracción del Consejo Educacional. A su alrededor, estudiantes y empleados sostenían el tabloide y estaban concentrados en la lectura.

Harry respiró profundamente, feliz de que el plan hubiese sido descubierto. La demanda quedaría fuera de lugar, estaba seguro, y la profesora tendría que marcharse. Hogwarts volvía a ser suyo, para recrearse en su dolor u olvidar las heridas, pero suyo. Ya no tendría que memorizar más frases para los periodistas, aunque acaso continuara estudiando hebreo, era un idioma musical y poético cuya flexibilidad le asombraba. Bueno, tenía aún tres meses para pensarlo. Miró a Ron, que señalaba una oración especialmente burlesca, trato de ver a qué se refería, pero una sombra sobre el papel le obligó a levantar la vista. Los amigos guardaron repentino silencio ante la imponente figura de Severus Snape.

–Señor Potter, ¿me permite unas palabras?
–Se... seguro profesor.
El chico se levantó a prisa, sacudiéndose el trasero con palmadas, y siguió al lúgubre psicólogo hasta un viejo roble. El hombre se volvió y lo enfrentó, su rostro impasible, como siempre.
–Creo que le dará gusto saber que sus sesiones de psicoterapia han sido suspendidas.

Harry sonrió, las sesiones junto a Snape, que empezaron en el silencio, pero al cabo cimentaron una discreta amistad, habían sido lo mejor de su semestre. La erudición de aquel hombre le dejaba frío y su capacidad para explicar era innata, había disfrutado mucho las terapias devenidas sesiones de estudio.

–Lo suponía. –comentó cauteloso.
Le pareció ver un leve brillo de complicidad en sus ojos de ónice, pero nunca esperó la siguiente frase.
–Debo admitir, señor Potter, que si todos los pacientes fueran como usted, volvería a dar consultas de manera regular. Si tiene algún otro problema puede pasar por allá.
–Lo tendré en cuenta.
Snape asintió y giró para irse, Harry no apartó los ojos de su figura.
–Por cierto –dijo ya marchándose– mi amigo Jason Isaac opina que su acento es maravilloso. Desea saber si planea continuar sus clases.
–Llamaré a Jason, creo que podemos reducir la frecuencia, pero terminaré el semestre, luego veremos.
Snape hizo un gesto de comprensión con la mano, se alejó en silencio. Harry regresó al sitio soleado que compartía con Ron, el pelirrojo lo contemplaba asombrado.
–¿Me quieres decir que fue todo eso?
–Nada, Snape vino a decirme que suspendieron mis horas de terapia, por el artículo, supongo.
–¡No hablo de eso! –se impacientó el otro– sino de que ustedes dos parecían ¡amigos!
–¿Amigos? –se extrañó el ojiverde– No me parece. Pero, ¿qué tendría de malo?
–Vamos compañero, es Snape. No volverás a nada por su despacho ¿cierto?
–Ron, a veces eres tan infantil. ¿Qué crees que hice todas estas semanas, cuando te perdías con Mione?
El rostro de su amigo se puso pálido de repente. Sus siguientes palabras fueron apenas balbuceos.
–No me digas que te acuestas con él. ¡Por favor!
–¡Por Dios, Ronald! Snape podría ser mi padre. No me gustan tan mayores. Es solo que pasamos mucho tiempo juntos y conversamos, es un tipo genial ¿entiendes? Es agradable conversar con él. Nada más.
Ron resopló con fuerza y sacudió la cabeza, la imagen repentina de su amigo siendo clavado por el vampiro le había asustado. Harry decidió que lo mejor era cambiar de tema.
–Oye ¿te invito a una pizza familiar en la esquina?
Ron estuvo en pie de un salto y corrieron a la salida del colegio, felices, ajenos a la multitud de ojos que seguían sus movimientos.

TBC...

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