¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

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23 abril, 2007

DE LEYES Y VENGANZAS 1

UN FANTASMA DEL PASADO

Ante la puerta del penal había un movimiento inusitado. Azkaban era considerada la cárcel de mayor seguridad en Gran Bretaña, a sus celdas solo iban a parar los más violentos y los más escurridizos, por la misma razón, casi nunca salían para contar cómo era, y menos a los periodistas. Pero esa tarde de junio sería diferente: los reporteros de casi todo el mundo estaban ahí para transmitir, en vivo, la caminata hacia la libertad de Sirius Black, el primer británico en salir vivo y exculpado de Azkaban en cincuenta años.

Black, encerrado diez años atrás por el supuesto asesinato de catorce personas, había retado al gobierno desde el primer día, afirmando su inocencia. Nueve años y dos semanas después ganaba su caso y una indemnización de diez millones de euros. Ahora los reporteros esperaban ansiosos, deseosos de que el apuesto ex-carcelerio les concediera unas palabras antes de abordar al auto donde le esperaba Remus Lupin, su abogado.

-¡Ahí viene! -gritó una chica de la CNN golpeando a su camarógrafo.

Los lentes giraron hacia la callecita. En efecto, caminando con natural elegancia venía un hombre de unos treinta años, con cabello negro hasta los hombros y ojos azul cobalto, debía medir un metro ochenta y su espalda parecía poderosa bajo el modesto traje negro. En cuanto estuvo al alcance de la voz, los corresponsales empezaron a vociferar sus preguntas, a cual más alto que el de al lado. Black los ignoró hasta que estuvo cerca del auto, entonces giró y les hizo callar con un gesto imperioso.

-Muchas gracias a todos por estar aquí esta tarde, pero no deseo responder a sus preguntas, algunas -y clavó los ojos en la chica de la CNN- han sido muy indiscretas. Mi declaración será breve, pero no será la última. -el hombre se detuvo un momento, y los camarógrafos aprovecharon para enfocar su rostro en close-up- He demostrado, en el juicio, que deseo regirme por las leyes de mi nación, aunque estas leyes sean imperfectas. De ahora en adelante debo rehacer mi vida, recuperar estos casi diez años. Me he trazado un plan, que por ahora mantendré en privado, pero espero que todo esté en orden para septiembre. -Black miró a las cámaras fijamente, como si deseara transmitir un mensaje a cierta persona especial- Voy a recuperar a mi familia.

Y sin una palabra más entró al auto y se perdió en la carretera que llevaba a Londres.

Las declaraciones y los comentarios acerca del polémico caso fueron noticia en todos los noticieros vespertinos de Occidente y los matutinos del Lejano Oriente; en el Medio Oriente se intercaló con las noticias de los coches bombas, y luego la noticia fue retransmitida una y otra vez, de modo que pronto todo el mundo con TV, periódico, radio o internet, supo que el dúo Black-Lupin iba a desatar otro juicio, esta vez por el acceso de Sirius a los restos de su familia. Los reporteros explicaban que, entre las sanciones que le impusieran, estaba la restricción de acercamiento a los menores de edad que hubiesen tenido contacto con él o sus supuestas víctimas. Pero, ¿dónde estaban ahora esos niños?, ¿le interesaba pelear por todos? Dos incógnitas, más que suficiente para que los cronistas desempolvaran toneladas de archivos.

Mientras, en una casita de Little Surrey, al oeste de Londres, una familia desayunaba con el noticiario de la mañana encendido. Los Dursley eran una familia muy normal, compuesta por Bernon, un hombre grueso y rubio, de ojillos pequeños, Petunia, de cabellera roja, largo cuello, cara caballuna y grandes ojos verdes, su hijo Dudley, gordo rubio y ojiverde por herencia y... su sobrino, un chiquillo escuálido, de revuelta cabellera negra y brillantes ojos verdes -como Petunia- llamado Harry Potter. Los dos chicos tenían once años y recién comenzaban sus vacaciones de sexto grado. Los Dursley -papá, mamá y nené- miraban la TV, mientras Harry servía el desayuno. Eso era lo usual, ya que Petunia y Bernon opinaban que su sobrino debía colaborar en las laboras hogareñas, en agradecimiento a que lo habían acogido tras la muerte de sus padres en un choque de autos, cuando él tenía un año.

Justo cuando el chico pasaba los huevos con jamón de la sartén al plato, comenzaron a transmitir el reportaje sobre Black. Harry no miró la pantalla, en general no le interesaba la TV, pero escuchó claramente el comentario de su tío.

-Si aún tuviéramos la horca, ese tipo no habría salido ahora, ¡y con una compensación!

Le extrañó que Bernon se alterara tanto, pero supuso que era por la envidia que le daban los millones. Empezó a caminar hacia la mesa y, la pantalla calló en su campo visual, se quedó estático, porque el hombre estaba mirándole a él, y las palabras cayeron como golpes: “...espero que todo esté en orden para septiembre. Voy a recuperar a mi familia.”

Harry se quedó con los labios entreabiertos y los ojos clavados en la pantalla. ¡¿Estaba vivo?! Un ruido le hizo mirar hacia abajo, a sus pies estaban los huevos con jamón, revueltos con los restos del plato. Levantó la vista para enfrentarse a su frenético tío, su cara roja y la vena que latía en la frente no eran alentadoras.

-¡Chiquillo maldito!

Harry se quedó quieto, esperando la andanada. Luego, en algún momento -¿horas o minutos después?-, su tío se cansó de golpearlo y lo empujó al hueco bajo las escaleras, su habitación. El niño no dijo nada durante el castigo, porque era la confirmación que deseaba. Su tío estaba molesto por algo más que el plato roto, estaba molesto por la excarcelación de Sirius Black.

Cuando los pasos apresurados y el ruido de la puerta le confirmaron que estaba solo se giró sobre la cama y metió la mano entre las tablas de la pared. Sus dedos delgados y mañosos extrajeron una vieja fotografía, la única posesión de valor que Harry tenía en el mundo. El niño dejó la foto sobre su catre y se sacó la camisa despacio, para chequear sus heridas. Tras comprobar que nada era demasiado grave -solo algunos moretones en el hombro, un corte sobre el ombligo y el labio partido- se puso a estudiar con cuidado el retrato.

En el papel estaban detenidas cinco personas: un hombre de revuelta cabellera negra y ojos color avellana, con gafas; una mujer pelirroja de brillantes ojos verdes; un joven delgado, de cabello castaño y ojos color miel; y otro de pelo negro, pero lacio y largo hasta los hombros, con iris azul cobalto. Todos miraban a la cámara muy felices y señalaban a un bebé pequeñito, casi invisible entre las mantas y los brazos de la chica. Harry había robado la foto de unos álbumes que su tía estaba quemando, cuando tenía apenas seis años. Fue un gesto providencial, pues así había conocido a sus padres. Sabía que eran sus padres porque en reverso estaba escrito: “Nuestro Harry, siete días. 1985”.

El chico sabía que el hombre de ojos color miel estaba vivo, le veía al menos dos veces al día, en la escuela, pero nunca se hablaban. El verse de lejos y sonreír era suficiente, era el secreto de Harry. Por otro lado, siempre creyó que el tipo de ojos azules -¿Sirius Black habían dicho?- estaba muerto, que tal vez iba en el auto con sus padres. Pero ahora Black salía de la cárcel, con diez millones de euros en el bolsillo y le hablaba por la TV. ¿Sería real?

Harry suspiró y deseó intensamente poder hablar con Ron y Hermione, sus amigos, pero ahora estaba encerrado bajo llave. Tal vez, si en la mañana le mandaban a hacer las compras, pudiera ir hasta un teléfono público. Esa idea le dio ánimos y repitió bajito el código que Hermione le obsequiara tres semanas atrás.

-¡Y este es nuestro regalo de fin de curso! -dijo la chica de revueltos rizos castaños extendiendo un sobre a su amigo.

A su lado, Ron le miraba expectante. Harry rasgó el sobre y sacó una tarjetica con largas instrucciones escritas en letra pequeñísima. Los miró sin entender.

-Es una tarjeta telefónica pre-pagada -explicó su amigo pelirrojo- Fue idea de Mione, y la pagamos entre los dos. Como tus tíos no te dejan hablar por teléfono puedes ir al centro comercial y usarla para hablarnos durante el verano.
-Si -continuó ella- Ahora tú te aprendes el código y nosotros la guardamos, no sea que ellos te la encuentren. Cuando se esté acabando la volveremos a recargar.
El chico los miró incrédulo, ¿ellos deseaban tanto mantener el contacto?
-¿Y cuando empiecen las clases? -indagó temeroso.
Imaginaba que sus amigos ya no quisieran saber de él en septiembre, pues ambos irían a una secundaria privada, en el centro de Londres, igual que su primo Dudley, pero a él sus tíos jamás le pagarían algo así, por lo que Harry continuaría estudios en una secundaria pública, no muy lejos de la casa.

-¿Se lo decimos Ron? -preguntó Mione pícara y el chico asintió vigorosamente. -Pues, en septiembre... ¡Mis padres me regalarán un celular! -la castaña saltaba- Nos podrás llamar en la hora del almuerzo y podremos planear encuentros para mantener nuestro círculo de estudios.
-Pero Hermione... ¡Harry no necesita estudiar más! No temas compañero, puedes llamarnos para salir al cine, igual aceptaremos.
-Yo...

El ojiverde no estaba muy seguro de qué decir. En su vida solo dos personas le habían demostrado afecto, y eran esos dos amigos que, creyó, le dejarían atrás ahora que la primaria terminaba. Hermione pareció entender lo que le atascaba la lengua porque lo abrazó suavemente.

-¿Creíste que te dejaríamos Harry? Somos el Trío Dorado, ¿recuerdas? Inseparables.

Harry asintió y dejó que las lágrimas corrieran libremente, Ron se unió al abrazo y estuvieron muy quietos hasta que un claxon les sacó de la intimidad.

-¡Ya voy Remus! -gritó Ron, quien tomó su mochila y corrió hacia el auto detenido en la entrada de la escuela.

Harry y Hermione se quedaron mirando y, por primera vez en seis años, el chico se atrevió a saludar con un gesto al circunspecto chofer de los Weasley, el hombre de ojos y pelo color miel. Remus sonrió un poco más y devolvió el gesto.

En la penumbra de la habitación bajo la escalera, Harry sonrió y habló bajito, pero seguro.

-Ya se los nombres de toda mi familia -deslizó un dedo por la superficie de su foto- James, Lily, Remus y Sirius. ¿Saben papá y mamá? Sirius no está muerto, y va a venir a buscarme. Me lo dijo, será en septiembre, solo faltan tres meses. Deja que Ron y Mione lo sepan.

TBC...

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