¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

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30 abril, 2007

SECRETOS DE FAMILIA 16

Tu no debes saber

"La espada con la hoja más fina
no puede cortar el agua del río en dos
para que deje de correr."
Li Po


Jueves

John subía de prisa las escaleras. A Alex le costaba seguir el paso, pero no se quejaba.

"Debo agradecer que me tolere. Si me quejo, es capaz de dejarme para que encuentre el club por mi cuenta."

Así que, resoplando por lo bajo, se obstinó en ignorar sus muslos adoloridos y llegó todo sudoroso al segundo piso de la torre oeste. La puerta, de color verde claro, tenía una discreta inscripción "Club Selenita" en esmalte negro y, pintado directamente en la madera, un gato siamés al que John saludó con respeto.

–Buenas tardes, Víctor Hugo.
El felino detuvo su aseo y los miró de frente. A Alex, sus ojos se le antojaron burlones.
–¿Contraseña?
–Argento –pronuncio el moreno con seguridad.
Víctor Hugo movió su pequeña cabeza arriba y abajo, sonriente.
–Pasen.

La puerta giró, revelando una habitación amplia, de no menos de quince por diez metros, con la pared más alejada de cristales, a través de los que se adivinaba un balcón. Estaba oscura, la luz del vitral cegaba a Alex, pero pudo oír respiraciones jadeantes, garras que chocaban contra la piedra, gañidos bajos.

–No, no quiero –dijo de pronto con voz fina, de niña.
–¡No seas idiota! –le increpó John y lo empujó.

Alex dio tres pasos desequilibrados y calló sobre sus rodillas y manos. Tenía los ojos fuertemente cerrados, pero oyó claramente el sonido de la puerta a sus espaldas y el movimiento a su alrededor.

–Mamá ayúdame –susurró a la vez que abrazaba sus piernas y esperaba el golpe.

Alguien lo levantó en peso. Alex movió brazos y piernas tratando de escapar, pero no lo dejaron ir. En cambio, le sacaron la correa de su bolsa escolar y lo pusieron en un lecho de pieles. Los olores llenaron su cerebro de imágenes confusas de oscuridad, tierra húmeda y luz de plata.

–¡Mamá! –gritó desesperado. –Mamá enciende la luz, que vienen los lobos. ¡Mamá!
–¡Lumus! –dijeron cinco voces a su alrededor y el tuvo que entrecerrar los párpados.

A través de las pestañas, Alex reconoció los rostros de los alumnos que le aplaudieran el primer día. Lucían preocupados.

–¿John?
–Estoy aquí.
Con la tenue luz de las varitas, la nariz del moreno proyectaba una gran sombra sobre su mejilla. Alex deseó llorar.
–Lo siento, yo…
–No pasa nada –la voz a su espalda era baja y dura, pero cariñosa.

Alex giró un poco la cara y reconoció el rostro cuadrado de Kruger, que aún lo tenía pegado a su pecho. Se sonrojó al darse cuenta de que lo tenía cargado como a un bebé. Quería disculparse de todos modos.

–Yo…
–Dije que no pasa nada –repitió Kruger. –¿Puedes levantarte?

El niño asintió y se irguió despacio, aunque las rodillas le temblaban un poco. Kruger se separó y gateó en dirección a un círculo de piedras renegridas al otro lado de la estancia. Forzando los ojos, Alex reconoció dentro un montón de cenizas y maderas semicarbonizadas.

–Incendio –dijo Kruger, unas chispas saltaron de la punta de su varita y las llamas bailaron en el hogar.
–Nox –dijeron los otros cinco lobos y gatearon en dirección a la hoguera.
Kruger giró entonces y lo miró.
–¿No temías la oscuridad?

Alex caminó de prisa donde el fuego. Deseaba sentarse, pero no vio muebles a su alrededor. Los otros estaban acomodados en el suelo.

–¿Pasa algo? –le interrogó el Alfa.
–Mi uniforme…
Kruger sacudió la cabeza y sonrió.
–Quítatelo.
–Pero…
–¿Tengo que quitártelo? –Alex advirtió en seguida la amenaza en su tono duro.

Alguien había puesto su cartera dentro de uno de los nichos de la pared, que carecía de empapelado o pintura. Con la cara vuelta al muro y manos temblorosas, Alex se sacó túnica, corbata, camisa, zapatos y medias. Cuando se vio, en pantlones y con su pecho lleno de cicatrices, ya no pudo contener las lágrimas. Entonces ocurrió de nuevo: Alex se dejó abrazar por ese olor que le daba paz y borraba sus temores, por la sensación de pertenecer, de ser pleno. Dos manos suaves lo envolvieron en una manta de piel. Se quedó muy quieto, tratando de comprender lo que pasaba.

–Alex.

El muchacho giró despacio, John estaba junto a él, esperándole, con una mezcla de miedo y tristeza en sus ojos dorados. A Alex se le hizo un nudo en la garganta. ¿Qué pasaba? El aroma seguía ahí, y solo su cualidad sedante impedía que saliera corriendo.

–Alex –llamó Kruger y él apartó sus ojos de John para mirar más allá, al círculo de fuego donde los otros esperaban.

Enseguida comprendió la orden, pasó por el lado de su amigo y se sentó con cuidado, a la izquierda de Kruger.

–¿John?
El moreno dio un salto y se acomodó al otro lado de Alex.
–Bueno, ya estamos todos –hizo un gesto con el brazo que los abarcaba–, la Manada de Hogwarts. Esta es nuestra primera reunión del otoño, y en ella damos la bienvenida a los cachorros John y Alex. Yo soy Freke, Alfa, para los magos soy Max Kruger, de séptimo año de Griffindor.
–Yo soy Verano, Beta –se presentó el muchacho rubio y musculoso sentado a su derecha. –Para los magos soy Brandon Rollet, quinto año de Slytherin.
–Yo soy Peludo –continuó su gemelo, diferente solo porque su cabello era tan largo que le rozaba las caderas. –Para los magos soy Rickon Rollet, quinto año de Slytherin.
–Soy Gere –anunció el cuarto lobo, tenía los ojos casi ocultos tras grandes y oscuras pestañas y espesos rizos color arena sucia le caían sobre el cuello. –Para los magos soy Joffrey Ulfhednar, sexto año de Hufflepuff.
–Viento Gris –dijo el siguiente con una leve inclinación de cabeza, su cara estaba medio oculta por mechones de un pelo castaño y sin brillo. –Para los magos soy Robb Verdun, cuarto año de Ravenclaw.
–Me llamo Tormenta –la hembra era hermana de Viento Gris, su cabello era igual, así como el perfil de su cara, alargada y solemne. –Para los magos soy Nymeria Verdun, cuarto año de Ravenclaw.
–Fantasma –dijo el séptimo–, para los magos soy John Lupin, primero de Griffindor.
Las miradas se enfocaron entonces en el octavo miembro.
–Yo… –tragó en seco. –Yo soy Alex, Alexander Smith, primero de Griffindor. No tengo ningún otro nombre. Lo siento.
–No hay por qué disculparse –aseguró Freke al tiempo que le ponía una mano sobre el hombro. Sonrió con sus dientes grandes y filosos. –Pocos obtienen su nombre en su primera carrera bajo la luna, mañana saldremos a cazar y empezarás a buscar nombre. John puede ayudarte.
–Pero mi mamá no me deja salir durante la transformación –le advirtió Alex moviendo la cabeza de un lado a otro–, dice que puedo morder a alguien.

Hubo un par de jadeos de asombro alrededor del fuego. Verano fue a levantarse, pero Freke lo contuvo con un gesto sin apartar sus ojos de Alex.

–¿Recuerdas la charla que tuviste con Duncan el martes? –Alex asintió atemorizado. El tono del Alfa ya no era amigable. –Duncan te explicó que tu madre estaba equivocada –Max hizo una pequeña pausa, tratando de elegir bien las palabras, no deseaba dañar más al cachorro. –Ella te quiere, pero se equivocó. A partir de ahora aprenderás nuevas reglas. Primera regla: No contradecir al Alfa. ¡Nunca! Segunda regla: El día de Luna Llena salimos de caza, sino…

Kruger tomó el brazo derecho de Alex y lo acercó a la hoguera. Las cicatrices, recuerdo de sus solitarias noches de plenilunio en el sótano, destacaban sobre la pálida piel. Alex creyó que moriría de vergüenza, pero Freke no lo dejó ocultar el rostro. Tomó la delgada barbilla entre dos dedos gruesos y le obligó a mirarle, sus pupilas doradas eran tiernas de nuevo, pero con una calidez distinta a la de su madre.

–¿Entiendes?

Viernes

Lo seguían. No estaba seguro de cuántos o por qué, pero lo seguían. Resopló, con algún bromista siguiendo sus pasos no podría colarse en el baño de perfectos a tirar fotos, así que optó por doblar a la derecha y buscar los amplios corredores de la torre este, allí sería más fácil perderlos.

Un idiota de primer año pasó corriendo y le obligó a dar un paso atrás, chocó contra la persona que le seguía. Lo empujaron. Fue a girar para partirle la cara al atrevido, hubo un relámpago de luz…

Alistair Pucey, quinto año de Slytherin, calló desmayado. Sus perseguidores se acercaron despacio.

–Fue fácil –comentó un chico rubio en lo que se acomodaba un mechón de pelo tras la oreja.
–Esto no ha terminado –le advirtió un pelirrojo de ojos verde musgo.
–¡Vamos ya! –exigió otro rubio, le parecía oír pasos en su dirección.

El pelirrojo asintió, levantó con facilidad a Pucey y se dirigió a la escalera más cercana. Los gemelos se aseguraron de que nada los delatara y le siguieron. Los tres se detuvieron en un aula abandonada del quinto piso.

–Aquí está –anunció George, y dejó caer el cuerpo sobre una mesa.
–Enervate.

El rayo verde lo sacudió, Alistair pestañeó confundido. ¿Qué había pasado? Su último recuerdo era de un corredor, pero ahora estaba en un aula. Sin moverse, el muchacho trató de reconocer su entorno y captores.

Alguien se acercó, tenía el cuerpo encorvado y una larga melena negra que caía a los lados de sus hombros dispares. Alistair tragó en seco. Estaba en problemas.

–Buenas tardes, señor Pucey.
–Buenas tardes, señor...
–¡Nada de nombres! –le interrumpió el otro.
–Como usted diga –concedió Pucey al tiempo que asentía con fuerza.
–Solo tengo una pregunta para ti: ¿cuánto?
–Creo que no entiendo…
–¡Diffindo!

Pucey calló hacia atrás, pero fue capaz de callar su dolor. El hombre cojeó alrededor del pupitre y esperó, con una pequeña y cruel sonrisa, a que el joven sacara un pañuelo de su túnica y restañara la sangre que le manaba del brazo.

–¿Quieres otra lección de hechizos útiles en la defensa?
–No, no –jadeó.
–Bien. A lo que iba: no me rebajaré a negociar contigo. Dime cuánto te debe y no te acercas más en lo que nos queda de vida.
–Son trescientos galeones –se apresuró a informar.
–Bien.
El jorobado sacó un talonario de cheques, lo llenó, y se lo tendió.
–Lo que vas a hacer en el paseo a Hogsmeade es cobrar el dinero. ¿He sido claro?

Pucey tuvo el buen sentido de no ofenderlo al intentar leer la cantidad. Solo lo guardó en un bolsillo de su túnica y asintió.

–Adiós.

El Slytherin se quedó en el suelo, no intentó moverse hasta que pasaron sus buenos quince minutos de la partida de sus captores. Solo entonces se puso de rodillas con mucho cuidado y se levantó. Soportando a duras penas el dolor que le provocaba el brazo, Pucey caminó en dirección a la enfermería. No podía pensar ahora en las posibles venganzas contra Elihaj Suchowljansky, debía inventar una buena historia para la señorita Higgs.

Sábado

Albus desenvolvió con cuidado su caramelo de limón y miró divertido a Severus, que fingía leer la sección literaria de "El Profeta".

–Es un lindo día ¿verdad?
Severus solo gruñó. Albus rió bajito y siguió con el monólogo.
–Estuve hablando con el retrato de Sinistra, dice que la noche estará muy despejada. Eso es bueno, lo digo por lo que me comentaste del hechizo de monitoreo que quiere lanzar ese jovencito… ¿Duncan?
–Sabes muy bien cómo se llama –resopló Snape. –Te haz pasado la semana hablando de él.
Albus contuvo la sonrisa, estaba orgulloso de no haber perdido la capacidad de alterar a su querido Severus ni después de muerto.
–Eso no es cierto –reclamó con tono ofendido. –Comenté su visita el martes, y las reacciones de su visita el miércoles, lo mencioné casualmente el jueves y el viernes, bueno…
–¡Ya se que estuvo aquí ayer! Yo resistí sus miradas ¿recuerdas?
–Es lógico que te mirara, mi muchacho, estaba hablando contigo.
Severus apartó por fin la revista y se encaró con el retrato de su mentor.
–No me miraba de una manera normal, y lo sabes. Era… –el Maestro de Pociones movió la mano delante de su rostro– ¡enervante!
Dumbledore cruzó los brazos sobre el pecho y lo miró con repentina seriedad.
–Lo que te molesta es que no sabes qué quiere de ti.
–Lo mismo que todos esos burócratas ¡por supuesto!
–Si, claro –Albus suspiró. –Creo que llevas demasiado tiempo solo Severus.
Snape alzó los ojos y miró de frente al retrato de su antiguo mentor con dolor.
–¿Cómo puedes…?

No pudo terminar la frase, se escucharon unos toques discretos en la puerta del despacho y Severus casi corrió a recibir a John.

–Buenos días
–Buenos días, papá.
El chico se adentró en el despacho con una gran sonrisa y saludó al retrato del antiguo director.
–Buenos días, abuelito.
–Buenos días, mi muchacho. ¿Dormiste bien?
–No.
Con esta simple palabra, John tuvo a Severus a su lado de inmediato.
–¿Te pasó algo?
–Estoy bien papá, de verdad. Es que Alex esta nervioso, lleva menos de una semana aquí y ya es luna llena.

Severus asintió, el asunto de Alex también le preocupaba. Con un gesto, invitó al chico a sentarse frente a una mesita baja, tocó tres veces la superficie con su varita y el desayuno apareció. John soltó un gruñido de satisfacción y se apoderó de una salchicha mientras el adulto se servía café.

–Duncan vendrá a las seis con un medimago especializado, quiere monitorear de cerca esta primera noche de la manada.
John asintió y se apresuró a tragar su bocado.
–Kruger nos lo dijo. Me alegra ver a Duncan de nuevo.
–¿Te alegra? –repitió su padre incrédulo.
–¡Claro! Es la mar de simpático, y sabe muchos chistes de muggles, pero no entiendo para qué el medimago. Ahora que Alex está con nosotros no tendrá problemas con la transformación, ¿verdad?

Severus apartó la taza de café y miró a su hijo, como una ráfaga pasaron por su memoria sus años de vida junto a Remus, la vana esperanza de que "algún día" la noche de luna llena sería menos terrible.

–John, tienes que entender que Alex fue mordido, sus transformaciones siempre serán dolorosas, y potencialmente dañinas para su organismo.
–Pero tú me contaste que cuando papá Remus estaba acompañado no intentaba golpearse ni morderse.
–Es cierto, pero nunca dejó de dolerle.
John le miró sin comprender.
–¿Por qué iba a doler? Es solo…
Severus se levantó y fue a arrodillarse frente a su hijo.
–Tu naciste siendo un licántropo. La magia del lobo está en ti desde que Remus y yo te concebimos. Pero la magia de Alex tiene que cambiarlo por completo dos veces en menos de doce horas. No es fácil para él, nunca lo será.

A John se le nublaron los ojos y apretó los puños. Severus lo abrazó y empezó a acariciarle la espalda muy despacio. John dejó que su padre lo cargara hasta un sofá en el extremo del despacho y no tuvo vergüenza de llorar.

Esperó con paciencia a que el pequeño se controlara. Sabía, desde aquella maldita noche en Bedale, que esta charla llegaría y le dolía, pero prefería que John llorara en su regazo a que no resistiera la horrible visión que le esperaba cuando saliera la luna. Después de todo, también debían pensar en Alex, John tendría que ser fuerte para el pequeño licántropo rubio.

Poco a poco los sollozos remitieron, la espalda del chico dejó de agitarse y su respiración se regularizó. John levantó sus ojos dorados y enrojecidos hacia su padre.

–¿Duele mucho?
El asintió.
–Una vez, robé una memoria de tu padre durante su transformación. No es como las maldiciones de tortura, sino… ¿Recuerdas la vez que te rompiste el brazo? –John asintió. –Imagina ese dolor simultáneamente en cada hueso, por unos cinco minutos, que es lo que tarda una transformación regular.
A John se le puso la cara gris.
–No en balde tiene pesadillas –murmuró. –¿Y qué puedo hacer?
–No dejar que esos diez minutos de cada mes secuestren el resto de su vida.

Severus se preguntó si su joven hijo podría entender esa frase, pero el brillo alegre en sus ojos dorados le dijo que no lo había subestimado. John se levantó y sacudió su túnica.

–Quedé con Dafne y Alex en la biblioteca –arrugó la nariz–: tarea.
Severus asintió y lo dejó ir, pero volvió a llamarlo antes de que el chico cruzara la puerta de la dirección.
–Ten paciencia John, recuerda que les queda un largo camino juntos.

El sábado fue cálido, despejado y aburrido.

Dafne, Alex y John terminaron su composición sobre el asfódelo antes de la hora del almuerzo.

El equipo de Quidditch de Slytherin, que no tenía que renovar su plantilla, entrenó toda la tarde, para desagrado de cierto buscador rubio.

Durante el te de las cinco, Severus y Albus discutieron acerca de la naturaleza de los venenos que Madame Zabini usara en sus muchos e incautos maridos.

A las seis en punto arribaron, vía trasladador, Adrian Duncan y el medimago Marcel Clagg.

A las siete comenzó la cena en el Gran Comedor. Nadie se fijó en los visitantes, porque la comidilla del día era el nuevo capítulo de la historia por entregas en El Profeta sabatino. "Sam" se titulaba el relato, y narraba las aventuras de un mago que, trabajando encubierto entre muggles, se enamoraba de uno de ellos. Era un tópico varias veces visitado, pero el misterioso abogado muggle estaba muy bien descrito y muchas personas comprendían la atracción de Joshua Leibitz. La historia estaba ambientada en la Nueva York de diciembre de 2001, con la tensión del asunto de las Torres Gemelas alrededor. Leibitz debía descubrir a los que movían los hilos tras el horrible atentado, mantener su fachada y seducir al escurridizo Sam Dickens.

A las ocho, la manada de Hogwarts salió en dirección al Bosque. Las puertas del castillo se cerraron tras ellos y no se abrirían hasta el amanecer. Los ocho trotaron en busca del claro donde esperarían el ascenso de la luna. Uno de los árboles más viejos alrededor del claro tenía un hueco en el tronco, a suficiente altura para que ningún cánido lo alcanzara. Los chicos se quitaron las ropas y las ocultaron allí, luego Kruger selló el escondite con un pase de varita.

Alex estaba muy nervioso. Por primera vez en su vida pasaría la luna llena lejos de su mamá. Claro, todos habían sido muy amables, Duncan y el sanador Clagg le esperaban en el castillo, pero él no podía vencer el desasosiego. ¿Qué pasaría luego, cuando John, Kruger y los otros le vieran llorar y temblar? Ellos eran lobos verdaderos, él, un niño que se había dejado morder por no obedecer a su madre. Un rayo de luz plateada apareció, al tiempo que la maldición le golpeaba. Alex se dobló sobre si mismo y, por instinto, buscó la mano de John.

A casi dos kilómetros de allí, en la oficina del director, Duncan hechizó un espejo para seguir el desarrollo de la jornada sin interrumpir a los lobos. Luego fue a sentarse junto a Severus Snape. Cerca de ellos, los elfos habían preparado una mesa con viandas frías y abundante café.

Los licántropos estaban de pie, en círculo alrededor de un dolmen. El claro fue rápidamente iluminado por la luna y Alexander Smith se dobló por el primer golpe de dolor. Lupin lo sostuvo a duras penas y se inclinó para dejarlo yacer sobre el césped. Smith gritó y agitó las manos, pero sus compañeros se limitaron a mirarle, solo Lupin se quedó junto a él, abrazado a su torso y evitando que azotara la cabeza contra el suelo.

Duncan tragó en seco y se alegró de que el hechizo fuera mudo. A su lado, Snape parecía querer romper los brazos de su asiento, y todos los retratos de los antiguos directores se habían marchado.

En el bosque, John contenía a duras penas las lágrimas. La transformación ya estaba tan avanzada que Alex no podía articular palabras, pero gemía–aullaba de modo desgarrador. Le sostuvo la cabeza, tratando de que su cuello y mandíbula sufrieran un poco menos, pero era inútil, el instinto llevaba a Alex a luchar contra el dolor, alargando el proceso. Sintió el pelaje de la espalda crecer contra su pecho y la larga cola golpear sus muslos.

–Ya falta poco, ya falta poco –aunque no creía que Alex pudiera escucharle.

El cambio acabó, pero la mente de Alex aún necesitaría unos segundos para tomar control de su cuerpo transformado. John aprovechó ese margen para aflojar su agarre y mudar de piel.

Para cuando Alex pudo ponerse en pie, a su lado había un bello cachorro de pelaje blanco.
"¿John?"
"Ahora soy Fantasma"
Sacudió la cabeza. "Lo siento"
"Está bien."

Fantasma le rodeó, curioso. Pegó el hocico a los flancos dorados de la loba (¿?) en que se transformara Alex y aspiró su aroma de tinta china, flores de naranjo y corteza de avellano.

"Ven."
Con algo de miedo, Alex dio una vuelta alrededor de Fantasma. Algo similar a la risa escapó de la garganta del lobo polar.
"No me oliste"
"Yo…"
"No te voy a morder, lo prometo."

Alex estiró el cuello lo más que pudo y olisqueó el fuerte perfume del macho, era un poco de orégano y mucho de roble. Giró de prisa, asustada por un ladrido.

"¿Acaso quieres convertirte en jirafa?" se burló un lobo de patas cortas y abundante pelaje marrón.
"¿Peludo?" dudó Alex.
"Te dije que era inteligente." Intervino una loba negra con una franja casi blanca en una de las patas.
"Pero nadie dijo que era hembra." Advirtió Peludo con una mirada calculadora.
Alex dio un paso atrás, asustado, pero Fantasma se metió entre el/ella y Peludo enseguida.
"¿Tienes algún problema con eso?"

Peludo gruñó y descubrió sus colmillos, Fantasma arañó el suelo y ladeó un poco la cabeza, como midiéndolo. Su olor cambio, y Alex comprendió, supo, que era una orden para el/ella: se acurrucó entre las patas del macho y gruñó a Peludo desde allí abajo.

La expresión del lobo marrón cambio de inmediato, algo similar a la sorpresa brilló en sus ojos dorados.
"No tengo ningún problema con ella." Declaró simplemente.

Peludo y Tormenta dieron media vuelta y fueron hacia el dolmen, donde los otros esperaban con calma el desenlace del conato. Alex salio de su escondite.

"¿Qué fue eso?"
"Parece que, hasta ahora, Tormenta fue la única hembra de la manada. Estos chicos deben estar acostumbrados a presumir para llamar su atención."

Alex asintió, deseaba saber por qué sabía lo que significaba el olor de Fantasma, pero prefirió callar. Trotaron para acercarse a los otros.

"Ya era hora" refunfuñó un lobo de cráneo dorado y cuerpo casi negro cuando se acercaron al grupo. Volvió la cabeza hacia el Alfa "Hace hambre, jefe."
"Este siempre tiene hambre." Se quejó Tormenta.
"La próxima vez no te doy de mi conejo, muñeca."

Viento Gris –Alex dedujo quién era por su pelaje idéntico al de la hembra– le enseñó los dientes a Gere –solo unos centímetros menor que el Alfa, debía ser el Hufflepuff de sexto año–, pero un cabezazo de Verano lo calmó.

"Primero hay que conocerse" dijo al Alfa sin moverse de su lugar. "Fantasma."

El lobo polar avanzó con pasos cortos, cuando estuvo a un metro del Alfa, se tendió en la tierra y giró, dejando el vientre expuesto. Freke se levantó y dio una vuelta a su alrededor, bajó el hocico y olió al joven macho, luego le puso una pata en la garganta y aulló. El resto de la manada le hizo coro.

Alex miraba todo con ojos asombrados. ¿Sería capaz de…? Recordó el refrán "Allí donde fueres, haz lo que vieres". Estaba obligado a dejarse pisar por el Alfa, parecía claro que se trataba de algún acto de rendición ante el jefe de la manada.

Fantasma se levantó de un salto, regresó junto a Alex y le dio un tope suave en el flanco, para que se acercara al centro. A medida que se avanzaba, el/ella comprendió por qué Freke era el jefe. No se trataba de tamaño o de fuerza, sino de poder. Alex se tendió ante el gran lobo gris y casi se desmaya cuando el olor del Alfa le rodeo. Era sangre y musgo, tierra y fuego, un poder reposado y real. Cuando la pata del Alfa se posó en su garganta y Freke aulló, Alex se unió al gañido general sin miedo. Estaba en buenas manos.

Freke le liberó y el/ella volvió junto a Fantasma.

"Lo hiciste bien" le aseguró el de pelaje blanco con un roce de hocico en su cuello.
El Alfa giró hacia Gere y le guiñó un ojo.
"Hoy se me antoja ciervo."
Gere y Peludo aullaron de alegría y corrieron al borde del claro.
"Glotones" bufó Tormenta, pero les siguió.
"Alex, quédate detrás de Viento Gris y junto a Fantasma" ordenó Freke.

Alex asintió a la orden y trotó junto a su amigo. La manada se internó en la espesura.

TBC…

EL SEGUNDO REGRESO DEL REY 16

LINDON 0, GONDOR 1... y 2

Al amanecer la tensión no había disminuido: Ferebrim no hacía más que lanzar miradas duras hacia Aragorn y Legolas, que ya no fingían ante él una simple amistad. Los gemelos le vigilaban para que ni siquiera se acercara a su hermano adoptivo, tampoco intentaban disimular el odio. Solo Halladad permaneció pensativo, al fin se inventó una idea para intentar agradar a Ferebrim y dejar que la pareja hablase en paz.

–Oye primo, ¿haz olvidado tu apuesta con el hombre?
–En absoluto, pero no creo que haga mucha diferencia al final. –contestó sin dejar de mirar al Rey y al Príncipe, que reían a unos metros.
–Para él no, pero creo que a mi padre le va a importar, y mucho.
El otro reaccionó enseguida, la opinión de Thranduil aún podía contar, sin duda.
–¿A qué te refieres?
–Debes obtener el doble de piezas que el Rey de Gondor ¿no? Eso significa atrapar trece orcos más, y yo se dónde hallarlos.
–¡Trece! Vaya faena, pero –volteó una vez más hacia Legolas y la lujuria le encendió las pupilas, Halladad apretó los puños para contenerse– ¡claro que vale la pena! Dime.
–A unas horas hay un pozo de agua sana, las asquerosas criaturas la necesitan tanto como nosotros. Podemos apostarnos y esperar, con la venia de los Valar, será fructífero. Vamos tú y yo.

Ferebrim le contempló con asombro y sospecha, desde su llegada a Mirkwood el heredero había sido solo cortés, mas, en cuando mostró intenciones de cortejar a su hermano, su actitud se tornó ambivalente: no dijo nada en su contra ante Legolas, pero nunca le defendió de las indirectas de los gemelos. Ahora...

–¿Por qué lo haces? Los elrondidas también son tus amigos ¿no?
Halladad le miró directo a los ojos, podía hablar con sinceridad, seguro de que su primo no entendería el verdadero sentido de aquellas palabras.
–Lo son, pero no quiero que mi hermano muera.
–Eso es muy razonable... sin dudas.

En pocos minutos recogieron sus armas y partieron hacia el norte. Los otros cuatro ni se molestaron en mirarles. Cuando sus siluetas desaparecieron entre los arbustos Elladan preguntó a Legolas.

–¿A dónde le lleva?
–Al pozo, para que intente cubrir su apuesta.
–Me dan ganas de seguirles...
–Ni se te ocurra Ellohir, el bosque es traicionero hasta para los elfos, y tu no eres de aquí.
–Pero sí podemos ir al sitio de ayer y buscar rezagados ¿no?
–¿Nunca te cansas? –preguntó el Príncipe sonriente, lo pensó un momento: deseaba estar a solas con su esposo, pero temía que los gemelos se extraviaran– ¿Seguro que recuerdan el camino? Vale, que los Valar les obsequien con la venganza.

Los hermanos se alejaron con pasos cautos, en busca de su propio rastro del día anterior. Aragorn se abrazó a su amado y le besó con pasión.

–Al fin solos –comentó al despegar sus labios– Fue muy buena idea de tu hermano lo del pozo.
–Tiene de quien aprender: dice mi padre que hay que saber decir la verdad disfrazada de mentira para gobernar.
–No estoy totalmente de acuerdo... pero no voy a discutir eso ahora. –se apresuró a levantar la túnica y camisa de Legolas hasta dejar su vientre expuesto– ¿Cómo durmió hoy mi hijo?
–Vaya, –comentó entre risas el elfo– ¿ese bebé ya es más importante que yo?
–Y más importante que yo. Ese bebé es el futuro.
–Gracias a las hierbas de su padre, que es un excelente sanador, el bebé y su ada, durmieron y despertaron bien.
–Me alegro. –empezó a besarle el ombligo con pasión– ¿Entonces el ada no está cansado?
–En absoluto.
El hombre subió sus besos hasta el pezón izquierdo.
–¿Ni mareado?
Las risas de Legolas se empezaron a transformar en suspiros.
–Tampoco.
Pasó hacia le derecha del pecho alabastrino.
–¿El ada puede entonces dedicar un tiempo al padre del bebé?
Ahora el príncipe estaba completamente excitado, solo un resquicio de cordura le mantenía quieto.
–¿Aquí?
–Eres mi legítimo esposo, podemos hacer el amor en cualquier sitio. –continuó con sus caricias hacia el cuello– Te deseo tanto...
–Y yo. –alcanzó a decir el rubio antes de recibir en sus labios la boca del hombre.

La mañana pasó entre caricias y protestas de amor. Aprovecharon al máximo las cobijas abandonadas por sus cuatro acompañantes y su soledad. Eran concientes de que una oportunidad así no se repetiría hasta regresar a Gondor. Almorzaron desnudos, hablaron de sus planes para el futuro. Cuando la penumbra se acentuó de nuevo decidieron vestirse y recoger el campamento. Esperaron sentados en la raíz de un roble.

–¿Por qué cantaste esa canción anoche?
–Tu hermano me dijo que la cacería era su regalo de bodas, y quise hacerle saber cuán bello eres para mi.
–¿Dices que soy tan bello como Luthien?
El hombre se encogió de hombros.
–Al menos para mí.

Legolas sonrió halagado, ya no era el elfo más bello de la Tierra Media, como decía el insoportable de su primo, sino el más bello de la historia. Se abrazó a su esposo y giró hasta quedar apoyado en su regazo, todo su campo visual ocupado por el rostro de Aragorn y el alto follaje de su bosque.

–Menos mal que los silmariles se perdieron, a mi padre le parecería muy buena idea hacerte traer uno.
–Por tí.... –hace un gesto con los hombros que el elfo interpreta como "lo que fuera"– ¿Sabes en qué pensaba cuando el Anillo Único me llamaba desde el cuello de Frodo?
–¿En qué?
–En ti. Razonaba que, si cedía, ya nunca estarías cerca de mí.
–Aragorn eso es... lo más bello que me haz dicho en treinta años.
El hombre trata de quitarle importancia.
–Era una estrategia elemental. Tenía que pensar en todo lo que perdería de ser seducido por el Anillo.
–Seguro el Anillo te dijo que me podrías poseer de aceptarlo.
–¡Claro! Creyó estar frente a Isildur mismo, por suerte solo soy su heredero, y ya había entregado mi corazón cuando ese entrometido apareció.
–Estamos hablando de ese objeto como de una persona. ¿No es enfermizo?
–Para nada, es justo. Los anillos de poder tienen voluntad propia. Y en cuanto a su ofrecimiento: yo no quería poseerte, quería que me amaras.
–Ya lo habías logrado.
–Pero no lo sabía.
–Saber es una palabra peligrosa para usar, eso dijo tu padre en nuestro viaje.

Estaban tan entretenidos en sus divagaciones que ninguno de los dos escuchó los ligeros pasos que se acercan a su espalda. Para cuando Aragorn siente el filo de la espada sucia de sangre en su cuello, es demasiado tarde. La voz de Ferebrim se alza victoriosa.

–De lo único que sabrás ahora es del filo de mi arma.

Legolas se levanta, pero la misma velocidad de su salto le provoca un ligero mareo. Apoya una mano en el árbol para mantenerse en pie. A duras penas levanta la cabeza, pero el brillo de sus ojos azules es tan peligroso como en Cuernavilla o Pelennor.

–Aléjate de él.
–En absoluto. Pagará el atrevimiento de abusar del Segundo Príncipe de Mirkwood.
–¿Dónde está Halladad?
La sonrisa del teleri es torcida.
–Lo dejé ocupado con unos gusanos de Minas Morgul. Cree que huí, en realidad sabía que tenía que regresar a protegerte.
–¿Protegerme? –las fuerzas vuelven lentamente, pero debe ganar tiempo, ¡si los gemelos llegaran!– ¿Crees que soy un niño?
–No. Pero es plausible que, en un cuerpo a cuerpo con alguien tan corpulento como Elessar, llevaras desventaja. Seguro se aprovechó de vuestra amistad.
–¿De qué hablas Ferebrim?
–¡Cállate humano! –le tira del cabello para obligarlo a mirarle la cara– Eso es lo que diré ante su padre para explicar la deshonra, ¿o me toman por tonto? –vuelve a mirar a Legolas– Apestas a sexo principito, te haz estado revolcando con este.
–Soy bastante adulto para revolcarme con quien quiera. –el mundo ya se está quieto, intenta dar un paso.
–¡Ni se te ocurra! –la espada se hunde un poco en el cuello del Rey– El trono de los hombres no se puede quedar vacío. –sonríe– Solo por ello tu padre se limitará a desterrarlo y tú te irás conmigo a los Puertos por unos... ¿doscientos años?
–Miserable. –jadea el hombre.
–Tal vez, pero debes admitir que por esta belleza se pueden dar algunos golpes bajos. Será mío.
–Jamás podrás probarlo. –pero el joven elfo sintió el sudor correr por su espalda.
–¿Y quién lo va a desmentir? Cuando los demás lleguen yo diré lo que "ví", les dejaron solitos ¿no? –al príncipe le parece escuchar unos pasos a su espalda– Los testimonios de los gemelos serán desestimados porque son hermanos de acá, –miró al montaraz y comprendió que no estaba equivocado– tú no vas a declarar para no humillarte más tras esta "traición", pero los sanadores encontrarán en tu cuerpo las huellas de vuestro "terrible encuentro".
–Y las huellas en mi cuerpo, ¿cómo cuadran en tu relato?
–A ti nadie te examinará mortal idiota. Te toca una mazmorra, tal vez la misma de Thorin Escudo de Roble, o la de Gollum.
–Pero nadie va a desestimar el relato del Príncipe Heredero de Mirkwood. –la hoja se apoya en el cuello de Ferebrim como un rayo de luz–Suéltalo, ahora.
–Pero Halladad... él...
–Dije que lo sueltes.
Aragorn corre hacia Legolas, que lo ve acercarse entre sombras.
–Ara... –pero no logra terminar la palabra, su esposo le alcanza a poca distancia del suelo.

Al despertar, sintió el calor de las manos del rey y unas voces que discutían por encima de su cabeza.

–Pues yo digo que lo matemos, una flecha orca le da a cualquiera tan idiota como él.
–No hermano, Halladad tiene razón, si le pasa algo habrá que explicar. Lo que necesitamos es su silencio.
Legolas enfocó los ojos y se movió un poco.
–¿Ya despertaste amor? –Aragorn le ayudó a sentarse– ¿Te sientes bien?
–Si. –los gemelos y Ferebrim miraron sorprendidos hacia Legolas, la primera palabra que pronunciara después de su desmayo contenía una dureza desconocida para los tres– ¿Dónde está?
–Bajo control. –Halladad señaló a una raíz, atado y apoyado en ella estaba Ferebrim, los gemelos a su lado, le contemplaron con rostros tiernos y preocupados.
–¿Todas tus partes en su lugar Hojita?
–Si Elladan.
–Nos asustaste. Creí que este te había dañado y casi le mato.
–Gracias por preocuparte tanto Ellohir.

El Segundo Príncipe se levantó y avanzó hacia su primo, se arrodilló a su lado. Su voz sonó fría, con ese mismo tono dominante que escuchara su padre en el comedor privado.

–Ya es hora de regresar a casa Ferebrim. Ahora, mírame a los ojos y dime qué harás al llegar.
El teleri miró los pozos azules frente a él y comprendió que había perdido esa batalla.
–Iré a mi habitación para arreglarme el cabello antes de la boda de mañana.
–¿Y si preguntan por la apuesta? ¿Cuantos orcos pudiste matar antes de abandonar a Halladad?
–Tres –apunta el heredero. Legolas asiente y espera una respuesta del elfo atado frente a él.
–De la apuesta diré que maté tantas criaturas como Elessar, diez, y que reconozco su habilidad guerrera.
Le palmea la mejilla con gesto paternal.
–Muy bien, eres un elfito inteligente. –el otro trata de echar la cabeza hacia atrás, pero el Príncipe le toma la nuca. Entonces descubre una oreja sangrante y el cuello con moretones. Increpa a su cuñado con voz dura– Ellohir, ¿fuiste tú quien hizo esto?

Pero el teleri se adelanta a contestar.

–No, no. Ellohir sería incapaz, él y yo... ¡nos apreciamos mucho!. Fueron los orcos... los orcos del pozo.
–Ya veo: son heridas "honorables". Pero entiendo que no desees más, así que no volverás a separarte de tus primos hasta que regresen a los Puertos, y no vendrás de visita en unos... ¿Doscientos años?
–Exacto.
–Creo que nos entendemos Ferebrim, pero es una lástima que lo hallamos logrado de este modo.

Legolas se levanta y voltea hacia sus compañeros, los gemelos le contemplan con extrañeza.

–¿Qué pasa?
–No te conocíamos esa dureza.
–¡Oh! –se sonroja– No me gusta ser así, pero las circunstancias lo ameritan. ¿Creen que sea suficiente?
–Aún no ha dado su palabra. –advierte el hombre– Esta rata es capaz de escabullirse luego con alguna triquiñuela.
–Cierto. –vuelve de nuevo hacia su primo– ¿Das tu palabra?
–Una palabra dada por la fuerza no me ata. –escupe el teleri.
Ellohir va a lanzarse de nuevo sobre él, pero Legolas le detiene.
–Tiene razón, sigue siendo un elfito inteligente. Aragorn, ven. –empieza a sacarse el guante izquierdo.
–Pero...
–Ferebrim quiere una buena razón ¿no? La tendrá.

El hombre se acerca y extiende su palma ante el prisionero, Legolas hace lo mismo. La voz del príncipe deja claro que esta vez no admitirá estratagemas.

–Soy el Príncipe Consorte de Gondor y Arnor, Ferebrim de los Puertos Grises. Tú atentaste contra la vida del Rey, mi esposo ante las leyes de los hombres y los eldar. Haremos un juramento: dirás solo lo que ya admitiste acerca de esta partida de caza, y renunciaré a mi derecho a matarte, u ordenar a mis súbditos que lo hagan. ¿Aceptas?

Ferebrim escrutó una vez más aquellos pozos azules.

–Lo juro.
–Perfecto. –Legolas volvió a ponerse el guante, su rostro cambió a la absoluta indiferencia– Desátalo Elladan. Se hace tarde y tengo hambre. –fue tomar su mochila, pero se volvió hacia el de Lindon de nuevo– Por cierto, ¿ya le diste las gracias a mi hermano?
Ferebrim se estaba masajeando las muñecas, doloridas por la presión de las cuerdas, y miró con sorpresa al Príncipe.
–¿Por qué?
Los pozos azules se redujeron a ranuras.
–Te salvó la vida de nuevo. ¿En verdad creíste que Aragorn no te podía matar con sus manos?
–¡Por favor Legolas! –el tono del hombre es molesto– Yo respeto las leyes de la hospitalidad, no lo habría dejado morir.

TBC...

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DE LEYES Y VENGANZAS 16

¿CAEN LAS MASCARAS?

Draco giró y empujó a Potter contra la pared. Fue un acto reflejo, cuya velocidad respondía a los entrenados sentidos del esgrimista. Sujetó el cuello del moreno con su delgada mano, que la tensión muscular hacía lucir casi sarmentosa. Su rostro estaba muy cerca del de Harry de nuevo, pero por razones absolutamente distintas, ahora sus ojos tenían una expresión peligrosa, su voz fue un siseo escalofriante.

–No te atrevas a mencionar a Blaise de nuevo. El no existe ¿entiendes? ¡No existe! Y si intentas usarlo para acercarte a mi, te borrare del mapa Potter. Los borraré a ti, a Salvador, al pelirrojo y a todos los demás. –retrocedió unos pasos y dejó respirar al joven.

Harry inhaló profundamente y empezó a masajearse el cuello. Draco lo miraba con extrañeza, parecía no estar seguro de cómo habían llegado esas marcas rosadas a la piel de su acompañante. Luego estudió su mano, la volvió, observando alternativamente la palma y el dorso. Su expresión pasó de la extrañeza al asombro y de ahí al pánico.

Paralizado de fascinación, Harry vio como la respiración de Draco se alteraba a la vez que tomaba conciencia de todo lo había dicho y hecho en aquellos breves segundos. Una extraviada mirada gris se posó en él.

–Los Malfoy no aman, poseen. –dijo el rubio con voz cavernosa, luego puso los ojos en blanco y se desmayó.

Harry alcanzó a detener su caída y se inclinó para tenderlo en el suelo. Corrió hacia uno de los sofás y tomó un cojín para ponerlo bajo la cabeza del rubio y, cuando iba a darle unas palmadas en la mejilla, sonó su celular. El moreno hizo una mueca de fastidio y extrajo el aparatito de su bolsillo.

–Potter… –miró fijamente al hombre tendido en la alfombra– No, no puedo salir con ustedes… Tengo ganas de leer… Bien, que bueno que lo entiendes… Chao.

Cortó la comunicación y se acercó de nuevo a Draco, consideró despertarlo, pero el movimiento de sus párpados le indicó que el rubio estaba reaccionando por si mismo. Conciente de lo importante que parecía para el futuro conde su espacio personal, se alejó varios metros y se sentó en el suelo, expectante.

Draco movió los labios lentamente y se llevó una mano a la cabeza, hizo un gesto de dolor y abrió los ojos despacio. Se tomó unos instantes para mirar el techo y las paredes. Suspiró.

–¿Evan? –llamó en voz baja y con una gota de recelo–, ¿Evan? Lamento haberme dormido.

Movió la cabeza hacia donde se encontraba Harry, una sonrisa seductora y sumisa surgió automáticamente. Draco giró sobre si mismo y gateo hacia el moreno, sus gestos eran lánguidos.

–¡Ahí estás! –ronroneó– No te habrás puesto bravo, ¿cierto? Es que me sacáis el jugo Igor y tu. –ya estaba muy cerca, Harry esperaba que lo reconociera, pero los grises ojos estaban totalmente desenfocados.

Para rematar, el rubio bajó los párpados y se inclinó hacia la oreja izquierda de su interlocutor. Su voz aterciopelada y el cálido aliento en el lóbulo de la oreja casi le hicieron perder la cabeza.

–Te voy a compensar, Evan. Haremos el número que tanto te gusta con tu lindo San Bernardo, y todo por el mismo precio. –le lamió despacio la piel detrás de la oreja– ¿Aceptas?

Harry decidió que ya era demasiada información. Podía lidiar con la idea de que su primo no quisiera hablar sobre sus tendencias bisexuales, pero lo del San Bernardo y el mismo precio era definitivamente repulsivo. Cubrió los ojos del rubio con sus manos y lo hizo retroceder hacia donde aún estaba el cojín, con movimientos suaves le dio a entender que se acostara. Draco soltó una risita medio excitada.

Harry respiró hondo. Tenía que contener las ganas de besarle, de obligarlo a hacer todas las cosas que su voz prometía. Golpeó levemente las pálidas mejillas.

–Draco, Draco. Vamos, despierta.
Los ojos del rubio se detuvieron brevemente en los ojos verdes de Harry y luego en su frente despejada.
–Potter –su voz volvió a ser dura, levantó un brazo para apartarle–. Ya estoy despierto.

Harry se encogió de hombros y caminó hacia la mesa. Entretuvo sus manos en un vaso de leche abandonado. Escuchó los torpes movimientos del otro para ponerse en pie, pero se mantuvo firme, mirando el diseño de los cubiertos, aún cuando la mirada de Draco le taladraba la espalda.

–¿Nos vamos? –preguntó con tono ausente.
Draco tardó un poco en responder, Harry supuso que trataba de ordenar en su perturbada mente los últimos acontecimientos. Deseó fervientemente que los dioses del olvido se apiadaran del rubio, porque alguien así no merecía tanta humillación.
–Nos vamos –repuso al fin Malfoy en un tono casi amigable.

Harry exhaló el aire que había estado conteniendo y fue por su chaqueta, luego mantuvo la puerta abierta para Draco. Atravesaron el salón principal del Pettit Eiffel en silencio, hasta que Antuan les interceptó.

–¿Ya se van los señores? –Harry tuvo la impresión de que estaba decepcionado y recordó vagamente que el Capitán debía saber sobre esos dos, Evan e Igor.
Frunció el ceño levemente.
–A mi primo le calló mal tu comida, Antuan. Lo voy a mandar a casa, pero si me enteró que se intoxicó con un filete tuyo –sonrió con expresión cruel–, demandaré a esta pocilga hasta los cimientos.
El tipo lanzó una mirada torva hacia el pálido Draco, volvió a enfocarse en Harry y se inclinó.
–Lo que digan los señores.
Ambos terminaron de alcanzar la puerta con algo de premura en sus pasos. En la acera, Goyle esperaba a su amo. Draco le hizo una seña y el hombre echó a andar. Los dos jóvenes le siguieron hacia el sitio donde el chofer había aparcado.

–¿Qué historia es esa de que me calló mal el pescado? –inquirió el rubio a escasos metros del Rolls Royce.
Harry levantó los ojos hacia él con muy bien fingida sorpresa.
–¿No lo recuerdas? En el restaurante, hablábamos de Sirius y Remus cuando comentaste algo acerca del calor. Empezaste a sudar, luego tenías frío. Yo dije que llamaría a Antuan, pero te negaste. Dijiste un par de incoherencias sobre un tal Evan –ignoró con todas sus fuerzas el brevísimo rubor en Draco–, inspector de alimentos me parece, que te dijo hace mucho que los pescados de este sitio no eran buenos. Entonces te acercaste. Me reí, creí que querías besarme, pero me caíste encima, desmayado. Yo… mmm… me asusté un poco.
Draco asintió y extendió la mano hacia él.
–Hasta más ver, Harry.
El de ojos verdes tomó la delicada extremidad y la retuvo bastante entre sus palmas. Era una mano suave, fresca…
–Nos veremos en la escuela, supongo.
–Probablemente –concedió el rubio y subió a su auto sin mirar atrás.

Harry Potter condujo todo el camino a casa con un agradable calor en las mejillas.

TBC…

SECRETOS DE FAMILIA 15

Adaptándose 3

Por el cielo va la luna
con un niño de la mano.
Federico García Lorca


Martes

Severus Snape odiaba leer informes, pero odiaba todavía más no enterarse de las cosas que se relacionaban con su escuela. Desde que tenía 11 años, Hogwarts era su hogar, y de mil maneras defendía al viejo castillo, como todo lo que consideraba su responsabilidad. Al apartar su mirada del pergamino con el membrete de la Oficina de Atención a Licántropos y estudiar al mago que le habían mandado, ponderó la posibilidad de que, en realidad, fuera un espía del Consejo Escolar.

Aunque era poco probable que, si tenían un agente infiltrado en el puente entre el Ministerio y el Consejo Licano, lo expusieran a sus ojos y los del Castillo. Sin embargo, había algo en Adrian Ross Duncan que lo inquietaba.

–¿Dice usted que desea entrevistarse con Alexander Smith?
–Después de que usted y el señor Kruger den su autorización, por supuesto –se apresuró a aclarar el joven.

Snape resopló y volvió a mirar el informe sobre la visita que Duncan realizara el día anterior a Marcia Smith, la madre de su alumno. El investigador había descubierto que la muggle maltrataba al cachorro y ahora deseaba obtener elementos testimoniales de Alex, para completar el reporte que debía elevar a varios comités del Ministerio y al Consejo Licano.

Si, así debía ser, pero no era lógica la premura con que se daban las cosas. Kruger había mandado su queja sobre el estado de salud de Alex el domingo, con la esperanza de que la investigación se pusiera en marcha el martes, con buen tiempo, y… ¿Por qué le miraba Duncan con esa fijeza?

–Kruger tarda –comentó Snape sin saber por qué.
Duncan lo miró con miedo, pero asintió despacio.
–El colegio es grande –argumentó con una sonrisa forzada.
Volvieron a caer en un incómodo silencio.

Snape no entendía su comportamiento. Jamás se le habían dado las conversaciones banales y nunca antes le importó que un funcionario del Ministerio esperara en su oficina, ¡era especialista en ignorar! Con todo, decidió que, si Duncan era espía, era muy malo, porque le seguía mirando con intensidad, pero tampoco era un simple burócrata, ¡se olía a millas!

La puerta del despacho giró para dejar pasar, ¡por fin!, a Kruger, y Snape dio gracias a los dioses por ello.

–Lamentó la demora profesor –se disculpó al Alfa–, su mensaje me alcanzó en el bosque.
–No hay problema –aseguró Snape y señaló con un gesto al visitante. –El es Adrian Ross Duncan, de la Oficina de Atención a Licántropos. Vino por el informe sobre Alex.
El licántropo rubio ofreció su ancha mano al joven y este sonrió.
–Es un placer conocerle, Sr. Kruger.
El Alfa le dedicó una sonrisa amable, ocupó una butaca casi de frente a Duncan y cruzó una pierna sobre la otra en gesto relajado.
–Usted dirá.
–Ayer lunes temprano recibimos su queja sobre el estado de salud de Alexander Smith. Tras una breve consulta con los representantes del Consejo Licano, me ordenaron viajar a Exeter y entrevistarme con su madre. Se que a ustedes les parecerá raro que una orden de intervención en el mundo muggle se diera así, con menos de dos horas de debate, pero es que nosotros vigilamos a los Smith desde el incidente en Bedale –Snape hizo un gesto de incomodidad, Duncan se pateó por su falta de tacto. –Entre el Consejo y el Ministerio surgió una profunda división respecto a cómo manejar el caso Smith, que actualmente es el único menor de edad con Licantropía por contagio en Europa. Hasta ahora, los que opinaban que Alex debía crecer con su familia se impusieron, pero sus quejas revivieron el debate.
Duncan se detuvo para buscar en su carpeta un largo pergamino. Tendió el documento a Kruger.
–Este es el reporte de mi entrevista con Marcia Smith, me pareció adecuado traerle una copia.
El lobo observó con cautela el sello de la Oficina y luego fijó sus ojos ambarinos en el investigador.
–¿Me da un resumen?
Duncan carraspeó incómodo.
–El libro de referencia para tratar a Alex todos estos años fue Paseos con los hombres lobo, de Gilderoy Lockhart, la madre cree que los Licántropos son animales de los cuales su hijo debe ser protegido, justificaron sus desapariciones mensuales con ataques de esquizofrenia y ahora todos creen que está en una institución educativa para niños con problemas siquiátricos. De hecho, la señora Smith creyó que llegaba a anunciarle el regreso de Alex, dio por sentado que no se adaptaría.
–Si –comentó Kruger–, a mí también me preguntó si lo mandaría de regreso.

El Alfa dejó con cuidado su ejemplar del reporte sobre la mesa del director y se frotó las sienes. En su interior, Freke deseaba lanzarse a correr y no parar hasta que la sangre de Marcia Smith le mojara las encías. "La luna tiene un polizón de nardos…" repitió tontamente por un par de segundos. Alex, Alex era lo importante. Freke se calmó un poco y él pudo volver a dirigirse a Duncan.

–¿Cuál es el próximo paso?
–Los Smith están en evaluación. Antes del viernes recibirán bibliografía actualizada y un cronograma para incorporarse al Grupo de Familiares. Le advertí a ella que, si no coopera, Alex pasará las Navidades aquí, o en Taunton, y luego iremos a juicio.

Kruger asintió, el Grupo de Familiares de Licántropos había ayudado a muchas personas a lidiar con la condición de sus seres queridos.

–Respecto a Alex –continuó el mago–, me ordenaron entrevistarme con él y determinar con ayuda de su Alfa y el director Snape, si necesita encuentros regulares con un sicomago, alojamiento especial, cualquier cosa.
Kruger asintió despacio.
–Estoy de acuerdo. ¿Qué cree, director?
Detrás de su buró, Snape tamborileó con las yemas de sus dedos por un instante.
–No puede estar solo con usted, las normas del colegio lo prohíben.
Duncan lo miró sin comprender. ¿Estaba aprobando o no la entrevista?
–John estará encantado de ayudar –aseguró Kruger–, tomó a Alex bajo su protección desde el cruce del lago.
–¿John? –inquirió Duncan con cautela, no podía creer que su suerte fuera tanta.
–John Lupin –aclaró el Alfa–, está en primero de Griffindor, como Alex.

Snape resopló, Duncan tuvo la impresión de que el hecho no le agradaba. Comprendió de golpe que el extraño silencio del director durante la reunión se debía a que todo esto le regresaba a los bosques de Bedale. Parecía no estar recuperado.

–Entonces está arreglado –decidió Snape con un golpe en la mesa. –Yo debo irme a la clase de Duelo. Max, lleva al señor Duncan a una de las salas de visita y encárgate de que Lupin y Smith se reúnan con él. ¿Necesita algo más? –preguntó al joven mientras se levantaba.
–Por ahora, no. Ha sido usted muy amable –Duncan extendió su mano y una sonrisa ¿feliz? se le instaló en el rostro. –Espero volver a verle.
–Por supuesto. Presiento que el caso Smith no termina aún.

Snape observó con cuidado a Duncan, notó enseguida que el joven perdía algo de su aplomo al recordarle su única razón para visitar el colegio. Acompañó al visitante y a su Alfa escaleras abajo y se separaron frente a la gárgola.

"Así que le intereso yo" pensaba en su camino al salón de duelos. "¿Qué están tramando ahora esos desgraciados del Consejo? ¿O serán otros?" El no carecía de enemigos en el Ministerio y la reaparición de la marca… "Bueno, jugaré su juego un par de semanas. Solo espero que sea lo suficientemente listo como para mantenerse alejado de John."

Miércoles

El murmullo del gran comedor apenas se detuvo con la llegada del correo. Solo aquellos que esperaban noticias –como los Potter Malfoy– levantaron las cabezas cuando el rumor de alas se mezcló con el de comida y charlas.

Tomas vio al gran halcón planear sin decidirse por ninguna de las tres mesas. Siempre era así: sus padres escribían para los tres y el pájaro no era capaz de elegir. El acuerdo tácito hasta entonces era que él, el mayor, llamaría al ave y los gemelos se le juntaban luego. Pero hoy no alzó el brazo. De repente se le ocurrió que la carta no era para él, sino para los hijos de Harry Potter. ¿Qué pasaría si no llamaba al estúpido pájaro?

"Dará más vueltas, hasta que Snape lo note, y no quieres llamar su atención, ¿verdad?" advirtió una voz en su interior.

No, no quería llamar más la atención. Con ser el tullido hijo del mortifago traidor prometido del bello sangre sucia tenía suficiente. ¿Sangre Sucia? ¿Desde cuándo era Eli un sangre sucia? ¿Desde cuándo pensaba en términos de pureza de sangre?

"Desde que sabes quién eres en realidad: un Glaunt, el último de ellos."

Levantó el brazo con gesto imperioso y dejó de preguntarse cosas. Su voz interior había hablado suficiente por una semana. El ligero peso del mensajero familiar nunca fue tan agradable. Se concentró en desatar el mensaje y darle de comer algo de salchicha al animal. No podía abrir el sobre sin las otras personas a quien iba dirigido, así que apuró el vaso de leche y se dirigió a la mesa Griffindor.

–Louis, Eli –llamó con brusquedad. –Vamos fuera.

No esperó respuesta, sino que avanzó con su paso lento y falsamente solemne a la puerta, donde ya les esperaba Josh.

"Tengo suerte de tenerlo por hermano" pensó por milésima vez. "Es tan observador que podría descubrirme y entonces..."

¿Descubrirle? Tomas sacudió la cabeza ante la extravagante idea. No había nada que descubrir. El era quien era: Tomas el Tullido. Desde agosto, las investigaciones y los secretos ajenos carecían de fascinación.

"Se puede vivir con algunas ignorancias…" Eso lo sabía, pero ¿cuánto tardaría Joshua en entenderlo? "Siempre será demasiado tarde…" ¿De dónde le llegaban esas ideas de viejo amargado esta mañana? Estrujó el sobre entre sus dedos. "Es el miedo" comprendió de pronto ", tengo miedo de lo que diga esta carta."

Ya estaba frente a Joshua. Reconoció a su espalda los pasos ligeros de Louis y los apresurados de Eli, pero no se detuvo (detenerse con sus piernas de madera y magia era gastar energías). Siguió adelante, y el Slytherin se incorporó a la comitiva sin palabras. No se detuvieron hasta un aula vacía del segundo piso.

–¿Qué dice papá? –inquirió el gemelo Griffindor cuando el local estuvo sellado e insonorizado.
–Antes debemos explicarle a Eli qué hace aquí –le contuvo el mayor y extendió el sobre a su novio. –Mira.
El muchacho alcanzó el objeto y leyó en voz alta.
–A Tomas Sirius, Louis Julius y Joshua Lewis Potter Malfoy. A Elihaj Suchowljansky –alzó los ojos son comprender. –¿Por qué…?
–Eres mi prometido –explicó Tomas. –Pronuncié lo votos ¿recuerdas? Draco Malfoy es un mago a la antigua usanza por ese lado.
–Si, aunque los votos se prenuncien desde el suelo de una limosina voladora –se burló Louis.
–Espero que tú encuentres alguien que los acepte fuera de una cueva de ratones.
–¿Cueva de ratones? –Eli no sabía si reírse o reprender a su novio.
–La forma animaga de Louis es un ratón –intervino el segundo gemelo. –Por favor, Tomas, la carta –rogó con mal contenida inquietud.

Joshua deseaba que acabaran de leer el maldito pergamino. Saber era preferible, mil veces preferible a la inquietud y algo ocurría, sentía el mal sobre su piel, como un soplo de brisa fría y suave.

El moreno rompió el lacre y separó dos piezas de pergamino: una breve y decorada en los bordes, que pasó a Elihaj, y otra un poco más extensa y escrita con letra apretada, para él y sus hermanos.

De un vistazo lo supo: nada nuevo, ni bueno. Wilson Tackeray era el medimago a cargo de Draco, y anunciaba que los siguientes meses serían tan complicados como tranquila había sido la espera por los gemelos, trece años atrás. El resto era bastante doméstico: Ya estaban en la vieja mansión de los Black (era una suerte que el retrato de la madre del tío Sirius ardiera gracias a la ira de Vlad Tepes). Draco se retiraría del ojo público a más tardar en noviembre. Para el cumpleaños de Tomas organizarían una pequeña cena con todo el Clan para anunciar el embarazo y el noviazgo (el hermano mayor sintió que sus rodillas flaqueaban ante la idea). Su padre había decidido no postularse a un nuevo período como Ministro (los ojos de los gemelos brillaron con alegría, ya no tenían que ser "tan" ejemplares). Y, por último, advertían a Tomas de que pronto recibiría correo oficial de Gringotts respecto a una cuenta que Draco consideraba oportuno abrir, para que cortejara a Eli de la manera tan correcta, amorosa y cara como desease.

El moreno levantó los ojos y se encontró con la mirada incrédula de su novio.

–Es… Yo… tus padres, dicen que… quieren conocerme en una reunión familiar que… para la fiesta de Halloween… Tomas yo no se…
Tomas se acercó despacio al joven de cabellos castaños.
–¿Hay algún problema?
Los ojos azul oscuro de Eli eran casi negros.
–¡Es en dos meses! –casi chilló. –¿Cómo saben que en dos meses tu y yo…?
Tomas le tomó la mano libre con afecto y tiró de él con suavidad.
–Babosos –gruñó Louis, que todavía no se recuperaba del beso de torniquete en el salón de duelo el día anterior.
–Tonto –regañó el mayor de los Potter a su tembloroso novio. –Debería comprarte unas gafas hechizadas para ver el amor. Dos meses, tres, un siglo. Te seguiré amando.

Eli murmuró algo con los labios pegados a su clavícula, el roce de su aliento bastaba para erizarle la nuca. ¡Merlin y Lycaon fueran malditos! ¿Sangre sucia? La única sangre impura allí era la de él.

"¿Y tú me seguirás queriendo cuando sepas…?" Se le ocurrió de pronto. Quería casarse con Eli, pero ¿podían unir su vida con un secreto así entre los dos? "El admira a mis padres, se ríe con las tonterías de los gemelos, incluso le simpatiza Dafne. Si ya no soy un Potter, ¿qué voy a ser?" Si, decidió mientras acariciaba la larga cabellera de su prometido. "No hay nada más que Tomas el Tullido. El último Glaunt fue Tom Sorvolo Riddle. Yo soy Tomas Sirius Potter Malfoy, de la casa de Ravenclaw, y tú serás mi esposo: Elihaj Potter Malfoy, de la casa Gryffindor, un poco de sangre judía es justo lo que necesita ese viejo de lengua bífida para acabar de hundirse en el infierno a donde lo mandó mi padre."

Y el pensamiento fue tan tranquilizador que tuvo fuerzas para oscilar a un lado y otro y calmar a su chico en tiempo record "La sangre vela ayuda, a veces". Cuando se separaron, lo besó en la frente y se dio media vuelta para salir, las miradas burlonas de sus hermanitos no le calentaron la sangre "Estos lo que necesitan es empezar a pensar menos en bombas fétidas y más en traseros", sino que contuvo las ganas de correr a besarlos "Eso de correr no se me da" y se fue con su falsa mesura en el andar "Mierda de prótesis, debí usarlas durante el verano para poder llegar a tiempo a Aritmancia".

Louis y Josh les vieron salir tomados de la mano, tan ensimismados en su amor que no notaban el abatimiento de los rubios.

–¿Eso es amor? –preguntó el Gryffidor cuando volvieron a estar solos.

Josh le miró extrañado. Louis casi nunca le hablaba en frases completas, eran gemelos, gemelos idénticos, una persona con la posibilidad de dos cuerpos simultáneos. Así que solo eran "literales" en público, o cuando la aflicción atenazaba la garganta, como esa mañana. Sacudió la cabeza y levantó la nota del padre ante sus ojos.

–Si.

Louis le miró sin comprender, pero nada más dijo. Comprendía que su hermano mayor era distinto a ellos dos, pero le costaba asimilar el violento cambio en el carácter de Tomas. Elihaj hacía cambiar el discreto carácter de su hermano de un modo tan violento que asustaba. ¿Le ocurriría eso a ellos al cumplir los 16?

–Ya sabes –advirtió Josh en lo que incineraba la carta con un giro de varita.

Louis asintió, ya sabía. Callar, callar, todo en su familia era secreto. Tocó el hombro de Josh para que sus ojos verdes volvieran a cruzarse.

–¿Lo sabe?
–¡Claro que no! –la sola idea parecía asustar a Josh. –Y vamos a ayudarlo.
Louis asintió con fuerza, si su gemelo decía que ayudaran eso era lo correcto. Sin embargo…
–¿No lo ama?
–¡El cerebro Griffindor! –se quejó Josh. Decidió ser excepcionalmente claro en sus órdenes (a Louis se le daba bien lo de seguir órdenes) –Solo trata de que crean que no está pensativo, sino triste. ¿Entiendes? El resto es cosa suya.
–De ellos –rectificó Louis.
–Si, de ellos.

Josh suspiró quedo, en esos momentos pensaba que la teoría de que eran una persona en dos cuerpos estaba errada. Eran una persona, en efecto, pero partida en dos. Siempre estaba incompleto sin su gemelo, pero hacerle entender los planes era complicado. "El heredó la parte del perro guardián y yo la del coyote tramposo. Entonces ¿qué coño somos?" ¿Qué era? "Bonita pregunta para iniciar el curso, imbécil" ¡Suficiente! Apretó el hombro de Louis con afecto y se forzó a sonreír.

–Ahora vamos a clase. Espero que Fleur nos de algo de diversión antes del almuerzo.

Jueves

El invernadero era un sitio bello, pensó Dafne, y casi tan agradable como la sala común de Slytherin. Lo mejor de todo era que Lonbotton, el profesor de Herbología, los ponía a trabajar en tríos, y podía estar cerca de John y Alex sin problema. En las otras clases que compartía con los Griffindor, los bancos eran para dos, y tenía que sentarse delante o detrás de ellos, con Melian Capote, que se fingía insoportablemente estirada fuera de la sala común porque –según ella– así actuaban los verdadero Sly.

Pero eso no importaba ahora, sentía un agradable calor entre sus dos amigos Griffindor, mientras dibujaba con cuidado la planta de hojas moradas que les asignaran.

–Espero que el dibujo que nos den durante la segunda parte sea mejor que el tuyo –refunfuñó Lupin.
–Y yo espero que nadie recuerde tu muy personal forma de escribir "lanceolada" en el futuro –repuso la niña tras un breve vistazo a la descripción escrita de su compañero de equipo. –¿No te enseñaron ortografía en primaria?
–Es una palabra muy larga –se quejó el moreno.
–Ya… –Dafne se quedó callada, de nuevo deseaba preguntarle a John qué clase de asignaturas impartían en su misteriosa escuela de Alemania, pero se contuvo.

Aparte de un envidiable físico, excelente memoria para ingredientes de pociones, nombres de plantas y animales, su amigo parecía tan desorientado como Alex y ella. Eso la intrigaba, no había olvidado su amenaza del primer día, y sospechaba que esas extrañas ignorancias en un hijo de magos, junto a su color de ojos, era la clave del misterio. Pero las tareas no le daban tiempo para dedicarse a la investigación.

"¿Y si le pregunto a Joshua?" su primo era extremadamente amable y desde la primera noche hallaba siempre tiempo para preguntarle cómo iban las cosas. "No. Es mi misterio." Para refrescar, se volvió en dirección a Alex, que, como ella, debía dibujar la planta. Los ojos se la abrieron como platos.

–Alex, eso es… ¡maravilloso!
El rubio levantó la mirada y sonrió con timidez.
–¿Te gusta?
En vez de contestar, Dafne le dio un codazo a John y él gruñó, desorientado. La chica señaló la cartulina del otro Griffindor.
–¡Wow! El que coja esta muestra no tendrá problemas para identificar la planta. ¡Es excelente!
–¿Tomaste clases de dibujo en primaria, ¿verdad? –dedujo Dafne.
La pequeña sonrisa de Alex murió.
–No. Mi mamá me enseñó.

Dafne y John se pusieron serios de golpe. Su amigo aún no se recuperaba de la entrevista que sostuviera, dos días atrás, con el tal Duncan. Dafne sabía que le estaban ocultando una parte de la historia, pero el caso era que los padres de Alex estaban acusados de maltrato infantil (la verdad es que Alex estaba bastante flaco y todo lleno de cicatrices) que era un crimen muy serio, porque los magos tienen muy pocos hijos.

John carraspeó incómodo y miró su reloj de pulsera.
–Todavía no describo el tallo de esta cosa –dijo con voz apurada y se inclinó sobre su pergamino.

No hablaron más. Cinco minutos después, el profesor dio una palmada para advertir que el tiempo se acababa y recogió los dibujos y descripciones con un movimiento de varita.

–Bueno, ahora pasaremos a la parte más divertida de la clase – Lonbotton sonrió con su media boca. –Voy a mezclar sus pergaminos y cartulinas, y entregaré a cada trío un dibujo y una descripción. En esta hora que les queda deberán descubrir a qué planta corresponden. Para el próximo encuentro quiero un pergamino de sesenta centímetros sobre las características de la planta, sus propiedades y las pociones en las que se usa.

Dafne trató en balde de descubrir el hechizo que Lonbotton aplicó a los materiales para que se mezclaran. Luego el hombre avanzó por el invernadero y entregó a cada grupo un dibujo y una composición. Su paso renqueante no era lento, y ella se preguntó si su pierna izquierda, tan machacada, le dolía.

Joshua le había contado que, durante la guerra, los mortifagos capturaron a los Lonbotton y les torturaron con la esperanza de obtener la ubicación de la base de Harry Potter. Ellos se mantuvieron firmes hasta que Remus Lupin le rescató. Para entonces el veneno de serpiente, los crucios, los golpes y las maldiciones rompe-huesos, habían dejado la bóveda craneana de Luna hecha pasta, por eso la profe de Adivinación usaba un casco de acero inoxidable por debajo del cual escapaban escasos mechones de pelo color arena. A Neville lo estaban amenazando con una plancha de metal al rojo cuando los aurores irrumpieron en la fortaleza, y casi quinientos quilos de plomo aplastaron su brazo y pierna, y le quemaron la cara.

No eran los únicos. Su primo le advirtió que casi todos los adultos del mundo mágico tenían alguna cicatriz de la guerra, que no tenía que avergonzarse ni dejarse asustar, pero era difícil. Así que cuando el profesor se acercó a su mesa, abrió su ejemplar de Mil hierbas mágicas y hongos y fingió leer.

Por suerte, el material que les asignaran estaba mejor dibujado y redactado que el de ellos. No tardaron en determinar que se trataba del asfódelo.

–¿Vamos a la biblioteca? –propuso Dafne cuando cruzaban los terrenos hacia las puertas del castillo.
–No –repuso John. –Alex y yo tenemos que ir a otro lado. –¿Nos vemos después de la cena?
Dafne los observó con cuidado. John había tomado la mano de Alex y solo esperaba una respuesta de ella para correr escaleras arriba.
–¿Qué cosa?
–Cosas de Griffindor.
La niña suspiró. ¿Por qué le ocultaban cosas?
–De acuerdo, a las 8 en la biblioteca.
–¡Perfecto!

Lupin se llevó a Smith casi a remolque y ella se quedó en el enorme recibidor, con su mochila y sus dedos manchados de tempera. Miró los relojes que marcaban los puntos de cada casa: Slytherin iba delante, seguido de Ravenclaw y Griffindor. Algunos los había aportado ella en Pociones y Herbología.

"De hoy no pasa que sepa el secreto de John y Alex."

TBC…

EL SEGUNDO REGRESO DEL REY 15

LA CACERIA

Bajaron a desayunar a las cocinas, como siempre hacían antes de sus cacerías privadas. Para los príncipes esta era una oportunidad de conocer a sus servidores fuera del estricto protocolo de la corte de Thranduil. Legolas ya había recuperado su buen humor y bromeo con el hermano mientras esperaban a los otros.

Los siguientes en llegar fueron Elladan y Ellohir: armados hasta los dientes, con petos de cuero entre la camisa y la túnica y pantalones del mismo material.

–No hallarán Uruk–Hais tan al norte –comentó el Segundo Príncipe al examinar la excesiva indumentaria.

–Tenemos en alta estima a tu hermano, Hojita Verde –explicó el más reposado– si le dieron tanto trabajo deben ser ¡mortíferos!

–Eso fue muy cortés de vuestra parte, pero olvidan que los inmundos seres han perdido al Ojo que los guiaba. Ahora son mucho menos letales que en la Batalla de los Cinco Ejércitos.

–¡Qué lástima! –se lamentó Ellohir– eso significa que estarán al alcance de cierto elfo del extremo oeste.

Estallaron en carcajadas, interrumpidas por los tragos de jugo o leche y los bocados de pan o fruta, y así los halló Ferebrim.

Al verlo apoyado en el marco de la puerta, con su usual mirada de lujuria, Legolas no pudo ni molestarse. La noche junto a su Rey, la buena noticia de su futuro alumbramiento –ya no podía negar que era hermoso–, las caras de sus hermanos, todo le había puesto de tan buen humor que saludo al teleri sin sarcasmos.

–Buen día primo. –y con un gesto le invitó a entrar– ¿Listo para la diversión?

–Si, listo, listo. –Ferebrim tomó asiento en la silla más cercana a Legolas de las dos vacantes, y pretendió ignorar las miradas molestas de los gemelos– ¿Puedo preguntar la razón de reunirnos acá abajo?

–Que no hay que esperar a que los sirvientes suban los tres niveles hasta el comedor privado. –responde Halladad con la boca llena– Aquí el pan está recién horneado y la leche, tibia de veras.

–Lo que deberían hacer –propuso Aragorn desde la puerta– es mudar el comedor para acá abajo, o la cocina para allá arriba.

La propuesta atrae aún más risas, risas que el teleri no comparte.

–¿Quieres que a papá le de un ataque? –Halladad traga apresuradamente y cita a Thranduil con voz engolada– "No se deben mezclar los niveles de trabajo y servicios"

El hombre asiente risueño, su respuesta carece de fuerza, como quien comenta algo por todos sabido.

–Tu padre está obsesionado con la separación entre clases y razas, eso puede acabar mal. –se deja caer al descuido en la última silla, entre el de Lindon y Ellohir, y se dedica a escoger algunas frutas secas de una fuente para su plato.

–Pues a mi no me parece mal que halla ciertas separaciones. –comenta Ferebrim– No todos somos iguales, la nobleza es cosa cierta y respetable.

Los otros elfos callan, saben a quién va dirigida la puya. El de Gondor continúa ocupado con sus frutillas, contesta sin levantar la vista, como la noche anterior.

–La nobleza es cierta y respetable, pero no es algo con lo que se nazca, debe ser demostrada. El destino, Ferebrim, es un camino que yace a nuestros pies y tememos recorrerlo por su penumbra permanente. Empeñarse en mantener separaciones entre los seres racionales es temer que se demuestren mejores, o peores, de lo que creemos, es temer a la realidad.

Lo ha dicho todo en un tono reposado, como un maestro que repite para un niño tardo en comprender, en un tono humillante para el teleri. Trancos selecciona un puñado de frutas y se las mete a la boca, el resto del contenido de su plato va a parar a los bolsillos del traje.

–Sé que llegué el último, así que no es mi voluntad detener la marcha, puedo acabar mi desayuno por el camino. ¿Nos vamos?

Desde la caída de Saurón las criaturas oscuras se habían replegado, ahora, para hallar un cubil de orcos, era necesario cabalgar hacia la frontera norte del reino, casi en los límites del Bosque. Halladad y Legolas habían planeado la ruta cotejando los informes de los guardias que seguían limpiando la zona. Dedujeron que a medio día de camino hacia el noreste hallarían un grupo, oculto entre las ruinas de una antigua comunidad élfica.

Marchaban a pie, pues solo pasarían una noche a la intemperie, a sus espaldas las armas, escasos alimentos y agua. A la vanguardia iban Halladad, Aragorn y Ferebrim, conversando sobre la Ciudad Blanca y sus usos administrativos. Al heredero de Mirkwood le interesaba mucho el comercio con Gondor, punto de paso obligado para las exóticas frutas del lejano sur. Detrás los gemelos y Legolas. El príncipe narraba algunas anécdotas de su afable competencia con Gimli sobre el exterminio de orcos en Cuernavilla.

–… entonces llego hasta él: está acomodando su barba, sentado sobre un Uruk–Hai. Le digo "Cuenta final, cuarenta y dos", el enano me mira como si fuera un niño y contesta "¿Cuarenta y dos? No está mal para un principito elfo de orejas puntiagudas. Yo estoy sentado sobre el cuarenta y tres." Medité un instante, era una situación incómoda ¿no? Al siguiente minuto, clavé una flecha en el cuerpo bajo sus piernas. "Cuarenta y tres" afirmé con calma. "¡Pero si ya estaba muerto!". "Se retorcía ¿sabes?". "¡¿Se retorcía?! ¡¿Se retorcía?!" Gimli tenía la barba pálida de furia. "Aún se retuerce porque tiene mi hacha clavada en su sistema nervioso".

Los hijos de Elrond estallaron en carcajadas.

–Pues yo creo que te ganó, amigo –opinó Ellohir.

–Tal vez, pero el que derribó al olifante en Pelennor, fui yo.

–¿Y qué hizo el enano?

–¿No lo imaginas hermanito? ¡Dijo que valía por uno!

Tras varias horas de marcha Ferebrim se animó a una pregunta que le comía el alma.

–¿No es peligroso que esas bestias acampen tan cerca del palacio?

–Una cosa es que acampen y otra que ataquen. –respondió Halladad– Los oficiales les tienen ubicados y acosados desde hace varias semanas, pero pedí que nos dejasen la diversión final. –el heredero de Mirkwood miró un instante al Rey de Gondor y concluyó– Es mi regalo de bodas.

–Vaya regalos que te hace tu Maërys, primo. Alguien podría salir herido.

–No lo creo, –intervinó Aragorn– lo más que hallaremos serán cuarenta o cincuenta orcos hambrientos y desorganizados. Un buen regalo de bodas Halladad, para verdaderos guerreros.

–El buen gusto es una tradición familiar, Rey de los Hombres.

Cuando el sol logró colarse entre las ramas supieron que llegaba el medio día. Hicieron alto para tomar algo, mientras Halladad desplegaba un mapa y exponía el plan.

–Deben estar por acá, a una hora de marcha, o menos. Nos desplegaremos para entrar en arco y acorralarlos contra el arroyo, el agua está tan encantada como el resto de las corrientes de la zona, y ellos lo saben.

–¿Vamos por tierra o por las ramas? –preguntó uno de los gemelos.

–Por las ramas los mejores arqueros: tú hermano Ellohir y Legolas, por tierra el resto. Las flechas, desde dos flancos simultáneos, les empujarán a la salida principal del pueblo, donde esperaremos Ferebrim y yo. –el de Lindon dio un respingo, pero se mantuvo callado ante la mirada interrogante del resto. Halladad continuó. –Elladan y Aragorn deben apostarse en la mitad del camino entre los arqueros y nosotros, para cerrar la brecha. ¿De acuerdo? –asentimiento general, el líder empieza a enrollar el plano y da las instrucciones finales– Nos separamos ahora: mi hermano y el Rey a la derecha, los gemelos a la izquierda. La señal de listos será un canto de estornino.

Se levantaron y cada pareja tomó el rumbo acordado sin mover ni una hoja.

Legolas y Aragorn avanzaron aún bastante antes de percibir el claro donde los orcos dormían. Antes de verlo pudieron sentir su hedor, el primero en percibirlo fue el elfo, pero los entrenados sentidos del montaraz no tardaron en descubrirlo también.

–Amor, nos tendremos que separar pronto, te pido que tengas especial cuidado en ese árbol.

–Vamos Aragorn, soy un elfo...

–Estás en un estado especial ¿recuerdas? No sería extraño que te mareases con la altura. Solo deseo que, por una vez, olvides tu orgullo guerrero y pidas ayuda. ¿De acuerdo?

Legolas se le quedo mirando, los ojos del hombre lo contemplaban con una mezcla de inquietud y cariño que nunca esperó, al menos no tan pronto. Ya no era el deseo de verle sano al final del combate, como durante el último año, ahora Aragorn le miraba como a la joya más preciosa de la corona.

–De acuerdo, aunque no estamos en una batalla.

Esa vez el elfo tuvo razón, no solo en que aquello no se podría calificar de batalla, sino en que seguía siendo un guerrero. Lo que Legolas nunca le confesó a su esposo fue que, movido por sus inquietudes, trepó aquel tronco con un cuidado absoluto, como cuando, a los cuatrocientos años, escalaba sus primeros robles. La escalada le tomó por ello el doble del tiempo habitual, pero se sintió satisfecho.

La cacería se desarrollo sin incidentes notables: Halladad le salvó la vida a Ferebrim varias veces, ya el de Lindon era incapaz de proteger sus propias espaldas, pero eso era algo que todos esperaban. Al sacar cuentas descubrieron que el campamento tenía más habitantes de lo previsto, casi setenta orcos de diverso tipo. Ellohir y Legolas habían despachado cada uno a quince, el otro hijo de Elrond tendió nueve, la espada de Elendil probó la sangre de diez, el heredero de Mirwkood se encargó de once y Ferebrim apenas pudo matar siete, para un total de sesenta y siete.

Aunque la zona parecía segura ahora, respirar la pestilencia de los servidores de Saurón era insoportable, por lo que cada uno separó las manos derechas de sus trofeos como constancia para el reto y buscaron otro sito para pasar la noche. Acamparon en otro claro, a cierta distancia del río, pero desde donde se filtraba el relajante olor de su corriente encantada. Tras hacer fuego, comer y beber unos tragos de vino, todos se sintieron mejor.

Cantaron entonces canciones de guerra y caza, pero, al llegar el turno de Aragorn, este entonó un breve cántico a la belleza y el amor perdido. La voz del hombre, mucho más baja que la de los elfos, pero teñida de una pasión nueva para sus compañeros, les dejó sin aliento.

Lay of Leithian

I. Sindacollo Lestanóressë.

Aran eänë yáressë
nó Atani vantaner cemenessë
túrerya né ortaina hróto lumbulë,
márya né or tumbo ar taurë.
Lassiva rierya, laiqua collarya
telpië ehtaryar andë ar aicë,
i silmë turmaryassë né mapaina
nó Isil né carna var Anar né ostaina.
Aparéssën, írë i hrestanna
Endoressë Valinórello
i Eldarimbë arwa valanen entullë,
ar tulwi viller ar calmar uryaner,
írë arani Eldamaro lendë ara
arwa tuo ohto, nu i menel
san telpië rombaryar súyanër
írë Anar né nessa ar Isil né vinya.
Palan san Valariandessë
Lestanorëo pelda nóressë,
Aran Sindacollo harnë tirna mahalmassë
lintarmië sarna rondossen:
tanomë hyellemíre, marilla, ar malwa mirilondo,
ar cantaina tinco ve helma lingwion,
turma ar (corslet?), pelecco ar macil,
ar sílala ehter ner panyaina hahtassë:
ilyë sinë haryanéro ar nontero pitya,
an melda ilyë harmar mardessë pella,
ar vanime yeldi Atanion pella,
haryanéro yeldë, Luhtiénë.

II. Luhtiénëo I Melda

Telqui tyelce ve tane úvar yure ata
i laiqua cemenessë nu Anar;
vendë vanima ve ta úva ëa ata
árallo lómenna, Anarello Ëarenna
Vaimarya né luine ve fanyarë lairessë,
nan sinde ve sinyë ner hendiryat
collarya lanyaina vanimë indilinen,
nan morna ve huinë ner findesserya.
Táleryat ner larcë ve aiwë rámanen,
lalalerya valin ve i tuilë;
i nindë tasarë, i cawala fen,
i lisse-holme lohtala nandava,
i cala lassessen aldaron,
i óma nenwa, sine pella
vanimerya né ar almierya,
alcarya ar melimierya [1]

Había tal tristeza y resignación en sus ojos, tanto asombro acerca de su propia y dolorosa suerte, que un hechizo pareció descender sobre los cinco elfos para trasladarles a los Días Oscuros, cuando junto a hombres y enanos peleaban contra Melkor y la belleza de los Árboles de la Luz estaba aún viva en toda su raza. Al terminar el hombre miró a Legolas por un instante y este asintió en silencio: el Rey no temía por si mismo, sino por él, un inmortal preso ahora de su propia pasión, de sus votos, de la vida que latía en su interior.

Ferebrim fue el primero en reponerse de la impresión, intentó volver a la pelea verbal con las armas de la canción.

–Ella murió ¿no? Esa canción es una advertencia para todos los elfos.

Los gemelos le miraron con furia asombrada, estaban tan espantados de que alguien pudiera expresarse así sobre sus honorables ancestros que ni siquiera pudieron articular palabra. La reacción fue solo física: Ellohir intentó saltar sobre él, pero Elladan le retuvo, ambos perdieron el equilibrio y cayeron en un confuso bulto que se debatía. Como la complexión de ambos era similar no parecía que el asunto se pudiera decidir sin intervención externa, al fin Halladad le separó y ayudó a retener al más vehemente de los hijos del Medio Elfo.

La voz de Legolas se elevó entonces, tomando partido por primera vez ante la rivalidad de sus pretendientes.

–Es preferible morir por la tristeza de un amor perdido, que en largas guerras contra los de tu misma raza, y más honorable, sin duda, que languidecer en una ciudad oculta a los retos de su Edad.

–El Reino Escondido fue destruido por esa pasión insana. –ripostó Ferebrim.

–Por amor cruzó Beren el Cinturón de Melian y tomó en su mano el silmaril maldito, por amor le siguió Luthien a lugares que los mismos elfos noldor evitaban. Gloria sin fin ganaron para sus descendientes, movidos por lo que llamas "pasión insana".

–¿De qué sirve la gloria si han muerto? Luthien fue la mayor belleza de nuestra raza, ahora no es más que un recuerdo, cabalga el fantasmal corcel de la leyenda junto a su mortal.

–¿De qué sirve la inmortalidad sin el amor? ¿Por qué crees que los elfos de Rivendel, Mirkwood y Lothlorien hemos muerto todos estos años en las batallas de la Tierra Media?

–Ninguna fidelidad debemos a este sitio. Los Valar nos destinaron a un lugar digno de nuestras virtudes. La Tierra Media es para los mortales.

–Teleri insensato, mientras ustedes se escondían en su pedacito de Belerian enriqueciéndose, nosotros luchamos por amor. Amamos este sitio, seremos eldar, pero no olvidamos que la luz de las estrellas llego a nuestros ojos en el extremo oriental de este continente.

–La Batalla de Fornost niega tus palabras.

–Ocurrió casi en vuestras fronteras, no podían negarse a participar. Pero, antes y después, fueron los reinos del interior los que aportaron su sangre. En cuanto a Fornost, –el príncipe curvó sus labios en una sonrisa despectiva– ¿estuviste tú ahí?

–Era demasiado joven.

–Supongo, debías tener mil quinientos y algo ¿cierto? –Ferebrim asintió– Esa es mi edad, y ya ves, he vuelto vivo y sano de la Gran Batalla de nuestro tiempo, otra batalla en la que Círdan se negó a participar. No te ofendas por esto primo, pero creo que para hallar a nuestros iguales no debemos reparar el las razas, sino en el temple de las almas. La inmortalidad puede llegar a ser una carga. –Legolas no esperó a que el otro intentara contestar, solo se volvió hacia sus compañeros– Estoy cansado, levantadme para el segundo turno de guardia. Vamos, portador del anillo de Barahir, debemos terminar de preparar los lechos de todos.

TBC...

Nota:
Aragorn canta el Lamento de Lúthien o Lay de Leithian, es la misma canción que cantara a los hobbits en su viaje de Bree a Rivendel en La comunidad del Anillo. Narra la historia de Beren y Lúthien y la búsqueda del Silmaril. El texto que uso es una traducción al quenya basada en "The Lay Recommenced" (J.R.R. Tolkien The Lays of Beleriand, George Allen and Unwin 1985). La versión inglesa del texto puede ser hallada en las páginas 331-332. Esta no intenta ser una traducción poética, sino una traducción "literal". Es, de hecho, una traducción literal que no tiene en cuenta el ritmo o la métrica, tomada de la URL: www.elvish.org/ gwaith/ leithian.htm

DE LEYES Y VENGANZAS 15

En el Petit Eiffel

De: "Harry Potter" ‹hjpe@saxamail.com›
A: "Draco Malfoy" ‹draconis@nobility.uk›
Asunto: INVESTIGACION DE QUIMICA

Saludos Malfoy:
Adjunto a este mensaje el texto del seminario en formato .rtf, para que lo valores. ¿Podemos vernos en un par de días para hablar de ello? Disculpa la premura, pero es que Hermione sigue ajena al proyecto y Ron, ¡es Ron!
Como entiendo que mi casa te puede resultar incómoda, nos veremos en cualquier otro sitio.

HP


Sirius miró a Draco por varios segundos, inseguro sobre la actitud a seguir. El carraspeo de su hijo le sacó de su momentánea distracción.
Ambos hombres rompieron el contacto visual, un tanto avergonzados, y giraron hacia el más joven, Harry les miraba intrigado.
–¿Pasa algo?
El padre trató de desviar la atención.
–¿Ya llegó Remus?
–Hoy tiene reunión entre la gente del MST y el Banco.
–Oh, si, lo había olvidado. –empezó a sacarse el abrigo, y se esforzó por dar un tono casual a sus palabras– ¿Me presentas a tu amigo?
Harry aún mantuvo sus inquisitivos ojos verdes sobre Sirius durante una eternidad antes de hablar.
–Este es Draco Malfoy, vino para ayudarme en un proyecto escolar. Draco, este es Sirius Black, mi padre.
–¿Black? –inquirió el rubio mientras adelantaba la mano.
–Padre adoptivo –aclaró–. ¿Eres el hijo de Lucius?
Draco se permitió entonces una media sonrisa y asintió.
–Creí que lo habías olvidado.
Sirius negó suavemente.
–¿Cómo olvidar a Lucius? –apretó un poco los labios y miró al joven Malfoy con atención. Volvió a hablar muy despacio– Supe lo de Narcisa. Lo siento, si tú lo sientes.
–No lo siento –declaró simplemente Draco.
Harry volvió a carraspear, y ellos se volvieron. Lucía incómodo por la exclusión.
–¿Les importaría explicarme?
–Mi madre se llamaba Narcisa Black –explicó Draco con voz desapasionada–, era prima hermana de tu padre, aunque a ella no le gustaba recordarlo.
Harry asintió, satisfecho a medias, pero estaba acostumbrado a los silencios de Sirius sobre su familia.
Draco giró hacia el otro hombre.
–Ahora debo irme. Estoy aquí desde la una y mi padre puede preocuparse.
El de ojos azules asintió comprensivo y le abrió la puerta.
–Vuelve cuando quieras.


De: "Draco Malfoy" ‹draconis@nobility.uk›
A: "Harry Potter" ‹hjpe@saxamail.com›
Asunto: Re INVESTIGACION DE QUIMICA

Potter:
Eres bastante observador, solo que tu habilidad parece errática. Lástima.
Este martes termino mi entrenamiento a las 3: 40 pm. Puedo dedicarte el resto de la tarde.
Saluda a tus padres.

DM



Harry pasó su tarjeta por la cerradura electrónica y entró. El Club de Esgrima era un sitio amplio, decorado en plata y verde, con esa extraña mezcla entre lo antiguo y lo contemporáneo que hacía de Haowgarts un complejo fascinante.

Atravesó el recibidor en busca de la zona de entrenamiento. A ambos lados, las paredes de la habitación estaban ocultas por estantes llenos de trofeos de hasta 400 años de antigüedad. Casi al final, el anaquel del siglo XX mostraba pocos premios. Recordó las palabras de Marcos Flint en la Asamblea: "Hace tres años, el señor Malfoy fue elegido el capitán más joven de la historia de Howgarts en el siglo XX. Bajo su dirección, el equipo llegó a competencias de nivel nacional, algo casi olvidado en nuestro club". Entonces, esa copa del nivel superior era un logro de él.

La pared del fondo era un gran mural que historiaba el desarrollo de la esgrima. Todas las figuras estaban orientadas hacia el centro, donde una alta puerta de roble permanecía entre abierta. La empujó y pasó al local siguiente.

El sitio bullía de actividad. Era un gimnasio con el tamaño de tres aulas regulares del colegio, violentamente iluminado por varias lámparas que colgaban del techo. El suelo estaba cubierto de linóleo verde y las paredes laterales estaban historiadas, como en el recibidor.

Nadie reparó en su entrada.

A la izquierda, una docena de párvulos de entre 12 y 13 años hacía calistenia. En el fondo, otros se afanaban desembalando armas –Marcos Flint parecía dirigirlos. Pero el grupo mayor estaba a su derecha, siguiendo un enfrentamiento. Harry se acercó allí con la esperanza de encontrar a Draco entre los espectadores.

Sobre la plataforma de esgrima, un hombre y una mujer cruzaban sus aceros. Ella llevaba una melena muy corta, los mechones de color castaño ni siquiera tocaban el cuello de su traje blanco. El hombre vestía de negro y recogía su cabello rubio, casi blanco, en una cola de caballo. No dudó por un instante que se trataba de Malfoy. Aguardó en silencio.

Viendo aquel combate, Harry entendió que la mascota de este equipo fuera una serpiente. Los movimientos de ambos eran fluidos y eficientes, con una velocidad y precisión escalofriantes. La ajustada malla del rubio marcaba su tórax a penas definido y su vientre plano, también el surco que el sudor construía por su espalda y axilas.

Las fintas y rechazos continuaron por diez minutos más. El moreno consultó su reloj (3:30 pm) y se preguntó si Draco recordaba su reunión. Entonces, el rubio saltó hacia delante con violencia repentina para flexionar de inmediato su pierna derecha hasta quedar casi horizontal. La mujer dudó un instante en recomponer su defensa, pero fue suficiente para que él alcanzara su pecho de abajo hacia arriba con limpieza absoluta. Los indicadores rojos anunciaron el fin del combate y el público aplaudió entusiasmado.

Los esgrimistas regresaron a sus esquinas y se dedicaron sendas reverencias antes de quitarse las máscaras. El rostro de Draco estaba ligeramente sonrojado por el esfuerzo, ella sonreía.

–Está usted en plenitud de facultades, señor Malfoy.
El bajó la cabeza con modestia.
–Usted me dejó vencer, señorita Hoch.
–Ojalá –repuso ella, sin tratar de ocultar su satisfacción, y se alejó.

Al quedarse solo, Draco calló sobre sus rodillas, se encorvó y apoyó una mano en el entarimado. Su respiración era entrecortada y cada inspiración le tensaba todos los músculos del cuello. Harry se apresuró hacia él, asombrado de que nadie pareciera interesado en el ataque del rubio. Le puso una mano en el hombro.

–¿Estás bien?
Malfoy levantó los párpados, confundido. Sus ojos estaban desenfocados y tardó varios segundos en reconocer a su interlocutor.
–Potter. –dijo al fin, volvió a halar aire con dificultad– ¿Qué haces aquí?
–Tenemos que hablar de química, ¿recuerdas? –se detuvo por un instante en aquellos labios entreabiertos, delgados, rosados, casi femeninos. Cuando las venas del cuello, azules y tensas, se hincharon ante sus ojos una vez más, tragó en seco–, pero podemos posponerlo.
El rubio respiró dos o tres veces antes de empezar a sonreír.
–¿Lo dices por esto? Siempre acabó de esta forma. No te preocupes, es un modo de aliviar tensión. –se apoyó en uno de los hombros del moreno y se irguió con cautela– Me ducho y nos vamos a la biblioteca.

Se alejó despacio, sin esperar respuesta. Regresó quince minutos después, perfectamente vestido. Había recuperado su palidez habitual y la expresión dura.

–Listo.
–Escucha –dijo Harry mientras se dirigían a la puerta principal del Club–: tengo hambre, y la biblioteca debe estar llena. ¿No te apetece comer algo?
Draco se detuvo junto a los trofeos de 1760 y fijó su intensa mirada gris en Harry.
–Potter –arrastró un poco las sílabas– ¿qué insinúas?
El otro se sonrojó algo, pero insistió.
–Digo que salgamos a comer, Malfoy.
Draco admitió para si que era una sensación extraña esta, se le estaban mezclando miedo, asombro y alegría. Pero la razón se impuso y acudió a las palabras del ojiverde como defensa.
–No debo creer que esta comida es una cita o algo así, supongo.
De repente, las inscripciones latinas de las añejas copas y medallas parecían muy interesantes para el Capitán del Equipo de Tiro. Respondió sin mirarle.
–Solo quiero que seamos amigos. –resopló y sacudió la cabeza, sus palabras parecían pesarle, pero se atrevió a enfrentar la mirada gris y algo curiosa de Draco– El echo es que me interesas, Malfoy. Me interesas mucho porque eres primo de Sirius. ¿Entiendes?
En Draco se mezclaron el alivio y la decepción.
–Entiendo.

Salieron en dirección al parqueo en silencio. Ya cerca de las puertas, el rubio recordó algo.
–¿Reservaste en algún sitio?
Harry volteó hacia él, con expresión sorprendida. ¿Le había olvidado de nuevo?
–¿Reservaste mesa en algún restauran, Potter? –repitió.
–Si, ¡claro! –contestó con calor–, en el Petit Eiffel.
–Es un buen sitio –admitió.

Bajaron las escaleras hasta el estacionamiento, Harry se encaminó hacia su deportivo sin pensarlo, pero Draco miró, indeciso, su propio Rolls Royce. El chofer sostenía la puerta y esperaba en pose marcial.

–Preferiría ir en mi auto.
Harry giró, sorprendido. Luego echó una mirada desconfiada hacia el interior del lujoso vehículo y Draco se sintió a medias avergonzado. Vicent Grabbe era algo más que su chofer, los compañeros del Club lo sabían y no cuestionaban su presencia, pero ¿qué decirle a Potter?
–Si hablamos sobre química durante el viaje –propuso–, tendremos toda la comida para los relatos de la familia Black.
El moreno ponderó un poco la situación.
–Necesito este para regresar a casa.
El rubio sonrió con seguridad.
–¡Eso no es problema! En lo que comemos, Grabbe puede venir por él.
Harry asintió y se movió hacia el lujoso coche negro, Draco le siguió feliz y relajado.
–Al Petit Eiffel –dijo a su guardaespaldas antes de cerrar la puerta de cristales blindados.

En realidad, apenas hablaron del proyecto durante su viaje. Ambos sabían que era un pretexto para pasar otra tarde juntos. Para que no quedara de su parte, Draco extrajo el informe de su bolsa y lo pasó al autor. Harry lo hojeó al descuido, había varias notas al margen de esmerada caligrafía. Eran cuatro y se referían a mínimos errores de redacción.

–Gracias.

Draco solo se encogió de hombros y miró el paisaje urbano con falsa concentración. En el fondo, estaba levemente agraviado por las razones de la cita. "Es mejor así, razonó, Salvador es un tipo peligroso" Pero la lógica no le alivió la amargura. Intentó recordar el sitio a donde se dirigían. Estaba seguro de que lo había visitado, pero ¿en qué circunstancias? Odiaba el pantano en que se convertía su cerebro a menudo.

El auto frenó suavemente y la puerta se abrió con un chasquido. Draco salió primero, al verse frente al alegre edificio de líneas art–nouvo el corazón le dio un brinco. ¿¡Era aquí!? Sintió a Potter salir del coche, entregarle las llaves al chofer y detenerse a su lado.

–¿Entramos?

Draco sintió su máscara facial a punto de caer. Sabía que, a pocos metros, Grabbe esperaba, presto a protegerlo a la menor señal de pánico. ¿Entrar? Potter esperaba, con sus ojos brillantes ante la perspectiva de saber más sobre Sirius. Sus gruesos labios estaban ligeramente entreabiertos, con una dulce sonrisa ¡tan ingenua! Ahora fue el rubio quien tuvo que tragar en seco.

–Entramos.

Aún cruzó los dedos antes de atravesar el anacrónico umbral de el Petit Eiffel.

El capitán se inclinó interminables veces al ver a Potter –al parecer era habitual– y ensanchó más su sonrisa –si tal cosa fuera posible– al reconocer a Draco.

–Joven Conde. ¡Cuánto tiempo! Nos alegra tanto su regreso.
Draco barrió al tipo con los ojos y se inclinó sobre Harry.
–El acento francés es falso –susurró a la vez que acariciaba el lóbulo de la oreja con su aliento.
Harry rió quedo. Draco no sabía, ni deseaba saber, si por el comentario o sus cosquillas. El Capitán soltó una risita cómplice, que le valió, tal y como el rubio esperaba, la agria respuesta del moreno.
–Bueno Antuan, ¿acaso vamos a comer de pie?
El hombre se recompuso de inmediato y los guió a un reservado con puertas de corredera hechas de cristal de colores.
Les alcanzó las cartas, pero Harry apenas miró la suya, parecía comprobar algo, más que elegir.
–De entrante cóctel de camarones, luego ensalada de papa y huevos, carnero estofado, sin vinagre, aunque eso ya debes saberlo y… helado de chocolate con nueces.
Draco le dedicó una mirada atónita. ¿Dónde iba a meter Potter toda esa comida? El capitán terminó de anotar y giró hacia él.
–Cóctel de frutas como entrante, luego pargo a la plancha, sin aliños, una ensalada de col y tomates y café capuchino.
Ahora el ojiverde era el asombrado.
–¿Qué? –le interpeló incómodo.
–¿Y nada más? –tanteó.
Alzó una ceja, intrigado.
–¿Perdón?
–¿No vas comer nada más? ¿Solo un pescadito?
El rubio solo bufó y devolvió la carta al capitán con brusquedad.
–¿Qué van a tomar los señores? Si me permiten recomendar…
–Leche. –exclamaron los dos.

Antuan repitió su fatua reverencia y se dirigió a la puerta del privado. Draco tomó una uva de la fuente de frutas que presidía la mesa y comenzó a arrancarle la piel con los dientes, ignorando la inquisitiva expresión de Potter. No habló hasta que la puerta se hubo cerrado, ocultando la estúpida sonrisa del capitán.

–Tengo que contar las calorías Potter. Alguien me quiere fuera del equipo, ¿recuerdas?
El otro asintió, Draco habría jurado que sus esmeraldas brillaban con enfado. ¿Estaría siendo muy condescendiente?
–¿Así que eres Conde?
–Mi padre es Conde –rectificó–, y maldito si deseo ese título. –dejó vagar los ojos por la estancia, tratando de recordar cuándo había estado allí– Cuando uno es el Vigésimo Sexto Conde de Slytering, por ejemplo, le obligan a casarse con mujeres como Narcisa Black, sobrina del Duque de Gryffindor, prima segunda de los Herederos de Sussex, Camarera Hereditaria de la Reina y solo Dios sabe cuántas inutilidades más.
–¿Dices que los Black son nobles?
–¿¡Estás loco!? No son nobles –Draco hizo un gesto despectivo con la mano–, sino uno de los linajes más antiguos de Europa. Noble es como se llaman a si mismos los inútiles con árboles genealógicos más o menos bonitos y alguna intriga de alcoba a la altura del siglo XVII. Los Malfoy –se señaló a sí mismo–, los Black –señaló a Harry– y algunos otros, podemos rastrear nuestros antepasados hasta la corte de Adriano.
–¿Adriano?
–El emperador romano –el moreno le miró sin entender– ¡El amante de Antinoo, Potter!
–¡Ah!, si, claro, el que mataron en Egipto ¿no?
Draco le contempló escandalizado por varios segundos.
–¿De verdad que no sabías nada de eso?
Harry jugó con su tenedor, avergonzado.
–Sirius es muy cerrado sobre su vida antes de conocer a Remus, Lily y James en la universidad. Dice que ellos fueron su verdadera familia.
–Tampoco es de extrañar… –el rubio se calló, la puerta se abría ya para dar paso al capitán y un camarero.

Harry tuvo la certeza de que Antuan estaba un poco decepcionado de hallarles charlando civilizadamente, lo cual le recordó la ligera repulsión del rubio cuando entraban y la hipócrita sonrisa del capitán. ¿Qué historia era esa? Una no muy linda, estaba seguro. Pero tampoco era su asunto, ¡por supuesto! Ahora le correspondía armarse de paciencia hasta que los dos hombres partieran.

Pinchó un trocito de camarón y lo sumergió bien en la mayonesa antes de acercarlo a sus labios. Las puertas volvieron a cerrarse.

–¿Y por qué no es de extrañar su alejamiento de los Black? –preguntó cuando el agradable picante del marisco se extendía a lo largo de su garganta.
–Porque los Black siempre fueron unos malditos tradicionalistas y tu padre es cualquier cosa, menos tradicionalista. Como futuro Duque de Gryffindor debía ser católico, casarse con una muchacha cuyo apellido, al menos, se remontara al siglo XII, estudiar una carrera militar, votar por los conservadores y jugar golf o criquet con los amigos del club, que serían sus hermanos, primos y demás parientes. Es un mundo cerrado, lleno de silencios sobreentendidos y tradiciones que nadie cuestiona. ¿Te lo imaginas en la "imposible" decisión de aceptar o no a la invitación a pasar el verano en Italia con los reyes de Grecia, entre dos manos de pocker?

Harry no pudo menos que reír ante la escena. Era en verdad ridícula. Draco le sonrió de vuelta y tomó una pequeña porción de pescado.

–¿Tu madre era Camarera de la Reina? –el rubio asintió– ¿Y Sirius renunció a todo ese mundo por Remus?
Los ojos de Draco se estrecharon, ¿había en las palabras de Potter un dejo de admiración por sus parientes?
–No te entiendo. –evadió con cuidado.
–Quiero decir, los Black, los Malfoy, todos ustedes. Son gente importante ¿no? Si él hubiera estado en buenas con sus parientes, no le habrían tenido diez años en Azkaban. ¿Es en verdad tan insoportable? Tú pareces muy normal.
–Creo haber mencionado que tu capacidad de observación es errática –repuso Draco con una sonrisa helada.
Las mejillas del moreno se colorearon ante la ofensa y se concentró en masticar su carnero por varios minutos. Extrañamente, fue el rubio quien rompió el silencio.
–¿Por qué no le preguntas estas cosas a Remus?
–Hay algo… Me da la impresión de que le duele ¿sabes? Le duele hablar de los Black. Tal vez ellos le ofendieron o algo así, y no me extrañaría, por como los describes.
El joven Malfoy asintió y revolvió su pescado, dudó mientras levantaba el tenedor, pero otro vistazo a Potter pareció convencerlo.
–Si te digo… Esta parte debes jurar no contarla a nadie que no sea de la familia.
–Vamos, Draco ¿qué cosa tan terrible puede ser?
–Una en verdad fea, Harry.
El moreno pestañeó, consciente de pronto del tuteo. Miró interrogante al rubio.
–¿Harry?
El otro se encogió de hombros.
–Eres mi primo, no creo que Sirius tenga un hijo biológico a estas alturas. El caso es que, cuando mi tío-abuelo, el Duque de Gryffindor, supo de la relación de tu padre y Remus, mandó tras él a Augustus Rookwood, un viejo amigo suyo. Debía separarlos y devolver a Sirius al seno de la familia, como fuera.
–¿Como fuera?
–No se mantiene una posición sin algo de violencia. El caso es que Rookwood probó de todo, desde intentos de seducción hasta sacar a relucir el desastroso estado financiero de los Lupin, pero Sirius seguía en sus trece y se fueron por la vía radical.
La acentuación en la última palabra no le gustó al ojiverde. Una idea revoloteó ante sus ojos, pero… Era inconcebible ¿verdad?
–No… ellos no le hicieron daño a Remus ¿verdad?

Draco no le miró a los ojos. Se limitó a tomar un nuevo trozo de pescado y sumergirlo en la mayonesa que restaba de los camarones. Engulloó el extraño bocado con un mordisco donde saña y sensualidad se igualaban, un gesto rapaz y elocuente. El moreno apartó la vista, asqueado de su propia comprensión.

–Tu padre lo encontró cuatro días después, en una cueva dentro de nuestra posesión de Gales. Cuando estuvo seguro de que no iba a morir, se apareció en el club, era el cumpleaños de mi madre, y dio un escándalo… Después de eso no volvió a casa de los Black.
–¿Y Remus?
–Tenía fractura craneal, creyeron que quedaría inválido, o ciego. No había con qué pagar, pues estaba en Oxford gracias a una beca. La mitad de la cuenta bancaria de Sirius se fue en tratamientos y cirugías.
Harry permanece callado, tiene un nudo gigantesco en el estómago. El humeante carnero casi le produce arcadas. ¿Ese es el linaje del que habla Draco? Ahora comprende que Sirius no hable de ellos, que no mire hacia atrás en su vida.
–¿Por qué lo hizo? Era la persona que amaba su hijo ¿no? Es que el Duque no tenía…? –un sollozo le corta la pregunta, pero el rubio comprende.
–¿Alma? No lo creo.

Las lágrimas corren libremente por su rostro, y Draco siente una envidia terrible ante esa capacidad. Descargarse, dejar ir el dolor y la furia sin importar los testigos. La espontaneidad de Harry, su ingenua cólera, le parece un tesoro inesperado.

Muy despacio, se levanta y rodea la mesa. Se hinca de rodillas y contempla las mejillas congestionadas, los ojos rojos, los labios hinchados de morderlos. Toma una servilleta y seca con suavidad un surco húmedo. Ante el contacto, Potter levanta los párpados, claramente sorprendido de su cercanía.

–¿Por qué? –repite.
–Era un castigo –explica con un hilo de voz–, un castigo por amar.

Enjuga una gota de agua amarga que cuelga del mentón del joven. Sus ojos coinciden y Draco solo sabe que debe alzarse un poco, que la distancia entre sus labios debe cerrarse o perderá algo maravilloso, algo que se le ofrece ahí, vivo e inesperado, algo que ni siquiera supo antes que deseaba.

El beso es suave, cariñoso, lleno de confianza y consuelo. Apenas un roce de labios que le marea más que todos los enchufes de su vida. Muy cerca están las esmeraldas de Potter, de nuevo sonrientes. La misma intensidad de su visión hace a Draco recuperar la cordura. Retrocede aprisa y cae sentado en la moqueta azul y marfil.

–¿Qué me has hecho?
Harry lo mira extrañado.
–¿Qué te he hecho? Me parece recordar que dijiste ser hetero.
–Mentí. –trata de aclararse ante la mirada ofendida del otro– Bueno, no mentí exactamente. ¡Uf! Es una historia larga, Harry y no suelo contarla al primero que me habla en los baños de la escuela. ¿De acuerdo? –se levanta y va por su abrigo.
Esperaba salir de la estancia y huir, pero Potter logra reaccionar a tiempo y alcanza uno de sus brazos. Le tira sin contemplaciones contra un sillón.
–¡Espera!
–Déjame ir. Mañana lo habrás olvidado y será para mejor.
Harry se ubica frente a él y levanta la mano hacia su mejilla en gesto automático.
–¿Acaso te gusto?
Todas sus alarmas saltan sin control. ¿¡Dónde está Grabbe!? Como golpeado por un látigo, el rubio se encoge y sus ojos reflejan un pánico animal.
–No, por favor. –gime.
Harry retira la mano de inmediato y le mira con fijeza.
–¿Qué diablos…?

Se aleja unos centímetros. Poco a poco, Draco recupera el control de sus emociones y se yergue. Harry le sonríe, inseguro.

–Solo déjame ir. –pide con todo el aplomo que halla en su interior.
–No soy de los que besa por gusto, y creo que tu tampoco, Draco. ¿Por qué te asusta tanto?
–Porque soy un Malfoy, Potter. Ya oíste la historia ¿no? La gente como yo no ama.
–Sirius ama.
–Deseas que te pase lo que a Remus, ¿entonces?
Harry se muerde los labios, Draco se las arregla para sonreír con cinismo.
–Bueno, supongo que hice bien en contarte de qué somos capaces los de mi raza.
Le empuja levemente y se dirige a la puerta despacio, sabe que, si deja entrever su debilidad, el moreno caerá sobre él y ya no podrá irse sin cubrirlo de besos.
–¡No puedes irte! –la enfática afirmación le detiene con una mano ya en el picaporte– Me debes tu vida y la de Blaise, y sabes de qué es capaz Salvador.

TBC...