¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

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17 enero, 2007

EL SECRETO DEL ROBLE 7 final

Voronwe

El día se le fue a Elrond en reacondicionar la habitación de Ellohir para el pequeño Estel, ordenar ropa de canastilla, despachar un contingente en busca del cuerpo de la esposa de Arathor –técnicamente Gilraen era la reina de Arnor– y enviar mensajes a Gandalf. Estaba nervioso. Trataba en medio de todas esas tareas de encontrar palabras para confrontar a Elladan, pero no podía.

A media mañana, mientras vigilaba la disposición de los nuevos muebles, echó un vistazo al menor de los gemelos, refugiado en la habitación adyacente. Este también había crecido. Trataba a Estel con cariño y seguridad, tenía un amplio repertorio de juegos y canciones de cuna, su mirada expresaba paz. Era una paz distinta a la de Galadriel y Arwen, similar a la de Celebrian cuando las acunaba a él y a su hermano, casi tres mil años atrás.

Recordó la admiración que le causaba su esposa al lidiar con Arwen y los gemelos sin perder la cabeza, satisfecha de si misma. Ella no era guerrera –como Luthien–, ni mística –como Galadriel–, era modesta y sincera. Alzaría la espada por sus hijos, pero prefería sembrar la tierra y leer poesía. Con su largo y negro cabello suelto, sus cejas pobladas, sus ojos marrón oscuro y sus anchos hombros, Ellohir era -paradójicamente- idéntico a su rubia y etérea madre.

El los había empujado a la guerra, al remolino de sangre y muerte de la Tercera Edad. Buscando su aprobación, los gemelos se habían convertido Héroes, cuando solo deseaban un espacio propio y una familia. Cuatro hijos. Eso había dicho Glorfindel en el despacho. Cuatro hijos que cimentaban su amor. ¿Cómo puede un padre ser tan ciego? Había perdido cuatro nietos de pura soberbia.

Esa noche soñó con su esposa y despertó al filo del amanecer. Recorrió su casa con una sensación de incertidumbre que le recordó la Segunda Edad y sus batallas.

En el Jardín de Celebrian estaba su hijo mayor, tal y como prometiera Glorfindel. Elladan llevaba túnica y pantalones color hueso, de rodillas en la tierra, cavaba con sus manos un hoyo en la cara oeste del viejo roble. Volteó sorprendido al escuchar los pasos de Elrond. Se contemplaron en silencio por un largo instante.

–Dijiste que nadie vendría aquí sin permiso –la voz de su hijo era una mezcla de decepción y miedo.
–No creí que la regla rigiera para Glorfindel y para mi –respondió el Medio Elfo suavemente, y era verdad–, pero si te molesto…
Hizo ademán de marcharse, la voz del hijo le detuvo.
–¡No! Está bien, puedes quedarte.

El joven volvió a su tarea y el padre se acercó despacio. Pudo reconocer, al lado de su hijo, un pequeño ataúd de mármol negro. Aquel gesto de esplendor contrastaba con la vida llena de privaciones que tuvieran en los últimos mil años.

–Ayer estuve pensando mucho en Celebrian –comenzó a decir–, creo que tendría mucho que reclamarme, justo ahora. –Elladan hizo un gesto como si no deseara oírlo, pero Elrond continuó imperturbable– ¿Alguna vez te conté que no soportaba la guerra? Algo inesperado en la hija de Galadriel, en mi opinión. Aún recuerdo su mirada orgullosa cuando ustedes dos dieron sus primeros pasos. Me sentí contento de haber ayudado a su satisfacción. Extraño ¿no crees? Supongo que así es el amor, darse, ante todo darse. Desde que partió nunca me he vuelto a sentir seguro de mis decisiones, escuchado, confiado, apreciado sin dudas… –se detiene en busca de una palabra, pero sus reflexiones son interrumpidas por la suave voz de su hijo.
–¿Completo?
Elrond se agacha para que sus ojos queden a la altura de los de Elladan.
–Si, completo. –sonríe, el gesto le relaja de un modo inesperado– De haber estado completo no habría cometido muchos errores de apreciación.

Guardó silencio por varios segundos, disfrutando el premio de mirar a los ojos de Elladan y ver algo distinto al miedo o la crueldad.

–Y tú, ¿estás completo?
El joven dio un vistazo rápido a la ventana de su habitación, asintió con fuerza. Su voz fue profunda, segura y orgullosa.
–Estoy completo.
–Ahora sé que debí preguntarte eso hace mucho, pero estaba asustado hijo mío, tan asustado por ustedes.
–¿Cómo me haz llamado?
–Hijo –repite el Señor de Imladris, sorprendido de si mismo–, hijo –repite despacio, disfrutando la dulce y suave palabra.
Elladan sonríe.
–Ada –responde a su vez– Ada, Ada, Ada –y lo repite como si no creyera que está despierto y su interlocutor no lo rechaza o sanciona.

Elrond abre sus brazos y Elladan se deja caer en ellos, esconde su rostro arrasado de lágrimas en el pecho. Las breve palabra es un susurro sin pausa, un conjuro para recuperar los años de lejanía. El padre le acaricia los largos bucles negros despacio, sus caricias se vuelven húmedas en pocos minutos.

El canto de un pájaro en la copa del roble sacó a los elfos de su éxtasis. “Necesita paz” repetía una y otra vez el ave. Ambos le contemplaron, Elladan con algo de vergüenza, Elrond con curiosidad.

–¿De quién habla?
–De Voronwe, por supuesto.
–¿Voronwe? –no deseaba delatar a su amigo.
El joven señaló el féretro con un gesto de la mano.
–Mi nieto Voronwe –dijo Elrond despacio.
¡Tantas palabras nuevas en tan pocas horas!

Elladan levantó sin dificultad la urna y la depositó en el agujero. Fue a elevar una plegaria, pero Elrond se le adelantó. Cubrió con su mano la del hijo y entonó con voz dulce.

–Descansa en paz Voronwe hijo de Elladan y Ellohir, Héroes de Fornost, nieto de Elrond el Medio Elfo y Celebrian la Bella. La tierra que alimentó a tu familia dará cobijo seguro a tu cuerpo. En las Salas de Mandos nuestros gloriosos ancestros te esperan, y tu corta vida, que alumbró la soledad de tus padres, es honra equivalente a sus hechos de armas y su sabiduría. Descansa y espera la reunión final, hermoso Voronwe. Descansa, espera y perdona.

Subió los ojos para descubrir los brillantes orbes de Elladan fijos en él. Elrond deseó con intensidad que su hijo guardara silencio. Si le hablaba, ¡él no podría contestar! Era tan relajante pedir perdón. Se sentía limpio, renovado, ¿completo?, casi.

–Eso fue hermoso –dijo un voz a sus espaldas.
Ninguno de los dos se movió, dejaron que Ellohir se sentara despacio entre ambos, que pusiera su mano sobre la de su padre, que completara el ritual.
–Almarë –susurró el gemelo menor.

Un agradable calor surgió de su palma, pasó a través de las manos de Elrond y Elladan e hizo brillar el ataúd por breves instantes. Se retiraron en silenciosa coordinación y el abuelo se apresuró a cubrir la fosa con tierra húmeda y mullida.

–Bueno Ada, ¿quieres conocer a tus otros nietos?
Las palabras de Ellohir le sorprendieron y regocijaron.
–Será un honor.
Los gemelos le instaron a levantarse y los tres se movieron hacia el lado norte del árbol.
–Esta es Löne –explicó Elladan–. Vivió cuatro semanas, nació en noviembre de 1520.
Dieron unos pasos a la izquierda, Ellohir señaló un oquedad entre la raíces en el lado este.
–Alcar nació en 1980, aún nos lamíamos las heridas por la reconquista de Fornost. Vivió cuatro meses, hasta abril.
Siguieron rodeando el tronco, el mayor tomó la palabra ante la vertiente sur.
–Laüre era rubia como Celebrian, vivió ocho meses, hasta agosto del 2503.

Mucho del asombro de Elrond se debe a que no descubre dolor en las palabras de sus hijos, solo resignación. Les abraza conmovido.

–Mis niños. ¿Cómo pude…?
Llora, no hay palabras para todo lo que su pecho siente de nuevo. Ahora es el turno de Ellohir para ser razonable.
–Está bien Ada, de verdad. Glorfindel y la Abuela nos explicaron tus razones. Hace mucho que te perdonamos. Además –sonríe con esperanza renovada–, estamos seguros de que, cuando caiga la sombra de manera definitiva, podremos dedicarnos a eso con más calma.
–¿Quién sabe cuándo caerá la Sombra?
–Creemos que Estel lo logrará –afirma el gemelo menor.
El señor de Rivendel les mira incrédulo.
–No entiendo.
–Mira alrededor Ada –expuso Elladan–: los Montaraces son pocos, Gondor pierde terreno cada día, la oscuridad en Eryn Lasgalen, los elfos que se marchan. Tu nos lo enseñaste: “Nunca es tan profunda la noche como antes del amanecer”.
El padre movió la cabeza, dubitativo.
–Tal vez, tal vez. De cualquier manera, por hoy no quiero pensar en Saurón, el Nigromante o los tontos senescales de mi hermano. –se esforzó por sonreír– ¿Desayunamos?

Los hijos asintieron y dirigieron sus pasos hacia la casa. Elladan a la izquierda de su padre, Ellohir a la derecha, los tres con los brazos fuertemente entrelazados.

–¿Saben qué recuerdo ahora? –comentó el gemelo mayor cuando ascendían la escalera que comunicaba el jardín con la galería– Una vez, Haldir me dijo que mi hermano y yo nos merecíamos el uno al otro. Fue en 1550 y aún no se si era un halago.
–Es que se parece demasiado a tu abuela –rió Elrond.
–Lo cual es un suerte –dos rostros giraron hacia Ellohir, sin comprender su afirmación–. Quiero decir, podemos estar seguros de que no se casará con Arwen.

Las carcajadas acariciaron las hojas del roble e hicieron cosquillas en sus ramas.

FIN

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