¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

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17 enero, 2007

EL SECRETO DEL ROBLE 6

Estel

(Septiembre, año 2933 de la Tercera Edad del Sol)

El sol se había puesto tras densos nubarrones de lluvia, dejando una noche sin luna. En las estribaciones de las Montañas Nubladas, el aguacero otoñal descargaba toda su furia, como si deseara arrastrar hasta el Bosque de los Trolls las piedras y el fango acumulados por siglos. En sus refugios, los habitantes de la zona se apretujaban para conservar el calor y temblaban a cada trueno. Solo dos tipos de seres eran capaces de enfrentar a la tormenta que cegaba y atería sin piedad: elfos y orcos.

El río que marcaba la frontera de Rivendel no parecía afectado por el temporal, seguía su curso en calma. Sus aguas encantadas solo se alzarían contra un enemigo. Por ambas orillas, los árboles habían sido talados en un área de 200 metros, para evitar ataques sorpresivos. La lluvia había transformado aquella franja de verde pasto en un traicionero lodazal.

Poco antes de la media noche, dos jinetes se detuvieron en el linde del Bosque y otearon el llano que los separaba del valle de los elfos. Ambos iban cubiertos con gruesas capas de negra lana, pero a la luz inconstante de los relámpagos se podía reconocer el brillo de las espadas y armaduras. Sus corceles lucían agotados, movían las cabezas de un lado a otro y resoplaban, como urgiendo a terminar el viaje.

Uno de ellos desmontó y se quitó el guante izquierdo para tocar la tierra. Levantó el rostro hacia su acompañante y señaló discretamente a la derecha. Su gesto hizo caer hacia atrás la capucha para rebelar una abundante cabellera negra, trenzada a modo de casco, un par de orejas puntiagudas y una piel blanquísima. El segundo jinete asintió y le señaló el corcel con gesto inquieto. De regreso a su cabalgadura, el elfo se inclinó sobre el cuello del palafrén y le susurró algo al oído, hizo lo mismo con el otro rocín. Los animales guardaron silencio.

Los jinetes esperaron, la atención clavada en la tranquila orilla y los sentidos alerta ante cualquier ruido del bosque. Tres minutos de calma.

El segundo se removió en su montura. Llevaba en brazos un paquete grande, cuya envoltura se estaba humedeciendo en exceso. Fue a decir algo, pero el ruido de una rama partida le hizo cambiar de idea.

Ambos corceles se lanzaron en desaforada carera hacia el río. Apenas dejaron la protección de los árboles, una banda de orcos se hizo visible a escasos metros. Estaban detrás y a su derecha, por lo que no pudieron ir recto hacia el agua, sino huir con un leve desvío a la izquierda.

Los orcos dispararon, pero la velocidad de los blancos y la lluvia recia dificultaban la tarea. Varios corrían, profiriendo estruendosos alaridos que habrían encabritado a más de un caballo, pero no a estos. Sus flechas, negras y torcidas, golpeaban los cuartos traseros de las cabalgaduras, los bordes de las capas y las espaldas forradas con mithryl.

A unos cinco metros de la ribera, un trueno especialmente terrible cruzó el aire y el bulto le secundó con un alarido de horror.

–A ese, a ese –ordenó el jefe de los perseguidores y los arqueros se concentraron en intentar abatirle.

El primer jinete giró entonces y desenvainó su espada. Degolló a tres que se habían acercado demasiado de un tajo y cubrió el avance del que cargaba el paquete. Ante la repentina reacción violenta de dos sombras, que toda la noche habían evadido sus ataques sin presentar abierta resistencia, los seres oscuros retrocedieron un poco. Esos instantes de vacilación bastaron a los perseguidos para entrar al agua. A medida que avanzaban, una antigua tonada en élfico alcanzó los oídos de los orcos, hiriéndolos, y el nivel de la corriente subió de modo violento. Dos o tres se aventuraron hasta la orilla, y repentinos remolinos les arrastraron. Se produjo un revuelo tratando de salvarles y, para cuando el jefe pudo imponer orden con su látigo, los elfos y su misteriosa carga ya habían desaparecido en las espesuras de Rivendel.

En realidad no estaban lejos, solo unos diez o doce metros tras el linde del bosque.

Hicieron alto entre dos árboles de follaje tan tupido que el suelo a su alrededor estaba seco. El elfo de la espada ayudó al que llevaba al bebé a descender y desató el equipaje de los sudorosos flancos. El segundo se sentó y empezó a desenvolver su preciosa carga con cuidado. Libre de sus cobijas, el pequeño agitó las manitas y dejó oír su voz. Fue arrullado y balanceado con ternura.

–Ya pasó peneth, ya pasó –le consolaba.
–¿Qué le ocurre? –inquirió el otro, que se acercaba con los morrales al hombro.
–Está mojado, tiene frío, hambre y miedo. Saca una manta seca para cambiarlo, anda.

En lo que el de la espada removía el equipaje en busca de lo pedido, el segundo elfo se quitó la capa, zafó las correas de su armadura y se abrió la camisa. Acercó al bebé a uno de sus oscuros pezones y este empezó a chupar sin dilación. Una expresión relajada, casi extática, se hizo presente en el que le alimentaba. Solo salió de su abstracción al ver una gota de sangre en el rostro del pequeño. Alzó los ojos y descubrió que el rojo fluido escurría del hombro de su compañero, inclinado sobre ellos dos con ojos brillantes.

Adelantó una mano.
–Estás herido meleth.
–No es nada. Ni siquiera tiene veneno.
Se sentó a su lado y pasó un dedo por la suave piel del bebé.
–Es tan bello…
Permanecieron en silencio.

Era como si dos fantasmas idénticos esperaran la llegada de cierta señal muy juntos, protegidos bajo un viejo árbol, admirados de algo tan antiguo y sublime como un bebito que se alimenta.

Cuando su apetito estuvo saciado, el pequeño se apartó un poco y dirigió sus ojos grises hacia arriba. Sonrió tentativamente y dos pares de ojos –uno color chocolate y otro verde morrón– brillaron con regocijo.

–Hay que abrigarle.
Elladan asintió y le pasó una manta azul, seca y gruesa. En lo que Ellohir cambiaba las ropas del pequeño, le cuestionó.
–¿Seguimos montados o a pie?
–Los caballos están cansados y tú y yo estamos seguros. Déjalos ir.

El gemelo mayor asintió y habló en la lengua de los jamelgos a sus amigos. Ambos animales se internaron entre los troncos con satisfacción. Luego estudió el cielo.

–Llegaremos una hora antes del amanecer.

&&&&&&&&


Elrond se revolvía en su lecho. Algo no marchaba bien, podía sentirlo. Casi se alegró cuando percibió pasos apresurados en la galería y tres toques suaves a su puerta justificaron que saltara de la cama.

–¿Si?
Era Amras, y lucía nervioso.
–Mi Lord, los príncipes están en sus habitaciones. Ordenaron que se le comunicara inmediatamente su presencia.

Algo se encogió en el corazón de Elrond. Solo una razón llevaría a los gemelos a buscar refugio en Rivendel, ¿cierto? Alcanzó a echarse una bata sobre la túnica de dormir y caminó con el viejo soldado hacia las habitaciones de Elladan y Ellohir.

–¿Los príncipes están bien? –inquirió sobre la marcha.
–Elladan tiene la punta de una flecha orca en el hombro –comentó Amras con naturalidad–, mandó a buscar al Consejero Glorfindel…
¡Por supuesto! Glorfindel no podía faltar entre ellos.
–Ellohir –la voz del jefe de la guardia adquirió tintes reticentes ahora– trajo en sus brazos un bebé. Por su tamaño, diría que tiene un año o año y medio.

Elrond no miró a su interlocutor mientras las palabras eran dichas de prisa, casi con miedo. Su rostro permaneció impasible hasta que llegaron ante la puerta de la habitación de Elladan, despidió al servidor con un gesto y giró el picaporte con el corazón en un puño.

La estancia estaba profusamente iluminada, el Medio Elfo barrió con los ojos el sitio, inquieto. En un sofá, Elladan dejaba que Glorfindel terminase de vendarle el hombro, tenía el torso desnudo, y el rostro inexpresivo. Cruzó una mirada con el Consejero, su expresión era dura, como siempre que el tema de los gemelos aparecía entre los dos.

El príncipe se echa la camisa por sobre los hombros y avanza hacia su padre, pero Elrond no le presta demasiada atención. ¿Dónde están Ellohir y su bebé? Puede oír ruidos en el baño: alguien canta una canción de cuna en telerín. Se esfuerza porque sus encontrados sentimientos no le superen y mira a Elladan, que se encuentra ya a tres pasos de él y ahora se inclina en graciosa reverencia.

–Mi Señor.
Elrond apenas contiene el mohín de desagrado, así le llama Elladan cuando está forzado a dirigirle la palabra –Ellohir ni siquiera despega los labios ante él–, pero no acaba de adaptarse.
–¿Qué ocurre príncipe?
–En el último mensaje le hice saber que estábamos en un refugio a tres días de Fornost. Junto a varios montaraces, protegíamos a Gilrean hija de Dírhael, y su hijo, Aragorn hijo de Arathon. Los orcos dieron con nosotros hace una semana. Nos sobrepasaban en número, así que los de la guardia nos cubrieron para que pudiéramos huir y cabalgamos hacia el último lugar seguro.

El Medio Elfo gira lentamente hacia la ventana donde la lluvia golpea inmisericorde. En su corazón hay una mezcla de alivio y desagrado. Ahora que conoce la filiación del infante de la habitación vecina, puede ser un estratega. Habla sin volverse.

–¿Crees que fue casual?
–No. Los orcos nos siguieron hasta la frontera del valle, querían al pequeño.
–¿Qué propones?
–Los páramos no son seguros. Se que ha sido costumbre que los herederos del Reino Perdido vengan como visitantes, para completar su educación, pero creo que Aragorn debe permanecer en Imladris a partir de ahora. Estoy seguro de que su madre ha muerto.
Elrond asiente, continúa con los ojos fijos en el bordado de la cortina.
–Estoy de acuerdo contigo, príncipe –de repente se siente muy cansado. No está seguro de la razón, pero desea escapar de estas habitaciones con tantos recuerdos amargos en sus paredes. Voltea hacia Elladan y Glorfindel–. Adoptaré al hijo de Arathon como propio. Vuestra intervención será largamente recordada por los herederos de Isildur, príncipe.

Eso era todo, por supuesto. Ellos se irían en un par de horas y él palearía la soledad que le atenazaba el pecho con este bebé. ¿Debe agradecerles? Las miradas de padre e hijo se cruzan por un instante. En los ojos verde marrón que le enfrentan, Elrond lee algo similar a ¿inquietud?

–¿Algo más, príncipe? ¿Tal vez necesita algunos suministros?
–Me preocupa el bebé, mi señor. –admitió Elladan.
–Entiendo que esté hambriento –reconoció Elrond, y se permitió sonreír–. Haré traer una nodriza en menos de una hora.
–No hace falta ninguna nodriza, mi señor –el gemelo calló, parecía dudar–. Lo mejor será que me sigan.

Intrigado, el señor de Imladris siguió a su hijo a través del baño hasta la recámara de Ellohir. Glorfindel les acompañó, aunque el Medio Elfo estaba seguro de que ya estaba al tanto de la naturaleza del “problema”.

Aquí hay pocas luces, una penumbra acogedora rodea la figura espigada del gemelo menor. Las ropas claras de Ellohir hacen un fuerte contraste con el amplio butacón de color rojo vino donde descansa. Entre sus brazos se encuentra el bebé humano, levemente erguido, su boca pegada a uno de los pezones de su pecho inusualmente desarrollado.

Todo esto llega en un instante a Elrond, y le asusta.

Ellohir cambia su expresión relajada en cuanto los tres elfos cruzan la puerta que une el baño y la recámara. Estrecha un poco más al niño y su rostro se tensa. El Medio Elfo y su Consejero se detienen a unos pasos, Elladan llega junto a su hermano y se sitúa tras el butacón, una de sus manos descansa sobre el hombro de Ellohir ahora.

–Mi señor, Consejero Glorfindel –saluda el menor con voz neutra.
–No podemos irnos –declara Elladan con voz pausada.

Elrond no tiene fuerzas para fingirse indiferente. Lo que ve es elocuente y doloroso. Desea apartar la mirada del brazo que se curva, gentil, tras la espalda del bebé, pero sus ojos se niegan. Ellohir es todo lo que ve, todo lo que puede ver. Ellohir que sostiene al bebé que podría ser su nieto.

Con gran esfuerzo, logra levantar los ojos hacia Elladan.
–¿Cuánto tiempo hace que Gilraen dejó de alimentar al niño?
El gemelo le sostiene la mirada, en sus orbes no hay siquiera un chispazo de dolor o tristeza.
–Más de un año.
El tono lejano con que habla de la muerte de su propio hijo mueve algo inesperado en el Señor de Rivendel. Su siguiente pregunta carece de sutileza.
–¿Por qué no se me informó?
–¿Informarle de qué, mi señor?

La pregunta es dicha con entonación tan inocente, que Elrond comprende de golpe cómo ha seguido el juego del príncipe. ¿Y ahora? ¿Ser honesto y preguntar por el elfito? ¿Seguir la parodia del último milenio y preguntar por la salud de Gilraen la Bella?

Opta por cambiar de tema y trata de negociar lo inevitable.
–Se irán cuando tenga cinco años.
Elladan asiente, casi hay sumisión en su gesto, pero las palabras lo desmienten.
–Nos iremos cuando esté listo para partir.
El padre ignora el cambio de fecha y pasa al punto álgido.
–Y ambos respetarán esta casa con su comportamiento.
El gemelo mayor se da el lujo de sonreír ahora. Su cara es aún más bella con el sarcasmo en los labios.
–Soy un guerrero honorable. –su voz pasa de la displicencia a la demanda sin transiciones– Nadie entrará a estas habitaciones sin nuestro permiso, y mismo rige para el Jardín de Celebrian.

Elrond asiente. No está seguro de si esto es una victoria o una derrota, tampoco de si está feliz o asqueado ante la perspectiva de los gemelos en Imladris por quince o veinte años, de si lamenta o celebra la muerte del elfito cuyo lugar ocupa Aragorn. Su corazón es un campo de batalla y teme revelar todo en esta habitación, frente a ellos tres.

–¿Ya terminaron? –la impaciencia de Ellohir es clara– Estel necesita dormir.
–¿Estel?
Elrond dedica una mirada burlona a Glorfindel. ¡Por fin hay algo de sus hijos que el rubio ignora! La alegría le dura poco: el tono íntimo en la respuesta es algo absolutamente envidiable.
–¿Te gusta ese nombre? El es la esperanza de su pueblo y pensé… Estará más seguro si el enemigo piensa que el linaje se quebró.
–Es un nombre excelente.
El Medio elfo no podía creer que hubiese dicho tales palabras. Carraspeó, incómodo con las miradas sorprendidas de los tres elfos, y consigo mismo. Dio unos pasos hacia la puerta.
–Cuando el sol esté alto, mandaré traer muebles nuevos y alguna ropa para el bebé. –se inclinó levemente como despedida– El viaje fue largo y peligroso, la lluvia es como un arrullo para los elfos cansados del combate. Duerman, príncipes.

Glorfindel imitó a su Señor y los gemelos quedaron solos, junto al adormecido Estel.

En la galería, a unos metros de la puerta, Elrond se recuesta a la pared y respira hondo. Sus rodillas tiemblan, y no de placer. Ve como el rubio se aleja rumbo a su propia habitación, el Medio Elfo le detiene con voz pálida.

–Consejero.

Glorfindel se vuelve. Sus ojos no son amigables, pero Elrond prefiere pasarlo por alto. Necesita hablar con él ahora, antes de que el dolor y el miedo se desvanezcan en su interior, dando paso al mismo Elrond frío y objetivo de siempre.

Se aparta de la pared y comprueba que su equilibrio ha vuelto. Su voz es conciliadora.

–Deseo hablar contigo, Glorfindel. ¿Podemos ir a mi despacho?

Le parece que una chispa alegre ilumina los ojos azules del rubio, pero es muy breve. Glorfindel se limita a inclinar la cabeza en señal de aceptación y camina junto a Elrond por los pasillos en penumbras.

Aún llueve. El repiquetear del agua solapa el leve eco de sus ligeros pasos.

En el estudio, las cortinas están recogidas. A través de las persianas llega la difusa luz que anuncia al amanecer, a pesar de los nublados. Elrond renuncia a encender bujías o velas, la escasa luz de sol todavía invisible se le antoja justa para su charla.

Toman asiento uno frente al otro, tensos como arcos antes del disparo. Elrond es el primero en hablar, aunque su inicio es vacilante.

–Glorfindel, ¿tu has estado en contacto con los gemelos todo este tiempo?
Pero el rubio levanta una mano para detenerlo y sonríe a medias.
–Elrond, ¿estamos hablando como viejos amigos o como Señor y Consejero?
El de cabello negro se masajea las sienes, inseguro.
–No creo que sea posible separa al amigo del padre o a este del gobernante. Ellos tres habitan en el mismo cuerpo. Sin embargo, debo admitir que ahora mi corazón grita, y es por mis hijos. En verdad ellos… ¿Han sufrido tanto?
–Si.
La respuesta es tan breve y clara que se siente vencido sin remedio. ¿Cómo llegó a este punto?
–Y me culpan…
–Fuiste tú el que puso el abortivo en la compota de tu hijo de 1400 años.

Casi puede gemir ante la crudeza del hecho. Si, lo hizo. En ese momento creyó que era lo mejor, que el dolor los separaría, pero fue a la inversa.

–Es extraño –admite al fin–, hace casi ciento cincuenta años que no los veía, pero cada montaraz que pasa por el valle habla de ellos con admiración y cariño. Han hecho tanto en estos años… Varias veces me pregunté si esos informes, esas canciones de gesta, se referían a los mismos elfitos que jugaban en mis jardines y restauraban viejas piezas de alfarería. Elladan se ha parado ante mí con ese aplomo, con esa frialdad casi cruel hace unos minutos. Es un adulto, ambos lo son.
–Deberías estar orgulloso, son tus hijos.
Elrond niega tal afirmación con vigorosos movimientos de cabeza, su voz es amarga ahora.
–Hay demasiado entre nosotros, ya no son mis hijos.
–Aún lo son –insiste el rubio. Porque se sienten tus hijos se han empeñado en la lucha del Reino Perdido, porque se sienten tus hijos renunciaron a la venganza.

Elrond recuerda ahora a Celebrian. Le prometió cuidar de sus hijos y ¿qué le dirá al verla en Valinor? “Arwen se la pasa en el Bosque Dorado y los gemelos huyeron de casa porque se aman y yo no lo acepto. Los tres son perfectos extraños para mi”. No, no podía dejar que eso ocurriera sin intentar algo.

Decide indagar en acontecimientos más recientes.
–Ese bebé que perdieron. ¿Cómo se llamaba?
–Voronwe –Glorfindel hace una pausa, las palabras parecen dolerle entre los labios–, se llamaba Voronwe. Murió por desnutrición severa a las cuatro semanas. Por esos días también calló enferma Gilraen y luego…
Hace un gesto que puede interpretarse como “Imagina el resto”. Elrond siente que alguna fibra que creía muerta en su interior vibra de nuevo. Sus palabras son balbuceos.
–¿De hambre? ¿Dices que mi nieto murió de hambre?
Glorfindel asiente, no se le escapa el espontáneo calificativo.
–Nació en enero, el invierno había sido muy duro y se les agotaron las reservas de vegetales. Ellohir empezó a perder peso en diciembre. Intentaron de todo, hasta caldo de corteza de abedul, pero Voronwe era demasiado débil.
–Sin embargo, pudieron salvar a Estel.
–Ironías de la vida –el rubio se encogió de hombros–, la poca leche que anidaba en el pecho de Ellohir era insuficiente para su elfito, pero nutría con creces al pequeño mortal.

Elrond guarda silencio, procesa la información recibida. Sus hijos son en verdad maduros si resistieron este golpe sin decaer. De nuevo le abruma esa sensación. ¿Vejez, agotamiento, inútil soberbia? De cualquier modo, ellos lo han humillado con esa relación de casi un milenio mantenida en medio de guerras, secretos y carencias. Una idea más terrible surge lentamente.

–Glorfindel, ¿hubo otros…? –le cuesta articular las palabras– ¿Mi hijo tuvo otros embarazos?
–Otros dos –asiente el rubio–, pero no me corresponde hablarte de ello.

Dirige sus ojos a la ventana y estudia con atención el cielo del franco amanecer. Vuelve a hablar mientras se levanta.

–Creo que escampará cerca del mediodía, dormiré hasta que cese la lluvia.

Casi en la puerta se vuelve y observa de manera evaluativa a Elrond, habla de modo apresurado.

–Mañana, con los primeros rayos del sol, podrás ver a Elladan junto al viejo roble de Celebrian. No pierdas la oportunidad.

Continuará...

1 comentario:

Dark_vicky dijo...

Esta muy bueno tu fic y bueh lo estoy leyendo y poes solo te digo que es mithril y elrohir esta buenisimo tu fic ksi nunk encuentro algo sobre los gemelos asi que te pido que hagas mas plizzzzzz XD